Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Conoce las aventuras de Microbytes, un superhéroe cibernético que tiene la capacidad de cambiar su forma humana y descomponerse en miles de partículas e ingresar a cualquier elemento electrónico, viajando a la velocidad de la luz de un equipo a otro. Microbytes utiliza sus poderes para acceder a las bases de datos de computadoras, tabletas, teléfonos, televisores, satélites, aviones, embarcaciones, automóviles y todo lo que tenga algo que ver con la informática, para revertir las acciones negativas de personas inescrupulosas que utilizan la tecnología para estafar, robar, malversar fondos o aprovecharse de los demás en beneficio propio.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 130
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Copyright © 2023
Las aventuras de Microbytes. Volumen I
Autor: Miguel Melot
Diseño: Eduardo José Molinas Viedma
Corrección: Prof. Karen Rocío Cuenca Rodríguez
Diseño de Tapa: Eduardo José Molinas Viedma
ISBN: 978-99989-0-012-7
Derechos Reservados®. Es propiedad del autor. Esta publicación no puede ser reproducida total y/o parcialmente ni archivada o transmitida por ningún medio electrónico, mecánico, de grabación, de fotocopia, de microfilmación o en otra forma, sin permiso previo del autor.
Criptomonedas en Alemania
Fotomultas en Paraguay
Los automóviles eléctricos sin chofer en China
Los perros rescatistas de Turquía
Eran las nueve de la mañana en la ciudad de Frankfurt, Alemania (las tres de la mañana en Nueva York), del día 5 de diciembre del año 2027 cuando el automóvil Mercedes Benz C 200 Sport puso en marcha su motor con un suave ronroneo. Las luces de su impresionante tablero se encendieron mostrando toda la maravilla tecnológica computarizada del vehículo.
Klaus Weber, el vendedor de la agencia Autopstenhoj GmbH, de la calle SandkampstraBe D-48432 estaba entusiasmadísimo con la posibilidad de una venta y tenía que demostrar todo su conocimiento del producto a los dos clientes que querían comprar ese auto. El precio estaba en los 85.000 euros. Cuando mencionó el precio, los caballeros pidieron ver el funcionamiento de esa hermosa máquina y conocer sus propiedades, por lo que Klaus comenzó a ilusionarse con una buena comisión.
Los dos clientes potenciales vestían con ropa de buena calidad y parecían empresarios importantes, de una edad aproximada a los 50 años. Klaus comenzó a manipular los controles y giró la cabeza hacia su derecha para mirar al hombre que se había sentado en el asiento del acompañante.
—Soy Klaus Weber y me ordenaron mostrarles el auto. ¿Cuál es su nombre, caballero?
—Como pueden ver, el coche es totalmente automático, computarizado, con pantalla para GPS, wifi y conexión a internet, música funcional, vista panorámica, aire acondicionado silencioso y eficiente y un consumo aproximado de 4,7 litros de gasolina cada 100 kilómetros —dijo recitando el speech que le obligaron a aprender de memoria en los cursos de venta de la empresa.
—Necesitamos el vehículo para nuestro trabajo de campo, debemos viajar mucho y creo que este es el auto que nos conviene —dijo Manfred Wagner desde atrás—. ¿Podríamos dar una vuelta?
Klaus, que ya contaba con la comisión que le dejaría esa venta, sonrió sin contestar, puso la D en su caja de cambios automática y salió suavemente hacia el portón que daba a la calle. Hizo una seña al encargado de la entrada, sacando la cabeza por la ventanilla, giró a la derecha suavemente y se metió en el tráfico de la mañana de Frankfurt.
Hacía algo más de dos años que Wolfgang Schneider, Manfred Wagner y un experto en informática, norteamericano, amigo de ambos, llamado Tom Baker habían creado una empresa para trabajar con monedas digitales como el bitcoin.
Tom Baker había emigrado a Europa escapando de un delito cometido en San Francisco, California, mientras estudiaba alemán e informática aplicada. Era un excelente programador que, mediante su habilidad, pudo hacerse de una base de datos del gobierno para comerciar con esa información. Fue descubierto, pero pudo escapar de Estados Unidos yendo a Canadá por tierra primero y luego por avión a Alemania. Fue a Frankfurt, allí ofreció sus servicios de experto en informática mediante avisos clasificados en los diarios Frankfurter Allgemeine Zeitung y Frankfurter Rundschau de la ciudad.
La empresa se llamaba WolfManTom Aktiengesellschaft. Usando las primeras letras de Wolfgang, Manfred y Tom, con el agregado Aktiengesellschaft, que para Alemania es como S. A. (sociedad anónima). Abrieron una página web a la que se accedía escribiendo https://www.wolfmantom.com.de, y comenzaron a ofrecer servicios de trading y comercialización de criptomonedas.
Luego de la sangrienta guerra entre Rusia y Ucrania en el 2022, el bitcoin y las demás criptomonedas como el ethereum (eth), el cardano (ada), el tether (usdt), el binance coin (bnb), el ripple (xrp), el dogecoin
(doge), el usdcoin (usdc), el polkadot (dot), solana (sol) y otras (hay casi 10.000 criptomonedas) habían perdido mucho de su valor. En el 2021 el bitcoin se cotizaba a 60.000 dólares, en el 2022 había bajado hasta 30.000 dólares. En el 2024 volvió a cotizarse en más de 60.000 por unidad.
Tom Baker vio allí una oportunidad de hacer dinero y consiguió hacerse amigo de Wolfgang Schneider luego de que este lo contratara para resolver algunos problemas informáticos en una compañía de limpieza cuyo dueño era su suegro, Peter Müller. Tom notó enseguida que el señor Müller no estaba bien de salud, durante las visitas a la empresa para acondicionar sus computadoras, y falleció sorpresivamente una mañana de febrero del año 2022.
Inmediatamente, Tom se dio cuenta de que Wolfgang Schneider quería sacar ventaja de la situación y hacerse con la empresa que ahora sería de su señora, Emma Müller. Pero como era una sociedad y el yerno no era bien visto por los demás socios, porque aseguraban que él se había casado con Emma solo por el dinero de la empresa y prácticamente no trabajaba, se frustró su deseo.
Tom, que venía pensando también en sacar ventajas de sus conocimientos informáticos, siguió frecuentando a Wolfgang en rondas de tragos y fiestas con mujeres (la mayoría prostitutas), hasta que surgió una amistad (más bien una complicidad) y le planteó lo que había planeado. Wolfgang, que había tomado de más, condicionó a Tom en la explicación de su plan, que estuviera presente otro amigo, Manfred Wagner (otro gigoló), que vivía del dinero de su mujer, Mía Schmidt.
Mía tenía un restaurante que heredó de su padre y no podía conseguir que su marido trabajara en el negocio, pero como lo amaba, no era muy linda y ya estaba por los 40 años, decidió mantenerlo para que no la dejara.
Tom Baker, para desarrollar su plan, necesitaba de una cantidad de dinero importante, que no tenía, para invertir en equipos, en documentación legal, en propaganda y en criptomonedas para crear una empresa con salida a internet.
El 13 de marzo del 2022, a las nueve de la mañana, mientras Emma se preparaba para acudir a la empresa de limpieza que había sido de su padre y que ella dirigía desde la muerte de este, Wolfgang, que iba a llevarla en automóvil a la compañía, exclamó repentinamente:
—Emma, creo que he conseguido la posibilidad de convertirme en un empresario exitoso.
—¿Cómo es eso? ¿No es otra de tus fantasías?
—No, Emma, conocí a un empresario norteamericano que se está instalando en Frankfurt y necesita socios para lanzar una empresa. Necesitaría un préstamo de 500.000 euros para formar parte de la compañía y cumplir así tu sueño de ser alguien importante para orgullo de Derek y Herman.
Derek, de 10 años, y Herman, de 8, eran los hijos de la pareja que hacía media hora habían partido en un trasporte escolar hasta la escuela a la que asistían.
—Me gustaría, pero no sé si voy a poder sacar ese dinero de la empresa con la fama que tienes. Pero si me aseguras realmente que es por el bien de nuestros hijos podría tocar parte de los ahorros de mi cuenta bancaria.
Wolfgang se acercó a Emma, la abrazó fuertemente y la besó en la boca. Ella abrió los ojos, lo separó un poco con sus manos y sonrió.
—Wolf... voy a tener que volver a pintarme... ¿En serio es una buena inversión?
—Sí, Emma, y prometo devolver el dinero en un mes —se arriesgó.
—Bueno, vamos hasta la empresa y allí te haré un cheque, pero prefiero que no se entere nadie allí.
—No te preocupes, no te voy a defraudar.
Ese mismo día, a unas cuantas calles de la casa de Wolfgang, a las ocho de la noche, Tom Baker llegaba a la casa de Mía Schmidt. Había conseguido que su marido, Manfred Wagner, lograra que la dueña de casa invitara a cenar a «un amigo empresario norteamericano» que estaba interesado en los conocimientos técnicos de su marido (era analista de sistemas).
Tom bajó del taxi con un ramo de flores en la mano, se dirigió al porche y tocó el timbre.
Mía abrió la puerta y se encontró con un joven trigueño, de unos 35 años, que le ponía un ramo de flores delante de su cara.
—Buenas noches, señora, soy el ingeniero Tom Baker y quiero agradecerle de antemano su amabilidad en recibirme.
—Lo estábamos esperando, ingeniero, pase usted, ya viene Manfred —dijo y giró la cabeza hacia su izquierda exclamando—: Ivonne, avisa a tu padre que el señor Baker ya está aquí.
Tom miró hacia donde lo hacía Mía y no pudo ver nada, pues la puerta se lo impedía, pero luego vio que una hermosa adolescente rubia, con una pollera cortita subía unas escaleras sin dejar de mirar su teléfono celular. A medida que subía, más se veía, pero tuvo que dejar de mirar el hermoso espectáculo que era esa mujercita rubia cuando escuchó:
—Tome asiento donde se sienta más cómodo, ingeniero.
Tom entró a un gran salón con un sofá amplio y cómodo y se sentó, mientras Mía llevaba el ramo de flores hasta un florero y luego llevaba el florero para cargarle agua.
Manfred Wagner estaba esperando que le avisaran de la llegada de Tom. Se habían puesto de acuerdo en lo que sería la entrevista, para poder sacarle a Mía Schmidt el dinero que necesitaban. Bajó rápidamente, seguida de su hija, que no quitaba los ojos de su celular, así como Tom no quería quitar los ojos de ella, pero tuvo que hacerlo para comenzar la comedia.
Escucharon la bocina de un vehículo y luego el timbre, la hermosa Ivonne Wagner Schmidt dejó por un momento de mirar el teléfono y saludó tímidamente.
—Buenas noches, señor —y luego fue hasta la puerta, la abrió y dijo—: Hola, Johann, mamá los está esperando, pasen a la cocina por la puerta de atrás, pueden acercar la camioneta allí.
—Llegó la comida —dijo Manfred Wagner, y guiñó un ojo a su invitado, le pasó la mano saludándolo y se sentó frente a él—. ¿Tomas un whisky antes de la cena?
Tom asintió con la cabeza mientras Manfred iba a buscar los vasos y aprovechó una vez más para mirar a la chiquilina que iba desapareciendo hacia la cocina, en donde se escuchaban ruidos de vajilla.
La comida venía del restaurante de la familia, y mientras los mozos que habían venido de allí preparaban la mesa, se acercó Manfred, no con dos, sino con tres vasos de whisky Chivas Regal, con la botella al lado en una bandeja. Dejó su carga en la mesita que separaba los sillones y le guiñó otra vez un ojo a Tom.
Mía se acercó, tomó uno de los vasos y se sentó frente a los dos hombres.
—Ingeniero, mi marido me comentó que le interesaría trabajar con él.
—Sí, así es, estamos buscando gente de experiencia y con suficientes conocimientos técnicos para sumarlos a nuestra compañía, y como estoy encargado por la casa matriz de mi empresa en Silicon Valley de buscar técnicos para nuestra planta aquí en Alemania, me interesaba contar con sus conocimientos, pero hubo un contratiempo y nuestros planes cambiaron. No tenemos los recursos necesarios para desarrollar la tarea que teníamos planeada en Alemania, por lo que el señor Manfred debería viajar conmigo a EE. UU. por dos años por lo menos para luego volver aquí.
Mía se quedó blanca, un sudor frío le corrió por la espalda. Sabía que si Manfred se iba la relación estaba terminada y no estaba dispuesta ni preparada para eso.
—Si consiguiéramos 500.000 euros como préstamo, abriríamos nuestra oficina aquí y Manfred se encargaría de la dirección, pero ya lo hemos intentado y aparentemente no hay posibilidades.
—Yo les voy a conseguir ese dinero —dijo Mía aliviada—. Nuestra hija Ivonne tiene solo 16 años y necesita a sus dos padres aquí.
—Señora, ¿entendí bien? ¿Usted podría conseguirnos ese dinero? De todos modos, creo que lo devolveríamos en menos de tres meses.
—Sí. Creo que esa es la mejor solución. Por favor, acepte mi oferta.
—En este momento son más de las 11 de la noche en San Francisco, así que recién me comunicaré mañana, pero si usted me asegura que eso puede ser posible enviaré enseguida un mensaje para cambiar nuevamente los planes y ponernos a trabajar con Manfred inmediatamente.
—Sí, sí. Gracias, ingeniero —dijo aliviada mientras vaciaba su vaso de whisky.
—Por favor, pasen al comedor —y salió corriendo hacia el baño para calmarse, volver a pintar su fea cara y restablecerse del shock que sufrió cuando intuyó que podría perder a su marido.
Degustaron wienerschnitzel, que es la versión con carne de cordero y muy finito de un plato alemán llamado schnitzel, que no es otra cosa que una milanesa con patatas fritas y regados con abundante vino tinto.
La cuestión es que esa noche Tom Barker se llevó un cheque de 500.000 euros a nombre de Manfred Wagner. Esto más lo que consiguió de su mujer Wolfgang Schneider sumaban 1.000.000 de euros, con lo que podría llevar a cabo sus planes. Y, además, presentía que había encontrado al amor de su vida cuando pensaba en Ivonne Wagner Schmidt.
La operativa de la compañía consistía, primero, en comprar criptomonedas de diferentes plataformas y denominaciones, como stock de activos a vender. Cuando mediante publicidad y marketing conseguían algún inversor interesado en el trading que ofrecían, le hacían firmar un contrato por el cual el cliente debería usar la aplicación que WolfManTom Aktiengesellschaft instalaba en los teléfonos y computadoras de este. En un apartado decía que, si el cliente usaba otra aplicación, podría ser penalizado con descuentos en los pagos por compra y aumento de precio por venta. Esto hacía que los inversores usaran solamente la aplicación mencionada, la cual había sido creada por el talento en programación de Tom.
La ciudad de Frankfurt, Alemania, tiene alrededor de 800.000 personas. Solo el 5 %, como en la mayoría de los países del mundo, eran inversores en criptoactivos. Eso significa un universo de 40.000 personas, de las cuales, en un año de trabajo honesto habían conseguido inscribir 8000 para la compañía. Ese año el balance dejó una ganancia de alrededor de 108.000 euros, lo que daba unos 3000 euros mensuales para cada uno de los socios. Por supuesto, no habían podido devolver el capital prestado.
El 18 de marzo de 2023, Tom Baker se reunió con sus socios y les informó lo siguiente:
—Wolfgang, Manfred, hoy se cumple un año del lanzamiento de nuestro proyecto. Tenemos 8000 clientes y hemos logrado ganar cada uno el equivalente a dos sueldos mínimos mensuales. Saben que es muy poco para empresarios como nosotros, así que, de acuerdo con lo que hemos planeado hace un año, desde mañana voy a activar la segunda parte de mi programa y empezaremos a hacernos de dinero. Ustedes figuran como administradores, por lo que les pido prudencia.
—Tom —interrumpió Wolfgang—, explícanos nuevamente cómo funciona ese programa tuyo.
—Bueno, desde mañana la plataforma que instalamos en los equipos de cada uno de nuestros clientes comenzará a manejar información falsa en la cotización de las criptomonedas. Los algoritmos que manejan la compra y ventas cambiaran una coma hacia la izquierda si vamos a comprar, o una coma a la derecha si vamos a vender.
—Eso es lo que no entiendo bien —dijo Manfred.
—Todos los programas de plataformas que manejan las criptomonedas tienen una herramienta por la cual voluntariamente el cliente accede a vender o comprar si se llegan a ciertos límites. Les daré un ejemplo. Si el bitcoin cuesta 50.000 dólares y comienza a bajar, cuando baje hasta un límite que yo fijé, por ejemplo, 48.500 dólares, compro con otras criptomonedas o con efectivo si es que lo tenemos. Si comienza a subir, por ejemplo, al llegar a 55.000 dólares, voy a vender y a recibir dinero u otras criptomonedas por ese valor. Nuestro programa calculará en vez de 50.000 como precio, 5000 dólares, e inmediatamente el propio programa le va a vender a nuestra empresa a ese precio. Luego nosotros vendemos en otras plataformas a 50.000 dólares cada bitcoin que compramos a 5000.
—¡Sí!, eso es ganar —exclamó Wolfgang.
—Como es todo automático, ya que me ocupé de la instalación y las instrucciones a cada cliente personalmente, este no se dará cuenta, pues la pantalla le seguirá mostrando el precio real y si pierde lo va a atribuir a la volatilidad del activo —finalizó Tom.
