Las historias de Paula - Karin Selest - E-Book

Las historias de Paula E-Book

Karin Selest

0,0
3,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Paula es una niña despierta, curiosa y que carece de timidez. Una niña de pelo rubio y rizado que explora el mundo poniendo a prueba y agotando la paciencia de mamá y sobre todo de papá con demasiada frecuencia. Sin duda, Paula fue una niña muy deseada. Sus padres apenas podían contener las ganas de sostener a su tesoro entre los brazos a medida que se acercaba la fecha de su nacimiento. Finalmente, vio la luz de sol el 15 de julio, en un caluroso día de verano. Paula hizo su primera gran actuación y, rápidamente, quiso triunfar sobre el escenario. El viaje al hospital se le hizo demasiado largo y vino al mundo en el asiento trasero del nuevo Skoda de papá. Consiguió que su padre exclamara por primera vez mirando al cielo — ¡Dios mío! ¿Qué será eso?— A continuación, fue Paula la que se encargó de berrear. Su padre estaba totalmente equivocado si pensaba que su princesa sería una muchacha tranquila y obediente. Todo lo que Paula vio, oyó y aprendió en la guardería, lo puso en práctica en casa. Empezó la época de las preguntas. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿De qué manera? A Paula no le gustaba la palabra "no", por este motivo, se le oía a menudo gritar: — ¡Pero es que yo quiero! ¡Sí que puedo!" Paula estaba convencida de que, de algún modo, todo lo hacía bien, y todo lo hacía con gran entusiasmo. Astrid Lindgren, una de mis escritoras favoritas es, se dio cuenta de que los niños perciben el mundo que les rodea con sus propios ojos. Del mismo modo que Astrid ha conservado su infancia, sueño con regresar a vivirla a través de mis libros. Mi deseo es llevar a los lectores a recordar la que probablemente sea una de las etapas más bonitas de la vida junto a sus hijos y nietos y, al mismo tiempo, a ver el mundo, aunque sea solo por un momento, otra vez desde los ojos de un niño. Cumplir con ese objetivo sería una gran satisfacción para mí.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 93

Veröffentlichungsjahr: 2016

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



www.tredition.de

Karin Selest

Las historias de Paula

www.tredition.de

© 2016 Karin Selest

Traducción: Fernando Gómez

Portada & ilustraciones: Annemarie Tonn

Editorial: tredition GmbH, Hamburg

ISBN

Paperback

978-3-7345-2311-3

Hardcover

978-3-7345-2312-0

E-Book

978-3-7345-2313-7

La obra, incluyendo todas sus partes, se encuentra protegida por derechos de autor. Queda prohibido cualquier tipo de uso sin el consentimiento expreso del editor y de la autora. Este hecho es especialmente aplicable en lo referente a copias electrónicas, traducciones, difusión o divulgación pública de la obra.

Índice

El nacimiento de Paula

Pero, ¿Esto qué es?

Cosecha de manzanas

Paula y la abuela en la nieve

La sorpresa de Pascua

El cumpleaños de mamá

Vacaciones en el Báltico

Paula salva una vida

Paula y Papá Noel

Bebés y barritas de pescado

Paula y las verduritas

Como hacer rosquillas

Tiempo de Llevar gorro

La bolsa de chucherías

El nacimiento de Paula

Sin duda, Paula fue una niña muy deseada. Sus padres apenas podían contener las ganas de sostener a su tesoro entre los brazos a medida que se acercaba la fecha de su nacimiento.

Finalmente, vio la luz de sol el 15 de julio, en un caluroso día de verano. Paula hizo su primera gran actuación y, rápidamente, quiso triunfar sobre el escenario. El viaje al hospital se le hizo demasiado largo y vino al mundo en el asiento trasero del nuevo Skoda de papá. Consiguió que su padre exclamara por primera vez mirando al cielo — ¡Dios mío! ¿Qué será eso?— A continuación, fue Paula la que se encargó de berrear.

Para sus padres era el bebé más hermoso del mundo. Cuando no tenía hambre o sed estaba siempre entretenida hasta que se quedaba dormida. Entonces, dormía profundamente, pero por poco tiempo. La pequeña tenía ocupados a sus padres todo el tiempo y, así, las semanas y los meses pasaban volando. Pronto empezó a gatear por su pequeño universo. Cuando aprendió a caminar, papá y mamá tuvieron que ir detrás de su tesoro en todo momento. No había nada seguro a su alcance. Se lo metía todo en la boca y no dejaba pasar ninguna oportunidad de curiosear por los armarios inferiores de toda la casa. Sus padres ya no encendían la radio, tenían a Paula, que cotorreaba y canturreaba mientras no dormía que, como ya hemos dicho, le gustaba poco.

Cuando Paula cumplió tres años, Charly, sus padres y su hermano Franky se mudaron al vecindario de chalés adosados en el que también vivía Paula. Charly era sólo unas pocas semanas mayor que Paula y pronto se hicieron inseparables. Prácticamente, pasaban todo el día en el parque infantil junto a sus madres.

Cuando Charly cumplió cuatro años, su madre volvió al trabajo y Charly se fue a la guardería. Paula se entristeció mucho y pensó: —Yo también quiero ir allí— No paró hasta que sus padres la inscribieron.

Poco antes de cumplir los cuatro años empezó a ir a la guardería.

Papá y Mamá contemplaban, con cierta tristeza y alegría al mismo tiempo, la nueva etapa de la vida de Paula.

Su padre estaba totalmente equivocado si pensaba que su princesa sería una muchacha tranquila y obediente. Todo lo que Paula vio, oyó y aprendió en la guardería, lo puso en práctica en casa. Empezó la época de las preguntas. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿De qué manera? A Paula no le gustaba la palabra “no”, por este motivo, se le oía a menudo gritar: — ¡Pero es que yo quiero! ¡Sí que puedo!

Paula estaba convencida de que, de algún modo, todo lo hacía bien, y todo lo hacía con gran entusiasmo.

Por eso quiero darle las gracias a Paula, sin ella no existiría este pequeño libro.

A vosotros, queridos lectores, me gustaría desearos que disfrutéis de la lectura.

Pero, ¿Esto qué es?

Paula iba a la guardería desde hacía dos semanas. Era lunes y para comer había sopa de pescado con gambas. Silke, la “seño” de la guardería, le estaba dando su segundo plato de sopa. Paula quiso repetir, pero no por la sopa, sino porque le encantaban las gambas.

Cuando los niños terminaron de comer, ayudaron a la “seño” a recoger la mesa todos juntos.

— Bien, ahora al cuarto de aseo a lavarse las manos y los dientes. Es hora de la siesta —dijo Silke.

Paula escuchó a los niños reírse en el cuarto de baño. Algo les estaba haciendo mucha gracia. Se acercó de puntillas y metió su rubia cabeza rizada por el resquicio de la puerta. Desconcertada, se tapó la boca con la mano.

Charly, Heiko y Thomas estaban alrededor del wáter haciendo pipí salpicando toda la taza con una especie de manguera.

Paula se retiró murmurando: —Yo no puedo hacer algo así. ¿Cómo lo hacen? ¿De dónde les ha salido eso a los chicos? De repente, se acordó de las gambitas de la sopa y se le fueron las ganas de volver a probarlas.

Ansiosa, esperó a Charly en el cuarto de aseo. Finalmente, cuando llegó, se interpuso en su camino.

— ¿De dónde has sacado la cola?

— ¿Qué cola? —preguntó Charly sorprendido.

— La de hacer pipí.

— ¡Ah! La pilila —dijo Charly echándose la mano sobre la frente. —La tengo desde siempre. ¿Tú no?

—Creo que no. Enséñamela.

— ¡Ja! —Charly respiró hondo, pensó durante un instante y le susurró— pero sólo si tú también me la enseñas.

Paula se cogió el pantalón por la cintura.

—Está bien, los dos a la vez.

Se bajaron los pantalones al mismo tiempo y se quedaron sin habla. Antes de que pudieran decir nada, Silke apareció delante de ellos.

— ¿Qué estáis haciendo? ¡Subiros los pantalones y marchaos a la cama!

Rojos como tomates corrieron hacia las camas, subieron de un salto y se taparon con la manta.

Por la tarde les recogió la mamá de Charly.

— Le preguntaré a mi hermano Franky. Seguro que él sabe por qué no tienes pilila —le susurró Charly en el coche a Paula.

—Lo averiguaré yo misma. Mi padre tiene que saberlo. Cuando llegó a casa, pasó corriendo por delante de su madre y se metió en casa.

—Papá, papá, ¿Dónde estás?

—Estoy aquí tesoro ¿Qué no me dices hola primero? —le dijo su padre desde la cocina.

Paula se dirigió a la cocina.

—Hola, he visto una cosa que Charly y los demás tienen —dijo acalorada.

— ¿Dónde tienen, el qué? —preguntó papá mirando a su pequeña con curiosidad.

—Ahí, donde no hay nada, ellos tienen una colita, igual que las gambitas de la sopa. Muuuuy pequeñita.

—Colas, gambas, sopa… hum, no entiendo nada —dijo su padre negando con la cabeza al tiempo que se sentaba a la mesa.

No obstante, su madre sabía a qué se refería Paula.

— ¿Por dónde hacen pipí quieres decir? —preguntó su madre.

— ¡Sí, por ahí! Charly dice que es la pilila. Así es más divertido hacer pipí. ¡Yo también quiero tener una!

—No, tú eres una chica, no la necesitas. Eso es para los chicos y los papás —dijo su padre intentando zanjar la conversación.

— ¿Sólo porque no tengo pilila tengo que ser una chica? ¡Prefiero ser un chico, es mucho más divertido!

—No puede ser, tesoro. —Su madre se sentó y la cogió en su regazo — Nosotros pedimos un bebé y no podíamos elegir entre un niño o una niña.

Paula se metió las manos en el ensortijado pelo y se rasco la cabeza con fuerza.

—Papá, ¿Dónde se piden los niños? Quiero cambiarme.

—Pero Paula, eso es imposible.

Paula miró furiosa a su padre.

—A ver. Cambiaste mi camión de juguete porque le faltaba una rueda. Si me hubieras preguntado antes, y la hubieras pedido, ahora yo también tendría una.

De un salto se bajó del regazo de mamá, le dio una pataleta y salió de la cocina.

Cosecha de manzanas

Paula aporreó la puerta con el puño sin descanso.

— ¡Arriba, es tarde y la abuelita espera!

—Paula, déjanos dormir un poco más — murmuró su padre.

Pero Paula no se rindió.

—Lo prometisteis, vamos a casa de la abuela. ¡Las manzanas ya están listas!

Acercó la oreja a la puerta y prestó atención. Escuchó pasos, su madre salía del dormitorio. Cuando vio a Paula se le dibujó una sonrisa en la cara. Su pequeña de cuatro años estaba allí de pie, con pantalones de lluvia cortos, una camisa a cuadros que le venía enorme y botas de agua. Eran las prendas favoritas de Paula. Si no podía ser un niño, al menos, quería parecerlo. Su madre fue el cuarto de baño y después, preparó el desayuno.

Cuando su padre se levantó, se encontró con ella. La miró de arriba abajo y negó con la cabeza.

— ¡Paula, tienes que quitarte las botas!

— ¡Sí, sí! — dijo irónicamente.

Paula bajó a la cocina, escondió las piernas debajo de la mesa y murmuró: —Eso es hacer dos veces el mismo trabajo.

Era sábado por la mañana y sus padres iban a hacer caso omiso a las quejas de su pequeña. Rápidamente, terminaron de desayunar y se subieron los tres al coche.

— La, la, la, vamos a ir con la abuelita del campo. No puedo esperar más. La, la, la — cantaba Paula con tanta fuerza que a su padre no le quedó más remedio que apagar la radio.

La abuela esperaba impaciente delante de la puerta.

— ¡Hola, ya estoy aquí! —dijo Paula abrazando efusivamente a su abuela. Le gustaba estar en el jardín de la abuela. Había un gran prado con árboles, arbustos de bayas, flores y madrigueras de conejos. Lo que más le gustaba era el pequeño riachuelo que fluía por el prado. No obstante, hoy no tenía tiempo para jugar. Su padre se preparó para empezar a trabajar y cogió una escalera grande de la caseta. Su madre y la abuela buscaron las canastas de recoger fruta. Paula corrió al manzano.

— Yo subo por la escalera a lo alto del árbol. Tú quédate aquí y ten cuidado. ¿De acuerdo? — le dijo a su padre.

— ¡Ah, no! Lo hacemos al revés, igual que el año pasado — respondió su padre.

La cara de Paula se ensombreció.

— ¿Por qué? ¡Hace tiempo que cumplí cuatro años y puedo hacerlo!

Pero su padre no se dejó convencer. Se retiró a una esquina del jardín haciendo pucheros. Estaba segura de que debía de tratarse de otra de esas estúpidas cosas de chicos y chicas. ¿Por qué tenía que ser una chica?

La abuela que la había seguido, la miró compasivamente.

— ¡Ay, mi pequeña! No estés triste, nosotras haremos otra cosa.

Paula sabía que a la abuela tampoco le dejarían subir al árbol, al fin y al cabo, también era una chica. Por ese motivo la entendía tan bien. Paula asintió con la cabeza y se marchó corriendo en dirección al manzano.

— Papá, si lo haces todo tú solo, los demás nos podemos ir a dormir. ¡Yo también quiero hacer algo!

Su padre no pudo disimular una sonrisa.

— Puedes recoger las manzanas que caen al suelo y ponerlas en una cesta. Es muy importante que dejes en la cesta únicamente las manzanas que todavía se pueden comer.

En cuanto Paula escuchó la palabra “importante” dijo satisfecha: — Eso puedo hacerlo — cogió una cesta y se puso manos a la obra. Sin embargo, todas las manzanas tenían buen aspecto.