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Hacia 1900, Gabriel Tarde era una de las figuras más reconocidas dentro de la intelectualidad de su tiempo. Sus trabajos sobre la multitud y la opinión pública en la política moderna fueron capitales para el desarrollo de la sociología norteamericana. Sin embargo, su obra fue crecientemente eclipsada, en parte por la hegemonía que alcanzaron las tesis de Durkheim en el estudio de las sociedades. Pero la figura de Tarde ha vuelto a cobrar relevancia: su obra ha sido reeditada, traducida y es objeto de numerosos estudios y homenajes. La actualidad de sus intuiciones; la conexión que establece entre la sociología, la psicología, la economía y la filosofía o la vinculación con ciertos posicionamientos políticos de hoy han renovado el interés de sus textos. Tarde ha empezado a ser redescubierto como precursor de los modernos análisis de difusión de la información y las relaciones sociales por las teorías de redes; como inspirador de una sociología centrada en el papel activo del individuo en cuanto agente creador de la vida colectiva; como autor de referencia para el desarrollo de una "microsociología"; como ancestro de la filosofía de la diferencia deleuziana; como numen tutelar para concebir formas de pensar que posibiliten la disolución de las entidades opresivas de la sociología y la política clásicas. Esta edición de Las leyes sociales nos brinda la oportunidad de empezar a introducirnos en la sugerente modalidad que Tarde propone para el análisis del funcionamiento de las sociedades.
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Seitenzahl: 268
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Director de la serie: Esteban Vernik
La Serie Teoría Social reúne obras que son muestras del estadolatente de la modernidad. Si la historia del pensamiento social y humanístico delineó un conjunto de textos clásicos sobre el legado modernista, a su sombra restan aún por recuperarse contribuciones incisivas que conservan viva la inquietud sobre los fundamentos de nuestro presente.
La religión
Georg Simmel
Volver a La cuestión judía
Daniel Bensaïd, León Rozitchner, Karl Marx,
Roman Rosdolski, Bruno Bauer
Escritos políticos
Émile Durkheim
Construcciones y perspectivas
Siegfried Kracauer
La fotografía y otros ensayos
Siegfried Kracauer
Los empleados
Siegfried Kracauer
Pedagogía escolar
Georg Simmel
Los debates de la Dieta Renana
Karl Marx
© Gabriel Tarde:Les lois sociales(1898)
© Bruno Latour:Gabriel Tarde y elfin de losocial
Publicado originalmente como
Gabriel Tarde and the End of the Socialen Patrick Joyce (ed.)
The Social in Question. New Bearings in History and the Social Sciences,
Routledge, London, pp. 117-132
©Daniel Sazbón:La sociología de Gabriel Tarde
Traducción de:Eduardo Rinesi
Director de la serie: Esteban Vernik
Diseño de colección: Sylvia Sans
Primera edición: marzo 2013, Barcelona
Formato en edición digital, 2013
Derechos reservados para todas las ediciones en castellano
© Editorial Gedisa, S.A.
Avda. Tibidabo, 12, 3
08022 Barcelona, España
Tel. 93 253 09 04
Fax 93 253 09 05
Correo electrónico:[email protected]
http://www.gedisa.com
eISBN: 978-84-9784-772-8
Depósito legal: B.20093-2013
IBIC: JHBA
Formato digital: Editor Service, S.L.
www.editorservice.net
Diagonal 299, entresuelo 1ª
Tel. 93 457 50 65
08013 Barcelona
Índice
Prefacio
Gabriel Tarde y el fin de lo social
Bruno Latour
La extraña especificidad de las ensambladuras humanas
Lo macro no es más que una ligera extensión de lo micro
Los estudios de la ciencia como campo de prueba de la teoría social
«Tener o no tener, ésa es la cuestión.»
Bibliografía
Prólogo
Introducción
Repetición de los fenómenos
Oposición de los fenómenos
Adaptación de los fenómenos
Conclusión
Posfacio
La sociología de Gabriel Tarde
Daniel Sazbón
Un magistrado de provincias
El Tarde criminalista
La crítica al organicismo
Las leyes sociales
Arqueología y estadística
La sociedad
El debate con Durkheim
La diferencia
La opinión y el público
En defensa del individuo
Prefacio
Gabriel Tarde y el fin de lo social
Bruno Latour
Le caractère bizarre et grimaçant de la réalité, visiblement déchirée de guerres intestines suivies de boiteuses transactions, suppose la multiplicité des agents du monde.
Monadologie et sociologie, p. 93
Au fond deon, en cherchant bien nous ne trouverons jamais qu’un certain nombre deilset deellesqui se sont brouillés et confondus en se multipliant.
Les lois sociales, p. 61
Mi aportación a este libro podría haber versado sobre lo que se conoce como «Teoría del actor-red», o TAR (ANT por sus siglas en inglés Actor Network Theory), y explicar su deliberado intento para eliminar el término «social» en la teoría y reemplazarlo por el término «asociación».1 Pero he decidido compartir con los lectores una buena noticia: en realidad la TAR posee un antepasado, Gabriel Tarde, y por consiguiente, lejos de ser una huérfana marginada en las ciencias sociales, nuestra pequeña teoría se ha beneficiado de un respetable abolengo.
Como se ha escrito en la historia de la disciplina, hacia finales del sigloxixTarde era una figura fundamental de lasociología en Francia, profesor del Collège de France y autor de innumerables libros. A la vez, en ese mismo momentoDurkheim era un joven, menos exitoso, profesor ascendente en la provincia.2Sin embargo, unos años después la situacióncambió completamente y Durkheim se convirtió en el principal representante de la sociología científica mientras queTarde fue relegado a la prestigiosa, aunque irrelevante, posición de «precursor» —una posición poco favorable ya que, de ahí en adelante fue acusado de haber pecado de «psicologismo» y «espiritualismo»—. Desde entonces, la corriente principal de la teoría social no se ha cansado de ridiculizar los logros de Tarde; debo confesar que yo mismo nunca fui más allá de las desdeñosas notas a pie de página de los durkheimianos para comprobar qué había escrito realmente su negado «precursor».3
A pesar de ello, a partir de una profunda lectura de su libro más audaz, Monadología y sociología,4 en este texto quiero argumentar que Tarde introdujo en la teoría social los dos principales argumentos que la «Teoría del actor-red» ha tratado de defender, quizá vanamente:
a) la división entre naturaleza y sociedad es irrelevante para comprender el mundo de las interacciones humanas;
b) la distinción micro/macro reprime todo intento por comprender cómo la sociedad está siendo generada.
En otras palabras, quiero hacer un pequeño experimento mental e imaginar qué sería hoy del campo de las ciencias sociales si durante el sigloxixse hubiera considerado como científico el pensamiento de Tarde, en vez del de Durkheim. ¿O es que Tarde, una mente verdaderamente audaz —pero también, tengo que admitir, totalmente indisciplinada—, necesitó llegar hasta un siglo bastante diferente para que finalmente se le comprendiera? Se puede argumentar que era un pensador prematuro respecto a las redes y que no pudo transformar sus intuiciones en datos porque el mundo material que le interesaba aún no podía proveerle de ningún fundamento empírico. Ahora las cosas son muy diferentes: las redes tecnológicas son ubicuas y muchos de los argumentos de Tarde se pueden transformar en casos empíricos significativos.5Lo que realmente planteo aquí es presentar a los teóricos sociales mi no completamente respetable antepasado… no con el propósito de construir genealogías, sino porque con respecto a determinados aspectos técnicos teñidos de una terrible dificultad, Tarde poseía la solución que hemos estado buscando en vano durante tanto tiempo.6Por lo tanto, este texto servirá para presentar a Tarde como un precursor de la «Teoría del actor-red».
Para vislumbrar su figura y entender por qué interpelaba tanto a Gilles Deleuze,7aquí se observa cómo Tarde presentó su intrépido programa de investigación enMonadología y sociología:
Hypothesis fingo, diría yo ingenuamente. Lo más peligroso de las ciencias no son las conjeturas exploradas de cerca, lógicamente seguidas hasta las últimas profundidades o hasta los últimos precipicios, sino los fantasmas de ideas en estado flotante que existen en el espíritu. El punto de vista sociológico universal me parece ser uno de esos espectros que acosan el cerebro de nuestros especulativos contemporáneos. Vemos desde el comienzo dónde debe llevarnos. Seamos excesivos aun a riesgo de pasar por extravagantes. En esta materia especialmente, el temor al ridículo sería el más antifilosófico de los sentimientos (Tarde, 2006, p. 62).8
¿No es un buen padrino aquel que nos alienta a profundizar intrépidamente en nuestro pensamiento, tanto como sea posible, ya que no existe nada peor que las «ideas fantasmales» indefinidas? ¿No es cierto que la mayoría de las ciencias sociales están construidas con fantasmas inasibles, ni teóricos ni concretos, sino meramente generales y abstractos? En lugar de establecer la sociología sobre una ruptura completa con la filosofía, la ontología y la metafísica —tal como Durkheim estaría orgulloso de hacer— Tarde se encamina directamente hacia ellas y reclama como un deber la necesidad de conectar la teoría social con arriesgadas suposiciones sobre la forma misma del mundo. Espero que el lector comience a entender por qué Tarde no tuvo ninguna oportunidad de hacerlo en 1900 y por qué estoy tan entusiasmado al sentir cómo me influyen sus genes, ya que nunca fui capaz de decidir si yo mismo era sociólogo o metafísico. Si utilizo citas extensas en este trabajo, es con el fin de proporcionar al lector otra oportunidad para desplegar sus ideas.
La extraña especificidad de las ensambladuras humanas
El shock que produce leer Monadología y sociología comienza en las primeras páginas: en vez de considerar lo social como un dominio específico del orden simbólico humano, Tarde propone una agenda de investigación —ubicua, según él, en la emergencia de las ciencias— que denomina monadología. «Las mónadas de Leibniz se han abierto camino a partir su padre» (Tarde, 2006, p. 25), nos dice en la primera frase de su libro, justo después de afirmar en el acápite: Hypotehesis fingo. En realidad, nos encontramos muy lejos de Durkheim. ¿Qué es una mónada? Es la sustancia con la cual se construye el universo. Pero es una sustancia extraña, ya que las mónadas no sólo son entidades materiales, sino que están poseídas por la fe y el deseo (como comprobaremos al final, el verbo «tener» es muy importante para Tarde).
Esta afirmación no debe suponer espiritualismo ni idealismo, ya que las mónadas también son completamente materialistas: no están guiadas por un objetivo superior, por un Gran Diseño, ni por un telos. Cada una de ellas, un poco como los genes de Richard Dawkins o los memes de Susan Blackmore, lucha por su propio objetivo auspiciado en secreto.9 Por último, las mónadas nos guían hacia una versión completamente reduccionista de la metafísica, donde lo pequeño siempre posee la clave para comprender lo grande:
La principal objeción contra la doctrina de las mónadas es,como he dicho, que ésta pone o parece poner tanta o más complicación en la base de los fenómenos que en su cúspide (Tarde, 2006, p. 69).
Aquí Tarde ofrece nuevamente un tipo muy singular de reduccionismo, ya que las entidades más pequeñas poseen más diferencia y complejidad que sus agregados —o que las apariencias superficiales que observamos desde lejos—. Por una razón que entenderemos luego, lo pequeño, es al mismo tiempo, siempre lo más complejo:
[El átomo] es un medio universal o aspirante al devenir, un universo en sí, no solamente, como lo quería Leibniz, un microcosmos, sino el cosmos conquistado por entero y absorbido por un solo ser (Tarde, 2006, p. 53; la cursiva es de Tarde).
O, de forma más elocuente: «En el fondo de cada cosa hay cualquier cosa real o posible» (Tarde, 2006, p. 54).
Si queremos comprender por qué Tarde acabó completamente con lo social —o se negó a comenzar con ello— debemos familiarizarnos con esta extraña configuración de metafísica aparentemente contradictoria.10
De la misma manera que Tarde rechaza pensar la sociedad como un orden más alto, más complejo que la mónada individual, también rechaza considerar la agencia humana individual como el único material con que se construye la sociedad: el cerebro, la mente, el alma, el cuerpo están en sí mismos compuestos por una miríada de «pequeñas personas» o agencias que, dotadas individualmente de fe y deseo, promueven activamente su propia visión total del mundo. Agencia más influencia e imitación es exactamente aquello que hemos denominado, con diferentes palabras, un actor-red. El vínculo entre las dos ideas es esencial para entender su teoría: el reduccionismo de Tarde —un tipo raro de reduccionismo— no respeta ninguna frontera entre naturaleza y sociedad; y debido a que no respeta la frontera entre física, biología y sociología, no cree en la posibilidad de explicar los niveles más bajos mediante los niveles más altos. Ésta es la dificultad principal: la especificidad de las sociedades humanas no reside en su estructura simbólica, en la agregación de individuos o en la existencia de macroorganizaciones. Nos parecen específicasa nosotros, en principio porque sencillamente las observamos desde su interior y, en segundo lugar, porque se componen de unos pocos elementos comparados con cualesquiera de las otras sociedades que observamos desde el exterior.
Pero avancemos paso a paso: en primer lugar necesitamos comprender que el término «sociedad» se puede atribuir a cualquier asociación:
Pero esto supone, ante todo, que toda cosa es una sociedad, que todo fenómeno es un hecho social. Ahora bien, por otra parte es notable que la ciencia tienda, por una continuación lógica de sus tendencias precedentes, a generalizar extrañamente la noción de sociedad. La ciencia nos habla de sociedades animales, de sociedades celulares, ¿por qué no de sociedades atómicas? ¿Olvidaría las sociedades astrales y los sistemas solares y estelares? Todas las ciencias parecen destinadas a convertirse en ramas de la sociología (Tarde, 2006, p. 55).
En vez de decir, como Durkheim, «debemos tratar los hechossociales como una cosa», Tarde afirma que «toda cosa es una sociedad» y que todo fenómeno es un hecho social. Este punto no implica nada extraordinario ni imperialista: esto no significa, como para Auguste Comte, que la sociología debe reinar sobre las otras ciencias sino simplemente que cada ciencia debe lidiar con ensambladuras interconectadas por medio de muchas mónadas. La expresión «sociología de las plantas» ha existido mucho antes que la sociología humana;société stellaireoatomiqueson expresiones que se encuentran a menudo en Whitehead. Henri Bergson, el sucesor de Tarde en el Collège de France, se sentiría perfectamente cómodo con esta afirmación y, aunque en un contexto completamente diferente, lo mismo harían los actuales especialistas en «memética». La idea de Tarde es sencilla: si existe algo especial en la sociedad humana, no se encuentra determinadopor ningún tipo de oposición fuerterespecto a los otros tipos de agregados; y con certeza tampoco se encuentra determinado por algún tipo especial de orden simbólico arbitrariamente impuesto que la separaría de la «mera materia». Ser una sociedad de mónadas es un fenómeno completamente general, es el material con el cual se construye el mundo. No existe nada especialmente nuevo en el reino humano.
Entonces, ¿de dónde surge la especificidad de las sociedades humanas? De dos características muy concretas: si poseemos un privilegio para especular sobre las sociedades humanas se debe a que, por así decirlo, las observamos desde dentro:
[…] cuando llegamos a las sociedades humanas, aquí estamos en nosotros, somos nosotros los verdaderos elementos de esos sistemas coherentes de personas llamados ciudades o Estados, regimientos o congregaciones. Reconocemos todo lo que pasa allí (Tarde, 2006, p. 66).
De esta forma podemos comprobar fácilmente que ningún superorganismo emergente de la confusión de mónadas toma posesión del único agregado que conocemos bien. Éste es el argumento más claro antiespenceriano y antidurkhemiano; para demostrar correctamente este punto necesitamos citarlo en extenso:
Ahora bien, por íntimo, por profundo que sea un grupo social cualquiera, jamás vemos surgir allíex abrupto, en medio de los sorprendidos asociados, un yo colectivo, real y no sólo metafórico, maravilloso resultado cuyas condiciones serían ellos mismos. Sin duda existe siempre un asociado que representa y personifica al grupo entero, o bien un pequeño número de asociados (los ministros en un Estado) quienes, cada uno bajo un aspecto en particular, lo individualizan en ellos y no menos enteramente. Pero ese jefe o esos jefes también son siempre miembros del grupo, nacidos de su padre y su madre y no de sus súbditos o de los seres colectivamente dirigidos por ellos. ¿Por qué el acuerdo de células nerviosas inconscientes debería tener el don continuo de evocar dela nada una conciencia en un cerebro en embrión, cuando el acuerdo de conciencias humanas nunca habría tenido esa virtud en una sociedad cualquiera? (Tarde, 2006, p. 67).
Frente a un argumento tan radical, cualquiera en sus cabales retrocedería; pero no olvidemos el lema epistemológico de Tarde: el miedo al ridículo no es una virtud filosófica. La única razón por la que creemos en las propiedades emergentes de la mente de un embrión se debe a que no podemos observar los agregados que éste vincula interiormente. En el caso de las sociedades humanas sabemos con certeza que no existe un moi collectif porque el representante nunca es un Leviatán, como el «dios mortal» de Hobbes; al contrario, siempre es uno de nosotros, nacido de una madre y un padre, y simplemente capaz de «personificar al grupo entero». Si no hay macrosociedad en los grupos humanos, no existe en ningún lado. O, para decirlo de manera aún más contraintuitiva, lo más pequeño siempre es la mayor entidad que existe.
Para comprender el sentido de esta afirmación debemos sumar la característica restante (que a primera vista incluso parece ser más extraña), aquélla que diferencia a las sociedades humanas de otras sociedades: no solamente podemos observar sus ensambladuras desde el interior sino que, a diferencia de las otras sociedades, las humanas están formadas por muy pocos elementos. Un pólipo, un cerebro, una piedra, un gas, una estrella, están formados por una colección de mónadas mucho más vasta que las sociedades humanas. En un momento hilarante, Tarde compara la mayor de las sociedades humanas de su tiempo, es decir China, con cualesquiera de las otras: ¿qué es una sociedad compuesta por sólo 300 millones de elementos (el tamaño de China en ese momento)?:
Un organismo que sólo contuviera un número equivalente de elementos atómicos últimos estaría necesariamente situado en los escalones más bajos de la vegetación o de la animalidad (Tarde, 2006, p. 61; la cursiva es de Tarde).
Cualquier cerebro se encuentra compuesto por más de 300 millones de agregados, tanto como cualquier partícula de polvo o cualquier microlitro de gas. Sobre la mayoría de las sociedades que consideramos, sólo poseemos información estadística que indica la existencia promedio de miles de millones de interacciones. Por eso se tiende a pensar como dada la existencia de un salto gigantesco entre el nivel atómico y el fenómeno macroscópico. No sucede lo mismo con las sociedades humanas, constituidas por escasas entidades: nuestra pertenencia a las mismas nos permite reconocer con certeza quecada factor macro surge del resultado de determinadas trayectorias sobre las que existen trazos empíricos completamente comprobables. En la sociedad humana nadie puedepretender que para transitar desde una interacción hasta la siguiente es necesario cambiar de escala y atravesar una sociedad o cualquier otro tipo de animal grande. Según Tarde, si en las sociedades humanas (el único caso que conocemos bien) lo pequeño sostiene lo grande, entonces debe suceder lo mismo con el resto de las sociedades. Salvo que no tenemos la más mínima idea de cómo alcanzar el monismo de las piedras, el gas y las partículas sin cambiar de escala. Sólo lo alcanzamos estadísticamente.
Lo macro no es más que una ligera extensión de lo micro
En las ciencias sociales estamos tan acostumbrados a hablar de niveles de complejidad, de ordenes más altos, de propiedades emergentes, de cultura, de sociedades, de clases y de Estados-nación, que no importa cuántas veces escuchemos uno de estos argumentos, inmediatamente lo olvidamos y comenzamos a clasificar interacciones locales desde las más pequeñas a las mayores; es como si nos fuera imposible pensar sin encajar ajustadamente muñecas rusas una dentro de la otra.11 Sin embargo, Tarde es heterárquico de pies a cabeza. Lo grande, lo completo, lo grandioso, no es superior a las mónadas, sino sólo una versión más simple, más estandarizada, de uno de los objetivos de una mónada en particular que ha logrado que otras coincidan con su visión.
Tarde escribe en Les lois socials (un libro ligeramente más disciplinado y mejor compuesto, publicado en 1898):12
Pues esas bellas coordinaciones [como el Código Civil] han debido ser concebidas mucho antes de ser ejecutadas: comenzaron por no existir más que bajo la forma de una idea escondida en algunas células cerebrales antes de cubrir un territorio inmenso (Tarde, Las leyes sociales, traducción E. R.).
Su pensamiento es tan reduccionista, que para él incluso la estandarización —tan habitual en el efecto macroscópico— se relaciona siempre con la influencia de un elemento inferior (por supuesto, «inferior» no es la metáfora correcta).
Aquí debemos ir de nuevo lentamente. La primera dificultad es comprender cómo lo grande se las arregla no para emerger de lo pequeño, sino para poner de relieve algunas de sus características. A primera vista, la respuesta de Tarde parece bastante extraña:
Si observamos el mundo social [humano], lo único que nos es conocido desde dentro, vemos que los agentes, los hombres están mucho más diferenciados, individualmente más caracterizados, más ricos en variaciones continuas que los mecanismos gubernamentales, los sistemas de leyes o de creencias, los diccionarios mismos y las gramáticas, mantenidos a través de su concurso. Un hecho histórico es más simple, más claro que cualquier estado espiritual de uno de sus actores (Tarde, 2006, p. 70).
Como en la novela de Stendhal,La Cartuja de Parma, en Waterloo Fabrice ocupa un mundo más complejo que la historia completa de la batalla que Napoleón luchó —y perdió, como yo o cualquier pasajero del Eurostar sabe muy bien—.13Se puede decir que Tarde inventó la microhistoria muchas décadas antes que lo hicieran sus creadores; de la misma forma, se puede afirmar que inventó la TAR (mucho antes de que tuviéramos algún indicio sobre la apariencia de las redes), cuando escribió enLasleyes socialeseste contundente programa de investigación:
En general hay más lógica en una frase que en un discurso, en un discurso que en una serie o grupo de discursos, en un rito especial que en todo un credo, en un artículo de una ley que en todo un código, en una teoría científica particular que en todo un cuerpo de ciencia y en cada trabajo ejecutado por un obrero que en el conjunto de su conducta (Las leyes sociales, traducción E. R.).
Tarde profundiza tanto su reduccionismo (o reduccionismo inverso, ya que lo pequeño siempre es más complejo) que en Monadología y sociología aplica el mismo argumento sobre el lenguaje, el santuario de las explicaciones estructuralistas, el único caso indiscutible donde la diferencia entre langue y parole debería ser obvia —aunque no para él:
Hombres que hablan, todos con diferentes acentos, entonaciones, timbres de voz, gestos: he aquí el elemento social, verdadero caos de heterogeneidades discordantes. A la larga, de ese Babel confuso se desprenden hábitos generales de lenguaje, formulables en leyes gramaticales (Tarde, 2006, p. 74).
Contra cualquier argumento que proponga una estructura más aquí o allá de los actos del habla, Tarde imagina un tipo de sociolingüística, de pragmática, absolutamente opuesta, en la cual la estructura sólo es uno de los elementos simplificados, rutinizados, repetitivos de uno de los locutores que consigue incluir su tradición local dentro del idioma general.14 La generalización y la estandarización no generan ningún inconveniente, porque inmediatamente permitirán que las mónadas discreparan nuevamente, como agrega enseguida:
A su vez, por la puesta en relaciones de un mayor número de hablantes conjuntos, éstos no sirven más que para poner de relieve el cariz propio de sus ideas: otro género de discordancia. Y éstas [las leyes gramaticales] logran tanto diversificar mejor los espíritus de todo tipo, cuanto más fijas y uniformes sean ellas mismas [las leyes] (Tarde, 2006, p. 74).
¡Las macrocaracterísticas son tan provisionales y poseen tan poca habilidad para gobernar los acontecimientos que sólo logran servir como una ocasión para que se generen más diferencias! ¡En lugar de una estructura de lenguaje que actúa a través de nuestros actos de habla, cuanto mayores son los elementos estructurales que flotan a nuestro alrededor (bajo la forma de gramáticas, diccionarios o ejemplos), más se permitirá a los actos de habla discrepar entre sí! En ningún lugar la pragmática se ha atrevido a llegar tan lejos como para afirmar que la estructura del lenguaje es un acto del habla entre varios millones, una herramienta de coordinación que impulsa aún más la proliferación de locuciones que varían entre sí.
El tratamiento que Tarde reserva para el lenguaje nos da una idea respecto a lo que hará con lo social. En vez de desplazarse, digamos, desde Goffman hacia Parsons, cuando se mueve de las interacciones cara a cara hacia la estructura social «mayor», Tarde mantiene el mismo método para todos los niveles (en realidad no existen los niveles). El argumento es tan singular que aquí es necesaria otra larga cita. Para comprenderla, el lector debe recordar que lo grande nunca es más que la simplificación de un elemento de lo pequeño:
Insistamos sobre esta verdad fundamental: nos encaminamos allí al notar que, en cada uno de estos mecanismos regulares, el mecanismo social, el mecanismo vital, el mecanismo estelar, el mecanismo molecular, todas las revueltas internas que terminan por quebrarlos son provocadas por una condición análoga: sus elementos componentes, soldados de estos regimientos, encarnación temporal de sus leyes, no pertenecen nunca más que por un lado de su ser y escapan, por los otros lados, al mundo que constituyen. Ese mundo no existiría sin ellos; pero sin él, ellos aún serían algo. Los atributos que cada elemento debe a su incorporación en su regimiento no forman su entera naturaleza; hay otras inclinaciones, otros instintos que le vienen de regimentaciones diferentes; otros en fin que, en consecuencia, provienen de sus fondos, de él mismo, de la sustancia propia y fundamental sobre la cual puede apoyarse para luchar contra la potencia colectiva, mas vasta pero menos profunda, de la que forma parte, y que no es mas que un ser artificial, compuesto de flancos y de fachadas de seres (Tarde, 2006, p. 81).
Ésta es una extraordinaria imagen del orden social: constantemente amenazado por una inmediata descomposición debido a que ningún componente es parte del mismo por completo. ¡Cada mónada excede la existencia artificial de cualquier orden «superior» prestándole sólo una pequeña parte para permitir su existencia, como unamáscarade sí misma! Se pueden enrolar algunaspartesde las mónadas, pero es imposible dominarlas. Revuelta, resistencia, ruptura, conspiración, la alternativa se encuentra en todos lados. ¿Aquí no se tiene la impresión de estar leyendoMil mesetasde Deleuze y Guattari? ¡Lo social no es el todo sino una parte del todo, y además es una parte frágil!
Por tanto, ninguna posición puede alejarse más del reflejo profesional de las ciencias sociales. Cómo Tarde explica de forma apasionada en Les lois sociales:
[…] se comete siempre, de este modo, el mismo error: creer que, para ver que aparecen poco a poco la regularidad, el orden y el funcionamiento lógico en los hechos sociales, hay que salir de su detalle, esencialmente irregular, y elevarse muy alto hasta abarcar con una vista panorámica vastos conjuntos; que el principio y la fuente de toda coordinación social reside en algún hecho muy general desde donde desciende de forma gradual —pero debilitándose significativamente— hasta los hechos particulares, y que, en suma, el hombre se mueve, pero que una ley de la evolución lo conduce. En cierto sentido, creo lo contrario (Las leyes sociales, traducción E. R.)
¡Para convertirse en un buen sociólogo uno debe evitar elevarse muy alto, adoptar una mirada más amplia o abarcar grandes panorámicas! Por tanto, sociólogos, mirad hacia abajo. Sed todavía más ciegos, más limitados, permaneced con los pies sobre la tierra, sed incluso más miopes. ¿No estoy en lo correcto al invocar a Tarde como mi antepasado? ¿No solicita él que nos unamos a aquello que he denominado «oligóptico» en vez del panóptico? ¿No está proponiendo aquello que he denominado «sociedad plana»? «La visión global», aquella que los sociólogos ofrecen con un gesto típico cuando dibujan en el aire una forma del tamaño de un átomo,15 siempre es más simple y se halla menos localizada que la miríada de mónadas que expresa sólo en parte: la visión podría existir sin éstas; pero sin la misma, las mónadas todavía serían algo. Lejos de ser el medio en el cual los humanos viven y se desarrollan, lo social es solamente un pequeño conjunto de diminutas conexiones estandarizadas que apenas ocupan algunas de las mónadas durante una parte del tiempo, bajo la condición de que su metrología se imponga y mantenga estrictamente, hasta que inevitablemente sea destruida por la resistencia interna del pulular de actantes infinitesimales. Tan pronto como se abandonan estas redes diminutas, uno ya no se encuentra en lo social sino en un confuso «plasma» compuesto de una miríada de mónadas, un caos, un caldo de cultivo que los científicos sociales evitarán a toda costa mirar directamente.16
Ya debería haber quedado claro que no hay manera de que Durkheim y Tarde puedan reconciliar sus formas de ver lo social, incluso cuando convergen en sus críticas a Spencer. Por razones completamente diferentes, ambos creen que las metáforas biológicas son inútiles para comprender las sociedades humanas. Durkheim lucha contra Spencer porque la sociedad humana es sui generis y por lo tanto irreductible a los organismos biológicos. Tarde lucha contra Spencer porque de cualquier forma no existen los organismos: como todos los organismos son sociedades, las sociedades humanas no pueden ser un organismo y, con certeza, tampoco pueden ser un superorganismo. Este rechazo común no significa que nuestros dos antepasados coincidan. El desacuerdo se originó en una afirmación de Tarde que hasta hoy los durkheimianos no le han perdonado: según Tarde, éstos sencillamente confundieron el explanandum por el explanans. Al observar cómo Durkheim utiliza el término sociología Tarde expresa su sorpresa, con gran tacto pero con una devastadora ironía, cuando escribe en Lasleyes sociales:
Esta concepción, en suma, es casi la inversa de la de los evolucionistas unilineales y también de la de Durkheim: en lugar de explicar todo por la presunta imposición de unaley de evoluciónque obligaría a todos los fenómenos a reproducirse, a repetirseidénticamente en un orden determinado, en lugar de explicar así lopequeñopor logrande, loparticularpor logeneral, yo explico las semejanzas de conjunto por la acumulación de pequeñas acciones elementales, lo grande por lo pequeño, lo general por lo particular. Esta manera de ver está destinada a producir en sociología la misma transformación que produjo en las matemáticas la introducción del análisis infinitesimal (Las leyes sociales; la cursiva es de B. L.).
Durkheim no sólo se ha equivocado al considerar la sociedad como la causa en lugar de observar que nunca es más que una gran consecuencia provisional, utilizada por las mónadas para diferenciarse nuevamente. Según Tarde también cometió el error, todavía más terrible, de distinguir las leyes sociales de los agentes actuados por estas leyes:
Acabamos de ver que la evolución de la sociología la condujo, aquí como en todas partes, a descender de las alturas quiméricas de las causas grandiosas y vagas a infinitesimales acciones reales y precisas (Tarde, Las leyes sociales, traducción E. R.).
Como observamos en una cita anterior, Tarde no puede acreditar que «el hombre se mueve, pero que una ley de la evolución lo conduce». En la teoría social no existe ninguna ley que pueda discrepar de las mismas mónadas. No importa que el resto de las ciencias sociales considere como obvia la distinción entre una ley y aquello que está sujeto a la ley; Tarde la ha desmantelado con su monadología. El último punto, y el más complicado, que quiero abordar en este texto es la transformación completa de la epistemología. Pero antes de llegar a esta explicación necesitamos comprender por qué Tarde también convirtió el estudio de la ciencia en un aspecto central para su propuesta de teoría social.
Los estudios de la ciencia como campo de prueba de la teoría social
Cuando Tarde quiere presentar el mejor ejemplo que imagina para analizar la sociedad humana, siempre cita la historia de la ciencia. ¡Sitúa los estudios de la ciencia en el centro de la teoría social ochenta años antes de que éstos fueran inventados! ¿He logrado ahora convencer al lector de que Tarde es nuestro antepasado en estas lides y que no estoy inventando esta genealogía simplemente por el miedo que provoca abrazar una teoría huérfana? Para todos los otros aspectos de las sociedades humanas, los caminos por los cuales las mónadas se propagan (nosotros diríamos el actor y su red) se pueden perder o borrar en las costumbres y los hábitos. Sin embargo existe una excepción, que la convierte en el ejemplo más elocuente para la teoría social: el modo en que las prácticas científicas recorren el trayecto desde un diminuto pensamiento en un laboratorio aislado hasta convertirse finalmente en el sentido común de la especie humana. La ciencia se puede rastrear completamente:17
En cuanto al monumento científico, tal vez el mayor entre todos los monumentos humanos, no hay duda posible: se ha edificado a la luz de la historia y podemos seguir su desarrollo desde sus orígenes hasta nuestros días. Nuestras ciencias nacieron de un sinnúmero de pequeños descubrimientos dispersos y desvinculados que se agruparon después —agrupamientos que constituyeron en símismos otros tantos descubrimientos— en pequeñas teorías, fusionadas más tarde en teorías más vastas, confirmadas o rectificadaspor una multitud de otros descubrimientos y finalmente religadaspor poderosos arcos de hipótesis construidas sobre ellas, altasinvenciones del espíritu unitario: de todo esto no hay duda. Nohay ley, no hay teoría científica, como no hay sistema filosófico, que aún no lleve escrito el nombre de su inventor. Todo eso tiene un origen individual: no sólo todos los materiales, sino los planos —los planos de detalle y los planos de conjunto—, todo, incluso lo que ahora está extendido en todas las mentes cultivadas y es enseñado en la escuela primaria, comenzó por ser el secreto de una mente solitaria […] (Las leyes sociales, traducción E. R.).
