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En 1926, Flora, Tony y Sweetie, conmocionados, discuten alrededor de 'un cuerpo' sobre qué deben hacer con él. Tony sugiere que deben deshacerse del cadáver junto a las cataratas (The Falls) y que todo parezca un accidente, ya que si 'el viejo' descubre qué ha pasado, Flora no recibirá un centavo. A ella no le importa el dinero y solo puede llorar compadeciendo a una tal Violet, mientras Tony y Sweetie se llevan el cuerpo. Más tarde sabremos que la persona a la que se están llevando es el hermano de Flora, Sam. El relato entonces avanza hasta 2014 y nos presenta a una joven delgaducha, Lauren, en sus treinta que trabaja en una cafetería de Evergreen Falls. Durante uno de sus turnos, encuentra una llave que se ha dejado uno de sus clientes, Tomas Lindegaard, un arquitecto danés que trabaja en el pueblo. La llave la conduce hasta el ala oeste, actualmente abandonada, del hotel donde se encuentra la cafetería en la que ella trabaja. Allí, encuentra una serie de cartas de amor escondidas en un gramófono todas firmadas con las iniciales SHB y datadas en 1926. Se deja llevar por la excitación de desentrañar el misterio. Lauren se acaba de mudar a Evergreen Falls huyendo, en cierto modo, de una vida entera dedicada al cuidado de su hermano enfermo Adam, fallecido hace cuatro meses. Una vida que ha vivido siempre bajo el prisma y los dogmas férreos que le ha impuesto su madre. Sin casi experiencia alguna en el amor, empieza torpemente una relación con Tomas, aunque la primera cita es un completo desastre. El inicio de la relación se ve interrumpido cuando Tomas debe marchar de regreso a Dinamarca, pues su ex-esposa ha tenido un accidente de gravedad.
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Seitenzahl: 593
Veröffentlichungsjahr: 2016
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PRÓLOGO. 1926
CAPÍTULO UNO. 2014
CAPÍTULO DOS
CAPÍTULO TRES
CAPÍTULO CUATRO. 1926
CAPÍTULO CINCO
CAPÍTULO SEIS
CAPÍTULO SIETE
CAPÍTULO OCHO
CAPÍTULO NUEVE. 2014
CAPÍTULO DIEZ
CAPÍTULO ONCE. 1926
CAPÍTULO DOCE
CAPÍTULO TRECE
CAPÍTULO CATORCE
CAPÍTULO QUINCE
CAPÍTULO DIECISÉIS. 2014
CAPÍTULO DIECISIETE
CAPÍTULO DIECIOCHO. 1926
CAPÍTULO DIECINUEVE
CAPÍTULO VEINTE
CAPÍTULO VEINTIUNO
CAPÍTULO VEINTIDÓS
CAPÍTULO VEINTITRÉS. 2014
CAPÍTULO VEINTICUATRO
CAPÍTULO VEINTICINCO. 1926
CAPÍTULO VENTISÉIS
CAPÍTULO VEINTISIETE
CAPÍTULO VEINTIOCHO. Seis meses más tarde
CAPÍTULO VEINTINUEVE. 2014
EPÍLOGO. 1927
Créditos
En memoria de Stella Vera,Estrella de la Verdad.
¡Bienvenidos a Evergreen Falls!
Me siento inmensamente agradecida por la acogida que han recibido mis libros de Kimberley Freeman. Trabajo con el corazón, y me encanta saber que mis lectores lo aprecian y corresponden de corazón. El escribir estas novelas me da la oportunidad de sacar a la luz mi lado más sentimental y me produce una enorme satisfacción contar historias sobre mujeres que, aun siendo extraordinarias, son tan imperfectas como tú y como yo, pero al mismo tiempo poseen la fuerza necesaria para vencer cualquier tipo de adversidad.
Las Montañas Azules es especial en este sentido, puesto que se basa en las memorias de una mujer realmente magnífica.
A mi abuela, Stella Vera Freeman, le encantaba escribir. Aparte de unos cuantos poemas en el diario local, nunca llegó a publicar nada, pero en los últimos años de su vida se dedicó a escribir todos sus recuerdos. El año pasado volví a leer sus memorias y me sentí profundamente atraída por la parte que se refiere a la década de 1920, cuando trabajó como camarera en varios hoteles de lujo en Sídney.
Mi abuela habla de las profundas amistades que se entablaban entre los empleados, de lo terriblemente exigentes que eran las gobernantas con las que trabajó en el hotel Wentworth y de los rumores que corrían acerca de los célebres huéspedes a los que les servían las comidas, pero al mismo tiempo sus memorias son el vivo retrato de la época: los bailes, las piscinas y, por supuesto, la ropa. Describe muchos vestidos con todo lujo de detalles, y todas las prendas que viste Violet en mi novela están sacadas de las memorias de mi abuela.
Mi abuela era fantástica, alta, majestuosa y amabilísima, y siempre pensé que ella era capaz de entenderme de un modo en que mis padres no eran capaces de hacerlo. Incluso después de cumplir los veinte, me iba a menudo a pasar una semana entera con ella, porque en su casa se respiraba tranquilidad y nos lo pasábamos muy bien juntas. Recuerdo una vez que fui y ella había comprado un espejo precioso, que me encantó. El marco tenía unos grabados muy bonitos y en ese momento nos dimos cuenta de hasta qué punto teníamos los mismos gustos. Nos quedamos un momento de pie, delante del espejo, mirando nuestro reflejo: yo, joven y llena de energía, con toda la vida por delante; y ella, con sus profundas arrugas y la serenidad que se deriva de la edad y la experiencia.
Han pasado ya muchos años desde que escribí mi primera novela. Fue en 1997; era joven y mi primer libro, una novela de terror (¿te lo imaginas?) estaba llena de sangre, sexo y groserías. A mi abuela le entusiasmó la idea de que fuera a convertirme en una escritora con un libro publicado y me dijo que tenía muchísimas ganas de leerlo. A mí me horrorizaba la idea porque creía que no le gustaría el lenguaje que había utilizado. Pero, por desgracia, mi abuela falleció poco antes de que lo publicaran y en los terribles meses que siguieron a su muerte me di cuenta de que lo único que habría sentido si hubiera llegado a tener la oportunidad de leer la primera novela de su nieta habría sido orgullo. Un profundo orgullo.
Cuando los hombres de la mudanza llegaron para empaquetar sus cosas, descolgaron el espejo. Ella había escrito mi nombre por detrás, así que me lo dieron. Todavía lo tengo. Y todavía la echo de menos.
Espero que disfrutes leyendo este libro tanto como yo he disfrutado escribiéndolo.
Te deseo lo mejor,
Kimberley
Siguen diciendo «el cuerpo» y Flora cree que va a empezar a gritar para no parar jamás. Con susurros que no son lo suficientemente bajos, como hacen los hombres, lo repiten una y otra vez: «No podemos dejar el cuerpo en la habitación»; «Si nos llevamos el cuerpo a la piscina, parecerá que se ha ahogado»; «Pero cuando examinen el cuerpo verán que no tiene agua en los pulmones», y cosas así. Mientras tanto Flora, encerrada en la sombría prisión de su mente, incapaz de entender nada desde que descubrió los pálidos restos, no deja de temblar por el aire helado que entra por la puerta abierta y sopla entre los altos eucaliptos que delimitan la oscuridad del valle.
—Si el viejo se entera de esto —dice Tony remarcando su observación con una calada al cigarro—, cerrará la caja fuerte y Flora se quedará sin nada.
Flora quiere decir que no le importa el dinero, que la muerte nunca ha sido tan inmensa, real y definitiva como en aquel momento, estando al lado de los restos de una persona real que tan solo un día antes respiraba y gritaba. Mueve los labios, pero no sale ningún sonido.
—¿Qué quieres que hagamos, Florrie? —le pregunta Sweetie.
—No sirve de nada hablar con ella —dice Tony mientras niega con la cabeza a la débil luz del candil—. Va a necesitar unos cuantos tragos de whisky para superar esto. Mira, lo único seguro es que nadie puede enterarse de esto. Tiene que parecer un accidente. Como si se hubiera caído mientras daba una vuelta por el bosque.
—¿Con esta nieve? Eso no se lo va a creer nadie.
—Piensa en la fama que tenía —le dice, y con el zapato de charol le da un puntapié al cuerpo para levantarlo y después retira el pie dejándolo caer de nuevo al suelo—. No muy sólida. —Tony se da cuenta de que Flora está escuchándolo y se arrepiente de haberlo hecho—. Lo siento, Florrie. Pero tenemos que ser prácticos. Tienes que confiar en nosotros.
Flora asiente, trastornada, incapaz de comprender nada.
—Y entonces, ¿hasta dónde tenemos que llevar el cuerpo? —pregunta Sweetie.
—Lo más cerca de las cascadas que podamos.
Sweetie asiente y se agacha para coger las piernas flácidas con sus manos regordetas. Flora se acerca para ayudarlos, pero Tony la aparta, delicadamente pero con firmeza.
—Tú te quedas aquí. No puedes ayudarnos tal y como estás, y este frío te puede matar. No quiero tener que cargar con dos cuerpos. —Tira el cigarrillo por la puerta que tiene delante. La colilla dibuja un arco y cae en la nieve; un breve resplandor y se extingue.
Flora los ve marcharse. Se mueven con pesadez por la oscuridad y el frío, hasta que se convierten en diminutas figuras en los límites del jardín y desaparecen camino abajo por el sendero de piedras que lleva al valle. Ha empezado a llover, las gotas gruesas que caen del revuelto cielo nocturno se hunden silenciosamente en la nieve. Se queda en la puerta, con los dedos entumecidos, esperando a que regresen.
La lluvia borrará las profundas huellas de la nieve, junto con el rastro que puedan dejar las piernas y los brazos que cuelgan entre ellos. Pero la lluvia lavará también el cuerpo, un húmedo sudario, un entierro empapado. Flora se lleva las manos a la cabeza y llora, por la impresión y su dolor y su pérdida y los horrores que sin duda vendrán. «Pobre Violet», repite en su cabeza sin cesar. «Pobre Violet».
Si hubiera tenido alguna experiencia con los hombres, si no hubiera sido una mujer virgen de treinta años en mi primer trabajo, habría sabido hablar con Tomas Lindegaard sin parecer tonta y sin balbucear.
—¿Lo de siempre? —le dije cuando se acercó a la barra—. Si quieres, puedes sentarte y esperar a que te atienda en la mesa, si quieres, o no, o sea, no quiero imponerte nada.
Tomas sonrió y unas ligeras arrugas aparecieron alrededor de sus ojos azules.
—A lo mejor te sorprendo y te pido algo distinto hoy —dijo.
Me reí, y me di cuenta de que me estaba riendo demasiado fuerte, así que paré de pronto.
—Un café solo —pidió.
—Pero eso es lo que siempre… Ah.
Estaba sonriendo otra vez, y yo también sonreí, embriagada por él, como siempre. Entonces vi que se acercaba la señora Tait y me apresuré a ayudarla. Con todo lo independiente que quería ser, necesitaba que la ayudaran a llegar a una silla con su bastón y sus articulaciones inflamadas.
—Gracias, querida —dijo mientras se sentaba—. Un café con leche doble y un cigarrillo, por favor.
Era la broma de todos los días. Hacía treinta años que la señora Tait había dejado de fumar, pero decía que lo seguía echando de menos sobre todo cuando se tomaba su café.
—Muy bien —dije, y volví a la barra, donde Penny ya había encendido la máquina del café. El sonido del vapor amortiguó el ruido de la cafetería y el aburrido ritmo de la música. Tomas se había sentado donde siempre, en la mesa del centro.
Penny me miró e inclinó ligeramente la cabeza hacia Tomas, dedicándome una sonrisa cargada de significado.
Yo me encogí de hombros. No sabía si Tomas sentía tanto interés por mí como yo por él, a pesar de vernos todos los días. Él era un miembro del equipo de arquitectos que se estaba encargando de la reestructuración del histórico hotel-balneario Evergreen, y había venido especialmente de Dinamarca para diseñar las habitaciones y romperme el corazón. Penny era la dueña de la cafetería, un rincón de brillantes cristales y cromados ubicado al fondo de la recién renovada ala este del Evergreen Spa.
Yo estaba segura de que a Tomas le interesaría mucho más ella, con su cuerpo atlético y sus genes españoles por parte de madre. Estaba claro que una rubia flacucha con cejas pálidas no podía competir con ella.
Penny me acercó dos bandejas: una con el café con leche de la señora Tait y la otra con el café solo de Tomas.
—Primero llévale esto a la señora Tait —susurró— y después entretente con él, ¿vale? ¿Sabrás hacerlo?
Asentí, le llevé su pedido a la señora Tait y luego fui a llevarle el café a Tomas.
—Gracias, Lauren —dijo mientras agitaba dos sobres de azúcar entre el dedo pulgar y el índice antes de echar todo el contenido en el café—. Parece una mañana tranquila.
Mi oportunidad para entretenerme.
—Sí, aunque me gusta más cuando estamos ocupadas. Ayuda a coger el ritmo.
Charlando. Estábamos charlando. No era tan difícil como creía.
—¿Te quieres sentar conmigo un momento? —me invitó Tomas con una sonrisa maravillosa.
Una punzada de excitación. Miré a Penny, que me animó con un gesto. Oí que mi móvil empezaba a sonar en el bolso, debajo de la barra, pero no le hice caso. Empezamos a hablar de nimiedades y otras cosas más importantes —estaba divorciado, sin hijos—, contacto visual, risas. Coqueteo. Estábamos ligando. Al pensarlo me sonrojé. Volví a oír el teléfono.
Y Penny llegó por detrás.
—Perdona, Lauren. —Me traía el móvil, que había empezado a sonar otra vez—. Pone que es tu madre y no para de llamar. A lo mejor es importante.
Las cuatro letras Mamá se encendieron en la pantalla.
—Perdona —le dije a Tomas—. Creo que tengo que cogerlo.
—Pues claro —dijo, y se terminó el café—. Yo también me voy.
Penny me dio el móvil y me dirigí hacia la esquina de detrás del almacén.
—¿Mamá?
—¿Dónde estabas? ¡Te he llamado tres veces!
—Estoy en el trabajo. No puedo dejarlo todo… —Pero entonces pensé que no podía ser tan dura con ella—. Es difícil cuando estoy trabajando, estaba sirviendo a un cliente. —Miré por encima del hombro. Tomas se había ido, pero se había dejado algo encima de la mesa. Me acerqué.
—Cuando no me contestaste, me preocupé. ¿Por qué estás ahí tan temprano?
—Tengo el primer turno, para la gente que viene antes de entrar a trabajar.
Era una llave, pegada a una tarjeta de plástico. Por uno de los lados había un recuadro en el que se leía «Tomas Lindegaard». Le di la vuelta y por el otro lado decía «Antigua ala oeste». Fui hacia la puerta, empujé y la abrí. A ambos lados de la calle se veían los coches de los trabajadores y los pinos. A lo lejos había un hombre con un cortacésped. Los coches de los turistas que solían dar vueltas por allí buscando aparcamiento cerca del camino que llevaba a las cascadas no habían llegado todavía. Y tampoco se veía a Tomas por ninguna parte.
—Lo siento. Ya sabes que siempre me preocupo mucho —dijo mi madre.
—Sí, ya sé que siempre te preocupas. —Me metí la llave en el bolsillo del delantal negro y dejé que la puerta se cerrara detrás de mí. Penny estaba recogiendo la taza de café de la señora Tait y hablando con ella. Aparte de ellas, la cafetería estaba desierta—. ¿Es urgente? —le pregunté a mi madre.
—Bueno, no. Es solo por… los libros de Adam… —me contestó con un nudo en la garganta.
—Yo me los quedo —aseguré con decisión—. Mándamelos.
—¿Te vas a quedar ahí, entonces?
—Sí, claro. —Respiré profundamente, preparándome para lo que sabía que me esperaba después.
—Estás muy lejos de casa.
—Esta es mi casa ahora.
—Estoy preocupada, es todo…
La preocupación. Otra vez.
—Estoy bien aquí. —Estaba más que bien. Mejor de lo que nunca lo había estado. Por fin había salido de mi pueblo de la costa de Tasmania y vivía en las Montañas Azules, cerca de Sídney, por mi cuenta, aprendiendo a hacer cosas que la gente aprende a hacer mucho más joven (pagar un alquiler, poner lavadoras, administrarme, hacer la compra), con muchos años de retraso.
—No es bueno que estés tan lejos. La casa está muy vacía sin ti y… ¿estás segura de que estás bien? No quiero que algo… vaya mal.
Mi madre me llamaba dos o tres veces al día, y dos o tres veces al día volvía a insistir en que le daba miedo que algo pudiera «ir mal». Me frustraba tanto que me dolían los dientes de apretar la mandíbula, pero también me daba pena. No éramos una familia común. Yo no era una hija común. No había nada común en nuestras circunstancias.
—De verdad —repetí por enésima vez—, no tienes que preocuparte por mí, te lo prometo.
—Nadie puede prometer eso —suspiró.
—Me voy a quedar sin trabajo si sigo perdiendo tanto tiempo al teléfono —le mentí—. Estamos muy ocupadas esta mañana. Mándame los libros, así tengo algo para entretenerme por las tardes. —Las tardes eran largas y aburridas. La televisión no se veía bien y Penny era la única amiga que tenía en aquel momento y no podía pretender que saliera conmigo todas las noches, así que me había acostumbrado a meterme en la cama temprano, después de tomarme una taza de té y un trozo de bizcocho y leer algún artículo anticuado de las revistas de moda que tenía en la estantería.
—De acuerdo, te los mandaré, pero…
—Hasta luego, mamá.
Penny me miró cuando metí el móvil en el bolso y me disponía a retomar el trabajo.
—¿Va todo bien? —me preguntó.
—Como siempre.
•
Más tarde, mucho más tarde, me acordé de la llave de Tomas. Cuando llegué a mi casa, dejé el delantal encima de la cama y me metí directamente en la bañera. La casita vieja que tenía alquilada en Evergreen Falls, detrás de la casa de la señora Tait y a cinco minutos andando de la cafetería, tenía un cuarto de baño tan estrecho que apenas podía estirar los brazos allí dentro, pero la bañera era profunda y la ventana que tenía al lado daba a un patio privado ajardinado. Me relajé entre un sinfín de burbujas durante un rato, pero cuando cogí el montón de ropa y lo metí en la lavadora, se oyó un sonido metálico. Y cuando saqué la llave del delantal sucio, me sentí fatal.
Dejé la llave en la encimera de la cocina mientras cenaba —una porción individual de otro plato congelado para microondas; aquel día me tocaba solomillo Strogonoff— y la miré detenidamente bajo la luz que llegaba del techo. Tomas Lindegaard. Qué apellido tan bonito. Más allá de la ventana empezaba a oscurecer. Ya no quedaría nadie en las obras y Penny ya habría colgado el cartel de Cerrado en la puerta. Sabía dónde estaba viviendo Tomas mientras se ocupaba de su proyecto porque había visto su coche aparcado fuera de una casita con un camino flanqueado de robles a cuatro bloques de mi casa. El corazón me latió un poco más fuerte al pensar que podría ir a llamar a su puerta.
Me quité el albornoz, me puse una camiseta limpia, unos vaqueros y unos zapatos y salí de casa.
Era una tarde cálida y tranquila, con el aire cargado del aroma de los pinos y eucaliptos. Me había mudado allí a principios del verano, y tres meses más tarde, en marzo, todavía no había sufrido el calor. Se había levantado un poco de brisa y el cielo tenía un tono amarillo pálido salpicado de nubes rosa. Subí por la colina hacia la calle principal; las ramas rotas y las agujas de pino crujían bajo mis pies.
No había ningún coche delante de la casa de Tomas. La decepción me encogió el corazón. ¿Qué esperaba? Los últimos veinte años de mi vida no me dieron la oportunidad de comenzar ningún tipo de relación normal. Por más que lo deseara con todas mis fuerzas.
Suspiré, me di media vuelta y volví a ponerme en camino hacia mi casa.
Pero no quería volver a casa. A lo mejor seguía en las obras, pensé, así que me dirigí hacia el hotel Evergreen Spa.
Era de una belleza inconexa; los colores de la puesta de sol teñían las paredes de piedra manchadas de liquen. El terreno se extendía a lo largo de un kilómetro hasta el borde de una escarpadura y asomaba a los valles y colinas hasta donde alcanzaba la vista. Dos pinos centenarios flanqueaban la entrada principal, ambos rodeados de arriates llenos de maleza de un metro de altura salpicada de flores amarillas. El hotel se construyó en la década de 1880, disfrutó de su apogeo durante los primeros años del siglo XX y se abandonó después de la Segunda Guerra Mundial, cuando lo usaron como centro para el despacho de tropas militares. Durante los años sesenta se llevó a cabo un tímido intento de renovación, cuando restauraron el ala este, incluido el gran salón de baile, que se rehabilitó lo suficiente como para festejar bodas y otras celebraciones. Pero más tarde volvieron a cerrarlo. Hasta que llegaron los arquitectos el año anterior. Y Tomas con ellos. Penny alquiló la cafetería. Yo cogí un vuelo desde Tasmania para huir de mis padres y le supliqué que me diera trabajo sirviendo a la gente de allí y a los turistas, pero sobre todo a los trabajadores. La idea era que el Evergreen Spa abriera sus puertas al año siguiente.
Pero el ala oeste, la estructura de piedra original con sus dos plantas de ventanas arqueadas de estilo italiano y las cornisas que se extendían hacia la zona oeste del salón…, en fin, casi nadie había vuelto a entrar allí durante décadas.
Y yo tenía la llave.
•
Hasta aquel momento había pasado toda la vida evitando hacer cosas de modo espontáneo, por el bien de los nervios de mi madre. Nunca me subía a los árboles, nunca me montaba en los coches con los chicos y nunca me iba a la playa con los amigos si me lo pedían —cuando tenía amigos, que era raramente, porque no contribuía a la diversión a mi alrededor—. Había crecido mirándolo todo desde el punto de vista de mi madre. A ella no le habría gustado que metiera la llave en la cerradura y la girara hasta que se oyera el clic. No le habría gustado que echara una última ojeada alrededor del ala desierta, entre el suave rumor de las hojas de los árboles y el tráfico lejano de la autopista. No le habría gustado que entrara y cerrara la puerta detrás de mí, quedándome a oscuras. Y porque no le habría gustado, lo hice.
En algún momento de un remoto pasado clavaron tablas en las ventanas, y evidentemente no había luz eléctrica, así que me saqué el móvil del bolsillo y encendí la aplicación de la linterna. Era un rayo de luz corto y estrecho, pero por lo menos me ayudaría a no tropezarme con algo. Apuntándolo hacia la oscuridad me di cuenta de que me encontraba en una especie de vestíbulo, con el parqué del suelo hinchado, altos techos y paredes desconchadas. Los bordes del papel aterciopelado que cubría las paredes estaban despegados y colgaban tristemente de las esquinas mugrientas. Una lámpara de araña que seguía sujeta en el techo refractó mi haz de luz formando miles de destellos cristalinos en las paredes. Suspiré, y al hacerlo me llené los pulmones de polvo de tal forma que estuve tosiendo durante medio minuto sin parar.
Me quedé allí mucho tiempo, en mitad del vestíbulo, intentando imaginarme cómo habría sido en sus momentos de mayor esplendor y cómo sería dentro de unos años, cuando Tomas y su equipo lo restauraran. Me sentí extrañamente privilegiada por tener la oportunidad de verlo así, tal y como era, intacto, con tantos años encima.
Seguí alumbrando mi alrededor con la linterna. A un lado había un pasillo y al otro, unas escaleras. No sabía si las escaleras se hundirían con mi peso, de modo que entré en el pasillo, pasé por delante de varias habitaciones vacías y llegué a una amplia antecocina. Las baldosas del suelo estaban desniveladas y había un horno enorme de hierro fundido en una de las paredes. Los grandes fregaderos cuadrados estaban llenos de moho. Por una de las ventanas grasientas, a la que le faltaba un tablón, se veían los primeros peldaños de una escalera exterior de la que colgaba un cartel que decía Peligro. No pasar. No debía estar allí. Tenía que irme.
Volví al vestíbulo por el pasillo, pero al llegar vi que la puerta no se podía abrir. No tenía ningún agujero por dentro para meter la llave y, en lugar del pomo, solo había un trozo de hierro que sobresalía. Cogí el teléfono con los dientes de forma que me iluminara los pies e intenté girar el hierro con todas mis fuerzas. Cuando se me resbaló, tenía las manos doloridas, rojas y con un fuerte olor a óxido.
Se me encogió el corazón al darme cuenta de que me había quedado encerrada y nadie sabía que estaba allí. Podría llamar a Penny o a la señora Tait. O a mi madre, y al pensarlo me reí tanto que se me pasó un poco el miedo. Apagué la linterna del móvil para ahorrar batería mientras pensaba en lo que podría hacer.
El edificio era tan grande que tenía que haber otra salida. Me fui otra vez para el corredor, pasé por delante de la antecocina y miré en las habitaciones vacías. Al final del pasillo había dos puertas: una en la misma planta, a la que podría llegar con facilidad, y la otra al final de una larga escalera que llevaba al piso de abajo. Intenté abrir la primera, pero no giraba la manilla. Metí la llave y entró un milímetro, nada más. Así que lo intenté con la otra y aquel fue mi gran error.
La llave entró y giró dando un tirón. Al empujar la puerta encontré resistencia, así que empujé más fuerte y… ¡crac!
Me quedé sin respiración. Al primer ruido siguieron muchos más, y de una en una fueron cayendo todas las cosas que había empujado con la puerta. Encendí la linterna con cuidado y observé lo que parecía ser un almacén, con el techo tan bajo que lo tenía justo encima de la cabeza. A juzgar por el desorden, me imaginé que le habría dado sin querer a una urna que estaba apoyada contra la pata de una mesa. La pata se rompió y todo lo que tenía encima se cayó al suelo: cajas, cajones llenos de cosas, libros, lámparas y otros objetos que ni siquiera pude identificar. La urna sobrevivió, pero un juego entero de té se hizo añicos.
Tenía dos opciones: usar el resto de la batería del móvil para iluminar la escena del delito lo suficiente como para poder limpiarlo todo y esconder las pruebas o llamar a Penny, contarle lo que había pasado y soportar la humillación.
Se me ocurrió una tercera opción: recoger rápidamente e ir a buscar a Tomas, confesarle todo y decirle que pagaría el juego de té. Y a lo mejor la mesa. Pensaría que soy idiota y ya está. Sería un alivio, en cierto sentido, porque ya no tendría que seguir anhelando lo que no podía llegar a tener.
Dejé el móvil en el suelo, apoyado contra la pared para que me diera luz. La mesa no tenía arreglo, se le había roto la pata. Amontoné los trozos del juego de té y los dejé fuera de la puerta. Enderecé las cajas y las maletas y recogí varios calzadores, repuestos de lámparas viejas, pomos y manillas, y los coloqué lo mejor que pude.
Cuando levanté una caja que se había volcado vi que tenía un antiguo gramófono. Pensé que debía de ser portátil porque tenía varios pasadores en tres lados y un asa rota, y al levantarlo me di cuenta de que el lado por el que había caído se había desencajado. Lo puse en el suelo cerca del móvil y la luz iluminó algo blanco, medio escondido por la parte rota. Metí la mano y saqué un fajo de sobres atados con una cinta de terciopelo descolorida.
Desaté el lazo y fui pasando los sobres de uno en uno. Ninguno tenía dirección, pero se veía que contenían papeles escritos. Levanté la solapa del primero y saqué unas hojas amarillentas que crujieron al deslizarse. La tinta de la escritura se había vuelto sepia con el tiempo.
«Amor mío, es una tortura no poder ir a verte esta noche».
Cartas de amor. Viejas cartas de amor. De pronto sentí cómo se me henchía el corazón. Había robado una llave, había entrado sin permiso en un edificio desierto y había encontrado viejas cartas de amor. Me sentía genial, emocionada, llena de vida. «Ahora te aguantas, mamá». Ese era el tipo de emoción que me había perdido toda la vida por ser demasiado cauta. «Ahora te aguantas, papá». Volví a anudar el lazo. «Ahora te aguantas, Adam». De repente me sentí fatal. ¿Cómo podía pensar eso? Adam no tenía la culpa de nada de lo que había pasado. Él nunca había querido ensombrecer nuestras vidas de aquel modo. Nadie en el mundo quiere ensombrecer así las cosas.
Dejé los sobres al lado del móvil e hice todo lo que pude para volver a poner las cosas en orden. Después de colocar la mesa rota junto a la pared, me metí las cartas en el bolsillo de la chaqueta y me fui, dejando la puerta cerrada. Con la luz de la linterna llegué a la antecocina y me dirigí hacia la única ventana a la que le faltaba un tablón. Me incliné sobre el fregadero e intenté levantar la hoja de la ventana. Cedió un poco. Me subí a la encimera y metí los pies en el fregadero, con su buena capa de moho, y empujé hacia arriba todo lo que pude. La hoja se abrió con un chirrido y por fin pude oler el aire fresco. Salí por el hueco, volví a cerrar la ventana detrás de mí y me dirigí hacia la parte de atrás del edificio. Crucé el aparcamiento y llegué a la calle. Ya había oscurecido y a la luz de las farolas, mientras sacudía los pies para quitarme el moho de los zapatos, vi que tenía la ropa llena de polvo. Mientras intentaba quitármelo a manotazos, sonó un claxon detrás de mí y me di la vuelta para mirar. Se acercaban los faros de un coche. Me aparté de la carretera y pisé el césped húmedo. El coche se me paró al lado. Era Tomas.
—¿Te llevo? —dijo con su ligero acento danés.
Estaba tan avergonzada que apenas podía hablar.
—Yo… Mira, tengo que hablar contigo.
Arqueó las cejas sonriendo.
—Entonces, súbete. Vamos a mi casa. Vivo cerca.
A su casa. Suspiré.
—Vale.
Allí estaba, en su coche, con cartas de amor en el bolsillo, y no dijimos ni una palabra en lo poco que tardamos en llegar.
Una luz de seguridad se encendió al llegar al porche. Creía que me iba a preguntar qué había estado haciendo en el Evergreen Spa, pero dijo algo acerca de la noche tan buena que hacía, de lo mucho que le gustaban las Montañas Azules y de lo distinto que era vivir allí que en Copenhague. Estoy segura de que le contesté, aunque no podía dejar de pensar en cómo le iba a contar lo que había hecho.
Colgó las llaves en un aparador y me llevó a la cocina. Restregué las suelas de los zapatos en el suelo por si seguían teniendo moho e intenté sacudirme algo más la ropa para quitarme el polvo de encima.
—¿Quieres algo? ¿Té? ¿Chocolate caliente? No te puedo ofrecer café porque siempre me lo haces tú a mí.
—No, gracias.
—Yo me voy a hacer chocolate. Como lo hacía mi madre. Está muy bueno.
Me esforcé en sonreír.
—Vale, me has convencido.
—Siéntate y dime de qué querías hablar.
Me senté a la mesa de la cocina mientras él buscaba un cazo y lo ponía en el fuego.
—Hoy te dejaste la llave del ala oeste en la cafetería —le dije mientras se daba la vuelta para sacar la leche del frigorífico y no le veía la cara.
—Ah, así que estaba allí. He mirado dos veces por toda la oficina.
—Lo siento, me la metí en el bolsillo del delantal pero después me llamó mi madre, que es… muy… acaparadora.
—No pasa nada.
—¿Vas al ala oeste muy a menudo?
Echó la leche en el cazo y vino a sentarse conmigo mientras se calentaba.
—No mucho. No tenemos planeado trabajar allí hasta dentro de seis meses o un año.
—Yo he entrado. —Los latidos del corazón me retumbaron en los oídos mientras lo decía. Me acordé de una vez que desperté a Adam de un sueño muy profundo y mi madre me regañó y me sentí igual que entonces. Metida en un buen lío.
Tomas sonrió.
—Qué traviesa.
—Y eso no es todo. Como no podía salir, abrí otra puerta, que resultó ser la del almacén, y tiré algunas cosas.
—¿El qué?
—Un montón de cosas. Se rompió un juego de té antiguo. Solo espero que no fuera de mucho valor. —Él seguía sonriendo y me sentí reconfortada—. De verdad que lo siento. No suelo hacer cosas así, te lo prometo. He llevado una vida muy estricta. No te puedes imaginar cuánto. No sé qué se me pasó por la cabeza.
—¿Curiosidad, tal vez? —supuso Tomas al tiempo que se levantaba para ir a remover la leche—. Pero está bien, no ha pasado nada.
—Pero se me rompieron varias cosas.
—Limpiaron el ala oeste hace tiempo. Seguro que son objetos sin valor. Olvídalo, no ha pasado nada.
Me sentí muy aliviada.
—Gracias.
—¿Creías que te iba a regañar?
—No estaba segura.
—Me alegro de que no te hayas hecho nada porque no sé si te cubriría el seguro.
—No subí por las escaleras.
Tomas cogió el chocolate, miel y dos tazas enormes.
—¿Cómo saliste?
—A una de las ventanas de la antecocina le faltaba un tablón.
—Muy ingeniosa —dijo mientras traía las tazas y volvía a sentarse.
Probé el chocolate. Estaba cremoso y dulce.
—Está buenísimo —comenté.
—Le diré a mi madre que te ha gustado la próxima vez que la vea.
Le sonreí y me acordé de las cartas.
—Mira —le dije mientras me las sacaba del bolsillo de la chaqueta y las deslizaba por encima de la mesa—, las encontré dentro de un gramófono portátil.
—¿Qué son? —Desató la cinta con mucho cuidado y abrió uno de los sobres—. ¿Cartas de amor?
—Creo que sí. Solo miré una.
Se aclaró la garganta.
—«Amor mío, hoy estaba tomando el sol detrás de la pista de tenis y no podía apartar de mi mente el recuerdo de la otra noche, cuando tenía la boca inundada de tu sabor…». —Tomas se rio—. No puedo leer esto en voz alta. Es demasiado explícito.
Me sonrojé mientras él doblaba la carta y me devolvía los sobres.
—Te las puedes quedar, pero necesito la llave.
—¿Estás seguro de que me las puedo quedar?
—Pues claro. Léelas y después me cuentas las mejores. A ver si descubres quiénes eran. Si estaban escondidas puede que fuera un amor prohibido. A lo mejor has dado con un secreto.
La idea me emocionó. O tal vez estaba emocionada por estar sentada con Tomas en su cocina, tomándonos una taza de chocolate como lo preparaba su madre. La felicidad.
Charlamos. Me habló de su madre y yo le hablé, un poco, de la mía. No estaba preparada para contarle toda la historia. Pero no porque fuera demasiado larga —se la habría podido resumir en dos palabras—, sino porque antes de contársela quería que supiera cómo era yo en realidad.
Comoquiera que fuese en realidad. Que todavía no lo sabía ni yo.
Me preguntó si quería otra taza de chocolate. Me habría gustado quedarme, pero sabía que mi madre me llamaría en cualquier momento y no quería hablar con ella delante de él ni tener que ignorar la llamada y que le entrara el pánico.
—Tengo que irme ya —le dije—, pero gracias.
—¿Quieres que te lleve?
—No, vivo muy cerca. En una casita que queda justo detrás de la casa de la señora Tait. ¿La conoces? Es la señora mayor que está siempre en la cafetería.
—Sí, sé quién es. Me invitó a tomar el té un día cuando llegué al pueblo.
Salimos al porche. Las polillas golpeteaban la bombilla.
—Buenas noches —me despedí.
—El viernes —dijo de pronto—, me gustaría invitarte a cenar.
Tardé un momento en comprender lo que me acababa de pedir, mientras mi corazón ya entonaba un sí como si fuera un cantante de ópera.
—¿El viernes por la noche? Sí. Sí, me encantaría.
—Perfecto. —Parecía aliviado. Sonreía de oreja a oreja. Por mí. No me lo podía creer—. ¿Te recojo a las seis?
—Vale… Bueno, te veo mañana en la cafetería, ¿no?
—Tengo que ir a Sídney unos días, así que…
—Así que… —me reí como una tonta—, nos vemos el viernes por la noche.
Me encaminé hacia mi casa en la oscuridad, emocionada. Cuando el teléfono sonó y vi que era mi madre, ni me quejé.
Eran once cartas de amor, todas cargadas de una pasión tan abrasadora que tuve que abanicarme para calmarme después de leerlas. El cielo estaba repleto de nubes negras y el repiqueteo de la lluvia en el tejado de chapa se imponía sobre la música que había puesto. Las leí atentamente una a una, buscando nombres, fechas o cualquier detalle que me ayudara a situarlas. Lo único que sabía cuando terminé de leerlas era que las había escrito un hombre cuyas iniciales eran SHB; que ese hombre tenía una hermana a la que llamaba Sissy —«hermanita»—, cuyo nombre real no aparecía por ninguna parte; que las escribió en 1926 o poco después —lo supe buscando en Internet, porque la primera Miss Sídney se alojó en el hotel en aquella época—, y que sin duda alguna se trataba de una relación prohibida. Ah, y que SHB estaba obsesionado con los «pezones rosa» de su amante, que mencionaba por lo menos una vez en todas las cartas.
Volví a atarlas con la cinta, las dejé en la mesita de noche, apagué la luz y me acosté. Estar acurrucada en la cama en una noche lluviosa era uno de mis pasatiempos favoritos, lo que ya da una idea de los pocos entretenimientos que tenía.
Pasé mucho tiempo despierta, pensando en Tomas. Cerré los ojos e intenté imaginármelo haciéndome algunas de las cosas que SHB le hacía a su amante. Mi experiencia sexual se limitaba a unos cuantos tonteos que no habían pasado de la segunda cita y a un encuentro de una noche con un hombre mucho mayor que yo que me había enseñado cosas de mi cuerpo que yo ni siquiera sabía que podía llegar a sentir. Pero no había tenido ninguna relación duradera, no había llegado hasta el final, no me había dejado llevar jamás. ¿Cómo iba a hacerlo? Había vivido siempre con mis padres, y si eso no impedía que los chicos me pidieran salir, desde luego a mí me impedía decir que sí. Cada vez que se presentaba una oportunidad, me decía: «Solo un año más; esto no puede durar mucho más, seguro». Y después me odiaba por haber pensado eso.
Cuando por fin llegó la libertad, no tenía ni idea de qué hacer con mi vida, y el dolor y la culpa eran un peso enorme.
Pero me gustaba Tomas. Cuando él estaba cerca, me sentía radiante, como si algo estupendo me estuviera esperando a la vuelta de la esquina. Creía que juntos podríamos alcanzar la felicidad.
Me dormí preguntándome si SHB y su amante fueron felices, allá por 1926.
•
Cuando volví del trabajo la tarde siguiente encontré una nota pegada en la puerta. «Han llegado unas cajas para ti. Están en mi casa. Ven a recogerlas cuando puedas. L. T.».
Tardé un momento en caer en la cuenta de quién podía ser. La señora Tait. No sabía su nombre, pero así me enteré de que empezaba por ele. Ella se presentaba como la señora Tait y todo el mundo la llamaba así.
Me quité el uniforme del trabajo y doblé la esquina por el lado que llevaba a la casa de la señora Tait. Llegué a la puerta principal y llamé.
—Ah, hola, querida —me saludó mientras abría la puerta con torpeza—. Entra. Tengo tus paquetes.
—Son libros, creo —comenté al ver las cajas cuidadosamente apiladas en el pasillo—. Me los ha mandado mi madre. Está… eh… sacando las cosas de la habitación de mi hermano —expliqué mientras entrábamos. Era una casa mata de los años treinta, perfectamente conservada y pintada en beis y celeste. El sol que entraba por las ventanas resplandecía en el interior—. Su casa es preciosa.
—En realidad nunca la he sentido mía porque no me la gané con mi esfuerzo. Solo tuve suerte y la heredé de mi madre. ¿Te apetece una taza de té? Acabo de poner el agua a hervir.
—Sí, acepto encantada.
—¿Te parece bien una bolsita? No soy muy ceremoniosa.
—Perfecto.
—Siéntate, vuelvo enseguida.
Me acerqué a un sillón afelpado y al sentarme me hundí entre los cojines mullidos.
A los dos minutos volvió con dos tazas, dejó una en la mesita de mi lado y se sentó en el sofá. Llevaba el pelo gris plata recogido en un moño tirante y un vestido liso azul marino que le hacía parecer más pálida al tiempo que le resaltaba el azul brillante de los ojos.
—Le queda muy bien ese color.
—Siempre me ha gustado mucho el azul marino. Es un color que no le sienta bien a todo el mundo.
Sonreí.
—A usted le sienta estupendamente.
—Deberías hacer algo con esas cejas.
—¿Usted cree?
—El que sean tan claras no significa que no te las puedas arreglar un poco. Podrías ir a ver a Vana a James Street. Seguro que te las deja muy bien. —Levantó las cejas y hube de admitir que las tenía muy bien depiladas—. Mi madre no tenía cejas —continuó mientras daba pequeños sorbos a su taza de té—. Se las depiló de modo definitivo en 1928 para poder pintárselas. Era la moda de la época. Pero después tuvo que seguir pintándoselas durante todo el resto de su vida y cuando las manos empezaron a temblarle… —Se rio—. Que descanse en paz.
—¿Cuánto tiempo hace que murió?
—Quince años.
—¿Vivía aquí?
—No, no. Nunca vivió aquí. Esta casa era una de sus inversiones. Mi madre tenía bastante dinero y trabajó mucho para ganárselo. —Negó con la cabeza—. Yo nunca trabajé lo suficiente para su gusto. Creo que estaba decepcionada conmigo.
Más que una señora de ochenta años, en aquel momento parecía una niña triste y me dio pena.
—Seguro que no. Estoy segura de que la quería mucho.
—Sí, claro que me quería, pero ella quería que fuera médico o abogado o algo importante, y yo nunca tuve cabeza para eso, ya me entiendes. Pero en fin, son cosas del pasado. —Sonrió abiertamente—. Entonces, ¿esos libros son de tu hermano? ¿Se viene a vivir contigo?
Dudé un momento, sin saber qué decir. ¿Por qué siempre tenía que sentirme como si aquello fuera un secreto? Tal vez la forma en que mi madre nos había mantenido alejados del resto del mundo hacía que viéramos nuestras vidas como si fuéramos fugitivos.
—Murió hace cuatro meses —dije por fin.
—Lo siento. ¿Qué edad tenía?
—Treinta y cinco.
Chasqueó la lengua.
—Qué pena, tan joven. ¿Fue un accidente?
—No, llevaba mucho tiempo enfermo. No fue… inesperado. —Bebí un poco de té, esperando que la conversación terminara ahí—. Cuénteme algo más de su madre —dije, forzando una sonrisa—. Parece una mujer formidable.
—Sí, esa palabra la define muy bien —dijo mientras se volvía a mirar unas fotografías enmarcadas que tenía en el aparador. Gente sonriente con trajes antiguos—. Mi madre quería darme una vida mejor que la que ella había tenido. Mi padre no tenía buena salud, así que él se quedaba conmigo en casa y ella se iba a trabajar a una perfumería de Sídney. Se abrió camino allí y cuando el negocio empezó a ir mal, convenció a un banco para que le hicieran un préstamo para comprarlo. Yo apenas la veía. Se iba a trabajar muy temprano y volvía por la noche muy tarde. Fue una mujer que hizo carrera, en una época en la que las mujeres no tenían carrera. Se creó su propia fortuna.
—Vaya, una vida increíble.
—Sí, esa es la versión oficial —dijo con voz melancólica.
—¿La versión oficial?
—Hay muchas cosas que no me contó. Muchas cosas que todavía no sé.
—¿Como qué? —quise saber, y ella se encogió de hombros.
—Me crio mi padre. Estábamos muy unidos. Solíamos viajar solos y nos llevábamos muy bien sin ella. Siempre me acuerdo de cómo olía cuando llegaba a casa, como si los perfumes con los que trabajaba se le hubieran filtrado por los poros. Se inclinaba sobre mí y me daba las buenas noches poniéndome los labios fríos en las mejillas, y por la mañana me despertaba justo a tiempo para olerla y oírle decir que me quería… Lo siento, ya estoy llorosa otra vez. Me pasa mucho últimamente, que de pronto me pongo a recordar cosas de hace mucho, muchísimo tiempo.
—No pasa nada si llora.
—Todos esos recuerdos, todos felices y con una punta de amargura. Todo desaparecerá cuando me muera —continuó—. Pero me estoy poniendo pesada y seguro que te estoy aburriendo.
—No, en absoluto. Debería escribirlo.
—¿Y quién lo va a leer?
—¿Sus hijos? —sugerí, e inmediatamente esperé que tuviera hijos y no estuviera sola en el mundo.
Resopló con desdén.
—A ellos no les interesa. Cada uno tiene su vida. Uno está en Londres, otra en Nueva York y la otra en Vancouver. Los tres dedicados a sus carreras, y ni un solo nieto de ninguno de los tres. —Suspiró y miró el fondo de la taza—. Con una nunca es suficiente.
—Necesita una tetera y tazas más grandes.
—Sí, supongo.
Me levanté para recoger.
—No, no —me detuvo—, no importa. Así tengo algo que hacer. ¿Quieres que te eche una mano con las cajas?
—Puedo sola.
—Mejor —dijo—, porque solo lo he dicho por educación. —Se rio de la cara que puse y miles de arrugas le surcaron el rostro—. Ven a verme algún día.
—Por supuesto, señora Tait.
—Llámame Lizzie —dijo con los ojos brillantes.
—Así lo haré, Lizzie —repetí, y me sentí especial. Penny y Tomas ni siquiera sabían su nombre.
•
No era de las que se cambian siete veces antes de una cita, entre otras cosas porque a los pocos segundos de que Tomas me invitara a salir ya sabía lo que me iba a poner. El único vestido que tenía: negro, sin mangas, entallado hasta las rodillas y cogido a la cintura con una estrella de diamantes de imitación. Yo me pasaba la vida en vaqueros y camiseta y aquel vestido era lo único que me podía poner que me hiciera parecer una mujer, en vez de una adolescente asexuada. No sabía maquillarme, pero en el salón de belleza, Vana había conseguido encontrarme las cejas y también me había pintado las pestañas. Me miré en el espejo mientras me peinaba y pensé que eso era lo más cerca que podía estar de parecer guapa.
Terminé demasiado pronto y me senté en el sofá preparada para una larga espera de veinte minutos hasta que llegara Tomas. La casa estaba lejos de la carretera, así que agucé los oídos para ver si oía el motor de su coche o las pisadas en la gravilla de la calle de al lado. Al acecho, como un gato. Ansiosa, imaginándome lo que podía pasar, inventando situaciones que siempre terminaban siendo un desastre. Al final supe que estaba a punto de llegar porque me mandó un mensaje: «Estoy enfrente con la Sra. T.».
Cogí el bolso, me alisé el vestido y salí.
La señora Tait —Lizzie— estaba regando las plantas, hablando con Tomas. Él llevaba una chaqueta deportiva gris oscura encima de la camiseta azul y los vaqueros. Me encantaba su maravillosa tonalidad escandinava: pelo rubio, piel clara, ojos azules. Pero no era solo el físico lo que me atraía de él. Era un hombre que inspiraba amabilidad y confianza.
—Hola —lo saludé acercándome.
Lizzie se dio la vuelta y me sonrió.
—He sabido que tienes una cita con Tomas.
Se me sonrojaron las mejillas.
—Sí, bueno…
—Estupendo. Hacéis muy buena pareja. Tendréis unos niños guapísimos. Altos, rubios y con unos ojos preciosos. —Se rio al ver cómo nos avergonzábamos y yo no pude evitar tomarle cariño, con aquel sentido del humor tan retorcido.
—¿Nos vamos? —preguntó Tomas señalando el coche.
—Adiós, Lizzie —le dije mientras le daba un beso en la mejilla.
—Unas cejas preciosas —susurró antes de apartarse.
Tomas y yo nos alejábamos en silencio a la luz crepuscular del verano.
—¿Cómo es que la llamas Lizzie?
—Ayer por la tarde pasé un rato con ella y me estuvo contando historias sobre su madre.
—Le caes bien.
—Eso espero; ella también me cae bien. Tiene algo especial, ¿verdad?
—Sí, es como si la edad no le afectara en absoluto.
—Creo que está muy sola. Me dijo que sus hijos vivían en el extranjero. Está orgullosa de ellos, pero los echa mucho de menos. —Miré por la ventanilla, viendo el paisaje pasar—. Creo que pasaré más tiempo con ella. De todas formas, tampoco es que yo tenga tantas cosas que hacer.
Nos volvimos a quedar en silencio. Me moví un poco en el asiento, me puse las manos delante y me las miré.
—Estás muy guapa —me dijo.
Lo miré. Tenía los ojos puestos en la carretera, pero estaba sonriendo.
—Gracias —contesté—. Tú también. —Tenía el corazón en la boca. Tenía tan poca experiencia con todo eso…—. ¿Adónde vamos?
—He reservado mesa en L’Espalier.
—Ah, qué elegante. Es de comida francesa, ¿no?
—Sí, espero que te guste.
—Pues claro. —No, para nada. Tenía el estómago delicado y las comidas pesadas no me caían bien, y encima no tenía ni idea de francés, así que no iba a saber lo que estaba pidiendo. La ansiedad ganó un par de puntos.
Aparcamos a los pocos minutos y subimos la calle hasta el restaurante. No se me daba bien andar con tacones y tenía que ir despacio para no tropezar. «Concéntrate. Respira». La calle principal de Evergreen Falls estaba tranquila y oscura, aparte de las luces de los restaurantes de las aceras y las risas de las terrazas.
Miré con nostalgia al Vintage Star, un restaurante sencillo que estaba enfrente de un anticuario donde sabía que podría leer el menú y pedir un filete sin condimentos. Pero pasamos de largo y enseguida nos sentamos en L’Espalier.
—¿Desean vino los señores? —preguntó el camarero mientras me ponía la servilleta en las piernas.
—No, gracias, tengo que conducir —dijo Tomas.
—Sí, por favor —solté desesperada.
El camarero me trajo la carta de los vinos y la leí, intentando disimular mi horror al ver los precios. ¿Pagaba él?
—Una copa de ese —dije señalando el más barato.
—No servimos copas.
—Tráiganos la botella —dijo Tomas muy tranquilo—. Tomaré un poco contigo. —Me sonrió a la luz de la vela. Yo también le sonreí, aunque seguramente pareció una mueca.
Oí el móvil en el bolso y supe que era mi madre. Se me había olvidado decirle que no iba a estar en casa para hablar con ella como todos los días. Bueno, más que olvidárseme intenté no decirle que iba a salir, porque empezaría a hacerme preguntas y tendría que mentirle o decirle que tenía una cita y no tenía ningunas ganas de que se pusiera a advertirme de lo peligrosos que eran los hombres.
—Pareces preocupada —me dijo Tomas.
—Un poco. —El móvil empezó a sonar de nuevo.
—¿Tienes que contestar?
—No… Es mi madre.
—¿Estás segura?
—Siempre me llama a esta hora.
—¿Todos los viernes? —«Todos los días», pensé, pero no iba a decírselo, no iba a decirle que me llamaba por lo menos dos veces, a cualquier hora, a lo largo del día—. A lo mejor deberías contestar —dijo—. No me importa.
Abrí el bolso, saqué el teléfono y lo apagué. Por una noche, me comportaría como una adulta.
—Sobrevivirá —dije, sonando más dicharachera de lo que me sentía en realidad.
El camarero volvió con una cesta de pan y el vino, que me bebí demasiado rápido. Tomas no pareció darse cuenta. Me preguntó sobre mis padres y yo le contesté con sinceridad, pero sin entrar en detalles. Mi padre era ilustrador científico y trabajaba en casa y mi madre era trabajadora social, aunque se había retirado y había pasado muchos años cuidando de mi hermano enfermo, que había muerto hacía poco.
—Lo siento —dijo.
—Sí, es… —Volví a llenarme la copa. Me mareé un poco al intentar leer la carta—. No sé francés.
—Está debajo en inglés, ¿lo ves?
El camarero seguía sin venir. El restaurante estaba lleno, había mucho ruido y hacía calor. Cogimos un poco de pan con una sonrisa incómoda hasta que por fin llegó el camarero para apuntar la comanda. Tomas le dijo lo que queríamos en un francés perfecto, con lo que me sentí todavía más fuera de lugar.
—¿Cuántos idiomas hablas? —le pregunté.
—Solo inglés y francés.
—Y danés.
—Sí, claro, soy danés —dijo encogiéndose de hombros—. Pero cuéntame algo más de tu hermano; tienes que echarlo mucho de menos.
Otro trago.
—Sí, pero bueno…
—Dime.
Respiré hondo.
—Por la forma en que te he descrito a mi familia… En fin, seguramente parecemos una familia normal, aunque un poco triste, pero no somos normales, o no lo éramos, por Adam.
Sonrió.
—Tendrás que explicarte mejor.
Envalentonada por el vino, intenté explicarlo rápidamente. La enfermedad de mi hermano había durado dieciséis años. Desde los primeros síntomas, cuando tenía diecinueve, un trasplante de pulmón con veintiuno, las interminables y terroríficas carreras a urgencias por resfriados de los que la gente suele recuperarse en un día pero que para él podían ser una condena de muerte y los varios diagnósticos de otros horrores que la medicación provocaba en su cuerpo y las operaciones que conllevaban, hasta la lenta tortura esperando a que los pulmones trasplantados fallaran. Hay gente que vive diez años más, nos dijeron. Adam, catorce. Mientras tanto, nosotros esperamos, manteniéndonos unidos por la espantosa condena de muerte, con miedo de salir al mundo por si nos llevábamos a casa algún germen que pudiera matarlo. Mi madre se obsesionó y no paraba de ver una muerte segura para sus hijos en cualquier cosa. Y no solo por Adam. Como yo era la única hija que le quedaba, decía que era su único consuelo y que no podía perderme a mí también, así que me tuvo encerrada en casa. Me imploró que hiciera mis estudios universitarios a distancia, y al final lo dejé porque no me identificaba para nada con lo que estaba haciendo. Me pidió que no me buscara un empleo y que en vez de salir a trabajar la ayudara con Adam, que ocupaba casi todo nuestro tiempo. Me tenía tan vigilada como a su hijo enfermo terminal. Y allí vivimos los cuatro, en aquella casa, unidos por la enfermedad, oyendo el ensordecedor paso del tiempo durante dieciséis años.
Tomas sabía escuchar. Sabía cuándo hacer preguntas y cuándo recostarse en la silla en silencio. Muy de vez en cuando miraba al salón buscando al camarero o me tocaba la mano cuando la mía volvía a acercarse a la botella otra vez. Pero no me interrumpía y la verdad es que una vez que empecé, salió todo de golpe.
—Creo que he bebido demasiado —dije cuando terminé. Tomas me miraba con empatía. ¿Por qué se lo había contado todo? Me arrepentí de inmediato. ¿Por qué era tan tonta?—. No te lo debería haber contado.
—Me alegro de que lo hayas hecho.
—¿Dónde está el camarero? Ahora sí que tengo hambre y además tengo el estómago un poco…
—Creo que se han olvidado de nosotros.
Miré a mi alrededor. Me sentí un poco mareada.
—¿No sueles beber, verdad? —me preguntó.
—Casi nunca.
Se levantó y dejó su servilleta en la mesa.
—Venga, vamos a mi casa y nos hacemos un sándwich. Tienes que comer algo y no creo que te caiga bien nada pesado.
El camarero se acercó enseguida a pedirnos disculpas, pero Tomas le hizo un gesto con la mano para decirle que no pasaba nada y le dio un billete de cincuenta dólares por el vino.
Mientras bajábamos por la cuesta en la que habíamos aparcado, mi cuerpo perdió toda su habilidad para sostenerse en los tacones. Tomas me cogió de la cintura y así llegamos hasta el coche. Era levemente consciente de que la noche estaba yendo fatal; me había emborrachado con cuatro copas de vino en menos de una hora y le había confesado que había vivido mi juventud como un personaje sacado de Flores en el ático. Aun así, Tomas me ayudó a subir al coche para ir a cenar a su casa.
—Lo siento —le dije.
—¿Por qué?
—Por ponerte en ridículo.
—No me has puesto en ridículo.
—Pues yo sí.
Paró el coche a un lado de la carretera y se volvió para mirarme alargando la mano con suavidad hasta tocarme la cara.
—Lauren, no tienes que disculparte por nada. Ahora te voy a llevar a mi casa, ¿de acuerdo? Para cenar. Nada más.
—Vale. —«¿Nada más?». ¿Qué quería decir con eso?
Volvió a ponerse en camino. Los últimos rayos de sol brillaban en el horizonte. Lo veía todo borroso. Me llevé las manos a la frente.
—Ya casi estamos —dijo.
—Lo siento.
—Vas a tener que dejar de decir eso.
Llegamos y me ayudó a salir del coche. Entramos. Durante un rato todo me pareció confuso, pero creo que me tomé una taza de té y un sándwich de queso. Tomas estaba sentado a mi lado.
—¿Por qué te gusto? —le dije—. Tú eres tan maravilloso y yo soy tan… yo.
—Termínate el té —contestó con delicadeza.
—Pero…
—Me gustas porque hay algo muy real en ti, Lauren. Se ve dulzura en tu mirada. No sé, no se me da bien decir estas cosas.
Me terminé el té y el sándwich mientras él me miraba. Era guapísimo. Me incliné hacia el lado para intentar besarlo, pero él se echó para atrás y me cogió suavemente por los hombros.
—No —dijo—, así no.
Se levantó para recoger mi plato y mi taza y me quedé sola un momento, oyéndolo en la cocina.
Lo siguiente que recuerdo es que me desperté con la luz de la madrugada, todavía con el vestido y los tacones puestos y con una sábana echada por encima en el sofá de Tomas.
La vergüenza. Una horrible sensación de vergüenza se apoderó de mí. Imágenes de la noche anterior, bebiendo demasiado, hablando demasiado, tropezando demasiado, intentando darle un beso y Tomas que se apartaba. Miré el reloj: acababan de dar las cinco. Si me fuera…
Pero tenía la vejiga demasiado llena como para huir rápidamente. Me puse de pie muy despacio, me dolía la cabeza, y miré a mi alrededor. Sofá, mesa de centro, televisión. Ni alfombra, ni estantería, ni cuadros. Tomas debía de estar de alquiler; eso explicaría la falta de decoración del salón. La casa estaba en silencio. Fuera se oía el canto de los pájaros.
Me asomé a lo que parecía ser un pasillo con la esperanza de encontrar un baño y me quité los ridículos zapatos que llevaba para no hacer ruido.
Ya estaba saliendo por la puerta, felicitándome por haber conseguido llegar tan lejos sin despertarlo, cuando oí su voz.
—¿Te quieres escapar?
Me volví. Tomas estaba detrás del sofá, con un pijama azul, restregándose los ojos soñolientos.
—Lo siento…
—Te prohibí decir eso ayer por la noche, ¿te acuerdas?
Moví la cabeza.
—La verdad es que no me acuerdo de mucho.
—No te vayas —me dijo sonriendo—. Déjame que te prepare un café y unas tostadas, por lo menos.
Lo del café me llamó la atención.
—Tienes que odiarme.
Él negó con la cabeza riéndose.
—Eso es lo último que siento por ti.
Cerré la puerta, dejando fuera el helor del alba.
—Gracias —dije—, y gracias por la sábana, y por haberte comportado…, bueno, ya sabes, como un caballero conmigo.
—Ven —contestó, y yo lo seguí a la cocina. Encendió la luz y me indicó una silla para que me sentara—. Supongo que no eres una gran bebedora, ¿no? —dijo mientras encendía la cafetera.
—Pues no, la verdad es que no, y tampoco estoy acostumbrada a las citas. Estaba muy nerviosa.
—No me puedo creer que sea capaz de poner nervioso a alguien. —Le brillaban los ojos.
—No te lo he contado todo.
—Ayer me contaste muchas cosas.
—Pero no te dije que nunca he tenido novio. —La palabra novio me sonó fatal, como si hubiera tenido que usarla quince años antes, pero no entonces.
—¿Ninguno?
Negué con un gesto. Él siguió preparando el café mientras yo lo esperaba avergonzada, hasta que me puso la taza delante y se sentó a la mesa conmigo.
—¿En serio? —preguntó, retomando la conversación—. ¿No has salido nunca con nadie?
—No podía, por… lo que te conté ayer.
—Pero ¿no querías conocer gente? ¿Vivir tu vida?
—Claro que quería, con todas mis fuerzas, pero… Por lo visto, la vida de Adam dependía de que yo no hiciera nada de lo que quería y al final, la inminencia de su muerte me hizo sentir muy egoísta por desear cualquier cosa.
—¿No tenías sueños? ¿Aspiraciones?
—En realidad, no. Bueno, aparte de casarme algún día y tener hijos, tal vez. Cuando Adam murió y me di cuenta de que por fin podía hacer lo que quisiera, no sabía lo que quería hacer.
—Y viniste aquí para descubrirlo.
Negué lentamente con la cabeza.
—Vine porque Adam quería venir. Yo no tenía ningún sueño, así que seguí el suyo.
Tomas dio un sorbo a su café, totalmente concentrado en lo que le estaba diciendo, con la misma expresión que me hizo hablar tanto la noche anterior.
—Pasó mucho tiempo aquí los dos años antes de caer enfermo. Siempre decía que quería volver. Durante mucho tiempo, cuando era más joven, lo que más le preocupaba era no tener fuerzas para viajar. Más tarde, con el paso del tiempo, dejó de hablar de ello, pero hizo una gigantografía de una foto que había hecho en el sendero que lleva a las cascadas y la colgó en la pared de su cuarto. Se pasaba muchísimo tiempo mirándola, cuando ya no podía hacer nada más. —Maldita sea, encima me tembló la voz y tuve que parpadear para que no se me llenaran los ojos de lágrimas.
