Las moscas - Edgar Brizuela Zuleta - E-Book

Las moscas E-Book

Edgar Brizuela Zuleta

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Beschreibung

En Las moscas, el autor nos comparte cuentos que emergen a partir de situaciones anómalas, descabelladas, al filo de lo irracional, jugando siempre al borde de abismos que surgen a cada paso de lo que se considera como real. En su desarrollo, los protagonistas mantienen expectante al lector con preguntas que lo desconciertan y acontecimientos que discurren en un plano onírico, generando propuestas llamativas en base a situaciones aparentemente nimias que adquieren una dimensión trascendental.

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Seitenzahl: 53

Veröffentlichungsjahr: 2022

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LAS MOSCAS

Edgar Brizuela Zuleta

PRIMERA EDICIÓN Agosto 2022

Editado por Aguja LiterariaNoruega 6655, dpto 132 Las Condes - Santiago - Chile Fono fijo: +56 227896753 E-Mail: [email protected] Sitio web: www.agujaliteraria.com Facebook: Aguja Literaria Instagram: @agujaliteraria

ISBN: 9789564090313

DERECHOS RESERVADOSNº inscripción: 2022-A-6338Edgar Brizuela ZuletaLas moscas

Queda rigurosamente prohibida sin la autorización escrita del autor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático

Los contenidos de los textos editados por Aguja Literaria son de la exclusiva responsabilidad de sus autores y no necesariamente representan el pensamiento de la Agencia 

TAPAS Imagen de portada: PixabayDiseño: Diseño: Josefina Gaete Silva

ÍNDICE

Caracoles 

Árboles

Dos lápices

Las moscas

El maletín

Bestia

Un País

NN

Un automóvil

Una máquina

Hormiga

Ojos

Deja Vu

Caracoles

Jamás imaginé que aquella idea pudiera llevarme a situaciones tan alejadas de un claro entendimiento y me condujera a horizontes jamás percibidos, ni siquiera sospechados por alguien en su sano juicio.

Camino y lo hago desprevenido; como siempre, mido mis pasos como queriendo saber por dónde piso.

Así, creo que solo camino. Pero no, a pesar de que me cuido de no pensar, algo tan insignificante como un caracol detiene mi atención. Lo veo moverse con dificultad por el pavimento mojado. Intuyo que va hacia un lugar más seco, quizás huya en busca de mejores horizontes. Miro a mi izquierda y diviso un jardín inundado por una reciente lluvia. Mi derrotero me lleva directo a él, de seguro lo despedazaré. Su caparazón, que lo salva de la intemperie, será deshecho por mi pie. 

A un tris de pisarlo, en un último instante, doy un pequeño salto y lo evito. No hay nadie alrededor que sepa de la acción que ejecutaré. Me agacho, lo tomo con delicadeza y lo acojo en mi mano, con la intención de buscar un área verde donde dejarlo.

Pero en esta zona no hay muchos lugares donde un caracol pueda descansar. Al menos eso pienso, desconociendo por completo las costumbres de estos pequeños seres.

Tomo una caja y lo deposito adentro, mientras sigo buscando un sitio donde pueda sobrevivir.

Pero ¿y si el sitio elegido ya tiene caracoles? ¿Lo aceptarán, lo echarán del sector, le dirán en su idioma, con sus emanaciones pegajosas, que no es bienvenido, que no hay alimento para todos?

De pronto tengo un objetivo en mente, pero sucede lo inimaginable. A los pocos pasos detecto otro de estos enroscados seres rastreros y tras él muchos más parecen salir por docenas, por centenas. Se interponen en el camino, en el destino de quienes circulan por ahí; muchos perecerán bajo ineluctables pisadas que se convertirán en toda su longitud, en una huella.

Algunos verán venir a su verdugo y apenas podrán alcanzar la salvación. De repente, una persona se devuelve y uno se libra de un aplastamiento seguro. Otra hace una curva en su camino para dar paso a un ciclista y uno de estos moluscos terrestres logra pasar entre ambos.

Recojo todos los que puedo. La caja cada vez está más pesada.

¿Por qué justo ahora salen tantos caracoles? ¿Debo salvar a todos los que encuentre o solo aquellos que entren en mi horizonte visual e identifique con claridad? ¿Los buscaré en los muros y bajo las enredaderas?

Son cientos los que aparecen en mi destino. ¿Por qué tantos llegan a mí? ¿Los atraigo? No lo puedo evitar.

Algunos han logrado escapar, escalan por mis brazos y siento que mi delgada camisa se humedece con las emanaciones gelatinosas. Un caracol llega hasta mi cabeza y ahí se instala. Otros bajan por mis pantalones.

Encuentro un trozo de cartón e improviso una cubierta. En mi afán por protegerlos de un ambiente hostil, pienso que ahora aprisionados debe faltar oxígeno. Realizo de emergencia muchos orificios con un cortaplumas que llevo a un costado, pegado a mi cinturón. Pero no es fácil trabajar y probablemente varios hayan sido atravesados por el delgado acero. Me reprocho mi incapacidad para manejar la situación.

De repente veo aparecer por los agujeros las antenitas de los que quieren escapar.

Retiro la tapa y la arrojo a un costado, pero muchos caracoles estaban pegados a esta y probablemente sufran heridas al caer. El lugar en que cayeron no es el mejor. Pero al menos están libres.

Mueran o sobrevivan, ya no es cosa mía. ¿O sí? ¿Hasta dónde llega mi responsabilidad cuando me transformé en un salvador? Surge una nueva idea: “No los puedo salvar a todos”.

Ahora ya no los recojo. Llego a un hermoso prado y a medida que encuentro arbustos dejo los que aún permanecen en la caja. Hallo un árbol sombreador y la abandono. Ahí, bajo el dosel, encontrarán un ambiente confortable donde descansarán, curarán sus heridas, se reproducirán o perecerán.

Antes de seguir mi camino me detengo y miro hacia atrás. Observo muchos caracoles que no soportarán el sol que de repente emergió con inusitada fuerza.

Emergen en mí ideas contradictorias: Quise salvar a unos, pero ¿cuántos murieron? No lo sé y jamás lo sabré porque no volveré atrás.

Dejaré que vayan libres por los jardines, que se arriesguen a cruzar una vereda; los dejaré pegados en los muros, las vallas, las puertas, o donde su porfía y ánimo los lleve.

Los miraré con benevolencia, pero igualmente dejaré que los pisoteen, que jueguen con ellos, que sean lo que son, incapaces de soportar un pie encima.

Y si me invitan a comer un plato de caracoles, me lo serviré con gusto y degustaré varios si es necesario.

Ahora que recuerdo, tengo una amiga que cada cierto tiempo hace unos exquisitos preparados culinarios con ellos. Mañana la pasaré a ver, aunque hoy mismo la llamaré y de alguna forma conduciré la conversación hacia el tema de los caracoles, y como me quiere discretamente, me dirá que justo mañana tenía contemplado cocinar los que estuvo recolectando en su granja.

Al llegar, le entregaré este que saco de mi cabeza y los que aún andan por mi cuerpo.

 

  

Árboles

Los árboles caían con gran estruendo.