Las piedras que laten - Aixa Betsabé Molina - E-Book

Las piedras que laten E-Book

Aixa Betsabé Molina

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Beschreibung

¿Nunca pensaste por qué asumimos que los sueños no pertenecen a la vida real? Quizás sea un patético intento de consolarnos de una verdad demasiado incómoda, ¿no te parece? Esta historia se centra en Saiph, una chica de veintitrés años que vive en Buenos Aires, un tanto amargada y demasiado independiente. Tan pronto como su vida parece dar hacia un nuevo comienzo, tiene un sueño con su padre en el que le anuncia que pronto lo asesinarán, que el mundo de los sueños es algo oscuro, y la lleva a un lugar en donde hay seres de pesadillas para que le creyese. Confundida, Saiph se levanta sin saber qué hacer, pero tiene un presentimiento. Las cosas se tuercen para Saiph cuando uno de esos seres aparece en su casa y tres personas aparecen a salvarla: Maia, Emanuel y Gabriel, los allegados de su padre que están al tanto del mundo de los sueños y de la extraña relación que tiene con Tandil. Pero ellos son algo diferentes, pueden ver y hacer cosas que otros soñarían hacer. Saiph descubre que ella también posee un don un tanto extraño. La autora juega de principio a fin con algunos misterios, hechos reales y rumores de tal manera que nos deja los hechos más fantásticos como algo coherente y muy convincente.

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Seitenzahl: 579

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Belén Mondati.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Molina, Aixa Betsabé

Las piedras que laten / Aixa Betsabé Molina. - 1a ed. - Córdoba: Tinta Libre, 2023.

386 p.; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-205-7

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Fantásticas. 3. Novelas de Misterio. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Molina, Aixa Betsabé

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Nota de autor

Los libros no muerden, la vida real sí. Sobre todo cuando tenés los ojos cerrados. Irónicamente, no soy la única persona en mi ciudad que ha escuchado a las piedras que laten.

Las piedras que laten

Aixa Betsabé Molina

Prólogo

Era un día de lluvia en Tandil. El hombre, desde el otro lado de la ventana, miraba las nubes que se agrupaban y generaban oscuridad allí donde tendría que estar el sol a esa hora. Se veía pensativo, su traje estaba arrugado como si se hubiera dormido mientras trabajaba. Se sacó los anteojos que usaba para la lectura y continuó mirando por la ventana, completamente callado. Giró levemente la cabeza hacia un costado cuando escuchó que la puerta de su estudio se abría y entraba alguien bastante alto; él ya sabía quién era, por lo que no le hizo falta voltearse.

—¿Todavía no te fuiste? Los demás se fueron, no tenés por qué quedarte, ya terminamos lo que debíamos hacer.

—Con todo respeto, pienso que esto no es buena idea. —El hombre alto que se había adentrado hasta la mitad de la sala era joven, y tenía el aspecto de haberse desvelado toda la noche; su cabello castaño se abultaba en un costado como si se hubiera marcado por dormir. Al escucharlo, el hombre de la ventana sonrió.

—Ya lo habías dicho antes. — Esta vez se volteó para mirarlo de frente. A pesar de su aspecto un tanto severo, mostraba mucho humor y carisma en sus palabras—. ¿Desde cuándo usás ese tono conmigo? No te queda demasiado bien.

El hombre de cabello cano que alguna vez había sido de un rubio muy claro se volvió a sentar en su escritorio, aún con una sonrisa en el rostro. Pero el joven hombre en frente de él tenía una expresión muy diferente a la suya.

—Por Dios, ¿cómo podés tomar todo esto de esta forma? ¡Casi matan a Maia el otro día! —estalló.

Así era como el hombre mayor lo conocía, como un rebelde. En más de un aspecto veía cosas de sí mismo reflejadas en el joven, y eso le causaba simpatía; siempre tuvo la impresión de que si conociera a su hija congeniarían muy bien.

—Simplemente no logro entender por qué insistís en no contarle hasta el último momento, dijiste que ella iba a ser de mucha ayuda. ¿Cuándo es ese momento, Mario? ¿Qué es lo que no nos dijiste de ella? Los demás se quedaron conformes con tu explicación, pero yo sé que hay otra cosa que no nos contaste…

—No te olvides de tomar aire y agua, ¿querés un vaso de agua? —El hombre más adulto se dirigió hacia la cocina y con un gesto le indicó al joven que lo siguiera; el otro se mostraba incrédulo. La reacción de Mario, en contraste con la situación, era de lo más relajada. Sacó dos vasos de una gaveta de la alacena y luego fue a la heladera para servir agua fresca—. No pienses que te ignoro, Gabriel, te escuché con claridad. Ya había supuesto que el asunto no te había cerrado cuando lo mencioné y lo admito, no les conté todo. Pero deberías confiar más en mí sobre esto —dijo con voz recelosa. Le tendió el vaso con agua al joven y este lo agarró luego de unos momentos.

—No parecés preocupado —dijo Gabriel.

—Simplemente he aceptado la situación —comentó el más viejo, pero no era del todo sincero. Sí estaba preocupado, pero sobre todo se sentía culpable por no poder haber hecho más; sin embargo, tenía una fe ciega en que su hija iba a poder lidiar con todo lo que ocurriría mejor de lo que él lo hubiera hecho. Se sentía culpable porque iba a dejar a los demás en medio de una tormenta, y porque ellos iban a cargar con los errores que él había cometido cuando aún era inexperto y no sabía todo lo que había aprendido ahora; lo peor de todo era que no podía decirles que él ya no iba a estar. Pero estaba seguro de que había hecho lo correcto al dejar al margen a su hija todo ese tiempo.

—Te rendiste.

—No, no me he rendido, esto apenas está comenzando—. Bebió otro sorbo de agua antes de decir—: Me dijiste que no entendías por qué no le había contado nada a Saiph. Bueno, en esta realidad, en este mundo, mejor dicho, cuando uno comienza a ser consciente de quién es y del poder que realmente tiene no solo lo sabe internamente, también lo perciben ellos, y no querrán que despierte. El proceso es importante, Gabriel, a veces es más importante cómo aprendemos las cosas que lo que sabemos en sí. —Esto último lo dijo mirándolo—. De todas formas, ya va siendo tiempo de que la conozcan, voy a hablar con ella para que venga el lunes.

—¿Hay alguna razón por la que deba ser el lunes? —preguntó el joven hombre. Y sí, sí había una razón, pero no iba a decírsela. Era sábado, bien podría llamarla para la mañana siguiente, pero tenía que hacer algo el domingo para dejar todo listo antes de que ocurriera lo que tenía que ocurrir.

—En realidad es para aprovechar el feriado, ella no trabaja ese día. —Mario se quedó brevemente callado, considerando si debía o no decirle a Gabriel algo que nunca le había dicho ni a él ni al grupo; al final, decidió decirlo—: ¿Te acordás de que al principio, cuando comenzamos todos juntos en esto, contamos nuestras experiencias? —Gabriel asintió, lo escuchaba atentamente.

—Sí, dijiste que tu hija estaba ahí también, que era todavía un bebé.

—Exacto. Todos dieron por sentado que fui yo quien mató a esa cosa, y que fui el único que logró derrotar uno tan solo con la esencia… pero en realidad no fui yo quien lo asesinó.

Capítulo 1

Las promesas que hacemos dormidos

La mayoría de las personas, al llegar los fines de semana, aprovechaban para dormir un par de horas extras, se había terminado la semana laboral y era momento de descansar para recomponer las fuerzas necesarias para sobrevivir otros cinco días. Sin embargo, para Saiph eso no era algo muy sencillo de hacer; simplemente, su cuerpo se negaba a permanecer en la cama un poquito más de la cuenta. A las siete menos veinte de la mañana salió de su cama, rendida ante la idea de que no iba a recordar lo que había soñado por más que se esforzase y también desesperada por sacarse los restos de sudor frío que tenía pegados a la espalda y los brazos.

Los domingos eran, además, días sin reglas, y eso era algo que le costaba bastante también, lo de dejar que un día transcurriera sin haberlo planeado de antemano. Pero hacía el esfuerzo por que así fuera para que nadie pudiera decirle que vivía con demasiado orden. Cuando salió de la ducha la luz del baño estaba prendida, aún no había sol suficiente para ver con claridad; por eso, cuando se vio en el espejo observó a una mujer el doble de pálida de lo que usualmente era. Sus ojos verdosos también lucían más claros, pero eso no le desagradaba. Apenas se había terminado de vestir cuando escuchó que tenía una notificación en el celular.

Hola, Luisa, ¿cómo estás? Soy Roxana, del Departamento de Bellas Artes de la ciudad de Buenos Aires. Como supongo sabrá, cada cinco años se realiza una exposición grupal de los artistas más influyentes del momento en Latinoamérica, y este año se ha decidido que la muestra tendrá lugar en Argentina. Desde hace algún tiempo hemos seguido su trabajo, y sería un placer contar con usted para representar a nuestro país. La muestra se realizará el próximo año, más o menos se estima que en abril.

Si le interesa la propuesta, puede responder a este mail y coordinaremos un encuentro más cerca del verano junto a los demás artistas invitados, a fin de plantear cómo se prevé que será la dinámica.

Que tenga un buen día.

Roxana.

—Es Saiph, acentuado en la i —masculló para sí. En realidad su primer nombre era Luisa, pero prefería su segundo nombre, el que le había dado su padre. Completamente atónita, lo leyó varias veces para cerciorarse de que estuviera entendiendo el mensaje correctamente.

Saiph pintaba como pasatiempo desde que pudo agarrar un pincel, pero no era algo que hiciera siguiendo un objetivo, ni por asomo; lo que ella quería era ser antropóloga. Ese era su mayor objetivo.

El primer año desde su mudanza a Buenos Aires decidió tener un trabajo. Había conseguido uno de media jornada en una cafetería, pero supo desde el primer día que tendría que vender su alma para permanecer allí y, desde luego, jamás haría eso. Los clientes habituales eran los peces gordos de algún tipo de empresa o grupo, y también eran unos viejos verdes; había notado que el gerente del café se encargaba de elegir específicamente a mujeres jóvenes con apariencia de recién salidas de la secundaria para atenderlos, y eso la incluía. Duró seis días. Y no se fue sin antes haber hecho una escena inolvidable que sirvió de inspiración para varias chicas que luego renunciaron.

Un tipo con una enorme papada que le colgaba del cogote le dio una palmada en el trasero luego de que ella les hubiera servido. Saiph se alejó unos pasos luego de recuperarse de la impresión, pero solo para usar esa distancia como ventaja: con la bandeja ya vacía se dio la vuelta y la estampó en la cara grasosa del viejo, que se estaba llevando la taza de café hirviendo a los labios. Luego fue su padre el que la tuvo que ayudar a conseguir un nuevo trabajo, quien se desternilló de la risa cuando le contó a los pocos días que la habían echado.

En la recepción del hotel podía estar mucho más tranquila, quizás demasiado. En su tiempo libre pintaba mucho, y contaba con una excesiva cantidad de él últimamente; ese año no estaba estudiando y de verdad lo extrañaba, pero tenía que descansar. Por insistencia de sus amigos hizo una cuenta en Instagram solamente para sus cuadros, y fue allí donde comenzó a crecer poco a poco su cantidad de seguidores. A veces vendía alguna de sus obras a quien le interesara, pero la ironía era que nunca se consideró perteneciente a ese mundo. Porque un fulano con cierto peso entre los artistas dijera que tu obra era buena, ya a todos los demás les parecía buena también.

Desde luego, ella conocía el evento que le había mencionado Roxana. La primera vez que había ido a uno fue a sus catorce años, luego de insistirles a sus padres hasta el hartazgo; eso era cuando aún no se habían separado, cuando ella aún trataba con su mamá. Sin dudas era una propuesta que la ayudaría mucho, tal vez significara que podría ganar más que en su aburrido trabajo como recepcionista de hotel.

Antes de pensarlo bien, decidió hacer una llamada.

—¿Papá? ¿Te desperté? —preguntó luego de escuchar un gruñido que había querido sonar como un “hola”. Saiph estaba descalza, sentada en el pequeño sofá de su sala de estar y abrazando sus rodillas mientras esperaba que su notebook se encendiera en la mesita ratona; se disponía a leer el mail más cómodamente.

—Hija, ¿vos viste qué hora es? —Ahora su voz parecía más la de su padre, Mario Altamirán, un antropólogo conocido en el mundo académico por sus aportes referidos a los pueblos originarios y su interés en la historia argentina. En apariencia era un hombre con semblante serio, pero resultaba muy carismático al tratarlo; tenía el cabello rubio y mitad cano, a diferencia de ella, pero tenían el mismo par de ojos verdes.

—No vas a creer las noticias que me han llegado al mail… —le contestó ella ignorando su queja, y le contó.

Al principio él la felicitó, pero se interrumpió a mitad de la celebración cuando notó el silencio del otro lado de la línea.

—¿Estás contenta, no?—Saiph lo imaginó entrecerrando el ojo izquierdo al tiempo que hacía la pregunta, tal como era costumbre en él.

—En realidad… estoy sorprendida por que ellos conozcan lo que hago, pero… no me imagino en esa situación. —Sus palabras salieron solas luego de que las huniera estado conteniendo en silencio.

La razón por la cual tenía tal prejuicio contra los artistas era que ya había ido a más de una muestra de obras regionales y en casi todas se sintió muy fuera de lugar a causa del ambiente (aunque las pinturas eran bonitas, al menos las que no trataban de manchas caprichosas sobre un lienzo).

—Por lo visto ellos sí—lo dijo con sencillez su padre, y ella casi lo vio encogiendo los hombros—. Yo lo aceptaría, más si significa que te va a servir. Y no por aceptar tenés que obligarte a encajar.

—Pasa también que… O sea, una cosa es tener un perfil detrás de la pantalla y subir fotos, pero ya poner tu cara al lado de las obras es diferente… y es un evento internacional.

—Sí, pero también sería feo que algún día, con cierta edad, te arrepintieras de no haber tomado la oportunidad. —Acomodada en el sillón con la pequeña notebook en frente, comenzó a considerarlo de otra forma al escuchar a su padre; tal vez podría pensarlo, pero una parte suya no podía evitar seguir cuestionándolo—. Hoy pensaba llamarte, hace rato que no nos vemos y me gustaría que conocieras a unas personas allegadas a mí acá en Tandil.

Saiph notó un tono extraño en su manera de decirlo y por ello preguntó:

—¿Qué personas? —Entrecerró los ojos en modo de sospecha, aun cuando sabía que él no la estaba viendo; cambió el celular de oreja y dijo—: ¿Estás saliendo con alguien? —Escuchó al otro lado de la línea cómo su padre resoplaba.

—Ya soy muy grande para volver a empezar… ¿Y vos?—Su manera de decirlo sonó un tanto cautelosa, bien sabido era el motivo.

—Tampoco, disfruto demasiado de mi compañía como para tener que compartirme —dijo ella de forma irónica. La verdad era que no quería pensar en hombres, al menos por un largo tiempo. Además las cosas comenzaban a irle bien, no quería que eso dejara de ser así. Ya lo había superado, pero no quería hablar del tema todavía; no podía hacerlo sin comenzar a sentirse enferma con solo recordarlo—. Podría ir mañana si querés, hoy tengo que organizar algunas cosas de la semana, mañana luego de desayunar salgo para allá.

Para las diez de la noche ya estaba acostada, y seguía dándole vueltas al asunto. Se preguntó de pronto si habría algún artista famoso en el mundo del arte que hubiera tenido una vida larga y saludable; entonces, tomó su celular para sacarse aquella duda, pero como sospechaba, había realmente pocos que hubieran gozado de buena salud y cordura hasta el momento de su fallecimiento. Su mente no tardó en comenzar a divagar sobre cosas y lugares sin sentido alguno aunque, en ese estado, no importaba que no lo tuvieran, no tenía la energía para cuestionarlos.

En el punto en que su consciencia se estaba por perder algo la hizo volver en sí, un toque de algo grande y cálido sobre su hombro la sacudió levemente.

—¿Hija?—preguntó una voz muy familiar—. No tengo mucho tiempo hasta que vengan.

Miró hacia el dueño de la mano que todavía reposaba en su hombro y recobró el sentido poco a poco. Se sentía particularmente liviana y sabía que estaba en un sueño; si no, ¿cómo iba a estar su padre allí, en su departamento, específicamente sentado en el borde de su cama junto a ella y mirándola atentamente, como si estuviera evaluando su reacción? Se incorporó hasta quedarse sentada y soltó una pequeña risa.

—Nunca había tenido un sueño lúcido —comentó mientras se levantaba de la cama.

Su padre siguió sentado en donde estaba con la misma expresión en su rostro, expectante. Saiph se llevó una sorpresa al ver a una doble de sí misma que seguía durmiendo en su cama. Iba a decir algo, pero él le ganó.

—Evidentemente tenés facilidad para hacer esto, a mí me costó algunos meses —comentó su padre a medida de que se incorporaba de la cama.

¿Era normal que los sueños lúcidos fueran tan reales? Su padre hablaba con mucha coherencia y realmente parecía estar allí, algo que resultaba atípico, ya que ella nunca podía recordar sus sueños.

—Hija, presta mucha atención a lo que te voy a decir, todo lo que ocurrirá a continuación es muy real. Me voy a encargar de que cuando despiertes puedas recordar todo esto. No vas a verme, pero voy a estar con vos en todo momento. Tendrás que hacer de cuenta que no estoy allí: no hables en voz alta, solo en tu mente—dijo Mario con un tono voz extremadamente serio, incluso imperativo.

Una vez más ella intentó emitir una frase, pero no llegó a salir; la representación de su padre en aquel sueño se había evaporado frente a ella y comenzó a sentir una fuerza que intentaba arrancarla de allí hacia un agujero oscuro en donde no tenía de dónde agarrarse. Solo cayó mientras su habitación se alejaba cada vez más de ella, esa habitación donde su doble aún yacía con una expresión relajada en el rostro. En algún momento todo se convirtió en negro.

—Abrí los ojos, hija.—Saiph los abrió de golpe, con terror.

No sentía su cuerpo y tenía una luz muy brillante sobre su rostro. El temor aumentó cuando vio que a su lado había dos personas acostadas igual que ella, estas aún inconscientes. «¿Qué clase de sueño es este?», pensó. Lo desconcertante era que podía percibir un sonido extraño y lejano que le resultaba familiar. Yacía sobre lo que debía ser una superficie de metal, porque era helada, pero ¿cómo podía ser consciente de eso? Estaba aturdida, como si la hubiesen sedado con algo.

—No te olvides de lo que te dije, no me hables en voz alta, podés hablarme desde tu mente.

—¿Papá?

Alguien se había acercado a su mesa o lo que eso fuere, pero no llegó a verle el rostro. Pudo comprobar que poco a poco comenzaba a retomar el control sobre su cuerpo y tuvo el deseo de sacudirse. Aquella persona le había tocado la muñeca con algo aún más frío.

—No confíes en ellos —dijo la voz de su padre.

—¿Por qué creés que confiaría en ellos? —Esa frase, de no haberla dicho en su mente, seguramente habría sonado desconcertada. La voz de su padre la tranquilizaba, pero aun así sentía que todo aquello estaba mal; no se sentía bien, quería irse de allí.

—¿Algo de todo esto lo sentís familiar?

Era una pregunta extraña. Saiph notó que sí sentía que aquello era familiar, y pensó que probablemente por eso quería salir de allí.

—Es como si hubiera estado acá antes. ¿Qué es este lugar?

—Qué pregunta—dijo su padre; en su mente sonó como una exclamación—. Millones de personas en todo el mundo afirman haber tenido alguna vez sueños sobre un hospital, sueños en los que intentan escapar de unos hombres con batas, sueños en los que unos doctores los convencen de que se sentirán mejor con un remedio; al día siguiente amanecen exhaustos, aun cuando hubiesen dormido las horas necesarias. La gente se levanta como si no hubiera estado durmiendo, nadie lo describe como una experiencia agradable, es más bien algo traumatizante… La mayoría lo olvida o simplemente ignoran que pasó porque piensan y se convencen de que fue solo otro sueño.

—¿Y qué es realmente lo que sucede, entonces? —Saiph escuchó el ruido de algo pesado y metálico que se arrastraba, se sobresaltó con una leve sacudida en su cuerpo. Ese movimiento llamó la atención de la persona que estaba allí y ella escuchó que llamaba a alguien más, pero no entendió ni una palabra en específico, seguía con los oídos aturdidos.

—Ellos no esperaban que despertaras tan pronto, intentarán dormirte otra vez. —La voz de su padre sonaba muy clara dentro de su mente.

—Quiero irme de acá.—A pesar del miedo, un creciente valor surgió en ella y lentamente se incorporó de la mesada en la que estaba, que al final sí era de metal. Lo hizo cuando notó que aquella persona no estaba mirándola.

—Cuidado, te van a ver.—Esta vez su padre parecía haber hablado más fuerte, como si hubiera levantado la voz mentalmente.

—No me importa, quiero irme. —Estaba enojada y no entendía del todo por qué. Sentía que no debería estar allí, tenía una especie de dèjá vu con la sensación de estar sedada incluso aunque ya podía escuchar y ver con claridad. Se había puesto de pie a un lado de la mesada y notó que las dos personas a su lado parecían estar despertándose también.

Alguien entró en la habitación de repente, y Saiph se llevó un susto. Era una señora canosa vestida como doctora, pero algo en ella no estaba bien; se veía como una persona pero parecía… «Falsa», pensó Saiph.

—No deberías estar levantada, querida, no estás bien, te vamos a ayudar para que te sientas mejor. —Aquella doctora hizo el amague de acercársele, pero ella instintivamente se alejó. Había terminado de convencerse de que la señora tenía algo que no estaba bien: parecía humana y hablaba como humana, pero algo en ella era demasiado perturbador.

—Me siento bien en realidad, me voy a ir acá. —Dio las gracias internamente por que no le hubiera fallado la voz y hubiese sonado firme.

—¿A dónde querés ir? Todavía no podés hacerlo. Es mejor que se vuelvan a recostar. —Esta vez, esa cosa con cuerpo y voz de señora se dirigió hacia las otras dos personas que habían estado inconscientes; ahora que las veía mejor, Saiph notó que eran un hombre y una mujer jóvenes, probablemente de su edad. Aquello que había pensado que era una habitación en realidad tenía cortinas en vez de paredes.

Esta vez Saiph ignoró completamente a la señora y escapó de una zancada por fuera de esas cortinas, apartándolas de un manotazo. Lo que vio parecía de película: estaba en un pasillo, pero al lado de su “cuarto” había lo que parecían miles y miles más. En frente de ella era lo mismo, miles y miles de cuartos. Tuvo la impresión de que los otros jóvenes dentro de la habitación se habían levantado también, porque escuchó a la vieja ordenarle a la otra persona que estaba allí y que ella no había mirado que los volviera a sedar. Se disparó una señal de alarma en su mente al escuchar esa palabra y no dudó en salir corriendo.

—Realmente no comprendo qué parte de pasar desapercibida no entendés.

—¡Me querían sedar de vuelta, papá! —gritó en voz alta sin dejar de correr; el pasillo era interminable y comenzaba a agotarse. Sin embargo, sabía que otras personas la estaban siguiendo: a su derecha un hombre alto quiso interceptarla, pero solo logró derribarla. Saiph retrocedió aún en el suelo y lo que vio la horrorizó: notó cómo la imagen de ese supuesto hombre se deformaba. Como si fuera un holograma, su cara se vio sustituida por la de algo que no era humano: un par de ojos anaranjados en forma de rendija la miraban directamente y se afinaron aún más, como si hubiera notado que ella podía ver lo que realmente era. Aquella cosa tenía la piel de un verde oscuro, parecía negro por momentos; alcanzó a divisar que parecía tener escamas pequeñas por doquier cuando, al cerciorarse de que en verdad lo veía, el ente emitió un chirrido espantoso.

Ante el horror que sentía, Saiph instintivamente levantó una pierna y le dio en la cara con el talón cuando hizo un ademán para alcanzarla. Con la máxima rapidez que pudo, se levantó para seguir corriendo; en vano, porque otra criatura desde su izquierda que no había visto venir la devolvió al piso.

Estaba forcejeando con unas manos con garras, vio que una de estas tenía una jeringa y entró en pánico. Pero pronto escuchó la voz de su padre.

—Tranquila, no voy a dejar que te hagan nada. La aguja había rozado apenas su brazo, no llegó a verter su líquido dentro de ella. Todo ocurría muy rápido. Vio que su padre volvía a materializarse junto a ella y apartaba al lagarto que tenía la jeringa; los otros tres se alejaron chirriando al percatarse de él, que se acuclilló al lado de Saiph y le tomó la mano. Un halo de luz los envolvió a ambos y borró de su vista a los terroríficos monstruos. Un terrible vértigo la invadió, hasta que de pronto apareció en un sitio que reconoció al instante: estaban de vuelta en su habitación y su doble todavía estaba allí, durmiendo como si absolutamente nada de aquello hubiera acontecido.

—Sé que debés estar espantada.

—¿Qué fue todo eso? Pude sentir cuando me tocaron, fue muy real. —Se sentía terrible, y lo peor de todo era que estaba exhausta otra vez. No era usual que tuviera pesadillas, o al menos si las tenía, no las recordaba.

Su padre la miraba entrecerrando los ojos levemente. Le dijo:

—Saiph, nada de lo que pasó fue un simple sueño, todo esto es muy real, y de ahora en adelante tu realidad va a cambiar rotundamente. —Otra vez el tono de seriedad absoluta que había mostrado momentos antes de salir del cuarto—. Tenés que tener esto muy presente, cuanto antes lo aceptes mejor, porque… no voy a poder estar para guiarte.

Una parte de ella de verdad comenzaba a creerle, aunque sabía que no podía ser posible algo así. De alguna forma lo que él decía se sentía más creíble que el hecho de que todo eso hubiera brotado de sí misma, pero su razón negaba que fuera así.

—¿Cómo es posible que fuese real? —preguntó ella. Su ceño se había fruncido, y una vez más en esa noche no pudo creer lo que veía: su padre se había sentado en el borde de la cama con una expresión que le generaba dolor. Tenía los ojos vidriosos, y le indicó que se pusiera a su lado—. Papá, ¿qué pasa?, me estás asustando en serio.

—Ojalá pudiera explicarte todo ahora mismo, de verdad lo lamento mucho. —Su padre, un hombre serio y carismático, se desmoronaba frente a ella.

Sin razón aparente ella también sintió ganas de llorar. No sabía nada, pero sus sentimientos —que siempre eran más sabios que ella— le decían la verdad que no podía ser pronunciada todavía. De pronto, su padre parecía estar despidiéndose de ella.

—¿Por qué me pedís perdón? —preguntó Saiph—. ¿Papá?

—Vas a saber todo a su tiempo, eso te lo juro. Estoy muy orgulloso de vos, de haber visto la persona en la que te convertiste y anticipar aquella en la que te convertirás. Ojalá pudiera evitar… ojalá pudiera hacer más.

—¿Evitar qué? —Sentía un pequeño nudo en la garganta, nunca había visto a su padre llorar excepto cuando había terminado la secundaria y él se había llevado la sorpresa de que tenía el promedio más alto de su año. Verlo de esa manera, aun si se trataba de un sueño, le parecía doloroso.

—Pronto voy a morir. No sé cómo ni de qué forma, pero eso va a suceder. Tenía que hablar con vos primero, te van a decir que fue un accidente o quién sabe qué.

—¿Qué estás diciendo? Estás perfectamente bien, ¿cómo podrías morir? —Saiph dio un vistazo a su alrededor cuando comenzó a ver pequeños destellos en la habitación… Destellos que parecían rajaduras, como si el propio sueño comenzara a resquebrajarse (eso fue lo único que pudo suponer por lo que estaba viendo).

—No me queda mucho tiempo, hija. Pronto vas a despertar. —Su padre, que también había notado los destellos, ahora la miraba de frente—. Quiero que me escuches bien: tenés que ir a Tandil. Probablemente unas personas comiencen a seguirte después de lo de esta noche, no te acerques a ellas, no confíes en nadie más que en vos misma. Hay cuatro personas allí por las que pondría las manos en el fuego. Son quienes quería presentarte mañana, y en ellas sí podés confiar plenamente. Todo lo que hay en juego es mucho más grande de lo que parece.

La habitación amenazaba con rajarse con más insistencia que antes. Saiph sintió que algo quería arrastrarla de vuelta a donde estaba su otra versión, durmiendo profundamente.

—¿Qué pasa?

—Tu cuerpo físico está despertando. Saiph, mirame. Estoy muy orgulloso de vos, un día vas a ser muy grande… Y te amo, te amo muchísimo, hija.

—Papá, no te vayas… —Sus palabras se habían vuelto sordas, había sido llevada de nuevo a la completa oscuridad.

Sintió como si su cuerpo hubiera caído desde una gran altura y abrió los ojos con cierta dificultad, sentía los parpados pesados como si hubiera llorado en la vida real. A diferencia de lo que había ocurrido sueño, por la ventana se filtraba la luz que pertenecía a un nuevo día. Le costó horrores salir de la cama, su cabeza le martilleaba de dolor por haberse deshidratado al llorar; supuso que lo había hecho mientras dormía. Recordaba el sueño con absoluta claridad, y eso era muy extraño; él le había dicho que se iba a encargar de que pudiera recordar todo… ¿A qué se refería con eso? Estaba angustiada y quería llamar a su padre, aunque le parecía muy estúpido de su parte: era una adulta, no una nena, jamás le había pasado lo de tener una pesadilla que la hiciera llorar en la vida real. Pero el recuerdo de los flashes de aquellos ojos anaranjados con pupilas en forma de rendija le daba escalofríos.

El sentimiento de incertidumbre la venció y decidió llamar a su padre antes de que perdiera la señal en la ruta; sonó varias veces pero nadie le respondió, probablemente era muy temprano.

A las seis y media ya estaba lista para salir del edificio rumbo a Tandil, no conseguía estar tranquila con el hecho de que su padre no le hubiera atendido el teléfono. Esas cuatro horas que duraba el viaje se hicieron el doble de largas por sus ganas de llegar a la casa y comprobar que todo estuviera bien; quería contarle el sueño. Probablemente sabría algo sobre los sueños lúcidos, no era un secreto que los intereses de su padre muchas veces se salían de la ciencia convencional.

La entrada a la autopista de Tandil estaba muy bien marcada y con muchos carteles indicativos; «esto es para fomentar el turismo», pensó Saiph en un intento de apaciguarse. Recordaba que cuando era menor habían tenido que ocurrir varios accidentes para que señalizaran el camino y fuera a prueba de idiotas.

En lugar de ingresar por la entrada principal siguió por la colectora que pronto la llevaría directo a su casa. El hogar en el que había crecido estaba en las afueras, en un lugar recóndito pero no aislado; tenía vecinos que también adoraban la tranquilidad y podían darse el gusto de tenerla. Justo quedaba al pie del famoso Cerro de las Ánimas.

Recordó a su madre quejándose de que todo allí quedaba lejos; Saiph era pequeña para que le importase eso, a esa edad solo podía notar que tenía una casa con mucho espacio para correr y jugar a que estaba en un bosque encantado.

Aquellos recuerdos fueron destrozados por una sirena de policía que se acercaba a toda velocidad y le pasaba por un costado, seguida segundos después por uno de esos vehículos que se encargaban de llevar los cuerpos a la morgue para hacer autopsias a los fallecidos. Sintió que se quedaba helada: la patrulla y el otro vehículo habían doblado en la esquina por donde ella tenía que ir para llegar a su casa. ¿Podía ser una coincidencia? «Debe ser una coincidencia», se repetía a sí misma en un intento de convencerse.

En la radio, que estaba encendida, había comenzado a sonar “Videotape” de Radiohead, y fue por las primeras palabras que se dejó vencer por la paranoia: salió del carril hacia la derecha, donde otros vehículos venían de frente a toda velocidad, ignorando las bocinas. Probablemente recibiría una multa por pasarse el semáforo en rojo y dejó a varios conductores enfurecidos.

Era una persona racional, ordenada y disciplinada; entonces, ¿por qué sentía un terror tan profundo?, ¿por qué se había entregado de esa manera a aquella emoción y había hecho algo tan imprudente? Su repentino ataque la acercó lo suficiente a ellos como para divisar a los dos coches que perseguía; para su espanto, se habían adentrado por la tranquera de su casa, que estaba abierta mientras otro policía la sostenía. Este hizo un ademán para detenerla, pero debió notar que no iba a parar; casi se cae al tratar de hacerse a un lado para que ella no le pasase por encima.

Era como si todo ocurriera con lentitud. Su cuerpo era el único que actuaba: la sacó del auto mientras su mente estaba afuera, en algún otro lado, queriendo escapar de aquello. Dio unos pasos vacilantes abriéndose camino entre los vecinos curiosos, apartando de un empujón a un policía que no le permitía entrar y a alguien más que intentó frenarla. Se escabulló y corrió hacia la puerta de entrada, y frenó en seco al ver que los que había identificado como paramédicos llevaban una camilla con un cuerpo cubierto con una manta.

De Saiph no se escuchó una palabra, tampoco llanto, pero supuso que debió llorar porque las personas se voltearon a verla; sus piernas amenazaban con fallarle, pero consiguió mantenerse parada y dar los pasos que le hacían falta para llegar a la camilla. Ese no podía ser su padre… Pero como si la vida quisiera burlarse de ella por tener la esperanza de que fuera otra persona, su propio cuerpo —que actuaba con voluntad propia y por puro automatismo— se había acercado a la camilla y confirmaba lo que ella temía ver.

—Lo lamentamos mucho, fue un ataque al corazón —escuchó que alguien le decía cuando finalmente sus piernas cedieron y la dejaron en el césped tan cuidado de la propiedad. Al escuchar esas palabras le vinieron otras a la mente, unas que habían sido dichas por su padre.

Te van a decir que fue un accidente o quién sabe qué.

Capítulo 2

Cuatro pilares de cordura

Cada persona es un mundo, cada persona tiene una experiencia única; de esa manera justifican sus diferentes reacciones ante los eventos que inevitablemente les ocurrirán alguna vez por ser parte de la vida. Saiph jamás había visto a alguien sin vida, tenía la esperanza de que algo así no le ocurriera tan de cerca en muchos años. Era algo absurdo: ni mil palabras, poetas, películas u obras de arte se asemejaban a la realidad.

Se negaba a asimilar los hechos, aun cuando los comprendía demasiado bien. Algunas personas le hacían preguntas sobre su padre y ella las respondía de manera mecánica. También había otros que se acercaban para darle sus condolencias, la mayoría vecinos de por allí con los que nunca había intercambiado palabras antes.

Mario Altamirán jamás había tenido problemas de salud, menos aún del corazón. Saiph entendía que su sueño solo había sido eso, un sueño, una coincidencia tan cruel como el hecho de que en él su padre supiera que iba a morir… Pero era reacia, también, a creer que hubiera sido un ataque al corazón así, sin más; necesitaba otra explicación.

Se habían llevado a su padre hacía como una hora, y desde ese momento había estado sentada en el sofá de cuero con los ojos enrojecidos por las lágrimas; comenzaba a dolerle la cabeza otra vez, había llorado tanto que ya no tenía fuerzas para volver a hacerlo. Simplemente se quedó allí mirando la nada hasta que escuchó el timbre de la propiedad. Esperó que quien fuera desistiese, pero cuando la insistencia fue tanta como para hartarla decidió acercarse a la puerta y activar la bocina que conectaba con la tranquera.

—¿Quién es? Si busca a Mario Altamirán, no está acá.

—Hola… Eh… Busco a Saiph Altamirán, soy el abogado de Mario y… Tengo que hablar con ella, ¿está ahí?

Le pareció extraño que la llamara por el nombre que ella prefería y no “Luisa”.

—Soy yo, ¿de qué quiere hablar?

—Me enteré esta mañana de lo que pasó, realmente lo lamento mucho… Mire, tengo instrucciones de su padre para hablar con usted, es importante que me permita hacerlo… Pero no acá afuera. —El timbre de voz del hombre era puro nerviosismo, y a ella se le vino la imagen mental de alguien más o menos regordete al oírlo.

Saiph no estaba de ánimos para lidiar con burócratas, pero la había intrigado lo que dijo sobre las instrucciones. Salió de la casa hacia la tranquera para abrirle, y no se había equivocado: era un hombre regordete y bajito, su cabello comenzaba a desaparecer en la parte superior de su cráneo.

El hombre miró el rostro de Saiph y esta pudo notar que sentía lástima por ella.

—No puedo imaginar lo que debe estar pasando, me llamo José Andújar. —Le tendió la mano una vez que hubo pasado la tranquera; sin mirarlo al rostro, ella le dio la suya—. Conocí a su padre hace algunos años y nos hicimos colegas, podría decirse.

—¿Qué es lo que tiene que decirme? —lo cortó ella. Nunca era grosera, pero realmente en ese momento no estaba de humor para fingir amabilidad. Además, supuso que aquel era un hombre al que le gustaba hablar hasta por los codos. A pesar del nerviosismo que presentaba, parecía esforzarse por parecer casual.

—Acá no, que sea adentro por favor.

Saiph condujo a aquel hombre trajeado de gris a la sala de estar y le pidió que aguardase para traer vasos con agua. No quería demostrarlo, pero comenzaba a sentirse algo mareada; se sentía extraño estar en la casa de su padre sin él y asumir que así sería de allí en adelante. Cerró los ojos unos segundos para evitar derramar más lágrimas, en ese momento debía enfocarse en lo que el tal José le quería decir. Cuando regresó con ambos vasos, él se estaba secando la frente con un pañuelo; ahora no intentaba disimular que estaba nervioso y aceptó el vaso de buena gana.

—Entiendo perfectamente que este es el peor momento para hacer esto, pero tenía una buena amistad con su padre y me encomendó esta tarea a mí.

—Aprecio que trate de entenderme, señor, pero si se trata de la herencia y esas cosas realmente podría ser en otro momento. —El hombrecillo frente a ella la miró a los ojos.

—No se trata solo de una herencia banal como la camioneta y la casa, sino de lo que dejó y preparó específicamente para usted, porque confía en que solo debe estar en sus manos y no en las equivocadas.

Ella se masajeó la sien derecha e inspiró.

—¿Cómo que en manos equivocadas?, habla como si mi viejo hubiera estado metido en algo turbio. ¿Cuándo le dejó estas instrucciones?

—Hace tres días tuvimos una reunión en la que él se encargó de aclarar que todas sus cosas serían de usted al momento de su partida. Pero ayer me llamó con urgencia para dejarme instrucciones. Él dijo que serían “para que usted tomara las riendas”, pero no lo entendí, y hoy pasa esto… —El hombre bebió otro sorbo de agua en un intento de refrescarse; su tono era airado, como si realmente no pudiese creer lo que había ocurrido.

«Ya somos dos, entonces», pensó Saiph.

—¿Ayer?

—Así como lo escuchó. Me recalcó varias veces que fuera discreto, tenía que darle las cosas en persona y asegurarme de que fuera en la casa.

La cabeza de la joven empezaba a dar vueltas por lo que estaba oyendo, mientras que un frío le corría por la espalda. Segundos después dio un respingo cuando el teléfono fijo que había en la mesita al lado del sofá comenzó a sonar; estaba incorporándose para responder, pero José le impidió llegar a él.

—¿Qué hace?

—Shhh. —Le hizo señas con el dedo a la vez que sus ojos se abrían a todo lo que daban, el teléfono sonó dos veces más y el tercer timbrazo se cortó en la mitad. Saiph ya no dudaba de que la muerte de su padre hubiera sido extraña, pero la actitud que veía en el abogado le inspiraba una creciente desconfianza; actuaba como si creyera que lo estaban espiando. Su padre era alguien importante en su campo, también tenía algunas riquezas, así que Saiph pensó en la posibilidad de que todo aquello fuera una artimaña para engañarla de alguna manera y conseguir algo, probablemente dinero; al fin y al cabo, era un abogado. Decidió que la prioridad era que se fuera de su casa no bien terminara con lo que debía decirle—. Yo… no recuerdo qué era lo que significaba cuando sonaba así…

—¿Insinúa que sabía que esto iba a pasar? —preguntó ella en un intento de que el hombre se centrase de una vez.

—Yo no creo que supiera exactamente cómo iba a ocurrir… eh… Mario le heredó todos sus bienes materiales, supongo que lo imagina: la casa, la Ranger que tiene en el patio… todo. Pero cuando lo vi ayer no parecía preocupado por esas cosas sino por la investigación que había estado realizando estos dos últimos años, de manera muy discreta; de hecho, tengo que decir que sacando esa preocupación estaba fresco y saludable como siempre. Sencillamente es imposible que tuviera un ataque al corazón, no Mario, es imposible. —El hombre negaba con la cabeza con convicción mientras abría su maletín, que curiosamente tenía clave numérica.

Lo que dijo el abogado la extrañó, su padre no había realizado ninguna investigación desde que ella se había mudado a Buenos Aires, no que ella supiera. Ellos se contaban muchas cosas, siempre que su padre se metía en alguna búsqueda le contaba porque ella aspiraba a dedicarse a las mismas cosas que él hacía. El hombre notó la mirada de extrañeza de la joven y dijo.

—Probablemente era algo delicado y no quiso involucrarla… Él nunca me contó demasiado, en realidad… poco y nada. No le creí mucho hasta que empezó con lo de los sueños, entonces comprendí que eso en lo que se había metido era serio. —José parecía honesto, pero ella no pensaba bajar la guardia. Iba a preguntarle a qué se refería con lo de los sueños, pero se distrajo con su movimiento: el abogado abrió el maletín luego de insertar un código; dentro de él tenía una pila de fotocopias y, encima, una libreta marrón con una grabadora de bolsillo—. Mario me pidió que le entregara esto en persona y le dijera que por ninguna razón dejase que alguien más lo tuviera; sobre todo, me repitió varias veces que debía llevar siempre encima… la memoria.

Saiph estaba mirando las fotocopias, pero levantó la vista al escuchar el tono casi interrogativo de las últimas palabras de la persona que tenía en frente.

—No veo ninguna memoria entre las cosas que sacó.

—No, ya lo sé. —El hombre sacó de un rincón del maletín una pequeña bolsa roja en forma de saco con cintas rojas como cierre y se la tendió a la joven; en las manos de ella se sentía un poco pesada para ser tan pequeña—. Ayer, cuando lo vi, él se refirió a esto como “memoria”. Hizo énfasis en que le dijera que siempre la llevase a donde fuera y no se la diera a nadie.

Dentro de la bolsa había un cuarzo blanco que cabía perfectamente en la palma de su mano.

—¿Me toma el pelo? —El hombre calvo abrió grandes los ojos con sorpresa ante el tono enojado de ella.

—No, no lo hago, es todo lo que Mario me pidió que hiciera… Será mejor que me vaya ahora. Mario tenía mi número de contacto, no dude en usarlo si lo necesita… Es lo menos que puedo hacer por él.

Luego de que hubiera dicho eso Saiph lo acompañó a la puerta de entrada, ambos en silencio; internamente, la joven divagaba en varias cosas a la vez. José estaba convencido de que su padre no había muerto por un ataque cardíaco, de que sabía que iba a morir, pero Saiph lo cuestionaba: los paramédicos habrían mentido, entonces, y eso no tenía demasiado sentido. El abogado mantuvo en todo momento una actitud paranoica mientras llegaban a la tranquera; a su otra teoría, aquella en la que el abogado le decía todo esto para estafarla, no la sentía coherente, parecía sincero cuando declaró conocer bien a su padre. Sin embargo Saiph tenía miedo de pecar de inocencia, pues no olvidaba que trataba con un abogado… un burócrata, de una forma u otra.

—José, ¿qué quiso decir cuando mencionó que “empezó con lo de los sueños”? —se le ocurrió preguntar de repente. El hombre había cruzado el umbral y se detuvo unos momentos para asimilar la pregunta.

—Desde hace unos cuantos meses veía a su padre en mis sueños. Los primeros me parecían locuras, eran aterradores y desde luego no pensaba que fueran otra cosa más que sueños, pero Mario comenzó a orientarme y me enseñó algunos trucos de defensa. Algunas cosas comenzaron a tener más sentido en mi vida gracias a él… Deduzco que si me hizo esa pregunta, sabe a lo que me refiero… —Él la miró inquisitivamente, pero la mirada que la chica le devolvió se debió parecer a la de la duda—. Son reales, no lo dude.

***

Las cosas que le había dado el abogado estaban desperdigadas por la mesa, la grabadora de bolsillo había quedado en la punta y Saiph la agarró. Había visto a su padre usarla en su estudio innumerables veces, tenía la costumbre de caminar alrededor de su escritorio mientras le hablaba al pequeño aparato negro; más de una vez le causó gracia el hecho de que estuviera tan perdido en lo que estaba diciendo que no se diera cuenta de que parecía un loco, tan solo le faltaba una bata blanca y tener los pelos más revueltos para serlo. Aquel recuerdo fue interrumpido por una imagen más reciente: su padre estaba siendo llevado en una camilla, embutido en un saco plástico que no le dejaría respirar; no importaba, porque no lo iba a hacer más. El pequeño artefacto cayó de sus manos en el momento en que ella corrió en dirección al baño con el estómago hecho un nudo, le estaba advirtiendo que iba a devolver todo lo que había desayunado previamente al viaje.

— Ufff. —Minutos después de que se le hubiera quitado el deseo de seguir vomitando, se levantó con cierta dificultad del suelo, que estaba helado, con la intención de refrescar su rostro con mucha agua fría. Notaba que su cuerpo estaba más débil; sobre la base de su experiencia, Saiph sabía que si no ingería alimento con un vaso de agua luego de vomitar iba a sentirse peor. Tendría que obligarse a hacerlo, porque no tenía apetito.

De repente oyó un ruido fuera del baño, más específicamente el que hacía la puerta de entrada cuando se destrababa y alguien la empujaba para entrar, seguido de pasos que resonaban en el suelo de madera. Procuró no hacer ningún ruido con sus borcegos, tenía como intención llegar hasta la chimenea moderna donde había un soporte con fierros para mover la leña y tomar uno como posible arma de defensa (aunque no tuviese la más remota idea de cómo blandirlo con utilidad).

Estaba asustada, pero se obligó a salir del comedor y plantarse con voz firme ante lo que fuera que la esperase.

—¿Quién sos y qué haces acá? —Dispuso el fierro que había manoteado en su mano izquierda y lo dejó a la vista de aquel intruso. Pero se llevó una sorpresa al ver a la persona que tenía en frente.

Era un hombre joven con un uniforme de policía, lo había tomado por sorpresa y este le dirigió una sonrisa algo tímida. Se dio cuenta de que debía lucir un poco extraña, la voz que había utilizado era demasiado fuerte en comparación con la imagen que presentaba, la de una mujer joven y pequeña con un arma que evidentemente no sabía siquiera agarrar para aparentar que podía usarla; por ese hecho sintió un poco de vergüenza.

—No era mi intención asustarte, golpeé un par de veces pero entré cuando vi la puerta abierta. —«Hasta la voz de este tipo parece estar afinada correctamente para que todo lo que diga suene bien», pensó Saiph, que frunció el ceño mientras seguía observándolo. Recordaba muy bien haber cerrado la puerta luego de que José se fuera, tenía esa manía en su departamento también; además no había oído que golpearan ni que sonara el timbre—. ¿Tu nombre es Luisa, la hija de Mario Altamirán?

—Eh… Sí, soy yo. —Mirar a ese hombre era hipnótico, tenía el pelo demasiado corto pero de tenerlo más largo quizás sería rizado, sus ojos y su tono de piel eran morenos. Saiph pensó que en realidad no tenía nada fuera de lo común como para que le provocara tal efecto. Decidió no mirarlo a los ojos mientras hablaran, para no pasar más vergüenza.

—Mucho gusto, y lamento lo que sucedió. Soy Luca… ¿Podrías bajar eso, por favor?

Ella seguía con el fierro de la leña en la mano. Una pequeña vocecita dentro de ella le pidió que no lo soltara, pero terminó por hacerle caso a aquel desconocido y dejó la barra apoyada sobre la pared.

—¿Por qué me buscabas? —No sabía si debía tutearlo o no, parecía apenas unos años mayor que ella.

—Vine para ver cómo estabas, y también para que estuvieras en conocimiento de los hechos. Surgieron algunos interrogantes en cuanto al fallecimiento de tu papá: según algunos testigos, el informe de la autopsia podría revelar que no fue un accidente, y necesitamos saber quién pudo haber querido herirlo. Tenemos entendido que tu padre había estado realizado una investigación estos últimos años, y la necesitamos para reconstruir el caso.

Aquello hizo que en la mente de Saiph sonara una alarma: según José, su padre estaba investigando en secreto. ¿Podría haberle contado él a la policía que sospechaba que no había sido un accidente? Descartó esa posibilidad enseguida, pues estaba claro que el abogado le era fiel a su padre y que Mario le había pedido que fuera discreto. Entonces, ¿cómo Luca y la policía sabían de aquella investigación?

—¿Qué investigación? —Saiph a veces pensaba que sería una muy buena actriz, o al menos de vez en cuando lo era. Ella quería asegurarse de qué tanto sabía Luca al respecto, pero él en cambio le dirigió otra sonrisa que le puso la piel de gallina—. ¿De qué testigos hablás?

—¿Por qué no nos sentamos? —El policía hizo un ademán con el brazo hacia el sillón junto a la ventana del recibidor y Saiph se sorprendió a sí misma cuando le hizo caso; él se había sentado demasiado cerca para su gusto. De esa manera le iba a costar más pensar con claridad—. ¿Segura que no te dijo nada tu papá sobre lo que estaba investigando?

—Él no estaba realizando ninguna investigación que yo supiera, me lo habría dicho. ¿Quiénes son los testigos y qué vieron? —Ella había intentado poner unos centímetros de distancia de manera discreta.

—Es parte de la investigación, no puedo decirte.

«Ah, bueno».

—Soy su hija, ¿cómo que no pueden decirme? —Su voz sonó incrédula.

—Toda la evidencia que tenemos es circunstancial, Luisa, no sería prudente que compartiera especulaciones sobre algo así. —Estaba completamente desconcertada, el tipo le había agarrado la mano en forma de consuelo y algo en ella quiso salir corriendo con urgencia. De repente sentía el ambiente pesado, y creyó que tal vez había quedado más débil de lo que pensó que estaría luego de haber salido del baño.

—Todo es circunstancial —repitió ella intentando aclarar su mente—, vos mismo lo dijiste. Si todo es circunstancial, ¿por qué me contaste que había testigos? Si me dijiste eso podés decirme qué es lo que vieron, tengo derecho a saber. —Intentó zafarse de las manos del policía pero no pudo hacerlo, tuvo la impresión de que Luca sabía que iba a apartarse y las estaba sosteniendo con más firmeza. Su mente se nublaba de vuelta—. Si fue asesinado, ¿qué les hace pensar que esas fotocopias tienen algo que ver?

—¿Fotocopias? Pensé que no sabías nada de una investigación.

«Uy». Había metido la pata, pero pensó que podría fingir que no sabía nada una vez más. En esos momentos el policía se parecía más a un tiburón que al chico bonito que había visto segundos antes. Sin previo aviso ella tiró de sus manos hacia atrás y logró que la soltara; notó que seguía aturdida, pero no tanto como cuando estaba en contacto con él.

—No sé nada de eso, como te dije anteriormente, pero ustedes suponen que sí hay una. Ahora que lo pienso, ¿por qué creen que la hay? ¿Sobre qué es?

Luca tomó aire profundamente, con la misma tranquilidad que había presentado en el momento en que Saiph lo había atrapado merodeando, pero ella comenzaba a sentirse acechada.

—Luisa, puedo saber cuando alguien miente y vos acabás de hacerlo. Pero no entiendo por qué, todo esto es para ayudarte. —La había atrapado, pero comenzaba a enojarla la insistencia del tipo así que dijo:

—Como dije, no sé nada. Si no tenés más preguntas, es momento de que te vayas. —Ella hizo un ademán para levantarse del sillón, pero el policía la tomó de la muñeca con fuerza impidiendo que terminara de ponerse de pie.

—La tenés vos. ¿Dónde está?

Había dejado de verse atractivo, ahora le daba miedo la expresión que el policía tenía en el rostro, su mirada era claramente violenta. Pero no era solo su cara: con horror, Saiph vio que la imagen del hombre comenzaba a fallar y dejaba entrever que había una capa por debajo de esa apariencia humana; era como un dèjá vu: aunque algo más sutil allí estaba, como si se tratase de un holograma real.

—Si no me dejás el brazo, llamo a la policía —le advirtió.

Él soltó una carcajada, pero dejó su brazo.

—Pero si yo soy un policía también —señaló como una obviedad.

Saiph no sabía si estaba enloqueciendo, seguía viendo la estática en Luca y no desaparecía de allí. La actitud de este también era distinta, amenazante. Recordó que había dejado su arma de defensa detrás de ella, pero no hizo ningún intento por tomarla; tampoco quería meterse en líos por agredir a un policía brabucón aun cuando él lo hubiera hecho primero. No confiaba en que el sistema de justicia estuviera de su lado en una situación así.

—No me voy a ir hasta que me digas en dónde está —le dijo. El policía se puso de pie y dio unos pasos para quedar frente a ella; en esta ocasión, Saiph salió del estupor para tomar entre sus manos la barra de metal y usarla como fuente de amenaza.

—Quiero que salgas de mi casa.

Agarró el arma improvisada como si fuera un bate y volvió a alejarse de Luca hacia la derecha, en teoría para evitar que él siguiera internándose en la casa y tuviera que escoger la salida. Pero pronto se dio cuenta del error garrafal que había cometido: se había puesto de espaldas al pasillo donde habían quedado las fotocopias de su padre y fue evidente que el tipo notaba lo que sin querer le había comunicado, porque le lanzó una sonrisa cínica.

Saiph entrecerró los ojos cuando la estática se hizo más notable y le permitió vislumbrar un brillo anaranjado en los ojos de Luca, que le pusieron la piel de gallina porque le recordaron a otro par de ojos anaranjados que había visto anteriormente. La expresión que ella lució debió ser tal que de pronto él también se quedó muy quieto, como si se estuviera preguntando qué estaba viendo, si al policía o al monstruo que había debajo de ese disfraz.

Sin darle tiempo de reaccionar, Saiph corrió en la dirección opuesta y bloqueó el pasillo con una puerta corrediza entre la entrada y el comedor, que fue golpeada desde el otro lado repetidamente para derribarla. A su derecha había un tacho de basura metálico y lo utilizó para ponerlo como obstáculo, pero sabía que la puerta de madera no resistiría y corrió hacia la siguiente para cerrarla. Movió los sillones individuales en el camino para que el policía no pudiera seguirla, pero escuchó que la primera puerta se hacía añicos y la puerta que ahora estaba bloqueando era golpeada. A toda prisa se puso a recoger las cosas de su padre de la mesita ratona, como pudo colocó todas las copias bajo su brazo derecho mientras ponía la piedra y la grabadora en un bolsillo del saco de lana que tenía puesto.

Tenía dos opciones: podía subir al segundo piso, aunque allí no tenía salida (y esto suponiendo que llegara, porque lo más probable era que Luca la atrapara antes); la otra opción era escapar por el patio. Finalmente escuchó que la puerta del pasillo se hacía pedazos, así que se estampó contra la puerta trasera para abrirla y corrió tanto como le dieron sus piernas; maldijo que su auto estuviera tan lejos y que la propiedad fuera tan grande, con tan pocas cosas que rellenasen el espacio abierto. Llevaba la ventaja, pero pronto la perdió cuando algo punzante se incrustó detrás de su rodilla derecha.

Saiph emitió un grito, aquello que le había arrojado el policía estaba encajado dentro de su piel y de ella brotaba una buena cantidad de sangre. Volteó para quedar boca arriba con la intención de quitárselo, pero él ya había llegado hasta ella; su cuerpo aún emanaba interferencias y la miraba con sus ojos reales.

—Tenías algunas sorpresitas, ¿no? Voy a tener que llevarte, no me esperaba que fueras tan… inusual —dijo con arrogancia.

Eso la enfureció, la miraba como si no fuera más que un insecto. Hizo un ademán para tomar algo del bolsillo y Saiph lo observó unos momentos pero se distrajo con otra sombra a espaldas de él: era otra persona.

—Esta te vas a llevar. —Luca giró su cabeza y recibió de lleno el golpe de una pala de jardín contra su rostro, el golpe lo derribó y lo dejó aparentemente inconsciente. Aquella persona era una mujer alta y rubia, algo corpulenta. Miró a Saiph con urgencia, o más bien a su herida; desde su pierna, a cada segundo, se escurría más sangre por donde estaba aún metido el objeto. Instintivamente Saiph movió la mano para quitárselo de ahí y poder pararse, pero la mujer le dijo:

—No, espera a que te ayudemos a sacarlo. —Se dio media vuelta y bajó la pala para llamar a alguien cuya voz se oía desde la casa. «¿De dónde habrá salido esta tipa?», pensó Saiph—. ¡Ema, en el patio!

Por la puerta trasera asomó la cabeza de un hombre, pero Saiph solo pudo verlo por el rabillo del ojo pues el policía que había quedado noqueado recobró el sentido y se abalanzó sobre la mujer rubia para lanzarla unos metros hacia atrás y hacer que aterrizase en un montón de maderas apiladas a un costado. El hombre asomado por la puerta salió en dirección a la chica seguido de otra persona que Saiph no había alcanzado a ver por la urgencia de mirar lo que tenía en frente de ella.

Olvidó por completo el dolor de la herida cuando vio que Luca se encaminaba hacia donde estaba sentada. Casi una cuarta parte de su rostro no era humana: tenía la piel como la de aquellos seres de su sueño, parecía marrón y a la vez de un verde muy oscuro; con la luz del sol se lograba atisbar que tenía relieves escamosos. Saiph escuchó un estruendo y vio que el brazo del policía se sacudía a un costado; se dio cuenta de que aquello había sido un disparo seguido de otro y otro más, pero nada parecía causarle daños severos a Luca. Ni siquiera parecía sentir dolor, pero al menos lo habían distraído lo suficiente como para que dejara de avanzar hacia ella; Saiph se obligó a ponerse de pie e ignorar el dolor, y fue así como aprovechó para dar unos torpes pasos agarrando las fotocopias ya ensangrentadas.

El hombre con cabello oscuro y corto que había visto asomarse por la puerta había tomado la pala que había quedado tirada luego de que la rubia la usara contra el policía, y arremetió contra el ser. Mientras, la otra persona que no había logrado ver con claridad cargaba el arma que había usado.

La cosa que se había hecho llamar Luca quitó la pala de las manos del hombre con facilidad luego de que este intentara darle sin éxito un golpe, y como había hecho con la mujer, lo arrojó por los aires hasta que ocasionó un estrépito al caer en el césped. El del arma había conseguido disparar contra el rostro de la bestia; esto hizo que soltara la pala y emitiera un chirrido inhumano por su boca, un sonido que Saiph ya había escuchado antes pero que de igual manera le puso la piel de gallina.