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Los sueños son capaces de comerte vivo. Saiph no es la misma de antes: está más fuerte que nunca, se transformó en un cáncer para los oscuros peor que el que Render había afirmado y no conoce la profundidad de su poder ni su alcance porque hace miles de años que no existe alguien así. Las amenazas que acechan tanto a ella como sus amigos van más allá de darles un susto. Los quieren muertos y si hay algo que no va a permitir es que los hieran. Los oscuros llevan milenios controlando cada movimiento del tablero. Es la primera vez en mucho tiempo que un territorio no está bajo su dominio. Saiph ha decidido no limitarse más por las normas impuestas por el enemigo. Ya no está dispuesta a esperar pasivamente el próximo golpe. Es hora de tomar acción contundente, sacudir el tablero hasta desequilibrarlo por completo y, en medio del caos, tomar el control absoluto de la situación. Fiel a su estilo, la autora nos trae la secuela de Las piedras que laten con cada palabra escrita impregnada de realidades y fantasías. Dejando mensajes ocultos en ellas, ¿dónde empieza el cuento y dónde termina lo real?
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Seitenzahl: 524
Veröffentlichungsjahr: 2024
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Molina, Aixa Betsabé
Las piedras que laten : ejercito de ánimas / Aixa Betsabé Molina. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.
400 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-631-306-098-6
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Fantásticas. 3. Novelas Románticas. I. Título.
CDD A863
Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.
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La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2024. Molina, Aixa Betsabé
© 2024. Tinta Libre Ediciones
Nota de autor
A cada paso que damos, nuestra sombra nos escolta.
Pero ¿qué pensarías si nuestra propia sombra
fuera la que nos resguardara de algo
que siempre está acechándonos?
Las piedras que laten ejército de ánimas
Aixa Betsabé Molina
PRÓLOGO
Cuando Render decidió aliarse con los humanos sabía exactamente qué esperar de los udracoins. Ellos se olvidaban de que aún existían dreicós tan antiguos como ellos, dreicós que aún recordaban con detalle cada cosa que habían hecho en la tierra. Para él los humanos eran mercancía, algo exótico, algo único. Pero tan pronto como empezó a inmiscuirse entre ellos, descubrió que muchos eran completamente desagradables, similares a los udracoins aunque más parecidos a un animal muy estúpido.
Sin embargo, siempre había alguna excepción.
—Vas a tener que llamar a la mujer —puntualizó Rasden mientras observaba el cadáver en frente de ellos.
—Saiph. Se llama Saiph— corrigió él sin prestar demasiada atención.
A menos de un metro yacía el cuerpo de un muchacho retorcido en un ángulo grotesco. La piel que en su momento debió ser color café ahora era grisásea, los dedos estaban retorcidos como si fueran garras y en el rostro tenía una mueca demasiado extraña. Parecía estar sonriendo, y a la vez lucía horrorizado. Pero eso no era lo más extraño.
En donde tenía que haber ojos cristalizados por el tiempo de muerte solo había un hueco y salpicaduras de un líquido negro esparcido en las ojeras y los párpados. Como si el globo ocular hubiera estallado de alguna manera, aunque eso no explicaba por qué el fluido era negro.
—Lo que sea, son bastante parecidos.
Render soltó una risa seca.
—Ella dice lo mismo de nosotros… también dice que somos apestosos.
Una vez, estaban investigando los túneles de debajo de la ciudad cuando se encontraron con un par de ellos sin la apariencia humana. La mueca de la chica al arrugar la nariz le había provocado tanta risa que aún luego de un año casi le hacía reir.
De hecho, era por eso que a Rasden le incomodaba Saiph, no era usual entre ellos divertirse y reír. Eso era propio de los humanos, y más bien lo asociaban con la inmadurez. La mocosa tenía algo bastante contagioso, lo suficiente como para incomodar a cualquiera de ellos; pero al mismo tiempo, ninguno de los dreicós se planteaba faltarle el respeto de ningún modo. Era algo que en ocasiones le daba envidia. Render había logrado ser toda una autoridad en los últimos trescientos años, nadie se atrevería a cuestionar eso en voz alta, pero solo pudo hacerlo luego de muchísimos años.
Saiph, sin embargo, ya no reía tanto como antes. De hecho, la mirada y la sonrisa se le habían endurecido. E incluso su manera de hablar era algo diferente, era un poco más dura.
—Va a terminar pensando que alguno de nosotros está haciendo esto —dijo Rasden.
—No. Confía en mí, ya hace rato estaríamos carbonizados.
Ese era el cuarto cuerpo en cuatro meses. Y ambos intuían lo que estaba pasando. Estaban haciendo pruebas, pruebas de algún tipo en personas que no eran del territorio de Tandilia para mandarlas allí. Pero siempre cerca de los límites, los sujetos de prueba morían.
—La voy a buscar, te dejo a cargo de esto. No quiero errores.
Capítulo 1
El eclipse
Saiph llevaba ventaja desde que descubrió que podía trasladarse de un lugar a otro con solo imaginarlo. Era práctico, pero en ocasiones prefería hacer el camino largo para poder pensar y disfrutar del viaje. Sobre todo aprovechaba su habilidad para ir de Buenos Aires a Tandil. O desde su casa hasta el almacén. O desde su casa hasta donde estuviera Gabriel, que por lo general era en el extranjero, en alguna expedición fantástica. Aunque esto último ya no lo hacía desde algunos meses atrás.
Particularmente le gustaba conducir por la ruta, pero en el último tiempo eso era una tarea demasiado complicada. Ahora se encontraba en algún lugar entre Buenos Aires y Tandil. En unas dos horas aproximadamente estaría amaneciendo, podía percatarse de que ese iba a ser un día gris. Estaba sacando cuentas mentalmente, quería calcular el gasto de las pinturas que iba a necesitar para la obra que le habían pedido. Era un cuadro grande, el lienzo ya lo tenía. Los pinceles y las telas con texturas también. Solo faltaba lo más caro.
Estaba tan metida dentro de su mente, que cuando sintió que los vellos de la nuca y los brazos se le erizaban fue casi como recibir un golpe seco que la obligó a concentrarse en el instante. Una sensación semejante al frío se adueñó de ella, la misma que sentirían los animales si fueran la presa de alguien. Sus oídos se ensordecieron una milésima de segundo antes de que ella soltara el volante bruscamente. Ya sabía lo que iba a pasar, ya había pasado antes.
El auto se salió de su control luego de una explosión doble, primero en la parte de atrás y luego en el capó. Viró hacia la derecha y quedó por completo boca arriba a un lado de la ruta, los cristales se hicieron añicos, la carrocería se arrugó como si fuera un papel y las bolsas de aire se dispararon para salvar al conductor. Que ya no se encontraba dentro.
Saiph estaba parada del lado opuesto de la ruta, y había observado cómo se había hecho pedazos su coche relativamente nuevo con los brazos cruzados.
—Dos veces en un mes, eso es un récord —soltó en voz alta con sequedad, a nadie en particular. Presuponía que alguien debía estar observándola desde algún sitio.
Aunque en ninguna de las veces anteriores había habido nadie cerca, de algún modo sabía que la observaban. Y eso que había buscado muy bien, no había manera de que alguien se escondiese de ella. Ya iban cinco veces en que intentaban matarla mientras conducía, pero Saiph siempre salía ilesa gracias a su instinto.
Tenía ganas de romper algo, o de romperle la cabeza a alguien. Caminó hacia lo que quedaba del Fiat ya incendiado y con el poder de su mente separó las brasas de la puerta del asiento del copiloto para poder abrirla. Abrió luego la guantera, de donde sacó su billetera y su carné de conducir.
Cuando comenzó a caminar por la carretera vio que había alguien en medio, esperándola con una sonrisa cínica.
—Estás en mi territorio.
Ya conocía a esa criatura. Lucía como una persona alta y rubia y vestía el mismo traje que le había visto llevar la primera vez que lo vio, en la muestra de arte.
—No es necesario que pases por esto tantas veces, ¿no te parece?
—¿O sea que están tan desesperados que van a intentar cansarme hasta que quiera morir? Es una idiotez.
El udracoin sonrió.
—Pronto habrá un eclipse, y luego de eso, siete planetas retrogradarán luego de doscientos años.
Saiph arqueó sus cejas con incredulidad.
—¿No sabés qué significa? —inquirió el ser con diversión.
—Iluminame.
Saiph soltó aquello de forma teatral. Desde luego que sabía que venía un eclipse, el castillo debajo de las Ánimas le daba muchísima importancia a los eventos astrológicos; había una sala entera llena de calendarios extraños, solo que Saiph no sabía cuál era su relevancia. Y en ese momento tenía otras prioridades, como los cadáveres con ojos negros que habían empezado a aparecer casi al mismo tiempo que los ataques contra ella.
—Tiene que ver con vos y con Tandil.
—Qué novedad —exclamó Saiph con sarcasmo—. Pareciera que se les está terminando el tiempo para algo —dijo predispuesta a irse de allí. Pero un aullido agudo y fino la hizo voltear la cabeza hacia alguna parte cerca de donde había estallado el auto. Divisó una caja de cartón cerrada y humedecida en el costado de un alambrado. Saiph sintió como empezaba a hervirle la sangre—. ¿Qué pretenden hacer con esos cuerpos?
El reptil ladeó la cabeza hacia donde estaba la caja, evidentemente él también había escuchado el maullido.
—Si te lo dijera no habría chiste.
—¿Entonces qué hacés acá?
—No vas a poder ignorar todo esto por demasiado tiempo, vine a avisarte como muestra de buena fe.
Saiph soltó una carcajada.
—Me considero advertida, muchas gracias —exclamó dándose la vuelta. Pero inmediatamente el reptil apareció frente a ella.
—Sé perfectamente que ya no estás en contacto con los caminantes de los sueños, básicamente estás sola y vulnerable ahora —dijo tranquilamente, aún con los brazos en la espalda.
En cambio ella tenía los pelos de punta. Esa cosa que se veía como un humano, era en realidad era grotescamente más grande que ella. Podía verlo cuando la estática fallaba; además, cuanto más se fijaba en la superficie aparentemente humana, más extraño de ver era. No se movía ni se comportaba como una persona, parecía un animatrónico.
—Entrá en el juego antes de que tengamos demasiada ventaja sobre vos —agregó caminando hacia la derecha de Saiph, y luego se perdió de su vista.
Cuando la chica quiso volver a mirarlo, la criatura ya se había ido. Era la primera vez que volvía a ver a ese ser tan poderoso desde hacía casi un año. No se preguntaba cómo era posible que supiera que ya no tenía contacto con Maia, Gabriel y Emanuel. Sabía que debía haber personas fieles a los reptiles en Tandil, pero aún no lograba dar con ellos, los hijos de puta eran una mafia. Tan pronto como adquirió el sistema de Tandilia se predispuso a averiguar quiénes habían sido los hombres que asesinaron a Gaspar y los que los vigilaban a ellos, pero era un callejón sin salida.
Saiph se trasladó a donde estaba la caja humedecida al costado de la ruta con un nudo en el estómago, que de pronto ascendió a la garganta al abrirla y ver lo que yacía en el interior.
Cinco gatos muy pequeñosestaban dentro sin vida, y las hormigas se estaban haciendo dueñas de ellos; a excepción de uno, que ni siquiera tenía los ojos abiertos y tenía el pelaje oscuro, un gato gris atigrado que maullaba con la poca fuerza que le quedaba. Los ojos de Saiph se llenaron de lágrimas. El pequeño animal estaba helado, pero aún seguía con vida. Sin dudarlo lo tomó entre sus manos y se lo llevó al pecho mientras le quitaba las hormigas que le andaban entre las patas.
Con las lágrimas desprendiéndose de sus ojos verificó si alguno más estaba con vida, pero era en vano. Saiph podía oír el latido de un corazón a metros de distancia si así lo quería, pero allí no oía ni uno; salvo el que tenía agarrado contra su pecho.
Tan pronto ella comenzó a llorar, había empezado a lloviznar. El pequeño animal temblaba entre sus manos pero ya no maullaba, como si supiera que pronto iba a estar mejor. Había una palabra que le daba vueltas desde esa mañana cuando se levantó, un personaje de una novela, un nombre:
—Hemestasio. Te vas a llamar Hemestasio —le susurró al pequeño mientras se ponía de pie y caminaba en dirección opuesta, hacia la entrada de la ciudad, al tiempo que dirigía el fuego del auto mentalmente hacia donde yacían los restos de los otros pequeños.
***
Saiph miró a través de la ventana de lo que había sido el estudio de su padre mientras resolvía su próxima pintura. Era casi mediodía, y su estómago comenzaba a protestar. Miró el escritorio, en donde había dejado una caja con su nuevo gato para vigilarlo; dormía tranquilamente luego de haber bebido algo de leche tibia.
—¿Qué es eso? —inquirió una voz desde la puerta de la habitación.
—Un gato.
Render lucía desconcertado, entrecerró sus ojos en su dirección como signo de sospecha.
—No vi el auto afuera. ¿Volvió a pasar?
—Ajá —afirmó ella, volviendo a poner su vista en el cuaderno de bocetos—. Pero eso no es todo.
Saiph le resumió al reptil el encuentro con el udracoin, y este no lo tomó bien.
—Tenés que llamar a los demás. Esto no puede seguir así.
—No. Me costó mucho mantenerlos alejados para que estuvieran fuera de esto, es peligroso.
—Me importa un pingo, si se viene algo no está bien que te vean vulnerable. Eso del eclipse no está bien, no te habría dicho nada si no… Pero también podría ser una táctica para que vos reaccionés, quieren a toda costa tener el control del tablero.
Saiph se enderezó en la silla y dejó cuaderno en la mesa.
—No quiero que esta idiotez nos haga entrar en pánico para nada… Reconozco que están esforzándose demasiado para asustarme —cortó Saiph de forma tajante—. Y no estoy vulnerable, soy más fuerte que nunca.
—Los conozco desde hace milenios, Saiph, esto no me gusta, sea lo que fuere que hagamos debemos hacerlo con recaudo, yo sé lo que digo… Pero necesitás apoyo —replicó él en un tono similar.
Ella levantó el lápiz en su dirección como amenaza.
—No vamos a llamar a los demás.
El pequeño gato se removió en su cama como si le molestasen las voces. Render también parecía molesto con la conversación, pero al cabo de unos momentos preguntó:
—¿Te vas a quedar con eso?
—Obviamente. Es precioso —declaró Saiph con sencillez—. ¿Qué sabés de los eclipses?
Render la miró, por un segundo revelando sus verdaderos ojos. Parecía estar debatiéndose entre decirle lo que sabía o no. Saiph había descubierto que el lagarto sabía muchas más cosas de las que le decía realmente, pero no lo presionaba para que se las dijera; de alguna forma entendía por qué era reservado con respecto a lo que ella podía saber de ellos como especie. Una vez le había confesado por qué no podía decirle demasiado: toda su estirpe estaba dominada por una ley que prohibía revelar secretos que pusieran en riesgo su especie. Era una suerte de juramento; si lo quebrantaban, morirían de manera instantánea.
—Nosotros podemos estar en su mundo físico porque tenemos un material genético mucho más adaptable a la tridimensión, pero justamente por eso somos débiles como ustedes; la tridimensión aplasta nuestro material incorpóreo. En cambio los rankar, zuoliies y udracoins, al ser más evolucionados y estar mejor modificados, no tienen cuerpo físico; pueden tenerlo por periodos de tiempo limitados. Sin embargo, las personas pueden ayudarlos a mantenerse físicos a través de una energía particular que pueden desprender, una energía que proviene de la adoración y el fanatismo, y la energía de un eclipse es una manera de aprovechar para abrir esa puerta.
Saiph se sacudió visiblemente en su lugar a causa de un escalofrío.
—¿Con rituales? —preguntó.
—Exactamente —concedió Render frunciendo el entrecejo—. ¿Lo sospechabas?
—Me dan vuelta muchas cosas sobre lo de hace dos años en la mente —respondió ella—. Hay una historia local sobre un curandero que fue asesinado acá en Tandil hace más de cien años.
—¿Y eso?
—A los hombres que mataron a Gaspar no los pudimos encontrar en ningún lado. Si hay personas que están colaborando con los reptiles acá y hasta ahora no los encontramos es porque saben cómo esconderse, quizás desde hace muchos años lo hacen. De la misma manera que los zuoliies y los udracoins dentro de la humanidad.
—O sea que empezaste a buscar en el pasado.
Saiph se levantó del asiento y se encaminó hacia la salida.
—¿A dónde vas?
—A conseguir otro auto. Cuidá a Hemestasio, por favor.
El lagarto le dirigió una expresión de indignación. Pero no la rebatió. En cambio dijo:
—No deberías salir, el eclipse es en dos días.
—¿Me podrían hacer algo a mí? —inquirió ella deteniéndose en la puerta. Render dudó en responder, pero esta vez porque parecía estar evaluando la posibilidad.
— No… No veo cómo podrían usarlo contra vos, pero alguien claramente te quiere muerta. Si el udracoin te dijo eso, dudo mucho que haya sido por nada.
Ella lo dudó por algunos segundos, de hecho su teoría era algo diferente.
—Si un eclipse puede ser usado como una puerta es probable que intenten meter algo, algo que tenían esos cadáveres. Hay que examinarlos.
—Vos tenés un amigo médico que lo haría más rápido.
Saiph suspiró.
—No los voy a llamar.
Supo que Render dijo algo más cuando ella desapareció de la sala, pero no alcanzó a escucharlo. En un abrir y cerrar de ojos estaba en el centro, subiendo a la vereda como si segundos antes hubiera cruzado la calle. Resultaba ser que en Tandil había varias personas que estaban al tanto de que había algún tipo de movimiento y de poder ahí, como el dueño del taller de autos al que iba regularmente. Algunas personas estaban al corriente de que ella era una especie de “autoridad real”, pero nadie sabía con exactitud por qué; tampoco cuestionaban el motivo. En algunos lugares incluso recibía cortesías, como en aquel a donde iba en ese momento.
Ingresó por la puerta doble del negocio, no había nadie a la vista.
—¿Raúl? —llamó.
Nadie le respondió por algunos momentos, pero luego un hombre emergió desde el umbral de una de las oficinas. Un hombre mayor, delgado y canoso, con el pelo hasta los hombros.
—Saiph, me tomaste por sorpresa. ¿En qué te puedo ayudar? —preguntó recuperándose de la impresión. Pero tan pronto dijo eso, sus cejas se inclinaron hacia abajo—. ¿Otra vez? —exclamó.
—Sí —confesó Saiph con timidez.
Había estado ahí hacía menos de dos semanas. Raúl quedó boquiabierto.
—¿Todavía sirve?
—De hecho… no.
El hombre se apartó los pelos de la frente.
—Pero estás viva igual. —Aquello no lo había dicho como pregunta, sino como una respuesta para sí mismo.
En las ocasiones anteriores, Raúl había querido saber cómo era posible que siempre le pasara lo mismo y saliera ilesa. Conforme pasaba el tiempo dejó de hacerlo, de hecho había dejado de preguntar cuando se percató de que uno de los coches que le había dado a Saiph tenía los frenos cortados a propósito y los cables del contacto intervenidos para que hicieran cortocircuito y hubiera estática mientras se andaba.
El mecánico sabía que ella era una autoridad allí porque su padre, cuando era niño, le había contado que debía ser amable con la persona que apareciera en la primera línea de beneficiarios de Tandil, una lista que por aquellos tiempos estaba en un software de la computadora del lugar. Ella estaba encabezando la lista desde hacía ya más de un año. Por extraño que fuera ello, Saiph no tenía la más mínima idea de quién se encargaba de manejarlo, pero fue a raíz de esa curiosidad que se topó con algo extraño. Una pista, una pista realmente sospechosa.
Había querido saber quiénes estuvieron encabezando la lista antes, pero todos eran nombres falsos. Era más que seguro que esas personas con el control de la ciudad eran las involucradas con los reptiles. Pero al final, fue otro callejón sin salida. Ellos se escondían demasiado bien.
—Qué macana, ya no sé qué puedo darte, todos estos autos son muy nuevos y caros… Vení, seguime —indicó Raúl.
Saiph siguió al hombre por la oficina hasta una puerta que daba a unas escaleras descendentes.
—¿Tenés un sótano acá? —preguntó Saiph.
—Algo así… Acá se guarda alguna que otra reliquia, y cosas que ya no sirven.
Ella tuvo el impulso de crear un orbe para ver mejor tras la luz mortecina de la puerta, pero se resistió a hacerlo. No fue necesario. Al finalizar el recorrido por los peldaños de metal y tocar concreto, Raúl tocó algo en la pared derecha y se encendieron las luces. Saiph quedó embelesada.
Había quedado intrigada cuando él dijo “reliquias”, pero no se imaginaba eso. El lugar era más grande de lo que aparentaba en un principio, de pared a pared entraban cinco autos dispuestos en filas paralelas de dos. Y todos ellos eran clásicos de los setenta y ochenta. Los cromados, las insignias y todo lo demás parecían originales, y estaban en un estado de conservación increíble.
—Espero que ni pienses darme uno de estos… No podría permitir que les pase lo mismo que a los otros...
—Quizás te inspire entonces a no permitir que nadie les haga nada, estos autos tienen muchísima personalidad… Igual, el que te iba a dar es este.
Señaló la segunda fila del lado de la pared trasera. El coche era más o menos pequeño, de color rojo.
—Un Renault 4.
—¿Por qué están tirados acá? —preguntó Saiph—. ¿Qué hay en ese rincón?
Señaló al último coche pegado a la pared derecha, estaba tapado con una lona.
—Ese es un Ford Fairlane del setenta y tres, creo… o setenta y dos, no recuerdo —dijo Raúl, y se dio la vuelta para quitar la lona de encima—. Este auto tiene una historia trágica, una mujer lo compró cero kilómetros para dárselo a su marido, que había tenido un infarto; él siempre había querido tener uno de estos, lo tuvo que llevar desde Río Negro hasta acá. Pero cuando llegó a su marido le había dado otro ataque, y no llegó a verlo.
Saiph apenas escuchaba a Raúl, solo miraba atentamente lo que había debajo de la lona a medida que la quitaba. Era azul marino, eso fue lo primero que captó su atención; no tenía polvo, estaba resguardado de él. Casi todo el interior era negro con cromados.
—¿Esto es lona? —preguntó señalando el techo recubierto con material negro.
—No, es vinilo. La verdadera tragedia de este auto es que necesita un tiempo de trabajo que yo no tengo para restaurar el motor, estuvo parado durante años en un garaje y unos carroñeros desarmaron casi todo. Y darle una mano de pintura y cromado.
Ella se enderezó luego de haber estado mirando.
—No voy a aceptar ninguno de estos. Y no tengo idea de cómo cuidarlos.
—Estos autos no son igual de delicados que los nuevos. De la misma forma que vos salís ilesa de lo que sea que pase cuando manejás, lo puede hacer el auto.
Saiph se mordió el cachete, sin estar convencida.
—Estas bestias son confiables, vos te hacés uno con ellas cuando las entendés.
—¿Por qué me querés convencer?
Su pregunta tomó por sorpresa al hombre, que meditó por algunos momentos su respuesta. Parecía estar dudando si debía decirle o no:
—El mes pasado vi una cámara de vigilancia de cuando estrellaste el Bora —confesó—. En un momento estabas al volante y al otro no, pero hubo algo más. Fue como si algo invisible embistiera el auto y lo alterase de alguna manera, se sacudió.
Saiph recordó el incidente con la piel de gallina. Ese accidente había sido por la colectora, antes de entrar a la ciudad. Había personas dando vueltas y ella había tenido que escaparse para no llamar la atención.
—No entendí nada, pero de lo que sí me di cuenta fue de que con la maniobra correcta y confianza en el auto no habría pasado eso. Vos no manejás, simplemente arrancás el coche y hacés que vaya para delante.
Su tono de sabiduría le recordó tanto a Emanuel que le dio una punzada en el corazón.
—¿Pensás que es mi culpa?
—No, pienso que podés impedir que pase eso. Es como si manejases asustada, y tenés que hacerlo con confianza. Pero también pienso que los autos nuevos no son para vos, necesitás algo más mecánico y tosco para poder entenderlo, algo que haga juego con tu personalidad —dijo Raúl mirándola de reojo. Aquello lo había dicho para sacarle una sonrisa, que ella le brindó.
Saiph miró de vuelta el Renault que le había ofrecido; era un auto humilde, pensó, le gustaba, pero había quedado encantada con el Fairlane. Como si Raúl pudiera leer la mente, dijo:
—Si te llevás el Reno llevate el Fairlane, necesito hacer espacio para tres autos más y no tengo tiempo de ponerme a arreglarlo… Podés tenerlo como un proyecto a futuro.
Saiph dudaba, ni siquiera tenía una idea de cuánto costaban los autos así, pero Raúl tomó la iniciativa por ella y la guio hacia las escaleras mientras le explicaba que por la tarde le iban a llegar ambos vehículos a su casa. En cuanto salió del taller caminó sin saber exactamente hacia dónde dirigirse. Pensaba demasiado en los cadáveres y en lo que ese reptil le había dicho. Render tenía razón, se venía algo y era serio. El lagarto insistía en llamarlos porque sabía que podían ser de mucha ayuda, y no era mentira; él apenas soportaba estar cerca de ellos, pero admitía que tenían lo necesario para llegar más lejos. Sin embargo, Saiph no podía permitirse perderlos. Había pasado demasiado tiempo desde el asesinato de su papá, y todavía no sabía por qué había sucedido.
Le había costado horrores mantener alejados a los demás, y como consecuencia tuvo varios días de intensas migrañas.
Con el paso del tiempo había podido ser más consciente de que la energía viviente en Tandil interactuaba con ella, enviaba señales y de tanto en tanto alguna visión. Por eso dedujo que esa energía también causaba las sincronicidades, que ellos siempre llegasen a los lugares en que debían estar. Para que los demás dejasen de ver esas coincidencias tuvo que hacer un esfuerzo mental considerable, imaginar que una capa negra, gruesa y opaca impedía que las señales llegasen a ellos tal como si estuvieran aislados. Tuvo que imaginar eso casi por dos semanas.
Pero aun así, no conseguía engañar era a Gabriel; como de costumbre, sabía cuando estaba tramando algo. Maia y Emanuel habían dejado de sentirse interesados por el castillo de Tandil, los reptiles y demás con el paso de los días. Él también, pero sospechaba de ella de alguna manera. Cuando Saiph vio que estaba surtiendo efecto su experimento tuvo que empezar a distanciarse, pero no fue capaz de darle una explicación coherente; él siempre parecía estar viendo a través de ella. Fue por eso que tomó la decisión más dura. Para que Gabriel no insistiera y la odiara lo suficiente como para tomar distancia, tuvo que lastimarlo.
Había salido de la tienda y mientras llegaba a la esquina se detuvo con los ojos cerrados, procurando apartar el recuerdo de su mente. Las emociones no se sentían igual a como habían sido antes de conocer todo ese mundo, todo se sentía diez veces amplificado, a flor de piel constantemente. Todavía le dolía demasiado.
Miró hacia los lados para cerciorarse de que nadie la estuviera mirando e intentó teletransportarse de vuelta a su casa, pero percibió algo. O más bien, escuchó algo; no estaba en el ambiente, estaba en su cabeza.
Tambores, una cantidad de voces neutras, un canto extraño y algo que sonaba como palillos que se chocaran entre sí.
Pero eso no fue lo que la terminó de asustar, sino el hecho de que de alguna manera sintió como si una fuerza quisiera hacer que se transportase hacia algún sitio. Como si el canto la atrajera si se dejaba llevar. Pero ella no quería ir, le daba terror, algo estaba mal. Muy mal. Mentalmente creó una barrera e imaginó que la protegía de camino a casa. Llegó en cuestión de un segundo gracias a su habilidad, pero no sin que su corazón estuviera a punto de salirse de su pecho.
Render reparó en el estado en que se hallaba y preguntó:
—¿Qué te pasa?
—Se me hizo ver… nada. Estoy estresada —dijo meneando la cabeza.
Le extrañó un poco ver que el diminuto gato ya no estaba en su caja, sino en el regazo del lagarto.
—¿No te vas a comer a mi gato, no?
—Dicen que no hay que comerlos porque son hijos de una raza superior a la nuestra. De lo contrario ellos armarían una guerra.
Saiph asintió lentamente como si hubiera entendido.
El resto de ese día transcurrió con normalidad. Se había quedado sola con Hemestasio luego de que sus dos nuevos autos llegasen a su casa. Desde que los demás se habían ido sus días eran demasiado monótonos, casi como cuando vivía en Buenos Aires. Solo que en aquel entonces no se cuestionaba esa realidad, simplemente pensaba que las cosas tenían que ser así; en cambio, el año anterior había comprobado lo que era vivir cada día sin saber qué esperar, aunque no solo en un sentido malo. Era divertido pasar el tiempo con los demás. Incluso después del juicio, con la presencia temporal de Elisa enseñándole cosas; todos esos días los recordaba con nostalgia. La mujer se había marchado al tiempo de ayudarla a meditar, puesto que tenía otras obligaciones en el extranjero.
Esa noche el sueño no tardó en llegar, estaba agotada, sobre todo mentalmente. No se acostó en su habitación sino que se quedó en el sillón, con Hemestasio en la mesita ratona frente a ella, acurrucado en forma de bola. Estaba pensando en él antes de dejarse arrastrar por completo hacia todo tipo de pensamientos incoherentes, antes de quedarse dormida. Cuando abrió los ojos nuevamente, se sintió muy liviana. Observó al gato todavía dormido y poco a poco se incorporó, dejando a su doble física dormida en el sillón con la boca entreabierta.
— Pff.
Apenas había dado unos pasos cuando de repente se dejó absorber por una creciente luz que en un parpadeo la dejó en otro sitio. Un sitio que ella ya conocía muy bien, donde las flores crecían en el aire y las raíces permanecían suspendidas.
— ¿Saiph? —preguntó alguien con incredulidad.
Por el rabillo del ojo vio lo que parecía ser alguien alto con el pelo más claro que el de ella, parado a unos cuantos metros de distancia; empezaba a acercarse. Había reconocido esa voz al instante, era Gabriel.
«La puta madre», pensó ella, y se quedó muy quieta al ver que se movía; reaccionó a tiempo para desaparecer de allí y regresar a su casa, directamente hacia su cuerpo. Se despertó abruptamente con una sacudida. Estaba segura de que él no le había visto la cara, pero era una idiotez pensar que no la había reconocido. De todos los lugares, justo en donde estaba él había tenido que caer. Muy probablemente había sido por pensar en él antes. Tenía que evitarlo, no lo veía desde hacía casi dos meses. Además todo con él había terminado muy mal.
El cuaderno de bocetos que tenía entre sus piernas se había caído al suelo con las hojas dobladas. Apresuradamente se precipitó hacia él para levantarlo, y despertó al gato.
—Ay, perdón, minino. No es una buena noche para mí —dijo acariciándolo.
Se puso de pie para ir a tomar agua mientras pensaba en lo que había hecho. Estaba llena de vergüenza. Sacó un vaso de la alacena, pero este se resbaló de su mano y se hizo añicos contra la mesada.
Saiph apenas fue consciente de que eso había ocurrido, incluso apenas notó cuando ella misma cayó al suelo con las rodillas dobladas. Un dolor intenso le atravesó toda la médula espinal, acompañado por el sonido de unos tambores que resonaban violentamente en su mente. De repente no veía el suelo de la cocina con sus respectivos muebles, sino otro lugar. Vio una fogata, escuchó golpes y cantos extraños y encontró huesos. Aquel ruido que al principio creyó que eran palillos eran huesos que se chocaban entre sí. No estaba allí, pero al igual que la vez anterior, algo quería llevarla.
Soltó un grito a causa del dolor. Era como si hubiera arremetido con más fuerza porque sabía que ella estaba viendo. Intentó bloquear su mente, pero sentía que apenas podía respirar y el pánico se estaba apoderando de ella por primera vez en mucho tiempo. Dentro de sí misma crecía una fuerte sensación de que algo terrible iba a ocurrir en cualquier segundo, y tenía que impedirlo.
Alguien apareció en su campo de visión. Una persona, un hombre quizás, vestida con una túnica roja y dorada que impedía ver su rostro. Había un árbol quemado detrás. Pero eso no fue lo que paralizó a Saiph, sino el cuchillo que la figura tenía en la mano derecha. Alguien vestido de la misma manera se estaba acercando a él con un gato entre las manos, un gato que intentaba escaparse del terror que tenía.
Y por primera vez en mucho tiempo Saiph sintió cómo la furia invadía por completo su torrente sanguíneo. El dolor desapareció y el estupor se fue, y ella dejó que aquella fuerza la arrastrase a ese lugar. Apenas fue consciente de que las marcas en sus brazos destellaban con enormes ribetes dorados.
¡Te ordeno que pares ahora!
La orden salió de su mente mientras atravesaba aquel lugar. Y en lo que dura un parpadeo, Saiph emergió en un claro de bosque; salió desde una fogata sin que las brasas la quemasen, porque ella misma estaba envuelta en llamas. Y era tal enojo el que tenía, que su visión se tornó roja. Levantó su mano izquierda e hizo volar por los aires a la persona que tenía al gato en sus manos, con lo cual dejó que este cayera y huyera despavorido. En cambio, el sujeto rebotó contra un árbol y se derrumbó inconsciente.
La persona del cuchillo en la mano quedó en frente de ella, apuntándola en forma defensiva. Saiph no le veía el rostro porque estaba parcialmente tapado con la túnica; además, su visión estaba algo borrosa, era como si actuase por impulso más que por la razón.
—¡Rodéenla! —gritó el encapuchado.
Y allí se percató de que había un gran número de personas además de las que había visto. Se acercaban hacia a ella con una palma extendida en su dirección, y formaron un círculo mientras recitaban un extraño mantra. Notó que este provocaba dolor en sus sienes. Sin embargo, se esforzó por mirar atentamente mientras poco a poco se acercaban a ella. Tenía demasiada energía en su cuerpo y las cintas doradas cambiaron para parecerse más a unos patrones irregulares, como si fueran electricidad; se sentía más fuerte, estaba lista para atacar.
Alzó sus manos suavemente con las palmas hacia arriba, imaginó que se apropiaba del suelo sobre el que estaban erguidas esas personas y que una cinta invisible agarraba cada uno de sus tobillos derechos y los retorcía violentamente hacia un lado. Al oír el sonido de varios pares de huesos rompiéndose, Saiph sintió el impulso de reír; no porque le causase gracia, sino porque no esperaba que eso funcionase. Todos cayeron al suelo y el canto cesó abruptamente.
Lo que están haciendo está mal, y no lo voy a permitir.
Con el poder de su mente le quitó el cuchillo al que ella creía que era el líder, y quedó en su mano. Rompió su tobillo de igual manera que había hecho con los demás. Apenas era consciente de su cuerpo, no sabía percibir si caminaba o simplemente flotaba. Solo sabía que la fuerza que se desprendía de su cuerpo se incrementaba a cada segundo.
Caminó hacia el sacerdote, quien luchaba por alejarse. No lo iba a matar, pero quería darle un muy buen susto antes de expulsarlo del territorio de Tandilia junto a los demás. Saiph levantó al tipo mientras era consciente de que los otros, detrás de ella, se incorporaban; entonces, dirigió el fuego de la fogata hacia ellos formando un círculo del que no podrían escapar sin quedar severamente quemados.
—¿Por qué me quieren acá? ¿Quienes son? —preguntó tranquilamente.
Quitó la capucha del tipo, esta vez con su mano, y al ver quién estaba debajo quedó sorprendida. Era joven, tal vez un poco mayor que Gabriel; tenía los ojos y el pelo oscuros, mandíbula amplia y marcada, y la miraba atentamente, sin perderse detalle de cada parte de ella. Cada cinta dorada flotante, cada rayo destelleante.
Respondé.
Ordenó en su mente. Y el hombre comenzó a gritar de dolor, como si la telepatía de Saiph fuera demasiado para soportarla. Ella no era tan buena para eso, pero al parecer en aquel momento todo era posible. Se había percatado de que podía dar órdenes; no sabía si era parte de un nuevo don o si era la influencia que tenía sobre el territorio lo que le otorgaba esa facultad.
Saiph se abrió paso por la mente del hombre, y accedió a las respuestas que él no quería revelar. Apenas escuchó sus gritos cuando varias imágenes empezaron a emerger: ella caminando por la calle, yendo en auto, todo mientras ni siquiera se percataba de que la observaban. Vio un escritorio antiguo, un pasaje, un montón de banderas de países, una alfombra de puma, hojas con anotaciones y fotografías de ella misma, un grupo de personas y vehículos muy caros. No solo veía imágenes, sino que capturaba pensamientos.
Había pensado en ella, en la mejor manera de atraerla. Sabía lo que era, le habían pedido que acabara con ella. Él iba a capturarla, pero no quería matarla, quería algo de ella. Cuando Saiph llegó a ese hilo de pensamientos, él sonrió de una forma escalofriante.
—Mejor andá con cuidado, Luisa Saiph Altamirán —dijo en voz baja pero clara. Cuando levantó la mirada hacia ella, el negro de sus pupilas se había expandido por todo el globo ocular. Esos ojos habían dejado de ser naturales, no eran humanos.
En lugar de sentirse intimidada o asustada, Saiph conectó su energía con la energía de la tierra, de los árboles que los rodeaban, de cada piedra y cada hoja que latía. Se estaba preparando para expulsarlos de esa tierra, de su tierra, la que ella debía proteger.
Pero no llegó a hacerlo. Un dolor agudo penetró en su hombro y la derribó. El encapuchado que ella había dejado inconsciente al principio le había clavado una jeringa, y el contenido se sintió como fuego dentro de su piel. Era como si la luz que ella emanaba y aquel líquido fueran una combinación explosiva.
Saiph sintió como si fuera a explotar. Una vez más se elevó por los aires, mientras un extraño fuego la envolvía para llevársela hacia otro lado, como una vez le pasó. Se sentía débil, muy débil. Pero antes de desaparecer juró en la mente de cada uno de esos tipos.
Los voy a encontrar.
Saiph conocía perfectamente la melodía de allí, la esencia que tenía aquel lugar. Antes de que su mente se apagase por completo captó una melodía, pero no era la misma de Tandilia. Fue por ello que supo, antes de desvanecerse, que donde fuera que estuviese ese lugar, no era Tandil. Ni ningún lugar siquiera cerca de ahí.
Capítulo 2
Mente contra cuerpo
Todo aquello que el hombre ignora no existe para él.
Por eso el universo de cada quien se resume al tamaño de su saber.
Albert Einstein
No le gustaba el calor, de hecho no comprendía por qué la gente romantizaba tanto las pieles bronceadas y sudadas a causa del fuerte sol. Es decir, la piel se oscurecía por los rayos del sol porque las células del cuerpo humano se suicidaban para prevenir el cáncer. ¿Cuál era el chiste? Aun así, ese día se sentía agradable, porque había una ligera brisa. Gabriel miraba atentamente el mapa del georadar sin prestar demasiada atención a las ondas que se proyectaban en él. No podía dejar de pensarla.
Sin dudas era ella la que había visto esa noche. No había alcanzado a seguirla; «es rápida para desaparecer», pensó. Tenía la fuerte sensación de que en esos meses su poder no había hecho otra cosa que crecer, pero no podía verlo por sí mismo, ella no quería.
Enderezó su columna y se apartó del mapa, era inútil. No podía concentrarse. Se dio media vuelta para salir de la improvisada sombrilla que había formado parte del equipo de ayudantes, cuando vio a Emanuel salir de la carpa situada a unos cuantos metros de él. Lucía una expresión de total de espanto, algo demasiado extraño en alguien que solía ser muy sereno.
Al divisar a Gabriel se encaminó hacia él, que ya intuía, por supuesto, que algo no iba bien.
—¿Qué pasa? ¿Saiph está bien?
El médico dudó unos momentos antes de responder.
—Algo le hicieron, Gabriel. Tenemos que volver, no atiende el celular.
Todo su mundo se congeló unos instantes antes de que pudiera reaccionar. Una extraña sensación de déjà vu lo sobrecogió y dejó su piel helada a pesar del clima, y sabía que a Ema también; solo una vez le había visto esa expresión al hombre. Ya habían vivido eso una vez, con Mario, el padre de Saiph.
—Llamá a Maia. Yo me ocupo de lo demás —declaró.
Ambos se dirigieron en direcciones opuestas. Gabriel tenía ganas de darse la cabeza contra alguna pared, no paraba de hacerse reproches. Desde hacía días que intuía que el viaje a Pilbara iba a ser una pérdida de tiempo, no porque no hubiera nada ahí, sino porque tenía la impresión de que no iba a llegar a hacer mucho. Pero Roger, su colega, le había insistido tanto que al final cedió. Había descubierto vestigios de una ciudad por debajo del asentamiento de los aborígenes, es decir, algo más antiguo se hallaba ahí; quería que él lo ayudase. Roger valoraba la increíble intuición que Gabriel tenía para descubrir los lugares correctos, jamás hacía gastar demasiada plata porque era certero, nunca fallaba. Pero valoraba más aún el hecho de que siempre era cuidadoso con los indicios importantes, así como lo había sido su padre en su momento. Sin embargo, no se imaginaba que esa habilidad era algo real. Obviamente no sabía nada.
Gabriel también se reprochaba el hecho de que hacía días que estaba pensando (más bien necesitando) llamar a Saiph, a pesar de que era probable que ella no quisiera hablar con él. Estaba a más de once horas de Argentina, eso era lo que más lo aterraba. Si Saiph los necesitara con urgencia, estaban demasiado lejos para llegar a tiempo. No era algo muy probable, pero estaba la posibilidad de que no consiguieran vuelo pronto, y eso era aún peor.
***
Estaban en el aeropuerto. Ema había llamado a Maia apenas dejaron el campamento y la había vuelto a llamar minutos antes, mientras Gabriel se encargaba de lo demás. Eso había sido alrededor de dos horas antes.
—Apenas le dije lo que pasó salió para Tandil desde Buenos Aires, ya estaba por un peaje me dijo. Seguro en un rato está allá y veremos qué nos dice.
Gabriel soltó el aire que estaba conteniendo. El único vuelo que había era en tres horas, y en total duraría aproximadamente un día entero.
—Es demasiado tiempo, ya pasaron cuatro horas. Podría haberle pasado cualquier cosa y nosotros estamos demasiado lejos.
—Está viva. Todavía está viva —dijo el médico con la mirada medio perdida. Estaba usando su poder para detectar signos vitales.
Entre ambos solo hacían tres valijas. Gabriel jugueteó con la correa de la más pequeña mientras miraba por la ventana, hacia donde estaban las pistas de aterrizaje; se preguntaba qué podía hacer. ¿Había otra opción? ¿Alguna manera en la que no tuvieran que esperar? Una vez más se frotó los ojos y volvió a mirar su propio reflejo además de los aviones en la pista. Hasta que un rostro emergió al lado del suyo, un poco por detrás; un rostro verdusco con ojos en forma de rendija.
—La puta madre. ¿De dónde saliste? —exclamó Ema, provocando que Gabriel voltease de golpe. La criatura siseó, pero mostraba su forma humana.
—Si están acá ya saben que algo pasa —aseveró Render.
—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Gabriel rápidamente al mismo tiempo que el médico afirmaba.
—No estamos seguros, hubo una perturbación energética. Salí a buscar a Saiph y no estaba. Luego mi gente encontró su rastro en el claro de un descampado, pero desapareció repentinamente, como si se hubiera ido de ahí sin más… Había olores de varios humanos.
—Algo le hicieron —dijo Emanuel—. Físicamente hablando, digo, tengo la sensación de que algo le pusieron dentro, pero no tengo idea cómo…
Si el reptil ya de por sí tenía los ojos bastante grandes, como humano los abrió aún más, denotando una mezcla de sorpresa y espanto. Como si lo que había escuchado fuera la noticia que no quería oír.
—¿Qué es lo que sabés? ¿Qué estuvo pasando en este tiempo? —interrogó.
Render le dirigió la mirada por un momento, como si se percatase de que sus preguntas eran bastante puntuales.
—Desde hace unos meses aparecen cadáveres en los límites del territorio de Tandilia. Cadáveres envenenados con algo.
Tanto Gabriel como el médico quedaron en un frío silencio por algunos momentos.
—¿Meses? —susurró atónito el más joven.
— Miren, ahora les explico todo. Pero tienen que venir a Tandil ahora, el tiempo corre. Síganme en silencio.
No tenían otra alternativa. Además Render había resultado ser un aliado sorpresivo el año anterior, a él le convenía que Saiph estuviera a salvo porque ella había sido generosa y accedió a que la gente que estaba en contra de los reptiles gobernantes se refugiara en los túneles debajo de la ciudad. Él a cambio le había advertido e informado sobre los movimientos de los zuoliies.
Los estaba guiando hacia el baño de caballeros, y una vez adentro bloqueó la puerta luego de ver que estuviera completamente vacío. Sacó un objeto parecido a una caja con tiras de uno de sus bolsillos y abrió una de las puertas de los servicios.
—Síganme y piensen en Tandil —dijo sin más.
El marco del cubículo había dejado de mostrar un inodoro para dejar ver un resplandor blancuzco. Sin dejarles tiempo para decir nada, Render atravesó aquella luz; ellos lo siguieron luego. Gabriel sintió vértigo, uno similar al que sentía cuando atravesaba de un mundo a otro en los sueños. Pero a diferencia de los sueños, allí su estómago sí sufría las consecuencias del mareo.
Apenas en un parpadeo los tres dejaron el aeropuerto de Australia, el cambio de ambiente fue abismal. Tandil estaba bastante fresco, a pesar de que en ese entonces ya estarían por entrar en primavera. Todavía estaba muy oscuro. Al principio Gabriel creyó que estaban en el patio de la casa de Mario, ahora de Saiph, pero resultó ser que estaban en otro sitio.
Por encima de una densa arboleda Gabriel logró atisbar el brillo de la ciudad. Ese lugar estaba lejos de la población.
—Mi gente ubicó el rastro de Saiph acá, en este punto se pierde.
Emanuel intercambió una mirada con Gabriel, quien parecía estar también sorprendido por el lugar en el que se hallaban. Ninguno de los dos se lo esperaba.
—¿Es solo su rastro el que encontraron?
—No, hubo más personas acá, aproximadamente nueve adultos. Los rastros se pierden en un punto en común. Se ve que se fueron cagando en algún vehículo grande, solo hay huellas de uno.
Gabriel tuvo tiempo de mirar un poco más el paisaje, y notó que había una fogata apagada. Luego vio las ramas caídas de un árbol, probablemente eso había sido obra de Saiph. ¿Qué podrían haberle hecho?, se preguntó. No estaba al tanto de cuánto había crecido su poder últimamente puesto que meses atrás ella había dejado de hablar de ello, pero aun así creía que era bastante probable que hubiera podido lidiar con esos tipos por su cuenta, incluso con una cantidad más grande. Algo no estaba bien.
—¿Qué podrían unas personas corrientes hacerle a Saiph? —se preguntó Emanuel en voz alta. Claramente seguía un hilo de pensamiento similar al que él había tenido.
—Nada. Salvo que no fueran personas del todo corrientes —respondió Render entonces—. Esto parece una ceremonia, o algo por el estilo.
Gabriel observó las pisadas, el pasto quemado en forma circular y la fogata con cenizas. Ya había visto cosas como esa antes.
—Ella los hirió de alguna manera —afirmó Ema.
—Y luego la hirieron a ella, pero alcanzó a hacer algo al final. Veo una marca energética, es como una firma —comentó Gabriel. Donde Render había dicho que el rastro de Saiph terminaba podía ver flotando un polvillo dorado, esa zona estaba más cálida que el resto del claro.
«¿A dónde fuiste, nena?», pensó.
En aquel momento algo capturó su atención. Un movimiento entre los yuyos, un par de ojos pequeños y amarillos que quedaron a la vista. Se trataba de algo peludo y oscuro, que se acercaba con mucha cautela. Evaluando si era seguro. Gabriel ofreció su palma para que el minino tuviera algo más de confianza. Tardó un poco en llegar a él, era evidente que estaba asustado y desconfiado.
—Pff, creo que sé qué pasó —soltó el reptil con algo de molestia al verlo alzar al gato negro. Ambos lo miraron de forma inquisitiva—. Vos —señaló a Gabriel—, vos podés saber en dónde está.
—No sé de qué hablás.
—La primera vez que hablé con ella pudiste encontrarla, y sé que ella no te dijo en dónde iba a estar, la encontraste vos solo. Esa vez en el mercado. Es un poder que tenían los caminantes de los sueños.
Gabriel estuvo a punto de decir algo, pero no lo hizo porque había empezado a recordar. El año anterior, precisamente el día que había nevado, él había ido a buscarla cuando salió a comprar toallitas femeninas; había tenido la sensación de que estaba pasando algo, por más que el médico le había insistido con que ella estaba bien. Salió y simplemente llegó a Saiph: primero a su auto, luego la encontró y no supo exactamente cómo lo había hecho. No se detuvo a pensarlo, muchas cosas estaban pasando; ¿cómo se había olvidado de eso?, ¿cómo se le había escapado aquel recuerdo?
—No sé cómo lo hice.
—Nunca dijiste que hiciste eso.
—Me olvidé. Las cosas del año pasado las siento lejanas, es como si estuvieran borrosas.
Emanuel tenía el ceño fruncido, como si estuviera percatándose de algo.
—Yo también tengo esa sensación.
Gabriel vio por el rabillo del ojo que el reptil medio se volteaba mientras se frotaba la cabeza.
—¿Sabés algo de eso?
Render dudó antes de responder.
—Quizás sientan eso a causa de lo que hizo Saiph.
Un escalofrío recorrió la espalda de Gabriel. Un montón de pensamientos se aglomeraron en su mente como piezas de un rompecabezas, y cada uno iba encajando perfectamente con el otro. Era consciente de que Emanuel lo observaba, probablemente había comenzado a pensar en algo similar a lo que pensaba él, pero era seguro que la mente de Gabriel había ido mucho más rápido. Semanas antes de pelear con Saiph, había sentido cómo algo desaparecía; en aquel entonces no supo explicárselo, pero parecía que la magia se hubiera acabado; esa magia que los había llevado a Tandil, que los llevaba a las casualidades más extrañas y a los sitios más locos. Se había ido y había quedado un hueco, sentía que ya no había necesidad de quedarse. Se preguntaba cómo era posible que hubiera sentido eso. Cuando pasó el portal con Emanuel para ir a Tandil, tuvo la sensación de haber reconectado.
—No está en Tandil, creo que ni siquiera en esta provincia. —Sus palabras habían salido solas, tomándolo por sorpresa incluso a él mismo.
—Suena lógico, sé que está herida y viva pero no la siento cerca de acá. No es como cuando desapareció la otra vez. Si no, lo sabría —convino Emanuel.
—Necesitamos ser más precisos para anticiparnos. Saiph se las va a arreglar para salir del lugar en que haya caído, pero no es prudente dejarla herida sola —determinó el reptil.
Gabriel tuvo la sensación de que aquel comentario tenía un sentido algo más profundo, pero no se le ocurrió preguntar más. En cambio, se dispuso a encontrar a Saiph.
***
Sus párpados se sentían pesados, como si hubiera estado durmiendo demasiadas horas. A todo su cuerpo lo sintió entumecido antes de intentar moverse. No supo si lo había logrado, de hecho. Donde fuera que estuviera en aquel momento estaba sola, y era húmedo. No sabía como se veía el lugar, sus párpados se negaban a abrirse.
—No intentes mover tu cuerpo, necesita sanar aún.
Saiph sintió una mano que tiraba de la suya con suavidad. Se levantó con facilidad, de hecho con demasiada facilidad, estaba muy liviana. Un rostro masculino y luminoso apareció frente a ella, tan luminoso que alumbraba aquel extraño lugar. Parecía una cueva, observó luego de mirar atentamente.
—¿Estoy muerta?
—Para nada, creo que vas a estar más viva que nunca luego de hoy. —El hombre, o lo que fuera realmente, le dirigió una mueca.
—Sos un idilienm —aseveró Saiph aferrándose brevemente al tacto.
—Lo fui, hace muchísimo tiempo. Ya no estoy acá, este lugar estuvo bajo mi mando durante algún tiempo. Ahora vas a estar a su cargo.
Saiph frunció el ceño. Su doble física permanecía inconsciente en el suelo, a un lado de la cueva. Tenía el rostro lleno de tierra, pero más allá de eso, estaba ilesa.
—Espero que sea un chiste.
El hombre sonrió.
—Se me encomendó la tarea de darte la bienvenida y también de contarte una historia, mis hermanos creen que ya estás preparada para oírla.
—Sigo esperando el remate del chiste —dijo ella con un suspiro—, ¿qué fue lo que me hicieron? Me siento diferente.
—Nada de efecto permanente.
—¿Dónde estamos exactamente?
—En Asdel G03.
El hombre la guio por un pasillo que la llevó hacia una recámara mucho más grande, levantó la mano y la dirigió al aire con la palma abierta. El lugar se iluminó, y decir que era grande sería insuficiente. Debía ser igual que la que había en Tandil.
En el techo había una pirámide inmensa con la punta dirigida hacia abajo; allí se lucía un cristal, pero a diferencia del de su ciudad, este emitía una luz pobre. Debajo, es decir, en el suelo de la enorme caverna, había un lago de mercurio, pero no lucía igual que en Tandil. Saiph tenía la impresión de que aquel lugar estaba de alguna manera desactivado. La energía estaba dormida.
—Este lugar no es como Belten, no es tan antiguo. Pero eso no quiere decir que sea menos importante.
A Saiph se le ocurrían tantas preguntas que no sabía cuál de todas elegir, y al parecer él lo notó, puesto que puso su mano en su espalda y la guio escaleras abajo, más cerca del lago del mercurio, y continuó hablando:
—Se vienen tiempos complejos, pero todo esto comenzó hace mucho. De hecho, apenas se sabe cuándo; según dicen los más antiguos, todo comenzó cuando el caos se dividió en dos partes, luz y oscuridad. Antes no existía esa barrera, todo era unidad.
Ella notó que el ser movía sus pies para caminar, pero en realidad no se hallaba tocando el suelo.
—Pero pronto apareció un lugar inesperado en el universo capaz de albergar la esencia original del caos, mucho más compleja que la simple diferencia entre luz y oscuridad, pura. Belten es un lugar sagrado, pero no es el único. Hay más lugares que fueron arrasados en el pasado por la avaricia de los oscuros; de hecho, estamos en uno de esos lugares.
— No… no entiendo. ¿Por qué me dejaron a cargo de Tandilia? ¿Por qué ahora me vas a dar este lugar?
Saiph vio al hombre hacer de vuelta un gesto torcido, parecía una sonrisa reprimida. De hecho la observaba con algo de diversión en sus ojos, casi vio ternura en ellos; a pesar de ser extremadamente luminosos, al igual que todo su cuerpo, no dejaban de ser un par de ojos marrones.
—Nosotros no te cedimos el territorio de Tandilia. No tenemos esa autoridad.
—Entonces, ¿quién lo hizo? —preguntó ella luego de unos momentos de confusión.
—Los altos de Orión. Solo ellos podrían hacer algo así.
—¿Y ellos quiénes son? ¿Por qué yo? ¿Por qué necesito saber esa historia?
El hombre se detuvo en el borde del lago plateado, iluminado por su propio cuerpo. Se acuclilló e indicó a Saiph con un gesto que hiciera lo mismo. Recordaba perfectamente esa frase, “los altos de Orión”: era lo que decía el documento que la había dejado a cargo del sistema de Tandilia.
—Vos y las demás personas los llamarían ángeles, probablemente. Son esencia pura, no sabemos cómo lucen —le explicó con una voz serena—. Dentro de la constelación de Orión hay dos puertas: una de ellas se dice que da a la fuente de la oscuridad, y otra a la fuente de la luz, donde están los dioses. Los oscuros quieren atravesar la puerta de los dioses desde hace eones.
A pesar de que su cuerpo físico estaba aún inconsciente, Saiph pudo saber que se le había puesto la carne de gallina. No por lo que le había dicho el hombre en sí, sino por la certeza con la que hablaba.
—Tu función acá es muy importante, Saiph, porque tu esencia es tan fuerte que contagia a las personas que todavía no ven a una escala mayor. Es por eso que como guardiana, tu responsabilidad es marcar un camino para que los demás se inspiren y hagan lo mismo.
Saiph resopló, no sabía si estaba de acuerdo o conforme con su “responsabilidad”.
—Están poniendo demasiada fe en mí —soltó de forma irónica. Si todo aquello era cierto, entonces estaba segura de que estaba haciendo un pésimo trabajo.
El ser no le respondió, tan solo escuchó aquello con tranquilidad, como si comprendiera lo que estaba sintiendo y tuviera compasión de ella. Algo que de hecho la irritó un poco. Al fin y al cabo, ella no había pedido eso.
—¿Cómo termina la historia? —inquirió luego de algunos momentos.
La figura luminosa pareció considerar la respuesta, ladeó la cabeza ligeramente hacia la izquierda y su mirada se tornó un poco más ausente. Como si estuviera recordando algo lejano.
—Los oscuros se apoderaron de ese lugar, sembraron y borraron la vida seis veces; siempre terminaba igual, las criaturas empezaban a despertar, se rebelaban y eran erradicadas. Los reptiles no sabían que lo que fuera que naciera allí, por más modificado que estuviera, iba a tender hacia la evolución. Hasta hace muy poquitos años, cuando la tierra volvió a latir para llamar a cuatro de esas nuevas criaturas con el gen reptil para que protegieran a su nueva hija.
Desde alguna parte de esa caverna Saiph creyó escuchar una melodía. Pero muy débil. Él la observaba con ternura, la misma ternura con la que vería un padre a su hijo. Algo se había removido en el interior de la joven con aquella historia. Supo que esos cuatro a los que él se refería eran Maia, Emanuel, Gabriel y su propio padre, Mario.
—Tu sangre es la misma sangre que corre por la tierra, y tu espíritu es dual —dijo el ser tomando su mano y sumergiéndola en el lago plateado. Saiph sintió algo bastante loco. Era una vibración que recorría todo su cuerpo, su cuerpo etéreo más bien.
—Eso quiere decir que somos la sexta humanidad en la tierra, ¿no?
—La séptima.
—¿Qué está pasando? —preguntó ella cuando notó que empezaba a brillar y la vibración aumentaba considerablemente.
—Vas a necesitar fuerza para salir de acá, dado que tu sangre está infectada vas a tener que hacerlo por tu cuenta hasta que el lugar te reconozca.
Aquello la confundió más, pero no pudo emitir ningún sonido más que un quejido de dolor. La sensación era demasiado abrumadora.
—Pronto alguno de mis hermanos va a contarte la otra parte de la historia.
Saiph no entendió bien lo que había dicho el hombre, su visión se había tornado demasiado luminosa. Había empezado a ver esas típicas rajaduras que aparecían cuando uno está a punto de despertarse, pero era completamente diferente a esas veces. Era como haber recibido un golpe de adrenalina, tan fuerte que sentía que apenas lo podía manejar.
De un tirón Saiph volvió a su cuerpo, repleto de una energía que crepitaba en forma de rayos. La sala estaba completamente iluminada a causa de ello. Se puso de pie tan rápido, que lo sintió antinatural. Miró hacia el muro que tenía a sus espaldas, como si de manera instintiva supiera que por allí podría salir. De vuelta escuchó esa melodía algo lejana, parecía que la caverna sintiera el peligro y estuviera preparándose para la salida explosiva de Saiph.
Y entonces, levantó su mano derecha con la palma abierta hacia el muro y la sorda explosión hizo que tardara algunos momentos en darse cuenta de por qué el retumbar había sonado tan amortiguado. Ella salió disparada de la caverna y fue consciente de que al instante de que lo hiciera, el agujero se cerró como si nunca hubiera sido roto.
No podía respirar, tampoco ver nada a excepción de la luz del día sobre su cabeza. Estaba en un lago, o un río más bien. Sentía cómo era arrastrada.
Cuando logró hacer pie para salir tomó una bocanada de aire bruscamente.
—¡Puta madre! ¿Estás bien? ¿De dónde saliste? —escuchó decir a una mujer.
Saiph sentía que iba a perder la conciencia en cualquier momento. Los bordes de su visión se desvanecían, y su cuerpo temblaba violentamente.
—¡Germán! ¡Ayudame, hay una chica en el agua! —gritó la desconocida luego de acercarse a ella para ayudarla a subir a la piedra más cercana, mientras Saiph tosía sonoramente—. Tranquila, tranquila, no hagas fuerza.
