6,99 €
El tomo 1 revisa algunos de los proyectos de las llamadas reformas borbónicas y analiza el impacto que éstas tuvieron en los pueblos de indios, en la economía y las finanzas y en la vida sociopolítica de la capital del virreinato, así como el papel que jugó la Ilustración en ellas.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 576
Veröffentlichungsjahr: 2019
SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA
SerieHistoria Crítica de las Modernizaciones en México
Las reformas borbónicas, 1750-1808
Historia Crítica de las Modernizaciones en México
Coordinadores generales de la serie
CLARA GARCÍA AYLUARDO, División de Historia, CIDE
IGNACIO MARVÁN LABORDE,División de Estudios Políticos, CIDE
Coordinadora administrativa PAOLA VILLERS BARRIGA, CIDE
Asistente editorial ANA LAURA VÁZQUEZ MARTÍNEZ, CIDE
CoordinadoraCLARA GARCÍA AYLUARDO
1
Primera edición, 2010Primera edición electrónica (ePub), 2018
Esta publicación forma parte de las actividades que el Gobierno Federal organiza en conmemoración del Bicentenario del inicio del movimiento de Independencia Nacional y del Centenario del inicio de la Revolución Mexicana.
Revisión editorial: Paola Villers Barriga
Imagen de portada: Manuel Villavicencio, La nobilísima Ciudad de México dividida en quarteles de orden del Excelentísimo Señor Virrey Don Martín de Mayorga (1782), plano, Archivo General de la Nación
D. R. © 2010, Centro de Investigación y Docencia EconómicasCarretera México-Toluca, 3655 (km 16.5), Lomas de Santa Fe; 01210 Ciudad de México
D. R. © 2010, Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de MéxicoFrancisco I. Madero, 1, San Ángel; 01000 Ciudad de México
D. R. © 2010, Consejo Nacional para la Cultura y las ArtesAv. Paseo de la Reforma, 175, piso 14, Cuauhtémoc; 06500 Ciudad de México
D. R. © 2010, Fondo de Cultura EconómicaCarretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected]. (55) 5227-4672
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.
ISBN 978-607-16-0406-4 (volumen 1, impreso)ISBN 978-607-16-0442-2 (obra completa)ISBN 978-607-16-6070-1 (volumen 1, ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Siglas
Introducción. Las paradojas de las reformasClara García Ayluardo
Los indios de México y la modernización borbónicaRodrigo Martínez Baracs
Ciencia, cultura y política ilustradas (Nueva España y otras partes)Thomas Calvo
Orden de gobierno y organización del territorio: Nueva España hacia una nueva territorialidad, 1786-1825Beatriz Rojas
Las reformas del siglo XVIII al gobierno; la ciudad, su hacienda, su policía, su ejércitoEsteban Sánchez de Tagle
Re-formar la Iglesia novohispanaClara García Ayluardo
Una modernización conservadora: el reformismo borbónico y su impacto sobre la economía, la fiscalidad y las institucionesErnest Sánchez Santiró
ComentarioDavid A. Brading
Bibliografía
AGN: Archivo General de la Nación.
AHAM: Archivo Histórico del Arzobispado de México.
BMOB-DEH: Biblioteca Manuel Orozco y Berra de la Dirección de Estudios Históricos-Instituto Nacional de Antropología e Historia.
BUAP: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.
CDI: Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas.
CEDLA: Centro de Educación y Documentación de Latinoamérica, Ámsterdam, Holanda.
CEH: Centro de Estudios Históricos, Colmex.
CEHMC: Centro de Estudios de Historia de México CARSO.
CEMCA: Centro de Estudios Mexicanos y Centroamericanos.
CEPC: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, España.
CIDE: Centro de Investigación y Docencia Económicas.
CIESAS: Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social.
Colmex: El Colegio de México.
Colmich: El Colegio de Michoacán.
Conaculta: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes.
Conacyt: Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.
CSIC: Centro Superior de Investigaciones Científicas, España.
DCSH: División de Ciencias Sociales y Humanidades, UAM.
ENAH: Escuela Nacional de Antropología e Historia.
Eudeba: Editorial Universitaria de Buenos Aires, Argentina.
FCE: Fondo de Cultura Económica.
FFyL: Facultad de Filosofía y Letras, UNAM.
ICSI: Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades Alfonso Vélez Pliego, BUAP.
IG: Instituto de Geografía, UNAM.
IIE: Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM.
IIH: Instituto de Investigaciones Históricas, UNAM.
IIJ: Instituto de Investigaciones Jurídicas, UNAM.
IIS: Instituto de Investigaciones Sociales, UNAM.
IMCE: Instituto Mexicano de Comercio Exterior.
INAH: Instituto Nacional de Antropología e Historia.
INI: Instituto Nacional Indigenista.
Instituto Mora: Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora.
Munal: Museo Nacional de Arte.
Segob: Secretaría de Gobernación.
SEP: Secretaría de Educación Pública.
SMHCT: Sociedad Mexicana de Historia de la Ciencia y Tecnología.
UAEM: Universidad Autónoma del Estado de Morelos.
UAM: Universidad Autónoma Metropolitana.
UIA: Universidad Iberoamericana.
Umich: Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.
UNAM: Universidad Nacional Autónoma de México.
CLARA GARCÍA AYLUARDO*
Mucho se ha escrito acerca de las reformas del siglo XVIII también conocidas como borbónicas. Este libro no pretende ofrecer una visión exhaustiva de los cambios que se dieron hacia la última etapa de la Nueva España, por el contrario, tiene la intención de revisar algunos temas acerca del impacto de las reformas en los pueblos de indios, en la economía y finanzas, y en la Ciudad de México; la influencia de las Luces en el reformismo, además de tocar algunos otros tópicos que no aparecen tan comúnmente en las obras de conjunto como la problemática de la política y el territorio y la cuestión de la Iglesia. Esta obra colectiva también tiene como objetivo insistir en que los momentos reformistas dieciochescos no fueron exclusivamente coyunturales sino parte de una serie de procesos de largo alcance que comenzaron con la misma Conquista en el siglo XVI. Eso sí, se ofrecen reflexiones y avances y se dejan preguntas abiertas para futuras investigaciones sobre el periodo de las llamadas reformas borbónicas.
Las reformas del siglo XVIII no tuvieron como meta modificar ciertos aspectos de la sociedad sino reformular a la sociedad entera en todos sus niveles, por lo que se implementaron cambios fundamentales que acabaran con los privilegios de los cuerpos políticos y reforzaran la autoridad de la Corona. En este sentido, hasta se intentó reformar las conciencias, bajo la dirección de la Iglesia, al promover una moral más estricta y una forma introspectiva de relacionarse con Dios.
Una cuestión abierta al debate gira en torno al impacto que tuvieron las Ilustraciones en América y los caminos de retroalimentación que se dieron entre ambos lados del Atlántico. Aún se discute en torno a la calidad de los puentes que se tendieron entre las Ilustraciones y el absolutismo en España y en América, y por esto el absolutismo ilustrado y el reformismo ilustrado son paradigmas que merecen más análisis, especialmente por los antecedentes napolitanos de Carlos III. El estudio del absolutismo en España es necesario porque recibió influjos de las Ilustraciones y al mismo tiempo tuvo un fundamento regalista que defendió la supremacía de la Corona frente al papa, la Inquisición, los jerarcas de la Iglesia, el clero regular y los demás cuerpos políticos de la monarquía. En el último análisis, el regalismo fue la base sobre la que se construyeron las políticas fiscales y recaudatorias de la Corona que terminaron por reformular a la propia monarquía y que contribuyeron al debilitamiento de los lazos pactistas, así como al paradójico fortalecimiento de los poderes locales en América.
Con esta mentalidad reformista de cambiar para mejorar, los Borbones intentaron remplazar las estructuras del pasado para crear una burocracia central dirigida desde la Corona, equipada con los mecanismos necesarios para generar y recaudar los recursos en un momento de crisis para, entre otras cosas, restablecer la posición hegemónica de España en Europa y el mundo. Como se trataba además de proteger su dilatado imperio de los designios de las otras potencias europeas como Francia e Inglaterra, las reformas tuvieron como consecuencia el establecimiento de un ejército permanente que defendiera los territorios de ultramar.
El reformismo y sus exponentes creyeron en el cambio innovador para mejorar la sociedad y al mismo tiempo fortalecer la Corona. Como provino de las plumas de filósofos, ministros, canonistas y de corrientes históricas de pensamiento, el concepto de reforma es polivalente y cambiante según el momento y el contexto particular. Por mencionar sólo una reflexión, si las reformas las impulsaron algunos ministros ilustrados junto con teólogos y canonistas, ¿cómo fue que dos grupos supuestamente tan opuestos apoyaran un mismo fin? Una de las respuestas podría ser que las reformas no buscaron un cambio radical en el orden establecido sino una transformación sin mutabilidad para que todo se modificara pero al mismo tiempo siguiera igual. ¿Podría ser que por una parte las reformas tuvieran algo de ilustradas o innovadoras pero que también fueran conservadoras o tradicionales?
Como se verá, no es posible afirmar categóricamente que las reformas tuvieron éxito ni que fracasaron en su totalidad, por lo que se deben analizar los casos y las situaciones distintas para obtener un panorama más completo y complejo. Lo que sí, al final del día, los resultados de las reformas quedaron entre las pretensiones acaparadoras de la Corona y la plasticidad de las realidades locales americanas que se las ingeniaron para mantener sus derechos jurisdiccionales tradicionales. Esta conversación interrumpida entre la Corona como garante de la justicia y los poderes locales que sintieron amenazados sus privilegios limitó las políticas reales de cambios. Además, la imposición y aceptación desigual de las reformas en América hizo que, a nivel general, no prosperara el proyecto real de uniformidad en una monarquía pluricultural y jurisdiccional. Finalmente, las reformas tampoco tuvieron la consecución esperada por el temor de provocar disturbios entre la población en épocas revolucionarias.
Éste es el primer volumen de una colección más amplia de siete libros que forman parte del proyecto Historia Crítica de las Modernizaciones en México que analiza una serie de problemáticas a lo largo del tiempo, desde finales del siglo XVIII hasta nuestros días, con el propósito de acercarse a las grandes cuestiones nacionales desde una perspectiva histórica. Aunque cada ensayo matiza un tema en particular, al mismo tiempo discute una gama de hilos conductores que dota a este libro así como a toda la obra de cierta unidad.
Este libro consta de seis ensayos y un comentario final que destacan varios puntos. En primer lugar resaltan que desde el siglo XVI se desataron procesos de transformaciones de largo aliento que produjeron contextos diferentes de lo anterior; es decir, que la nueva problemática es propia de modernizaciones entendidas como cambio.
Como afirma Rodrigo Martínez, con la Conquista se dio una primera globalización, pero lo moderno también nació con la terrible mortandad de las poblaciones amerindias que produjo la catástrofe demográfica. Por otra parte, este autor entiende el proceso de modernización como momentos de cambio en donde conviven aspectos tradicionales con los más modernos. Las transformaciones que se dieron con el contacto, como la implantación del cristianismo y los repetidos intentos de erradicar las religiones de los naturales, fueron tan profundas que pasaron siglos para poder desarrollarse. La incorporación de los indios mexicanos al proceso de modernización se renovó con las reformas del siglo XVIII, a lo largo de las guerras de Independencia y a lo largo del siglo XIX. La sociedad india fue un mundo plural compuesto por una serie de comunidades locales en donde la pertenencia a la monarquía española implicaba el respeto al mantenimiento de sus pueblos con su propio gobierno indio y sus derechos y privilegios. Las reformas empeoraron la situación de los pueblos ya que intentaron someterlos a la autoridad de los subdelegados, aumentar los impuestos e intervenir sus cajas de comunidad, entre otras cosas. La integración al sistema judicial español que vivieron los indios con sus usos y costumbres cambiaría con la Independencia y la Constitución de Cádiz, que declaró ciudadanos a los indios, lo que los obligó a reconstruir sus vínculos comunitarios. Pero antes ya existía desigualdad entre los pueblos que se habían mestizado considerablemente, además de perder parte de sus tierras y sufrir el abandono de mucha de su población en busca de trabajo en unidades productivas españolas. A pesar de todo, las reformas no lograron alterar las costumbres comunitarias de los pueblos de indios que continuaron como agentes activos en la historia de México.
Thomas Calvo analiza el papel de las Luces en Hispanoamérica y dibuja una América y Nueva España en particular como parte activa del mundo occidental. También considera que lo nuevo o lo moderno está relacionado con la integración a un nuevo mundo en donde surge una conversación de ideas entre ambos lados del océano. Entiende las Luces como un proyecto intelectual innovador impulsado desde el poder y que florece en el triple contexto de Estado, sociedad y naturaleza, pero que sólo se puede comprender dentro de sus varios tiempos y generaciones. En este ensayo, el autor sí nota una conexión entre las Luces y el absolutismo en donde empatan el afán de la Corona por controlar sus territorios con la promoción de la razón y la observación. Se mandaron hacer informes, censos y mapas precisamente para conocer más acerca de América y sacarle más provecho a sus riquezas. Las Luces estuvieron presentes en América en las ciencias, la educación, por medio de la imprenta y en las inversiones que se hicieron para difundir el conocimiento. El autor afirma que el pensamiento definitivamente tuvo un impacto en la política como lo tuvo la política en el pensamiento. Además, tampoco ve un distanciamiento tajante entre el pensamiento ilustrado y la religión ya que, como muchos sacerdotes fueron ilustrados, se pudieron tender vínculos entre la razón científica y los misterios de la fe. Pero, como en todo momento de cambio, las contradicciones estuvieron a flor de piel. Las Luces, por ejemplo, impulsaron un proyecto unificador en la Nueva España por medio de la enseñanza del castellano pero éste se encontró con la oposición de los criollos ilustrados que no vieron con buenos ojos la integración de los indios a la República de españoles. Termina este ensayo con una paradoja que en menor o mayor medida aparece en todos los ensayos: las reformas impulsadas desde arriba por los cambios ilustrados abrieron nuevos horizontes que cambiaron las perspectivas y abrieron las aspiraciones desde abajo.
Beatriz Rojas examina un campo poco explorado al detallar la organización, el origen y la lógica de la división del territorio novohispano durante los tiempos de las reformas y después. Para esta autora lo moderno también equivale a lo innovador y señala la cartografía, en particular el mapa de Villaseñor y Sánchez, como un ejemplo que identifica por primera vez las divisiones políticas del virreinato. En este sentido, la geografía y la estadística fueron determinantes para obtener un mejor conocimiento del territorio y, por ende, las jurisdicciones. Utilizando el concepto de territorialidad dentro de su propio contexto, la autora describe un mundo en donde el orden territorial era el espacio de poder fundado en términos jurisdiccionales y la delimitación territorial como correspondiente al espacio designado a la justicia ordinaria que fue el verdadero orden político. El cambio vino con el establecimiento de las intendencias que pretendieron suplantar una uniformidad en las leyes y en los tribunales para que con esta nueva conformación de las jurisdicciones se terminara con muchos de los defectos percibidos del gobierno. Sin embargo, junto con la creación de las nuevas intendencias el ámbito local se dejó sin cambios por considerarse fruto de las relaciones naturales. La nueva tradición respetó la costumbre antigua, ya que las Ordenanzas de Intendentes no establecieron un nuevo sistema de gobierno sino que, por el contrario, reforzaron el sistema ya existente. Es más, afirma que lejos de imponerse una centralización se produjo una integración territorial que favoreció el surgimiento de capitales de provincia que encabezaron y consolidaron nuevas territorialidades y provocó reclamos de muchas ciudades para obtener el derecho de constituirse en capitales de provincia. Con la Constitución de Cádiz el orden local continuó y se consolidó al ampliar la jurisdicción de los nuevos ayuntamientos, así es que la creación de nuevos territorios se siguió efectuando en función de la administración de la justicia. Por último, el ensayo indica cómo los estados de la nueva República Mexicana decidieron también utilizar como criterio de división territorial la impartición de justicia. La tradición, por lo tanto, continuó a lo largo de las transiciones, ya que los nuevos trazos se efectuaron sobre la antigua planta jurisdiccional.
Esteban Sánchez de Tagle investiga las reformas al gobierno, hacienda y policía de las ciudades, en particular la de México. Para este autor, el reformismo se refiere a la intensidad con que la Corona se arrogó el derecho de interpretar el bien común y de generalizar su procuración por encima de las jurisdicciones particulares. Es decir, las reformas proyectaron sustituir el bien común por el público, por lo que se quiso gobernar las ciudades por medio de nuevas reglamentaciones gubernativas de beneficio público, las de hacienda y policía, como áreas privilegiadas y privativas del rey. De esta manera, los gobiernos locales se vieron desposeídos de sus derechos tradicionales al no ser consultados ya que, hasta ese momento, las ciudades conocían su derecho al autogobierno mientras que la monarquía entendió la sujeción a este derecho como un límite a su autoridad. Con las reformas, el rey relegó los principios jurisdiccionalistas tradicionales por criterios administrativos, aunque la complejidad del reformismo queda en evidencia cuando estos mismos ayuntamientos transaron al aceptar costear un ejército local, proyecto evidentemente monárquico, a cambio de tener acceso al fuero militar y a cargos en el ejército recién creado. La imposición de un absolutismo a ultranza en la Nueva España rompió los consuetudinarios equilibrios al neutralizar los constreñimientos jurisdiccionales locales, lo que provocó que los oficiales reales actuaran según su voluntad. Por esto, el autor llega a la conclusión de que el reformismo también fue un conjunto desarticulado de medidas desconectadas entre sí: las generales originadas desde la Corte y las particulares en las cortes virreinales y en las capitales provinciales. El absolutismo, entonces, dejó libre el camino a los poderes locales no sólo para desobedecer los dictados del rey sino además para actuar por sí mismos. Paradójicamente, el absolutismo no pudo establecer una centralización desde la Corona, sino una dispersión de los focos de decisión con el consecuente fortalecimiento de los poderes locales.
En mi artículo expongo el caso del reformismo aplicado a la Iglesia desde su interior y su relación con las Ilustraciones, el regalismo, el jansenismo y el absolutismo. En este caso, el reformismo consistió en una defensa de la potestad real frente a los poderes y privilegios tradicionales, particularmente los de la Iglesia. El ensayo plantea la complejidad y el carácter contradictorio del reformismo que emanó tanto desde la Corona como desde las mitras y que enfrentó al rey con la Iglesia además de desatar resistencias entre todos sus sectores, desde el clero hasta los fieles. Las políticas ilustradas, reformistas, regalistas, que no siempre coincidieron, tuvieron la intención de implantar un nuevo sistema de ideas en que el monarca y no los cuerpos tradicionales garantizarían el bien común de los súbditos y no el de los fieles. Este cambio impactó el sentido de pertenencia consuetudinaria estructurada por la Iglesia y las prácticas de la fe y trastornó el régimen pactista de la monarquía católica que había, hasta entonces, garantizado los derechos de los cuerpos. La apuesta estuvo en cómo gobernar la Iglesia sin antagonizar con ella, pero se logró exactamente lo contrario. El distanciamiento entre el reformismo real y el episcopal se suscitó a partir de que las necesidades fiscales de la Corona la obligaron a intervenir los bienes eclesiásticos y trastocar la inmunidad del clero. Sin embargo, un límite importante a ambos reformismos fue la resistencia de los fieles frente a los intentos de acotar sus costumbres devocionales. Al final el reformismo no fue capaz de alterar las manifestaciones religiosas y el anticlericalismo implícito terminó por distanciar a la Iglesia. Los cambios desde arriba no prosperaron y se caracterizaron más por la convivencia de las instituciones y territorialidades nuevas con las antiguas, y por la pervivencia de las formas de la religiosidad consuetudinarias. Al intentar reformar la Iglesia desde el regalismo, la Corona puso en entredicho su propio poder.
Ernest Sánchez Santiró evalúa los resultados económicos y fiscales del reformismo, que entendió que el fortalecimiento de la monarquía y el sustento de su política imperial se podían lograr sólo impulsando el crecimiento de la población, la producción y la circulación de mercancías. Para lograr este objetivo, la Corona emprendió una serie de medidas desde la promoción y protección de algunos sectores económicos como la minería, el reforzamiento de las instituciones fiscalizadoras hasta la restructuración de las instituciones. Con el comercio libre se neutralizó el monopolio mercantil del Consulado de la Ciudad de México, cuyo poder se contrarrestó además con la erección de nuevos consulados en otras regiones, como Guadalajara y Veracruz. Con la creación de los nuevos consulados se amplió el número de tribunales destinados a atender las controversias económicas y se atomizó la concentración del poder. Asimismo se fundó el Tribunal de Minería, que le otorgó fuero al cuerpo de minería. Esta aparente paradoja tiene su razón de ser, afirma el autor, en que para limitar la fuerza de los cuerpos tradicionales la Corona creó nuevos cuerpos privilegiados para ampliar los interlocutores del rey frente a los poderes tradicionales y para incrementar sus ingresos. Las reformas económicas fueron las más exitosas desde el punto de vista del monarca, ya que tuvieron como resultado el crecimiento de la economía novohispana y un incremento considerable en las rentas reales. La Corona combatió los poderes locales a nivel económico y fiscal con los instrumentos institucionales del Antiguo Régimen al utilizar el privilegio corporativo y multiplicar los actores privilegiados. Se afirma en el ensayo que, en este caso, la multiplicación de los cuerpos liberalizó las relaciones económicas, amplió los mercados e incrementó las rentas. Más aún, la aparición de nuevos cuerpos privilegiados aceleró la transferencia de las rentas de manos privadas a la Corona y sus oficiales, como los intendentes y los contadores reales, lo que significó un reforzamiento de la capacidad negociadora y de coerción de la monarquía frente a los agentes económicos. Este ensayo, entonces, define al reformismo como una modernización conservadora, ya que el monopolio se combatió por medio de la diversificación del privilegio corporativo. Sin embargo, hacia los últimos años del siglo XVIII y principios del siglo XIX, las necesidades de guerra de la monarquía la obligaron a trastocar los fundamentos crediticios de la economía y extraer el circulante por medio de mecanismos fiscales radicales, como la consolidación de vales reales. Cuando la Corona se vio en apuros, el periodo de las reformas terminó y la fiscalización se transformó en una mera exacción de recursos desmedida.
Este libro fundamentalmente llama la atención a la problemática de las transiciones y sus contradicciones a lo largo del tiempo. Se tocan temas recurrentes, como el tránsito de una monarquía jurisdiccional a un Estado de ley, el asunto de la permanencia de las tradiciones frente a lo moderno y el aspecto del universalismo en contraposición al pluralismo. Asimismo deja abiertas las cuestiones de hasta qué punto pudieron atraer las reformas los atributos del poder a la Corona y, por otra parte, qué tanto lograron los cambios ilustrados transformar las perspectivas de la sociedad. Parece que las reformas más bien se interpretaron a modo por los poderes tradicionales y los cambios, cuando se dieron, tuvieron que adaptarse a las reglas de costumbre.
Me gustaría agradecer la gentileza de los colegas que participaron en esta obra, muy particularmente a David A. Brading por su comentario y apoyo persistente. Gracias también a Ana Laura Vázquez y como siempre a Paola Villers; sin ellas ni este libro ni el proyecto hubieran sido posibles.
* División de Historia, CIDE.
RODRIGO MARTÍNEZ BARACS*
Es tentadora la encomienda que recibí de escribir sobre la sociedad indígena durante la segunda mitad del siglo XVIII en el marco de una “historia crítica de las modernizaciones en México”.1 Es también una tarea difícil porque no se pueden deslindar con claridad los elementos que incidieron sobre los indios durante ese periodo directamente relacionados con la modernización, de los elementos económicos, políticos y culturales que responden a otras causalidades y casualidades. La noción misma de modernización es polivalente y ambigua, y se refiere tanto a procesos objetivos como a intenciones subjetivas. Por ello prefiero formular el problema de un modo que parece adecuado al tratar del mundo indígena: ampliando el marco temporal, pues el proceso de modernización de los amerindios no comenzó ciertamente en el siglo XVIII borbónico, sino que es producto de un proceso mucho más profundo iniciado en 1492 en América y en 1519 en México, cuando entraron en contacto dos mundos separados por una gran diferencia tecnológica. En realidad la modernización de la sociedad indígena en el siglo XVIII, si es que la hubo, sólo puede entenderse y valorarse como un momento de un proceso complejo de transformaciones iniciado en el XVI. Y lo mismo puede decirse de las “revoluciones” de 1810, 1857 y 1910 (nuestro “ciclo de las revoluciones burguesas”),2 y de los asedios modernizadores que han sufrido las sociedades indias.
El adjetivo “moderno” y los sustantivos y verbos que se le derivan adquieren diversos significados en cada circunstancia histórica, lo cual lo enriquece y problematiza como concepto. Pero lo más importante es apuntar el sentido global del amplio proceso de cambio que inició en 1492 y desembocó en nuestra inevitablemente singular y cambiante “modernidad”. El asunto da para un libro, más que un capítulo, y por lo pronto, prefiero anotar algunos temas o problemas sobre los que conviene reflexionar.
El primer tema es la naturaleza del proceso iniciado en México en 1519. El asunto no es desconocido por los historiadores, aunque ha sido insuficientemente atendido por la sociedad, y se refiere al llamado “encuentro de dos mundos”. Para comprenderlo conviene considerarlo desde la perspectiva de una muy larga duración. Un punto de partida puede ser el poblamiento mismo del continente americano. Hay acuerdo sobre el hecho de que el poblamiento ya se había producido hacia 12 000 a.C. Varios arqueólogos hacen retroceder los inicios del poblamiento americano mucho más, hasta 20 000 o aun 40 000 a.C., pero estos datos no son muy seguros, o más bien son poco probables, pues el poblamiento de Siberia por los cromañones, nuestros antepasados directos, comenzó hacia 20 000 antes de Cristo.
Si retrocedemos de manera exagerada la fecha del poblamiento de América, deberemos aceptar que, de una u otra forma, vinieron nuestros tíos abuelos neandertales antes que nuestros abuelos cromañones,3 y que también sucedió en suelo americano el dramático proceso de desaparición de los premodernos neandertales, debido a cambios climáticos o, tal vez, a un genocidio perpetrado por nuestros antepasados cromañones, imprevista “modernización” primigenia del continente americano. No tanto para evadir esta bochornosa eventualidad, sino para apegarnos a los hechos probados, conviene tomar las fechas relativamente seguras y aceptar que los primeros pobladores de América, y por tanto de México, llegaron hacia 12 000 a.C. y fueron Homo sapiens, cazadores dotados de mortíferas puntas de tipo Clovis.4
Estas posibilidades no cambian en lo sustancial la consideración de lo que siguió: en esa época tanto los habitantes del Nuevo Mundo (América) como los del Viejo Mundo (Eurasia y África) eran cazadores recolectores y durante los milenios que siguieron en ambos mundos se produjo, de manera autónoma, semejante y diferente, el proceso de transición a la agricultura, la bien llamada revolución agrícola, pues alteró todos los aspectos de la vida humana. También en ambos mundos se produjo una intensificación de la agricultura que hizo posible la formación de grandes civilizaciones; esto es, el sustento, a través del tributo pagado por eficientes pueblos campesinos, de ciudades habitadas por reyes, aristócratas, sacerdotes, guerreros, científicos, artistas y artesanos. Junto a las grandes civilizaciones, en ambos mundos siguieron existiendo agricultores menos eficientes y pueblos cuyo medio de vida principal seguía siendo la caza y la recolección: los “bárbaros” de Eurasia, los “chichimecas” de Mesoamérica.5
Mencioné similitudes pero también hubo diferencias decisivas. La más importante es temporal: mientras que en Eurasia existían pueblos sedentarios y agrícolas ya en el año 8000 a.C., éstos sólo se formaron en América miles de años después, hacia 3000 a.C. El mismo desfase de miles de años se puede constatar si consideramos los inicios de la civilización, 5000 a.C. en el Viejo Mundo, 2000 o 1500 a.C. en el Nuevo, cuando aparecieron las civilizaciones mesoamericana y andina.
Este desfase no se explica por diferencias congénitas entre los habitantes de ambos mundos, sino por diferencias sobre todo temporales entre sus procesos de poblamiento y explotación del territorio, antiquísima en el caso del Viejo Mundo, mucho más reciente en el caso del paradisiaco Nuevo Mundo, donde abundaban una flora y una fauna riquísimas, intocadas por el hombre, que los primitivos pobladores de América pudieron depredar a placer, antes de que tuvieran que recurrir a producir alimentos.6
De cualquier manera, para valorar adecuadamente la diferencia tecnológica que trajo este desfase debe apreciarse la velocidad del desarrollo tecnológico durante los milenios de vida agrícola de la humanidad. Como bien se ha dicho, no fue muy diferente la vida cotidiana de un campesino en el Antiguo Egipto y uno francés en la Edad Media.
Debe agregarse otra diferencia en las revoluciones agrícolas en ambos mundos: mientras que en el Viejo Mundo la agricultura se vio acompañada y complementada por la ganadería, en el Nuevo Mundo la agricultura se desarrolló sin este complemento, pues no había caballos, burros, toros ni vacas, cabras, ovejas, chivos, puercos (sólo en los Andes hubo llamas y alpacas). Estos mamíferos, o sus antecedentes, desaparecieron del continente americano, probablemente no debido a un cambio climático, sino a que los cazadores americanos los mataron con excesiva facilidad. Esto no se debió a su habilidad como cazadores o a sus puntas Clovis, comunes a ambos mundos, sino tal vez a que los animales del Nuevo Mundo, que habían vivido por millones de años sin conocer a los humanos, no tuvieron tiempo para desarrollar un miedo instintivo contra nosotros y se dejaban cazar sin tratar de huir a tiempo.
Este desfase temporal y la ausencia del ganado mayor y menor en América se combinaron para producir un desfase científico y tecnológico de miles de años. Este desfase no implica una superioridad cultural, intelectual, moral o hedonística. Tal vez al contrario, a menor tecnología mayor inteligencia, práctica y teórica, y aun sabiduría y felicidad.7
Historiadores y antropólogos han encontrado que los amerindios “desarrollaron diferentes concepciones del tiempo que no corresponden con las nuestras”, para decirlo en palabras de Carmen Bernand y Serge Gruzinski (estudiosos del Perú y de México), según los cuales la americana es “una temporalidad cíclica que transforma el presente en pasado y que niega el azar del futuro”.8 Esta temporalidad cíclica entrañaba una concepción del mundo altamente dualista9 en la que el uno pasa al dos y regresa al uno, en lugar de avanzar, como en Eurasia, hacia el tres, que se vuelve un nuevo uno, un nuevo inicio, generador de progreso modernizador, de la “pesadilla de la historia”: la recurrente síntesis como negación de la negación, a su vez siempre negada. El tres ha sido considerado esencial y omnipresente en la mente y en las sociedades eurasiáticas: las tres funciones indoeuropeas que descubrió Georges Dumézil, la Trinidad cristiana, los tres humores, los tres continentes, las tres épocas de la humanidad…
El desfase tecnológico resultó determinante cuando ambos mundos entraron en contacto a partir de 1492: basta con mencionar la metalurgia, la rueda, la escritura alfabética, los sistemas de navegación, la pólvora, la mecánica, la pintura, más recientemente la imprenta, para entender no sólo por qué Europa conquistó América, y no al revés, sino también por qué esta Conquista implicó para América una verdadera revolución, una transformación profunda e irreversible de todos los aspectos de la vida (ecología, demografía, tecnología, alimentación, economía, política, ideología, religión, etc.). Se trata de una transformación tan profunda que no se pudo dar en unos años o décadas, sino en mucho más tiempo. El proceso de cambio radical que trajo la Conquista de México lleva ya casi cinco siglos; pronto se celebrará su quinto centenario, en 2019, puede anticiparse que con menos entusiasmo que el quinto centenario de 1492 en 1992 y, por supuesto, que el bicentenario de 1810 y el centenario de 1910, ambos en 2010.
Debe agregarse otra profunda desigualdad entre los dos mundos: el desarrollo en el Viejo Mundo de gran cantidad de enfermedades infecciosas inexistentes en el Nuevo Mundo y contra las cuales los amerindios no habían desarrollado inmunidad ni defensas. Al parecer muchas de estas enfermedades se desarrollaron en el Viejo Mundo debido a la promiscua convivencia de hombres y animales que trajo la ganadería.10 Y pudo influir también que algunas enfermedades del Viejo Mundo, particularmente las de las regiones más calientes, no pudieron pasar con facilidad al Nuevo Mundo con las dispersas bandas de cazadores que fueron filtrándose por el frío estrecho de Bering.
De esta manera, la gran revolución de la Conquista, este gran proceso de modernización, se inició junto con una catástrofe tremenda, la catástrofe demográfica más grave de la historia de la humanidad, que en uno o dos siglos hizo bajar en 95%, o más, la población americana y en la misma proporción la del territorio que hoy es México.11 Esta “unificación microbiana del mundo”, que acompañó a la unificación comercial, es un elemento ineludible de la modernización de la población del planeta, en el que a América le tocó la peor parte.
No sé si sea pertinente o adecuado recordar aquí el famoso chiste que cuenta Uma Thurman en la película Pulp Fiction: van caminando el papá jitomate, la mamá jitomate y el niño jitomate; el jitomatito se va retrasando hasta que su papá se voltea enojado, le grita: “Catch up! [¡No te atrases, apúrate!]” y de un puñetazo lo aplasta y convierte en salsa catchup. También podría recordar la iluminadora metáfora de la Conquista que expresó Alfonso Reyes, que me contó mi padre: América es una fina vasija de barro, bella y modelada y pintada con arte y espíritu, destruida de un solo golpe por una vieja espada de hierro. América es el cántaro roto. Con todo y sus civilizaciones, estaba en la edad de piedra.
Otra peculiaridad decisiva del proceso de modernización que inició la Conquista lo determinó el momento en que se produjo. No nos conquistó Alejandro Magno (356-323 a.C.), ni Julio César (101-44 a.C.), ni Gengis Khan (1160?-1227 d.C.): nuestra conquista sucedió precisamente cuando Europa emprendía un proceso de transformación absolutamente inédito, iniciado a fines del siglo XV, acelerado en el XVIII y que no ha dejado de acelerarse, intensificarse y extenderse hasta el XXI, el gran proceso de transición de las sociedades agrarias tributarias a las industriales capitalistas,12 la gran transformación,13 la modernización por excelencia.
Antes de expresar otras particularidades de este proceso, importa señalar que estos últimos cinco siglos han sido los de más rápido y extraordinario desarrollo de las ciencias y de la técnica. Este desarrollo, que ya sorprendía a la gente en el siglo XVI, se ha venido acelerando, haciendo posible una vida feliz y sin embargo provocando una vida infeliz para la mayoría de los cada vez más numerosos habitantes del planeta. De tal modo que en 1492 comenzó en América una doble revolución tecnológica: una es la asimilación del desfase tecnológico entonces existente entre el Viejo y el Nuevo Mundo, y otra es la asimilación de los cambios tecnológicos y científicos cada vez más notables e impredecibles que se fueron produciendo a partir de entonces.
Aquí cabe hacer notar que dos autores aparentemente tan opuestos como Karl Marx14 y su tocayo Karl Popper,15 destacaron ambos el carácter determinante de la evolución de la ciencia y la tecnología en el desarrollo todo de la vida humana. Esto, por cierto, no implica ningún tipo de determinismo, porque, por definición o más bien por lógica elemental, el desarrollo de la ciencia es imprevisible (porque va averiguando cosas que no se sabían), como lo son también las modalidades de su inserción e influencia en la sociedad.
Ahora bien, América no fue descubierta y conquistada por Europa toda o por cualquier país de Europa, sino por España. El historiador británico John H. Elliott nos hizo reflexionar sobre el desconcertante, alucinante, peso del azar, de la casualidad, en la historia: antes de ir a ver a Isabel la Católica, Cristóbal Colón fue a ver al rey de Inglaterra, Enrique VII, que por un azar no le dio su apoyo. En ese caso el descubrimiento de América y la conquista de México y Perú los hubiesen hecho los ingleses. A partir de esta posibilidad, Elliott esbozó un ejercicio de historia contrafactual para tratar de ver en qué medida habría sido diferente la historia de lo que hoy son Hispanoamérica y los Estados Unidos. Por supuesto, mucho dependió no tanto de los supuestamente contrapuestos caracteres innatos, propios o esenciales de Inglaterra y España, sino de la existencia de las dos grandes civilizaciones americanas, Mesoamérica y los Andes, y de las grandes reservas de oro y plata, en el territorio que acabó conquistando España, y no Inglaterra.16 Si los ingleses hubiesen llegado a las Antillas, México y Perú antes que los españoles, la Nueva España habría sido New England, en la que los indios se habrían mantenido e incorporado a la sociedad inglesa para explotar las minas de plata, con un indirect rule a través de la nobleza indígena de los pueblos. Este ejercicio invita a relativizar y repensar la clásica oposición de la España católica y tradicional, que explotó pero mantuvo vivos a los indios, y la Inglaterra protestante y moderna, que los exterminó. Esta diferencia categórica habría definido los destinos encontrados de los imperios británico y español en América. Según Edmundo O’Gorman esta diferencia, esta “gran dicotomía americana” está en la raíz del “trauma de México”,17 y debe ser repensada, junto con el problema de la modernización.
De cualquier manera, el azar quiso que América fuera incorporada al proceso mundial encabezado por Europa de transición al capitalismo por uno de los países más renuentes a aceptar las reglas que el capitalismo impone.18 Por ello, el monopolio de las mal llamadas Indias que el papa concedió a los Reyes Católicos en 1493 dio a América una incorporación más suave, más lenta, con un aplazamiento de tres siglos, a la modernidad capitalista. Se acopló bien la sociedad tributaria española sobre las sociedades tributarias americanas, lo cual permitió la pervivencia de algunas formas de vida tradicionales, comunitarias. El México moderno heredó esta triple herencia tradicional y premoderna: la sociedad indígena, la española y la síntesis colonial de ambas. Es difícil decir si esta incorporación suavizada de América al proceso de transición a la modernidad resultó finalmente benéfica o perjudicial. Para bien o para mal, ha dificultado y particularizado nuestras siempre inacabadas transiciones, transiciones a la modernidad, de las que tanto se habla hoy con esperanza desesperada.
La Conquista trajo a América una revolución drástica en todos los aspectos de la vida, pero debe también considerarse el efecto que trajo la Conquista a Europa y el resto del mundo. Aunque es posible suponer que el Viejo Mundo habría avanzado solo en su transición de la agricultura tributaria a la industria capitalista en los siglos XVI-XXI, es indudable, como bien lo vieron Adam Smith y Karl Marx, que la transición se facilitó y aceleró con el descubrimiento de América, particularmente al dotar a Europa de los metales preciosos que el proceso expansivo de la mercantilización capitalista requería en forma de moneda. Es indudable el importante papel que representó el descubrimiento de América en la revolución científica europea, anticipada desde el siglo XVI en el imperio español,19 pero puede pensarse que la apertura de la mente humana se habría dado aun sin la existencia de un cuarto continente que viniera a cuestionar la santísima trinidad jerárquica de Europa, Asia y África.
Pero al mismo tiempo, el descubrimiento de América por España reorientó durante un siglo un desarrollo encabezado por el norte (protestante) de Europa, hacia un proceso encabezado por el sur (católico), dos versiones diferentes de la modernidad que avanzaba, como lo propuso el filósofo Bolívar Echeverría20 quien se preguntó si aún era posible la transición a una modernidad industrial no capitalista y depredadora, y si la incorporación de América representó un papel en la victoria de la modernización capitalista.21 ¿Todavía podemos los humanos escoger una modernidad democrática, comunitaria y no depredadora?
Una de sus condiciones técnicas de factibilidad se encuentra en la idea percibida, entre otros, por Antonio Negri y Robert Hardt de “trabajo inmaterial”, forma predominante de la riqueza humana en la época actual de su reproducibilidad técnica.22 Pero otra condición, sobre la cual no cabe el mismo optimismo, es la prevalencia política global de la racionalidad, urgencia que atañe a nuestra supervivencia como especie.23 El peligro hoy es mayor debido a la reducción a una sola de las otrora diversas opciones civilizacionales, traída por el moderno y conflictivo proceso de unificación mundial capitalista.24
Estos asuntos merecen detenida consideración, pero hacerlo ahora nos alejaría del objeto del presente trabajo, que es la incorporación de los indios mexicanos al proceso de modernización que trajo la Conquista y que se renovó en la época de las reformas borbónicas del siglo XVIII. Éstas han sido bien caracterizadas por David A. Brading como “una revolución en el gobierno”,25 que trajo, según Serge Gruzinski, una “segunda aculturación” (religiosa),26 según Nancy Farriss una “segunda conquista” (de los mayas),27 según Felipe Castro Gutiérrez una “suerte de recolonización”,28 y según Bolívar Echeverría un “segundo shock” de la modernización.29
Esta segunda conquista en realidad se extiende más adelante, abarca el periodo de la revolución de independencia y continúa en el siglo XIX liberal. Pero para entender este segundo gran repunte de la modernización, y para evitar una perspectiva meramente deductiva, antihistórica, conviene seguir brevemente los pasos de nuestra primera modernización.
La catástrofe demográfica debe considerarse, en primer lugar, debido a su carácter masivo y porque afectó de manera primordial a los indios, cuya supervivencia misma estuvo en juego. Los indios desaparecieron casi todos en las calurosas y húmedas islas antillanas y regiones costeras del continente. Pero, pese a una despoblación de más de 95% en algo más de un siglo, en las tierras altas sobrevivieron en México cerca de un millón de indios, que iniciaron un proceso de recuperación que hasta la fecha continúa. A lo largo del periodo colonial la población india nunca dejó de ser mayor que la población total de no indios (españoles, criollos y peninsulares, otros europeos, africanos, mestizos, castas). Esta supervivencia abrió la posibilidad del mestizaje, elemento decisivo de nuestra modernidad, y acaso también de toda la modernidad globalizada, como lo piensa Serge Gruzinski.30
Según los demógrafos e historiadores de la “escuela de Berkeley”, la despoblación en el centro de México (entre Guadalajara y Oaxaca) continuó hasta mediados del siglo XVII, cuando llegó a su “nadir” de un millón; la población india inició entonces un proceso de recuperación, que duró hasta 1810, cuando había triplicado su población más baja. En 1810 los indios eran algo más de tres millones, cifra casi igual a la de los no indios.31 En el sureste (Chiapas, Yucatán, Campeche) el nadir sucedió en la primera mitad del siglo XVIII, y en el norte aridoamericano en la segunda mitad del XVIII.32 Mientras bajaba e iniciaba posteriormente su recuperación la población indígena, la población novohispana no india crecía.
De modo que, si tomamos como base el centro de México, pueden dividirse los tres siglos de dominio español en dos grandes periodos de siglo y medio: durante el primero, de la Conquista a mediados del siglo XVII, la población india bajó catastróficamente al tiempo que aumentó la población no india; durante el segundo periodo, la segunda mitad del siglo XVII y todo el XVIII, la población india no dejó de crecer al igual que la población no india, y la economía toda de la Nueva España. Este periodo de crecimientos complejos y desiguales culminó en la época de las reformas borbónicas.
Los cambios más fuertes, determinantes, duraderos y dramáticos se produjeron en el primer periodo, el de la catástrofe demográfica. Este sacrificio masivo fue “el doloroso nacimiento de lo que hoy es México” (como está inscrito en un monumento en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco). Pero para que puedan producirse cambios tan drásticos y múltiples en una población, para evitar su destrucción completa, es necesario el mantenimiento de ciertas estructuras de la vida que aseguren la supervivencia física de la gente.33 La organización de la vida agrícola se mantuvo gracias a que los pueblos, señoríos, reinos o altépetl (“cerro de agua” o “agua y cerro”), en lengua náhuatl, cada uno con su organización política propia y sus propias tradiciones culturales e históricas, complejos y multiétnicos, se mantuvieron después de la Conquista, con el nombre y rango de “pueblo de indios” (inferior al de las villas y ciudades de los españoles).34 Charles Gibson mostró que estos multiseculares señoríos prehispánicos, pueblos sometidos a un tlatoani, fueron la base de las encomiendas, los corregimientos y las parroquias impuestas por los españoles (con su antiguo nombre indio y el de un santo europeo, como San Juan Teotihuacan o San Pedro Tlanisco).35 Pero al mismo tiempo, como lo vio James Lockhart, los pueblos aceptados como tales por los españoles no siempre respetaron el modelo organizativo prehispánico, pues tomaron como base la aglomeración más grande de población, que no necesariamente era una “capital”, que era considerada la “cabecera”, de la que dependían varios “pueblos sujetos” o “barrios”.36
Paulatinamente transformados —no por órdenes de las autoridades españolas sino por las cambiantes circunstancias locales—, los pueblos de indios se mantuvieron durante todo el periodo colonial, la revolución de Independencia y aun después.37 Muchos indios se incorporaron a la vida de las villas y ciudades, y a la de las minas, haciendas, ranchos y otras unidades productivas de los españoles. Pero hasta finales del periodo colonial la mayor parte de los indios siguió viviendo en pueblos, sus antiguos altépetl más o menos alterados, dotados de un aparato de gobierno de tipo español (su cabildo o república, con gobernador, alcaldes y regidores, topiles, tequitlatos, escribanos y otros funcionarios), pero integrado exclusivamente por indios, muchos de ellos pertenecientes a los antiguos linajes gobernantes.38
Para fines del periodo colonial, Dorothy Tanck de Estrada sumó y ubicó en mapas la cantidad de 4 468 pueblos de indios, cada uno de los cuales contaba un mínimo de 80 tributarios (unas 360 personas). Unos 2 000 pueblos se constituyeron desde el siglo XVI, y con el tiempo su número fue creciendo al incorporarse como “pueblos de por sí” muchos antiguos barrios o sujetos y otras congregaciones de población india.39
Los primeros tiempos después de la Conquista fueron los más crueles para los indios, con la conjunción de enfermedades, guerra, hambre, sobreexplotación, abusos y desánimo, pero la organización interna de los pueblos cambió relativamente poco. De hecho, en un primer momento las formas de explotación de los indios usadas por los españoles, aunque orientadas hacia el mercado con el fin de obtener una ganancia en dinero, recurrieron a modalidades precapitalistas, premodernas, de explotación: la imposición de un tributo, en trabajo y productos, a los indios y la esclavización de muchos de ellos (por “rescate” o “justa guerra”). Los encomenderos y los dueños de esclavos complementaron sus recursos asociándose en “compañías” para explotar las minas de oro del centro y sur de México.40 Estas empresas, orientadas a la obtención de una ganancia en dinero, fueron terriblemente destructivas para los indios.
La disminución de la población india y el concomitante aumento de la población no india y sus empresas y poblaciones, condujeron, en la segunda mitad del siglo XVI, a la formación de una economía que ya no dependía tanto del trabajo gratuito y forzado de los tributarios y de los esclavos indios, sino de formas más modernas de explotación como el trabajo asalariado, voluntario, semivoluntario o forzado de los indios (repartimiento de trabajo, peonaje) en unidades de producción españolas tales como haciendas, minas, trapiches, obrajes, arrieros.
El resultado fue una integración más profunda de los pueblos de indios al mundo mercantil traído por los españoles. Esta transformación modernizadora del siglo XVI se conoce con el nombre de “modelo Borah-Chevalier” de transición de la encomienda a la hacienda.41 A mediados del siglo XVI se agotaron las minas de oro del centro y sur de la Nueva España, pero comenzó un gran ciclo de explotación de las minas de plata del centro y norte, como Guanajuato y Zacatecas. La tecnología de extracción del mineral de las minas y del proceso de su refinación y transformación en plata pura, con mercurio, era la más avanzada, la más moderna del planeta. La organización de estas empresas mineras puede ser considerada capitalista y ejerció un fuerte influjo sobre todo el “espacio económico colonial”.42
La creciente integración de los indios de los pueblos a la economía mercantil española, vendiendo mercancías o su fuerza de trabajo, provocó un aumento de su individualización. En algo cambió su fuerte integración con sus pueblos, comunidades, familias y tierras.
Esta individualización modernizadora se vio reforzada por la “conquista espiritual”, la imposición del cristianismo y la “extirpación” de la religión antigua llevada a cabo por los frailes, pues la religión cristiana implica el presupuesto fundamental de que los seres humanos son inalienable y fundamentalmente libres. Con todo su tradicionalismo religioso, España mantuvo con firmeza esta forma esencial de “liberalismo” medieval y moderno.43
También tuvo gran importancia para reforzar el individualismo la imposición por los sacerdotes católicos y los jueces y funcionarios españoles del matrimonio monógamo, que remplazó las pautas polígamas mucho más complejas y adaptables a situaciones diversas. El matrimonio monogámico también implicó un aumento en la posibilidad del ejercicio de la libre voluntad, tanto en la elección del cónyuge como en la vida matrimonial misma. La monogamia, con sus mitigadas transgresiones, ha sido un elemento distintivo de la modernidad.
Sin embargo, el marco fundamental de la vida de los indios novohispanos siguió siendo el pueblo, más que las ciudades y empresas de los españoles. El pulso diario de la vida de los pueblos lo daba la iglesia con su campanario (que remplazó a las trompetas prehispánicas de caracol marino).44 El cabildo indio, el hospital, igualmente administrado por los indios, las cofradías de los pueblos, que contaban con sus propios bienes, organizaban grandes fiestas que reforzaban la pertenencia al pueblo y proveían de seguridad social, en el sentido más amplio de la palabra.
Al mismo tiempo que los indios como tales tenían una serie de privilegios y obligaciones específicas, tribunales y formas judiciales bien tipificadas por la aditiva legislación colonial, cada pueblo y cada casa señorial o aristócrata india iba acumulando privilegios y obligaciones específicas.45 Los pueblos de indios guardaban celosamente sus documentos fundadores y sus privilegios en una caja de tres llaves que igualmente custodiaban con celo en la casa de comunidad.
A lo largo del periodo colonial los indios nunca se sintieron “indios”, como los identificaban los europeos. Tampoco parecen haberse identificado por grupos étnicos o lingüísticos, como los identificaron los antropólogos modernos. Se identificaban como habitantes o naturales de sus pueblos, como cempoaltecas, tlaxcaltecas, cholultecas, tlatelolcas, o como habitantes de sus barrios. El mundo, la memoria de los pueblos, se centraba en el pueblo mismo, su historia y su territorio, que dividía a la gente del pueblo de la de fuera.46 Al menos en los documentos redactados ante jueces españoles e indios, no aparece un resentimiento de los indios contra los españoles; más bien se percibe una búsqueda de hacer valer los favores hechos a los españoles por los siempre sumisos y serviciales indios, para obtener prebendas y privilegios especiales —actitud muy diferente de la de la época moderna—.47 No debe olvidarse que los pueblos de indios y sus cofradías eran cuerpos que formaban parte de una “sociedad pluralista, regida por un sistema de jurisdicciones especiales para cada grupo, acentuadamente jerárquica y paternalista”;48 y que los pueblos de indios fueron incorporados a esta sociedad en calidad de conquistados.
El campo quedó dividido entre los pueblos de indios y las haciendas y ranchos de los españoles, que desarrollaron entre sí una “relación simbiótica” (comercial y laboral) que se mantuvo hasta el siglo XIX.
Conforme los indios se hicieron menos y los españoles, africanos y mestizos más, se hicieron más frecuentes y abundantes los contactos entre los dos mundos. En los primeros tiempos, durante la época terrible de la encomienda, la esclavitud y las minas de oro, los indios casi no veían a los españoles, y menos alcanzaban a oír lo que decían. Para designar a los nuevos seres, cosas y técnicas traídas por los españoles, para expresar estas nuevas realidades los indios recurrieron a su propia lengua. Ésta es la “Fase 1” de los cambios que sufrió la lengua náhuatl durante el periodo colonial, según James Lockhart, cuando a los caballos los nahuas les decían mázatl, plural mazame, venados.49 Cuando se pasó del trabajo forzado al trabajo asalariado, forzado o no, los contactos se hicieron mucho más frecuentes, y los indios pudieron oír hablar a los españoles. Ésta es la “Fase 2” de Lockhart, cuando la lengua náhuatl comenzó a incorporar gran cantidad de sustantivos españoles a su léxico común. A los caballos, ya no sólo les decían mazame, sino también cahuallo, cahuallosme (con un doble plural, español y nahua). La sociedad india se españolizó, se europeizó de manera más acelerada. Y a partir de la “Fase 3” (que comenzó hacia 1650, se intensificó en el siglo XVIII y continuó hasta el presente), los contactos de nahuas con españoles se hicieron tan frecuentes que produjo un tiempo “de interpenetración personal de las dos sociedades y de cambio más íntimo, más alterador de estructuras”.
Si la Fase 2 correspondió a cambios y adaptaciones a nivel corporativo, según Lockhart la Fase 3 trajo un cambio a nivel del individuo: “las corporaciones indias vivieron tensiones y fragmentación, y elementos hispánicos recién incorporados comenzaron a alterar el propio orden cultural indio”.50 El náhuatl no solamente incorporó sustantivos españoles, sino también verbos, partículas y formas verbales españolas (se pluralizan seres inanimados como altepeme, plural de altépetl; el verbo pía fue perdiendo el sentido de “ocuparse de” y adquirió el de “tener”) y aun se llegó a producir una suerte de español nahuatlizado en la escritura de documentos oficiales de algunos pueblos.
Menciono esta periodización construida por Lockhart a partir del análisis inductivo de una cantidad muy grande de documentos en náhuatl, por su valor como indicador del grado y tipo de asimilación por los indios de las nuevas realidades traídas por los españoles. Se trata de un “proceso amplio, semiautónomo, en buena medida subconsciente, en el que el componente nahua es tan importante como el componente hispánico”.51 Estudios semejantes hechos sobre otras lenguas indias confirman en términos generales la periodización en tres fases propuesta por Lockhart para el náhuatl, aunque por supuesto aceptando ritmos y modalidades diferentes, que dependen en alto grado del tipo e intensidad de la relación indio/español que se da en cada lugar y circunstancia. En una situación social derivada de una conquista, como acto fundador y determinante, la relación cuantitativa y cualitativa conquistador/conquistado siempre resulta determinante.
Siguiendo la “visión desde el sur” sugerida por William B. Taylor,52 James Lockhart propuso un esquema elemental de regionalización, también triple: el Sur, con muchos indios y pocos españoles, en el que se produce un ritmo de cambios lento; el Centro con muchos indios y muchos españoles; y el Norte, con pocos indios y muchos españoles. Por supuesto, debe relativizarse el poco y el mucho de los españoles, que predominaban sobre los indios no por su número sino por su condición de conquistadores y por tanto dominadores.
Lockhart mostró el filo de su esquema regional de cambios temporales con una expresión lapidaria: sucedió en Yucatán a fines del siglo XVIII un cambio semejante al que había sucedido en Toluca a mediados del XVI.53Mutatis mutandis, por supuesto. De hecho, los documentos mostraron que la lengua maya entró en su fase 3 a finales del siglo XVIII, o aun después. No solamente la encomienda siguió siendo importante en Yucatán hasta entonces, sino que el cah maya no se fragmentó, pues a diferencia del altépetl nahua, no es divisible en unidades menores, sub-altépetl o tlaxilacalli.54
Estas directrices sobre grandes movimientos coyunturales deben considerarse no sólo como resultados de la investigación sino como orientaciones para nuevas investigaciones en México y otras partes.
Más bien cabría destacar que desde que apareció el altépetl o pueblo de indios como unidad básica del análisis del mundo indígena prehispánico y también colonial, se impuso una comprensión de la historia que ya no puede ser simplemente mexicana o “nacional”, sino que debe estudiar la historia y la memoria de cada uno de los pueblos, de las regiones, de los lugares. Más que nunca, México es muchos Méxicos,55 muchos pueblos de indios con historias dispares y complejas, con distintas nociones y organizaciones sociopolíticas,56 sus propias maneras de hablar y decir las cosas,57 muchas microhistorias que es necesario conocer en su especificidad58 y, si hay documentos, en la propia lengua de la gente.59 La historia de México ya no es una historia única o constituida por una serie de líneas de vida más o menos paralelas a priori.
Los indios de los pueblos no dejaron de ser tributarios de su majestad a lo largo de todo el periodo colonial. Y, como lo destacó José Miranda, el tributo tiene dimensiones económicas, sociales, políticas, religiosas y simbólicas.60 El pago del tributo significó el mantenimiento de un pacto político del indio como súbdito o vasallo con su soberano, el rey de España. Menos aún que Moctezuma, a quien los macehuales no podían ver a los ojos, el rey de España no era visible, entre otras cosas porque ninguno vino jamás a América. Pero esto permitió precisamente el mantenimiento de una especie de monarquía imaginaria, como lo es en realidad toda monarquía, que permite el mantenimiento de una imaginaria gran comunidad de comunidades locales.61 Esta pertenencia a la monarquía española implicaba para los indios el respeto al mantenimiento de sus pueblos, con su propio gobierno indio, su control comunal o corporativo sobre sus tierras, aguas y otros recursos, y sus derechos y privilegios generales y específicos.
Tanto entre los españoles como entre los indios, el rey “gobernaba no gobernando”, como lo expresó William B. Taylor,62 quien destacó la importancia de la integración de los indios y sus pueblos a la justicia española, y a la función del rey como gran juez supremo, para el mantenimiento de la pax hispanica (relativa) que duró exactamente tres siglos.63 El rey ciertamente actuaba como gran juez en un sistema judicial que integraba a los indios y a todos los grupos o corporaciones en los que se dividía, de manera diferenciada y jerarquizada, la sociedad.64 A través de la compra de cargos públicos la oligarquía criolla se había apropiado efectivamente del aparato de gobierno virreinal y, particularmente a partir del motín y la destitución del virrey, marqués de Gelves en 1624, mucha de la riqueza que se generaba en la Nueva España permanecía en ella.65 A fines del siglo XVII, la Nueva España podía ser considerada prácticamente independiente de España, y no necesitó rebelarse cuando España quedó temporalmente divida entre la Casa de Austria y la de Borbón, que acabó triunfando, en la Guerra de Sucesión de 1700-1714.66
Aunque los indios resolvían la mayor parte de sus asuntos políticos y judiciales a través de sus propias autoridades indias (el gobernador y los alcaldes y regidores de sus repúblicas o cabildos, entre otros funcionarios), la autoridad española inmediata eran los alcaldes mayores o corregidores y sus tenientes, que intervenían en los tratos con españoles o conflictos más serios. Los alcaldes mayores y corregidores muchas veces abusaban de diversas maneras de los indios y buscaban enriquecerse a su costa.
La facultad de cobrar aun por la fuerza las deudas, transformó a los alcaldes mayores en proveedores de crédito, en dinero y en mercancías, de los empobrecidos indios de su jurisdicción. De esta manera, los alcaldes mayores se transformaron en agentes comerciales del Consulado de Comerciantes de la Ciudad de México en los pueblos. El Consulado les pagaba la compra del cargo, la fianza para garantizar las cobranzas y el dinero que prestaban a los indios necesitados o emprendedores, integrados a la economía mercantil como productores y comerciantes. Los indios pagaban sus deudas en dinero o en mercancías y nació el “repartimiento de comercio”, a través del cual los indios de Oaxaca, Tlaxcala y otras regiones del centro y sur de México pagaron los adelantos de dinero con mantas de algodón o, más importante, con grana cochinilla, un preciado colorante púrpura de telas, que constituía de hecho el producto de exportación novohispano más importante después de la plata y el oro. El conde de Tepa, oidor de la Real Audiencia de México, en 1775 escribió en defensa de los repartimientos que “son una especie de sociedad entre los alcaldes mayores y los indios, en que unos ponen el servicio y otros la industria”,67 lo cual traduce David A. Brading: “The repartimientos are a sort of company between the alcaldes mayores and the Indians, in which the former put money and the latter labour” (“Los repartimientos son una suerte de compañía entre los alcaldes mayores y los indios, en la que los primeros ponen dinero y los segundos trabajo”).68 Este sistema se asemeja al europeo putting-out system, en inglés, o Verlagssystem, en alemán, de encargos por comerciantes de trabajos a domicilio, que nació en los siglos XV y XVI en Europa y se desarrolló en los siglos XVII y XVIII, dando paso a la organización manufacturera y después industrial capitalista de la producción.69 En México y Perú el sistema estaba comenzando a funcionar desde la segunda mitad del siglo XVI, apoyado en la organización prehispánica de recaudación de tributos y organización de obras públicas.70 Y, como en Europa, en México y Perú el sistema se desarrolló en los dos siglos siguientes, pero sin tomar un rumbo capitalista.
