Las rosas del apocalipsis - Clara Bennett - E-Book

Las rosas del apocalipsis E-Book

Clara Bennett

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Las rosas del apocalipsis narra la historia de personajes de distintas culturas en medio de la crisis global de un mundo convulsionado por guerras y pandemia, en el que se encuentra un viejo manuscrito con otra interpretación del Apocalipsis. Los relatos se entrelazan y transcurren en distintos escenarios como Siria, Italia, Uruguay y Turquía, que llegan a puntos de encuentro, brindando un mensaje espiritual de cambio y transformación para la humanidad. La autora convierte en literatura de ficción, una interpretación particular del mundo actual, derivada de su investigación sobre simbología, conocimientos esotéricos y tradiciones de lejanas culturas, encontrando una forma narrativa moderna en cuanto al relato espacio–temporal, que invita a la reflexión.

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Seitenzahl: 465

Veröffentlichungsjahr: 2020

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LAS ROSAS DEL

APOCALIPSIS

Una novela para tiempos de crisis global

Clara Bennett

© Las rosas del apocalipsis. Una novela para tiempos de crisis global

© Clara Bennett

ISBN: 978-84-18411-41-0

Editado por Tregolam (España)

© Tregolam (www.tregolam.com). Madrid

Calle Colegiata, 6, bajo - 28012 - Madrid

[email protected]

Todos los derechos reservados. All rights reserved.

Diseño de portada: © Tregolam

Imágen de portada: © Tregolam

1ª edición: 2020

Reservados todos los derechos. No se permite la reproducción total o

parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni

su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico,

mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por

escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos

puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

El presente documento acredita que en el Registro de Propiedad Intelectual de SAFE CREATIVE tuvo lugar con fecha 25 de agosto de 2020 a las 15:58 UTC la inscripción de la obra con código 2008255116000

Nota al lector: cualquier semejanza con aspectos de la realidad social, política o religiosa, incluso el uso de nombres o apellidos, forman parte de la ficción literaria para contextualizar la novela y a sus personajes.

AGRADECIMIENTOS

A mi familia y amigos, a mis compañeros de trabajo y a los del camino. A todos aquellos que directa o indirectamente inspiraron a esta novela y sus personajes con sus luces y sombras, que son también las mías y las de todos.

«La voz de la verdad habla bajito, para asegurarse de que quien quiera escucharla, quiera escucharla».

Anónimo

«Vino entonces uno de los siete ángeles que tenían las siete copas, y habló conmigo diciéndome: Ven acá, y te mostraré la sentencia contra la gran ramera, la que está sentada sobre muchas aguas; con la cual han fornicado los reyes de la tierra, y los moradores de la tierra se han embriagado con el vino de su fornicación.

Y me llevó en el Espíritu al desierto; y vi a una mujer sentada sobre una bestia escarlata llena de nombres de blasfemia, que tenía siete cabezas y diez cuernos.

Y la mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, y adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas, y tenía en la mano un cáliz de oro lleno de abominaciones y de la inmundicia de su fornicación».

Apocalipsis 17: 1-4

CAPÍTULO 1HUMO

El camarlengo Giuseppe Baglione despertó alterado con un rosario de cuentas negras entre las manos. La noche de vigilia y oración había sido traicionada por el cansancio de un simple mortal.

Mientras tanto, la Plaza «San Pedro» exigía respuestas.

Multitudes se agolpaban a las puertas de la Santa Sede, esperando el humo blanco y nuevos tiempos de esperanza para la Iglesia católica.

Los cardenales habían pasado tres días sin contacto con el mundo exterior, pero ninguno de los candidatos había obtenido los dos tercios del sufragio necesarios para ser electo. Por este motivo, se había convocado un día completo de retiro y oración, aguardándose una resolución en el cónclave de esa mañana.

En un descuido, el rosario de cuentas caoba rodó sobre la lujosa alfombra y Baglione cuidadosamente lo volvió a colocar junto al altar. Aquel objeto era un regalo especial de Carlo, su tutor espiritual y anterior pontífice. Nadie podía llamar al difunto papa por el nombre de pila, pero para él, era la forma habitual de dirigirse a su amigo.

Los ojos se le humedecieron una vez más al recordarlo. Jamás iba a olvidar el día en que Carlo aceptó el honor de ser el santo padre, eligiendo el nombre de Pedro II con todo lo que eso implicaba. Ningún pontífice se había animado a utilizar esa denominación, por respeto al primer apóstol y también por temor a las profecías de san Malaquías, que anunciaban el fin de los tiempos para ese papa. No obstante, Carlo siempre tuvo claro que su misión era la continuación de la obra, de quien fuera la piedra fundamental sobre la que se construyó la primera Iglesia.

El camarlengo mantendría siempre en su memoria la mirada del flamante papa al salir de la «sala de las lágrimas» aquella mañana. La sotana blanca hecha a su medida y la bendición que dio a la multitud desde el balcón.

Invadido por los recuerdos, Baglione se postró nuevamente frente al altar y tomando el gastado rosario pidió iluminación a Dios, para mantener su mente alejada de las cuestiones del mundo. No obstante, las plegarias parecían reticentes a la intervención divina y los recuerdos perturban sus mayores esfuerzos de concentración.

En ese momento, otra imagen se coló sin permiso en su memoria. Sellar las habitaciones papales tras corroborar la muerte de Pedro II y romper frente al consejo el anillo conocido como «Pescatorio», eran los peores recuerdos de aquellos días de pesadilla.

Muchas cosas extrañas habían sucedido esa oscura mañana de noviembre, asuntos que aparte de él solo conocía Dios.

Las palabras pronunciadas horas atrás por el cardenal Rudolph Hailler también retumbaban en sus oídos.

Pasado, presente y futuro lo acosaban sin concierto.

Enormes cambios sociales se estaban manifestando a nivel internacional. Frente a un mundo occidental decadente, crecía un oriente violento y unificado bajo la fe islámica.

El resultado de la denominada «Primavera Árabe» ocurrida décadas atrás, había desembocado ahora en un nuevo tipo de «guerra santa». Las múltiples guerrillas, los problemas sanitarios y climáticos, sumados a los constantes ataques terroristas, hacían cada vez más difícil la vida humana y la paz internacional pendía de un hilo.

En cuanto a los aspectos religiosos, la fe católica estaba siendo duramente cuestionada por una sociedad cada vez más secularizada. Las mujeres habían llegado a lugares de poder impensados para el actual camarlengo.

—¡Pero en la santa Iglesia no! —gritó hacia adentro su sangre roja como el atuendo cardenalicio.

El Vaticano había resistido siglos de conflictos, movimientos y revueltas por la igualdad de derechos dentro del clero. No obstante, las crisis actuales evidenciaban una humanidad cada vez más permisiva. Era importante que la Iglesia no cayera en esa redada.

Debido a lo complejo de la situación y en vísperas de una nueva elección papal, todos los altos cargos del mundo católico habían sido convocados durante el novenario de luto. Era sabido que nunca como en aquella ocasión, el nombramiento del nuevo pontífice sería clave para el futuro de la Iglesia Católica. De las características personales del elegido, dependía la paz y la unidad interreligiosa o el conflicto y las guerras santas a escala global.

A pesar de estas preocupaciones, el camarlengo presentía que aquel sería un gran día. Algo en su interior le decía que finalmente acabarían las amenazas y con la gracia de Dios, un nuevo papa dirigiría los destinos de millones de fieles en todo el planeta.

En ese instante, el sonido grave de las campanas lo despertó de sus cavilaciones. Baglione se vistió según el protocolo y salió sin más demora para unirse al resto de los cardenales y entonar el Veni Creator Spiritus.

Acabadas las letanías, los prelados se dirigieron a la capilla Sixtina y allí esperaron reunidos en pequeños grupos, aguardando al decano Rudolph Hailler, para que presidiera el escrutinio.

El decano cardenalicio llegó minutos más tarde y junto con él todos los purpurados ingresaron al recinto que fue sellado decretando el extra omnes.

Cada uno de los presentes tomó asiento en su silla de cedro y se iniciaron las deliberaciones. No obstante, el rostro del cardenal Hailler parecía desencajado, por lo que Baglione adivinó que no era el único que había pasado una mala noche.

Así comenzaron los rituales previos y la distribución de las papeletas con la frase: «Eligo in summum pontificem» junto a un espacio en blanco. Cada cardenal debía colocar allí el nombre del «elegido» disimulando su propia caligrafía, tal como disponía el protocolo.

En esos menesteres se encontraba el cónclave, cuando intempestivamente el decano cardenalicio cayó al suelo como fulminado por un rayo.

El espanto fue generalizado y varios minutos pasaron antes de que se pudiera avisar a la guardia suiza. La situación era de una excepcionalidad tal, que generó un verdadero caos entre quienes sostenían que ya no podían abrirse las puertas del cónclave y los que creían que era una situación extrema y había que actuar en consecuencia.

Lo cierto era que el estupor se había instalado en el rostro y alma de los clérigos de sotana escarlata, por lo que suspendieron una vez más las votaciones papales, en esta ocasión, de forma indefinida hasta que hubiera un clima más propicio elegir al nuevo pontífice.

En esos momentos, la imagen del difunto parecía sagrada. El decano yacía en el piso con las manos aprisionando su crucifijo, mientras los ojos tiesos se perdían en el infinito.

Lo único que desentonaba en la póstuma escena del impecable cardenal alemán, eran sus zapatos rojos inusualmente manchados de lodo. Pero nadie, excepto el camarlengo, parecía haber notado ese detalle.

CAPÍTULO 2ORIENTE MEDIO

—¡Allahu akbar! —gritaron todos luego de la explosión de la pequeña iglesia en la ciudad de Palmira.

La hermosa ciudad que fuera denominada como la «Venecia del desierto», yacía ahora convertida en ruinas.

Apenas el humo se difuminó, el grupo terrorista tomó prisioneros a los sobrevivientes cristianos, separando a las mujeres y niños de los hombres adultos. Estos últimos, serían crucificados como mofa a aquella religión de infieles.

Igual o peor suerte correrían los niños, algunos serían vendidos para el tráfico de órganos o las redes de pedofilia, mientras que a los mayores, los adoctrinarían según la fe sunita para convertirse en mercenarios. Las mujeres, serían previamente violadas antes de morir y, en el mejor de los casos, subastadas junto con las niñas como esclavas sexuales.

Nadie parecía sentir piedad ni compasión por aquellos Zindīqs, término utilizado para denominar a quienes no profesaban la misma fe de la terrible milicia. Todos en el campamento sabían el oscuro destino que les esperaba por esta causa y nadie osaba oponerse, a riesgo de correr la misma suerte.

Tarik estaba asqueado de tanta violencia entre sus manos, pero rezaba con todas sus fuerzas para que nadie lo notara. Cualquier signo de debilidad, podía pagarse con la propia vida o con la de su familia.

Muchas cosas habían cambiado décadas atrás con la llegada de los terroristas sunitas del DAESH: Estado Islámico de Irak y el Levante, más conocido como ISIS. Aquel grupo había sido el pionero de una serie de milicias que evolucionaron con los años, hasta convertirse en algo distinto a simples células de mercenarios. El ejército inicial, había devenido en una organización política, militar y económica, que pretendía extenderse por el mundo respondiendo a los intereses del denominado «Nuevo Orden Mundial». En apariencia parecían pertenecer a la religión musulmana, pero su misión era unificar el poder mediante la guerra santa, conformando un nuevo imperio a nivel internacional que apoyaba a uno de los grandes bloques en conflicto.

El plan global, consistía en utilizar a las religiones como herramienta y excusa para la guerra, financiando a ambos bandos hasta lograr los objetivos. Se trataba de imponer una dictadura a nivel político y religioso, asignando también nuevas reglas de mercado a nivel económico.

El cometido primario del Estado Islámico, era tomar control de toda la región de oriente medio y posteriormente seguir con la expansión internacional, uniéndose con los distintos bloques de poder financiados por las élites, para generar el miedo necesario y así abonar el camino a la imposición de gobiernos autoritarios. La estrategia fue lanzada el día en que el imán Abdul Al Baghdabi llamó a la guerra santa, recrudeciendo la violencia y la radicalización del Islam, con la aplicación estricta de la sharía. Había que reconquistar los territorios de Alá como en la edad de oro del califato, por lo tanto, era cuestión de fe y honor, cumplir con el mandato de la yihad.

Ayman Al Said, jefe militar de la facción del sur de Siria, era un reconocido guerrero de las tropas musulmanas. Se lo buscaba vivo o muerto en todos los servicios de inteligencia del mundo occidental. El comandante manejaba negocios petroleros para financiar el armamento del Estado Islámico, siendo parte de las altas jerarquías que estaban poniendo al mundo de rodillas.

Al Said tan solo se consideraba a sí mismo, como un buen muyahidín musulmán. Un guerrero de la fe que acataba los suras del Corán, procurando extender la ley de Alá por el mundo. Ese era el sagrado decreto de la yihad y a esa misión había encomendado su vida.

A lo lejos, comenzó a escucharse el adhan salat de un almuecín llamando a las plegarias de la puesta de sol.

Ayman y sus hombres cumplieron con el ritual, orientándose hacia la Meca. Muchos de ellos, justificaban sus acciones mediante el ejemplo de Mahoma como gran guerrero de la fe. El profeta también había degollado cientos de infieles para merecer el paraíso. Por tanto, guerra, política y religión, no eran opuestos irreconciliables para los terroristas islámicos.

No obstante, por ese día ya no habría más ejecuciones, ahora era momento de rezar y más tarde comenzarían los festejos privados con las mujeres cristianas.

Al día siguiente la suerte estaba echada, pero esa noche había que disfrutar el botín.

Tarik vio ponerse el sol mientras por el lado opuesto crecía la luna. Le parecía extraño cuando ese encuentro de astros se producía en el cielo y aquello invariablemente le hacía pensar en Aisha, la que había sido su prometida. Sin embargo, esa noche su mente no podía regodearse en dulces recuerdos.

Las risas de los hombres de Ayman y los gritos desgarradores de niñas y mujeres comenzaron a oírse en el campamento. Tarik esperó que estuviera oscuro y se dispuso a caminar para alejarse de aquel infierno.

Su mente precisaba estar en blanco y su corazón llorar, aunque fuera sin derramar lágrimas. Esas niñas y mujeres podían ser su hermana o hasta su propia madre, pensó. La sola idea le produjo arcadas y el vómito no tardó en expandirse sobre las arenas del desierto.

Miró nuevamente la luna que ahora estaba acompañada de un séquito de estrellas. Deliberó sobre la cantidad de veces que aquel astro habría sido testigo de actos crueles como aquellos.

No obstante, algo le hizo pensar también en otras lunas cómplices de intrépidos viajeros, poetas y enamorados. Lunas que él también quería llegar a conocer. No obstante, en ese momento, el amor parecía algo tan lejano de ese campamento, como el más distante de los planetas.

Su corazón, a pesar de todo, por momentos insistía imaginando el rostro de su amada. En algún lugar lejos de ese infierno, estaría la dulce Aisha de los ojos color noche.

Él la había conocido cuando apenas era una niña, pero ahora sería una joven de unos dieciocho años, apenas tres años menor que él.

Tarik todavía guardaba la esperanza de que más allá del tiempo y la distancia, ella todavía lo recordara.

«Las mujeres del desierto—le había dicho su madre una vez—siempre saben esperar al amor verdadero».

Y Aisha era una mujer del desierto.

CAPÍTULO 3ELLAS

Fátima era la menor de las cuatro. Quizás por haber sido la niña mimada, era tan distinta de sus hermanas. En una familia de mujeres devotas, ella había resultado ser la excepción, convirtiéndose en una adolescente agnóstica y feminista.

Para su madre Sara, su pequeña era tan solo una chica rebelde que requería más atención, pero esta no era una opinión compartida por el resto de sus hijas.

La joven poseía un agudo intelecto y avidez cultural, que la hacían un extraño fenómeno entre sus amistades. La costumbre de aislarse durante horas ensimismada en la lectura, le habían causado más de un problema de relacionamiento, por lo que Fátima no era precisamente una chica popular.

A pesar de ser una joven de belleza exótica, raramente aceptaba citas con muchachos. Salía en grupos mixtos, pero prefería la compañía de chicas de su edad.

Sara la excusaba pensando que como su padre había fallecido cuando ella era pequeña, tal vez viera a los hombres como seres extraños o incluso, peligrosos.

Pilar, su hija mayor, la más sensata de las cuatro hermanas, era quien estaba más preocupada por el comportamiento de la menor. Encontraba excéntricas las reacciones de Fátima, especialmente por tratarse de una adolescente de diecinueve años. Tampoco le gustaba el contacto de su hermana con las corrientes feministas que generaban un permanente enfrentamiento entre hombres y mujeres y con ello, producían cada vez más violencia en la sociedad.

Para una mujer pragmática, exitosa arquitecta, que estaba casada y a la espera de su primer hijo, su hermana menor iba por mal camino.

Varias veces había intentado hablar con ella, pero Fátima la evitaba de todas las maneras posibles. Mucho más desde que supo que Pilar estaba embarazada. Parecía que el lazo que antes las unía a través de las charlas sobre artes y ciencias, se había cortado definitivamente entre ellas.

Nada pudo hacer Isabella, la hermana del medio, para unirlas en una charla en familia. Ni siquiera cocinándoles algo rico para compartir una tarde junto al fuego.

La situación en aquel entonces estaba realmente tensa entre las hermanas Pittameglio. Mucho más, desde que la hermana que le seguía en edad a Pilar, se había ido como monja misionera a medio oriente.

Belén era la pacificadora de la familia. Tenía esa extraña virtud de apaciguar a las «fieras» simplemente con una sonrisa. Cada una de sus hijas representaba un tesoro para Sara, pero Belén siempre había sido especial no solamente dentro del seno familiar. Ella era la única que sabía hacer de puente entre personalidades tan diferentes, generando entendimiento y comprensión. Por eso ahora se notaba tanto su ausencia.

Sara también extrañaba mucho a Antonio, su amado esposo y padre de las chicas. La figura masculina y paterna, era indispensable en esa familia de cinco mujeres y ella hacía demasiado tiempo que estaba sola al cuidado de sus hijas.

En esas reflexiones se encontraba como madre, cuando el grito de Isabella se escuchó desde la cocina.

—¡Mamá! ¡Fátima! ¡Vengan! ¡Por favor, vengan ahora!

Las dos acudieron rápidamente al llamado y entonces lo vieron.

En las noticias mostraban la explosión de una iglesia católica en las afueras de Palmira, en Siria. Niños, hombres y mujeres, yacían en una masa inerte y confusa. El causante del desastre, según decía el informativo local, había sido un grupo terrorista perteneciente al Estado Islámico, que incendió la iglesia durante la misa y tomaron rehenes entre los sobrevivientes. Para desesperación de todas, aquella tragedia había ocurrido en la congregación de misioneras a la que había sido asignada Belén.

El horror hizo que madre e hijas se abrazaran como si con ello pudieran salvar una vida. Sara se cubrió el rostro con las manos, no podía ni quería ver más de todo aquello.

Isabella se puso a llorar abiertamente y Fátima quedó inmóvil, con la mirada perdida en sus propios pensamientos y sin pronunciar palabra. Le había advertido varias veces a su hermana Belén, que eso de ser misionera no iba a traer nada bueno a su vida. Esa religión retrógrada, solamente iba a utilizarla para sus propios fines y lamentablemente este era el resultado.

Instantes después, se sintió un ruido de llaves en la puerta de entrada. Tras él, la voz de Pilar preguntaba por su madre desde el zaguán.

Las tres mujeres esperaron a que cruzara la sala con temor a contarle lo sucedido.

—¡Mamá! ¿Qué sucede? —preguntó Pilar al ver sus rostros pálidos.

Sara le pidió a su hija que se sentara, en lo avanzado de su embarazo no era bueno que se alterara. Además, tampoco sabía cómo contarle una noticia tan trágica sin tener verdadera certeza de lo sucedido. Sara e Isabella buscaban las palabras más adecuadas para contarle la noticia, pero fue Fátima quien en forma tajante dijo a su hermana cuál era la situación.

—Pilar, es por Belén. No sabemos si está viva o muerta. En la televisión mostraron un ataque de grupos terroristas del Estado Islámico, a la iglesia donde ella estaba de misión en Siria. Ha habido decenas de muertos y se han tomado varios prisioneros, pero aún no se sabe si fueron todos ejecutados o qué han hecho con los sobrevivientes.

Los ojos de Fátima brillaban como estrellas frías mientras relataba los hechos, pero las lágrimas se resistían a caer. Pilar quedó lívida, solamente atinó a sentarse en la silla más próxima y a abrazarse fuerte de su madre. El práctico cerebro de la mayor de las hermanas Pittameglio, buscabala manera de procesar aquella situación. Sin más palabras, todas buscaron confortarse en un único abrazo. Mientras tanto, en la pantalla del televisor, el horror de la guerra continuaba como telón de fondo de esa íntima tragedia familiar.

CAPÍTULO 4DOS MUNDOS

Cansado de caminar y angustiado por sus propios pensamientos, Tarik decidió buscar un lugar donde sentarse y descansar por un momento. Sin darse cuenta, sus pasos lo habían llevado de regreso hacia las ruinas de la pequeña iglesia que esa mañana habían dinamitado. Al percatarse, el corazón le dio un vuelco, pero algo más fuerte lo llevó a ingresar entre los escombros de lo que fuera la capilla, quizás para pedir perdón en silencio.

Entró con sigilo entre las piedras y vigas de madera, pero al instante se percató que no estaba solo en aquel lugar. Alguien lloraba ante los restos del antiguo altar.

Su curiosidad le hizo acercarse un poco más y entonces la vio. Una mujer se hamacaba al son de la tristeza sobre el cuerpo sin vida de un niño, apretando con fuerza una medalla. Tarik decidió que lo mejor era irse sin que ella lo viera, pero al hacerlo, se cruzó con la mirada clara de la joven, que advirtió por su vestimenta, se trataba de una religiosa católica.

Seguramente, pertenecería a la congregación de la iglesia que su grupo había quemado sin compasión esa mañana.

Se llenó de vergüenza, no sabía qué decir, pero ambos se habían quedado mirando como si lo supieran todo. Entonces ella le habló en un árabe rudimentario:

—Me llamo Belén —le dijo—. Fui a la ciudad a comprar alimentos para la cena y por cosas de Dios, no pude llegar a tiempo para estar presente en la misa. Realmente hubiera preferido nunca haber visto lo que vieron mis ojos al llegar —terminó de decir con lágrimas resbalando por sus mejillas.

El guerrero bajó la mirada y finalmente solo alcanzó a responder:

—Mi nombre es Tarik, he estado esta mañana durante la quema de la iglesia. Pero no tienes nada que temer, no te haré daño, lo juro por el mismo Alá que hoy mandó matar a tus hermanos infieles.

Belén dio un paso hacia atrás como llevada por una fuerza sobrenatural. ¿Entonces ese hombre era uno de aquellos monstruos? ¿Uno de esos desalmados capaces de matar inocentes que escuchaban la palabra de Dios?

No había nada que hablar con aquella bestia, solo tenía que huir lo más lejos posible y así lo hizo. Salió corriendo todo lo rápido que le permitieron sus piernas y las vestiduras. Pero Tarik fue tras ella y sin mayor esfuerzo la alcanzó sujetándola por los hombros. La religiosa gritó como un animal herido, pero Tarik le tapó la boca con una mano y la obligó a callar susurrándole al oído:

—Si no te callas estarás muerta. No soy yo quien te matará, pero no te quepa duda de que si en el campamento te escuchan y llegan a saber que ha quedado algún sobreviviente, vendrán por ti y te buscarán hasta en las entrañas de la Tierra. Te aseguro que no te gustará el destino que han tenido esta noche tus hermanas, puedes confiar en mí o rogarle a tu Dios por tu cuerpo y alma.

Las palabras de aquel hombre sonaban verdaderas, pero el temor que sentía era igualmente poderoso. Sin embargo, Belén entendió que gritar en ese momento solo empeoraría las cosas. Conocía lo que sucedía con las prisioneras católicas y los terroristas del Estado Islámico. Se le helaba la sangre de solo pensarlo.

Por fin decidió confiar, aunque fuera difícil de aceptar, ese hombre enemigo, parecía ser su única alternativa de permanecer con vida.

—Está bien, no gritaré, puedes soltarme —dijo sollozante.

—Muy bien, mejor para ti y también para mí. Tal vez no lo creas, pero ya no soporto más el peso de las almas que se han ido entre mis manos. No quiero seguir derramando sangre esta noche. Conmigo estás a salvo —replicó ese hombre joven, demasiado serio para su edad.

Los dos se miraron con desconfianza pero al mismo tiempo con un extraño sentimiento de piedad.

—Mira, extranjera —agregó él súbitamente—, no te conozco, no sé nada de ti y no quiero saber nada sobre tu vida, pero he visto ya demasiadas muertes y cosas terribles en estos días. Así que te propongo algo, que haré más por mí que por ti. Te traeré comida y armarás un atado con tus pertenencias para irte de aquí esta misma noche. Vete hacia el norte, hasta la frontera con Turquía e intenta llegar a Europa desde allí. Esa es tu única posibilidad de sobrevivir. ¿Me has comprendido?

Belén no salía del asombro, simplemente miraba como hipnotizada a ese hombre de piel moruna y ojos oscuros, intentando adivinar sus intenciones.

Viendo el horror en la mirada de la joven, Tarik decidió hacerla enterar en razones.

—¿De dónde eres? ¿Por qué has llegado hasta aquí? —preguntóel musulmán, encendiendo lentamente un cigarrillo.

—Soy uruguaya —respondió la religiosa—. Pero he sido enviada en misión especial desde Roma.

—¿Una misión católica aquí? ¿Para qué? —cuestionó él sin comprender por qué una religión, mandaría a un grupo de mujeres hacia una muerte segura.

—Nuestra fe es una fe de obras y ayudar a los refugiados cristianos en Siria, era el sentido de mi vida hasta ahora. —expuso ella, relatando su misión.

Tarik no tenía idea dónde quedaba el país de origen de la joven, ni tampoco conocía cuáles eran las bases de su fe, pero prefirió no preguntar nada más. Le daba vergüenza poseer escasa formación. En su familia nadie había podido brindarle buenos estudios y quizás por eso, la guerra había sido su única alternativa.

Por otra parte, a pesar de lo extraño de la situación y de la reacción inicial de la religiosa, lo que llamaba poderosamente su atención era ese halo de bondad que envolvía a la joven y eso lo incomodaba.

—Bien —dijo el guerrero sin más comentarios—, espérame aquí junto a estas ruinas y ve juntando tus cosas. Intentaré traer víveres y algún medio de transporte para que puedas movilizarte. Tienes pocas posibilidades de sobrevivir, pero en esta ciudad tomada por nuestro ejército ya no te queda ninguna.

Belén no contestó. Su deber era estar en ese lugar con la congregación de las agustinas, pero comprendió que tal vez, Dios estuviera hablándole a través de ese hombre, para que fuera a cumplir sus objetivos en otros lugares. Debía preservar su vida para continuar con la tarea que tenía encomendada. Algo en su interior le decía que podía confiar en el desconocido, aunque las apariencias indicaran todo lo contrario.

Aguardó cerca de dos horas a su regreso. Ya casi había desistido cuando divisó a lo lejos una figura montada en una vieja motocicleta con un par de alforjas a cada lado.

—Esto es todo lo que pude conseguir para ti —anunció Tarik bajando del vehículo—. Aquí tienes víveres y agua para dos semanas aproximadamente. Esto otro es un hiyab —agregó sacando del bolso un pañuelo negro—. El mismo atuendo que usan nuestras mujeres para salir de sus casas. Tienes que cubrir tu cabeza y tapar tus ojos con estos lentes oscuros y debes intentar, sobre todo, que nadie vea tus cabellos. Son de un color exótico en estas tierras y llamarías mucho la atención. En todo momento debes fingir que tu marido está cerca y vendrá a buscarte. ¿Me has entendido? Es importante que viajes en lo posible acompañada por otras mujeres e intenta siempre dirigirte hacia el norte —le explicó ese hombre extraño, señalando una estrella—. No te detengas hasta llegar a la ciudad de Tell Abyad cercana a la frontera con Turquía. ¿Comprendes?

—Sí, entiendo —alcanzó a responder Belén con un hilo de voz.

—Allí pregunta por la familia de Tarik Guala y cuando encuentres a mi madre, entrégale este sobre de cuero que grabé cuando era niño con mi nombre. Así sabrá que vas de mi parte. Dentro contiene una carta, ella podrá ayudarte.

Belén asintió todavía con temor, pero confiando en lo que parecía ser su única alternativa de supervivencia.

—También debo pedirte un favor personal, extranjera. —Dijo Tarik sacando una pequeña bolsa de terciopelo azul—. Lleva este regalo a mi prometida. Su nombre es Aisha Amin Bigdabi, mi madre sabrá cómo hacer para encontrarla. Es importante que cuides esto que te entrego. Se trata de un objeto muy delicado que ni siquiera mi propia madre debe abrir para verlo. ¿Entiendes?

—Comprendo —repitió Belén—. No te preocupes, me has ayudado y tienes mi palabra de que haré todo lo posible para retribuir tus favores. No sé por qué haces todo esto, pero rogaré a Dios por el bien de tu alma. Que la paz sea contigo, Tarik Guala —Deseó la chica de ojos transparentes como el agua de un oasis.

—Salam aleikum, extranjera —replicó él, entrecerrando los ojos más negros que ella hubiera visto en su vida.

CAPÍTULO 5EL SALÓN OVAL

En el ala oeste de la Casa Blanca, frente a un escritorio adornado con el escudo del águila calva, se encontraba ella. Esa mañana habría una importante reunión con el Consejo de Seguridad Nacional. Tenían poco tiempo y muchas cosas para resolver, pues la vida de una nación y de buena parte del mundo occidental dependía de sus decisiones.

Desde la asunción de la presidencia, cada día había sido un desafío como primera mujer al mando de la nación más poderosa del mundo. Pero nunca como ese día sentía la responsabilidad pesando sobre sus hombros.

Margaret, su secretaria, la llamó por el interno.

—Ya han llegado todos —anunció.

—Que pasen entonces —invitó ella—. Estoy pronta.

Tres hombres de traje oscuro, dos generales y cuatro mujeres de aspecto ejecutivo componían el grupo de consejeros que abordarían los principales asuntos de seguridad nacional. De ellos dependía la respuesta al último ataque terrorista que se había activado contra los aliados occidentales, entre los que se encontraban los Estados Unidos.

La meta estaba clara. Había que hacer desaparecer al Estado Islámico y a los terroristas, aunque en un principio ellos mismos hubieran alentado la formación de aquel monstruo.

Sin embargo, ahora esos grupos estaban totalmente fuera de control y tenían bajo amenaza bases estratégicas e importantes reservas de petróleo de los americanos. Por otra parte, la extensión de los dominios del Estado Islámico y su poderío económico y militar ya había crecido demasiado. Era el momento de ponerle fin.

Washington y el bloque occidental europeo habían creído que estos terroristas no serían más que una cuadrilla de asesinos a sueldo, manipulables como tantos otros en el pasado.

Históricamente, la superpotencia había aprovechado estas situaciones y, quizás por eso, alimentaron el poder militar de aquellas tropas realizando negociaciones por debajo de la mesa, procurando utilizarlos para sus propios intereses. Pero el Estado Islámico había dejado de ser un simple grupo de guerrilleros. Actualmente tenían moneda propia y comenzaban a autoabastecerse militar y económicamente, conquistando nuevos territorios y extendiendo sus dominios.

Como presidente de la nación, ella sabía que para combatir estos grupos había que incrementar las alianzas internacionales, tanto las manifiestas como las ocultas, en aquellos territorios. Estas últimas, tal vez fueran las más valiosas frente a la posibilidad de una guerra global y el descubrimiento de nuevas tecnologías de armamentos.

Arabia Saudita y Turquía eran actores clave en oriente medio para los aliados occidentales, pero el mundo musulmán ya desconfiaba de ellos y eso los hacía poco útiles a sus intereses.

Unos aliados indirectos, mucho más efectivos para combatir a los extremistas islámicos, habían resultado ser los kurdos. Estos eran un grupo disperso por distintos países del mundo musulmán, que tenían su propio idioma y religión y que aspiraban hacía muchos años a la conformación de un país independiente. Esta situación de marginalidad y opresión, los convertía en necesitados de una alianza fuerte especialmente con los Estados Unidos.

Tanto en Irak, Siria, así como en Turquía, las comunidades kurdas conformaban fuertes organizaciones que resistían los ataques del Estado Islámico, pero los kurdos mantenían de todas formas sus intereses separatistas.

El objetivo estaba claro para los Estados Unidos. Había que desarticular el terrorismo de guerrillas y su expansión por el mundo, por lo tanto, era preciso buscar los aliados adecuados, fueran estos quienes fueran.

Lo que preocupaba últimamente a los consejeros de Estado americanos, era la amenaza de ataque de un terrorismo bioquímico interceptado a través de las redes secretas del Pentágono y la CIA.

Lamentablemente, frente a la primera señal de alerta en las denominadas «Marianas» de internet —el nivel más profundo de la deep web— se había tardado demasiado en responder y tomar medidas. Por eso ahora era necesario actuar sin demora.

El objetivo era desarticular una compleja red que tenía base en distintos países musulmanes y que, debido a su enorme crecimiento demográfico eran ahora una pesadilla.

La reunión comenzó con palabras de la señora presidente, quien fue breve y concisa:

—Señoras, señores, todos saben por qué han sido convocados y los motivos apremiantes que debemos resolver. Aguardo vuestra información y consejos estratégicos. Yo me encargaré de conseguir los respaldos políticos necesarios, tanto en nuestro país como a nivel internacional. Pueden contar con mi absoluto compromiso y dedicación para estos fines —concluyó.

A continuación, el primero en hacer uso de la palabra fue el ministro de Seguridad Nacional. El general Maclean era un veterano de guerra con años de experiencia en los conflictos con medio oriente.

Sin mayores rodeos, aquel hombre que ya peinaba canas expresó:

—Es momento de atacar, movilizar tropas e interceptar posibles contraataques. Los rusos, los chinos y todo el bloque oriental están tomando la delantera en este asunto. En cuanto a la amenaza de armas químicas y bacteriológicas, tenemos información clasificada del servicio secreto israelí, sobre la nueva pandemia en la que nos encontraremos si no actuamos a la brevedad.

Pese al informe adverso que presentó el consejo económico, todos los demás participantes de la reunión sabían que si no intervenían en Siria, la guerra en oriente medio se perdería y las consecuencias serían nefastas.

La potencia nuclear americana estaba siendo superada por alianzas del enemigo con socios estratégicos. Entre ellos financiaban experimentos de armamentos químicos, que estaban empezando a desestabilizar los servicios de inteligencia americanos.

Ya era hora de poner freno a las nuevas armas introducidas mediante la importación de alimentos, las cuales, por alguna extraña reacción química, generaban la muerte selectiva de cientos de miles de personas a lo largo y ancho del mundo.

La guerra estaba tomando dimensiones que afectaban a la salud pública internacional, de una forma tan sutil como mortífera. En algo tan corriente como la importación de aves desde medio oriente, había sido implantada la simiente del desastre y ahora la pandemia se extendía por todo el planeta.

Los terroristas habían descubierto la manera de hacer penetrar las armas químicas de forma silenciosa. Parecía el principio de un tipo de guerra que no se había planteado anteriormente y que coincidía con el aumento de la compra de productos con el rito halal, obligatorio para la alimentación musulmana a nivel internacional.

Por otra parte, aquella amenaza esbozada en la ONU de los años setenta, planteada por el argelino Houari Boumédiène de conquistar el mundo con el vientre de las mujeres musulmanas, parecía estar materializándose. La profecía no solamente afectaba la demografía, la cultura y la religión, sino la vida política y a la economía internacional. Si la población islámica radicalizada continuaba en franco crecimiento, era cuestión de pocos años para que dominaran el mundo e impusieran sus dogmas.

La estrategia terrorista era financiada en las sombras por los grandes poderes de las corporaciones y la denominada “Nobleza Negra”, quienes se beneficiaban históricamente del fanatismo religioso. En los países occidentales, se compraban alimentos con rituales halal para refugiados y emigrantes musulmanes, para conformar los valores de este tipo de población. No obstante, actualmente estos productos se habían transformado en bombas químicas de activación selectiva y esa era la gran preocupación.

Estados Unidos y Europa habían sido notificados y advertidos de la situación y ya estaban intentando deshacerse de estos alimentos. Pero en la actualidad, era difícil saber cuáles de ellos contenían potencial mortífero y cuáles no, pues en contacto con otros productos alimenticios transmitían estas nefastas capacidades. Debido a la expansión del comercio musulmán y al supuesto contagio entre los alimentos, había comenzado un tipo de guerra donde el caballo de Troya podía encontrarse en el plato de comida de cualquier familia. De esta forma, la mesa estaba servida para el desastre.

—Pues entonces, nos desharemos de las últimas importaciones de alimentos de medio oriente y volveremos a una política subsidiada de producción, mientras nos organizamos militarmente —propuso ella.

El general Maclean asintió agregando:

—No será sencillo, señora presidente, sobre todo por el crecimiento de nuestra propia población musulmana, que demanda este tipo de alimentos con el ritual halal. No obstante, junto a la dirección de salud y producción alimenticia, intentaremos que se realice ese ritual dentro de los Estados Unidos y con el control de nuestro gobierno.

Me parecen excelentes medidas, general, pero debemos pensar también en una estrategia de respuesta militar —expresó la presidente, acomodando su cabello detrás de las orejas.

—Por cierto —continuó Maclean—, en cuanto al contraataque, hemos pensado que podemos emular la estrategia kurda que parece estar dando buenos resultados.

—¿Los kurdos? Tenía entendido que eran un pueblo bastante atrasado militarmente con respecto a nosotros. ¿Cuál es esa estrategia, general?

—Las mujeres, Sra. presidente. Las mujeres armadas.

—No entiendo, general.

—«Todo hombre que muera en manos de una mujer en combate dejará de merecer el paraíso», recitó Maclean. Así lo dispone la sharía y la interpretación que le dan los extremistas a los suras del Corán.

Debido a estas creencias, las milicianas kurdas los están exterminando en algunos puntos de la resistencia, tanto en Irak como en Siria —añadió otro de los miembros de la comisión de seguridad —. Por lo tanto, tal como indica el general Maclean, las mujeres armadas en el combate cuerpo a cuerpo son una buena apuesta estratégica.

—¡Vaya! —Sonrió la presidente—. Parece que después de todo sí existe una kryptonita para estos terroristas desbordados —apuntó ella, mirando fijamente al general en jefe.

—Mandaremos nuestros propios ejércitos femeninos — concluyó Maclean—. Nos encargaremos de ello—acotó su subalterno, mientras el resto de los presentes asentía unánime.

CAPÍTULO 6KURDISTÁN

—«El sueño de nuestro pueblo y sus máximas aspiraciones, es formar un Kurdistán libre y las próximas generaciones así lo merecen» —exclamó Samira a viva voz, para finalizar su discurso.

Aisha la miró con esa admiración que se siente por alguien coherente con sus valores, que lucha por las causas elevadas de su pueblo.

Samira se había convertido en una guerrera reconocida y una líder querida por su gente, debido a las últimas batallas en las que había participado con el temple digno de una coronel. Ese era el rango militar que ocupaba actualmente dentro del escuadrón de mujeres y se había convertido casi en una leyenda para el pueblo kurdo.

Todos los presentes la aclamaron emocionados. Había sido un día de victoria gracias a la intervención del batallón femenino que integraba la Peshmerga, que en idioma kurdo significa lisa y llanamente «los que enfrentan a la muerte».

Con la conjunción de tropas mixtas y debido a una ingeniosa estrategia militar llevada adelante por Samira y el coronel Helmut Bonim, los kurdos habían reconquistado la ciudad de Kirkuk. Gracias a ello, ahora tenían acceso a varios pozos petroleros, que redituaban en mayores ganancias para el gobierno regional de Kurdistán, denominado usualmente con las siglas GRK.

Dicho gobierno, se había empobrecido por financiar la guerra contra los terroristas en suelo sirio e iraquí, pero sus intenciones últimas eran asentar el nacionalismo y generar los cimientos de lo que sería un nuevo país independiente.

El GRK había logrado instalarse en Irak luego del derrocamiento de Sadam Hussein y ahora estaban haciendo grandes avances en territorio sirio, gracias a la ayuda económica oculta de distintos gobiernos; entre ellos el de los Estados Unidos.

Esta superpotencia apoyaba al GRK para que los terroristas del Estado Islámico fueran exterminados en el propio nido de la serpiente y no llegaran hasta occidente.

Turquía, por su parte, siempre se había mostrado reacia hacia la independencia del Kurdistán, pero con las nuevas conquistas territoriales de la Peshmerga, finalmente debían aceptar que el ideal nacionalista del pueblo kurdo estaba por concretarse.

Por lo tanto, el Gobierno de Turquía consideraba mejor estrategia comenzar a ser amigable con los futuros vecinos. De esta forma, pacificaba a su propia población, pues existía una gran cantidad de kurdos dentro de sus fronteras que servían de dique de contención ante el avance de los terroristas islámicos.

Samira hacía muchos años que había sido reclutada en el ejército nacional de mujeres kurdas, siendo en ese entonces prácticamente una niña. Aquella mujer de rasgos arios, con ojos azules y cabello rubio como el trigo maduro, había ingresado en principio como un simple soldado raso. Pero debido a su arrojo e inteligencia, rápidamente había escalado posiciones logrando una participación relevante en la Peshmerga femenina.

Actualmente, también tenía un futuro prometedor en la Unión Patriótica de Kurdistán a nivel político, y para una joven de veintiocho años, esto era mucho más de lo que podría haber imaginado.

La guerrera kurda simplemente agradecía la oportunidad de poder luchar por su nación y vengar la muerte de su familia. La milicia ya era su forma de vida y la libertad de su pueblo su mayor anhelo.

El reclutamiento de mujeres para la Peshmerga a nivel internacional, estaba dando grandes resultados. La división femenina del ejército kurdo, se enorgullecía de ingresar cada día nuevas reclutas de Europa y Asia que venían a dar la vida por su patria.

Este pueblo estaba logrando sin habérselo propuesto, una meta social evolucionada que se reflejaba a nivel político en la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, lo cual era un enorme avance en relación con siglos anteriores.

Asimismo, la sólida unión entre los dos sexos en la batalla, junto con el crecimiento del nacionalismo kurdo, estaba resultando en la mayor fuerza de combate opositor jamás imaginada por los ejércitos del Estado Islámico.

Los terroristas solo veían en sus huestes masculinas a los ejecutores y beneficiarios de una lucha sanguinaria, tratando a sus mujeres peor que a los animales. Esta situación provocaba divisiones y debilidad interna en sus batallones y en la sociedad civil.

El mal trato hacia la mujer islámica por parte de estos hombres, si bien se escudaba en una particular interpretación del Corán y la sharía, era innegable que servía de pretexto para cometer los peores abusos a los derechos humanos. Los extremistas no solamente despreciaban a sus mujeres como «sexo débil» que no servía a sus fines militares, sino a todo aquel que profesara un credo diferente al islamismo sunita radical.

Estos hombres solo entendían de guerras violentas, aunque insistieran en denominarlas como «guerras santas», pero un ejército entrenado para matar formado por mercenarios, no estaba preparado para enfrentarse a mujeres guerreras que luchaban a la par de los hombres por su patria. Ellas no temían empuñar las armas y dar la vida por un valor superior como era la libertad de su pueblo.

El combate femenino y la perspectiva de lograr un Kurdistán independiente, iba absolutamente en contra de los intereses del Estado Islámico tanto a nivel político como religioso. Constituía un verdadero escándalo aquello de la igualdad entre hombres y mujeres en batalla, lo que empezaba a solidificarse también a nivel social en el pueblo kurdo.

Quizás por eso, los combates contra este pueblo eran cada vez más violentos por parte de los radicales, quienes en caso de vencer torturaban a la población civil de la forma más cruel, empalándolos y cortando sus cabezas o directamente matándolos de hambre y sed en el desierto.

—¡Aisha, ayúdame con el cargamento! —pidió Samira, a la recluta ingresada recientemente bajo su mando.

Aisha Amin Bigdabi, hacía pocos meses que había cumplido dieciocho años y se había enrolado para ingresar en la Peshmerga para combatir por la independencia.

La muchacha no tenía grandes cualidades para la lucha, pero destacaba en las ciencias y la medicina. Por ese motivo, en aquellos momentos actuaba colaborando con las enfermeras de la división que comandaba Samira.

Íntimamente, Aisha esperaba con ansias poder llegar a desempeñarse militarmente, pero su anhelo todavía parecía lejos de ser interpretado por la coronel.

Siguiendo las directivas de Samira, las mujeres fueron bajando los paquetes de víveres del camión que había llegado esa mañana desde el sur de Siria. Era importante clasificar el cargamento de alimentos y medicinas para racionalizar las demandas, tanto dentro de la población civil como en el ejército.

Las reclutas fueron ordenando los alimentos para ser distribuirlos primero en el campamento masculino, que era donde más se necesitaban. Mientras tanto, las medicinas quedarían en el campamento de las mujeres para que Aisha y sus compañeras las ordenaran.

Nadie en el campamento sospechaba, que en los alimentos que provenían de la ciudad de Palmira, pudiera estar escondida la semilla del desastre.

CAPÍTULO 7LAVANDERAS DEL ÉUFRATES

Belén se encontraba exhausta, ya no sabía cuántos días y noches habían transcurrido en su peregrinar por distintos pueblos y aldeas de la Siria rural, siguiendo la estrella indicada por Tarik para no desviarse. Lo más difícil había sido la travesía nocturna por zonas desérticas, pero la gracia divina la había acompañado, y en ese trayecto no hubo de cruzarse con mayores peligros.

En aquel momento había muchas personas que viajaban solas o en pequeños grupos de «caminantes». Hombres, mujeres y hasta niños de diferente edad y religión, buscaban refugio del avance terrorista en las tierras del norte. El objetivo era poder llegar hasta Europa, la nueva tierra prometida para quienes huían de los horrores de la guerra en oriente medio.

Los más agraciados pasaban las fronteras e ingresaban en campos de refugiados. Allí recibían ayuda de organismos internacionales o eran acogidos por algún país que hubiera implementado ese tipo de políticas.

Sin embargo, la mayoría deambulaban en un incierto peregrinar hacia cualquier destino, que no fuera caer en manos de los extremistas fanáticos.

De ese modo, una silenciosa mujer entreverada en un grupo de familias, vestida con hiyab y lentes oscuros, no llamaba mayormente la atención. Había sido realmente muy buena la idea de Tarik de vestirse como musulmana para poder integrarse.

Por otra parte, a pesar de sus magros conocimientos del idioma, Belén siempre había tenido un excelente oído para las lenguas extranjeras. Por lo que las palabras que iba aprendiendo diariamente, las podía repetir luego con gran naturalidad.

Sin embargo, lo que más había colaborado para mantenerse a salvo, era sin duda su actitud de silencio y recogimiento. La misma, generaba un halo protector y un manto de conveniente invisibilidad dadas las circunstancias.

Luego de varios días y noches en la motocicleta hasta agotar la gasolina y después caminando como tantos otros, la religiosa agotó sus reservas de agua y alimentos. No obstante, tal vez por gracia divina, pudo llegar hasta una pequeña aldea sobre el río Éufrates, donde aprovechó para aprovisionarse y descansar.

Mientras se refrescaba en el río, tuvo la fortuna de coincidir con un grupo de mujeres lavanderas. Decidió hablar con ellas mostrándose dispuesta a colaborar y ofreciéndose por si había alguna vacante de trabajo. Su petición fue bien recibida, lo que acrecentó su optimismo pensando que no iba a ser tan difícil encontrar un lugar donde guarecerse por las noches y reunir dinero extra para continuar su viaje hacia Tell Abyad.

«Lavanderas del Éufrates» era el nombre del emprendimiento que se dedicaba al lavado de ropa en forma artesanal. Allí se brindaba servicio a pueblos cercanos donde todavía no habían llegado los avances tecnológicos. En ese entorno, los lavarropas automáticos eran verdaderos artículos de lujo.

Con el correr de los días, Belén fue tomando confianza y estableciendo relación con las mujeres de la aldea. Así consiguió compartir mejores trabajos y obtener algo de dinero extra. De esta forma, obtuvo también un lugar donde dormir en un cobertizo cercano al lavadero principal. Aquello era mucho más de lo que se hubiera atrevido a imaginar cuando partió de la iglesia en ruinas. Pero el tiempo pasaba e iba siendo hora de comprar un boleto para conseguir un salvoconducto hacia Turquía y posteriormente un pasaje desde Roma a Montevideo.

Su segundo objetivo era encontrar a la madre y a la prometida de Tarik. Aquel hombre que vestía el ropaje del enemigo le había salvado la vida y ahora ella quería cumplir con su palabra.

El camino desde la aldea hasta la ciudad de Tell Abyad, se realizaba mediante un camión que llevaba trabajadores, familias y gente como ella que huía de las ciudades del sur. Pero aquel transporte, a diferencia de la peregrinación junto a las familias de refugiados, era peligroso para las mujeres solas.

Belén intuía que esa travesía no sería fácil, por lo que cuando una de las lavanderas comentó que iría hacia el norte con su familia, decidió consultarle para ir con ellos. La excusa de ser viuda y tener que encontrarse en Tell Abyad con la familia de su difunto marido, parecía haber bastado para ser bien recibida.

Kaela era una mujer joven y de personalidad fuerte, a la que Belén le había caído en gracia desde el día en que la vio en el río. Con el correr de los días habían hecho buenas migas, así que cuando Belén pidió unírseles en el viaje, ella accedió de buena gana. La musulmana pensó que era natural que una viuda buscara protección familiar en esas circunstancias.

No era bueno en aquellos tiempos que una mujer quedara sin marido, así que Kaela pensó que quizás, como ella tenía hermanos mayores, Belén pudiera ser de su agrado.

«¿Por qué no?», pensó la improvisada Celestina. Después de todo, Belén era joven, hermosa y respetable. Sus hermanos eran hombres justos y buenos musulmanes que cumplían la voluntad de Alá. Esas eran las bases de cualquier buen matrimonio.

A Belén no le gustaba mentir, de hecho, este asunto de hacerse pasar por la viuda de un musulmán, la torturaba casi tanto como el miedo a caer en manos de los terroristas. Pero confiaba en que su Dios misericordioso le perdonaría estos pecados, a fin de preservar su vida para ayudar a la comunidad cristiana en otro lugar.

El día del viaje por fin llegó, y tal como habían convenido, Belén se encontró con su amiga en la improvisada estación, donde los lugareños tomaban esos precarios medios de transporte.

El objetivo de la familia de Kaela era llegar hasta la ciudad de Kobane, aún más al norte de la que iría Belén. La religiosa sintió que Dios estaba de su parte allanándole el camino, pues esa era la compañía familiar que necesitaba para poder viajar protegida.

Las dos mujeres se saludaron afectuosamente. Kaela siguiendo la tradición presentó su familia a Belén, comenzando por su padre y luego siguió en orden de edad con sus tres hermanos mayores. Por último, le presentó a su madre y hermana menor, que observaron a la extranjera con curiosidad. Pero al mirar a los ojos del hermano mayor de Kaela, la religiosa sintió un escalofrío. Aquel hombre manifestaba demasiado interés hacia ella y lo que era peor, portaba insignias militares del Estado Islámico.

En ese instante, Belén comprendió que la idea de su viudez no había sido tan buena como había pensado. Por algo Tarik le había dicho que se presentara como una mujer casada. También se percató, que había olvidado ponerse los lentes oscuros, pero por fortuna, al menos llevaba el hiyab cubriendo sus cabellos.

Entre las mujeres musulmanas el color de sus ojos era extraño, pero no llamaba tanto la atención. No obstante, una mujer pelirroja era demasiado exótica para esos parajes.

Farid volvió a mirarla con interés. Aquellos ojos color del Éufrates, no eran comunes entre las mujeres de su raza. Él conocía a muchos hombres que pagarían buenos dinares por una esclava así. Lo único que salvaba a la amiga de Kaela de sus tenebrosos negocios, era que fuera una viuda musulmana. A pesar de que se trataba de una mujer extranjera por su fuerte acento, había códigos a respetar durante el luto.

—¿De dónde eres Belén? —preguntó el hombre de forma intempestiva.

Sorprendida y atravesada por aquella mirada oscura, Belén titubeó.

—Soy europea, más precisamente italiana —volvió a mentir la religiosa—. Vivía en Roma con mi familia, pero fui enviada para casarme con un joven musulmán.

—Qué extraño —discrepó el hombre, que no parecía conforme con la respuesta.

En Italia la población musulmana era una franca minoría, así que para hacer más consistente su historia, Belén agregó detalles a su mentira.

—Cuando llegué a la ciudad de Palmira me fue informado que mi marido había muerto en batalla contra los infieles o que tal vez había desaparecido —alcanzó a decir, aferrándose a la última posibilidad de ser una mujer casada.

Kaela meneó la cabeza pensando que su amiga debía abandonar la idea de que su marido aún estaba con vida. Tendría que aconsejarle bien si Belén quería volver a formar una familia. Después de todo, una viuda musulmana solo debía esperar cuatro meses y diez días para sentirse libre y volver a desposarse.

Farid hizo una especie de mueca que Belén interpretó como aprobatoria. No obstante, la sospecha continuaba alimentando aquella mente turbada.

La religiosa se dio cuenta de que cualquier error frente a la familia de su nueva amiga, sería el fin de su misión y seguramente de su vida. Pero era tarde para arrepentimientos, el camión ya estaba en marcha cargado de alimentos, hombres, niños y mujeres con velos oscuros, que viajaban rumbo a las lejanas tierras del norte.

CAPÍTULO 8LA BÚSQUEDA

La desesperación invadía a las mujeres de la familia Pittameglio. Luego de la terrible noticia sobre el ataque terrorista a la iglesia de las agustinas, a todas les costaba seguir con una vida normal.

Por otro lado, por mayores que habían sido sus esfuerzos, no podían encontrar información que confirmara la suerte de la desaparecida. De nada habían servido las tratativas a través del consulado o la comunicación con la sede de la orden religiosa. Sara había comenzado a perder las esperanzas y cada vez era más difícil calmar el desasosiego de sus hijas.

Fue entonces cuando Pilar decidió hablar en privado con su madre. Había algunos asuntos familiares que por ser la mayor conocía sobre sus padres, pero que frente a lo delicado de la situación creía oportuno abordar. Así que esperó un momento de tranquilidad para poder acercarse a Sara.

—Madre, sé que han pasado muchos años desde aquel episodio que llevó a distanciarte de tu hermano, pero dada la gravedad de las circunstancias y el cargo que nuestro tío ocupa actualmente, la única esperanza de dar con el paradero de Belén o confirmar su muerte es que el tío Giuseppe tome cartas en el asunto.

Sara se puso pálida. La misma idea había estado martillando su cabeza desde hacía días, pero prefería apostar por cualquier otra alternativa.

—Lo sé, Pilar, ya lo he pensado, pero son tantos años sin saber de él y sin hablarnos, que no sé qué tanto podemos adelantar si nos comunicamos con tu tío.