Los hijos del Gólem - Clara Bennett - E-Book

Los hijos del Gólem E-Book

Clara Bennett

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Beschreibung

En una sociedad distópica, donde la inteligencia artificial ha invadido todos los ámbitos de la vida humana, nace la rebeldía de pueblos que practican sus tradiciones ancestrales como forma de supervivencia. La lucha entre la humanidad y la tecnología, será intervenida por fuerzas de otras dimensiones, desembocando en una batalla física, psicológica y espiritual. La ciencia ficción se entrelaza con la realidad de una sociedad del futuro, dando lugar a una novela impactante, que mantiene la tensión de la trama, llevando a la reflexión sobre las razones últimas de la existencia.

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Seitenzahl: 301

Veröffentlichungsjahr: 2024

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Clara Bennett

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz Céspedes

Diseño de cubierta: Rubén García

Supervisión de corrección: Celia Jiménez

ISBN: 978-84-1068-268-9

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

A mi familia, «pequeño jardín de afectos».

A mis amigos, que hacen de este mundo un lugar mejor.

A los lectores que comprendan el verdadero mensaje, pues este libro se escribió para ellos.

VIENTRES DE LA CIENCIA

El Dr. Henry Martin sabía que esta vez lo habían logrado.

Luego de varios intentos y décadas de investigación, por fin los vientres artificiales podían hacer todo el proceso de concepción y gestación, para dar a luz seres genéticamente modificados.

Años atrás, su equipo había pasado a la vanguardia logrando hibridaciones y técnicas de reproducción asistida. Incluso habían experimentado con animales e inteligencia artificial. El proceso no pasó de una etapa de prueba, pero habían llegado a insertar embriones humanos en hembras chimpancé, con resultados exitosos.

Aquello había sido toda una revolución para los grupos «minoritarios», dentro de los que estaban los transespecie. No obstante, también sucedieron algunos problemas y malformaciones en los fetos, por lo que este sistema reproductivo no se había llegado a masificar.

Pero ahora era diferente. Con esta invención, se cambiaba de paradigma. Ya no sería necesario el embarazo de ningún ser biológico para dar a luz, todo se haría dentro de un laboratorio.

Estos vientres creados por la ciencia, serían el mayor invento del siglo, para generar cuerpos materiales de mayor fortaleza y capacidades físicas, donde se instalarían programas de inteligencia artificial de alto rendimiento.

Según el Dr. Martin, el envase de un cuerpo humano era más económico, pero no se obtenían los resultados esperados con precisión milimétrica, como en un laboratorio. La naturaleza era azarosa, no obstante, a partir de este último invento, ya no sería necesario sucumbir a sus caprichos.

Los vientres artificiales permitirían diseñar a los individuos con un formato a elección y para los fines que fuera necesario. Por otra parte, como tal tipo de concepción estaba destinada exclusivamente a las élites, el precio no era un factor relevante a considerar.

Desde el punto de vista profesional, lo más importante era que su equipo había obtenido el éxito, que los llevaría a los más altos premios de la academia. El nombre del Dr. Henry Martin, volvería a destacar en las más renombradas revistas científicas, quedando indeleble en la historia.

Actualmente, la clínica que dirigía y llevaba su nombre, era pionera en tecnologías de fertilidad programada y reportaba miles de millones a sus bolsillos y a las cuentas de las corporaciones que lo financiaban. Sin embargo, este último logro, era algo trascendente, que lo situaba más allá del poder del dinero. Su brillante carrera parecía no tener límites.

Tal vez, lo único que quedaba por resolver, eran las cuestiones éticas. ¿Hasta qué punto se quería desarrollar a esta nueva humanidad? ¿Se podría denominar todavía como seres humanos, a los nacidos de estos vientres artificiales? ¿Llegaría el día en que el invento dominaría a su creador?

«¡Tonterías!», pensó. Estos no eran asuntos de su incumbencia y tampoco era un tema de preocupación para las corporaciones mecenas. El costo de la reproducción y de la vida artificial era cada vez más elevado, y eso era lo único que importaba, para hacer de este proceso algo exclusivo.

Por otra parte, la población humana natural, había descendido abruptamente en las últimas décadas. Gracias a una rigurosa agenda, hombres y mujeres jóvenes, eran prácticamente estériles. Por lo que sin ayuda profesional, era inviable llevar a término un embarazo.

El propio Dr. Martin había sido producto de una inseminación artificial, un proceso que actualmente se consideraba básico e inadecuado. Desconocía la procedencia del óvulo de su madre, pues sus progenitores habían sido una pareja transgénero de avanzada edad y limitados recursos económicos, que había programado su nacimiento mediante un vientre de alquiler con subvención estatal. Esto le había generado varios complejos durante su infancia y, por ese motivo, el Dr. Martin consideraba que debían tomarse medidas, para evitar la reproducción entre personas que carecieran del estatus necesario.

No obstante, desde hacía un tiempo las cosas eran diferentes. Existía un mayor control en la calidad de los procedimientos y solamente los miembros de las élites tenían permiso para reproducirse. Había triunfado la razón y la Tierra se estaba convirtiendo en un planeta menos poblado y contaminado. Al menos, eso reportaban los últimos informes de Naciones Unidas y este era un logro obtenido en base al sacrificio.

El Dr. Martin había aprendido desde muy temprana edad, que era necesario eliminar lo que no fuera viable, para adaptarse a las circunstancias. Esa era también la clave de la evolución de las especies.

Siguiendo ese patrón, un nuevo mundo desplegaba los superpoderes de la tecnología aplicada, mientras la naturaleza y su dimensión trascendente perdían la partida.

En esas ensoñaciones se encontraba, cuando vibró el dispositivo tatuado en la muñeca de su mano derecha. Contestó, presionando la palma de la mano, y las pantallas holográficas se desplegaron ante sus ojos. La imagen del jefe corporativo se materializó frente a él.

—Dr. Martin. ¡Finalmente lo encuentro! ¡Quería felicitarlo por este nuevo logro! Estamos orgullosos de Ud.

—Le agradezco mucho, señor Rosenberg. Una vez más, hemos logrado cumplir con los objetivos. A estas alturas, podemos decir que el mundo biológico, está bajo nuestro control.

—Así es, el dominio es casi total. Y digo casi, porque todavía su invención no se ha popularizado. Con el banco de células madre y estos vientres artificiales, será posible dar el golpe de gracia, a lo que se ha conocido como la creación de la vida hasta el momento. ¡De aquí en adelante, ya no serán necesarios ni siquiera los cíborgs, mucho menos los seres de diseño original!

—Esos prácticamente no existen, señor Rosenberg, el último reporte de un nacimiento humano natural, tiene más de una década. Según recuerdo, se trataba de una pareja en la Amazonia, pero fueron exterminados por drones sanitarios. Ya no precisamos ese tipo de seres ingobernables.

—Efectivamente, nuestra generación es hija de la ingeniería genética, pero este invento suyo, nos posiciona en otra escala.

—Exactamente, estos nuevos seres generarán a su vez gametos artificiales, óvulos y espermatozoides que no tendrán origen verdaderamente humano, sino programado por la ciencia.

—Es Ud. Brillante, Dr. Martin.

—Gracias, señor Rosenberg, viniendo de Ud. es todo un halago.

—A propósito, queremos invitarlo para celebrar su éxito en la isla negra. Ud. sabe a lo que me refiero.

—Por supuesto, será un placer. Hace mucho que no tengo tiempo para descansar y reponer energías.

—Perfecto, pasaremos por Ud. el próximo viernes. El jet lo esperará en el hangar de siempre.

—Allí estaré, señor Rosenberg. ¿Tendremos «pizza»?

—De todos los gustos.

—Excelente.

Cerrando la mano en un puño, la conversación fue finalizada y el Dr. Martin comenzó a divagar, imaginando los detalles de sus próximas vacaciones. No pudo evitar excitarse, por lo que se colocó las gafas de inteligencia artificial para tener sexo virtual.

Aquel había sido un día perfecto y presentía que lo que vendría sería aún mejor. La ciencia reinaba y él era uno de sus más destacados cortesanos.

LUNAS DE HIELO

Akna no sabía exactamente cuándo había sucedido, pero su sangrado había cesado.

El último encuentro con Tulok, era tan solo un triste recuerdo. Las fuerzas especiales los habían perseguido y él se había entregado voluntariamente para salvarla.

Todavía no entendía cómo un viejo refugio de turba y piedras, había bastado para ocultarse. Era algo demasiado simple y rústico, pero la había resguardado del enemigo. Sin embargo, ahora nadie podía protegerla y la tristeza la envolvía como el viento del invierno.

Al faltar Tulok, pensó en peregrinar hacia los hielos eternos y entregarse a su destino. Era común en la gente de su tribu, cuando se hacían ancianos y ya no podían sostenerse por sí mismos, o cuando no podían mantener la vida de los recién nacidos. Tal vez ella también lo hubiera hecho, si no fuera porque sabía que dentro de su cuerpo, crecía una nueva vida producto del amor.

Durante aquellos días con soles de medianoche, su rutina se remitía a lo más básico, simplemente sobrevivía gracias al instinto y su «anua» espiritual, la guiaba como la estrella polar. Sin embargo, en aquella tierra poblada de leyendas, sucedían hechos extraordinarios. Sus abuelas se lo habían dicho cuando era una niña, pero al crecer, ella pensó que solo eran historias de fantasía que se contaban junto al fuego, remembranzas de un pueblo atrasado.

No obstante, cuando regresó de la universidad y se reencontró con Tulok, el llamado ancestral pudo más que las ideologías. Ya no vestía como inuit, pero la sangre de ese pueblo aún corría por sus venas. Aquel verano, volvió a pescar, preparar trampas y pasear en trineo con el amor de su infancia, tal como si el tiempo no hubiera pasado. Compartieron varias lunas, recorriendo lugares que eran solo de ellos. Creyeron que eran libres y que estaban más allá del tiempo, su techo eran las estrellas.

Sin embargo, una mañana al salir de cacería, sintieron un ruido que Akna conocía muy bien. No podía entender cómo habían llegado los drones espía hasta ese lugar, pero aquellos moscardones electrónicos, estaban allí registrándolo todo. Tulok no tomó en cuenta sus advertencias, solo atinó a tirarle al blanco y el resultado fue nefasto. Derribó al dron, pero días más tarde aparecieron las fuerzas especiales.

Los buscaban a los dos, pero Tulok le había enseñado aquel refugio abandonado, para que pudieran resguardarse si algo malo sucedía. Intentaron escapar juntos, pero había tiempo solo para uno. Akna quiso entregarse, pero Tulok fue más rápido, y la empujó haciéndola rodar por una pendiente para que pudiera escapar.

Aunque estaba finalizando el verano, aún había zonas con hielo. Sin embargo, en otras verdeaban pasturas, incluso había algunos árboles al descubierto. La manipulación climática lo había afectado todo y las capas de hielo, se hacían cada vez más finas, generando muchos accidentes.

Akna, no recordaba cuánto tiempo esperó en aquel sitio a que Tulok regresara, pero cuando la desesperación la devoraba, decidió volver donde se habían separado. En ese lugar, solo quedaba una bota de piel de foca que ella conocía muy bien. Estaba semienterrada en la nieve y cubierta de sangre fresca. Ella pudo imaginar lo demás.

Finalmente, entendió con tristeza, la dimensión del control que llegaba ahora hasta los confines más remotos de la Tierra. Incluso hasta su pueblo natal, erróneamente denominado como «esquimales», por comer carne cruda. Ella detestaba cuando los llamaban así. Los inuit cazaban solo para cubrir sus necesidades, pero respetaban el espíritu del animal que se entregaba en sacrificio. Además, siempre que les era posible, realizaban un profundo y sencillo ritual, tirando sus vejigas al océano, para que el gran espíritu devolviera la vida a esos seres y el ciclo pudiera continuar.

En la familia de su madre, hubo chamanes que se encargaban de estas ceremonias y hablaban con las estrellas. Personas sabias, que sabían curar con hierbas medicinales y efectuaban ritos de pasaje hacia el mundo del más allá. Pero por el lado de la familia de su padre, las cosas eran muy diferentes.

Sus ancestros paternos provenían de Dinamarca y sus abuelos habían hecho mucho dinero con la extracción de minerales en Groenlandia. Por ese motivo, cuando pasó la edad escolar, le pagaron estudios de Ingeniería en Informática en la costosa Universidad de Nuuk, que había completado con excelencia. Sin embargo, ella nunca olvidó sus orígenes, por lo que una vez titulada, la vida simple de los inuit la llamó de regreso.

A ese pueblo y sus costumbres, sentía que pertenecía, por eso, se las había arreglado para no tener que sucumbir a las normas y cultura de la sociedad moderna. Incluso, había decidido preservar su ADN intacto, gracias a una programación de software que ella misma había diseñado y que la acreditaba como inmunizada. También, había falseado su perfil de puntaje social, y con estas credenciales, podía viajar y obtener ciertos beneficios. No obstante, cuando por fin logró huir del radio de quince minutos que le correspondía dentro de la ciudad, el crédito se le acabó por completo. Pero eso ya no le importaba, en su interior, sabía que nunca regresaría a aquella cárcel de cemento.

A pesar de haberle contado a Tulok, sobre la situación de vida en las ciudades y cómo hacer para evitar caer dentro del sistema, su enamorado nunca comprendió el peligro real al que se enfrentaban. El pueblo inuit había sido permeado por muchos avances de la vida moderna, pero todavía vivían bastante ajenos a las presiones del Nuevo Orden.

Hasta ese entonces, la gente de su pueblo no había sido un objetivo importante para las élites. La población mundial era vasta y había llevado muchas décadas doblegarla y exterminarla hasta el límite previsto. Pero ahora, el control debía ser total y eso comprendía hasta a los lejanos clanes inuit del polo norte.

Una lágrima rodó por su mejilla. Akna cerró los ojos y tocó instintivamente el vientre abultado, que crecía bajo el abrigo de su anorak. El temor se apoderó de ella.

Una vez más, pensó en seguir las huellas de algún trineo y regresar al pueblo, pero comprendió que aquel ya no sería un lugar seguro. Ella era una fugitiva, había sido identificada por los drones, y las fuerzas especiales no tardarían en regresar para acabar con su vida y esclavizar a todo el clan. No podía generar más problemas, debía continuar su propio camino. Pero ¿hacia dónde?

Una fuerza extraña la hizo regresar hacia el sitio del escondite. Al menos allí había un refugio donde dormir y tal vez pudiera mejorarlo hasta pasar el invierno. Después, simplemente no sabía qué haría, pero confiaba en que la vida dictaría el rumbo. Solo disponía del tiempo presente y las experiencias del día a día.

Finalmente, decidió volver hacia el refugio y solidificar aquella estructura, rellenando los orificios con lodo y piedras. Por último, cubrió la construcción con pieles y ramas, procurando que resultara lo más hermético posible. Aquella no era una estructura convencional para ese clima, pero tampoco tenía a su alcance el tipo de nieve y hielo que se requería para construir un iglú. Pensó que por lo menos, podría resistir durante los tiempos fríos que se avecinaban. Para eso, era preciso que cavara un túnel más o menos largo, para armar el pasadizo de entrada, que luego quedaría bajo la nieve.

Tenía mucha tarea y poco tiempo. Por fin, recordó que en el trineo quedaban víveres y herramientas, que podían ser de utilidad. Salió en su búsqueda y al llegar al lugar, constató que los perros ya se habían ido, pero el cargamento estaba intacto.

Todavía era temporada de sol diurno, aunque lentamente la oscuridad ganaba terreno, así que debía apresurarse. Comió un poco de carne untada con grasa de foca y pensó que eso sería suficiente para pasar la noche. También se percató de que el látigo, un arpón y el viejo fusil de Tulok todavía estaban allí, así que decidió llevarlos consigo. En el nuevo refugio, puso todo en orden, acorde a la usanza de su pueblo. Cada cosa en su lugar, tal como le había enseñado su abuela materna.

Al morir su madre y siendo aún muy pequeña, su abuela le había explicado todo lo necesario para convertirse en una buena mujer inuit. Incluso, había aprendido a curtir las pieles con los dientes, tal como se hacía antiguamente. En la actualidad, esos conocimientos ya no eran necesarios, ni siquiera para los integrantes de su tribu. La tecnología y el comercio internacional, habían inundado a la población local con telas «nanoprogramadas», que mantenían el calor humano aun con las más bajas temperaturas. No obstante, su clan todavía no se había rendido totalmente a las comodidades de la vida moderna y preservaban gracias a eso, cierta autonomía existencial.

La parte más tradicionalista de su familia, había migrado hacía ya varios años más cerca del polo norte, para poder resguardar su cultura. Muchos creían que finalmente habían muerto, porque esas latitudes nunca habían sido habitadas de forma permanente por ningún ser humano. Cuanto más cercano al polo se iba, las condiciones de vida eran más difíciles y quedarse solo en aquellas tierras, era sinónimo de muerte segura.

Por fin regresó al refugio, encendió la lámpara con musgo y aceite de ballena y ordenó todo para comer y dormir. Extenuada por las actividades del día, el sueño no tardó en llegar y ella se entregó sin resistencia.

El mundo de los sueños en aquel momento, era el mejor lugar donde habitar.

ENTREVISTA DE PRENSA

—Srta. Parker, ya le hemos dicho varias veces a su editor, que nos mande solamente a los reporteros artificiales. No queremos periodismo de opinión. ¡Esto ya es anacrónico, por favor, compréndalo de una buena vez! Basta con la simple información, inundaciones de datos que nublen el entendimiento y cada cual que consuma lo que pueda.

—Lo siento, pensamos que esta vez el tema lo ameritaba. Se trata de una noticia fuera de lo común. Estamos hablando de la creación de vida fuera del cuerpo humano.

—No se trata ya de seres humanos, Srta. Parker. Ud. realmente parece de otro siglo, por no decir que pertenece a otro milenio, y yo tengo un día muy ocupado para este tipo de conversaciones.

—Entiendo, pero ya que estoy aquí, ¿no será posible hacerle un reportaje al Dr. Martin? Prometo no realizar ninguna pregunta fuera del guion. Es decir, actuaré como un cíborg, o mejor aún, como una periodista de inteligencia artificial.

—Parece que Ud. no comprende, no queremos ningún tipo de errores en esta noticia.

—No los tendrá Mr. Thompson, se lo aseguro. La información saldrá en las portadas de todos los medios de comunicación y le garantizo que también será retransmitida de forma instantánea por todas nuestras redes. Solo le pido esta oportunidad, tome en cuenta mi edad y mi situación, por favor.

—No me interesan sus necesidades de retiro. Pero ya que está aquí, y para no perder más el tiempo, proceda con esa entrevista. El Dr. Martin y su equipo estarán en breve en la sala de conferencias. Pero por favor, sin preguntas inadecuadas. Está claro, ¿verdad?

—Como el agua, Mr. Thompson.

—Perfecto, y por favor, comuníquele a su jefe, que sea la última vez que nos envían periodistas humanos.

—Comprendido.

Margaret salió lo más rápido que pudo de la habitación, por temor a un cambio de opinión de parte de su interlocutor. Eran las últimas notas de prensa que podía realizar, pues su profesión, desde hacía años estaba siendo sustituida por reporteros y periodistas sintéticos, que se limitaban a dar las noticias siguiendo un discurso prefijado. No había interés en profundizar ni en polemizar, solo era preciso entretener a la masa y eso era digitado con exactitud, para formatear sus cerebros neuromodulados. El pensamiento independiente era algo peligroso e innecesario, solo se permitía tales acciones a las élites y a ciertos grupos de científicos. En el resto de las actividades laborales, los seres humanos habían sido sustituidos por máquinas, muy superiores en inteligencia, obediencia y productividad.

Margaret Parker era una de las últimas reporteras humanas que quedaban activas. Quizás, porque le había caído en gracia al joven editor en jefe, que le permitía continuar trabajando hasta que llegara la edad de retirarse.

A pesar de que era transhumano, William Perkins sentía cierto afecto inexplicable por aquella mujer de diseño original. Tal vez, porque le recordaba un poco a su madre, o quizás, porque sabía que le quedaban pocos meses para cumplir los cincuenta años y acabar sus días en los campos.

El nuevo sistema de retiro, consistía en ingresar a comunidades de veteranos, que en su mayoría no tenían familia y morían al poco tiempo. Era un costo innecesario mantenerlos, por lo que allí se les daba lo básico para sus últimos días, hasta que decidieran su propia eutanasia o la misma fuera ordenada por la imposibilidad de solventar los gastos.

La muerte natural, era algo raro de ver en aquellos tiempos. Nadie esperaba hasta ese angustioso momento, ¿para qué? La ciencia colaboraba para partir de forma indolora y sin necesidad de extenderse, cuando se acababa la edad productiva. No obstante, Margaret quería retirarse con el mérito de obtener una última primicia. Sabía que su edad, era el límite máximo de tiempo productivo para aquella sociedad, pero en aquel tipo de profesiones, aún se permitía el retiro tardío.

Entró a la sala de conferencias, todavía estaba en silencio y a oscuras, así que levantó una de las cortinas para que entrara la débil luz solar. Las cenizas cubrían la bóveda que antes era llamada «celeste». Desde hacía décadas, el gris era el color permanente del cielo en todo el planeta. Las lluvias eran escasas y reguladas. El polvo cubría campos y ciudades por igual, lo que dificultaba la visión a mediana distancia, especialmente en el tráfico. La mayor parte de los vehículos se desplazaba de forma controlada y direccionada por satélite. No había lugar a errores, ni apartamientos de la norma en ningún aspecto, y Margaret estaba cansada de vivir de aquella manera.

Esta sería su última nota y luego simplemente se dejaría ir, como todos los que eran depositados en los campos de retiro. Su época de activista social y periodista de opinión, estaba acabada. Había dado un buen combate enfrentando a un sistema monstruoso, pero ya no le quedaban fuerzas para continuar defendiendo a la verdad.

—El Dr. Martin está por llegar —anunció la secretaria, que poseía varias aplicaciones transhumanas en el cuerpo.

—Perfecto, aquí lo espero.

—¿Gusta un café?

—Es Ud. muy amable, pensé que ya no existía esa costumbre.

—Fui programada hace años, todavía mantenemos ciertas normas de cortesía. En el corredor hay una máquina dispensadora, puede servírselo Ud. misma.

—Claro, muchas gracias.

Margaret fue hasta allí y digitó su clave de dinero digital. El líquido marrón se sirvió automáticamente en un vaso de papel, que le fue entregado por un brazo mecánico. Sin reflexionar, le dio las gracias a la máquina, e inmediatamente se rió de sí misma. A veces su parte humana todavía la sorprendía haciendo tonterías. Quedaban muy pocos seres «originales» como ella y el sentido del humor, era algo desconocido para este nuevo tipo de sociedad.

Mientras estaba inmersa en esos pensamientos, observó que se habían encendido las luces de la sala principal, por lo que salió como eyectada para llegar a tiempo para la nota.

Esta era una ocasión especial y por eso, era posible realizar la entrevista en un lugar físico, a pesar de que la mayoría de los periodistas fueran máquinas. Sin embargo, no pudo evitar que este acontecimiento le trajera recuerdos de otras épocas, cuando con sus preguntas obtenía información de primera plana, que producían verdadero impacto social.

Nada de eso podía suceder ahora, pero al menos, era un pequeño gusto el poder entrevistar a un destacado científico híbrido como el Dr. Henry Martin. Se decía que, a pesar de su estatus, no tenía aplicaciones cerebrales instaladas.

A los profesionales de cierto nivel, que trabajaban para las corporaciones, se les permitía el lujo de poder decidir. No obstante, en las próximas décadas, tampoco ellos serían necesarios y se acabarían sus privilegios. La inteligencia artificial podría superar a sus propios inventores y la ciencia ya no tendría límites humanos.

Margaret tomó asiento junto a un profuso grupo de periodistas programados, que hicieron las preguntas de rigor, para todas las cadenas de transmisión instantánea.

Por fin llegó su turno y, tal vez por hábito o por impulso automático, levantó la mano para pedir la palabra. Al hacerlo, derramó la taza de café sobre su falda. Ninguno de los presentes se percató del incidente, excepto el Dr. Martin, que pareció esbozar una sonrisa irónica ante la torpeza de la veterana. ¿Sería totalmente humana? Había algunos viejos periodistas que todavía lo eran. Daban pena, pero solo habría que soportarlos un tiempo más.

Transcurridos unos segundos, el Dr. Martin impaciente, tomó el micrófono:

—Disculpe. ¿Sra…?

—Reportera Margaret Parker, de la cadena AIC News.

—Bien, Sra. Parker, si ya ha superado el trauma del café, por favor, prosiga con la entrevista. No dispongo de mucho tiempo.

—Por supuesto, Dr. Martin, disculpe Ud.

—Continúe, Sra. Parker.

Margaret iba a preguntar sobre lo que tenía por escrito, pero algo en su cerebro se rebeló a seguir con lo establecido. Tal vez fuera el episodio del café o la soberbia del Dr. Martin que la había sacado de eje. No entendía qué sucedía, era como que un genio maligno hubiera tomado el mando de su cerebro y de la propia entrevista.

—Dr. Martin, me pregunto cómo se siente Ud. interiormente, dado este nuevo descubrimiento. ¿Cuál fue su primera reacción al recibir el Nobel?

El científico parecía confundido. ¿Realmente le estaban preguntando acerca de sus sentimientos? Esa mujer seguramente estaba mal configurada o simplemente era una loca, de aquellos últimos seres humanos naturales. Por supuesto, daría sus quejas a quienes correspondía, pero ahora estaba al aire y las noticias eran de transmisión instantánea para las redes y los dispositivos cerebrales. Por lo tanto, se recompuso y decidió contestarle.

—Para nosotros, es un gran honor recibir este premio. Sin embargo, obtenerlo era lo lógico y por lo tanto no estamos sorprendidos. En realidad, no sentimos nada diferente a lo de siempre, se trata simplemente de nuestro trabajo —respondió el vocero del equipo.

—Mi pregunta es personal y principalmente va referida a su sentido ético profesional, no a su equipo de investigación —remató Parker.

No cabía duda de que aquello respondía a un desperfecto técnico, salvo que se tratara de una humana desquiciada. «¡Qué tremendo, que todavía existieran esos especímenes originarios!», pensó Martin.

—Disculpe, me parece que no comprendo su inquietud —intentó una vez más, evadirla con elegancia el científico.

—Creo haber sido muy clara en mi pregunta —retrucó una Margaret desconocida.

—Bien, Sra. Parker, supongo que siento satisfacción. Es todo lo que puedo decir.

—¿No considera Ud. que con este invento los pocos rastros de humanidad desaparecerán por completo? ¿Qué pasará si estos nuevos seres programados en vientres artificiales luego toman el control y sojuzgan a la población mundial? —disparó ya sin control la periodista.

—Es imposible seguir el ritmo de sus ansiedades, Sra. Parker. Me parece que esta entrevista debe concluir de inmediato. Le agradezco por su tiempo.

—Y yo por el suyo, Dr. Martin. Por cierto, no esperaba ninguna otra respuesta de su parte.

Dicho esto, el científico se levantó sin más trámite y el equipo que lo acompañaba también hizo lo propio.

Margaret, al verlos salir huyendo de sus preguntas, rio de buena gana. ¿Estaba loca?, se preguntó. No, simplemente todavía estaba viva, y poder expresarse en forma auténtica, daba verdadero sentido a su existencia.

Aquel era un pequeño triunfo personal en una sociedad de zombies y había cierto placer, en la transgresión de las normas. No había podido evitarlo.

EL ENCUENTRO

Despertó agitada sintiendo el ruido de un animal grande en las cercanías. Seguramente se trataba de un oso, que buscaba las últimas reservas antes de hibernar.

Tenía el arma de Tulok, pero no sabía bien cómo usarla, por lo que era mejor esperar. El olor de la cena de la noche anterior y el suyo propio, probablemente habían atraído al animal.

Pasaron las horas y el silencio se hizo sepulcral.

Finalmente, decidió salir, había que aprovechar las horas que restaban para pescar en los hoyos de hielo y aprovisionarse. Aún no comprendía cómo, pero todavía recordaba las enseñanzas de sus ancestros para realizar esas tareas. Luego de varios años de estudios y vida en la ciudad, pensó que ya no sería capaz de sobrevivir en aquellas tierras de clima hostil.

Decidió aprovechar los restos de comida que todavía quedaban, para utilizarlos como carnada, y tuvo la fortuna de obtener una trucha grande para la cena. Armó una pequeña fogata con la llama permanente de su lámpara y puso la presa sobre una improvisada parrilla, que ahora funcionaba como cocina. Estaba delicioso.

Desde hacía semanas notaba un incremento en su apetito, pero al mismo tiempo, sus fuerzas y habilidades también aumentaban. «La naturaleza era sabia», pensó.

Cayó la noche y con ella nuevamente el sueño. Esta vez, la despertaron las luces. Las personas de la ciudad estaban equivocadas, creían que las auroras boreales sucedían en la mañana, pero ella sabía muy bien que cuando se veían mejor, era justo a la media noche.

Septiembre avanzaba; sin embargo, ya desde finales de agosto podía observarse aquel fenómeno en esa tierra mágica. Una vez más, quedó maravillada. Los colores verdes, azules y violetas giraban y se reflejaban en la nieve y en los lugares que todavía tenían agua. Era como estar envuelta en un arcoíris danzante.

Se emocionó. En su estado de gravidez, todo parecía conmoverla y ella sentía que valía la pena vivir de esa manera.

En medio de aquella fiesta de la naturaleza, se sintió transportada hacia otra dimensión. No entendía bien qué sucedía, pero estaba embriagada de belleza. Creyó oír música y unas extrañas bailarinas tomaron el lugar de las luces. Parecían hadas, tal vez lo fueran.

Seguramente estaba alucinando, pero ya no le importaba, era un momento de felicidad y plenitud, eso bastaba.

—Akna —dijo una voz.

Se giró sobre sus talones, pero no había nadie. Quizás se estaba volviendo loca. Eso sucedía con frecuencia, a la gente que estaba mucho tiempo sola en aquel desierto de hielo.

—Akna —volvió a decir la voz—. ¿Estás bien?

—¿Quién eres? ¡No puedo verte! —exclamó ella.

—Mira hacia arriba, insistió la voz. En la piedra grande.

—¿Tulok? —preguntó la joven, casi desmayando de alegría.

—No, soy Nikku, su hermano menor.

—¿Nikku? Pero ¿qué haces aquí? ¿Eres real?

El muchacho rio, mientras descendía del risco.

—Tan real como la carne de caribú que traigo en mis alforjas —confirmó al acercarse.—Pero ¿por qué no han regresado? ¿Dónde está Tulok? Estábamos preocupados y el clan espera ansioso, mañana volveremos —le dijo finalmente con un abrazo.

—No es posible regresar —contradijo Akna.

—¿Qué dices? ¿Estás loca?

—Tal vez —contestó ella, con una mueca de tristeza.

—No entiendo —replicó él.

Akna quiso contarle, pero el llanto pudo más que las palabras.

—¿Qué sucede? —consultó el chico, ya más preocupado.

—Tulok murió.

—¿Qué dices? ¡No puede ser! ¿Cómo es posible?

—Vinieron por nosotros, es una larga historia. Yo escapé, pero las fuerzas especiales volverán.

—¿Fuerzas especiales? ¿Te refieres a los cíborgs?

—Primero fueron los drones espía, pero luego enviaron a los guerreros de inteligencia artificial, que ahora patrullan las ciudades y hasta los lugares más remotos.

—¿Crees que pueden llegar desde tan lejos?

—Me temo que sí. Pensé que no llegarían hasta aquí, pero parece que están decididos a controlarlo todo.

—Eso no es posible.

—Yo tampoco lo creía, pero lo están logrando, Nikku.

—No puedo entender que hayan matado a Tulok, es nuestro mejor cazador. ¿Estás segura? —insistió el chico, que todavía no podía procesar la noticia y tampoco sabía cómo actuar.

—Lamentablemente, sí. Nuestro pueblo es pacífico, no entendemos de guerras y ellos no entienden nuestra forma poética de vivir. De todo el forcejeo, solo ha quedado una bota de Tulok con rastros de sangre, y ya sabemos qué pasa cuando un ser humano originario es apresado por las fuerzas especiales.

—No puede ser —contravino Nikku, quien admiraba profundamente a su hermano.

—Lo siento, ha sido mi culpa. Es decir, tu hermano quiso protegerme y derribó al dron espía. Luego vinieron los refuerzos cíborg.

—¿Máquinas voladoras?

—Es difícil de explicar, Nikku. Se trata de nuevas tecnologías teledirigidas, que pueden matar a las personas desde largas distancias, incluso a varios kilómetros. Pero en este caso, vinieron además con los cíborgs de inteligencia artificial, que todavía tienen alcance de señal en esas latitudes. Sin embargo, eso no es lo peor.

—¿Peor que la muerte de mi hermano? —preguntó el joven, con una mezcla de tristeza e ira en la mirada.

—Bueno, quiero decir, que eso no es todo. Además de la muerte de Tulok, hay algo más que debes saber.

—¡Habla ya! —dijo el muchacho al borde de sus emociones.

—No lo sé con seguridad, pero creo que estoy embarazada.

—¿Cómo que crees?

—Es decir, ya no tengo la regla y mi vientre está creciendo como la luna.

—Entonces, debemos volver ahora mismo.

—No, Nikku, no lo entiendes. Si regreso, me localizarán y vendrán también por ti y por todo el clan. Finalmente, esclavizarán a todo nuestro pueblo y yo seré la responsable.

El joven pensó que la chica estaba delirando, tal vez había pasado muchos días en soledad. Por eso, el clan era tan importante, con la reunión de las familias se aseguraba la subsistencia del cuerpo, pero también de la mente y el espíritu.

—Supongo que necesitas descansar —dijo finalmente el muchacho, recobrando la calma—. Vamos al refugio, mañana hablaremos y veremos cómo hacer para reunirnos con el resto de la tribu.

Akna iba nuevamente a protestar, pero estaba muy cansada. El chico la envolvió con nuevas pieles y se acostó a su lado para brindarle calor. Esta vez, el cansancio y la sensación de seguridad, la llevaron en sueños hacia los brazos de su amado Tulok.

NIDO VACÍO

Lady Marion Natpierre estaba preocupada por su única hija.

Ya iba por el tercer intento de fertilización y aún no obtenían el resultado esperado.

Marion, temía haber fallado en la educación o peor aún, en la alimentación de Brianna cuando era niña. Durante su infancia, al fallecer su marido, no habían quedado en buena posición económica y ella tuvo que dedicarse al trabajo como enfermera de un hospicio público. Por lo tanto, la atención que pudo darle a su hija, no fue la de mejor calidad. Debido a la falta de recursos para mantener su estatus, también habían tenido que someterse a dosis profilácticas de vacunación, como se las denominaba en aquel entonces, y eso disminuía considerablemente las posibilidades de tener descendencia.

No obstante, su situación actualmente había cambiado de forma radical. Ella había enviudado joven y se había vuelto a casar con un hombre acaudalado, que formaba parte de la nobleza escocesa.

Todo tenía sus costos, porque ella no amaba a su actual marido. No obstante, eso era moneda corriente dentro de aquella clase social. Lo que importaba en ese mundo de tecnoesclavos, era permanecer a salvo y grandes cantidades de oro y dinero digital, era lo único que contaba para ese objetivo.

Las casas reales, los banqueros y los grandes empresarios, eran la cúspide de la élite dentro de la escala humana. La mayoría de ellos, adoraban a entidades encarnadas en cuerpos artificiales o a seres superiores, a quienes rendían extraños rituales para sostener su poder e influencia. Se decía que más arriba, existía una divinidad dentro de un arca, que se manifestaba a través de una piedra negra, pero ella no sabía si aquello era tan solo una leyenda.

Lo más notorio, era que las máquinas estaban ganando terreno, incluso para la educación de las nuevas generaciones. Sin embargo, eso no llegaba a las élites más altas, que elegían para sus hijos los mismos métodos educativos de antaño, para que pudieran desarrollar todas sus potencialidades humanas y recién luego, instalarse las aplicaciones con las habilidades que desearan aumentar.

Los clanes más encumbrados, preservaban a su descendencia protegiéndolos en exclusivos colegios y lugares que no eran de libre acceso para el resto de la sociedad. Naturalmente, luego se casaban y procreaban entre ellos. Sin embargo, su hija no había seguido estrictamente esas normas y procesos. Tal vez, porque durante un lapso importante de su vida había intercambiado con gente que no era de su clase y había tenido que comer ración en lugar de comida natural.

Sin embargo, afortunadamente, durante su juventud, Brianna se había enamorado de un joven astrofísico hijo de un importante empresario. Pero a pesar de que su yerno era de los pocos hombres intactos en su ADN, su hija no lograba quedar embarazada.

Tal vez, si tuvieran tiempo para hacer una vida normal y no dedicarse a esos trabajos que les robaban casi hasta la intimidad, las cosas pudieran ser diferentes. Debía hablar muy seriamente con Brianna, ella no había hecho tanto esfuerzo para que su hija viviera trabajando para las bases científicas de la Antártida. Su actual marido, podía arreglar todo eso, ya no era necesario que se sacrificaran de esa manera.

Encendió la pantalla inteligente. Todavía prefería ver las noticias en un dispositivo tridimensional, que mediante la conexión cerebral holográfica.

Las catástrofes diarias se desplegaron en su sala de estar, mostrando las últimas novedades causadas por lo que se denominaba popularmente como el cambio climático. Ella ahora sabía cuál era la verdad.

En aquel momento, se interrumpió la información para dar paso a una gran noticia. Se trataba del último descubrimiento del Dr. Henry Martin y su afamado equipo de investigación.

Aquel hombre, parecía poder hackear por completo la biología y lograr lo que se propusiera mediante la inteligencia artificial genética. «Los vientres sintéticos que había creado, eran quizás la única solución para su hija», pensó. Tal vez se pudieran reconstruir las células madre que habían preservado de la placenta de Brianna y junto con el esperma de su yerno, podrían programar los hijos que quisieran.