Las sombras no tienen género - Arantza Ibarra Basañez - E-Book

Las sombras no tienen género E-Book

Arantza Ibarra Basáñez

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Beschreibung

En un Brasil que la ahoga, Gabriela, una joven afrodescendiente y lesbiana, decide romper con todo lo que la encadena: su familia clasista y homófoba, un barrio donde el machismo lo cubre todo como una neblina espesa y una sociedad que nunca quiso verla tal como es. No huye solo de un país, sino de una identidad impuesta, de una jaula invisible que la ha dejado al borde del abismo. Con apenas una maleta y heridas que aún no sabe nombrar, aterriza en Bilbao, donde comienza una travesía tan física como emocional. Es una ciudad desconocida, sí, pero también un espejo en el que por fin puede empezar a mirarse sin miedo. Allí, entre callejones grises y bares ruidosos, descubre la posibilidad de ser, de amar libremente, de probar el sexo sin culpa y de escribir su historia en su propio idioma. La novela no esquiva lo crudo: la soledad del exilio, los silencios que pesan más que los gritos, las cicatrices invisibles de una salud mental al borde del colapso. Pero también brilla con momentos de ternura feroz, de conexiones reales, de pasiones fugaces o profundas que van marcando su transformación. Una historia valiente, íntima y brutalmente honesta sobre el amor propio, el deseo, la identidad y la supervivencia en un mundo que todavía no sabe qué hacer con quienes rompen sus moldes.

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Seitenzahl: 189

Veröffentlichungsjahr: 2025

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LAS SOMBRASNO TIENEN GÉNERO

LAS SOMBRAS NO TIENEN GÉNERO

© Arantza Ibarra Basañez

Diseño de portada: Dpto. de Diseño La Calle

Iª edición

© Editorial La Calle, 2025.

Editado por: Editorial La Calle

c/ Cueva de Viera, 2, Local 3

Centro Negocios CADI

29200 Antequera (Málaga)

Teléfono: 952 70 60 04

Fax: 952 84 55 03

Correo electrónico: [email protected]

Internet: www.editoriallacalle.com

Reservados todos los derechos de publicación en cualquier idioma.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.cedro.org).

Según el Código Penal, el contenido está protegido por la ley vigente que establece penas de prisión y/o multas a quienes intencionadamente reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica.

ISBN: 978-84-19519-38-2

ARANTZA IBARRA BASAÑEZ

LAS SOMBRASNO TIENEN GÉNERO

Editorial La CalleANTEQUERA 2025

CICATRICES

Mi historia está hecha de cicatrices. Algunas se ven: en el pubis, en las muñecas. Otras no, pero siguen ahí, abiertas, respirando. Y muchas todavía esperan el momento de ser cubiertas con tinta. No por olvido, sino por memoria.

Nací en Fortaleza, Brasil, en una familia rota por dentro. Homófoba, machista, clasista. Desde muy niña supe que algo no encajaba. Quería cortarme el pelo, jugar al fútbol, correr con los niños. Pero todo eran límites, burlas, castigos, golpetazos, sacudidas, empujones, miradas duras. No entendían, y yo tampoco sabía cómo explicar lo que pasaba dentro de mí.

Siempre estaba enferma. Frágil, débil. Como si mi cuerpo también se negara a esa vida que no era mía. Como si se apagara poco a poco.

Ahora estoy en Bilbao, y aunque estoy lejos, hay cosas que siguen igual. Me dicen que me he vuelto más fría, más callada. Que ya no soy «tan brasileña». Pero aquí me ven exagerada, como sacada de una telenovela. No sé. Yo solo sé que esto que soy, esta intensidad, esta forma de sentir tan a flor de piel… es mía, es nuestra. De donde vengo el cariño se grita. El dolor también. Somos de tocar, de compartir, de invitar a casa, aunque no haya nada que dar. Somos de calor. Y yo, desde que llegué, tengo frío.

La verdad es que no me siento bien en ningún lado. En Brasil me falta respeto. Aquí me falta alma. Y en todas partes me falta alguien.

Hace tiempo que no hablaba con mi familia. Me dieron la espalda. No soportan que me gusten las mujeres, que me quiera libre. Nunca lo entendieron, y no creo que lo hagan. Estoy a punto de cumplir treinta y tres años. He esperado mucho tiempo. Ya no espero nada.

Mis hermanos no toleran que me vista como quiero, que lleve el pelo como lo siento. Mi madre aún sueña con una hija «femenina», con uñas largas, maquillaje, vestidos. Y durante años se lo di. Fui lo que quisieron: bonita, elegante, con clase, con estilo, de esas mujeres que cualquier hombre quiere a su lado. Incluso fui modelo. Pero eso fue otra vida. Una en la que no me encontraba.

Ahora estoy en transformación. No quiero hormonarme. No quiero ajustarme a ningún molde. Quiero masculinizarme cuando me dé la gana, a mi manera. Me llamo Gabriela, pero mis amigos más cercanos me llaman Max. De máximo. De grandioso. Me gusta. Me hace sentir fuerte. Me hace sentir cerca de algo que por fin podría ser yo.

No tengo respuestas cerradas. No sé todavía quién soy del todo. Pero sé que para entenderme tengo que volver al principio. A todo el sufrimiento, a todos mis traumas, a lo que me sigue doliendo. A lo que me hicieron y me siguen haciendo. Y aunque mi corazón está lleno de cicatrices, estoy en ese camino.

LAS MUJERES

Ya desde muy niña me gustaban las mujeres. No es que lo pensara. Lo sentía. Era algo que me pasaba en el cuerpo, sin filtro, sin explicación. Me fijaba en las mujeres, en cómo se movían, en cómo olían, en cómo hablaban, en cómo se les marcaban las caderas cuando caminaban o se agachaban a recoger algo. Me gustaba mirar. Y me gustaba coquetear, aunque no supiera que eso era coquetear. Lo hacía con la chica que venía a casa a cuidarnos o a limpiar. Era un juego silencioso, pero eléctrico. Una tensión que se colaba en los gestos, en las miradas, en cómo me acercaba a ella cuando pasaba el trapo o me servía el almuerzo.

Me fijaba sobre todo en las mujeres mayores. Me llamaban mucho más que las de mi edad. Porque eran más mujeres. Tenían más cuerpo. Más curvas. Más carne. Más voz. Más mundo. Más experiencia en la mirada. Me parecían más vivas, más reales. Más deseables. Y eso me provocaba una reacción física inmediata. Mi cuerpo reaccionaba rápido. Intensamente. A veces hasta con vergüenza, si me pillaba en un lugar público o si alguien se daba cuenta. Pero no lo podía evitar. Era como si mi cuerpo hablara antes que yo. Como si supiera cosas que mi cabeza todavía no había aprendido a nombrar.

Descubrí mi sexualidad de niña. Sin trauma. Sin dudas. Era algo que simplemente estaba ahí. No era una pregunta. Era una certeza. No tenía ningún conflicto con eso. Lo que me gustaba, me gustaba. Y eran las mujeres. Punto.

Aquí en Bilbao algunas personas se asustan cuando me oyen hablar, les desconcierta. Cuando lo cuento, me miran raro. Como si estuviera contando una historia que no encaja. Se sorprenden por lo espabilada que era. Por cómo soy. Me lo dicen con cara de juicio disfrazado de curiosidad. Y otros colegas de aquí me dicen que soy como un chico o que mi cuerpo reacciona como un tío. Lo dicen así, tal cual. Como si sentir deseo, tener reacciones físicas visibles, fuera exclusivo de los hombres. Como si mi cuerpo estuviera mal programado. Demasiado evidente. Demasiado vivo.

Pero en Brasil… en Brasil eso no se esconde. Ahí la sexualidad está en la calle. Está en los cuerpos. Está en los gestos. En la música. En la piel. En el calor. Se ha vivido desde siempre. Desde niñas. No hay tanto miedo. No hay tanto juicio. Ahí uno puede ver a una mujer hermosa pasar por la calle y mirar. Y desear. Y no pasa nada. Nadie te dice que estás mal. Nadie te quiere corregir. Ya sé, todo es una contradicción. Una familia homófoba y una cultura muy abierta sexualmente, con doble moral.

Crecí entre esos dos mundos. Uno que me enseñó a sentir sin miedo, y otro que me hizo pensar si no estaba sintiendo «demasiado». Pero yo ya venía marcada. Ya lo traía en la sangre. En la piel. En la mirada. En el cuerpo que respondía solo, sin permiso, sin vergüenza. Y aunque con el tiempo aprendí a disimular un poco, a controlar, a esconder cuando hacía falta, adentro de mí, muy adentro, esa niña sigue sabiendo exactamente lo que le gusta. Y no tiene dudas. Nunca las tuvo.

MI MADRE

Mi madre cree que lo que me pasó con su ex fue lo que me llevó a fijarme en las mujeres. Como si eso hubiera sido el detonante. Como si una cosa explicara la otra. Pero no. Antes de todo eso, antes del infierno, yo ya sabía lo que sentía. No con palabras claras, porque era muy joven, pero había algo en mí que lo intuía. Lo que sí es cierto es que aquello me hizo desconfiar profundamente de los hombres. Eso no lo niego. Pero mi orientación no es una herida ni una consecuencia. Es parte de mí. No tiene explicación lógica ni necesita una. No es algo que le deba justificar a nadie.

Me duele, me revienta profundamente que la gente se invente historias sobre mí. Que se crean con el derecho de construir una versión de mi vida sin haberla vivido. Como si supieran más que yo sobre lo que sentí, lo que viví, lo que elegí. Odio que se imaginen cosas, que sus bocas digan mi nombre con teorías baratas como si yo no tuviera voz propia. Como si no fuera suficiente haber sobrevivido, ahora tengo que corregir lo que otros inventan.

A veces, todavía tengo pesadillas. Me despierto empapada, con el corazón a mil. Me tiembla el cuerpo. Como si mi cuerpo siguiera atrapado allá, en ese año tan oscuro, tan terrorífico. Él ya no está vivo —y me cuesta hasta nombrarlo porque siento que decir su nombre es darle poder otra vez—, pero su sombra sigue colándose en mis recuerdos. No he conocido a nadie tan cruel, tan manipulador, tan monstruosamente humano. Porque eso es lo que más duele: que era un ser humano. Uno que mi madre eligió.

Y lo más difícil de todo es admitir esto: le cogí un odio enorme a mi madre. Un odio que no sé si se ha ido o si solo aprendí a esconder. Porque, en lo más profundo de mí, siempre he pensado que ella sabía. Que algo dentro de ella lo sabía… y no hizo nada. Nada. Y ese vacío, esa ausencia de protección, dolió más que todo lo demás. Porque no es solo lo que él me hizo. Es lo que ella no hizo.

Sí, ese personaje…, ese tipo que vivía con mi madre después de su separación. El que muchos llamaban su pareja, su compañero…, pero que para mí fue todo menos eso. Fue un ser sin alma, sin empatía, sin límites. Cada vez que mi madre se alejaba de él —por una pelea, por cansancio, por querer respirar—, él me usaba a mí. Como castigo. Como venganza. Como si mi cuerpo fuera su propiedad, su terreno para descargar su veneno.

Me hacía de todo. Todo lo que puedas imaginar y más. Y no, no puedo decir simplemente que me acosaba. Esa palabra se queda corta, vacía. Tampoco basta con decir que fui agredida. Suena casi clínico, lejano, como si lo que viví pudiera explicarse en un informe médico o en una denuncia. Lo que él me hizo fue destrozarme desde adentro, poco a poco, durante un año.

Tenía una psicopatía calculada, fría. Entraba a mi habitación cuando quería, cuando «le nacía», como si mi espacio, mi intimidad, mis límites no valieran nada. Abría la puerta como si fuera suya. Como si yo fuera suya. A veces lo hacía en silencio, a veces incluso fingía ternura. Pero lo que siempre traía con él era el miedo. Y su cuchillo.

Ese cuchillo… Dios. No sé si alguna vez lo llegó a usar físicamente contra mí, pero eso ni siquiera importa. Porque el terror que provocaba simplemente con mostrarlo, con dejarlo sobre la mesa, con acariciarlo mientras me miraba…, ese miedo me dejó marcada para siempre. Era su herramienta de control. De silencio. De tortura psicológica.

Aprendí a vivir con miedo. No como una emoción pasajera, sino como un estado permanente. Como algo que se respiraba, que se metía en mi piel, que me acompañaba a todas partes. Me costaba dormir. Y cuando lo lograba, las pesadillas me arrastraban de nuevo a ese infierno. Revivía todo: su voz, su presencia, su cuchillo. Y volvía a despertarme con el cuerpo temblando, con el corazón a mil, sintiéndome sucia, rota, sola.

Y lo más inhumano de todo era que eso pasaba en mi casa. En el lugar que se suponía que debía protegerme. Con mi madre a pocos metros. Con su pareja, el «hombre de la casa», usando mi cuerpo como campo de guerra para su odio. Y ella… no sé si no lo veía, no lo quería ver o simplemente no podía enfrentarlo. Pero algo dentro de mí siempre ha sentido que lo intuía. Que algo sabía. Y no hizo nada.

Eso fue otra forma de violencia. Otro tipo de abandono. Que duele igual o más que lo físico.

Y sí, eso te traumatiza para siempre. No hay otra forma de decirlo. Te cambia. Te rompe. Y aunque con el tiempo una aprende a respirar otra vez, a caminar, a hablar, esa parte oscura de la historia nunca desaparece del todo. Solo se aprende a vivir con ella.

UN ACTO DE GENEROSIDAD

Las lágrimas que caían por mis mejillas no eran solo rojas como la sangre que ya formaba parte de mi mundo, de ese lugar oscuro donde crecí. No, esas lágrimas estaban impregnadas de algo mucho más profundo y brutal: tortura, ahogo, desesperación. Era un dolor que no se podía soportar, una presión constante que aplastaba todo intento de respirar, de pensar, de soñar con una salida. Porque no la había. No la veía. No existía.

Y entonces, como si la pesadilla no pudiera hacerse más oscura, un día ese hombre —por llamarlo de alguna manera— decidió llevar su venganza al límite. Mi madre lo había abandonado, había dicho «no» por fin, y él, incapaz de aceptar esa negación, decidió secuestrarme. Me arrancó de todo lo que conocía, de mi madre, de mi tío que siempre estaba conmigo, de cualquier pequeño refugio que me quedaba.

Sí, suena a película de terror, a algo imposible de creer. Pero la realidad siempre supera a la ficción. En ese momento pensé que me estaba muriendo en vida. Que nunca volvería a ver a mi madre, que nunca podría sentirme segura otra vez. El miedo me ahogaba, era tan inmenso que parecía que me iba a tragar entera.

Ese hombre no estaba bien. Nunca lo estuvo. Era sanguinario, vengativo, cruel, psicótico. Cada cosa que hacía rozaba la perversión más absoluta, la maldad más profunda. No tenía límites, no tenía humanidad.

Pero en medio de esa oscuridad, hubo un acto de generosidad por parte de mi madre que nunca voy a olvidar. Por primera vez, y a pesar de todo el daño y el miedo, ella se puso en mi lugar. Dijo que se cambiaría por mí, que iría con él si eso significaba que yo pudiera ser libre. Fue un gesto que, aunque lleno de dolor, me mostró que, a pesar de todo, el amor puede ser un refugio. Un sacrificio inmenso que hizo para intentar salvarme, para intentar protegerme, aun cuando ella también estaba atrapada en ese infierno.

Esa declaración me partió en dos. Por un lado, me dio un destello de esperanza, como un pequeño faro en la tormenta. Por otro, me dejó con el peso brutal de saber que alguien a quien amaba estaba dispuesta a arriesgarse tanto por mí, pero que yo seguía atrapada en esa pesadilla.

Ese gesto tan grande de amor y entrega de mi madre no era algo a lo que yo estuviera acostumbrada. Nunca la había visto mostrar algo así, tan profundo y tan sincero. Quizá por eso me dolió y me conmovió tanto a la vez. Porque en medio de tanto caos, ese momento fue como un pequeño refugio, una luz que no esperaba encontrar.

Soy su única hija. Y también, por parte de mi padre, la única que salió morenita. Mi madre es blanca, clarísima, rubia de piel y de cabello. Yo, en cambio, heredé su mezcla, esa mezcla que lleva la historia de mis raíces africanas en la piel y en el pelo. Y desde chica eso me marcó. No era solo una cuestión física, era algo que me colocaba afuera, diferente. Al principio me miraban mal, con recelo, como si mi color fuera un error o una mancha en la familia perfecta que ellos querían mostrar.

Intentaron que cambiara, que «blanqueara» mi piel. Me decían que no tomara el sol, como si así pudieran borrar algo que estaba en mis genes y en mi identidad. Pero mi pelo rizado y mi piel oscura no se podían esconder ni disimular. Eran un grito silencioso de quién soy.

Sí, soy mestiza. Tengo ascendencia africana. Soy una persona racialmente mixta. O, si prefieres, blanca con herencia afrodescendiente. Pero en mi familia, eso no importaba tanto como la etiqueta que me pusieron: mulata. Esa palabra cargada de prejuicios, de historias, de juicios que dolían más que cualquier palabra directa. Y lo peor es que parecía que eso no les hacía ni un poco de gracia, aunque les pareciera guapa.

Ese rechazo, esa mirada torcida, fue un peso que cargué desde niña. Un recordatorio constante de que no encajaba, de que era la oveja negra. Y esa sensación de ser diferente no venía solo de la sociedad afuera, sino de la gente que debería haberme aceptado incondicionalmente.

Ese día… ese maldito día en el que mi madre apareció para intercambiarse por mí, parecía el final de todo. Yo ya no esperaba nada. Estaba desgastada, quebrada por dentro. Me había rendido. Pensaba que nadie vendría, que él ganaría otra vez. Que se saldría con la suya, como tantas veces antes. Pero no fue así.

Ese ser despreciable —porque ni siquiera puedo llamarlo hombre— pensaba que tenía el control absoluto. Que la historia terminaría como él la había planeado: con dolor, con castigo, con venganza. Pero no contaba con que mi padre, desde el otro lado, estaba haciendo lo imposible por encontrarme. Él, que ya había perdido tanto, no estaba dispuesto a perderme también. Movió cielo y tierra. Llamó a todo contacto que tenía dentro de la policía. Amigos, compañeros, conocidos, incluso gente a la que no le debía nada. Y lo escucharon.

Ese día, mientras mi madre se ofrecía para cambiarse por mí —con una entereza que nunca antes le había visto, con un amor que me rompió el pecho—, él se relamía creyendo que había vuelto a ganar. Pero no lo vio venir. La policía ya estaba ahí. Ocultos, respirando en silencio, esperando el momento exacto. Lo pillaron por sorpresa. Ni tiempo tuvo de reaccionar. El miedo que tantas veces nos provocó, esa vez lo vi en su cara. Por primera vez. Lo vi temblar.

Y cuando se lo llevaron, esposado, arrastrado como el animal que era, sentí que algo en mí empezaba a aflojar. No fue alivio completo. No fue paz. Pero fue una grieta en el encierro. Como si la puerta del infierno, por fin, empezara a abrirse.

Con el tiempo, la pesadilla empezó a desdibujarse. Se volvió más borrosa, menos presente. Dejé de ver su sombra en cada rincón. Dejé de despertarme todas las noches con el corazón a punto de explotar. Aprendí a mirar hacia otro lado. A convencerme de que eso no había pasado. Que fue un mal sueño, una etapa, una historia de otra persona. Quise arrancarlo de mi memoria. Quise ser otra.

Y por un tiempo… funcionó.

Pero cuando vine a Bilbao, los fantasmas reaparecieron. Cambiaron de cara, pero no de intención. Ya no era él, pero eran otros. Otras formas de violencia. Otros abusos, más sutiles, más aceptados. Eran los ojos que me recorrían como si tuvieran derecho. Las frases cargadas de veneno escondidas en bromas. El racismo que ya conocía desde niña, vuelto a disfrazar de «curiosidad». El rechazo invisible, pero punzante. El miedo, ese viejo conocido, empezando a sentarse de nuevo a mi lado.

Y me di cuenta de que no importa cuán lejos huyas. Si no sanas, si no lo nombras, si no lo enfrentas… los fantasmas te siguen. Te esperan. Te encuentran.

EL BAILE

Ya en mi adolescencia empecé a moverme con mi gente: mis amigos gais, lesbianas, gente queer, diversa, auténtica. Salíamos por lugares que nos reflejaban, donde no teníamos que disfrazarnos de nada, donde podíamos respirar tranquilos, sin miedo a ser juzgados. Eran espacios que nos hacían sentir libres, vivos, con los cuerpos sueltos, las emociones a flor de piel y el deseo de explorarlo todo. De vivir.

Siempre me ha encantado bailar. Para mí, bailar es mucho más que mover el cuerpo: es una forma de hablar sin palabras, de soltar lo que me pesa, de mostrar quién soy. Y la verdad, no se me da mal. Desde pequeña me pasaba horas viendo vídeos de cantantes, de bailarinas de todo el mundo. Los estudiaba, les copiaba los pasos… pero mi cuerpo, y especialmente mi culo, tenía vida propia. Se movía con un ritmo que ni yo podía controlar del todo. Era instintivo. Natural. Y las chicas lo notaban.

Me gustaba ver cómo me miraban, cómo se acercaban, cómo se dejaban llevar por mi forma de moverme. Me gustaba sentirme deseada, saber que despertaba algo en ellas, que les picaba la curiosidad por estar conmigo. Fue en ese ambiente donde empezaron a llamarme Max. Yo llevaba el pelo casi corto, empezaba a jugar con la ropa, a vestirme más masculina cuando salía con ellos. Era mi forma de probarme, de construirme desde lo que sentía, no desde lo que esperaban de mí.

Eso sí, lo hacía cuando no me veían en casa. Ahí seguía escondiéndome. Me cambiaba en la calle o en casa de algún amigo. Era como tener dos vidas: la de adentro, la que calla, y la de afuera, la que grita. Pero ahí, en esas fiestas, en esos bares oscuros y llenos de luces de colores, yo era yo. Y había noches que incluso tenía que parar a algunas chicas para que no se pelearan por mí. Me reía, claro, pero sabía lo que había detrás: deseo, ego, celos, esa adrenalina rara que se respira en los ambientes donde todo gira en torno a pasarlo bien y a quién se va con quién.

Yo ya sabía lo que buscaban. Querían disfrutar, soltarse, conectar. Y yo les daba eso, pero también me cuidaba. Porque entendí muy rápido que, en esos espacios, aunque hay libertad, también hay límites que, si no los ves, te queman. En ese momento me parecía normal: celos, confusión, atracción intensa, enredos emocionales… Era parte de la cultura del amor y del sexo ahí dentro.

Lo que no sabía era que, con el tiempo, todo eso también me iba a pasar factura. Que jugar a encenderlo todo sin saber apagarlo deja marcas. Que dar tanto sin medir cuánto te queda dentro, te vacía.

MAX

Mis relaciones parecían tener algo que enganchaba a las mujeres. Les atraía mi energía, esa mezcla de fuerza, misterio y seguridad que proyectaba sin darme cuenta. Me veían como alguien que sabía lo que quería, que marcaba el paso, que no se perdía en el deseo ajeno. Y muchas querían probar qué se sentía estar conmigo, saber qué había detrás de esa actitud firme, de esa mirada que, según me decían, imponía y seducía a la vez.