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«Este debería ser un libro sobre lenguaje inclusivo. Y lo es. Como también es un libro que se pregunta quién incluye a quién y dónde», dice Brigitte Vasallo. En este texto investiga sobre el lenguaje inclusivo, no a partir de las palabras, sino a partir de los métodos de producción del discurso y de las restricciones de acceso a esa producción.
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Seitenzahl: 185
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Dirección editorial: Jordi Induráin
Edición: Sofía Acebo
Corrección: Guillermo Pérez y Laura del Barrio
Diseño de interiores y maquetación: Víctor Gomollón
Diseño de cubierta: Toni Cabré
Primera edición: marzo de 2021
© Brigitte Vasallo
© Larousse Editorial, S. L.
Rosa Sensat, 9-11, 3.ª planta (08005 Barcelona)
Telf.: +34 93 241 35 05
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ISBN: 978-84-18473-04-3
«EXISTIR» A PESAR DE LAS PALABRAS
¿Qué da «existencia» a lo que nombramos? ¿Qué da existencia a pesar de no ser nombrado? ¿Quiénes tienen el poder de nombrar y quiénes se reservan el derecho a sentirse o no interpeladas?
En La mística de la feminidad que Betty Friedan publicó en los años sesenta se refería al problema de las mujeres como «el problema que no tiene nombre». En gran medida, la reivindicación feminista desde entonces ha animado a «nombrar», a actuar en el lenguaje que contribuye a dar ese valioso tipo de «existencia». A menudo, sin embargo, muchas personas seguimos sintiéndonos bloqueadas como si eso no bastara, como si lo que percibimos y sentimos nos llenara la boca de plástico y no pudiéramos o no supiéramos concatenar sílabas o añadir un sufijo determinado, como si, a lo sumo, solo pudiéramos emitir un mero ruido gutural o un gruñido de desacuerdo ante el resquemor y la impotencia que oprime sin que las gramáticas y los lenguajes que empleamos en cada cultura lo resuelvan.
También el feminismo se ha valido de la sentencia de Steiner «lo que no se nombra, no existe» para reivindicar el valor del lenguaje en la visibilización y debate público sobre lo hecho y experimentado por las mujeres. Pero no cabe pasar por alto todo aquello que, encontrándose en el límite de lo narrable, se resiste a ser acotado en las palabras del amo o sencillamente necesita un código más abierto y proactivo para fluir desde tantas cosas que nos punzan y nos parecen «inefables». En ambos casos la creación y la escritura política bien lo saben.
Lo que Brigitte Vasallo propone en esta obra es el necesario abordaje de la complejidad del lenguaje para la emancipación, más allá de una consigna como la de Steiner, o de una posición movilizadora que puede funcionar como lema, pero que por sí sola es insuficiente y puede ser tan simplificadora como tantos titulares y eslóganes contingentes que marcan los fuegos de artificio de la cultura-red y las pantallas. Para ello, Brigitte transita por las aristas y las voces de algunas de las identidades que silenciosamente atan una cuerda de palabras y expectativas al tobillo de muchas personas. Una cuerda que a cada rato presiona hacia atrás y hacia abajo, aunque los demás no se den cuenta, y sin que sea posible desatar el nudo ni desenganchar la cuerda, a no ser que cuentes con la ayuda de otros. Porque ¿cómo afrontar la vida desde el hándicap de la asimetría que provoca este lastre social? ¿Cómo no evidenciar que una acumula resentimiento por esa cuerda atada que desde pequeña se le fue enredando, marcando un camino mucho más arisco que esos tantos otros lisos y suavizados de quienes crecieron con los pies libres y las palabras livianas como plumas? ¿Cómo resistir y no dar marcha atrás para cobijarte en tu madriguera heredada?
A todas luces, la sociedad no puede aceptar estas resignaciones ni pedir que sea la mera responsabilidad individual la que te ponga en el camino como una valiente luchadora que solo funcione como ejemplo de «excepcionalidad» para otras iguales. Porque ¿qué pasa si una tiene miedo o está cansada, o si el resentimiento por la conciencia de dichas desigualdades le oprime el corazón? No se puede exigir a las víctimas de las asimetrías sociales un comportamiento heroico ni un lenguaje liberador que no las deje mudas. No se puede esperar que tras la conciencia que perturba se embarquen solas en esta empresa. Es la conciencia solidaria la que ayuda a desenredar cuerdas, pero también la que puede convertir el resentimiento en motor político, en empuje transformador, sin necesidad de repetirse la patriarcal «ira» o «revancha». El resentimiento al que me refiero es la herida de pobre, mujer, inmigrante o outsider que no puede esconder que ha vivido o nacido en la desigualdad, y se la ha estigmatizado de muchas maneras en el cuerpo y en el lenguaje. Después de leer incluso le escuece más. ¿Acaso no debiéramos resignificar ese resquemor despojándolo de la carga del reproche o de la culpa y otorgándole una potencia política?
Agarrarnos a la sentencia de «nombrar» para dar existencia ha funcionado como un amarre entre la nebulosa líquida en la que los sujetos subalternos han sido invisiblizados e infravalorados desde posiciones de poder. Entre el silencio y la subestimación se han ubicado socialmente diversas experiencias, violencias y prácticas arrinconadas y nombradas como, por ejemplo, «cosas de mujeres», «asunto menor», «chisme», «tonterías», «cotilleo», «cosa de parejas», o, de algunas maneras hoy, «telebasura».
Hasta hace poco en la tradición occidental estar «calladas» en la esfera pública ha sido una cualidad valorada e incentivada en las mujeres. No interrumpir a los hombres o guardar silencio ante las conversaciones masculinas que habitualmente aludían a la vida pública y al dominio de las vidas a su cargo. Las morales que tradicionalmente han regido dentro y fuera de las casas han sido distintas y también han contribuido a alimentar estructuralmente un silencio y una inseguridad educadas en las mujeres. De forma que cuando hablaban sobre lo privado fuera de lo privado, lo que decían se penalizaba vinculándolo a la habladuría y el chisme, minusvalorando y feminizando esa práctica a la que, así, se le restaba credibilidad. Ahí han habitado numerosas experiencias feminizadas sobre las que el poder ha actuado no ya excluyendo, negando u ocultando, sino subestimando o ridiculizando lo que las mujeres decían. Esa perversa forma de ejercer poder «desestimando».
Brigitte Vasallo habla del lenguaje, de la importancia del lenguaje y de su insuficiencia. No basta nombrar, es preciso compartir, entender, crear contexto, contagio, enfrentar servidumbres. Las personas están compuestas de márgenes muy diversos que en su mayoría se desconocen en sí mismos. No nos pasamos todo el día mirándonos al espejo ni haciendo ejercicios introspectivos. Miramos a los otros y en la semiótica de los nuevos tiempos nombrar y visiblizar se funde en las pantallas y sus imaginarios, donde «que te vean» se iguala a «que te nombren». Cosa distinta es el significado y valor dado a cada contexto, a cada «ver».
Cuando descubrimos alguna línea de nuestra geografía que nos ayuda a construirnos como sujetos nos entusiasmamos y nos agarramos a ella; el lenguaje es una, pero el sujeto tiene infinitud de líneas y capas de espesores diversos y precisa verse en detalle y en conjunto, no despojar a ese margen de su materialidad y experiencia. Es lo que Vasallo hace en este recorrido deconstructivo que parte del lenguaje y lo deshace en ejemplos y formalizaciones de voces, estilos, experimentos y escrituras que hacen y deshacen simultáneamente, que reflexionan a propósito de la pregunta de cómo el lenguaje nos ayuda y nos torpedea al mismo tiempo.
Cierto que, como sugerían Deleuze y Guattari, las palabras no son la vida», pero «las palabras dan órdenes a la vida». De ahí que en las sentencias que íntima y públicamente hemos escuchado se vayan forjando distintos grados de valentía e inseguridad. Pienso, por ejemplo, en una niña marroquí que vive en un barrio marginal de Barcelona, o en una adolescente trans que habita en un pueblo de Sevilla, en lo que supone para ellas construirse como sujetos entre las expectativas propias, sociales y familiares, entre lo que el sujeto desea y lo que las identidades con las que van vistiéndose le reclaman. Sus lenguajes y acentos, sus ropas y su imagen son las primeras cartas de presentación que las exponen ante los otros y ante las ideas preconcebidas que alimentan prejuicios en cada contexto. Hace mucho que sabemos que el problema no está en las vestimentas, pieles o acentos, sino en el desajuste en las lentes con que las miran, en esas rápidas presuposiciones de una mirada desfasada propia del siglo XIX entre vidas y cuerpos del siglo XXI. Esas lentes que visibilizan y crean mundo desde la tradición lenta y conservadora, que se regodean en sí mismas golpeándose el pecho, besando una bandera y cantando un «así ha sido siempre y así debe ser», tienen a su servicio los ritos y códigos simbólicos que las identifican y enorgullecen. Pero esas lentes actúan desde la trampa de invisibilizarse como lentes, haciéndose pasar por miradas neutrales, por ojo-piedra, cuando su gran poder simbólico es que son lentes cambiables, pues afortunadamente para los humanos no estamos sentenciados a seguir replicándonos. Claro que romper la repetición es difícil y duele, entre otras cosas porque trastoca los privilegios de algunos y la tranquilidad acomodaticia de la mayoría.
Con buen tino, aprecia Vasallo cómo muchas nos hemos colado en la voz política-intelectual disimulando nuestras raíces, entonaciones e identidades, pasando desapercibidas para esa expectativa, engañando a esas lentes desde la libertad estratégica de usarlas a nuestro favor. A diferencia, por ejemplo, de quienes no ocultan sus orígenes y acentos de pobres y no se «cuelan», sino que son capaces de «crear» voz política con ello. A mí me parece que toda infiltración que desestabilice, sea desde las grietas y la máscara, sea desde la frontalidad, forma parte de los necesarios experimentos outsider, esos que buscan transformar y mejorar el mundo para los sujetos de pies atados atascados en el barro o que han vuelto atrás, no solo porque nosotras lo hemos sido, sino porque nunca deja de operar la conciencia que recuerda que solidariamente lo seguimos siendo.
Las escuelas y la educación pública ayudan a aflojar la cuerda y a que nacer arriba o abajo no te condicione a repetir una estirpe de desigualdades y seamos así más libres. Pero no es lo mismo ganar igualdad que perder privilegios, y quien los tiene se resiste y los usa para establecer las normas. Normas hechas para todos, pero hechas desde arriba, pero para todos, pero desde arriba. Y quizá piensen que los prejuicios de unos y otros los retroalimentamos como si fuéramos respectivamente una masa homogénea que se comporta como uno, siempre frente al otro y no al lado del otro. Y confieso que este asunto me hace sufrir, porque somos colectivo y singularidad, y acepto que determinados énfasis pueden agrandar estereotipos. Pero en ambos casos son clichés que no perjudican por igual, porque vienen de la asimetría y tienden a beneficiar a quienes se sitúan cerca del poder y el capital, en tanto el mundo está más diseñado de ese lado.
Sé que es complicado esconder que acumulamos malestar. Más ahora que escribir con rencor, como escribir con conflicto, no es del gusto de las lógicas narrativas que predominan en la cultura red, allí donde el agrado y la crítica epidérmica caracterizan la vida online. Verbalizar y compartir el malestar que comento y por el que transita Brigitte supone agredir al oído y a la careta de alma de las redes, reconocer el resentimiento como pico que sobresale en la autoconciencia. Pero el resentimiento que va en nuestras palabras no es algo individual, sino que es algo que merece la pena que sea reconocido, no solo resignificado en su potencia política, sino —precisamente por ello— contagiado socialmente.
Hablar desde el dolor, regodearnos en el dolor, «victimiza», pero hablar desde el resentimiento pone un agarre en el pasado y a él vuelve buscando resarcirlo en el presente, en las historias de otras personas que lo están sufriendo. Si una quiere cambiar su presente subjetivo y colectivo no puede sino recordar este agarre a cada rato para que lo vean otros y transformarlo socialmente. Porque he aquí la clave a la que apunta, que no es una enfermedad incurable ni una sentencia de muerte; a lo que apunta es algo convenido, es transformable.
Es más, las estrategias no implican un único camino y derivan desde el grito que pone palabras en leyes y en manifestaciones, el cambio del lenguaje bajo un énfasis político, hasta la treta de la máscara que permite acceder a posiciones de privilegio que favorezcan sensibilizar a otros. Para ello algunas personas subalternas se ven tentadas a disfrazarse y aparentan ser más blancas que los blancos, más intelectuales que aquellos a quienes leyeron, más fuertes que nadie, creando una seguridad artificial, buscando regar la autoestima y, en ocasiones, infiltrar alteridad supurada por su disfraz mojado. Lo hacen frente a esa tranquilidad que da a muchos nacer al otro lado del «ser» y del «tener», con la autoestima alimentada en linajes de buenas casas y cuidados, donde las identidades se pasan por alto porque ninguna te aprieta demasiado, ninguna se te ata a los tobillos ni te embadurna la cara de los residuos del sur, de los prejuicios y la pobreza. Como contrapartida, en estas estrategias en las que muchas andamos, corremos el riesgo de agotarnos en la ansiedad y precisamos abrirnos la piel y la carne para narrarnos y que nuestra realidad vivida supure.
Es tarea ardua vencer la expectativa identitaria que los demás ponen en ti, y después de la conciencia, vencer la expectativa ilustrada que tú esperas de la transformación y de tu práctica. Y a mí me parece que la libertad de cada cual debiera ayudar a encontrar sin imposiciones su forma de decir y reclamar, pero la solidaridad colectiva siempre debiera estar acogiendo y apoyando a quienes se igualan en la asimetría para denunciarla, por ellas y por quienes andan cojeando. No hay que temer el malestar que nace de esa libertad cuando lleva a la autoconciencia que se extiende en la conciencia colectiva. Porque cuando hablamos del malestar por el lenguaje hablamos de un malestar político que el feminismo explora crítica y propositivamente y con el que interpela a la sociedad, pero no prefijando un único camino sino problematizando los caminos normalizados.
La relación entre lenguaje y cultura ha sido largamente teorizada e incluso constituye la base de varias disciplinas como la antropología lingüística, marcando en el orden de esta secuencia enfoques distintos a la hora de interpretar cómo creamos cultura y cómo nos construimos como humanos. Reflexiones muy habituales a lo largo del siglo XX. La hipótesis formulada por Sapir y Whorf fue paradigmática en su momento al sugerir que la cultura no crea el lenguaje, sino que «el lenguaje crea la cultura», es decir, que el lenguaje determina las formas de pensar. Bajo la consideración que una perspectiva compleja del asunto nos haría valorar, creo que sigue existiendo un doble sentido en esta relación entre cultura y lenguaje y, de muchas maneras, transformar el lenguaje desde dentro del propio lenguaje requiere el manejo de los códigos y herramientas (del amo) que se están criticando, por lo que cabe armarse de paciencia e imaginación en la tarea que a cada rato comportará contradicciones y dificultades; trances que no invalidan el propósito de cambio colectivo desde dentro y desde el uso ni el cuestionamiento de dichas herramientas. Su facticidad, insisto, es la clave de su maleabilidad y nuestra agencia es la que garantiza la capacidad de las personas de cambiar y crear contagio.
La cosa, no es solo lingüística, es política y es social, del mismo modo que una palabra en sí no es violenta, lo es el tono y el contexto en que esa palabra se formula. Son cambios que no pueden diseccionarse con bisturí y aislarse, sino que precisan ser entendidos embarrados en la realidad de salivas, susurros, gritos, miradas y expectativas donde nacen las palabras y nos impactan para reafirmarnos en un «eres», pero también para toparse con el velo inconforme de las preguntas que hay más adentro: «¿Qué soy? ¿Qué deseo ser?”» La guerra del nombrarnos va cargada con filos que a la par que nos dibujan (y redibujan) siempre nos abren heridas, pero también nosotras sujetamos esa pluma, esas palabras.
Remedios Zafra
Este debería ser un libro sobre
lenguaje inclusivo. Y lo es.
Como también es un libro
que se pregunta quién incluye
a quién y dónde.
«Los pobres que han leído no siempre
pueden fingir que no acumulan rencor».
Remedios Zafra,
Digo:
—Belén Esteban va a sacar un libro sobre sus lecturas preferidas.
Responde:
—Seguro que tiene un escritor fantasma (dice «un negro») que citará a Dostoyevski (busco en Google cómo se escribe Dostoyevski).
La primera vez que mi abuelo Manuel escuchó la radio, pensó que dentro de aquel aparato había unos señores pequeños hablando. Lo recuerdo perfectamente allá en la cocina de la casa familiar contestándoles, y es el único recuerdo que tengo de él, hasta ese punto debió de impresionarme la cosa.
Los tiempos de la telerrealidad y de las redes sociales (telerrealidad también, de alguna forma) son algo así como los tiempos de la radio de mi abuelo. Nos asomamos a esos espacios como si allí hubiera gente pequeña haciendo su vida dentro de cubículos accesibles desde nuestro móvil o nuestro ordenador. Belén Esteban no es una mujer pequeña que vive en un Show de Truman, espiada en su vida espontánea por un ojo que ella ignora. Es una persona representando el papel de una vida para nuestra mirada, una actriz protagonizando su autobiografía, haciendo de ella. En esa representación, como en toda autobiografía, se les sube el volumen a unas cosas, se les baja a otras, se ficcionan otras más y se esconden unas cuantas. No es muy distinto a cualquier vida social, solo que aquí a saco y de manera unidireccional, porque ella no nos ve a nosotras desde la tele. Y no es muy diferente de lo que hacemos en las redes sociales: mostramos una combinación de elementos de nuestra vida, algunos generados ex professo para exhibirlos y que generan una narrativa a través de la cual deseamos ser vistas. Esta historia de quiénes somos no es real, pero es verdad.
Empiezo de esta manera para no confundir términos. No me interesa la Belén Esteban particular más de lo que me interesa la vecina del quinto..., que me interesa, pero sin más. La Belén Esteban de la que voy a hablar es un personaje de ficción y, sobre todo, es un icono, una metáfora, una proyección tan bien construida que se convierte en la representación de una idea abstracta, como Julieta es el amor (romántico) o Lady Di es la santidad (laica).
La metáfora «Belén Esteban» representa aquello que llamamosmaruja, para las mujeres de mayor edad, y choni, para las más jóvenes. Es el prototipo del ama de casa heterosexual y del extrarradio de las ciudades, en aquellas ciudades donde el extrarradio no es campo sino trastienda, el lugar donde esconden sus andamios, su cacharrería, sus desechos insostenibles y sus productos fallidos. Es un imaginario de mujer que se lleva todos los palos, todas las críticas, el menosprecio de todo el mundo y cuya caricatura usamos cuando queremos bromear sobre alguien chabacano, vulgar, usando de repente el femenino genérico incluso para hombres y el deje del mal hablar (en sociedades monolingües) o el idioma del desprestigio, del populacho (en sociedades plurilingües).
Belén Esteban va a sacar un libro sobre sus lecturas preferidas.
Seguro que tiene un escritor fantasma (dice «un negro») que citará a Dostoyevski (busco en Google cómo se escribe Dostoyevski).
Después de aquella conversación me paso días medio obsesionada con esas dos frases que me vuelven como vuelven las comidas mal digeridas, las pesadillas, las decepciones. Y se lo voy contando a todo el mundo, y lo comento, enfadada, con mis amigas. Y lo explico, pero aún no lo explico bien, no sé apuntar hacia aquello que me molesta, porque aún no entiendo qué es lo que me molesta. Pero ya intuyo que este libro incipiente está contenido en esas dos frases.
Belén Esteban Menéndez, 1973, Ciudad Lineal (Madrid). Wikipedia1 no menciona la profesión de su padre ni de su madre, que es una forma de decir desde el silencio que no tienen una profesión prestigiosa, ni abogada ni político ni médica ni astronauta ni profesor de ciencias ni inventora de nada ni duquesa ni empresaria. Dice: «Es principalmente conocida por haber mantenido una relación sentimental con el torero Jesús Janeiro, así como por sus apariciones en varios programas de televisión de la prensa rosa y telerrealidad». La versión en inglés de esta misma página apunta: junk TV (es decir, ‘telebasura’). La versión catalana concluye su biografía de este modo: «La repercusión de Belén Esteban ha animado a muchos a preguntarse el porqué de su éxito», y, para justificar la frase, remite a un artículo de La Razón, diario de extrema derecha.
Ninguna de estas páginas de Wikipedia dice «Belén Esteban es comunicadora, especializada en programas de entretenimiento. Es líder de audiencia desde hace 20 años».
Por el contrario, todas las páginas dicen que la llegada al mundo del espectáculo de Belén Esteban vino propiciada por su relación con un torero, algo que, puntualizo yo, sucedió en 1997 y duró solo un par de años. Su éxito mediático es únicamente mérito de ella, aunque el relato insista en atribuir a los hombres las gestas de las mujeres.
Busco «Lady Di» en Wikipedia. Ella también se hizo conocida por enrollarse con un tío famoso, pero su biografía destaca méritos personales y la reconoce como protagonista de su propia carrera.
