Lo mejor que tengo - Caridad Bernal - E-Book

Lo mejor que tengo E-Book

Caridad Bernal

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Beschreibung

Blake tenía claro que no hacía falta irse a Vietnam para saber que ella era lo mejor que tenía en su vida   Everly Crawford no podía creer que Blake Olson volviera a hablar con ella como si nada hubiese sucedido. Seis años antes habían sido inseparables, pero después de aquella noche, nada volvió a ser igual. Durante todo ese tiempo habían seguido la vida del otro a través de Ray Allen, su amigo en común, que los conocía demasiado y sabía que seguían sintiéndose culpables por haber roto su bonita amistad. Por no hablar del remolino de sentimientos que ambos se despertaban cuando estaban cerca, pero eso era algo que ninguno de los dos jamás admitiría. Entre ellos la palabra "perdón" no parecía querer salir nunca de sus labios, enquistando una relación que, cada año que pasaba, anhelaban más volver a tener, pero a la que era muy difícil regresar porque habían llegado hasta el punto de evitar mirarse a los ojos. En medio de todo ese caos y frustración, estalló la guerra. Ahora Everly estaba en la universidad y él... ¡se iba a Vietnam!   ¿Podrán Everly y Blake recuperar el tiempo perdido? ¿Serán capaces de decirse finalmente lo que sienten el uno por el otro? - En HQÑ puedes disfrutar de autoras consagradas y descubrir nuevos talentos. - Contemporáneo, histórico, policiaco, fantasía… ¡Elige tu romance favorito! - ¿Dispuesta a vivir y sentir con cada una de estas historias? ¡HQÑ es tu colección!

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Seitenzahl: 296

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www.harlequiniberica.com

 

© 2025 Caridad Bernal Pérez

© 2025, Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S. A.

Lo mejor que tengo, n.º 433 - noviembre 2025

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor, editor y colaboradores de esta publicación, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta publicación para entrenar tecnologías de inteligencia artificial (IA).

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® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

 

Arte de cubierta: CalderónStudio®

 

I.S.B.N.: 9791370009663

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Nota de la autora

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

EVERLY

 

No Particular Place to Go

Chuck Berry, 1964

 

 

Que Blake estuviese entre los miembros del jurado dolía tanto como si se me hubiese quemado el paladar. Era una molestia con la que no había contado, pero que, a estas alturas de mi vida, podía soportar. Porque la podía soportar, ¿verdad? La época en la que su gran altura, sus anchos hombros y su mirada penetrante me fascinaban quedó atrás. Había madurado, ya no era ninguna niña fácilmente impresionable. O al menos, eso me decía mientras decidía girar en redondo y caminar en dirección opuesta.

Intenté mantenerme ocupada arreglando los adornos del pastel que presentaba al concurso, para después acompañar a Hester Gardiner en la difícil tarea de doblar servilletas de papel manteniendo el hilo de su interminable conversación. A veces me imaginaba estrangulándola con mis propias manos porque, aunque era una muy buena amiga, con ella era imposible estar en silencio. Pero en esta ocasión me estaba ayudando a no escuchar a mi estúpido corazón que pedía ver a Blake solo una vez más.

Le pregunté algo a Hester para que siguiera hablando, porque sabía que el jurado se estaba acercando. Escuché su voz grave y su risa cálida y envolvente a mi espalda. Todo mi cuerpo se puso en alerta recordando aquellos breves momentos de complicidad compartidos en un pasado ya lejano. No quería verlo y, a la vez, estaba deseando hacerlo. Coincidir con esos ojos intensos que tantas veces habían repasado mi rostro y yo el suyo. Ese había sido mi comportamiento estos últimos años. Huir de él en contra de mis deseos más ocultos, porque Blake conseguía levantar un remolino de sentimientos contradictorios a mi alrededor con su sola presencia.

Estoy segura de que él no era consciente de todo lo suponía para mí todavía.

Sin embargo, a pesar de las distracciones autoimpuestas, supe de manera certera el momento exacto en el que se colocó frente a mí porque sentí ese familiar escalofrío. Su sombra se alargó hasta tocarme, con un tacto frío y áspero, o esa sensación me dio, pues su presencia era ineludible al ser uno de los chicos más altos del condado de Red River.

Armándome de valor, alcé mi rostro hacia él y, apretando los dientes, sonreí mientras me giraba en torno a los presentes para dar la bienvenida a todos los jueces, tragándome con ese saludo hasta la hiel de mis propias entrañas.

Blake estaba allí, como uno más, como si nada, a solo unos palmos de distancia de mí después de todo lo que habíamos pasado juntos. Tan apuesto e imperturbable como siempre, rodeado por la comitiva que se disponía a probar mi plato.

—Everly, gracias por participar. Seguro que tu receta es exquisita —me dio la bienvenida la señora Pullman, nuestra antigua maestra de cuarto curso que seguía tan encantadora como lo había sido en nuestra infancia.

Evité mirarlo directamente. Aún no podía creer que hubiese tenido tan mala suerte. Para un año que decidía presentarme, para un miserable intento que hacía en mi vida para ganar este premio y honrar así la receta de mi madre, elegían precisamente a Blake Elias Olson como miembro más joven de la junta.

Mi oportunidad para observarlo sin ser descubierta llegó cuando cerraron el círculo para comentar sus impresiones. Su atractivo no había mermado ni una pizca, con ese aire aristocrático que siempre había mantenido a pesar de pertenecer a una familia humilde. Su pelo lacio y castaño, tenía todavía ese brillo dorado bajo los rayos de sol, y a pesar de que llevaba otro corte, el flequillo seguía cayéndole a los ojos hasta el punto que daban ganas de apartárselo con la mano.

El nudo en la boca del estómago se hizo más evidente por el anhelo que me inspiraba su imagen. Él era parte de mí, aunque no deseara verlo. Parte de mi pasado, de muchos muchos recuerdos, buenos y malos. Todo ese conjunto desgarbado y jovial, acompañado siempre de su inevitable altura, había sido para mí su principal arma de seducción. Aunque lo cierto es que nunca había sido un chico muy ligón a pesar de sus posibilidades, porque había tenido otros problemas en la cabeza para preocuparse además por las chicas.

En ese momento reía despreocupado y le salían unas arruguitas cuando lo hacía, su risa me llevaba a otros momentos felices. Tenía que curvar siempre su espalda un poco para seguir la conversación de los demás jueces, pero parecía muy dispuesto a hablar con todos, incluso había saludado a Hester Gardiner cuando la vio pasar por su lado. Se había convertido en todo un chico encantador.

Con todos, excepto conmigo.

Apreté la mandíbula y crucé los brazos a la altura de mi regazo para poder seguir sonriendo de manera absurda, como una muñeca de feria. Blake siempre me hacía sentir insegura. Quizá fuera por su manera sutil de ignorarme, de no incluirme en sus bromas, aunque eso mismo estaba haciendo yo con él hasta hace unos segundos.

«Harás lo que te digo. Lo harás ahora mismo y no se lo dirás a nadie».

De mi pasado más oscuro, llegó esa voz juvenil en un tono urgente y amenazador. La reconocí de inmediato: era su voz.

La escena completa volvió ante mí y la piel se me puso de gallina de repente al recordar cómo apenas podía distinguir la silueta de su rostro entre las sombras. Había susurrado aquellas palabras muy cerca, casi en mi oído, y el brillo de sus ojos manifestó con fiereza que no estaba de broma.

Consiguió asustarme en un solo segundo. Su mirada desafiante resultó aterradora, al igual que verme acorralada entre sus brazos. Ya por aquel entonces era mucho más alto y fuerte que la mayoría de chicos, por eso me impresionó tanto su expresión. Nunca lo había visto así de enfadado, y eso fue lo que más me intimidó. Me encontré indefensa, algo que no esperaba, porque siempre había confiado en él.

Las lágrimas acudieron a mis ojos adolescentes al verme de repente en aquella situación que nunca antes habría imaginado. Quise chillar que me dejara, que me soltara, pero no podía porque me había tapado la boca.

Fue terrible. Pero no solo por el miedo que sentí en aquel momento, sino por la decepción que suponía ver a la persona que me estaba infligiendo el daño. Era Blake Olson. Hacía solo unos segundos, me había sentido afortunada porque me hubiese elegido de entre todas las chicas que habían acudido a esa fiesta, y, en ese instante…, jamás me hubiese imaginado que fuera un cretino tan grande.

Un estremecimiento me devolvió al presente.

Los demás jueces continuaban paladeando su pastel, destrozándolo más bien, mientras él parecía absorto escuchando cómo relataba el alcalde el combate que le había dado la victoria a ese nuevo púgil de Kentucky del que todos los fanáticos hablaban fascinados llamado Cassius Clay.

No había probado bocado y se diría que ni se había dado cuenta de quién era la chica que estaba frente a él, hasta que sus ojos se desviaron hacia mí de manera deliberada. Como si hubiese estado escuchando todos mis pensamientos y fuera consciente de todo lo que me hacía sentir cuando estaba cerca de él.

Entonces, sonrió. Fue un acto reflejo, un gesto inconsciente. Un movimiento apenas perceptible para el resto, pero que consiguió devolverme de nuevo a todas aquellas tardes que habíamos pasado juntos, a todos esos buenos recuerdos que tenía sepultados por voluntad propia. Sonrió y algo en mi interior volvió a vibrar de emoción, por ser solo para mí esa sonrisa ladeada que conocía tan bien.

No estaba preparada para sentir algo así.

—¡Bueno, Everly! Tu tarta tiene una pinta extraordinaria y su sabor es increíble, seguro que si no ganas el premio estarás entre las primeras —dijo el alcalde a modo de despedida, obligando al resto de jueces a seguir sus pasos.

De repente, la visión de los labios de Blake saboreando mi pastel me pilló desprevenida. Creí que ni siquiera se dignaría a probarlo, porque sería su nueva forma de rechazarme. Pero parecía todo lo contrario: estaba disfrutando.

Solté un poco de aire y me agarré a la mesa para no tambalearme ante ese nuevo descubrimiento: Blake no me odiaba.

Hasta ese instante, pensaba que no podía soportar mi presencia por haberme negado en rotundo a hacer lo que me ordenaba aquel día. Por no haber podido amedrentarme. Incluso llegué a pensar que su animadversión hacia mí había surgido mucho antes, cuando mi familia llegó a Avery. Supuse que me despreciaba por mis orígenes, como tantos otros, ya que todos conocían a mi abuela al haber tenido que trasladarse con nosotros al morir mi madre. Nana no ocultaba a nadie cuáles eran sus raíces, tan evidentes como el color de su piel, pues estaba orgullosa de la historia de sus ancestros. Por eso seguía recogiendo su rizado cabello con un largo pañuelo, tal y como su abuela le había enseñado a hacer.

—Delicioso, Crawford —su voz interrumpió de repente mis pensamientos y entonces vi a Blake guiñándome un ojo antes de dejar el plato sobre la mesa.

No contesté, de hecho, se me olvidó respirar.

¿Volvíamos a ser amigos?

Capítulo 2

 

BLAKE

 

Witch Doctor

David Seville, 1958

 

 

Seis años antes

 

—¿Qué haces andando con ese marica? —Encontré a mi padre sentado junto a la mesa de la cocina, esperándome mientras bebía de morro de una botella de whisky.

No eran ni las doce del mediodía.

En parte, esperaba esa encerrona. Había visto su furgoneta de fumigación a lo lejos, pero no le había dicho nada a Ray, porque el hecho de que estuviera allí no me daba buena espina y no quería preocupar a mi amigo.

Mi padre no era de esos que venían a recoger a su hijo a la salida del colegio. Si estaba allí, vigilándome, tenía que ser por algo más retorcido. Ahora ya sabía que había sido capaz de salir antes del trabajo solo para comprobar que era cierto lo que le habían dicho en el bar.

Ni siquiera lo vi levantarse.

Ya lo tenía encima cuando se dispuso a atizarme con la correa. Era tan rápido como violento. Toda la familia lo había comprobado. Esta vez se ensañaba conmigo porque le había ofendido mucho que dijeran que su chico iba con una nenaza, con ese marica que era el hijo de Steven Allen.

Perdió el control una vez más.

Tanto que hasta alcanzó mi oreja, algo que no era lo usual pues solía golpear en partes que no estuvieran a la vista. El cartílago comenzó a sangrar de manera desmesurada, manchándome rápidamente la camiseta.

Me había hecho una herida abierta con la hebilla.

Tiré al suelo los libros para no marcharlos, porque no eran míos, y me cubrí con las manos con rabia. Con doce años todavía no tenía fuerzas para enfrentarme a él, aunque ya le tenía muchas ganas. Sobre todo, cuando abofeteaba a mi madre delante de nosotros y nos obligaba a seguir comiendo después como si tal cosa.

Billy, mi hermano pequeño, fue quien me encontró en el suelo de la cocina. No hubo preguntas, tampoco hicieron falta. Me curó como pudo y juntos limpiamos todo antes de que viniera nuestra madre. Era enfermera y había vuelto a trabajar hacía poco en el hospital de Claksville, pero solía regresar tarde pues volvía en autobús, ya que nuestro padre decía que no podía gastar gasolina en ir a por ella.

Gracias al trabajo de mamá, no teníamos que gastar dinero para llenar el botiquín, algo que, por desgracia, debíamos hacer muy a menudo.

Mientras cenábamos, me prometí a mí mismo que lo mataría algún día con mis propias manos. Pero, por mucho que lo deseara, debía esperar a crecer un poco más para llevar a cabo mi venganza.

Sin embargo, lo de Ray era diferente.

Entendí que debía hacer algo rápido para frenar aquel rumor malintencionado, pues si había llegado hasta mi padre, que ni siquiera trabajaba en Avery, cuando llegásemos al instituto en un par de años, no tardarían en meterse con nosotros. A mí me daba igual lo que dijeran esos niñatos, pero a Ray seguro que no.

Nuestra amistad se vería seriamente comprometida, y no quería prescindir de su compañía, ya que lo consideraba como un hermano. Ray era el único que conocía el problema que existía en casa, y a veces su conversación animada me ayudaba a no caer en un pozo sin fondo.

Eso era lo malo de vivir en una ciudad pequeña, que todos se creían con derecho a hablar y juzgar sobre la vida del resto. Por eso estaba deseando salir de allí cuanto antes, pero dejar solos a mi hermano y a mi madre con ese animal hacía que rechazase la idea en redondo.

Debía tener mucho tacto para encarar este asunto. No quería ofender a Ray contándole lo que se decía de él, pero lo cierto es que ya no era ningún niño, y debía comportarse más como un hombre para que nadie dudara de que lo era. Sus movimientos, el tono irónico de su conversación, o sus extravagantes gustos para vestirse debían moderarse.

Tendría que comer más y hablar menos, así no estaría tan enclenque.

No era algo que hiciera de manera premeditada. Yo lo conocía bien y sabía que era así de disparatado por naturaleza. Puede que su madre hubiese alentado esa forma de actuar al ser tan permisiva con él, pero ya era hora de que sentara la cabeza. Aunque le molestase y sabía que iba a hacerlo, aunque fingiera no sentirse agredido por esos comentarios, debía hacerle entender todo lo que estaba poniendo en juego al comportarse así.

No podía perder su amistad.

Tumbado en la cama, con la habitación a oscuras, escuché a mi madre entrar en casa. Su paso siempre era silencioso y débil. Cerré automáticamente los ojos para hacerme el dormido. Mi hermano y yo habíamos recogido la cocina, hecho los deberes y hasta nos habíamos limpiado los dientes. Nuestro padre no había vuelto a aparecer después de la paliza, algo habitual en él, así que por un tiempo estaríamos tranquilos. Siempre se escondía como un perro cuando sabía que había hecho algo mal, porque sabía que mi madre estaba a punto de abandonarlo, así que lo más seguro era que no volviera a vernos en un par de días.

—Mejor así —deseé en voz baja.

Después de unas horas dando vueltas, me di por vencido. Estaba claro que aquella noche no podría dormir. En parte por el dolor de los golpes recientes, pero también porque no dejaba de pensar en cómo solucionar mi problema: no estaba dispuesto a perder a Ray por un estúpido chisme.

Entonces, el rostro de Everly Crawford sonriendo cruzó mi mente interrumpiendo todos mis pensamientos, algo que sucedía cada vez con más frecuencia durante ese último curso ¡Ella podría ayudarme! Después de todo, los amigos se ayudaban entre sí, ¿no? Bueno, no creo que Everly me considerase su amigo, más bien era la amiga de mi mejor amigo, pero podría ser una buena solución para ayudar a Ray. A eso jamás se negaría.

Aún más nervioso todavía, con las sábanas a mis pies, empecé a pensar en cómo hablar con ella. Everly Crawford era una chica preciosa, además de muy inteligente, me parecía una suerte haber coincidido todo este tiempo en el colegio y también en el instituto, y sería perfecta para llevar a cabo mi plan disuasorio, pero también me imponía mucho.

Me preocupaba que se negase, porque sabía que yo no era ni de lejos su tipo.

Everly y Ray eran muy amigos, casi inseparables. Compartían pupitre, se esperaban para ir juntos a casa y hasta comían en el comedor. Eso era algo que llevaba…, bueno, más o menos bien, aunque reconozco que al principio no reaccioné de una forma racional al verlo con mis propios ojos. Me mostré celoso de su amistad y durante mucho tiempo no quise compartir nada con la recién llegada. Odiaba a Everly por haberme robado a mi amigo, así que ella terminó evitándome por mostrarle siempre mi lado más hostil. Pero al final del cuarto curso tuve que ceder de manera inevitable cuando Ray me pateó por primera vez en su vida y me dijo que debía dejar de comportarme como un niño, que él nunca dejaría de ser mi amigo aunque estuviera ella y que, si le daba una oportunidad, me daría cuenta de lo simpática que era.

Después de aquellas palabras, Ray me ofreció su mano huesuda para levantarme del suelo. Si había conseguido tirarme, era porque me había pillado desprevenido, de otro modo jamás lo hubiese conseguido. Acepté su ayuda y me levanté, con toda la espalda manchada de tierra.

—Eres un cabrón, ¿lo sabías? —grité haciendo el ademán de golpearle en el estómago.

—He tenido un gran maestro —me respondió socarrón.

Solo conmigo se mostraba así de valiente, porque sabía que yo jamás le haría daño. Entonces, como siempre, terminé agradeciendo su amistad. Era afortunado por tener a alguien como él que me abría los ojos ante los errores que cometía.

Porque negarme a hablar con Everly siempre sería un grave error.

Everly Crawford resultó ser todo un fichaje. No solo era guapa y lista —había sido una de las pocas chicas que me habían acompañado en la olimpiada matemática del condado—, también era alegre y muy divertida. Por eso se llevaba tan bien con Ray, algo que jamás dejaría de envidiar, porque al verlos juntos era evidente que era yo el que sobraba.

A su lado, parecía aún más serio y sombrío. Pero es que mi vida era muy diferente a las suyas, algo que solo Ray sabía.

Frente a Everly me veía extrañamente inseguro, aunque no entendía muy bien por qué, ya que yo era el más alto y fuerte de los tres.

En realidad, mi intimidación no tenía nada que ver con su presencia. Everly solo tenía que sonreír, o mirarme a los ojos, para hacer que mis piernas comenzasen a temblar y sentirme extrañamente expuesto. Ejercía sobre mí una fuerza desconocida que hacía que me mantuviese al margen en sus conversaciones. Por eso prefería dejarlos a solas cuando se ponían a hablar de ir al cine, principalmente porque yo no podía permitirme esa clase de lujos.

Así que, según mi plan, solo tendría que apartarme de ellos para que la gente llegase a pensar que eran pareja. Hasta podría sugerirle a Ray que le pidiera salir de manera formal en su cumpleaños. Con trece años ya podía tener novia oficial, incluso podría besarla en algún sitio público cuando llevasen un tiempo.

¡Eso sería fantástico! Como sellar nuestro pacto de amistad.

De pronto, aunque ya había encontrado la solución, una rabia extraña me sacudió el cuerpo. No me gustaba tener que imaginar a Everly en brazos de nadie. Ni siquiera en los de mi mejor amigo, aunque tuviera plena confianza en él.

Por eso siempre me había molestado su amistad.

¿Quién sabe? Podrían llegar a enamorarse realmente y eso sería terrible. Sin embargo, por mucho que me negase a pensarlo, algo me decía que a Ray no le interesaban las chicas de ese modo. Al menos, no todavía. Eso me convenció y por fin dibujé una sonrisa en los labios.

Tenía trazado todo un plan para ayudar a su amigo. Era perfecto, e iba a salir rodado.

Capítulo 3

 

BLAKE

 

The Twist

Chubby Checker, 1960

 

 

Dos años más tarde

 

—Déjame, Blake. —Ray no quería que lo viera en ese estado, por eso había salido corriendo hacia el cuarto de baño que había al final del pasillo, pero conmigo no serviría de nada ladearse el cabello como hacía con su madre.

Yo sabía mejor que nadie cómo esconder un hematoma.

—¿Quién ha sido esta vez? —Con los años, la voz me había cambiado, y hasta había dado otro estirón para seguir siendo el más alto de la clase, pero a pesar de los cambios físicos propios de la edad, seguía queriendo defender a mi amigo por encima de todo. Ese sentimiento tan arraigado en mí permanecía inalterable. No podía soportar las injusticias—. ¡Dímelo, Ray!

—¿Y qué más dará quién ha sido? ¿Qué vas a hacer? ¡Enfrentarte con todo el mundo, Blake! —El labio de Ray seguía sangrando y tuvo que taponarse la herida para no continuar saboreando el sabor metálico de su propia desazón.

—Ven —le dije en un tono apagado para que se acercase a mí. Con el tiempo, había logrado ser tan bueno como mi madre en curar ese tipo de lesiones.

Me sentía culpable por no haber estado presente esta vez para poder defenderlo como se merecía, pero este año apenas coincidíamos en las clases. A mí me interesaban las matemáticas y la física, en cambio a Ray le iban más las letras. Quería ser periodista. Ya había escrito algunos artículos para la revista del instituto, y alguno de sus profesores le había dicho que tenía talento. Algo que tanto Everly como yo ya sabíamos desde hacía años.

Ray rechazó mi ayuda de un empujón, algo que nos recordó a ambos a aquel día que consiguió tirarme al suelo de un solo golpe. Sonreímos, pero en seguida el rostro de mi amigo volvió a ensombrecerse:

—No, Blake. No voy a ir a ningún lado, está claro que esto no va contigo. Soy yo, es a mí a quien no toleran en su clase. Vas a tener que dejarme solo de una vez por todas, como hizo Everly. —Ray veía cada vez más claro su final, pero que la nombrase a ella siempre me dejaba un sabor amargo en la boca.

El padre de Ray había sido muy claro la última vez que habían hablado sobre lo que estaba sucediendo. Si volvía a aparecer con un ojo morado, lo llevaría a otro instituto. Y si se negaba a ir para no alejarse de su amigo, lo pondría a trabajar, por mucho que se negara su madre. Así aprendería a defenderse y comportarse como un hombre de verdad.

—Si Everly hubiese aceptado, nada de esto estaría pasando —razoné en voz alta—. ¿Por qué no la llamas? Ya ha pasado tiempo, quizá esta vez sí que quiera salir contigo.

No era fácil hablar de Everly. Fue duro para los dos tener que acostumbrarnos a su ausencia, sobre todo sabiendo que en cierto modo yo había sido el culpable de su distanciamiento, el que había provocado que se alejase y que después todo entre nosotros se fuese a la mierda.

—Y si no me coge el teléfono, ¿qué harás? ¿Irás hasta su casa para amenazarla otra vez? —preguntó Ray con malicia.

Aquel comentario me pareció muy cruel, pero en seguida entendí por qué lo hacía.

—¿Qué pretendes? ¿Hacerme daño para que me aleje de ti?

Tragué saliva sin apartar la vista de mi amigo. La sirena del patio sonó en ese momento y todos nuestros compañeros volvieron a sus clases, menos nosotros, que seguíamos allí encerrados, manteniendo nuestras miradas como en un duelo del Oeste.

Al final, Ray rio con amargura.

—Me conoces demasiado bien, cabrón.

Yo respondí con un amago de sonrisa por su sinceridad. Una vez más, le perdoné su capacidad para meterme el dedo en la llaga. Hasta el momento, nunca habíamos hablado de este tema, y pensaba que jamás se atrevería a echármelo en cara, pero al parecer había llegado nuestro momento de la verdad porque ambos estábamos hartos de callar algunas cosas que no habían desaparecido con el tiempo.

Sabía que no había actuado bien, que no tendría que haberla acorralado en un callejón oscuro, tapándole la boca, para obligarla a hacer algo que no quería.

«Harás lo que te digo, lo harás ahora mismo y no se lo dirás a nadie».

Esa frase había llegado a volverme loco por las noches.

¿Por qué la había dicho? Jamás me había atrevido a hablar así a alguien, y menos a Everly, pero al tenerla tan cerca esa noche en aquel callejón, —y ser incapaz de tocarla como quería—, algo se encendió dentro de mí. Fue horrible reconocer en ese acto que era el digno hijo de mi padre. Ojalá esas palabras nunca hubiesen salido de mi boca. Si hubiese tenido un poco más de autocontrol, si me hubiera dado cuenta de lo que podía perder por una tontería, jamás me habría arriesgado a tanto. No valía la pena, nada merecía tanto la pena como su amistad. Ahora solo coincidíamos en el servicio dominical, algo obligado en nuestra pequeña comunidad parroquiana de Avery, casi tanto como lavarse detrás de las orejas. Pero ni siquiera allí quería verme, Everly prefería girar la cabeza y hacer como si nunca me hubiese conocido.

En cuanto vi el miedo reflejado en sus ojos, supe que me había equivocado. Justo en ese instante, se rompió nuestra amistad. Ese maldito día la perdí para siempre. Y todavía a día de hoy me lamentaba por ello, pero estaba en juego la integridad de nuestro amigo, y Ray no conocía el sacrificio tan grande que estaba dispuesto a hacer por él.

—Perdona —se disculpó Ray, despertándome de mis pensamientos. Él sabía de sobra que Everly era mi talón de Aquiles—. No quería decir eso.

—No hace falta que finjas, Ray. Sé que mantenéis el contacto. Es conmigo con quien no quiere hablar… —murmuré, muy a mi pesar.

—Bueno, tampoco es como antes. Solo nos hemos felicitado en las fiestas, y quizá nos hemos visto un par de veces, sobre todo en nuestros cumpleaños…

—No hace falta que me des explicaciones —pedí para dejar de escucharlo.

—Entiéndelo, Blake, fuimos amigos durante muchos años. Éramos como uña y carne.

—¡Entonces, ¿por qué no accedió a salir contigo?! —salté furioso al escuchar aquello.

—¡Porque con quien quería salir en realidad era contigo, imbécil! Y la asustaste tanto que nos hiciste infelices a los tres —gritó Ray con la voz desgarrada por el dolor que le causaba tener que confesarme la verdad, una verdad que yo ya intuía, porque vi en los ojos de Everly el mismo miedo que veía en mi madre cuando estaba frente a mi padre. Vi el amor, pero a la vez todo su cuerpo temblaba, porque no era bueno para ella—. ¿Por qué lo hiciste, Blake? ¿Por qué tuviste que convertirte en un monstruo como tu padre ese día? Everly no se lo merecía ¡Ojalá nunca le hubieses dicho nada!

Sus palabras dolieron más que los puños de cualquier matón contra los que me había enfrentado por defenderle. Pero, al menos, en algo estábamos de acuerdo. Habría dado mi alma por borrar esa escena del pasado, pero no podía, y esa impotencia me volvía loco de rabia y dolor. Por eso decidí apartarme de una vez de todo lo que pudiera recordármelo.

—Está bien. Tú lo has querido. De ahora en adelante, te las apañarás tú solo.

Y allí lo dejé, lo abandoné. Le di la espalda cuando más me necesitaba. Cerré de un portazo ese cuarto de baño y lo eché de mi vida. A partir de ese momento, me olvidaría también de él y enterraría toda clase de sentimientos. Ni amor ni amistad. No necesitaba ninguna de las dos si me iban a causar tanto dolor.

Capítulo 4

 

EVERLY

 

C’Mon Everybody

Eddie Cochran, 1958

 

 

Dos años antes

 

Nunca me habían tratado de engañar. A la vista estaba que éramos muchos en esa casa. Compartía la cama, el cuarto de baño, hasta la mesa de la cocina cuando había que hacer los deberes.

Sabía que no podía quejarme, porque tampoco me había faltado de nada a pesar de crecer sin madre. Mi abuela Nana se había encargado de suplir su ausencia con todo su cariño, y cuando sus pobres huesos ya pensaban que iban a descansar un poco, tuvieron que hacer acopio de valor y criar a sus cuatro nietos que acababan de quedarse huérfanos.

No debía llorar por lo que no tenía, porque, aunque no vivíamos rodeados de lujos, podíamos permitirnos algunos caprichos gracias a los trabajos de costura de Nana. Mis hermanos y yo siempre teníamos una o dos monedas, que nuestra abuela nos metía en el bolsillo, para comprar esas revistas de moda que tanto nos gustaban o ir a las salas de cine los fines de semana, que era cuando habilitaban una zona para nosotros.

Pero claro, lo de ir a la universidad no se arreglaba con unas cuantas monedas…, antes tenía que cambiar el mundo como lo conocíamos hasta la fecha. Yo quería seguir estudiando, realmente lo deseaba y me esforzaba por ser la mejor en cada materia, pero aún no tenía claro que cuando fuera mayor pudiera licenciarme. Ni siquiera la mejor beca de estudios cambiaría el color café de mi piel.

Con las miras puestas en ese lejano objetivo, Nana, que no tendría ningún título universitario, pero era más lista que el hambre, me regaló en mi trece cumpleaños unas zapatillas de correr.

El atletismo era un deporte que se podía practicar en cualquier momento, en solitario, cuya equipación era barata y sin necesidad de una instalación costosa. En Avery, por ejemplo, no había piscina, y en invierno el lago se helaba. En cambio, podría correr todo lo que quisiera atravesando campos de cultivo.

Nadie hizo caso a ese particular regalo hasta que un día llegué a casa enfadada después del colegio.

Había vuelto a ver a Blake, y todavía no podía soportar su presencia después de lo que me había hecho hacía tan solo unos días. No se lo había contado a nadie, pero sabía que Nana sabía que algo me había pasado y que estaba ocultándoselo. Así que subí corriendo las escaleras que llevaban a mi habitación, la que compartía con mi hermana pequeña, y sin dar explicación alguna, di un portazo para mostrar la rabia que sentía.

—¿Everly? —preguntó Nana de inmediato desde el piso de abajo.

Me mordí los labios y fruncí el ceño al escuchar su voz. ¡Menudo fallo!, la había olvidado por completo. Mi abuela no toleraba que nadie se comportase de esa manera en casa, y era capaz de sacarme de la habitación con un tirón de orejas.

—Déjala, abuela. Everly siempre ha sido un poco idiota —escuché que contestaba mi hermano mayor, que estaba con ella en la cocina.

Esperé unos segundos en completo silencio, ni siquiera me moví prestando toda mi atención a lo que se podía oír al otro lado de la puerta. Estaba segura de que Nana subiría para pedirme explicaciones ante mi comportamiento. Hasta sabía lo que me iba a decir: «Everly, por el amor de Dios, tú ya eres mayor, debes dar ejemplo a tus hermanos».Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando comprobé que no hubo castigo después. Nadie vino detrás de mí para echarme un rapapolvo. Nana simplemente me dejó estar y continuó hablando con mi hermano sobre sus deberes.

Asombrada de mi propia suerte, los seguí escuchando un rato más porque las paredes de mi casa estaban hechas de papel, pero cuando me di cuenta de que ya estaba segura en mi dormitorio, me puse de lleno a sacar cosas del armario.

Buscaba algo, pero ni siquiera yo sabía el qué. Quería hacer la maleta e irme de allí, de ese pueblo donde todo el mundo se conocía, quería estar lejos de Blake porque su sola presencia me afectaba muchísimo.

Y, de repente, rodeada de ropa por todos lados, cayeron en mis manos las zapatillas que Nana me había regalado en mi último cumpleaños. Las había metido en la misma caja donde guardaba las cosas de mi infancia, mis libros favoritos y alguna joya de mi madre. Allí estaban, a estrenar todavía, y tras mirarlas con detenimiento me di cuenta de que parecían bastante cómodas. Debían de haberle costado una fortuna a mi abuela, y yo había decidido meterlas en una caja. ¡Menuda desagradecida! Así que me imaginé corriendo con ellas y, gracias a esa imagen en mi mente, pude al fin sonreír.

A los pocos minutos, aparecí bajo el umbral de la puerta de la cocina, con una coleta bien alta que recogía todos mis rizos oscuros, ropa deportiva y, por supuesto, el calzado que me había regalado mi abuela.

—Voy a salir a correr —anuncié como si fuera algo usual en mí, y para rematar la frase, puse mis manos en las caderas. Engañándome a mí misma si lo que pretendía era que Nana no se diera cuenta de que había estado llorando en mi habitación.

—¡Oh, vaya! ¿Llegarás muy tarde? —continuó mi abuela la farsa, actuando con la misma rallante normalidad, a pesar de que ambas sabíamos que esas zapatillas que llevaba no habían salido de la caja que había en mi armario hasta ese momento.

—No, iré y volveré al parque que hay en las afueras. Como mucho, una hora —calculé sin saber nada en absoluto sobre lo que podía suponer correr una hora seguida, sin calentamiento previo, ni hidratación necesaria. Nada. En realidad, todo eso me daba igual. La sangre que circulaba por mis venas iba cargada de energía y debía consumirla como fuera.