Lo que falta - Munir Hachemi - E-Book

Lo que falta E-Book

Munir Hachemi

0,0

Beschreibung

Igual que a un osado trapecista, a Munir Hachemi también le gusta el «más difícil todavía» y ampliar cada vez más los límites de su literatura, algo que para sus lectores representa un reto siempre gozoso y estimulante. Esta colección de cuentos arranca con un texto en el que una joven trata de salir adelante en un mundo donde «se ha acabado la gente». Hachemi también sigue los pasos de una pareja que busca, incansable, el Sonido del Fin. Asiste a la monótona espera de alguien que pasa una estricta cuarentena encerrado en un lujoso hotel de algún punto del continente asiático y a las interacciones con sus semejantes. Sigue las pesquisas de un policía que, tras descubrir la literatura justo antes de jubilarse, empieza a aplicar una lógica diferente en su trabajo. Da cuenta de una apócrifa versión de Las mil y una noches traducida por Borges que sólo contiene la historia de un antiguo Imperio que basa su poder en su inmensa Biblioteca. Aun así, el texto más extraterrenal de todo el conjunto es el que se basa en el relato real de un antiguo trabajador de un CIE (Centro de Internamiento de Extranjeros) en el que simplemente cuenta lo que presenció. Con toques de alegoría política, apuntes visionarios y giros fantásticos y especulativos que no olvidan el puro placer del juego literario, Hachemi vuelve a demostrar en Lo que falta una inteligencia narrativa fuera de lo común que sorprenderá a quien se aventure en sus solitarias, a veces descarnadas, corpóreas y enigmáticas realidades.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 226

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



LARGO RECORRIDO, 210

Munir Hachemi

LO QUE FALTA

 

 

EDITORIAL PERIFÉRICA

PRIMERA EDICIÓN: mayo de 2025

 

 

 

 

© Munir Hachemi, 2025 Casanovas & Lynch Literary Agency, S. L.

© de esta edición, Editorial Periférica, 2025. Cáceres

[email protected]

www.editorialperiferica.com

 

ISBN: 978-84-10171-54-1

 

La editora autoriza la reproducción de este libro, total o parcialmente, por cualquier medio, actual o futuro, siempre y cuando sea para uso personal y no con fines comerciales.

Para mis amigues

MANUAL DE ESCRITURA POR CORRESPONDENCIA

para Pablo y Tomás

No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

MATEO 4:4

Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados […]. Después partió los panes y se los dio a los discípulos, para que ellos los repartieran entre la gente.

Todos comieron hasta quedar satisfechos. Y, cuando los discípulos recogieron los pedazos que sobraron, llenaron doce canastas. Los que comieron fueron como cinco mil hombres, además de las mujeres y los niños.

MATEO 14:19-21

… andaría cuando oyó la voz. Desacostumbrada al sonido de las palabras, tardó unos segundos en procesarlas. La pregunta se repitió a su espalda: «¿Caminamos juntas?». Antes habían sido cuatro; ahora eran dos. Pensó en correr, pero temía una nueva repetición y se volvió. Antes de fijarse en la chica que había hablado vio, tras ella, los täkis que crecían en la pared de ladrillo.

No dijo ni sí ni no, pero caminaron juntas unas cuadras. Iban esquivando grupos de täkis. Álex miraba al suelo y retenía su forma: todos iguales, circulares, muy lisos y de pocos centímetros de diámetro. Se preguntó por qué las farolas seguían dando luz. Miró a su compañera, que volvió la cara hacia ella en ese preciso momento. Sintió ganas de preguntarle. Señaló las farolas e hizo un pase de manos como de dar luz; luego, un interrogante. Notó el picor de la proximidad: los täkis le crecían bajo los pies. Saltó a un lado y en el suelo quedaron dos copias idénticas de sus zapatillas. «Hay quien cree tener una misión –dijo la otra–. Tiene que haber alguien a cargo de los generadores.» Instintivamente, Álex se tapó la boca.

Apretando el paso, se alejaron de la proliferación. Cada dos cuadras, la otra se paraba en seco, meditaba o hacía como que meditaba y tomaba una dirección. Álex no sabía cómo sacársela de encima. Cada vez que, con temor, la miraba, ella también la estaba mirando o se giraba en ese momento. «He proliferado», imaginó Álex, pero su acompañante y ella no se parecían en nada.

*

Cada vez somos menos quienes podemos escribir (o creemos que somos menos; lo cierto es que nadie lo sabe, quizá sólo quede yo). Las reglas elementales de la escritura son tres. En primer lugar, se debe escribir siempre con los ojos cerrados para no leer lo que se escribe. En segundo lugar, se deben evitar las repeticiones; si éstas empiezan a aparecer, lo más probable es que los täkis ya estén proliferando en el cerebro. Los sinónimos tampoco sirven; de hecho, son aún peores que las repeticiones. La tercera regla, que es la más importante y que, si se cumple, permite ignorar las otras dos, es: no se debe pensar mientras se escribe. En contra de lo que mucha gente cree, no es la escritura lo que engendra la proliferación, sino la lectura. Se debe disociar, entonces, una actividad de la otra (resulta útil, si se conoce alguna, escribir en una lengua extranjera). Para lograrlo hay que aprender a pensar con imágenes y dejar que sean los músculos de la mano los que conviertan dichas imágenes en texto. Los caminos para dominar esa técnica son varios y los consignaré en otro capítulo. Aquí me conformaré con señalar que las drogas no sirven; ya no hacen efecto, igual que ya nadie enferma o envejece. Los täkis nos han vuelto idénticos a nosotros mismos. Lisos, circulares.

Si aparece la tentación de revisar un texto tras escribirlo, debemos resistir. Somos pocos los que hemos aprendido a escribir sin leer; más allá de algunas herejías, rumores de profetas ocultos, leer sin leer sigue siendo imposible.

*

A la altura de la antigua Facultad de Ideología vieron a una pareja discutiendo. Eran doplers, peleaban porque ambos decían ser el original. Álex quería huir, pero la otra no se movió. Pronto, los que discutían fueron cuatro; después, ocho. A Álex empezó a picarle la garganta y contuvo la respiración. Los ocho doplers se distribuían como siempre: uno muy agresivo, uno ligeramente más alto, uno conciliador, uno que de lejos parece calvo, uno que manda callar, etc. Serían treinta y dos cuando empezó la masacre. A pesar de que les caían algunos flechazos desde los balcones cercanos, morían más despacio de lo que proliferaban. Era un desastre: aquello quedaría intransitable durante semanas. Álex vio a algunas personas que recogían a toda prisa las tiendas de campaña y se marchaban. Un dopler también se fue. Álex tomó un poquito de aire. Cuando el que mandaba callar murió, echaron a andar. Tuvieron que saltar una medianera de täkis que se había formado en la calle.

Una vez que se hubieron alejado, Álex respiró hondo y su compañera le preguntó cómo se llamaba. Le crecieron unos täkis en las gafas y las lanzó sin preocuparse demasiado, y luego las nuevas gafas que se le habían formado encima. Álex quería responder, pero estaba tan acostumbrada a pensar en imágenes que no fue capaz. «Yo me llamo Celsa», dijo la otra mientras se quitaba dos gomas del pelo agarrándolas con la punta de los dedos por donde no tenían täkis. A Álex le gustó aquel pelo negro, la forma en que ondeaba. Finalmente pudo ordenar los sonidos y dijo su nombre; en ese mismo momento se cortó la luz. «Se pone peligroso», dijo Celsa, y corrieron a esconderse en la antigua Facultad de Peripatetismo, que estaba por ahí cerca. Como no sabían dónde pisaban, prefirieron no mirar atrás.

*

Algunos libros son más nocivos que otros. Los indicadores de peligro son: la redundancia, el esteticismo, el derroche, la buena prosa, los epítetos, las subordinadas, etcétera. Al principio, cuando los täkis eran escasos y se reproducían muy lento, se podía leer casi de todo. Luego fuimos perdiendo autores y libros hasta que sólo se podían leer los de K; después, ya nada. Lo llamo K porque su nombre se ha borrado por extenuación: en los primeros estadios de la proliferación, surgieron multitud de imitadores suyos. Un volumen circuló con especial fervor; se titulaba Muchas muchas gracias y era una ampliación de otro, Muchas gracias. Según los rumores, éste era a su vez la ampliación de un tercero cuyo nombre se ha perdido y que quién sabe si no provendría también de un cuarto. K, que supuestamente era el autor del texto primigenio, denunció al autor de Muchas muchas gracias por plagio cuando aún teníamos sistema judicial, pero el procedimiento decayó cuando se supo que el denunciante era en realidad un dopler del auténtico K; además, el original era el autor de Muchas muchas gracias.

*

Al cruzar el umbral, alguien les hizo «shhh…» a pesar de que no estaban hablando. En el salón central del edificio, una amplia estancia hexagonal, vieron a muchísima gente leyendo con velas y a alguien que iba levantando los cadáveres y devolviendo los libros a los anaqueles. En la puerta se leía «Biblioteca». Álex apartó la mirada. Buscaron un hueco en un corredor y unas mantas, y se echaron, abrazadas, en el suelo. Celsa le dio un beso en los párpados y ella se lo devolvió en el mentón, y se quedaron dormidas así, besándose.

*

«Son suicidas», le explicó Celsa al día siguiente. A Álex le parecía que sus palabras proliferaban menos que las de los demás. Se preguntó cómo lo hacía, si era algo en su sintaxis. Asintió como dando a entender que ya lo sabía, aunque era mentira. Pasearon un rato por el salón hexagonal mirando a los lectores, que ahora se servían de la luz que entraba por donde alguna vez hubo una cúpula. Algunos recorrían los anaqueles, quizá buscando un ejemplar de Muchas muchas gracias o simplemente tratando de escoger con cuidado el último libro que leerían. Pasaron allí varios días, tal vez un mes entero, sí, un mes. Alguna vez Álex sintió la tentación de leer, aunque no lo hizo. Se fijó en que había mucha disparidad entre los lectores: algunos llegaban a la mitad de un libro de casi mil páginas y otros morían en los primeros poemas de una plaquette. Algunos eran tan cuidadosos que morían escogiendo libro, leyendo los títulos. Otros llegaban vestidos de negro, tomaban uno al azar y, en sus últimos estertores, invariablemente pronunciaban: «Todo libro es cualquier libro». Álex no entendió lo que decían hasta la cuarta o quinta vez, porque, en cuanto alguien abría la boca, retumbaba en la estancia un unánime «shhh…» que ahogaba cualquier otro sonido y evitaba la proliferación. Una tarde, Álex se asomó sobre el hombro de una chica que recorría un tomo hecho sólo de imágenes. Le sorprendió que la chica mostrara síntomas claros de proliferación. Ella misma empezó a distinguir alguna letra entre los trazos, sobre todo la ese que hacía la curva de un vestido; comenzó a oír un «sssss» en el lóbulo frontal y a sentir el picor en el hemisferio derecho. Por suerte, Celsa se la llevó antes de que su cerebro proliferara. Pasó varios días aturdida. Luego, una noche, se aburrieron y se marcharon.

*

Escribir es un oficio solitario. Al principio, los escribidores se juntaban en las aulas de la antigua Facultad de Traumatismo, pero, cuando uno proliferaba tanto que le salían los täkis de las orejas, se daban situaciones muy incómodas, sobre todo por el tema de los derechos de autor. Pronto se formaron grupos. Unos fanáticos quisieron escribir el Quijote desde cero; el caos fue tal que la Facultad estuvo cuatro meses en cuarentena. Después de aquello sólo volvieron dos grupos: el de los combinadores y el de los copistas. Los primeros reorganizaban al azar –o casi– los versos de antiguos libros de poesía (a veces juntando varios) y los copistas, grandes profesionales dignos de admiración, los reproducían y los distribuían por la ciudad. Aunque nadie los leía, ambos grupos se entregaban con celo a su tarea. A veces hacían algún cadáver exquisito. Quizá lo sigan haciendo.

*

Álex y Celsa fueron de la mano sin rumbo fijo hasta llegar al Cabildo. Álex quiso volverse, pero Celsa siempre seguía hacia adelante, a veces colándose entre paredes hechas de täkis. Un grupo avanzaba frente a ellas dos. Llega