Loca por un hombre - Cindy Gerard - E-Book

Loca por un hombre E-Book

Cindy Gerard

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Beschreibung

Un beso nunca sería suficiente... Con esa piel cremosa, los ojos seductores y esa deliciosa boca, Carrie Whelan estaba volviendo loco a Ry Evans. Pero él sabía que no debía ni acercarse a la hermana pequeña y virginal de su mejor amigo, por muy irresistible que la encontrara. Su misión era cuidarla y protegerla de los ataques de otros hombres. Pero todos los hombres tenían un límite… y Ry encontró el suyo cuando la propia Carrie se dejó llevar por la pasión…

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Seitenzahl: 143

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

 

© 2004 Cindy Gerard

© 2024 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Loca por un hombre, n.º 1455 - agosto 2024

Título original: Breathless for the Bachelor

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9788410741720

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno

 

 

 

 

–Si me vuelves a llamar presumida, juro que te voy a quebrar todos los huesos del pie.

Sentados en un apartado del Royal Diner, con una ceja alzada, Ryan Evans observó el ceño fruncido de Carrie Whelan. Y le pareció que hablaba en serio. Estaba a punto de exhalar fuego, una llamarada tan ardiente como el color de la brillante, lisa y sedosa melena pelirroja que caía hasta los delicados hombros.

Ryan nunca se había podido resistir a la tentación de gastarle bromas, y por pura tozudez decidió apretar otro botón; pero primero tenía que ponerse a salvo. Así que, tras aclararse la garganta, escondió las piernas bajo el gastado asiento de plástico rojo para impedir que la señorita Whelan, a punto de estallar, no le rompiera los huesos del empeine con el aguzado tacón de su botín de diseño.

–Estás en esos días del mes, ¿no es así, dulzura? –preguntó con la compasión sabia y paternalista de un hombre comprensivo. Cuando ella emitió un gruñido por respuesta, él parpadeó, todo inocencia–. ¿He dicho algo malo?

Ella ladeó la cabeza y lo estudió como si fuera un pedazo de chicle que habría que raspar de la suela de la bota.

–Para un hombre de tan vasta experiencia con las mujeres, dices justo lo peor para impresionar a una dama.

–Así que ahora eres una dama, ¿no es así?

No hacía mucho tiempo que la pequeña Carrie Whelan, la hermana menor de su mejor amigo Travis Whelan, había declarado a quien quisiera oírle que iba a ser un vaquero y que moriría antes de que alguien la viera con otra cosa que no fueran sus tejanos, sus botas y el típico sombrero de Texas.

Bueno, podía dar testimonio de que todavía estaba viva, y muy viva, aunque pocos años antes hubiera cambiado la tela vaquera por la de seda y sus gastadas botas por unos suaves botines italianos. Y también llevaba diversos tipos de sombrero. Gracias a un fondo que Trav había establecido para ella, Carrie no tenía que trabajar, aunque la chica mimada de Royal, Texas, siempre andaba ocupada en algo. Cuando no hacía voluntariado en la Unidad de Quemados del Royalty Hospital o en la Biblioteca, dedicaba muchas horas semanales a un Centro de Día o se ocupaba de recaudar fondos estrujando el bolsillo de ancianos, y no tan ancianos, de buen corazón que solidarizaban con su causa y no se resistían a su sonrisa.

Y, sí. Definitivamente estaba viva, Ry volvió a pensar antes de echar una breve mirada apreciativa a los pechos bien formados que pugnaban contra la seda marfil de la blusa.

Pero se suponía que no tenía que notarlo. Se suponía que no tenía que advertir nada remotamente sensual o femenino en Carrie.

Ry se bajó el ala del sombrero hasta las cejas. El problema era que ella tenía razón en una cosa. Ya no era una chica presumida. Era una mujer hermosa… estupenda con aquellos expresivos ojos garzos, el cuerpo alto y esbelto como un sauce y una boca que hacía que un hombre se preguntara cómo sería sentir la presión de esos labios sobre la piel desnuda.

Desde luego que él no debía formularse esas preguntas. No podía pensar en ella de esa manera. Y se esforzaba enormemente para no hacerlo.

Con el ceño fruncido, volvió la mirada al rostro de la joven, a los ojos gris verdosos y se obligó a retomar su papel de hermano adoptivo.

–¿Por qué estás tan contrariada, osita Carrie?

Carrie le lanzó una mirada furiosa.

–Eres peor que mi hermano –farfulló al tiempo que bebía un sorbo de café cargado de crema–. Vosotros no me tomáis en serio.

Ry se reclinó bruscamente en el asiento en tanto se resistía a la urgencia de confesarle cuán en serio la tomaba, y cuán en serio ella podría alborotarle la mente si no la controlaba con firmeza.

–¿Qué hace Trav?

–Lo de siempre. Me trata como a una niña.

–Él te quiere mucho –dijo suavemente.

Carrie lo miró con esos rutilantes ojos garzos que le hacían pensar en el color de una sutil nube de humo, como aquellas que se desprendían de los rescoldos de un fuego nocturno.

–¿Y tú? ¿Qué haces aquí? –preguntó bruscamente.

–Bueno, hasta donde recuerdo, te llamé para saber cómo estabas. Entonces dijiste que tenías un día muy largo por delante y me pediste que nos reuniéramos aquí para tomar un café –dijo con cautela porque no quería que ella supiera que, a petición de Trav, desde hacía dos semanas no le quitaba el ojo de encima.

Carrie movió la cabeza de un lado a otro.

–No, no me refiero a que estemos tomando un café en el Royal Diner. Lo que quiero decir es qué diablos hacemos tú y yo aquí. Por amor a Dios, es sábado y casi de noche. ¿Por qué no estamos fuera de la ciudad junto a nuestros respectivos acompañantes bebiendo champán, en tu caso tu cerveza preferida, con expectativas de una noche ardiente, apasionada…?

–¡Para ahí! –Ry se enderezó bruscamente–. No quiero discutir mi vida sentimental contigo.

–Por no decir que tampoco quieres discutir la mía.

–Haré como que no he oído lo que acabas de decir –replicó con firmeza–. Porque si lo hubiera oído, tendría que informar a tu hermano, y posiblemente él se sentiría obligado a matar al mensajero, que sería yo, antes de venir a buscarte. Y el Señor se apiade del hombre que se atreva a tontear con la pequeña hermana de Travis Whelan.

Carrie negó con la cabeza al tiempo que dejaba escapar una risa carente de humor.

–Puedes respirar tranquilo, grandullón. Actualmente no existe la menor posibilidad de que mi hermano mate a alguien. ¿Quieres saber por qué? Porque no tengo vida sentimental.

Ry sintió que la conversación se le escapaba velozmente de las manos.

–Creo que tampoco quiero oír hablar de eso.

–¿Tienes idea… tienes la más remota idea de lo que significa que una mujer de veinticuatro años todavía sea virgen? –preguntó con vehemencia.

–¿Por qué no lo dices un poco más alto para que todo el mundo se entere? ¿Qué forma de hablar es ésa en boca de una chica formal como tú?

–¿Ves? Ése es el problema. Tal vez no soy una chica formal. Tal vez soy una peligrosa chica aficionada al sexo que enloquezco a los hombres con mi provocativa y seductora…

–¡No! –Ry sacudió la cabeza–. Oh, no, seguro que no estoy oyendo nada de esto.

–¿Qué pasa, Ry? ¿Te estoy poniendo nervioso, tal vez un poco excitado?

Sí. Había logrado excitarlo.

–Verás, lo suficientemente nervioso como para colocarte sobre las rodillas y darte un par de azotes –le advirtió en tanto luchaba por recuperar la cordura.

Carrie lo miró con los ojos entrecerrados y una perversa sonrisa de chica mala antes de tocar la curva sensual del labio superior con la punta de la lengua.

–Oh, eso suena a… perversión sexual.

El corazón dio un brinco en el pecho de Ry.

–Carrie, te lo advierto. Si sigues así yo…

–¿Tu qué? ¿Irás a contárselo a mi hermano? ¿Me llevarás a casa y me atarás a la pata de la cama que, por lo demás, es amplia y tentadora? –dijo en voz demasiado alta.

Ry le imploró con la mirada que hablara más bajo antes de que los otros clientes se enteraran de la conversación.

–Nos vamos –gruñó de improviso.

–¿Marcharnos? No me apetece –Carrie replicó con una mirada furiosa que paseó alrededor antes de fijarla en un apartado situado en un rincón del restaurante. Entonces sus ojos se volvieron felinos mientras buscaba algo dentro del bolso–. Vete tú, porque yo me voy a quedar aquí y me presentaré al recién llegado a la ciudad. Tal vez verá en mí otra cosa que no sea sólo la hermanita de Travis Whelan, y tal vez no tenga que huir para salvar su vida.

Ry la fulminó con la mirada, aunque ella no le prestó la menor atención. Con vista fija en el rincón del local, sacó un lápiz de labios y, sin consultar ningún espejo, se aplicó un brillo rojo cereza con mano experta.

Ry todavía miraba fijamente esa boca, entregado a la fantasía de la marca de esos labios rojos sobre su vientre desnudo, cuando ella se deslizó hacia el extremo del asiento y se puso de pie.

De vuelta de su sueño, siguió la dirección de la mirada femenina y reconoció al hombre sentado a la mesa del rincón. No conocía al nuevo médico que había llegado al Royalty Hospital, aunque alguna vez lo había visto por ahí. De hecho, el doctor Nathan Beldon era la razón por la que Travis le había pedido que no perdiera de vista a Carrie.

–No podría decir nada concreto –Travis había declarado pensativamente con el ceño fruncido la primera vez que había hablado con Ry–, pero hay algo en ese tipo que no me agrada. Quizá es un poco demasiado astuto y demasiado zalamero para mi gusto. Pero, por algún motivo, parece que Carrie ha puesto los ojos en él.

Bueno, Trav y él al menos estaban de acuerdo respecto al doctor, pensó Ry con severidad.

Al ver que Carrie daba un paso en dirección a Beldon, Ry le agarró el brazo y la obligó a sentarse.

–¿Beldon? –preguntó ignorando su protesta de que le soltara la muñeca mientras intentaba convencerse de que esa sensación en el vientre no era una punzada de celos–. ¿Quieres ir a seducir al doctor Beldon?

Ella se quedó inmóvil un segundo y luego le dirigió una mirada considerativa antes de sonreír de un modo nada dulce y tampoco inocente.

–Bueno, no lo había pensado exactamente en esos términos, pero gracias, Ryan. Es una gran idea. Y si tengo suerte, puede que mañana no sea la última virgen de veinticuatro años que queda en Texas.

Ry sabía que no hablaba en serio, pero podía percibir que se sentía lo suficientemente temeraria como para iniciar algo con el doctor que tal vez no supiera cómo concluir.

–Te vas a casa. Esta noche no estás en tus cabales.

Tras buscar en el bolsillo, sacó unos billetes y los puso sobre la mesa. Luego la condujo hacia la puerta sujetándole el codo con firmeza al tiempo que ignoraba sus protestas. De paso, sacó del perchero la chaqueta roja de cachemir y la metió entre sus brazos.

La furiosa señorita Whelan todavía lo insultaba cuando Ry le puso una mano en la nuca y la escoltó hasta el coche.

–Vete a casa –ordenó en tanto abría la puerta del conductor.

–Vete al infierno –disparó ella con una mirada venenosa.

Ry le colocó las manos sobre el volante.

–Siempre queda esa posibilidad, pero mientras tanto te seguiré para cerciorarme de que conduces en la dirección correcta.

–¡Eres un Neandertal! –exclamó furiosa antes del cerrar de un portazo.

Ry golpeteó el techo del coche con la palma de la mano.

–Y no olvides respetar los límites de velocidad.

Con la mirada fija en la calzada, Carrie arrancó el coche bruscamente.

Ry exhaló una gran bocanada de aire y se dirigió a su vehículo. Luego, apresuradamente se abrió paso entre los coches para no perderla de vista.

Sí, al día siguiente hablaría con Travis. Su amigo bien podía encontrar otro perro guardián para vigilar a su hermana. «Tal vez un eunuco», pensó sin dejar de recordar el modo en que Carrie había encendido sus sentidos. Maldición, era una mujer muy ardiente, muy apetecible y se suponía que él tenía que mirarla como a una hermana pequeña.

No, no era su hermana, aunque sus padres se hubieran hecho cargo de ellos cuando los de Travis y Carrie fallecieron en un accidente de carretera hacía ya catorce años. Todavía recordaba la imagen de Carrie, una niña de sólo diez años, triste y desolada, llorando en sus brazos. Y todavía se le partía el corazón al pensar en su sufrimiento. Pero últimamente y demasiado a menudo, le costaba gran esfuerzo pensar en ella como aquella dulce muchachita que fue casi una hermana para él.

Una cosa era la relación entre ellos cuando ella tenía diez años y él dieciocho. Al principio de la veintena, Ry ya era un joven que prometía en su carrera y ella, una floreciente jovencita de dieciséis años encaprichada de él. No había permanecido insensible a ese capricho porque se sentía halagado, y por esa razón no le había importado velar por ella cuando iba a Royal, lo que no sucedía muy a menudo ya que había pasado un tiempo en la universidad y luego cinco años de prácticas en las pistas de rodeo. Pero en la actualidad, bueno, era una historia diferente. Las razones que lo llevaban a no perder de vista a Carrie distaban mucho de ser fraternales, por mucho que él lo intentara.

Con la boca convertida en una dura línea, la siguió hasta State Road. Trav lo mataría si sospechaba que Ry pensaba en Carrie como una mujer apetecible.

Ry vio cómo Carrie se saltaba la luz ámbar del semáforo. Con un elocuente ademán de la mano en su dirección, lo dejó esperando que el semáforo se pusiera en verde.

–Maldición de mujer –murmuró sacudiendo lentamente la cabeza, pero sin dejar de sonreír al ver que los faros traseros del coche desaparecían en medio del tráfico–. Me va a matar.

Una sedosa melena rojiza. Sensuales labios abultados. Pechos firmes y llenos. Largas y esbeltas piernas. Ry tuvo que acomodarse la bragueta de los tejanos como tenía que hacerlo cada vez que la veía últimamente.

Unas cuantas manzanas más lejos, al fin pudo dar alcance al coche de Carrie. Cinco minutos más tarde, la vio salir del vehículo como una tromba y entrar en su casa. Tras unos segundos, observó que se encendían las luces en el interior de la vivienda.

–Me vas a volver loco –murmuró al tiempo que se dirigía al Club de Ganaderos–. Aunque muy a gusto por mi parte.

Necesitaba una copa. Y al día siguiente iría a ver a Travis. Necesitaba mirarlo directo a los ojos y recordar que la mujer que originaba sus fantasías sexuales era la hermana pequeña de su mejor amigo.

La pequeña hermana virgen.

La sangre se agolpó en sus mejillas y en otras partes del cuerpo que no debían tener ninguna relación con Carrie. Con el corazón acelerado pensó en su inocencia y cómo sería la experiencia de ser el primer hombre que le hiciera el amor.

Ry se frotó el mentón mientras pensaba que el primer hombre no sería él ni nadie si Trav continuaba comportándose como un hermano excesivamente protector. Ry sabía que tras la muerte de los padres, Trav había tomado la responsabilidad de proteger a su hermana. Habían pasado muchos años pero no había modificado su conducta, y estaba claro que si fuera por Trav, Carrie moriría solterona.

De acuerdo, tendría que dejar de pensar en ella de ese modo. Y al día siguiente debía preparar una excusa para convencer a Travis de que ya no podía seguir pendiente de su hermana.

Capítulo Dos

 

 

 

 

«¿Qué vas a hacer… llevarme a casa y atarme a la pata de la cama?», Carrie repitió mentalmente sus palabras mientras salía de la ducha y sacaba una toalla verde jade del armario.

¿Realmente se lo había dicho? ¿A Ryan Evans, precisamente?