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En el poema "Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo", Rubén Darío compartía la melancolía causada por la persecución de lo inasible mediante versos tan memorables como éste, que cito literalmente: "al abrazo imposible de la Venus de Milo". Y eso es lo que me propuse narrar en esta colección de relatos fugaces: impulsos fronterizos. Metáforas de la inconsistencia y la soledad, o como poco de la singularidad. Sueños insomnes, teoremas sin conclusiones, fantasmas sin castillo o abrazos sin brazos. Nos hallaremos, pues, con personajes bajo pasiones evanescentes, atónitos ante esta realidad que se les escurre con mayor o menor carga de erotismo según los casos. Ahora tan sólo espero que sean de su agrado.
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Veröffentlichungsjahr: 2017
LOS BRAZOS DE VENUS
Colección Harén, número 2
© del texto: Francisco Javier Rodríguez Barranco
© del prólogo: Sandra Pedraz Décker
© de la edición: Ediciones Azimut
Ilustración de cubierta: Xero Fernández
Diseño de la cubierta: Mags Kandis
Maquetación eBook: ePubOnline
1ª edición en Epub: abril de 2017
ISBN: 978-84-946639-2-5
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede realizarse con la autorización expresa de sus titulares, aparte de las excepciones previstas en la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear fragmentos de esta obra (www.conlicencia.com; +34 91 702 19 70; +34 93 272 04 47)
Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, botón de pensamiento que busca ser la rosa; se anuncia con un beso que en mis labios se posa
PRÓLOGO
Esta antología trata de todo aquello que se ve, pero también de lo que no se ve o, mejor dicho, se intuye. Por eso, el título Los brazos de Venus no podría ser más acertado. Según cuentan, la estatua que representa a Afrodita (Venus, en la mitología romana), símbolo del amor y la belleza, perdió sus brazos a principios del siglo XIX, como consecuencia de una pelea entre los franceses y los turcos por ver quién se quedaba con tan preciada obra de arte. La estatua cayó al suelo, de modo que sus brazos se rompieron y fueron los turcos quienes finalmente los recogieron y los enterraron en paradero desconocido, mientras que los franceses se llevaron el resto. De lo cual pueden deducirse dos cosas: que los intereses materiales siempre destruyen las cosas bonitas y que, al final, sale peor parado quien menos culpa tiene. Desde entonces, se ha especulado a menudo sobre cómo era la figura original. Se dice, por ejemplo, que sostenía en una mano la manzana que le había entregado Paris para distinguirla como la diosa más hermosa. Esto no podremos saberlo nunca, pero sí podemos plantearnos dónde reside la verdadera belleza: ¿en lo que es o en lo que podría haber sido?
Cuestiones como ésta nos plantean los veinte cuentos que ha escrito Javier, y que tienen la peculiaridad de que ninguno se asemeja en nada a los demás. Hay, por ejemplo, amores de juventud nunca olvidados, violentos desamores, amistades perdidas y recuperadas, secretos que inundan habitaciones, ascensores que viajan en el tiempo e incluso imágenes que cobran vida. Por eso, esta antología debe recibirse con la mente abierta y una buena predisposición para la risa y el ingenio, ya que aquí no se relata la realidad tal cual, ni se presentan relatos al uso, sino que se trata de darle una vuelta tanto a los argumentos como a las formas narrativas. ¿Quién ha dicho que un cuento no pueda estar formado sólo por dos líneas? ¿O que no pueda consistir en una conversación de tres páginas? ¿Quién habla de seguir una línea temporal fija o estar siempre en el mismo espacio? ¿Y quién puede afirmar que no haya vida detrás de un espejo o que no exista el amor a primera vista?
Existen dos términos con los que aconsejo estar familiarizados antes de la lectura. El primero, los “palíndromos”, que viene del griego “palin dromein”, volver a ir hacia atrás. Como, por ejemplo: “Isaac no ronca así” o “Yo dono rosas, oro no doy”. Y el segundo, “choni”. Se trata de un tipo de chica que suele vestir con chándal o colores estridentes y ropa interior de imitación de marcas conocidas a la vista, que se pone muchos pendientes y mechas en el pelo, va muy maquillada y normalmente no tiene expectativas profesionales o vitales, ya que uno de sus principales pasatiempos es hacerse fotos delante del espejo del baño para colgarlas en sus redes sociales. Todo esto no quita que luego pueda tener cierta ternura y buenos sentimientos. Puede resultar extraña mi advertencia, pero en cuanto empecéis la lectura, lo comprenderéis todo mucho mejor.
Ya sólo me queda dar el último consejo: elegid vuestro sofá favorito, cubrid vuestras piernas con esa manta tan calentita que alguien os regaló por Navidad, el gato, sobre el regazo o, si se da el caso, el perro a vuestros pies, o viceversa, dependiendo de los gustos y costumbres de cada uno. Los niños, durmiendo plácidamente y la casa, en silencio. La luz, bien dirigida. El estómago, lleno. Una taza de café o té, o bien un refresco al alcance de la mano, un par de horas sin ninguna tarea o responsabilidad a la vista y Los brazos de Venus entre las manos. Y no necesitáis más para pasar un par de horas más que agradables. Que disfrutéis de la lectura.
SANDRA PEDRAZ DECKER
LOS HOMBRES SABIOS
Las rectas paralelas se cruzan en el infinito
(Euclides)
Doce hombres sabios llegaron a la casa de Antonia Castaño y llamaron a la puerta. Cuando la mujer les abrió, reconoció consternada:
—Pero yo sólo tengo camas para once.
Los hombres sabios decidieron entonces regresar y volvieron a pasar por la colina yerma, la solana hostil y el puente de madera. Desde una de las orillas del río, un castor les observó con curiosidad, pero cuando llegaron a la Academia decidieron que uno de ellos se quedara. Mientras tanto, Antonia Castaño tejía jerseis, encendía la chimenea o sabe Dios qué.
Once hombres sabios llegaron entonces a la casa de Antonia Castaño y llamaron a la puerta. Antonia abrió secándose las manos en el delantal y les manifestó cariacontecida:
—Pero yo sólo tengo zapatos para diez.
Los hombres sabios comprendieron que debían regresar y volvieron a pasar por la meseta hirsuta, la laguna extraña y el puente de madera. En un cruce del camino les pareció que la sombra de los árboles les señalaban una vereda equivocada y preguntaron al juez de paz que pasaba por ahí, pero cuando llegaron a la Academia decidieron que uno de ellos se quedara. Mientras tanto, Antonia Castaño leía poesía, oía cantar a los pájaros o sabe Dios qué.
Diez hombres sabios llegaron entonces a la casa de Antonia Castaño y llamaron a la puerta. Antonia abrió protegiéndose los ojos del sol con la mano izquierda y les transmitió apenada:
—Pero yo sólo tengo cubiertos para nueve.
Los hombres sabios comprendieron que debían regresar y volvieron a pasar por el vergel despoblado, el acantilado ocioso y el puente de madera. Fatigados como iban por el viaje, pensaron que lo mejor era descansar sentándose cada uno en los grandes pedruscos que se daban por la zona, pero cuando llegaron a la Academia decidieron que uno de ellos se quedara. Mientras tanto, Antonia Castaño experimentaba injertos entre las flores, traducía poemas de Tagore o sabe Dios qué.
Nueve hombres sabios llegaron entonces a la casa de Antonia Castaño y llamaron a la puerta. Antonia abrió sujetándose una guedeja rebelde del pelo con una horquilla y reconoció sincera:
—Pero yo sólo tengo butacas para ocho.
Los hombres sabios comprendieron que debían regresar y volvieron a pasar por el desfiladero espeluznante, las brozas calcinadas y el puente de madera. Para animar la marcha, uno de ellos contó un sucedido gracioso y todos los demás lo celebraron alegremente (se le había ocurrido decir, por ejemplo: “Bueno, pero no nos engañemos: si se murió Dante, aquí es que se puede morir cualquiera”; o alguna otra paradoja sin sentido), pero al llegar a la Academia decidieron que uno de ellos se quedara. Mientras tanto, Antonia Castaño horneaba pan, escribía una carta o sabe Dios qué.
Ocho hombres sabios llegaron entonces a la casa de Antonia Castaño y llamaron a la puerta. La mujer les abrió, tras comprobar previamente por la mirilla quiénes eran, y no pudo evitar un suspiro cuando les comunicó:
—Pero yo sólo tengo camisas para siete.
Los hombres sabios comprendieron que debían regresar y volvieron a pasar por los empinados riscos, los bosques umbríos y el puente de madera. Uno de ellos pensó que se había hecho un esguince en un tobillo y pidieron ayuda en una cabaña. Resultó que era sólo una distensión y agradecieron la ayuda recibida, pero al llegar a la Academia decidieron que uno de ellos debía quedarse. Mientras tanto, Antonia Castaño bordaba ojales, limpiaba el polvo de los cuadros de Durero, vareaba la lana de los colchones o sabe Dios qué.
Siete hombres sabios llegaron entonces a la casa de Antonia Castaño y llamaron a la puerta. Antonia abrió sacudiéndose unas miguitas de pan del delantal y les enfrentó entristecida a la verdad:
—Pero yo sólo tengo herramientas para seis.
Los hombres sabios comprendieron que debían regresar y volvieron a pasar junto a las barcas de pesca, los jazmines olvidados y el puente de madera. En un recodo del camino les sorprendió una ventisca fuera de temporada, pero al llegar a la Academia decidieron que uno de ellos debía quedarse. Mientras tanto, Antonia Castaño pegaba fotos en un álbum, acariciaba el lomo de su gato o sabe Dios qué.
Seis hombres sabios llegaron entonces a la casa de Antonia Castaño y llamaron a la puerta. La mujer estaba atareada al otro extremo de la casa y tardó en abrir. Fue en ese momento cuando cayó en la cuenta:
—Pero yo sólo tengo miel para cinco.
Los hombres sabios comprendieron que debían regresar y volvieron a pasar por las praderas inmensas, los cocoteros arrinconados y el puente de madera. Caminaba cada uno absorto en sus propios pensamientos y por eso al principio no escucharon la voz del pastor que les ofrecía pan y queso para suavizar la travesía. Repusieron fuerzas gracias a los alimentos que les dio el hombre y se mostraron muy interesados en el trazado de las cañadas reales, pero al llegar a la Academia decidieron que uno de ellos debía quedarse. Mientras tanto, Antonia Castaño enhebraba las perlas de un collar, acentuaba palabras esdrújulas o sabe Dios qué.
Cinco hombres sabios llegaron entonces a la casa de Antonia Castaño y llamaron a la puerta. Aunque en un principio la mujer se mostró halagada por la visita, enseguida lamentó tener que decirles:
—Pero yo sólo tengo cuadernos para cuatro.
Los hombres sabios comprendieron que debían regresar y volvieron a pasar por las laderas arboladas, los trigales descoloridos y el puente de madera. En este punto de su viaje, cada vez que uno quería tomar la palabra, los demás, mediante señas, le rogaban educadamente que no rompiera el silencio, pero al llegar a la Academia, decidieron que uno de ellos debía quedarse. Mientras tanto, Antonia Castaño recomponía madejas, inventaba figuras para las nubes del cielo o sabe Dios qué.
Cuatro hombres sabios llegaron a la casa de Antonia Castaño y llamaron a la puerta. Al oír los golpes, Antonia sintió un alivio a su soledad, mas cuando abrió, le pareció indecoroso ocultarles la situación:
—Pero yo sólo tengo abrigos para tres.
Los hombres sabios comprendieron que debían regresar y volvieron a pasar por la encrucijada deshidratada, la vía romana y el puente de madera. Quizá fuera un espejismo, pero ninguno de ellos recordaba el pueblo que se alzaba a la izquierda, ni la espadaña del campanario que descubrieron a su derecha, pero al llegar a la Academia, decidieron que uno de ellos debía quedarse. Mientras tanto, Antonia Castaño encendía las velas junto al piano, buscaba una emisora de radio que fuera de su agrado, encalaba alguna pared o sabe Dios qué.
Tres hombres sabios llegaron a la casa de Antonia Castaño y llamaron a la puerta. Comoquiera que la mujer parecía no haber oído el tañido de las aldabas con formas de lagartos, volvieron a intentarlo. Antonia Castaño apareció entonces en el umbral con signos evidentes en los ojos de un llanto reciente. Quizá por eso su voz pareció inacostumbradamente quebradiza cuando trasladó su pensamiento:
—Pero yo sólo tengo monturas para dos.
Los hombres sabios comprendieron que debían regresar y volvieron a pasar por los pedregales entre cardos, las playas deslustradas y el puente de madera. Se cruzaron con una mujer que había errado su camino, pero poco podían hacer para ayudarla. Uno de ellos recordó de pronto al pastor que les había ofrecido pan y queso, aunque para entonces ya la mujer se había despedido. Finalizaron cabizbajos la travesía, pero al llegar a la Academia, decidieron que uno de ellos debía quedarse. Mientras tanto, Antonia Castaño recuperaba el ánimo, caminaba descalza o sabe Dios qué.
Dos hombres sabios llegaron entonces a la casa de Antonia Castaño y llamaron a la puerta. Antonia les abrió visiblemente repuesta, mas no por ello era posible evitar un lamento:
—Pero yo sólo tengo azucenas para uno.
Los hombres sabios comprendieron que debían regresar y volvieron a pasar por los cerros cavernarios, las atalayas blanqueadas y el puente de madera. Cuando uno desfallecía, el otro le sujetaba por la cintura, colocándole un brazo por encima de su hombro, pero cuando llegaron a la Academia, decidieron que uno de ellos debía quedarse. Mientras tanto, Antonia Castaño fatigaba oscuridades, meditaba junto a la ventana o sabe Dios qué.
Un hombre sabio llegó entonces a la casa de Antonia Castaño y llamó a la puerta. Antonia abrió con una toalla en las manos y un mohín de impotencia en los labios antes de hablar con el hombre:
—Pero yo no tengo mecedoras para nadie.
El hombre sabio comprendió que debía regresar y volvió a pasar por los hayedos carcomidos, las fuentes de agua salada y el puente de madera. No se detuvo a charlar con el pastor, a quien adivinó a lo lejos, ni con los jueces de paz que aparecían doquiera mirara. Así, cuando por fin llegó a la Academia, llamó a sus once compañeros, les contó lo sucedido y todos le escucharon atentamente.
Mientras tanto, Antonia Castaño colocaba manzanas entre las sábanas, enceraba un mueble de madera, giraba las botellas en la bodega o sabe Dios qué.
LOS BRAZOS DE VENUS
A reivaJ le sobresaltó esa impetuosa irrupción en su región especular privada, pero sin tiempo para reponerse de la sorpresa ya estaba besando apasionadamente a la otra imagen a la par que le subía el jersei de angora por el tórax, ascendía más allá de la cabeza (en ese momento se dio cuenta de que se trataba de una joven rubia muy turbadora) y salía por los brazos. Sus dedos intentaban encontrar el broche del sujetador, pero ya la otra imagen se reía y separaba las dos copas de los pechos, unidas mediante un práctico imán. Debió pensar que era la primera vez que su original tropezaba con este tipo de cierre, porque efectivamente así era: nunca antes había conocido un cierre magnético de sostén. Para reivaJ, en cambio, no era la primera vez que salía tan ardorosamente de su letargo de la región de las imágenes. No, por supuesto que no, pero no podía siempre pasar de cero a cien en décimas de segundo. En cierto modo, sin embargo, su original se lo ponía fácil con las mujeres tan excitantes que traía a su alcoba. De lo que, desde luego, no estaba seguro era de si se trataba de jóvenes conquistadas con la fuerza de su seducción, o si eran más bien prostitutas. Eso en ese momento daba igual: la chica acababa de bajarse la cremallera de la falda y sus dedos pugnaban con el elástico de las medias. Una vez que las hubo sacado completamente, las arrojó a un rincón de la habitación. La expresión de reivaJ se iluminó con la de su original, pero es probable que aquél lo hiciera de una manera especial ante la belleza y sensualidad de la imagen con la que estaba a punto de hacer el amor. Tan sólo un diminuto tanguita separaba a la joven del desnudo completo. Por su parte, reivaJ estaba ya completamente en cueros, salvo por los calcetines, que no tardó en quitarse. En el fondo era un perfeccionista. Hombre y mujer ya estaban tumbados en la cama, ella boca arriba, él encima de ella. Tres o cuatro acometidas salvajes y su original alcanzó el éxtasis, mientras la imagen de ella repetía un ligero rictus de dolor. Ambos cuerpos descansaron luego desnudos sobre la cama, de la que ni siquiera habían retirado la colcha. Ella no parecía una meretriz.
—¿Te he hecho daño? –preguntó reivaJ a la imagen tendida junto a él.
—No importa. No ha sido culpa tuya. Ha sido tu original. ¿Es siempre tan brusco?
—Casi siempre. Lo siento. Me tiene harto.
—¡Qué va! No tienes de qué disculparte, de verdad. Espero que, al menos, descanse ya para lo que queda de noche.
—Suele repetir.
—Pobrecita.
—Pues sí.
—Mi original, quiero decir.
—Ya, ya, ya me lo imagino.
—Por cierto, ¿cómo te llamas?
—reivaJ –dijo reivaJ.
—Entonces tu original se llama Javier.
—Claro. ¿Cómo te llamas tú?
—anA –dijo anA.
—Qué suerte.
—¿Por qué?
—Pues porque siempre te llamarás igual que tu original, y si lo ponemos en mayúscula, tu original y tú sois iguales: ANA.
—Tienes razón.
—Claro.
—Es mucho más fácil así.
—Claro.
Ana y Javier permanecían abrazados mientras se recuperaban de los arrebatos carnales y las estremecedoras exigencias. Hablaban en voz baja.
—Ana anA, capicúas –continuó reivaJ—. ¿Te gustan los palíndromos? Yo conozco muchos: Ana lava lana, Roma amor, Adán no cede con Eva y Yavé no cede con nada.
—Pareces una imagen simpática –afirmó anA mientras le observaba con curiosidad.
—Gracias.
—Y muy tierno.
—Gracias. Tú también pareces una persona muy dulce.
Al otro lado del cristal, en la región de las cosas tangibles, Javier y Ana se metieron en la cama, sentados con las espaldas apoyadas en el cabecero. Él encendió dos cigarrillos y le pasó uno a ella. Por debajo de las sábanas, Javier empezó a acariciar la cara interna de los muslos de Ana y poco a poco se fue acercando al sexo de la joven. Sin embargo, comoquiera que en la región de las imágenes ese deseo de otro cuerpo no era visible, aunque los bultos de las manos se situaban en las mismas zonas que las de sus originales, quizá reivaJ y anA entrelazaron durante un instante las que tenían debajo de las sábanas.
—¿Hace mucho que vives aquí? –interrogó la imagen femenina.
—No te creas. Mi original puso el espejo en este cuarto hace relativamente poco. Todavía no me he acostumbrado a todos los objetos que hay por aquí.
—Lo comprendo. Yo tampoco me acostumbro a tanto cambio: cuando empiezo a estar a gusto en un sitio, mi original coge y se va a otra casa, sale a la calle o cosas así.
—Es lo que pasa, que nos cuesta echar raíces en los sitios.
—¿Has estado alguna vez en el espejo del Café Central?
—Me encanta. Además siempre hay mucha gente ahí. Es una buena manera de sociabilizarse con otras imágenes.
—Desde luego.
—¿Y tú has estado alguna vez en el palacio de espejos de Lucerna, en el centro de Suiza?
—Qué va. A mi original no le gusta viajar.
—Vaya. Lo siento.
—En cambio se pasa las horas muertas arreglándose en el espejo de su habitación. Me resulta insoportable. Es aburridísimo y yo ya no sé ni qué cara poner para que se quede contenta y termine el suplicio.
Ambas imágenes rieron con ganas. Ana y Javier también parecían estar contentos.
—¡Como si eso fuera posible! –exclamó reivaJ.
—Pero sería divertido, ¿no te parece?
—Divertidísimo.
—Todavía no ha comprendido que mi lunar en la mejilla izquierda es mucho más insinuante que el suyo en la derecha.
—Ni lo comprenderá nunca –sentenció reivaJ.
—Como cuando vamos a un probador con espejos a los dos lados y las imágenes se multiplican hasta el infinito. En esos momentos siento que soy que soy yo el original y que puedo hacer con mis imágenes todo lo que se me antoje.
—Me parece un bello sueño.
—Pero las imágenes, imágenes son.
—A mí me falta imaginación para esas cosas –admitió reivaJ—. Soy una imagen sin imaginación.
—Dime, ¿te gusta el eco de la música?
—Es que en esta casa sólo hay espejos en el cuarto de baño y en las habitaciones, y en ninguna de ellas hay equipo de música.
—Ah, comprendo –respondió la imagen de la joven—. Pobrecito.
