Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
El fascinante retrato de una comunidad de artistas, soñadores y bohemios que convirtieron la isla de Hidra en el campo de pruebas de una vida más libre y sencilla. Al comprar una casa en la isla de Hidra, la escritora Charmian Clift cumplió un sueño largamente acariciado: echar raíces en un puertecito de aguas cristalinas, luz cegadora y costumbres sencillas, lo más parecido a un paraíso en miniatura. Allí, Clift y su marido pronto ocuparon el centro de una comunidad de artistas y bohemios, soñadores y vagabundos que buscaban en Grecia una vida barata y sin ataduras, consagrada a la creación o a la vagancia. Entre ellos destacaría un todavía desconocido Leonard Cohen, al que el matrimonio acogió e inspiró con su ejemplo. Pero, como todo paraíso terrenal, el de Clift tenía un precio. Los días se le iban en poner coto al caos doméstico y en cuidar de sus tres hijos, los ingresos que generaban los derechos de autor eran exiguos, y las tabernas y el alcohol eran una distracción constante. Después de los pobres creativos llegaron los ricos y sus yates, y un buen día una legión de norteamericanos desembarcó en Hidra para rodar una película de Hollywood. Aquel rincón idílico se había convertido en una isla chic. Los buscadores de loto es la crónica apasionante del nacimiento y la disolución de una utopía, de una época efervescente en la que Hidra fue un laboratorio social y artístico en el que experimentar con formas de vida distintas, antes de que el turismo y la modernidad más ramplona interrumpieran un sueño que parecía eterno. La crítica ha dicho... «Bebían y escribían más que nadie, se enfermaban y se curaban más que nadie, maldecían y bendecían más que nadie, y eran de lejos los más solidarios. Fueron una fuente de inspiración.» Leonard Cohen «Prosa auténtica, austera, llena de detalles y repleta de vida.» Diego Gándara, La Razón «La voz de Charmian Clift tiene un encanto y una viveza muy peculiares.» Ignacio Echevarría, El Cultural «Un libro acompañado por un aura de clásico de la literatura de viajes.» Use Lahoz, El ojo crítico «Bello y desafiante.» Toni Montesinos, Cultura/s «Me gusta (muchísimo) Los buscadores de loto por la mirada de Clift y por su versatilidad.» Aloma Rodríguez, abril «Nos hace enamorarnos de la vida en marchas cortas y a velocidad de crucero.» La Voz de Galicia
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 355
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Portada
Los buscadores de loto
Los buscadores de loto
charmian clift
Traducción de Patricia Antón
Título original: Peel Me a Lotus
Copyright © Charmian Clift, 1959
First published in 1959 by Michael Joseph Ltd.
This translation has been published by arrangement
with the Jane Novak Literary Agency, Australia.
Patricia Antón ha recibido una ayuda económica de la Unión Europea
y del Goethe Institut para la traducción de esta obra. Las opiniones
expresadas en este libro no reflejan en modo alguno la postura oficial
de dichas instituciones.
Un agradecimiento especial a Vicente Fernández González
por la transcripción de los términos griegos que aparecen en este libro.
© de la traducción: Patricia Antón, 2023
© de la traducción del prólogo: Lucas Villavecchia, 2023
© de esta edición: Gatopardo ediciones S.L.U., 2023
Rambla de Catalunya, 131, 1.o-1.a
08008 Barcelona (España)
www.gatopardoediciones.es
Primera edición: junio, 2023
Diseño de la colección y de la cubierta: Rosa Lladó
Imagen de cubierta: © colección Johnston/Clift
Ilustración de la página 7: © Bea Salas @_beasalas
Ilustraciones de interior: © Nancy Dignan
eISBN: 978-84-126639-7-6
Impreso en España
Queda rigurosamente prohibida, dentro de los límites establecidos por la ley, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, el alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra, sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.
índice
Portada
Presentación
prólogo
Recordando a Charmian Clift
LOS BUSCADORES DE LOTO
Febrero
Marzo
Abril
Mayo
Junio
Julio
Agosto
Septiembre
Octubre
Charmian Clift
Otros títulos publicados en Gatopardo
PRÓLOGO
Recordando a Charmian Clift
La mañana del 9 de julio de 1969 los periódicos de Australia traían en portada la noticia del intento de suicidio, en un hotel de Sídney, de la cantante británica Marianne Faithfull, cuyo novio, Mick Jagger, interpretaba el papel protagonista en una película sobre el legendario bandolero Ned Kelly. En las últimas páginas de las ediciones vespertinas aparecía la noticia de que la periodista Charmian Clift había «fallecido a medianoche mientras dormía, sin que hubiera habido indicios previos de enfermedad».
Al día siguiente, los fans de Clift empezaron a telefonear a la centralita del Sydney Morning Herald y del Melbourne Herald, periódicos en los que, desde noviembre de 1964, ella venía publicando una columna semanal. Invitada en un principio a escribir sobre los cambios que había observado al regresar a su país natal después de vivir una década en una isla griega, la columna de Clift no tardó en adquirir una enorme popularidad. Si bien estas «revoluciones pequeñas y sigilosas» (según las definió Clift en una ocasión) a menudo quedaban muy a la izquierda del mainstream de la opinión pública, la intimidad conversacional de su voz hacía sentir a los lectores que mantenían un trato personal con la autora.
Pese al tacto mostrado por los medios, el público pronto comprendió que Clift se había suicidado. A la mayoría de los amigos y fans de Charmian les resultaba imposible creer que una mujer que parecía encarnar la vida decidiera acabar con ella. (¿No había escrito acaso que nunca llevaba reloj porque siempre le «había parecido que era como llevar la muerte en la muñeca»?)
Aunque el modo en que murió no refleja el verdadero carácter de Charmian Clift, ha servido para alimentar una leyenda que hace que se la recuerde por todas las razones equivocadas. Si bien recientemente se han reeditado algunos libros de Clift (e incluso han sido traducidos al español, al catalán y al griego), existe una industria dedicada a explotar la imagen de Charmian Clift y de su marido, el también escritor George Johnston, como los protagonistas de una tragedia griega, con un elenco de celebridades internacionales entre las que figura Leonard Cohen, y un argumento en el que los rumores sobre antiguas infidelidades se mezclan con historias de trifulcas etílicas y facturas sin pagar, de celos, belleza en declive y (lo peor de todo) el pecado de ser una madre negligente. Por supuesto, la localización es el reclamo principal. La pequeña isla de Hidra, con su anfiteatro de mansiones dieciochescas que abrazan las aguas cristalinas de un pequeño puerto, es el escenario —o, en su defecto, el plató— idóneo para estas sagas.
De hecho, ya lo era en tiempos de Clift.
En Los buscadores de loto (publicado en 1959), donde cuenta su verano en Hidra, la escritora se burla de las estrellas de cine y sus acólitos, que han invadido la isla que en invierno era un refugio para Charmian, George y la pequeña colonia de escritores y artistas extranjeros, y amigos. El título del libro aludía a la famosa frase de Mae West —«¡Pélame una uva!»—,1 que Clift combina en clave irónica con la referencia a los míticos lotófagos que el héroe homérico Ulises encontró repantigados en una isla cubierta de plantas narcóticas. La gran ironía es que ahora Clift y Johnston son retratados exactamente como la clase de parásitos holgazanes que ella tanto aborrecía.
Así, se habla mucho de las visitas de la pareja a la taberna local para beber a mediodía, pero pocas veces se consigna el hecho de que su jornada de trabajo solía comenzar puntualmente al romper el alba. Durante los diez años que pasaron en Grecia, Johnston y Clift escribieron catorce novelas y dos libros de viaje.
La distancia que los separaba de sus mercados, junto con un régimen tributario que les golpeaba simultáneamente en tres países distintos, hacía que las ganancias resultantes de todo ese trabajo fueran precarias. La razón por la que estos escritores se dirigían al puerto a mediodía era la esperanza de que el correo que llegaba a diario a bordo del barco de vapor procedente de Atenas incluyera un cheque. Nadie que disponga de unos ingresos regulares puede comprender lo angustiante que es vivir pendiente de la siguiente liquidación de los derechos de autor, sin saber cómo se están vendiendo los libros. En una ocasión, en Grecia, cuando recibió un pago menor de lo esperado por una novela, Charmian se sentó a llorar en el hueco de la escalera de su casa. «No es la pobreza lo que importa —explicó—, sino la certeza de que uno seguirá siendo pobre.»
En Hidra, al menos, la manera estacional e impredecible de ganarse la vida, propia del escritor, podía ser comprendida por los comerciantes locales. Allí, la pareja pudo vivir como los pescadores de esponjas: comprando alimentos y garrafas de retsina a crédito, a la espera de que llegara su barco. A estas cuentas se añadían las rondas de alcohol que George solía pagar a otras personas, incluidas aquellas que más tarde difamarían a la pareja. A estas alturas, las muestras de resentimiento de una pequeña y claustrofóbica colonia de extranjeros han sido exageradas hasta el absurdo.
Una semana antes de la muerte de Charmian Clift, un debate público acerca de la idoneidad de darle a Mick Jagger el papel de Ned Kelly la llevó a escribir un artículo sobre la icónica representación del héroe popular australiano que había hecho el artista y viejo amigo suyo Sidney Nolan. A lo largo de un invierno salvaje en Hidra, Charmian y George habían pasado muchas noches conversando con Nolan sobre la naturaleza de los mitos. En el artículo ella citaba una conversación reciente en la que el pintor había comentado que una historia se convierte en mito cuando «la gente le insufla pasión, se pone a circular como un guijarro y acaba representando algo básico en la comunidad».
Así pues, ¿qué necesidad básica satisface el mito de los dos escritores australianos que se emborracharon y tuvieron algún que otro escarceo sexual en una pequeña isla griega antes de que la mayoría de nosotros hubiésemos nacido?
Si el retrato de la vida de la pareja al estilo de un artículo de revista de masas fuera un mero entretenimiento, no pasaría nada. Los mismos Johnston y Clift inventaron algunos aspectos de su autobiografía. Pero los mitos contienen moralejas y advertencias. Son una fuerza conservadora que cohesiona a la comunidad al expresar y sostener valores sociales seguros. El mito que se ha construido a partir de las vidas de estos dos escritores sirve para socavar su mensaje político.
El hecho de haber renunciado a sus trabajos estables para mudarse con sus hijos a una isla griega convierte a Charmian Clift y George Johnston en exponentes de un tipo de libertad peligrosa para el entramado social. Mucho antes de que los urbanitas cosmopolitas se apuntaran a la moda de escaparse a un pueblo remoto o a una isla para reformar casas y acudir al mercado local, los Johnston se jugaron el sustento y la vida misma lanzándose a la aventura. No es sorprendente que la moraleja de esta historia presente su huida como un fracaso o incluso como una pesadilla.
Si la muerte de George Johnston por tuberculosis es una sombría advertencia contra la vida en mansiones griegas llenas de humedad, el suicidio de Charmian Clift constituye la confirmación definitiva de que más vale quedarse en casa con una hipoteca y la pensión de jubilación.
La visión mítica de los años que pasaron en Hidra también tergiversa el mensaje de ambos escritores al arrancarlos de su contexto histórico. De hecho, la década de su exilio se cierra con su implicación en la convulsa política de la Guerra Fría y de los años sesenta, ya de regreso en su país natal.
Charmian Clift y George Johnston abandonaron Australia en 1951 como parte de una oleada de artistas e intelectuales que no podían soportar la atrofia cultural y el conservadurismo político de la sociedad presidida por el primer ministro Robert Menzies. En particular, a Clift le dolía el ataque que había sufrido en un programa radiofónico de ABC en el que había criticado la política económica del gobierno. Los artículos de Johnston sobre China habían sido censurados.
Cuando Charmian y George regresaron a Australia en 1964, Menzies aún gobernaba y la sociedad seguía igual en muchos aspectos. De nuevo, ambos escritores fueron abiertamente críticos con el gobierno, pero gracias a la visibilidad que le proporcionaba su columna semanal, fue Clift la que ocupó un lugar más destacado.
A las pocas semanas de que se introdujera la conscripción obligatoria, Clift se opuso a ella. Cinco años antes de la primera moratoria, alzó la voz contra la guerra de Vietnam. Mucho antes de que la palabra «multiculturalismo» se oyera en Australia, defendió a los migrantes. En una época en que numerosos australianos aún se referían a Inglaterra como su «casa», nos recordó que éramos parte de Asia. En apoyo de su amiga Faith Bandler instigó a los lectores a votar SÍ en el referéndum de 1967 sobre los derechos civiles de los aborígenes. Mientras otras personas de su generación despotricaban contra los jóvenes que se manifestaban, recordó a los australianos el derecho a disentir. Se levantó contra el patriarcado. En una sociedad acomodada como la nuestra, preguntó por qué mediaba una brecha tan grande entre ricos y pobres. En cuanto a Grecia, ella misma se condenó al exilio de ese país al oponerse públicamente a la junta militar de derechas que tomó el poder en 1967. A su muerte, el secretario del Comité para la Restauración de la Democracia en Grecia escribió al Sydney Morning Herald para decir que «Todos los demócratas griegos están de luto por su muerte prematura y se sienten inspirados por su ejemplo y su lucha por la dignidad del hombre». Otros lectores, tanto hombres como mujeres, describieron el «vacío» que había dejado en sus vidas.
En un ensayo titulado «¿Por qué lo haces?», Charmian Clift dejó escrito: «Toda una vida de lucha y coraje, derrotas y triunfos, esperanza y desaliento puede ser recordada, a la postre, por una sola noche de borrachera».
Su noche de borrachera tuvo lugar el 8 de julio de 1969, cuando un exceso de alcohol y la sensación de estar atrapada la condujeron a ingerir una sobredosis de somníferos. Como la muy publicitada sobredosis de la novia de la estrella de rock que tuvo lugar aquella misma noche, se trató de un espontáneo grito de socorro. La tragedia es que, en el caso de Charmian, nadie lo oyó. Pero ello no invalida su mensaje de liberación, que no iba dirigido solo a sí misma, sino a todo el mundo. Sin duda alguna, esta historia es más grande que su leyenda.
Nadia Wheatley, 2023
1. El título original, Peel Me a Lotus, se traduciría al español literalmente como «Pélame un loto», pero en la presente edición se ha optado por Los buscadores de loto. (N. del E.)
LOS BUSCADORES DE LOTO
Para George
Febrero
1
Hoy hemos comprado la casa junto al pozo.
La adquisición, pendiente de un hilo durante varias semanas de nerviosismo, mientras tratábamos de organizar nuestras imposibles finanzas, se ha formalizado finalmente en el despacho del notario, que es también el juez de paz de esta pequeña isla griega, así como el tasador municipal y el marido de la profesora favorita de mi hijo Martin en la escuela del pueblo: la escuela de Abajo, que se llama así para distinguirla de la de Arriba, en lo alto de la montaña.
El notario es un hombre menudo, cortés y asmático. Al igual que todos los demás funcionarios del pueblo, ejerce su profesión desde una celda del antiguo monasterio que se oculta tras la alegre fachada marítima de las tiendas del puerto, y fue ahí, en su celda del monasterio, donde nos reunimos formalmente, con la gran campana de bronce tañendo con estrépito al mediodía sobre nuestras cabezas.
El notario, muy afable e importante, estaba sentado a su escritorio, y formando una hilera ante él, ocupando cinco sillas negras y de patas finas al viejo estilo de la isla, nos hallábamos las cinco partes interesadas en el asunto: Sócrates, el carpintero y ocasional agente inmobiliario; Demóstenes, el barbero de mirada furtiva que actuaba en nombre del antiguo propietario de la casa; el viejo Creonte Stavris, que debía guiarnos por los entresijos definitivos de la compra; y mi marido George y yo, ambos fumando con nerviosismo y conscientes de que parecíamos una pareja algo harapienta y desaliñada.
El notario, el viejo Creonte, el barbero Demóstenes e incluso Sócrates se habían puesto, por lo visto, sus mejores galas para la ocasión y el barbero hacía girar entre sus dedos regordetes una espiga blanca de jacinto recién cortada.
Aun así, desaliñados o no, nosotros éramos los compradores, y fue con cierta ceremonia que nos condujeron hasta la mesa para firmar y dar fe del gran número de incomprensibles documentos en griego que el notario leía a un ritmo furibundo y espasmódico y Creonte aprobaba con bruscos gestos de asentimiento dirigidos a George. A través de la puerta del despacho, yo alcanzaba a ver el azul cerúleo y celestial del techo del balcón, tres finas columnas de mármol y un hibisco que refulgía en el patio junto a la tumba ornamental de uno de los innumerables héroes navales de la isla.
Comprar una casa en un sitio así me parecía una maravilla.
Su precio era de ciento veinte libras de oro, tal como se había acordado tras largas y misteriosas negociaciones entre Sócrates y el barbero. Para mi sorpresa no hubo el menor intento de última hora, por parte de ninguno de los dos, de subirlo diez o doce libras más. Tal vez la experiencia es engañosa al fin y al cabo, y nos hemos vuelto innecesariamente desconfiados en los tratos comerciales con los griegos. En cualquier caso, habría sido mucho esperar que pudiéramos sacarle el mayor partido posible a la rueda de la fortuna: al cambio, la libra de oro estaba más alta esa mañana que en los últimos meses, de modo que la casa costaba en realidad cuatrocientas noventa y tres libras con diez chelines en papel moneda inglés, o seiscientas veinte libras australianas, o unos mil trescientos dólares.
Tuvimos que calcularlo en varias divisas, porque nuestros ingresos proceden de exiguos cheques por derechos de autor en varios países, y era necesario asegurarnos de que realmente podíamos permitirnos comprar una casa. De hecho, parecía bastante evidente que aquella adquisición era una locura fuera en la moneda que fuera, pero ciento veinte libras tampoco es que resulte mucho cuando se dice rápido y se omite el opulento tintineo de la palabra «oro».
Fue solo al constatarlo en grandes montones de flamantes y tiesos billetes de dracma, que George sacaba a puñados de un viejo y maltrecho maletín de piel de canguro que yo le había regalado por su cumpleaños mucho tiempo atrás en Australia, cuando el corazón me dio un ligero vuelco.
¡Adiós muy buenas! Así se iba nuestro último pedacito de capital, nuestro dinero para el regreso a la civilización, nuestra reserva contra enfermedades infantiles, operaciones de amígdalas o del apéndice, desastres dentales varios, o la contingencia, nunca mencionada, que podría presentarse si no todo fuera bien con el nacimiento de este nuevo bebé en el término de las próximas semanas y tuvieran que meterme en un caique para emprender una dramática travesía a Atenas.
El médico que me atendió el mes pasado en Atenas dijo que podría tener el niño en la mismísima cima del monte Olimpo con absoluta seguridad, y sé que la más joven de las dos comadronas de la isla es una mujer práctica y sensata, y que la mayor parte de la población mundial viene al mundo sin anestesia ni asepsia, y que al fin y al cabo ya es mi tercer hijo. Pero aun así…
Debo decir que George arrojó el dinero dándose aires, como si en efecto fueran ciento veinte relucientes soberanos de oro lo que estuviera desparramando sobre el escritorio del notario. Creo que en ese momento su coraje, que había flaqueado un poco durante las últimas semanas de negociaciones, se veía avivado por el lustre admirable y valiente de su propia audacia. Cuando uno lleva toda una vida condicionado por cooperativas inmobiliarias, pólizas de seguros y segundas hipotecas, desde luego parece romántico y temerario que el primer pedazo de tierra que posea en este mundo sea tierra griega, y que uno deba pagar por ella —en sentido figurado, en cualquier caso— en soberanos de oro, en una época en que la cuestión de Chipre se vuelve más venenosa con cada día que pasa y en Atenas prenden hogueras con banderas británicas y todo lo inglés se detesta con una intensidad inversamente proporcional al amor que los ingleses solían despertar en Grecia; todo, excepto el soberano de oro. La gente de esta isla tiende a ser desconfiada —más bien estrecha de miras, y siempre vigilante— y no acaban de fiarse de cualquier otra clase de dinero.
En el puerto no hay ningún banco, así que, cuando se hacen con las codiciadas piezas de oro, deben esconderlas en calcetines o bajo tablas sueltas del suelo. Incluso se había hablado de antemano sobre que el dueño de la casa iba a insistir en que se le pagara en oro, y Creonte estaba dispuesto a llevarnos de casa en casa para obtener la cantidad necesaria de soberanos. No hizo falta llegar a este punto, lo cual lamenté mucho.
Y al fin y al cabo, pensé, muy erguida en la silla de modo que la vieja trenca pendiera recta desde mis hombros y disimulara un poco la súbita y alarmante actividad que se desarrollaba debajo de ella, ciento veinte libras —incluso de oro— no eran tanto por nueve habitaciones soleadas (ocho una vez derribada la pared entre los dos cuartos del piso superior para hacer un gran estudio) y una cocina alargada de suelo enlosado, con los antiguos fogones en una hornacina y un techo de vigas. En Inglaterra o Australia, con ciento veinte libras apenas se podría comprar una letrina. Hay una terraza en el tercer piso, además, con vistas a la bahía azul y, más allá, a las montañas de Troezen. Y la casa tiene un pequeño jardín amurallado con dos parras y ocho árboles frutales. Mis dos hijos mayores compartirán una habitación del tamaño de un salón de baile, y en el segundo piso, junto al que será nuestro dormitorio, hay un espacio pequeño y soleado, al que se llega convenientemente por una escalera y una trampilla desde la cocina, que servirá de habitación nocturna para este que tiene que nacer y cuya agitación actual me hace sentir cierta aprensión. Preferiría que esperara a nacer después de las semanas que deben transcurrir antes de que podamos mudarnos a la nueva casa. Ya hemos pasado por demasiadas viviendas de alquiler. Me gustaría que al menos uno de mis hijos naciera en su propia casa…
Después de que Demóstenes, el barbero, hubiera contado con suspicacia cada billete de cada montón y los guardara fajo a fajo en una maleta de cartón, y el notario hubiese guardado su propio montón de billetes correspondientes a gastos legales e impuestos en una caja negra de aspecto oficial, y Sócrates, con un gorjeo avergonzado y ruborizándose, hubiera deslizado el dinero de su comisión en el bolsillo de su pantalón, y Creonte hubiese recibido formalmente el dracma por actuar como testigo, el notario, con un golpe sordo, estampó el sello oficial sobre un charquito de cera roja y nos hizo entrega de los espléndidos documentos.
El viejo Creonte, que durante todo el proceso había permanecido erguido y ceñudo y arbitral, con el cuello de toro ligeramente estirado en pose belicosa, plegó entonces sus gafas con lenta deliberación, las colocó en su pulcro estuche bordado, se levantó repentinamente, de un brinco, y abrió los brazos.
—Kalorísiko!—exclamó, y nos abrazó a cada uno por turnos.
—Kalorísiko!—jadeó el notario, estrechándonos la mano.
—Kalorísiko!—soltó Sócrates con una risita, abrumado por el hecho de haber cerrado finalmente ese trato… ¡o cualquier trato! Como agente inmobiliario, Sócrates no es muy eficiente. Pero todavía lo es menos como carpintero, y como odia la carpintería y adora las casas, al viejo Creonte y a otros ciudadanos de prestigio les gusta animarlo en su chaplinesco negocio inmobiliario.
Sócrates, menudo, regordete, calvo y sonriente, pertenece en cierto sentido a toda la ciudad, del mismo modo que toda la ciudad pertenece a Sócrates. Llegó aquí de niño, un huérfano refugiado de las masacres de los turcos en Asia Menor, y fue adoptado por una viuda sin hijos, una mujer formidable conocida como tía Electra. Tía Electra metió a Sócrates de aprendiz de carpintero, pero incluso de niño lo que más le gustaba a él era bajar al puerto para ver cómo arribaban los barcos, llevarles el equipaje a los pasajeros y mostrarles a los extranjeros dónde podían conseguir alojamiento.
Su ciudad de adopción le infundía un orgullo incontenible. Cuando creció convirtió su misión en ocuparse de las banderas del puerto y las decorativas guirnaldas de banderines que se cuelgan en las iglesias y los escaparates de las tiendas en los días festivos.
Y sigue siendo Sócrates quien engalana la ciudad en grandes y pequeñas ocasiones, y sigue siendo Sócrates quien recibe a los barcos, y sigue siendo Sócrates quien corretea por el paseo marítimo y sube y baja por las empinadas escaleras y las estrechas callejuelas de la ciudad de la mañana a la noche, con turistas ansiosos pisándole los talones. Su entusiasmo por la isla nunca ha disminuido. Llora las glorias desaparecidas que nunca conoció, disfraza los rincones destartalados con más y más banderas e intenta vender casas en ruinas a extranjeros que podrían restaurarlas.
Esos negocios, la mayoría de las veces, se echan a perder por su excesiva insistencia en alardear de las beldades del inmueble y su tendencia a contar entre risitas enormes mentiras sobre el contenido y la capacidad de las cisternas, el estado de los techos y tuberías y de los sanitarios. De vez en cuando se llega a cerrar un trato a pesar de ello. Así que, en nuestro caso, Sócrates soltó más risitas incontroladas que nunca, mientras que se embolsaba su comisión, y también se sonrojó, porque trabajaría con el mismo ahínco para vender una casa sin comisión alguna.
—Kalorísiko! Kalorísiko!
Y el barbero, cuando salía a hurtadillas de la celda del monasterio con la caja de cartón bajo el brazo, se volvió en el umbral y murmuró suavemente por encima del hombro:
—Kalorísiko!
—Y ahora —intervino Creonte adelantando la puntera de un lustroso zapato como quien se dispone a bailar un vals—, supongo que nos encaminaremos al bar de Katsikas, ¿no? Si todos están de acuerdo en que es el proceder adecuado en esta feliz y propicia ocasión…
Creonte aprendió inglés en el Robert College de Constantinopla a principios de siglo, y hasta nuestra llegada a la isla, el año pasado, no había usado ni una palabra del idioma desde 1911, así que todo lo que dice transmite una especie de formalidad jovial, muy eduardiana y como de cabriolé, como lo son su bigote recortado, su pulcro peinado entrecano y su gabán raído pero bien cepillado, con cuello de terciopelo y la espiga de jacinto en la solapa. Pero sus ojos saltones y miopes son tan sagaces como desafiante resulta su forma de adelantar la cabeza más bien chata sobre ese cuello grueso y corto, y camina con mucho brío, hendiendo el suave aire isleño con los hombros encorvados como quien se abre paso a través de una oposición formidable e invisible para todos los demás.
Y así nos guió hacia el exterior de la notaría, abriéndonos paso hacia la luz, desafiando al mundo a demostrar, si podía, que no éramos absoluta, legal e indiscutiblemente —y de ser necesario por encima de su cadáver, hasta ese punto defendía nuestros derechos— los únicos propietarios y poseedores de la casa junto al pozo.
—Kalorísiko! —me susurró George cuando desfilábamos tras Creonte escaleras abajo para internarnos en el reluciente pozo blanco del patio del monasterio, en el frío resplandor del primer sol primaveral y en las salpicaduras rojas de las hojas de hibisco contra una fría sucesión de columnas blancas bajo los balcones azules—. Bienvenida a casa, por fin.
2
El bar Katsikas consiste en seis mesas de pino al fondo de la tienda de comestibles de Antonis y Nicos Katsikas, al final del paseo marítimo adoquinado, junto al hotel Poseidón, y es ahí donde solemos reunirnos a mediodía entre sacos de harina, envases de aceite, bidones de agua de hojalata pintada, ristras de cebollas y suaves y blancas guirnaldas de borra de algodón: una especie de club social que ha surgido de la necesidad de aliviar el aburrimiento de un invierno isleño.
El club tiene un número variable de miembros que fluctúan en torno al núcleo sólido de Creonte, su esposa Zoé y los cuatro extranjeros, aparte de George y de mí, que pasan el invierno entero aquí. Si hay un presidente supongo que es Creonte, que acude a este encuentro social cotidiano de mediodía, después de cuatro meses, tan garboso y alegre como si todos acabáramos de conocernos, y con las mismas ganas de contar de nuevo sus andanzas de donjuán en su juventud. Son historias bien curiosas, con un extraño tufillo a fijador para el pelo, pobladas de misteriosos personajes irreales que poseen carruajes y yates de vapor y amantes francesas y dedican el tiempo libre a comprar políticos y libras de oro y mágnums de champán. Mediante su repetición sin fin, los relatos de Creonte han adquirido la inquietante familiaridad de los cuentos de hadas que yo escuchaba a la luz del fuego tantas vidas atrás.
La historia del propio Creonte tiene ese mismo encanto engañoso, como de cuento de hadas, de la irrealidad. Nacido entre grandes riquezas, y heredero ya en su juventud de un imperio de esponjas que se extendía por Europa y las Américas, era el último de los príncipes comerciantes de la isla: el último tallo sano de la deslumbrante cosecha dorada de grandes nombres y aún mayores fortunas que brotó inexplicablemente de este singular pedazo de roca gris en los veranos de comercio fulgurante de los siglos xviii y xix y que se marchitó en el xx. Incluso cuando Creonte era niño algunas de las grandes casas ya debían de estar viniéndose abajo.
Aun así, él también tuvo su verano fulgurante. Agregó una planta más a la austera casa de piedra que su padre le había dejado y le añadió balcones curvos y magníficas escalinatas; viajó a países lejanos y compró diamantes en Ámsterdam, frágiles cristalerías en Rusia, bombachos de tweed en Inglaterra, muebles en Francia, experiencia en América. Hizo que enlucieran los antiguos techos tallados de la casa y que los pintaran con guirnaldas de vivo color rosa, y como le producían cierto desagrado los finos muebles de forja que los aristócratas anteriores de la isla habían saqueado de la Europa del siglo xviii, se decantó por sofás de felpa, confidentes de satén azul plisado, cortinas de terciopelo con flecos y borlas, macizos aparadores de caoba, tresillos de porche en mimbre enroscado, sillas de fumador, estanterías esquineras en ratán. Entonces, tras haber encontrado una joven sana y con la educación adecuada entre las flores selectas de la aristocracia ateniense, la instaló entre los horrores eduardianos que había perpetrado en aquella hermosa casa antigua y se fue a Nueva York para ocuparse de su negocio de esponjas.
Cuando, unos años más tarde, regresó a su isla natal con el convencimiento de que su esposa habría recurrido a la única distracción posible para una joven y bonita matrona aburrida no hizo ninguna escena, sino que la supervisó él mismo mientras hacía las maletas y la acompañó en persona al embarcadero, donde su bote con tripulación de librea esperaba para transportarla a remo hasta el yate privado que se la llevaría de la isla, y de la vista de Creonte, para siempre.
Devolvió la suma de su dote en un banco de Atenas y pasó los siguientes veinticinco años litigando contra ella en todos los tribunales de Europa y Estados Unidos porque se negaba a pagarle además una asignación. A medida que iba perdiendo un juicio tras otro iba dilapidando deliberada e implacablemente su negocio, y prefería acabar en la ruina que darle a su esposa la satisfacción de disfrutar de la riqueza y la posición a las que ella misma, según el propio Creonte, había renunciado con su comportamiento.
La Segunda Guerra Mundial y la ocupación acabaron con lo que quedaba de su fortuna. Cuando el conflicto llegó a su fin, era un hombre pobre. Y por irónico que resulte, su esposa, ya vieja, había muerto para entonces, triunfalmente virtuosa hasta el final. Cuando Creonte quedó libre para casarse con Zoé, la menuda y dulce conservadora y bibliotecaria del museo de la isla, a quien durante dieciocho años había sometido con ecuanimidad a una curiosa serie de pruebas y trampas concebidas para evidenciar su virtud y su devoción, no tenía nada que ofrecerle aparte de su obstinada vejez y la gran y sombría mansión decadente de sus días de gloria.
En esa casa, que la gente solía llamar «la Casa Usher», siguen viviendo Creonte y Zoé, solos y sin servicio. Los confidentes de fruncido se han descolorido hasta parecer de un color polvo y la tela se ha abierto a lo largo de cada intrincado pliegue, pero Zoé canta cuando se sienta entre aquellos esplendores deslustrados a zurcir tranquilamente los calcetines de Creonte bajo la única bombilla desnuda que pende bajo las manchadas y mohosas guirnaldas rosadas.
Es una mujer de cara ancha, simple y amable, recién entrada en la mediana edad, a quien Creonte, gracias a alguna misteriosa alquimia del amor, ve como una especie de eterna Hermia, menuda y feroz. Se muestra muy pícaro y galante con ella. Al haber encontrado la felicidad tan tarde en la vida, el amor de Creonte es una conmovedora parodia del brío de su juventud, como si deseara desesperadamente abrir una brecha en el tiempo. Debo decir que Zoé lo lleva muy bien: es muy tolerante con todo, incluso con las ridiculeces del amor. Y, así, Creonte canta también nostálgicos fragmentos del musical La bella de Nueva York mientras trajina en la cocina abovedada calentando leche para Zoé en el pequeño hornillo de queroseno que se emplaza solitario en el enorme hueco arqueado de una cocina donde antaño se asaban corderos enteros, o se sienta a solas al gran escritorio polvoriento del estudio, rodeado de pisapapeles curiosos, extrañas esponjas rígidas y secas, tinteros ornamentados que no contienen nada más que posos de polvillo violeta, verde y rojo. Desde lo alto de las estanterías, un albatros disecado, sujeto por las alas abiertas y medio peladas y envuelto en un denso velo gris de telarañas, lo mira con sus enloquecidos ojos de cristal.
Ya no tiene ninguna gestión comercial propia para la que deba llevar a cabo transacciones en el estudio, pero Creonte no puede dejar de ser un hombre de negocios. De forma gradual y con creciente autoridad, se ha hecho cargo de todas las dificultades burocráticas de los residentes extranjeros de la isla: permisos, pasaportes, documentos varios, cambios peliagudos de divisas, búsqueda de vivienda y toda clase de cuestiones legales. Ninguno de nosotros se atrevería a iniciar una transacción comercial, o ni siquiera a apalabrar el suministro de leña para el invierno, sin consultar primero a Creonte. Su paso nunca es más firme, ni sus ojos más penetrantes, que cuando se dedica a resolver nuestros problemas de extranjería. Eso le ha proporcionado unas ganas renovadas de gozar de la vida. Ha llegado a sacar partido de los extranjeros recién llegados casi con la misma avidez que Sócrates. Este último quiere venderles casas; Creonte quiere organizar sus vidas.
3
Dos de los cuatro extranjeros que viven aquí son amigos nuestros desde hace muchos años. Esos dos, un pintor llamado Henry Trevena y su esposa Ursula, llegaron en noviembre pasado, en gran parte gracias a nuestra recomendación de la isla como un lugar precioso, y lo suficientemente barato y tranquilo como para que Henry pudiera trabajar durante un invierno sin distracciones. Sin embargo, pese a la inmediata pasión que despertó en Henry la cruda belleza de las altas montañas que se elevan de la media luna tachonada de joyas del puerto (auténticas montañas griegas, agrestes y nobles, con pinceladas de violeta y dorado tiñéndolas en el crepúsculo, y monasterios como pequeños excrementos blancos encaramados vertiginosamente en lo alto de sus laderas surcadas de hoyuelos y cicatrices), y pese a la constantemente reiterada intención de Ursula de negarse a un nuevo traslado, esos dos son solo isleños temporales. No habrá descanso para ellos en ninguna parte del mundo mientras la visión imposible de Henry siga ardiendo ante sus ojos y él la persiga, devorando el espacio y el tiempo, abriendo sus propias sendas obstinadas, creando desde su propia urgencia columnas de humo y fuego que lo guíen en su inexorable camino. De rostro todavía juvenil, encantador y amigable, con el conquistador atractivo celta, y los sueños, la poesía y ese particular retraimiento del hombre autodidacta que busca a tientas la elocuencia, es, sin embargo, tan implacable como Dios. Si últimamente Ursula se ha vuelto un tanto gótica y malévola, me parece disculpable, y no solo por algo tan trillado como el aburrimiento isleño. Está agotada, pobre Ursula, y no es de extrañar. ¡Henry no dudaría en echarle brea y prenderle fuego si le hiciera falta una antorcha para pintar!
Los otros dos de la colonia que pasan el invierno en la isla son Sean Donovan, un maestro de escuela irlandés, y su esposa artista, Lola: sabe Dios qué extraña corriente los habrá traído a las costas de esta isla griega, donde han quedado varados por falta de fondos para mudarse a otro lugar, o bien por la poca disposición de Sean a volver a la enseñanza antes de haber intentado vivir como escritor independiente.
Ahí reside parte de la clave de la personalidad de Sean. Lola, una mujer temperamental, de formas opulentas, charlatana, cariñosa y dogmática, siempre parece motivada por sus ganas de hacer cosas; a Sean, en cambio, lo motiva la desgana. Lola tiene gustos, que expresa con claridad; Sean tiene aversiones. Pero Sean no es un insulso: tiene encanto, dulzura, hace gala de una perfecta honestidad intelectual y de un irónico humor irlandés que a menudo dirige perversamente hacia Lola. Sin embargo, transmite cierto desaliento, cierto victimismo ante sus propios estándares intransigentes, su propia lucidez de razonamiento, e inevitablemente, ante una exasperada Lola que no para de darle la lata.
Cada uno de nosotros, a su manera, protesta contra la febril competitividad del mercantilismo moderno, contra esa carrera de locos cada vez más rápida para cubrir una sucesión interminable de días estériles que comienzan sin esperanza y acaban sin gozo. Cada uno de nosotros se las ha apañado de algún modo para liberarse de la bola y los grilletes y huir de ese mundo de lucro desenfrenado, decidido a hacer su propio trabajo a su manera. Sentados entre los sacos de alubias en la tienda de comestibles de una isla, nos hemos encariñado mucho los unos de los otros, de esa forma en que la gente consigue, con su mera presencia, reafirmar la convicción a veces vacilante de los demás.
Hay otros que también se unen de modo intermitente al grupo del mediodía en el bar Katsikas. Siempre hay varios isleños, como los perezosos y harapientos que hacen trabajitos aquí y allá; los funcionarios públicos, tan pulcros y deferentes; extraños pastores de rostros curtidos que bajan de las montañas; empobrecidos aristócratas de afamado linaje que aún conservan sus grandes casas aquí, aunque solo sea como retiro de fin de semana para huir de los pisos de Atenas donde el nuevo mundo del comercio los ha arrinconado. Luego está el viejo Vasilis, un pescador de esponjas lisiado que llevó a cabo actos valientes con minas lapa en la guerra y, como resultado, luce cicatrices de Buchenwald. Y viene también el director de la escuela de Bellas Artes, que realiza periódicamente visitas de invierno si hay algún artista alojado en el establecimiento; y los artistas en sí, perros callejeros que recalan aquí en invierno durante unos días antes de vagar hacia las otras escuelas de Bellas Artes que el Gobierno griego ha establecido en Miconos, Rodas y Delfos, o que sucumben por completo al curioso atractivo de esta isla y se mudan de la escuela a una de las encantadoras casitas encaladas en torno al puerto, que todavía se pueden alquilar por una miseria.
Ahora mismo la escuela está prácticamente vacía, pues es en verano cuando los artistas invaden realmente el puerto; bajo sus techos altos y artesonados, ahora solo se refugian tres suecos enormes y serios, todos muy jóvenes y rosados bajo la pálida pelusa de las incipientes barbas doradas, y con enorme interés por la cultura; y un remilgado mariquita francés que ha encontrado su camino hasta aquí, por improbable que parezca, desde un pueblo pequeño y primitivo en el Peloponeso. A todos empieza a caernos muy bien Hippolyte, pese a sus uñas de los pies pintadas de rosa, los tejanos ceñidos y el corte de pelo romano clásico. Bajo toda su afectación y su esnobismo social, tiene la moral de una solterona francesa, y sus modales hacen que todos nosotros, que nos hemos vuelto algo descuidados con la vida en la isla, nos avergoncemos.
Ese día, el grupo se reducía a nuestros cuatro amigos más íntimos: todos bebíamos vino en la rayada mesa verde del rincón, junto a los bidones de queroseno, rodeados de nuestros cestos del mercado, de garrafas de aceite y botellas enfundadas en mimbre y llenas de vino de Ática o de queroseno para nuestras cocinas pequeñas, baratas y explosivas. Bajo la mesa yacían despatarrados los dos perros: Alejandro Magno, un pequeñín y vivaz cruce de pomerania que pertenece a los Donovan por derecho de sucesión, y nuestro propio Max, mezcla de pointer y algo indeterminado, un bicho tontorrón y de ojos tristes que aún seguía desconsolado por haberse quedado fuera del despacho del notario.
Más allá de la mesa, en una visión surrealista tras los haces de hierba rastrillada de los jardines y un despliegue de velas eclesiásticas como tubos de órgano, una recua de burros pasaba tintineando, dos caiques carmesíes descargaban hortalizas en esteras de paja dispuestas a lo largo del muelle y una cometa de colores hendía el cielo sobre los viejos cañones del promontorio. Al otro lado de la lisa franja de agua que se extiende entre nuestra isla y el continente, una gruesa capa de nieve cubría los oscuros bosques de pinos hasta el mar.
—¡Por Dios, menudo día! —exclamó George con aire de suficiencia, como si fuera suyo.
—Siéntate y deja de comportarte como un noble terrateniente. No has comprado el día también. —Lola estaba trenzando una ristra de flores contra el generoso pecho, cual exuberante y descomunal Flora llegada incongruentemente a reposar entre las palas y los sacos de harina.
Ella y Ursula habían pasado toda la mañana ascendiendo penosamente entre las ruinas en las altas laderas, y sobre la mesa había montones de flores silvestres que habían recogido entre las piedras: curiosas orquídeas verdes a rayas como cabezas de cobras, anémonas rojo sangre, narcisos, jacintos rosados, extrañas y delicadas trompetas de ángel y matalobos rayados, campanillas marrones de tallos amarillo verdoso casi tan finos como cabellos, margaritas amarillas y blancas, diminutas violetas pálidas.
Ursula, encorvada de un modo algo retraído y desmañado sobre un fajo de cartas y facturas recién recogidas de la oficina de correos, tenía un pétalo de flor de almendro atrapado en la mata enredada de su cabello negro y fino. Revoloteaba trémulo sobre la frente alta y surcada de arrugas como un pedacito arrancado de seda rosa.
Polixena, la joven y regordeta esposa de Nicos Katsikas, se inclinaba sobre el respaldo de la silla de Ursula, con los trapos del polvo suspendidos en el aire, tratando de leer por encima de su hombro. Henry estaba enfrascado en garabatear un dibujo abstracto con los restos de tinta de calamar negro azabache en el plato en que había comido. Sean nos dirigió su sonrisa de payaso triste mientras le pasaba un trozo de papel a Polixena por encima de la cabeza de Ursula.
—Gracias, kirios —respondió Polixena sinceramente mientras examinaba el papel con frustrado interés—. Pero ¿qué es? No puedo leerlo.
—Es un interesante papelito que lleva el nombre de «nota de rechazo», querida Polly —explicó Sean—. Si te gusta, puedo darte muchas más. Esta tiene la virtud particular de ser bastante reciente, pero en realidad son todas iguales. No tienen ningún valor práctico, pues son impresiones baratas hechas en papel tan malo que no se puede usar ni en el retrete. Pero sí se puede extraer de ellas una lección moral. Probablemente me siento ofendido porque es otra mecanografiada —añadió volviéndose hacia George—. Creía que esta vez volaría tan alto como para recibir una nota personal, escrita con pluma y tinta reales.
—¿Tu novela?
—Oh, a la porra con ella —soltó Sean—. ¿Qué hay de la casa?
—Prueba con esto, Polly. Está en griego. —George le tendió la escritura de la casa. Sin inmutarse, Polly se enjugó las manos en el delantal y abrió el documento.
—¡Nicos! ¡Nicos! ¡Han comprado la casa! Kalorísiko, kirios Yorgos. Kalorísiko, kiría. Y a los queridos hijos. ¡Nicos, trae un poco de vino! ¡Dionisos, lee lo que dice aquí! Eh, tú, Lefteri, ¡ven tú también y lee esto!
La escritura de la casa pasó de mesa en mesa y luego llegó al otro extremo de la tienda de comestibles, donde pasó de mano en mano entre los clientes ante el mostrador.
—¡Ciento veinte libras! Panayía mu!—Dionisos el basurero silbó suavemente—. ¡Desde luego debes ser rico, kirios Yorgos!
—Po po po! ¡Rico!—Lefteri, el pintor de brocha gorda, trazó exclamativos círculos con la mano—. ¿No te parece que kirios Yorgos es rico, kirios Creonte? ¿A que sí?
Creonte frunció prudentemente el ceño, sin afirmarlo ni negarlo. Sócrates soltó una de sus risitas. Por supuesto que George era rico. Todos los extranjeros son ricos; los griegos lo dan por sentado.
Polixena movió su mole alrededor de la mesa para poder inclinarse hacia mí y tocarme la barriga.
—Pronto, ¿eh, kiría? Podrás disfrutar de tu libertad. Y de un buen comienzo en tu nueva casa.
—¡Por tu libertad! —corearon todos—.
