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¿Y si nos tomásemos los temas de actualidad con ironía y humor? ¿Es que no es la realidad la más delirante de las ficciones? Sin duda, la vida está llena de historias que de no verlas a diario no las creeríamos. Los Cuentos Absurrealistas (absurdos y surrealistas) exponen con sarcasmo temas actuales y problemáticas que siguen fustigando a la humanidad desde su propia naturaleza. Estamos ante un libro que no dejará indiferente, compuesto por cuatro cuentos, cuál de ellos más delirante: La extraña historia de un retrotelépata, La evasión laboral, De RMs, TQNIs y otros estereotipos y La fiesta del caos . Los Cuentos Absurrealistas son la continuación del proyecto de Daniel Sánchez como creador de cuentos , esta vez situados en un punto cardinal que explora lo absurdo del mundo real, utilizando la ficción como papel en blanco.
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Seitenzahl: 115
Veröffentlichungsjahr: 2017
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LOS CUENTOS ABSURREALISTAS(Absurdos y Surrealistas)
DANIEL SÁNCHEZ CENTELLAS
LOS CUENTOS ABSURREALISTAS(Absurdos y Surrealistas)
EXLIBRIC
ANTEQUERA 2017
LOS CUENTOS ABSURREALISTAS (ABSURDOS Y SURREALISTAS)
© Daniel Sánchez Centellas
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric
Iª edición
© ExLibric, 2016.
Editado por: ExLibric
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ISBN: 978-84-16848-84-3
Nota de la editorial: ExLibric pertenece a Innovación y Cualificación S. L.
DANIEL SÁNCHEZ CENTELLAS
LOS CUENTOS ABSURREALISTAS(Absurdos y Surrealistas)
Todo empezó el día en que ella lo supo. No sé cómo lo hizo, pero acertó de pleno: había tenido una aventura. Llevábamos varios días, o quizás semanas, de vida insípida y anodina en la que su exceso de trabajo y mis viajes continuos nos habían hecho algo extraños el uno al otro.
Pero un día se plantó delante de mí, y con su mirada directa e inquisitiva, apoyada en el mueble-armario que tanto nos costó decidir y comprar, en una actitud de obvia acusación, con los brazos cruzados, pude ver la pregunta clara y simple en sus ojos “¿tienes algo que contarme?”.
Eso me acusó con certeza, y yo me delaté sin remedio a lo largo de un tenso diálogo que hasta el día de hoy me persigue, me martillea, y me causa una enorme vergüenza, por lo cual no pienso relatarlo. ¿Para qué? No quiero sufrir gratuitamente nunca más por ese terrible momento que fue para mí.
En efecto, sí, había tenido esa aventura, fue un momento esporádico en el que una mujer me puso en bandeja todas las fantasías que a veces se me habían pasado por la cabeza. Pero a pesar de lo cínico que le pudiera parecer a ella, o a cualquiera que me escuche, lo llegó a saber directamente de mí porque la quiero, y por eso me es y me fue imposible ocultarle nada por más tiempo o, en todo caso, esquivarla durante todas esas semanas sin resultarle transparente como el cristal. Una evasión continua no podía suponer desde ningún punto de vista un plan viable para ocultarle nada.
Su mirada rasgadora podía conmigo, y sin remedio me revelaba mi yo más profundo. Mis argumentos rogando el perdón no sirvieron de nada. Lo nuestro se perdió, y recordando sus palabras y cómo quedamos, pensé que sería para siempre. Tampoco tengo muchas ganas de volverlas a relatar, a explicar a nadie, ni a mis más íntimos amigos, cómo fue exactamente, qué me dijo palabra a palabra. Saben que estoy sufriendo como un imbécil, como creo que merezco. A veces, en esa penosa y bochornosa escena, recuerdo de nuevo con especial atención aquel mueble-armario que significaba tanto, no solo como un gasto que compartimos, sino un preciado objeto que pudo darle una alegría por poder ordenar definitiva y felizmente todos sus libros. Se trataba de un tremendo armatoste que me costó sangre, sudor y lágrimas montar, literalmente, y que además debía cuidar y arreglar de mis patochadas sobre él. Ahora ya no lo podía ver, ahora no podía ser el crisol de nuestra relación, por las marcas y arañazos que tenía, por los libros regalados el uno al otro o por lo resistente que resultaba a nuestros empujes cuando… no, no quiero recordar más, me resulta doloroso. Qué estupidez más grande eso de darse cuenta de lo mucho que se valora un amor cuando ya se ha extinguido, algo por otra parte tan frecuente.
En fin, seguí a trancas y barrancas, encontrando la salvación en la rutina, en mi trabajo, en vicios baratos como los juegosonline, y en olvidarme de quién había sido durante esos seis años. A pesar de todo eso, siempre pienso que… fui cuidadoso, pensé que ella no podía llegar a saber nada, era prácticamente imposible, y esa sórdida aventura no podía ser más que algo esporádico. Desde un principio pensé positivamente que saberlo solo podría hacerle daño y por eso lo oculté. ¿Vergonzoso?, ¿cínico? Lo que queráis, pero pasó, se supo, y lo estoy pagando. Lo peor de todo es que, según me cuentan amigos comunes y familiares, ella también. Aún me pregunto cómo lo descubrió, y las innumerables sospechas sobre cómo pudo ser capaz de saberlo a pesar de cualquier ínfima pista borrada fueron el inicio de la paranoia, convertida en certeza para mí, que luego me sobrevendría y sería lo que realmente deseo relatar: que mi mente podía ser perfectamente leída por cualquiera.
Fue entonces, tras la ruptura, seguramente por el estado de profunda depresión en el que quedé, cuando empezaron a sucederse los sueños que encajaban con la realidad. Mi médico de cabecera y mis amigos me comentaban que eso no era de extrañar si tenía por costumbre, ya desde que era pequeño, soñar unos sueños ordinarios y realistas, pero, ¡qué casualidades tan curiosas se daban!
Finalmente la depresión y el estrés en mi trabajo me llevaron a un estado mental en el que creía firmemente que mi pensamiento era leído por todos. ¿Cómo se iba a explicar, si no, lo que supo ella? ¿Y que la esporádica amante supiese mis debilidades más íntimas? ¿No era ese sin duda el mismo motivo para el cumplimiento de mis sueños, o más bien de mis pesadillas? No veía otra explicación.
De hecho, en varias ocasiones empecé a notar que algo raro pasaba en mi relación con los demás, pero la primera vez que hablé con mi amigo Alfredo tras mi ruptura, fue la ocasión más paradigmática de lo que me sucedía y me iría sucediendo en los próximos dos años. La cosa fue más o menos así, estábamos preparando el equipaje para una excursión, y me dijo:
—Sigues pensando en ella, en Yolanda.
Yo no había hecho ni una sola referencia a ella, y me quedé entre sorprendido y molesto. Íbamos a pasar una jornada de espeleología, una afición que Yolanda para nada compartía conmigo, y ni durante toda la mañana, ni durante el desayuno, ni mientras revisábamos el equipo había aparecido en la conversación. De acuerdo, era una pregunta previsible y, en efecto, no podía dejar de pensar intensamente en ella. Sin embargo, le contesté con evasivas:
—Yo estoy hoy por lo que tengo que estar. En un par de horas estamos en la entrada a la sima.
—Bueno, no hace falta que te pongas así. Pero sé que haces estas actividades por intentar pasar mejor el tiempo y en fin, para no sufrir. No hace falta ser un lince para darse cuenta de eso.
Me irritó que acertase tan de pleno en toda mi filosofía de vida durante ese último año. Yo seguía hablando con cierto matiz borde:
—No sabía que mi cabeza fuese transparente para que me veas los pensamientos.
—Es así, Carlos, lo es. Quizás es por eso que todos los amigos te queremos cuidar. En realidad todo el mundo conoce tus intenciones. Pobrecillo.
Permanecí un momento parado, pensando qué contestarle o cómo quedarme, si enfadado, si tomármelo en broma, si tal… pero no hizo falta pensar más alternativas, él me había leído exactamente, y en ese preciso momento, mientras yo seguía inmóvil y silencioso en esa sucesión de pensamientos, me apuntó:
—Carlos, amigo, por cómo te veo, te digo que si tienes que escoger entre enfadarte conmigo o reírte, de verdad, empieza por tomártelo todo más a guasa, es más sano.
Contesté un lacónico “vale”, con más perplejidad que enfado o cualquier otra cosa. El colmo fue cuando, al meternos en el coche y antes de darle al contacto, me dijo:
—¿Qué te ha sorprendido? ¿Que sepa lo que piensas? Pero, Carlos, eres bastante predecible. Ya sé que ahora me dirás que nos concentremos en la espeleología.
No dije nada más. Estaba furioso, casi no podía hablar porque estaba suponiendo que sabría todo lo que pensaba en cada segundo. Cómo no, Alfredo había acertado. Me lo quedé mirando fijamente y pensé “no me digas una palabra más hasta que lleguemos al lugar”, y fue exactamente así, no me dijo una sola palabra más.
Empecé a espantarme un poco. Lo más preocupante es que me volvía a pasar con más gente. Algunos me decían que era porque estaba en una época de pensamiento lineal y obsesivo, por eso se me veía venir siempre, aparte de lo sincero y transparente que he sido toda mi vida. Bueno, esos eran sus argumentos, pero yo empezaba a ver claro que lo que decían y mis pensamientos, incluso con antelación, coincidían pasmosamente.
Finalmente no podía llegar a otra conclusión forzosa más que en realidad todos debían de saber lo que pensaba. Por esa razón, y con el fin de evitar una creciente paranoia que se estaba instalando en mi psique, decidí no frecuentar a mis amigos durante un largo tiempo. Como si me leyesen la mente, todos me comprendieron, o como mínimo me dijeron que ya se esperaban que fuese a hacer tal cosa. Desesperante.
Al menos me quedaba el trabajo, donde en realidad no tenía amigos. Convivía con todos dentro de una correcta cordialidad de formulismo, de conveniencia, pero al fin y al cabo nadie tenía la confianza, y yo mismo ponía las barreras para que hicieran cualquier apreciación personal o subjetiva. Además, si repetían que lo que hacía era lo que se esperaba de mí, no me sorprendería. Al contrario, me alegraría. De hecho, tal como estaba en esos momentos, si al menos iba sacando el trabajo, ya lo podría considerar un logro. Una aseveración de ese estilo, aunque pudiera parecer que me volvían a leer la mente, como mínimo podría entenderla como un cumplido. Lo que no podía evitar es que algunas veces cuchicheasen a escondidas de mí y de forma casual llegase a oírles. Fue así como en una ocasión pude escuchar como en susurros tras la puerta mal cerrada de un despacho que decían:
—Este tío se piensa que está en esta empresa como si fuese su casa.
Pude distinguir que era la voz ronca y madura de Arturo, jefe de logística.
—¿Se refiere a Carlos? ¿Verdad? —respondió un tercero, que no identifiqué pues a veces no era capaz de reparar en sus subalternos, ya que podían no durarle demasiado.
—¿De quién hablaría así, si no?
—Sí, y eso acaba siendo motivo de preocupación. En el estado en que se le ve, seguro que comete un error o varios, y nosotros estamos por debajo para sacar las castañas del fuego —argumentó así a su superior, poniéndose de su lado de una manera ampulosamente retórica.
—¿Qué vamos a hacer si no? No por él, sino por la empresa, que vivimos de ella. Aunque no es nuestro jefe, es un cargo superior en la línea de producción, su trabajo condiciona el nuestro.
—Tendríamos que hacer algo jefe —replicó servilmente el subalterno al señor Arturo.
—Mira, chico, lo que hay que hacer, al menos por una vez y como ya sabemos que la va a cagar, es estar prevenidos. Se trata de reducir las consecuencias y lo que nos pueda afectar, para luego enseñarle el estropicio al gerente. Y punto, no está bien que sus errores descansen en nuestro esfuerzo.
—¿Usted cree que tomará represalias, señor Arturo? —El tono era cada vez más sumiso en el pobre muchacho, que quería tener a bien a su superior.
—¿Carlos represalias? ¿Pero no habíamos quedado en que no es nuestro jefe? Además, no pertenece a ningún ala de la empresa, a ningún corrillo, ya sabes, va por libre y eso al final se paga porque en realidad no tiene apoyos. Espero que eso te sirva a ti de ejemplo en esta empresa o donde vayas a parar, siempre hay que asociarse. Con unos o con otros.
El empleado le contestó con un breve sonido nasal de dos notas, pero yo ya no quería oír más, y a hurtadillas me fui de allí aprovechando que mis suelas nunca suelen ser ruidosas, solo me faltaría eso.
De nuevo me antecedían a todo lo que podía llegar a pensar. Y es más, lo peor de todo: al final, como habían predicho esos dos, cometí errores de cierta envergadura. Curiosamente justo cuando estos dos intrigantes habían decidido no estar presentes, y cuando su trabajo había cambiado a otra línea para que mis errores no les afectasen demasiado.
Demasiadas coincidencias se sucedían en mi rutina diaria. Llegué a estar totalmente convencido de que la gente podía leer mi pensamiento. ¿Cómo era eso posible? Ocurría sin ni siquiera estar yo presente, por lo que no podía ser por mi expresión o mis gestos.
Por suerte no ocurrieron más desgracias en mi trabajo, aunque lo pasé muy mal, por supuesto. Ahora más que nunca necesitaba mis ingresos, y acabar en el paro hubiese supuesto una catástrofe. Creo que esa angustia mayor me ayudó en parte a olvidar esa paranoiain crescendoque me hacía tener la certeza de que todo el mundo me leía la mente.
