Los días animales - Jorge Zúñiga - E-Book

Los días animales E-Book

Jorge Zúñiga

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Beschreibung

En Los días animales, libro ganador del Premio Nacional de Narrativa "Gerardo Cornejo Murrieta" 2019, cuatro historias que parecen independientes unen a diversos personajes en diferentes tiempos y espacios a través un hilo en común: las relaciones humanas. En este compilado, Jorge Zúñiga nos muestra cómo padres, cuñados, (ex)parejas y hermanos se enredan en una maraña de revanchas, nostalgia, resentimientos, amores complejos y abrumadores presentimientos. De Tijuana a Xalapa, de la felicidad conyugal a las implacables rupturas, los protagonistas de estos cuentos se enfrentan a sus miedos, a los demonios fuera y dentro de ellos, y dan la cara ante la incertidumbre y la muerte, como si estuvieran preparándose para sobrevivir a un diluvio. ---- "El viaje de una mujer a Tijuana para visitar a su hermana menor, la mudanza de un hombre que acaba de separarse de su pareja, el encuentro de una joven con la hermana y el cuñado de su novio… A partir de situaciones en apariencia nimias, Jorge Zúñiga llega al núcleo profundo de la vulnerabilidad humana y desentraña el destino de varones y mujeres a la hora de saldar viejas cuentas y descubrir secretos dolorosos. Sin complacencia, sus historias se adentran en las estaciones de quiebre que los personajes viven a partir de las rupturas y pérdidas que derriban las estructuras interiores erigidas por la pasión y el afecto. Con una prosa dotada de expresiva y potente precisión, Zúñiga exhibe los infiernos lentos de la familia y la pareja. Los días animales es el extraordinario debut de un cuentista que ha nacido de pie". Geney Beltrán

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Seitenzahl: 139

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Nada estaba pasando, todo estaba pasando. La vida era una piedra girando y afilándose.

RAYMOND CARVER

TRIPULANTES

Ariana está en el tocador e insiste en que la ayude. La veo de espaldas envuelta en una toalla, con otra en la cabeza y un brasier negro en la mano. Habla como si estuviese desesperada: «Dani, hazme caso, ya pues. ¡Por favor!». Levanta el brazo derecho, lo dobla por detrás de la cabeza y se examina lentamente el seno con la mano izquierda. «No puedo hacerlo sola», dice, casi pegada al espejo, luchando por mantener el equilibrio.

Hace mucho desde la última vez que nos vimos, pero el cabello castaño claro y la manera de sonreír —mostrando exageradamente los dientes, un gesto que arrastra desde que le quitaron los frenillos a los trece años— son inconfundibles. «Me alegra mucho que hayas venido», me dice al espejo. Conserva la belleza de la juventud: la delgadez, los rasgos finos, las piernas fuertes de sus días de atletismo, cuando todos los muchachos iban tras ella como idiotas. No somos las hermanas más unidas, pero estoy feliz de verla. El sábado cumplirá cuarenta, la edad en que murió mamá. Después de cientos de llamadas aceptó firmar los papeles, devolverme la casa que dejó a su nombre. Por eso he pedido permiso en el trabajo para venir a Tijuana unos días, por eso me pongo detrás de ella y reviso otra vez su seno todavía húmedo, aunque sea una pérdida de tiempo, aunque todo esté en su cabeza, como en la secundaria, cuando escuchó a un profesor hablar de los peligros de la leche y repentinamente se volvió intolerante a la lactosa.

—No hay nada —repito.

—A Gladys le empezaron a salir aquí —toma mi mano y la guía—. ¿Sientes algo?

Reconozco en Ariana un gesto de mamá: estamos en el parque del fraccionamiento donde pasamos nuestra infancia. Tengo cuatro años y acabo de rasparme las rodillas, alguien puso arena para deslizarse más rápido en la resbaladilla y no pude detenerme. Es un día soleado, mamá lleva en brazos a mi hermana. Las dos tenemos un moño rojo en la cabeza; mamá solía vestirnos igual, le gustaba que la gente preguntara si éramos gemelas. «Ay, ¡¿qué te pasó?!», gritó mamá: ojos muy abiertos, cejas arqueadas, los bordes de la boca estirándose un poco hacia abajo. Es el mismo gesto que tiene Ariana ahora, una mezcla de sorpresa y preocupación.

—No, no siento nada.

—Es que no estás tocando bien —dice, un poco molesta, y me suelta la mano.

Nuestro padre nos abandonó cuando yo tenía dos años, mamá estaba embarazada de mi hermana. Era maestra de kínder; delgada, cabello hasta los hombros, rizado, siempre a raya en medio. Si estaba contenta le gustaba levantar la voz, una voz muy aguda, como si fuese mucho más joven de lo que realmente era. Aparecía por nuestro cuarto para levantarnos gritando: «¡Qué día, qué día, princesitas!». Por la tarde, luego de comer y supervisar que hiciéramos la tarea, nos llevaba al parque del fraccionamiento, un espacio pequeño donde los vecinos habían cooperado para colocar columpios, resbaladillas, pasamanos, todos color verde oscuro. Platicaba con las otras señoras que llevaban a sus hijos mientras mi hermana y yo competíamos por ver quién podía mantenerse más tiempo colgada del pasamanos, quién saltaba más alto desde los columpios. «Princesas, por favor tengan cuidado», decía mamá nerviosa.

Le encontraron el primer tumor unos meses antes de que termináramos la preparatoria. Una compañera de su trabajo vino a casa a cenar y mamá pidió que nos quedáramos un rato más en la mesa. La mujer lo dijo sin rodeos: «Su mamá está enferma, van a tener que cuidarla mucho». El silencio al preguntar si era grave hizo que mi hermana y yo nos pusiéramos a llorar, al mismo tiempo, como si realmente fuéramos gemelas. Ariana salió corriendo de la casa y no volvió hasta la madrugada. Yo abracé a mamá, fuerte, como si en cualquier momento pudiera esfumarse.

Comenzamos ayudándola con las manualidades para el kínder, con la cocina; nos hicimos cargo de las compras y la limpieza, nos turnábamos para dormir con ella y sostenerle el cabello cuando llegaban los vómitos. Mamá luchaba y Ari y yo tratábamos de estar ahí para ella. Luego de un par de meses, las cosas cambiaron. Primero fue Mario, un músico que le metió a Ari la idea de ser cantante y le daba clases privadas en su garaje. Duró poco. Cuando comenzamos a tener problemas de dinero y mamá no podía pagar más las clases, Mario se fue, llevándose el equipo de sonido que Ariana había comprado. Luego vino Alejandro, un vendedor de seguros que no podía pronunciar las erres y modificaba las palabras tratando de ocultarlo. «Hay que seg pegcavido», se burlaba mamá. Mi hermana la convenció y le compraron dos pólizas, para Ariana y para mí. Al mes siguiente Ariana se fue con un grupo de extranjeros que la invitó a pasar unos días en Mazatlán. Estuvo allá seis meses.

Mamá venció al cáncer y a los dos años cayó enferma otra vez. Afortunadamente yo sabía cuidarla, manejar la casa, las finanzas, no necesitaba ayuda. Me casé poco antes de terminar la universidad y decidí quedarme cerca, quería estar al tanto de ella. La visitaba cada semana. Ariana, que había vuelto a la ciudad después de trabajar un tiempo en un parque de diversiones en Monterrey y vivía con un gringo en una casa de dos pisos, solía ir a verla el último domingo de cada mes. Hasta que un día le dijo: «Me voy a Tijuana». Mamá no había visto al hombre con quien mi hermana vivía desde hacía casi un año y resintió que hubiese ido sola a darle la noticia. Ariana fue a su antiguo cuarto con una maleta, tomó lo que pudo y se marchó. Ese fin de semana yo estaba en Guadalajara visitando a la familia de mi esposo. No se despidió de mí. «Dani, háblale a tu hermana, por favor, dile que no se vaya con ese hombre», me rogó mamá por teléfono. No pude comunicarme con ella.

Son las diez de la noche. Ariana y yo hemos estado conversando, bebiendo un poco. Repasamos juntas el viejo álbum de fotos, tesoro de mamá, que le traje como regalo de cumpleaños. Richard —me explica mientras gira las páginas sin mucho interés— era director de área en una empresa distribuidora de alimentos, consiguió una gerencia y tuvo que mudarse a Missouri, donde se ubican las oficinas del corporativo; hace casi dos años de eso. Ella le dijo que se quedaría un mes en Tijuana para arreglar algunos asuntos y luego iba a alcanzarlo. Sin embargo, a una semana de su vuelo decidió asociarse con una vecina e invertir una parte de los ahorros de Richard en una tienda de artículos para mascotas, negocio que siempre le había llamado la atención. Un par de meses después llegaron los papeles de divorcio. Mi hermana se quedó con la casa y algo de dinero. «Era demasiado aburrido, no quería hacer cosas nuevas. En realidad fue lo mejor. Además, ahora tengo todo este espacio. ¿Qué piensas?, ¿crees que quedará bien si tiramos esta pared para hacer más grande la sala?, ¿debería remodelar toda la cocina?».

Ariana manotea y escupe un poco al hablar. Me extiende otra cerveza, que recibo aunque ya no tengo ganas de beber. La última vez que estuvo en Xalapa yo no podía pararme de la cama por el dolor, no pudimos vernos. Fue apenas un par de meses antes de separarme. Recuerdo a mi exmarido diciéndome: «Dani, tu hermana llamó, está quedándose en una posada. ¿Quieres que te lleve a verla?». «¿Puedes decirle que venga? Dile que pasó otra vez». La esperé toda la tarde, también los días siguientes. Nunca llegó.

Ariana pone la mano sobre mi pierna y aprieta un poco, como solía hacerlo mamá cuando creía que no le poníamos atención. Cada una de sus historias es más extraña que la anterior: un concurso de tango, cruzar fronteras a caballo por la noche, una selva de Chiapas donde casi pierde el dedo por la picadura de un insecto. Por un momento es difícil asociar a la mujer junto a mí con la imagen de Ariana que tengo en la memoria, la Ari antes de lo de mamá: tímida, frágil, llevando paraguas a donde fuese o preparando su mochila desde la noche anterior. «Mañana voy a contártelo todo con más detalles», dice, sonriendo, «hoy te voy a mostrar otras cosas: la ciudad de noche, Dani, la ciudad de noche.»

Escuchamos el timbre. «Dile que ya voy», susurra Ariana y corre a su cuarto.

El hombre que ha venido por nosotras tiene una cicatriz que le parte en dos el bigote, a través del pelo veo una línea de piel más clara. Es moreno, gordo, más bajo que nosotras. Richard era alto, de facciones varoniles, con una mandíbula fuerte y mirada profunda, este hombre es definitivamente un paso atrás. Lleva una camisa de cuadros con los dos primeros botones abiertos; tiene mucho pelo en el pecho, como un animal.

Me mira de pies a cabeza y toma posesión del sillón más grande de la sala subiendo las botas de piel a la mesa de centro. Ariana guarda los volantes que dejan por debajo de la puerta: pizzas, exterminadores, autos usados, es una costumbre que mantiene desde siempre. La mesita está llena de ellos. «Oportunidades», solía decir.

—Daniela, ¿no? ¿Qué tal Tijuana?, ¿te está gustando? —Ariana tiene razón, cuando habla suena como si cantara.

Podría decir cualquier cosa, ser amable; no sé por qué respondo con la verdad: le digo que no. Él sonríe de forma condescendiente. Se llama Bernardo Maciel. El juego de llaves que Ariana me dio tiene un llavero de una barca dorada con la leyenda «Happiness» y otro de un corazón con una «B» dentro. Bernardo administra un rancho. Se conocieron en un bar y han estado saliendo desde principios del año. Es, según mi hermana, algo serio.

—¿Ya habías venido?

—Es la primera vez.

—Vas a ver que después de un rato te vas a ir habituando.

Ariana se hizo una cola de caballo. Me alegra que interrumpa la conversación. Lleva la blusa de cuadros fajada, pantalón de mezclilla, botas altas color café. Me recuerda a mamá, cuando aún no estaba enferma, quiero decir: las pecas en el cuello, sus grandes ojos color miel, la forma de alzar un poco las cejas al sonreír.

Bernardo se acerca y la besa, poniendo los labios como si intentara alcanzar algo dentro de una botella. Puedo ver la fuerza del abrazo, las manos que acarician las piernas de mi hermana. Su bigote me hace pensar en un gusano peludo.

—Uy, mija, tú sí sabes...

Se lo dice al oído, pero alcanzo a escuchar. Ariana se emociona, idéntica a una muchacha de veinte años. La forma en que Bernardo voltea a verme luego, asegurándose de que escuché también, me hace sentir incómoda. Observo mis zapatos, un poco sucios después del viaje, y de pronto siento vergüenza. Antes de salir, cuando sé que nadie está mirando, los froto contra mis pantorrillas.

Bernardo maneja una camioneta Range Rover negra. Ariana me explica con todo detalle cómo juntaron el dinero para comprarla. Comienza diciendo: «La tienda no da demasiado, tenemos otros negocitos». Bernardo, dice, le ha enseñado mucho: ahora es experta en el mercado de bovinos, conoce el precio de la carne, las épocas de monta. Está feliz, parece que no va a dejar de hablar nunca. Me recuerda a la primera vez que mamá la llevó con nosotras a comprar un árbol de navidad. Tuvimos que escuchar durante días la historia de lo especial que era porque ella lo había escogido con los ojos cerrados.

—Ahorita solo estamos comprando —Ariana pone la mano sobre la rodilla de Bernardo—, ya más adelante tocará vender.

—¿Y no es difícil?

—Ni un poco, Dani, hasta es interesante, ya vas a ver.

—¿Cuánto tiempo te vas a quedar? —Bernardo me mira desde el retrovisor—, el domingo puedes ir con nosotros al rancho si quieres. Vamos a hacer allá lo del cumpleaños de la Ari. Sirve que te contamos lo del negocio para que veas si quieres entrarle.

—Me gustaría ir, sí —miento.

La camioneta se detiene, suena el claxon. Estamos frente a una casa igual a la de Ariana.

—Van a ir unos compas y también la Gladys. Cáele.

—Claro que irá —dice Ariana —, ¿verdad?

Bernardo vuelve a tocar el claxon. La puerta se abre y veo a la mujer. Ariana me contó sobre ella, me dijo lo de la enfermedad, lo de la tienda: Ariana hizo la inversión con el dinero del divorcio y Gladys se dedica a atenderla. Está un poco pasada de peso, es divorciada, se hicieron amigas cuando la deportaron y llegó al fraccionamiento; su marido le enviaba dinero desde el otro lado; hace bastante que no tiene noticias de él, vive de sus ahorros. Lleva una camisa de cuadros rojos y azules, con las mangas dobladas; falda de mezclilla, cinturón con hebilla metálica en forma de caballo. Se detiene un segundo en la puerta, pone una mano en el sombrero y sonríe doblando una pierna. Ariana suelta una carcajada. Su amiga baja los escalones y atraviesa el patio a saltitos, como si estuviera bailando. Se da cuenta de que no ha apagado la luz y vuelve adentro. Una luz amarilla sustituye al foco blanco. «Es algo de feng shui», explica Ariana.

Me recorro en el asiento para darle espacio a Gladys. El sombrero negro oculta sus rasgos por momentos, pero la sonrisa siempre está ahí. Los botones de la camisa apenas son capaces de contener sus senos. Recuerdo las palabras de Ariana en el espejo del tocador: «A Gladys le empezaron a salir aquí».

—¿Ya listos? —Gladys mueve los hombros festivamente.

Bernardo le cuenta sobre la fiesta del domingo. Le habla de los amigos solteros que planea invitar al rancho. Gladys y Ariana intercambian una sonrisa cómplice. Bernardo toma la mano de mi hermana y la coloca sobre su pierna derecha, ella le guiña un ojo.

—Oigan, me estoy sintiendo un poco mal —digo antes de que nos hayamos alejado demasiado y ya no pueda volver por mí misma—. Creo que mejor me voy a quedar.

—¿Qué pasó? —siento la mirada de Bernardo desde el retrovisor—. ¿Estás con la regla? —Ariana le golpea suavemente el brazo.

—No la estés molestando. Dani, vamos a un lugar muy divertido. ¿Segura que no quieres?

—Es que sigo cansada del viaje.

—¡Ay, vamos! —dice Gladys moviendo otra vez los hombros. Su aliento huele a alcohol y marihuana.

—¿Puedes dejarme por aquí? No estamos muy lejos.

—Ven con nosotros, nena, no seas aguada —interrumpe Gladys—. Me dijeron por ahí que eres divorciada de hace siglos. Ven, chance y te encontramos algo, ¿no? ¿O ya te resignaste?

—¡Cállate, no seas grosera! —grita Ariana. Y luego, mirándome— ¿Quieres que te llevemos a la casa?

—Está aquí nomás a unas cuadras —Bernardo se orilla.

—No, no, no se molesten.

—Podemos llevarte.

—No te preocupes.

Ariana insiste, pero está de acuerdo cuando Bernardo dice que es mejor llegar temprano para encontrar un buen lugar. Gladys me abraza con fuerza al despedirse. Ocurre tan rápido que no tengo tiempo de evitarlo. Frota su mejilla a la mía, puedo sentir el maquillaje barato, la delgada capa aterciopelada, como un durazno viejo.

Siento el alcohol en la cabeza, mareo, pulsaciones. La camioneta se aleja poco a poco y yo no puedo dejar de pensar en el seno enfermo, en qué tan grave es la situación de Gladys, en su vida antes y después del diagnóstico: ¿está sola en Tijuana?, ¿su marido sabe de la enfermedad? Me aterra pensar en sus hijos. Ariana saca el brazo por la ventana, la escucho gritar: «¡Adiós, amiga!», como cuando éramos niñas y veíamos un avión cruzando el cielo. Algunos reflejos se desprenden de su reloj pulsera en tanto agita la mano al despedirse. Mamá no usaba relojes, no le gustaban, fingía calcular la hora basándose en la posición del sol o en el clima para hacernos reír. No puedo evitar recordarla. ¿Qué pensaría si estuviese viva y pudiera ver a Ariana? Seguramente le diría que vuelva a casa, que qué está haciendo en una ciudad así, entre este tipo de gente. «No desperdicies tu potencial», le habría dicho, aunque nunca hayamos sabido a ciencia cierta cuál era el potencial de Ariana y, durante muchos años, en conversaciones ocasionales con los vecinos o el resto de la familia, mamá hubiera tenido que inventar historias cuando le preguntaban por ella.

Llovizna. Veo la casa en la esquina de esta cuadra. Es un fraccionamiento bien iluminado, limpio, muy diferente a la idea que yo tenía de la ciudad. A Ariana le gusta viajar, las aventuras, yo sería incapaz de dejar lo conocido. Mamá no salía de casa sin revisar tres veces que hubiéramos cerrado las llaves de gas, nos hacía llevar suéter a todos lados. Soy igual a ella.

Tardo un poco en encontrar la llave en mi bolsa. La casa está completamente a oscuras. Por un segundo me quedo inmóvil, como si en cualquier momento pudiera venir otro amigo de Ariana a recibirme.