Los dioses que nos habitan - Julio Zarco - E-Book

Los dioses que nos habitan E-Book

Julio Zarco

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 A través del tiempo, posiblemente con un origen en el Antiguo Egipto, pasando por Caldea, India, Grecia, las religiones mistéricas, el hermetismo alejandrino, el judaísmo esotérico, el cristianismo gnóstico, el sufismo o la alquimia medieval, lo cierto es que es rastreable una forma de conocimiento metafísico y filosófico que ha sido denominado "sabiduría perenne".   Este conocimiento, con una fuerte acción terapéutica con base en su praxis, bien sea la meditación, uso de las imágenes, el contacto con la belleza o la práctica de la virtud, llega a la psicología de la mano especialmente de Carl Gustav Jung y de su discípulo James Hillman.   En esta obra, el autor, un médico con una sólida formación y trayectoria humanística, lleva al lector por un recorrido que transcurre así desde los Textos de las pirámides a las Eneadas de Plotino, o desde Platón hasta Frithjof Schuon, o desde Parménides hasta Jung o Hillman. Siempre en busca de esa realidad trascendente llamada de mil formas; a veces solo pensada, otras veces, vivida.   En realidad, es un viaje en busca del alma y sus códigos, el viaje del héroe que diría Campbell, el periplo de Odiseo o los trabajos de Hércules, un viaje en el que la partida y la meta están, se sabe luego, en el mismo punto. Pues bien, para ese tránsito, este libro es mapa y guía, pero sobre todo faro que ilumina y orienta, lo que, en el mundo de hoy, es un tesoro.     

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Seitenzahl: 205

Veröffentlichungsjahr: 2025

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LOS DIOSES QUE NOS HABITAN

La sabiduría perenne: claves para un cambio de mirada

Julio Zarco

https://www.libros-biblos.com/

© EDITATUM

© JULIO ZARCO

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Primera edición: noviembre de 2025

JULIO ZARCO

El doctor Julio Zarco es académico de la Real Academia de Medicina. Es especialista en medicina familiar y comunitaria y ha ejercido como tal en Madrid durante más de treinta años. Durante este tiempo fue ocho años Presidente Nacional de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria y Director del Observatorio de la Adherencia Terapéutica. Su labor clínica la ha ejercido en paralelo a la docencia universitaria. Formado junto al Profesor Laín Entralgo en la UCM, fue primero profesor de Historia de la Ciencia y en la actualidad es profesor de Psiquiatría y Psicología Médica. Doctor en Humanidades Médicas ha combinado su pasión por la clínica y la docencia junto a la gestión y la literatura. Experto en filosofía de la ciencia, antropología y psicología arquetipal ha publicado múltiples libros de filosofía, psicología, ensayo y narrativa. Entre ellos, y publicados en esta editorial, destacan: El estoicismo como filosofía de vida; Relajación dinámica y La enfermedad como experiencia de transformación. Es editor desde hace casi veinte años del blog de humanidades “ Mis paseos con Thoreau” y en la actualidad es el Director Gerente del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid.

@jzarcor https://www.instagram.com/jzarcor/

El blog de Julio Zarco: https://juliozarco.com/

La mayoría de las personas son como una hoja que cae, se mueve y gira en el aire, revolotea y cae al suelo; pero algunas otras son como estrellas que recorren un camino definido: ningún viento las alcanza, ellas tienen dentro de sí mismos su guía y camino.

Siddartha, Hermann Hesse

Prólogo

Sinceramente, creo que Julio Zarco ha logrado desarrollar y dar forma comprensible a la intuición que menciona en su presentación. No es tarea fácil, pues los campos del conocimiento tienden a fragmentarse cada vez más con el avance de las especialidades. La tendencia natural de la ciencia contemporánea es la separación, la delimitación de territorios y la multiplicación de lenguajes técnicos; sin embargo, Julio Zarco consigue —y lo hace de manera brillante— tender un puente entre la medicina, el mundo de las ideas y el ámbito de lo sagrado; o, mejor dicho, nos invita ea reconocer que forman parte de un mismo sujeto: el ser humano en toda su complejidad.

En primer lugar, debo felicitarlo sinceramente. Algunos podrán poner en duda ciertas afirmaciones poco concretas en relación con las distintas disciplinas que aborda este libro, pero creo que quienes lo hagan no habrán comprendido el verdadero sentido de la obra y, además, habrán olvidado el título que la encabeza: Los dioses que nos habitan. La sabiduría perenne: claves para un cambio de mirada. Ese «cambio de mirada» es, en sí mismo, una forma de medicina humanista de la que conviene volver a hablar.

Acompañado a menudo por las ideas de James Hillman, aunque también por las de otros grandes pensadores, Zarco nos habla de medicina. No de cualquier medicina, sino de la medicina de familia y comunitaria, que constituye su especialidad; es decir, nos habla de una práctica que entiende la curación del ser humano en toda su extensión, no solo en su dimensión corporal, sino también en su vertiente psicológica, emocional y espiritual.

Su ambición más íntima —aunque él la exprese con discreción— es la de ser un chamán o un cura, en el sentido originario del término, «aquel que cura». Pero, lejos de recurrir a fórmulas arcaicas, Julio Zarco emplea las herramientas propias del mundo contemporáneo, sin renunciar por ello a una mirada amplia, simbólica y trascendente. Argumenta con los recursos más sólidos que tiene a su alcance, pero, en el fondo, su corazón late por algo más grande: la curación completa del ser humano, el despertar de esos dioses que nos habitan.

Julio Zarco es médico, y ejerce como tal; sin embargo —y lo digo con cierta cautela—, creo que en sus deseos más profundos aspira a ser un iatros, término griego que designa al médico y que, según Homero, describe a «un hombre que vale por muchos», socialmente reconocido como demioergós, es decir, servidor público. No sería extraño imaginarlo como un nuevo Hipócrates, dispuesto a escribir —o reescribir— con él el célebre juramento que compromete al médico en su labor ética; o incluso como un moderno Quirón, el sabio centauro que transmitió a Asclepio el arte de sanar. Toda esa herencia mítica y filosófica, sin embargo, requiere traducirse al lenguaje del siglo XXI, y esa es justamente la tarea que Zarco se impone.

Su trayectoria académica y profesional es, por sí sola, impresionante: licenciado y doctorado por la Universidad Complutense de Madrid, presidente de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria, viceconsejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid, presidente de la Fundación Humana, académico de número de la Real Academia Nacional de Medicina —es el primer especialista en medicina de familia en acceder a esta institución—, profesor universitario y, ante todo, médico. Y, sin embargo, ninguna de estas distinciones agota lo esencial de su pensamiento.

Porque lo que realmente le preocupa y ocupa es algo más profundo: la búsqueda de una medicina humanista, capaz de acompañar al ser humano en su totalidad. En este camino, Zarco encuentra en Jung y Hillman dos referentes decisivos. Sobre el primero afirma: «El Libro Rojo se convierte en el renacimiento de la imagen de Dios en el alma del ser humano». Y sobre Hillman destaca su convicción de que la psicología profunda debe ir más allá de la terapia individual para conducirnos a una experiencia vital que devuelva al corazón y al alma su antigua dignidad.

Zarco recoge y desarrolla esta antigua sabiduría desde la filosofía griega y, de manera particular, desde la llamada filosofía perenne. En este terreno sigue con especial atención a pensadores como Frithjof Schuon, Titus Burckhardt o Martin Lings, sin olvidar la influencia decisiva de René Guénon, verdadero fundador del tradicionalismo.

A través de Jung, Julio Zarco llega al círculo Eranos, creado por Olga Fröbe–Kapteyn, donde convergieron figuras fundamentales de la espiritualidad moderna como Mircea Eliade, Gershom Scholem, Martin Buber o Henry Corbin. De este último toma Zarco su concepción de la imaginación activa, entendida como un medio de acceso a lo absoluto. En este sentido, la imaginación se convierte en órgano de lo divino, pues el mundo entero puede ser visto como un espejo en el que se refleja la luz de Dios.

Asimismo, la influencia de Pierre Hadot resulta esencial. Este filósofo, especialista en el mundo clásico, concibió la filosofía como un arte de vivir y como un ejercicio espiritual de purificación y transformación. Zarco lo cita con entusiasmo: «La filosofía es un arte de amar, ver, entender y vivir. Es un método de purificación y de ascensión espiritual que requiere de una transformación radical de uno mismo».

No obstante, el autor de este libro se reconoce, sobre todo, discípulo de James Hillman, cuyo pensamiento imaginal se inscribe en la larga tradición occidental del simbolismo y la filosofía participativa.

En definitiva, este libro es mucho más que un ensayo: es una meditación profunda, una invitación a reconocer que los dioses dormidos en el corazón de cada uno de nosotros pueden despertar y devolvernos a nuestra condición más genuina: la de ser plenamente humanos y, al mismo tiempo, compañeros de los dioses.

El lector que se adentre en sus páginas encontrará pronto la confesión del propio autor: «Mi vida siempre ha estado perseguida por esta insistente idea, por ese “hay algo más” que el mundo físico y material que es tangible y nos rodea. Lo curioso es que no puedo llegar a vislumbrar de dónde me viene esa idea. Es una intuición…». Esa intuición es, precisamente, el motor de esta obra y la semilla de un pensamiento que se atreve a unir la ciencia, la filosofía y lo sagrado en una sola mirada.

Raimon Arola

Doctor en Historia del Arte y profesor de la Universidad de Barcelona.

Introducción

Este es un libro sobre una manera distinta de ver el mundo y, por lo tanto, un modo diferente de ver y entender al ser humano. Dicha visión no es mejor ni peor, no es más verdadera ni más auténtica, es una manera diferente, y es la forma en la que yo veo el mundo, mi universo y el ser humano que la habita. Debo decir que esta visión no es excluyente, ni es una visión particular y especialmente mía. Ha trascendido los tiempos a lo largo de siglos, pero creo que cobra más valor en los tiempos que corren, en la cual el pensamiento trashumanista y la inteligencia artificial forman parte de nuestra vida cotidiana. Esta es una obra que se centra en actualizar esa forma de percibir el cosmos y el ser humano. Nos interesaremos por el psicólogo americano James Hillman, discípulo de Carl Gustav Jung y, posiblemente, uno de los mejores embajadores contemporáneos de esta forma distinta de percibir el mundo y al ser humano. Él denominó esta forma de entender la mente de los individuos como «psicología arquetipal» o «psicología imaginal», que es directamente heredera de la psicología profunda de Jung. No obstante, esta psicología está directamente relacionada con la filosofía, la mitología y, muy especialmente, la espiritualidad. A principio del siglo XX, el escritor y Premio Nobel de Literatura Aldoux Huxley acuñó un término para esta forma de pensar que llega hasta nuestros tiempos: «pensamiento tradicionalista». Algunos la denominan «filosofía perennialista», la pistis sophia clásica. James Hillman recoge este pensamiento, lo reactualiza y nos brinda una forma profunda y espiritual de comprender la realidad. Veremos que en este pensamiento cobra una gran importancia la imaginación, como uno de los elementos fundamentales de conocimiento.

Tradiciones espirituales tan ancestrales como el sufismo basan una gran parte de su percepción de la realidad divina en la imaginación. Veremos que, igual que la imaginación, cobra una gran importancia la memoria, como así se puso en evidencia en la obra de Giordano Bruno y del español Raimon Llull.

La pensadora contemporánea Frances Yates nos ha legado importantes estudios sobre el arte de la memoria que han llevado al terreno de lo académico, la imaginación y la memoria, para dotarles de una importante dimensión ontológica.

El interés por la obra de James Hillman no es puramente académica o intelectual, sino que ofrece claves prácticas que facilitan al ser humano contemporáneo una nueva visión del mundo. Durante los últimos tres siglos la visión mecanicista del universo ha generado una metáfora del mundo que nos ha hecho avanzar a pasos de gigante en la ciencia y la tecnología.

En la actualidad, el ser humano o es científico o no es nada. La filosofía se ha desvirtualizado de su propósito original y se ha convertido en una entelequia intelectual, cuando su propósito inicial era dotar al ser humano de una visión especial que nos haga percibir la realidad desde dentro y conseguir perfeccionar nuestra naturaleza.

El método científico recoge el pensamiento aristotélico y, utilizando la matemática como herramienta utilitarista, disecciona la realidad fragmentándola y haciendo estallar por los aires el fenómeno para observar a la realidad por cachitos.

La Revolución francesa y la Revolución Industrial fomentan una forma de pensar en la que el universo se convierte en un frío laboratorio y en una máquina ciega, y sitúan al ser humano fuera de esta compleja realidad, para que pueda convertirse en observador, sin percatarse de que el observador es a su vez lo observado.

El ser humano, es decir, el observador se convierte en algo ajeno al mundo, en una realidad distinta, ajena y enajenada del universo. Es este pensamiento cosificado y objetivante el que ha hecho avanzar la ciencia y la tecnología hasta los actuales logros.

Pero la pregunta es: ¿es esta la verdadera realidad? La ciencia de vanguardia nos muestra una cara del universo bastante distinta a esta realidad fría y objetiva y esta cara es bastante más parecida a algunas metáforas de otra forma de pensar más cercana a las grandes tradiciones espirituales de la humanidad.

Mucha de la producción científica más avanzada del mundo actual del siglo XXI, está más próxima a los Vedas, la filosofía pitagórica o el sufismo que a Descartes y Newton.

En este texto, y a través de la obra de James Hillman, rastreamos esta visión poética de la existencia que nos conecta a un mundo con alma, elanima mundi, para poder sacralizar el cosmos y el ser humano. Como decía el pensador Alan Watts, el ser humano es el cosmos mirándose a sí mismo, lo cual es lo mismo que decir que el ser humano es Dios mirándose a la cara.

Como veremos más adelante, el origen de esta forma de pensar parece estar en las arenas de Egipto y en la antigua Sumeria, al igual que de manera simultánea apareció en el rico subcontinente indio. No obstante, debemos rastrear nuestros orígenes ancestrales y raíces en la Grecia prehomérica, en los mitos órficos, este es el origen de toda nuestra cultura. Por ello James Hillman nos reprende diciendo que en las mesillas de los hoteles, en vez de una Biblia, debería estar la Odisea de Homero. Busquemos el origen de nuestro pensamiento de la mano de James Hillman para reencantar el universo.

Breve biografía «daimónica»

Estoy convencido de que el destino existe y creo profundamente en las causalidades. En el vasto y rico tapiz de la existencia, no podemos llegar a contemplar nada más que aspectos parciales de la realidad, hilos y dibujos locales que no permiten que aprehendamos el conjunto. Nuestro cerebro, a través de la percepción y con la herramienta más poderosa que nos ha dado la evolución, la mente, solo es capaz de percibir pequeños atisbos y destellos de lo auténticamente real.

Mi vida siempre ha estado perseguida por esta insistente idea, por ese «hay algo más que el mundo físico y material que es tangible y nos rodea». Lo curioso es que no puedo llegar a vislumbrar de dónde me viene esa idea. Es una intuición y no me viene dada de mi entorno, ni de mi familia, viene de otro lugar, pero no puedo llegar a saber a ciencia cierta ni qué lugar, ni dónde está y cómo llega a mí. No es una idea inculcada por la religión, pues no es una idea religiosa, podríamos decir que es una idea ontológica, existencial y formó parte de mi existencia desde que yo era un niño. Este libro es el producto de esta intuición que hace más de cincuenta años, formaba parte de mí y yo, por aquel entonces, no sabía darle forma.

Tan solo, querido lector, voy a dar algunos breves datos personales que pienso pueden dar fuerza y coherencia existencial al libro que tienes entre tus manos. Supongo que para el lector que no me conoce estos datos son simples anécdotas carentes de trascendencia, pero en mi caso representan ideas, fuerzas, sentimientos y experiencias que han marcado mi vida. Como veremos a lo largo de estas páginas, podríamos decir que lo que aquí relataré son llamadas de mi daimon. Sócrates habló del daimon, una tenue voz que habla en el interior y que marca teleológicamente la vida de las personas.

El ser humano debe aprender a oír su voz y seguir sus indicaciones para que la vida sea plena. Esta creencia llevó a Sócrates a la cicuta y a la muerte. Yo creo en el daimon,pues escuché tempranamente su voz.

Mi familia no era especialmente religiosa, y aunque criado en la moral católica imperante y con una madre creyente, pero no practicante, no tuve una gran educación formal religiosa. Recuerdo que, con cuatro años, habiendo acudido por primera vez al colegio, tuve un sueño intenso que aún recuerdo con nitidez. Soñaba yo que estaba en mi clase de preescolar y un Cristo con la cruz a cuestas recorría el pasillo de la clase para pararse delante de mí, mirarme y proseguir su procesión hasta perderse en la lejanía. No experimenté miedo ni temor alguno, solo sentí el privilegio de haber sido el elegido: él se paró y me miró. No interpreto ni saco conclusiones, solo refiero algunos hechos que, a mi modo de ver, son importantes en mi vida y que aún guardo profundamente en mi memoria.

Pasado el tiempo, tenía yo unos siete u ocho años, mis padres me compraron una enciclopedia mundial, supuestamente para que pudiera ser un diccionario de consulta para mis trabajos escolares. Yo pasaba largo tiempo ojeando las fotografías y dibujos de los doce tomos que constituían esa enciclopedia del conocimiento. Mi atención se fijó en tres individuos, no entendiendo por qué. Mi intuición es que estos personajes eran grandes sabios de la antigüedad y que atesoraban un conocimiento oculto que estaba allí para ser revelado por mí. Cuando leía sus biografías intuía este hecho, pero apenas llegaba a entender nada de lo allí descrito. Estos personajes históricos fueron Sócrates, Platón y Carl Gustav Jung. Me sorprendo en la actualidad cuando veo los hilos del destino cómo son movidos sutilmente por una mano oculta. Sócrates maestro de Platón, Platón inspirador del modelo de psique de Jung. En aquel entonces no podía saberlo, ahora sí lo sé. Mi obsesión era tal que llegué a dibujar el rostro de Sócrates y Platón para pegarlo en un llavero que llevaba en mi bolsillo, a modo de recordatorio de dónde procedía la fuente de la sabiduría.

Cuando tenía unos trece años acudía con regularidad semanal con mi madre a una librería del centro de la ciudad, ojeaba todos los libros sapienciales y de filosofía, y compraba los libros de Jung y los diálogos de Platón. Mi madre me decía que comprara algo más adecuado a mi edad, pero yo quería tener ese conocimiento cerca de mí. Aún recuerdo con nitidez mi primer libro de Jung, Aion, símbolos de trasformación. En portada aparecía una foto del autor esculpiendo una gran piedra en su casa de Bollingen. Entonces tampoco entendía aquella pulsión; ahora trato de buscar sentido a ello.

Durante mis estudios de medicina y mi doctorado en psiquiatría y en humanidades seguí profundizando en mis estudios de filosofía, espiritualidad, Antropología y ciencias afines. Llegó la hora de realizar la tesis doctoral, con el profesor Pedro Laín Entralgo y el profesor Diego Gracia. La idea era realizar un trabajo sobre la génesis del pensamiento de Santiago Ramón y Cajal y su confrontación intelectual con Golgi. Santiago Ramón y Cajal había marcado mis inquietudes intelectuales, pero un sueño cambió mi destino. Fue un sueño mágico, vivo y a la vez envuelto en una atmósfera numinosa. Yo me encontraba en una noche fría y nevada de un pequeño pueblo con casas de madera. Había silencio y no sabía qué hacia allí. Me llamó la atención una casa y decidí pasar al interior. Había una puerta de cristal que debía abrir para pasar la puerta de madera maciza que daba acceso al hogar. La puerta se abrió sola y allí majestuosa apareció una gran figura que realizaba movimientos lentos y armónicos como una danza. Me miró, agachó la cabeza y se marchó. Era Carl Gustav Jung y yo estaba con él. Ese sueño dejó una profunda impresión en mí. Decidí cambiar el tema de mi tesis doctoral. Cambié mi interés de Cajal por Jung. Realizar la tesis sobre Jung tenía un problema y era la consulta de los originales, pues yo desconocía el alemán que escribía Jung con su compleja prosa, así que busqué los textos en inglés. De esta manera, llegué a un autor para mí desconocido que había sido discípulo de Jung y que había inaugurado toda una corriente de pensamiento a partir de la obra de Jung, y toda en ella en inglés: era James Hillman, un americano que aún vivía y trabajaba. Este feliz encuentro me llevó desde Hillman hasta Jung y me volvió a conectar con un linaje de pensamiento que nunca había desaparecido de mí, pero que estaba algo olvidado.

Comencé a trabajar en mi tesis doctoral buscando la guía y el apoyo de James Hillman, que me ha acompañado hasta su reciente fallecimiento en el año 2018. Mi tesis doctoral: «Interpretación de la obra de Gustavo Adolfo Bécquer desde la perspectiva de la psicología arquetipal» unió mis dos polos de interés, la filosofía y la psicología, junto a la literatura. Este trabajo me abrió nuevamente la puerta a un pensamiento nuevo, el de Hillman, que a través de Jung nos lleva a tiempos remotos en los que la forma de mirar el mundo era otra. Sí, creo en el destino, creo en el daimon y aquí tenemos este texto que lo demuestra.

Un ancestral linaje que se pierde en el tiempo

El ser humano contemporáneo, el que habita en este siglo XXI, se encuentra instalado en el paradigma de la ciencia y la tecnología. Los grandes avances de la ciencia y la tecnología de los dos últimos siglos nos han llevado a un cambio en la visión del mundo y así mismo de la visión que tenemos del ser humano en el mismo. Sabemos que esto no ha sido siempre así y que, a lo largo de la historia de la humanidad, la visión, pensamiento y la consciencia que el hombre ha tenido sobre el universo, su entorno natural y su propia naturaleza ha estado marcada por la cosmogonía que ha poseído. El pensamiento y nivel de consciencia del ser humano en cada momento ha generado una visión distinta de quiénes somos y qué papel jugamos en la existencia y en la vida. En estos momentos nuestra visión es la trashumanista, es decir, aquella que trasciende el factor humano para sumergirse en un mundo tecnologizado, matematizado, cuantificado, frío, aséptico, digitalizado. Esta era digital, en la que impera la inteligencia artificial, el metaverso, el universo distópico de la máquina organizando la existencia y la vida cotidiana de las personas, es la heredera del pensamiento aristotélico. Todo tiene un origen, una transición y un desarrollo. Este mundo, que es cambiante, transitorio, dinámico y evolutivamente inestable, también será distinto dentro de uno o dos siglos.

Donde nos encontraremos en ese momento no podemos alcanzar a saberlo con precisión, así como Descartes no podía llegar a predecir dónde estaríamos en el año 2025, pero aquí estamos, en un mundo nuevo y emergente presidido por la ciencia y la tecnología que ha llevado a los humanos, al máximo conocimiento de la materia y la energía, el cosmos, la biología y el entorno natural. El pensamiento humano ha desarrollado altas capacidades apoyado en la tecnología como herramienta de exploración, además de organizar un cuerpo científico que nos da una visión del cosmos de gran precisión.

El ser humano evolucionó su pensamiento y por ello mismo su consciencia, desde 10 000 años antes de Cristo, con una forma de entender el universo y a él mismo, naturalista, presidida por la magia y el encantamiento de un universo plagado de fenómenos naturales e inexplicables que entraban dentro del terreno de lo sobrenatural, lo misterioso. Un mundo mágico donde el ser humano y su entorno formaban parte de la misma existencia y las fuerzas y fenómenos solo podían ser movidos por las manos invisibles de fuerzas superiores asimiladas a dioses. No obstante, la ciencia, la historia y la antropología aún no han sabido explicar cómo en un contexto primario, presidido por un pensamiento mágico y religioso, eclosionaron culturas netamente diferenciadas como la egipcia o la sumeria.