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Esther Hillesum, "Etty", fue una joven mujer judía de los Países Bajos que escribió un diario antes y durante su cautiverio en los campos nazis de concentración. Murió en Auschwitz junto a su familia. Estos diarios fueron publicados por vez primera en 1981 y, desde entonces, e independientemente de su gran calidad literaria, sorprendieron por la enorme profundidad de su contenido fruto de una intensa experiencia espiritual. En esta obra, el doctor Zarco, toma el hilo narrativo de Etty y lo desarrolla con una mezcla de recreación literaria y ensayo filosófico, mostrando lo más sorprendente y relevante de su mensaje espiritual que alcanza cotas muy altas dentro de la narrativa mística. En definitiva, un libro potente que invita a la reflexión íntima, resultado de una profunda y transformadora experiencia espiritual contemplada por la mirada de un médico humanista especialista en conocer y reconocer lo más hondo, sutil y hermoso del alma.
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Seitenzahl: 126
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© EDITATUM
© JULIO ZARCO
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Primera edición: junio de 2024
El doctor Julio Zarco es especialista en medicina familiar y comunitaria y ha ejercido como tal en Madrid durante más de treinta años. Durante este tiempo fue ocho años Presidente Nacional de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria y Director del Observatorio de la Adherencia Terapéutica. Su labor clínica la ha ejercido en paralelo a la docencia universitaria. Formado junto al Profesor Laín Entralgo en la UCM, fue primero profesor de Historia de la Ciencia y en la actualidad es profesor de Psiquiatría y Psicología Médica. Doctor en Humanidades Médicas ha combinado su pasión por la clínica y la docencia junto a la gestión y la literatura. Experto en filosofía de la ciencia, antropología y psicología arquetipal ha publicado múltiples libros de filosofía, psicología, ensayo y narrativa. Entre ellos, y publicados en esta editorial, destacan: El estoicismo como filosofía de vida; Relajación dinámica y La enfermedad como experiencia de transformación. Es editor desde hace casi veinte años del blog de humanidades “ Mis paseos con Thoreau” y en la actualidad es el Director Gerente del Hospital Infantil Universitario Niño Jesús de Madrid.
@jzarcor https://www.instagram.com/jzarcor/
https://juliozarco.com/
Con mi mayor agradecimiento y afecto a Etty Hillesum, sigues viva entre nosotros y nos has demostrado que merece la pena vivir.
A Dulce, que me demuestra día a día que la vida es sustentada por su voluntad y pasión amorosa.
A Moises, que día a día me enseña a ser mejor persona.
A Sara, que me enseña cómo la pasión es un arte y no hay límites para un corazón ardiente.
A Yumara, que día a día me recuerda que la vida es sagrada y nos trasciende.
Si conjugar el verbo leer es humanizador, no lo es menos el verbo escribir. Su poder no solo reside en la bondad de la narrativa, que permite al ser humano novelar, soñar, embellecer la realidad, darle sentido ordenándola. El poder de la narrativa está también en el hecho de que el autor imagina un tú, se dispone en clave dialógica, saca de dentro para liberarse y hacer que el peso de la realidad resida también un poco en quien la atisbe entre las palabras escritas.
Me he encontrado con frecuencia con personas que, desde el sufrimiento, han buscado sentido también en la escritura. Y lo han encontrado -o mejor, lo han puesto- al identificar a otras personas que habían pasado por situaciones semejantes o, sin duda, también peores.
Con mucho gusto he vuelto una y otra vez a El libro de Job, de la sabiduría judía, contenido en la Biblia. Representa al hombre sufriente de siempre que, tras haber perdido la salud, sus bienes, sus amigos, en la intensidad de su duelo encuentra a Dios en la intimidad dialógica, quien le invitará -como hacía él con los falsos consoladores- a callar y contemplar la naturaleza. En su inescrutable belleza, hallará más que una distracción, una posible paradoja que permite poner valor al sinsentido del sufrir.
Si Job representa al ser humano sufriente de siempre, sus autores encontraron, como hizo Etty Hillesum, la necesidad de poner palabras a la crueldad para liberarse de ella. Misteriosamente, en este ejercicio, de manera inevitable, aparece la voz de Dios, íntima, humilde, que secuestra la atención y acompaña un proceso de madurez espiritual. Julio Zarco no ha podido evitar encontrar en las palabras del ruin carboncillo de Etty, transformado en bella pluma, las palabras que sirven para describir su corazón. No, el doctor Zarco no está en un campo de concentración nazi. Pero la vida, en ocasiones, se nos vuelve ácida, hasta el punto de parecernos un lugar de concentración de sombras. Y necesitamos palabras. Urgen las palabras para liberarse, sanarse, encontrar esperanza, y renovar y reforzar las motivaciones para la vida cotidiana.
Etty Hillesum, a quien tuve el lujo de leer frente al mar, seducido por el título Desenterrar a Dios, nos ha regalado —no solo a Julio— una forma de escritura sagrada, una forma de humanización del sufrimiento que recorre el camino de transformación del dolor en oportunidad de interiorización y de conciencia del valor de la vida en su clave biográfica, en su belleza irrenunciable. Etty, y Julio con ella, entran en la magia de las palabras, a dialogar con quien se resisten a llamar Dios, a contar con él en clave oracional en una religión que lo encierre o desdivinice manejándolo de manera utilitaria. Dejan a Dios ser Dios y lo encuentran en el propio centro, en ese silencio y el verbo impuesto por el sufrimiento.
Al leer estas páginas del doctor Julio Zarco, robadas a las claras a Etty Hillesum, he constatado el poder terapéutico tanto de la escucha como de la narrativa. Cuando en 1997 fundé el primero de lo que hoy es la red de centros de escucha San Camilo, puse en marcha un motor de algo que descubro cada vez más como imprescindible: el dolor mudo es más dolor. Necesitamos narrarlo. Necesitamos un tú, aunque sea en diferido, que se asome a nuestro corazón, para que no sea totalmente inútil nuestro sufrir, para que no caiga en el olvido eterno.
Agradezco a mi querido Julio la confianza que me manifiesta al entregarme estas páginas, que, al fin y al cabo, desvelan los barracones que somos capaces de generarnos unos a otros cuando las motivaciones y las dinámicas de nuestro vivir son dejadas a la deriva de lo que no es una vida virtuosa.
Empeñado, como veo a Julio, desde la Administración pública, desde la gestión en el mundo sanitario, desde el liderazgo personal, para impregnar el cuidado de humanismo, le descubro, en estas páginas, profundamente humano, sanador herido. Herido, pero capaz de hacer de la herida fuente de sanación, como el mismo Quirón de la mitología griega.
Las páginas que siguen están cargadas de humanidad, del poder de admiración ante la naturaleza y ante el ser humano, limitado siempre, pero habitado de una trascendencia que no puede negar. Desde el silencio del sufrir, la palabra irrumpe con su poder creador de sentido. Porque poner palabras al dolor libera el corazón, que, de otro modo, gime y se autodestruye.
Agradezco a Dios el regalo de las palabras, que sanan y liberan, cicatrizan e iluminan en la oscuridad de la noche del corazón. Y agradezco a Dios por la pluma del doctor Julio Zarco, actual gerente del Hospital del Niño Jesús en Madrid. El doctor, con sus desvelos profesionales y sus pasiones personales, construye redes de humanización, entre las cuales también yo me encuentro.
José Carlos Bermejo
Doctor en Teología y director del Centro de Humanización de la Salud
Dice un antiguo proverbio sapiencial que el discípulo no encuentra al maestro hasta que aquel no se encuentre preparado. Yo siempre lo he creído, pero ahora pienso con más firmeza que el destino, la providencia o la vida siempre teje un sutil tapiz, en el que cada hilo es de un color, textura y situación determinada. Es muy complejo atisbar la composición general, puesto que solo somos conscientes de nuestra persona y su entorno más inmediato, es decir, del hilo y el inmediato conjunto que le rodea. Por ello, conocer la urdimbre de la existencia y hacer de cada vida una auténtica obra de arte se convierte en la obra más excelsa e importante de cada uno de nosotros. La complejidad de la existencia está entrelazada de muchas vidas, presentes, pasadas y futuras, que nos es imposible atisbar; solo debemos centrarnos en conseguir una vida bella y plena que nos haga dignos como personas y embellezcan la obra de arte de la existencia. Hay momentos en la vida de una persona en que nos encontramos con el maestro, con ese álter ego que nos permite no solo contemplar nuestro verdadero rostro, sino atisbar que la vida es bella en sí misma y que formamos parte de un plan que nos trasciende. Cuando este encuentro se produce, algo cósmico acontece y una magia desconocida se libera. La magia es el ingrediente fundamental de la existencia, anima el mundo. Esa magia es el alma del mundo que genera la posibilidad de ser. Asistir al nacimiento de ella hace que asistamos a un acontecimiento cósmico, sobrenatural, o mejor dicho, transnatural. Con la modestia y humildad debida, me siento deudor de la vida por haber asistido a la magia de un encuentro, el que se produjo hace ahora ya varios años entre este humilde narrador y una persona que, aunque dio sus pasos por esta tierra hará ahora ochenta años, sigue presente ejerciendo su influencia y ejemplo de vida: Etty Hillesum.
El libro que tienes en tus manos, querido lector, es el testigo del encuentro mágico entre dos seres que habitaron tiempos y lugares distintos, pero que comparten el cruce de los hilos del tapiz de la existencia. Esta obra quiere expresar el encuentro que tuve al descubrir a Etty Hillesum un otoñal día ventoso y ocre, y la conmoción que produjo en mi alma su testimonio.
Aquel día otoñal vagaba yo sin rumbo fijo por las calles de Madrid, perdido entre mis pasos y soportando una gran tristeza y pesar en lo más profundo de mi alma. Llevaba varios años con problemas familiares de importancia que me habían superado y me habían llevado a la desesperación. No encontraba salida alguna a los conflictos personales y familiares, que habían puesto a prueba mi alma. Todos los años de experiencia de vida que llevaba en mis hombros y mi intensa experiencia en terapia, filosofía y desarrollo personal, de nada servían para serenar mi corazón angustiado. ¿De que servían en aquel momento mis sesudas lecturas de la espiritualidad sufí, la kabbalah, el cristianismo primitivo, la filosofía platónica y tantos textos sapienciales que me habían deleitado intelectualmente durante más de cincuenta años si, a mi avanzada edad, todo mi mundo se había visto sacudido como un vendaval y puesto patas arriba? En aquellos momentos me sentía no solo triste y apesadumbrado, sino indignado con mi propia vida, puesto que me sentía engañado por ella misma. Nada había servido, el personaje que me había creado solo era una máscara falsa y artificial que escondía a un indefenso y asustadizo niño que aún llamaba a sus padres en la oscuridad de la noche. Mi prestigio, mi posición, mis recursos de nada servían, pues me sentía descarnado y ausente de la llama de la vida que animara mi cuerpo y mi existencia. Todo era gris y frío. El otoño estaba en el exterior, pero el invierno había anidado en mi vida. Ya nada era igual, todo era oscuro, sin sentido, nada parecía satisfacer mi interés. Los conflictos que había vivido durante más de una década habían podido conmigo. Ni siquiera mi estilo de vida estoico había podido remontar aquella situación tan lúgubre.
Aquel día otoñal me había cogido permiso en el trabajo para vagabundear sin rumbo y tratar desesperadamente de abrir las puertas de la percepción a algún milagro, a algo que sacudiera mi existencia y me sacara de mi lamentable estado. Atravesé parques, calles e incluso visité alguna pinacoteca para dejarme acariciar por la belleza y que esta fuera bálsamo de mis heridas; pero no hubo suerte.
Cuando ya abandonaba la idea de rendirme a lo inevitable del sinsentido, pasé a una pequeña librería que se encontraba semioculta en el recodo de una estrecha callejuela y que nunca había visto. Nada más pasar, su tenue luz anaranjada acarició mis ojos y el olor a libros serenó mi ajetreado ser. Pese a mi desgana, eché un vistazo general a los estantes, como siempre era costumbre en mí. Las bibliotecas y las librerías siempre han tenido para mí un carácter sagrado, lugares donde se deposita la sabiduría y el conocimiento de siglos, que como tesoros esperan ser encontrados. Nada me llamó especialmente la atención: títulos que ya conocía, libros que ya había leído en varias ocasiones, revistas de literatura y filosofía. Después de un rato escaneando el pequeño habitáculo, pasé a hojear tímidamente algunos textos, que me llamaban la atención por sus coloridas portadas o sus enigmáticos títulos. Nada que no fuera habitual en mis cientos de pesquisas y cacerías librescas. Al girar me llamó la atención un grueso libro que, bajo el sencillo título de Diario,
