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Esta obra hace un balance historiográfico de los temas más importantes que acogen al mundo indígena desde el siglo XVI al XIX. Dentro de la amplitud de temas existentes en este largo periodo la autora ha dado preferencia a los aspectos socioeconómicos del mundo rural en su devenir a lo largo de cuatro siglos.
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Seitenzahl: 187
Veröffentlichungsjahr: 2019
LOS INDIOS EN LA HISTORIA DE MÉXICO
HERRAMIENTAS PARA LA HISTORIA
Coordinadora de la serie CLARA GARCÍA AYLUARDO
CENTRO DE INVESTIGACIÓN Y DOCENCIA ECONÓMICAS FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2006 Primera edición electrónica, 2018
Coordinadora de la serie: Clara García Ayluardo Coordinadora administrativa: Paola Villers Barriga Asistente editorial: Lucía Ixtacuy Figueroa
Diseño de portada: Francisco Ibarra Diseño de interiores de la versión impresa: Teresa Guzmán Imagen de portada: Indias de la Sierra y vista del Santuario de Nuestra Sra. de Guadalupe, litografía de F. Lehnert, basada en dibujo de Carl Nebel, 1820.
D. R. © 2006, Centro de Investigación y Docencia Económicas, A. C. Carretera México-Toluca núm. 3655, Col. Lomas de Santa Fe, C. P. 01210 Ciudad de Mé[email protected]
D. R. © 2006, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
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ISBN 978-607-16-6076-3 (ePub)ISBN 978-968-16-7633-9 (impreso)
Hecho en México - Made in Mexico
PRÓLOGO
1. LOS INDIOS EN LA TRANSICIÓN AL SIGLO XVI
1.1. La encomienda
1.2. Las congregaciones y el gobierno indígena
1.3. El cacicazgo
1.4. Educación y evangelización
1.5. La estructura agraria indígena colonial
1.5.1. El funcionamiento de la economía doméstica
1.5.2. La producción de subsistencia
1.5.3. Los cultivos comerciales
1.5.4. ¿Cómo se producía el tributo?
1.5.5. Tributo, repartimiento y servicio personal
1.6. La participación indígena en el mercado y el repartimiento forzoso de mercancías
2. SIGLO XIX
2.1. La propiedad indígena en la transición: siglos XVIII a XIX
2.1.1. La transformación de la propiedad
2.2. La desamortización civil
3. A MANERA DE CONCLUSIÓN
BIBLIOGRAFÍA
1. Obras generales de la época colonial
2. Encomienda y tributos
3. Gobierno indígena y congregación
4. Pueblos de indios y propiedad comunal
5. La guerra chichimeca
6. Caciques y cacicazgos
7. Evangelización, Iglesia y educación indígena
8. Reformas borbónicas
9. Mercados indígenas
10. Repartimiento forzoso de mercancías
11. Población (siglos XVI-XIX)
12. Trabajo, esclavitud y servidumbre (siglos XVI-XIX)
13. Rebeliones (siglos XVI-XIX)
14. Estructuras agrarias del siglo XIX
15. Desamortización civil
¿Qué es un indio o lo indio? Como dijo Alfonso Caso hace más de 50 años: “Uno de los problemas más difíciles, no sólo en el campo de las ciencias sociales, sino aun en aquel más sólido y explorado de las ciencias naturales, es la definición de seres o instituciones que están en un constante cambio”.1
Para efectos de este libro, indio simplemente significa natural de…, y con eso decimos nada o casi nada, pero ubicamos el término al momento de la conquista hispana. Cuando los españoles llegaron a América, todos los pobladores, sin diferenciarlos por su cultura o su desarrollo social, eran indios, la población originaria. Pero fuera de los dos virreinatos de México y de Perú, cimentados en principio sobre la estructura de los imperios prehispánicos mexica e incaico, el resto de las culturas indígenas fueron paulatinamente asimiladas al mismo término y finalmente a lo que los españoles definieron jurídicamente como república de indios.
Este libro tiene por objetivo, por lo tanto, presentar una bibliografía selecta sobre el discurrir de los indios a través de la época colonial y el siglo XIX. Para facilitar su consulta se han subdividido temáticamente las obras aquí presentadas. No obstante, debemos advertir al lector que debido a los criterios editoriales de esta serie no fueron incluidos los trabajos cuyo propósito fue la edición de fuentes. Esta limitación quizá resulta un tanto chocante, sobre todo para el estudio del mundo indígena en el siglo XVI, debido a la multiplicidad de trabajos abocados a este fin y al hecho de que en algunos casos son obras de consulta indispensable para abordar temas relevantes al siglo de la conquista. Me refiero, por ejemplo, a la cuidadosa e inteligente selección de documentos publicados por Francisco del Paso y Troncoso en su Epistolario de la Nueva España o en Papeles de la Nueva España.2 Por otra parte, a recopilaciones como la de Scholes y Adams, Cartas del Licenciado Jerónimo Valderrama y otros documentos sobre su visita al gobierno de Nueva España 1563-1565,3 en donde los propios documentos describen una historia completa de las reformas impulsadas por este visitador. Habría que añadir que, particularmente sobre este tema, no existe trabajo alguno dedicado exclusivamente a estudiar esta visita, que sin duda fue la más importante del siglo XVI, por los efectos que tuvo sobre el reordenamiento del mundo indígena. Finalmente, la tercera ausencia son los códices, que tampoco hemos referido, salvo cuando el estudio introductorio es profuso. Por supuesto, la falta de códices limita mucho el relato de lo que sabemos sobre tierras y tributos, particularmente también para el siglo XVI.
Dicho esto, debemos apuntar que para nuestra sorpresa la bibliografía sobre indios, estrictamente hablando, no es tan cuantiosa como se hubiese creído. Los indios subyacen o están implícitos en muchas obras, pero son relativamente pocas las que se ocupan directamente de ellos. En este sentido hemos tratado de incluir los trabajos que tienen como objetivo central a los indios. No obstante, ha sido difícil debido a que los indios aparecen con mucha frecuencia unidos a otros temas, por ejemplo: indios y castas; comunidades y haciendas; Las Casas y los indios, etcétera.
Por otra parte, nos enfrentamos a una gran diversidad étnica y hemos tratado de incluir lo más representativo de cada región, tarea ardua, dada la disparidad historiográfica, que tiende a ser más abundante para el centro, sur y sureste.
Finalmente, los indios casi desaparecen en el siglo XIX, por lo cual hemos incluido tan sólo dos apartados temáticos: la estructura agraria del siglo XIX y la desamortización de bienes comunales. Por otra parte, hemos decidido en el caso de tres temas unir la época colonial con el siglo XIX; me refiero a los estudios dedicados a demografía, trabajo indígena y rebeliones.
A continuación presentamos un balance historiográfico crítico de algunos de los temas más importantes abordados por la historiografía mexicana y que aquí se encuentran incluidos. Dada la amplitud de temas que tocan al mundo indígena, hemos escogido los que consideramos más importantes para analizar la evolución que ha tenido la historiografía mexicana y señalar, hasta donde nos fue posible, algunas ausencias.
El siglo XVI es un periodo de transición en donde se transforman lentamente las estructuras indígenas prehispánicas y se introducen las instituciones de gobierno españolas. Durante este primer siglo se transforman los señoríos indígenas en repúblicas de indios. Estos cambios se han estudiado, primero, mediante la introducción de la encomienda indiana, y las consecuencias que ésta tuvo en materia tributaria. Un segundo momento da cuenta de la introducción del cabildo indígena y la congregación de la población nativa en pueblos. Corre de manera paralela a los cambios introducidos en la vida del común de naturales una serie de alteraciones en cuanto al papel que debían desempeñar los señores naturales en el nuevo orden colonial. En este sentido nuestro comentario a la historiografía seguirá el orden arriba expuesto, para luego analizar la estructura agraria indígena colonial desde una perspectiva más comprensiva, a partir de la cual se trata de retomar los temas principales en su devenir histórico.
Una vez consumada la conquista de México-Tenochtitlan, Cortés procedió a repartir a los señores con sus naturales en encomienda a los soldados que lo acompañaron. Desde el primer momento en que se implantó la encomienda en la Nueva España, fue motivo de discusión y conflicto. Inicialmente el rey Carlos V, temiendo que se produjeran los mismos resultados desarrollados en Las Antillas, es decir, la gran mortandad y despoblación de las islas, se opuso a su implantación. No obstante, Cortés argumentó que era la única manera de recompensar a los soldados y de ir poblando la tierra.
Esta institución es profusamente estudiada por Silvio Zavala en su obra intitulada La encomienda indiana, publicada por primera vez en España en 1935. Este trabajo sigue siendo actualmente el pilar sobre el cual se sustenta la historiografía mexicana para el estudio de esta institución. Zavala describe la evolución de la institución desde las Antillas y su implantación y desarrollo en la América peninsular. Analiza sus características regionales y los cambios que sufrió a lo largo de la época colonial. Si bien se trata de una obra de corte principalmente institucional, incluye también la discusión teórica-jurídica entre los tratadistas de la época, dándole a la obra con este último aspecto una riqueza excepcional. Al poco tiempo, Zavala publica otro estudio de gran importancia, De encomienda y propiedad territorial en algunas regiones de la América española, en 1940. Esta obra despeja lo que en la historiografía mexicana de principios del siglo XX era una constante confusión, respecto a si la encomienda daba o no derechos sobre la propiedad. Este trabajo, también pilar de la historiografía mexicana, abre un sendero de gran importancia, que nadie siguió en su época: me refiero a los derechos naturales de los indígenas a la propiedad.
El estudio de la encomienda prácticamente es una constante en la obra de Silvio Zavala, pues en años posteriores siguió profundizando y detallando la evolución de esta institución en una serie de trabajos que aparecen aquí registrados. De éstos habría que destacar Entradas, congregas y encomiendas de indios en el Nuevo Reino de León, publicado en 1992, donde el autor nos muestra cómo funcionó la encomienda en las tierras inhóspitas del norte. La encomienda, a diferencia de lo acontecido en el centro de la Nueva España, se volvió prácticamente una institución que facilitó la captura y esclavitud de los indios nómadas del norte.
La encomienda indiana adquiere otra dimensión por medio del trabajo de José Miranda, La función económica del encomendero en los orígenes del régimen colonial, publicado originalmente en 1941. Como su título indica, el estudio de Miranda, basado en fuentes notariales, explora cómo se formaron las primeras compañías mercantiles entre encomenderos para la explotación de las minas y la creación de las primeras estancias de españoles. La función económica del encomendero… da cuenta de la manera en que se fue constituyendo el sistema económico colonial en sus inicios.
El resto de los trabajos abocados a la encomienda estudian de manera monográfica el desarrollo regional de esta institución, fijándose sobre todo en el monto del tributo y del servicio personal.
Una tercera vertiente de análisis es quizá la de Margarita Menegus, “Encomiendas, tributos y señores naturales”. Aquí la perspectiva es otra, se trata de analizar el impacto que tuvo la encomienda en la estructura económica, política y social de los señoríos indígenas.1 Esta misma perspectiva fue adoptada por Sergio Quezada para Yucatán, entre otros.2
A diferencia de los trabajos de Zavala o de Miranda, enfocados al análisis propiamente de la institución y su contribución a la formación de la economía colonial, este trabajo se propuso estudiar de qué manera la encomienda debilitó la organización indígena tradicional. Con todo, la encomienda es sin duda una de las instituciones coloniales más trabajadas de la época.
Los trabajos realizados sobre la congregación de los indios hasta este momento nos hablan de dos periodos: uno de 1550 a 1564 y otro durante la gestión del virrey conde de Monterrey a fines del siglo XVI y principios del XVII. Peter Gerhard, en su artículo “Congregaciones de indios antes de 1570”, llamó la atención sobre el primer periodo, proceso poco estudiado hasta ese momento.3 A pesar del tiempo transcurrido, el estudio sobre congregaciones de indios en el primer periodo sigue siendo insuficiente. Quizá la razón más evidente por la cual los historiadores lo han desdeñado sea la dificultad que presentan las fuentes. La documentación existente sobre las primeras congregaciones está dispersa en distintos ramos del Archivo General de la Nación. No obstante, la virtud de la obra de Gerhard reside en estudiar 163 procesos de congregación, haciendo a la vez una regionalización del proceso, lo cual le permite dibujar un panorama general de cómo se dio este proceso en Nueva España. En cambio, el segundo periodo de congregaciones es abordado por Howard Cline desde 1949, y la mayoría de los estudios subsecuentes abordan este periodo.4 Por una parte, las congregaciones civiles ejecutadas durante el gobierno del virrey conde de Monterrey cuentan con un volumen único encuadernado por el Archivo General de la Nación. Este cuaderno único sirvió para que Ernesto de la Torre y María Teresa Jarquín transcribieran y publicaran los documentos ahí reunidos.5 No obstante, no toda la documentación esta ahí, también se encuentra repartida en distintos ramos del Archivo General de la Nación.
Diversos trabajos monográficos sobre el mundo indígena aportan datos para comprender mejor este proceso. Sabemos, por ejemplo, que en Puebla-Tlaxcala el visitador Diego Ramírez ordenó la congregación de Cuauhtinchan, y Luis Reyes publicó diversa documentación que da cuenta de este fenómeno. En Oaxaca, este proceso fue impulsado a raíz de la vista de Lebrón de Quiñónez en 1558, y en Yucatán por los visitadores López de Medel y Cerrato, según nos cuenta Sergio Quezada.6
El proceso de congregación y formación de pueblos de indios implicó una redefinición de la propiedad indígena. En este sentido, algunos estudios nos proporcionan valiosa información sobre la extensión de la parcela dotada a cada familia. Por ejemplo, Margarita Loera, para el caso de Calimaya y Tepemachalco, nos dice que cada familia recibió 100 brazas de tierras, mientras que Tomás Jalpa, para el caso de Chalco, nos habla de parcelas de 20 por 300 o de 30 por 400 brazas. En el caso del trabajo de Jalpa, vemos con claridad que el tamaño de la parcela varió en función de la calidad de la tierra.7
Uno de los pocos trabajos que intentan ver el impacto que tuvo la congregación sobre los pueblos de indios, desde una perspectiva que va más allá de la propiedad, es el de Juan Manuel Pérez Zevallos. Este autor analiza los cambios en los sistemas de cultivo y en la introducción de nuevos cultivos, a raíz particularmente de la segunda congregación.8 Es decir, la congregación también produjo, en algunos casos, cambios en la agricultura tradicional de los pueblos mediante la introducción del cultivo de plantas europeas.
En tiempos más recientes poco se ha avanzado sobre el tema, quedando muchas incógnitas por responder. No está claro aún si los pueblos de indios se congregaron sobre sus posesiones ancestrales o se les dotó de tierra nueva. Sabemos, sobre todo para el segundo periodo de congregaciones, que la gran mortandad indígena llevó a que se recongregaran pueblos que ya habían sido reducidos durante el primer periodo. Algunos fueron obligados a dejar sus antiguas posesiones para ser reagrupados en otro pueblo. Durante el segundo periodo, muchos pueblos, sin saber cuántos, desaparecieron.
Finalmente, tampoco ha sido suficientemente estudiada la relación entre la propiedad de los caciques y la congregación de pueblos en territorios señoriales. En algunos casos, por ejemplo en Cuauhtinchan abordado por Hans J. Prem,9 se advierte que los señores conservaron la titularidad de una parte importante de sus tierras, y la cesión de parcelas a los terrazgueros se llevó a cabo mediante la figura del censo enfitéutico. El recurso de este censo lo vemos también en el pueblo de San Lucas, de la jurisdicción de Chalco, así como en otros ejemplos en la región de Puebla-Tlaxcala, particularmente en el señorío de Tecali.10 En otros casos, la Corona aprovechó baldíos para cederlos a la población indígena que carecía de acceso directo a una parcela. De esta manera, la relación tradicional entre los señores y sus terrazgueros resultó afectada.
Ernesto Lemoine sostuvo en 1961 que en la congregación de Amecameca11 se redujeron diversos calpulli, y quizá ésta fue la explicación más común hasta que el caso de Cuauhtinchan mostró una realidad distinta. Lejos de afirmar que Lemoine o Gibson se equivocaron, queremos resaltar que el proceso de congregación fue diferente según la tradición y la estructura de propiedad prehispánica existente en el momento de la conquista. La política de congregación se moldeó y ajustó a las estructuras indígenas preexistentes.
Finalmente, habría que mencionar los trabajos de Andrés Montemayor y Silvio Zavala, quienes estudian las peculiaridades de las congregaciones de indios en el norte, sobre todo en el Nuevo Reino de León.12 En este caso, como en otros particularmente de Zacatecas, los tlaxcaltecas fueron trasladados al norte en un esfuerzo civilizador, formando pueblos de indios dentro de esas regiones en las que predominaba el nomadismo.
La formación del gobierno y el cabildo indígena estuvo ligada al tema de la congregación. El cabildo limitó extraordinariamente el poder de los señores naturales. Junto con la congregación de pueblos, transformó el mundo indígena, imponiendo un modelo de gobierno y de propiedad español. El gobierno indígena se ha estudiado desde varias perspectivas; Pedro Carrasco adopta un punto de vista más antropológico en 1961 para subrayar la jerarquía cívico-religiosa de las comunidades mesoamericanas.13 Nos habla de un sistema escalafonario de estatus y ascenso social entre los pueblos de indios.14 Los maceguales podían acceder a cargos dentro del gobierno mediante un sistema de méritos. Encuentra la persistencia de elementos prehispánicos en el cabildo, en tanto subsiste una escala piramidal de puestos jerárquicos de carácter político-religioso y cívico-ceremonial.
Los historiadores, en cambio, han debatido en torno a la permanencia o no de los poderes indígenas tradicionales en el cabildo indígena después de la conquista. Para William Taylor y Rodolfo Pastor, la nobleza indígena oaxaqueña mantuvo el control sobre el cabildo por lo menos hasta 1650. Para el caso de Yucatán, Philip Thompson encuentra la permanencia del batab o cacique-gobernador durante periodos de hasta 20 años, a diferencia del centro de México, donde se exigía la rotación anual del cargo. Incluso nos habla de la permanencia calendárica prehispánica en la distribución rotativa de los oficios de cabildo hasta el siglo XVIII.15
Gibson, por su parte, enfatiza para el centro de México el carácter rotativo del cargo de gobernador en Tlaxcala y la ciudad de México.
Magnus Mörner aborda el problema del mestizaje entre grupos sociales que accedieron a cargos de gobierno.16 Por su parte, Charles Gibson y otros fijan su atención sobre el problema sucesorio, partiendo del sistema de linajes indígenas gobernantes tradicionales. Gibson periodiza la ruptura con el pasado indígena, estableciendo lo que definió como el gobernadoryotl. Es decir, un periodo de transición durante el cual el señor de linaje antiguo ocupó el cargo de gobernador dentro del sistema de cabildo. Contrario a la opinión de Gibson, Hildeberto Martínez demuestra la permanencia de los señores naturales en el cabildo y su manipulación de la institución para mantener el antiguo orden. Para Hildeberto Martínez el gobierno indígena fue un asunto exclusivo de la nobleza indígena, y no admite, como proponen Gibson o López Sarrelangue, la macegualización de los cargos.
Finalmente, los trabajos de Juan Manuel Pérez Zevallos sobre Xochimilco17 o de Sergio Quezada para Yucatán ven cómo se descompuso el poder tradicional de los señores a raíz de la introducción del cabildo.
Desde la década de 1960 aparecen numerosos trabajos en torno a la nobleza indígena y al cacicazgo en particular. Por un lado, tenemos la publicación de documentos pertinentes a la propiedad de la nobleza indígena y sus privilegios. Este esfuerzo, encabezado por Luis Reyes y Pedro Carrasco, es continuado por Jesús Monjarrás, Hildeberto Martínez y más recientemente por Emma Pérez Rocha, entre muchos otros.18Simultáneamente, encontramos los estudios de caso: el de Delfina López Sarrelangue sobre la nobleza indígena de Pátzcuaro, el de Charles Gibson abocado al Valle de México y finalmente la obra de William Taylor sobre Oaxaca.19 Con pocas excepciones, entre ellos el trabajo de Mercedes Olivera acerca de Tecali, H. Martínez para Tepeaca o Luis Reyes sobre Cuauhtinchan, la mayoría de los estudios abarcan regiones y no se proponen analizar la evolución de un solo señorío. Esta discrepancia metodológica presenta problemas analíticos que llevan a los autores a resultados dispares.
Los avances logrados en estos 40 años nos permiten puntualizar algunos de los problemas que subsisten para el estudio del cacicazgo, y a la vez subrayar la complejidad que va adquiriendo este tema conforme avanzan los trabajos monográficos que muestran las diferencias regionales.
La mayoría de los estudiosos considera que el cacicazgo es la versión indígena del mayorazgo; sin embargo, ninguno ha comparado sistemáticamente a las dos instituciones. En muchos casos la propia documentación nos muestra divergencias importantes que no han sido acotadas. Para comparar las dos instituciones es menester fijarnos en varios elementos consustanciales: origen de sus bienes, régimen sucesorio, pero también implicaciones y limitaciones legales del vínculo. Estos elementos, a mi juicio, nos permitirán valorar si en efecto el cacicazgo es equivalente al mayorazgo o, en su caso, marcar diferencias para poder avanzar en el futuro hacia una mejor definición del cacicazgo.
Bartolomé Clavero, reconocido estudioso del mayorazgo, define esta institución de la siguiente manera:
El mayorazgo es una forma de propiedad vinculada, es decir, de propiedad en la cual su titular dispone de la renta,pero no de los bienes que la producen, se beneficia tan sólo de todo tipo de fruto rendido por un determinado patrimonio sin poder disponer del valor constituido por el mismo; ello lleva generalmente a la existencia, como elemento de tal vinculación, de la sustitución sucesoria u orden de sucesión prefijado, cuya forma más inmediata siempre sería la de primogenitura, para esta propiedad de la que no puede disponer, ni siquiera para después de la muerte, su titular.20
