Los inocentes - Ioana Pârvulescu - E-Book

Los inocentes E-Book

Ioana Parvulescu

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Beschreibung

En la imaginación de la pequeña Ana, la casa de la antigua calle de San Juan en la ciudad transilvana de Kronstadt tiene rostro, pensamientos y sentimientos. Ha sobrevivido heroicamente a dos terremotos, dos guerras mundiales y un ataque con bomba, mientras que sus «parientes» de enfrente tuvieron que dejar paso a un hotel de gran altura. Ioana Pârvulescu, originaria de esta misma ciudad, cuenta en su novela la historia de los habitantes de esta casa a lo largo de varias generaciones y de nacionalidades cambiantes. Este es un relato luminoso de un período sombrío, el siglo XX, en el que la familia y la ciudad sobrevivieron primero al régimen fascista pronazi y más tarde a la despiadada dictadura comunista de Ceauçescu. Escrita con una elegancia casi epistolar, llena de nostalgia, poesía y humor, y poblada de personajes memorables, la novela de Ioana Pârvulescu es un canto a la vida y a la memoria, porque «el pasado debe permanecer, en nuestras vidas, tan lleno de posibilidades como el futuro».

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Seitenzahl: 550

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Los inocentes

Los inocentes

Ioana Pârvulescu

traducción de Rafael Pisot Díaz

Esta publicación ha contado con la subvención del programa de apoyo a la traducción y publicación del Instituto Cultural Rumano.

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita

de los titulares del «Copyright», bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción parcialo total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamientoinformático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Título original: Inocenţii

Edición original: 2016, Humanitas, Bucarest

Primera edición: octubre 2024

Ilustración de cubierta: © Rob Walls / Alamy Stock Photo

Fotografía de solapa: © Mihai Benea

Copyright © 2016 Ioana Pârvulescu / 2016 Humanitas / 2021 Paul Zsolnay Verlag Ges.m.b.H., Wien

Rights negotiated through Ute Körner Literary Agent

Copyright de la traducción © Rafael Pisot Díaz, 2024

Copyright de la edición en español © Armaenia Editorial, S.L., 2024

Armaenia Editorial, s.l.

www.armaeniaeditorial.com

Diseño: Joaquín Gallego

Impresión: Gráficas Cofás, S.A.

isbn: 978-84-18994-48-7

d.l.: M-19637-2024

Impreso en España

«Quien acumula muchos recuerdos felices en su infancia está salvado para siempre».

—Dostoievski en Los hermanos Karamazov; fragmento de un discurso de Alexei a los niños

Para Adina, Tudor, Mihai y Cristi.

Y para ti, por supuesto

Advertencia

Todo lo que sigue aconteció en otro mundo. La historia que, invisible, tejía el día a día de las gentes, no solo era otra, sino que también eran otros los objetos que gobernaban sus gestos. Había teléfono, pero era fijo: un aparato grande, normalmente negro, de ebonita, que solía pesar medio kilo, con el cable enrollado o retorcido y una esfera de diez cifras sobre la que daba vueltas otra negra, móvil y perforada. Colocábamos el dedo índice sobre la cifra y, al darle la vuelta, esta volvía a su sitio con un ligero sonido que recordaba a un muelle. El dial perforado se movía de izquierda a derecha hasta topar con un gancho metálico y las cifras estaban escritas de derecha a izquierda como si de un reloj invertido se tratase. Tenía su gracia llamar por teléfono, era como un juego: el círculo del número uno recuperaba rápidamente su posición, al cinco le costaba algo más, pero el nueve y el cero tardaban una eternidad en volver a su sitio, sobre todo si tenías prisa, la línea comunicaba y te tocaba volver a marcar. Cada llamada era un vaivén de movimientos circulares, una danza diferente de las manos y los diales, como quien trata de acercar las cifras hacia sí mismo y solo consigue que se alejen y vuelvan volando a su sitio1. Había quienes presumían de poder darse cuenta del número marcado en función del tiempo que la esfera tardaba en girar. Todos los aparatos sonaban igual: ¡rrr! ¡rrr!

No había teléfonos móviles: si una persona se alejaba de ti, no había manera de saber qué hacía, dónde estaba, cuándo volvía o por qué llegaba tarde. Si habías quedado con alguien y no aparecía, mirabas el reloj (el de pulsera, un objeto importante que te emplazaba en el mundo de los adultos) con creciente preocupación y te ponías en lo peor. Y el que llegaba tarde no tenía manera de avisarte y empezaba a pensar en qué andarías tú pensando.

Los niños sabían inventar juegos maravillosos con ese ordenador que cada uno de nosotros alberga en su cerebro, lo cual suponía una gran ventaja, pues no se aburrían: tenían el cerebro en funcionamiento. Los televisores habían empezado a ser algo frecuente, pero eran en blanco y negro, y solo un puñado de gente podía permitirse uno. No existía la noción de internet, tampoco la de Google o la de correo electrónico, y los ordenadores gigantes, aparatos de otro mundo, estaban reservados a los especialistas.

Y a pesar de que nada de esto existía, a pesar de que la historia no perdonaba a nadie, había personas: las mismas de siempre, con sus deseos y temores, tan parecidos a los nuestros, a los de quienes tenemos internet. El problema de los personajes de la casa de la calle Mayakovski (antigua y futura calle San Juan), cuatro niños, cuatro adultos y cuatro ancianos bastante jóvenes, puede ser comprendido sin mayor esfuerzo incluso por quienes, atrapados en las plácidas trampas de la era digital, desconocen, por ejemplo, el sentimiento de echar de menos a alguien durante muchos días y no poder llamarlo por teléfono ni mandarle un mensaje.

La casa

Alguien me dijo que esta es

exactamente la definición del Paraíso

Para mí, en aquel entonces, las casas tenían cara. Cara de persona, quiero decir. Y así las dibujaba: siempre con dos ventanas, que eran los ojos, y abajo, en medio, una puerta abovedada, que era la boca, siempre mohína. A veces ponía macetas de flores rojas en los ojos. Las flores tenían siempre el mismo color: el mundo era sencillo y se repetía sin que yo me aburriese. Más tarde alguien me dijo que esta es exactamente la definición del Paraíso.

Claro está que —cuando paseaba por las calles antiguas de la ciudad en la que había nacido— las casas adoptaban distintas formas, aunque siempre con rostro humano. Recuerdo una casa grande de ocho ojos, uno de ellos maltrecho y vendado, pero, al quedarle aún otros siete en buen estado, no me parecía que estuviese ciega, a diferencia de otra, un auténtico pirata tuerto al que un parche de hiedra le cubría por completo el ojo que le faltaba. El hotel Aro, cuya trasera daba justo enfrente de nuestra casa, estaba, por su parte, cubierto de ojos de arriba abajo. Nariz no tenían las casas de mi infancia, lo que les daba un aire de lo más recatado.

Nuestra casa había nacido en la misma ciudad que yo. Vivíamos juntos en la calle Vladimir Mayakovski, un nombre que nadie sabía escribir correctamente. Algunos lo escribían con dos ces, otros con ce y con k y mucha gente le ponía una i griega al final. Solo para los más viejos del lugar, el nombre Mayakovski se escribía de una manera muy sencilla: San Juan, de modo que —para mi estupor— nuestra casa, que tenía bodega y desván, había cambiado de dirección dos veces en su vida: la primera en 1950, cuando la calle pasó a llamarse Mayakovski y la segunda en 1990, cuando recuperó su antiguo nombre de San Juan. En cuanto a sus ojos, dejaba un poco que desear. Tenía uno de más o uno de menos, según se mirara: dos en la planta baja, un poco juntos y tres en el piso de arriba. Si la mirabas con atención, también el tejado tenía dos ojitos saltones, uno de los cuales se iluminaba misteriosamente de noche. Los labios eran finos y rectos, lo justo para que la barriga pudiera engullir, en caso de necesidad, un coche. Aunque la verdad es que algo así ocurría muy de tarde en tarde, cuando teníamos invitados de otra ciudad, ya que normalmente se atiborraba de personas: cuatro familias y nosotros, los cuatro niños de la casa (dos chicas y dos chicos, hermanos y primos). Por orden de nacimiento: Dina, Doru, Matei y Ana. Ya sabes que Ana soy yo. Dina tenía la piel blanca, la cara ovalada, encuadrada por el pelo castaño, los ojos azules y rasgados y las pestañas rizadas. Era muy guapa y parecía flotar por encima de las cosas. Doru compartía con su hermana la misma gama de colores, si bien llevaba el pelo corto y hablaba menos que ella; tenía, además, un ligero tartamudeo que pasaba desapercibido cuando quería comunicar algo importante. Aunque él mismo lo exageraba, porque a todos nos agradaba poder mostrar una característica que se saliera de lo común. Matei, mi hermano, tenía los ojos verdosos, una mirada punzante, heredada de mi abuelo, e ideas suficientes para todo el grupo: siempre se le ocurría algo nuevo. Era un puro nervio. Dina era siete años mayor que yo, Doru cinco y Matei dos. En cuanto a mí, todavía tenía cara de luna llena, ojos redondos, negros, y me dejaba llevar por los demás, aunque no entendiera nada. Por la mañana, la casa nos expelía por la misma boca en un orden de salida para ir al colegio y a la guardería que casualmente correspondía al orden en que habíamos venido al mundo. Yo, que había sido la última en nacer, era la última en salir de la casa.

Dentro, en su vientre, pasaban cosas raras. Lo más difícil de entender era que no viviéramos todos —ancianos, adultos y niños— en la misma casa, y es que esta adoptaba la forma de la generación a la que daba cobijo. Para los ancianos que la habían comprado tantos años atrás, la casa era como un país solo por ellos conocido, repleto de estilos de vida ya obsoletos: camas de largueros ondulados como si fueran algas y armarios con los cantos de la misma guisa, un espejo veneciano alto que formaba aguas de cristal y que había sobrevivido a las dos guerras mundiales sin romperse, cubiertos de plata con las iniciales en la empuñadura, un jarrón de marfil con náyades, cuadros que rebosaban languidez (con nieve blanca, árboles deshojados y pájaros negros), faldas llenas de botones, ojales y pliegues a modo de minúsculos abanicos, servilletas y manteles con monograma y festones, cintas que se transformaban en pajaritas, un bastón, una pechera. Y una multitud de sombreros que nos probábamos y que nos tapaban la mitad de la cara. Si metías la nariz en el armario, olía a perfume y a almidón. Las palabras de los ancianos parecían tener también ellas festones, pliegues, perfume y monograma. Una vez los oí hablar en voz muy baja sobre unos gallitos2 y agucé el oído: pensaba que hablaban de los pollos de una gallina, y me habría encantado verlos y oírlos cantar, pero no pregunté nada.

Para los adultos, que eran los hijos de los ancianos, la casa era motivo de aprensión, del mismo modo que también lo era para nosotros, los niños de los adultos. Muy rara vez estaban satisfechos con ella o con nosotros. También los adultos habían sido niños en la misma casa. Ahora querían cambiarla, enderezarla, adecentarla: que si entraba agua por el tejado, que si las paredes de la escalera estaban desconchadas, que si había puertas hinchadas por la humedad que ya no cerraban, tuberías viejas, desagües atascados, ratones en el desván, en fin, que a la casa no le daban tregua y ella respondía con la misma moneda: no los dejaba en paz. Decían que estaba vieja, que no había sido bien proyectada desde el principio y que nos faltaba sitio. Y qué decir cuando vendían algo de ella: se te rompía el corazón. Argüían que no les quedaba más remedio. Que no había que cogerles cariño a las cosas. Que necesitaban dinero. Que «Lo importante es que tengamos salud».

En cambio, para nosotros los niños, la casa siempre era algo nuevo y atractivo, un lugar digno de ser explorado, sin defectos, sin límites, sin muerte. Si en aquel entonces aún no sabíamos que la gente se moría, menos sabíamos aún de casas y ciudades, civilizaciones o estrellas. La vida, sin embargo, se aprestaba a enseñarme que eso no era así. Si algo he aprendido de la vida es que nunca nada es así. En fin, que cada vez que alguien abandonaba una edad para ingresar en otra, cambiaba la casa. La invisible, me refiero.

Se acercaban las vacaciones de verano. En nuestras familias se había instalado desde hacía tiempo un ambiente tenso y se desataban peleas por cualquier cosa; a Magda, nuestra tía bisabuela, una mujer más fuerte que un hombre —a pesar de que la mano le temblaba como si se pasara el día picando berenjenas— la habíamos sorprendido más de una vez con los ojos enrojecidos. Todos la llamábamos Tanti3, quédate con este detalle, porque a partir de ahora me referiré a ella con este nombre. Y su marido, de bigote aún negro y pelo blanco como las cerdas de un cepillo, el tío Ionel, que tenía dos voces, una alegre y otra enfadada, había adquirido hacía poco una tercera, afligida:

—¡La madre que me trajo! ¿Qué hacemos con estas humedades?

Y señaló la escalera, donde una mancha de agua había empezado a trepar por los peldaños, a lo largo de la pared, como una sombra.

A pesar de lo imponentes que eran tanto él como su voz, nadie lo hubiera imaginado tan pusilánime, pero era el más tímido de los habitantes de la casa. Aun así, a veces, daba algún que otro puñetazo en la mesa, algo aterrador. En esos momentos, Tanti apretaba sus hermosos labios, lo miraba de un modo peculiar y se iba del salón. Los dos vivían en la planta baja y, como no tenían hijos, criaban a mi prima. Dina tenía pues dos madres y dos padres: un auténtico lío.

A Ionel le contestó el quejido de su mujer, cuyos labios de actriz, tan parecidos a los de Jane Fonda, dejaron escapar una risa nerviosa y un torrente de palabras incomprensibles con un claro destinatario:

—¡Así se atragante!

Me asusté. No sabía qué significaba aquello de las humedades, pero lo que tenía ante mis ojos se parecía al sudor o al llanto de las paredes. ¿Por qué tendrá que sudar nuestra pobre casa? ¿Tanto calor pasará? ¿Le habrá entrado miedo? Nuestro grupo no tardó en reunirse para debatir el asunto junto al abeto del patio de enfrente, un patio colindante con la iglesia de San Juan. Lo raro es que la iglesia no se llamara Vladimir Mayakovski. Seguro que ni se les ocurrió. El patio del abeto tenía el encanto de un número de ilusionismo: empezaba en nuestra calle y acababa en otra. Era fácil perderse en él, huir de los enemigos que querían hacerte prisionera, atarte de pies y manos y torturarte hasta sonsacarte todos tus secretos. Siempre nos anduvimos con ojo para evitar ese riesgo. Así pasaba en los libros, así pensábamos que debíamos hacer también nosotros y así lo hacíamos. Durante toda mi niñez todo lo que aprendimos fue a sobrevivir. Y todos los padres, los abuelos, los tíos y los tíos abuelos nos enseñaban cómo hacerlo. El abeto era parte inseparable de nuestros juegos. A su alrededor jugábamos al pillapilla o al escondite: nos tapábamos los ojos por turnos, pegados al tronco, con los ojos entornados y las manos apoyadas en la corteza cubierta de estrías y resina, mientras el resto de los muchachos se ocultaba cerca de allí. No podía resistirme a aplastar con el dedo índice alguna gota de resina cual lágrima cristalizada, escarchada igual que la miel de nuestra despensa. Cuando te manchabas las manos con esa crema de abeto, el pringue —a diferencia de la miel— no se iba ni con jabón, sino que te dejaba un lamparón amarronado de recuerdo. Si te la acercabas a la nariz, olía de maravilla. Supe entonces que la resina es la sangre de los abetos y que solo brota de los cortes y los arañazos. A decir verdad, nuestro abeto tenía bastantes heridas por la cantidad de resina que impregnaba su corteza, con la que me manchaba que daba gusto. De todos los rasguños —ya fueran míos o de otros niños— no salía más que sangre normal y corriente, roja, inodora y sin cristalizar, lo cual era una auténtica pena. Cuánto me habría gustado que la sangre oliera como la resina. Siempre me pareció que los árboles son superiores a los humanos en muchos aspectos. Nos sentábamos con la espalda recostada en el abeto, sujetándolo en cuatro partes, como los puntos cardinales. Me sonaban gracias a Tanti, que había sido profesora de geografía. Yo, que tenía la casa ante mis ojos, esto es, al sur, veía a los lados a los chicos del este y del oeste, pero no a Dina, que se había colocado en el norte. Una forma estupenda de comunicarnos.

—La mancha esa mojada de la escalera… ah, cómo se llama, podría ayudarnos —dijo mi primo Doru, pillándome desprevenida.

Clavé la vista en el sur que tenía ante mis ojos, donde había una cancela de madera entreabierta. No entendía lo que acababa de oír. Mi hermano añadió algo, pensativo, desde el este.

—Ahora podremos hacer agujeros, será fácil.

—Como si fuera un queso —oí que decía Dina desde el otro lado del grueso tronco. Pasaron unos segundos antes de que yo interviniera:

—¡Ah!

Me acababa de percatar de lo que estaban hablando y, de alegría, levanté la mirada hasta la punta del abeto. Aunque no la veía por culpa del espesor de las ramas, sabía que muy lejos y bien arriba, el abeto describía un agujero en el cielo. Pero, bueno, me imagino que tendré que explicarte esto, porque no tienes por qué saberlo. Durante aquellas semanas nos encargábamos de explorar las paredes de la casa. No recuerdo quién me metió en la cabeza la idea de que una casa tan vieja, construida con piedras de río al menos trescientos años atrás, debería tener pasadizos secretos. Dónde empezaban y dónde terminaban era algo que nadie sabía: lo mismo había una galería de escape para que no te pudieran capturar que un camino que llevaba a un lugar maravilloso, como en el Tesoro del lago de plata4. Así que, aprovechando que nuestros padres no estaban en casa y nos habían dejado a nuestro aire durante varios días, nos dedicamos a martillear las paredes desde el desván hasta la bodega para averiguar dónde sonaba a hueco.

—Lo mismo hasta encontramos unos gallitos —dijo Dina.

O sea que también ella estaba al corriente de los gallitos que se escondían por la casa, pensé, aunque no dije nada. Con todo, había un problema que me carcomía: ¿cómo aguantaban ahí y de qué se alimentaban? Habíamos encontrado algunos sitios donde claramente sonaba a hueco, en especial tras la pared combada que flanqueaba los escalones, así que había que ponerse manos a la obra y empezar a hacer agujeros. Y aquella mancha estaba ahí para ayudarnos.

—Podríamos pedirle al tío Partenie unas herramientas de esas de hacer agujeros —dijo Dina, incorporándose junto al abeto para poder vernos las caras.

A nadie le hizo gracia la idea. El tío Partenie, que regentaba un taller de recauchutados en la planta baja de la casa de enfrente, adoraba a los niños, pero tenía la mala costumbre de levantarte en brazos como si fueras un copo de nieve y de restregarte su bigote de tres días por la mejilla. Era igual que secarse la cara con papel de lija. Ya por aquel entonces empecé a darme cuenta de que el amor adopta formas que no son siempre de nuestro agrado. Procurábamos evitarlo desperdigándonos como las perdices y él se ponía a perseguirnos uno a uno, tan contento en su papel de ogro, hasta cogernos con aquellos brazos fornidos como el acero, que solía mostrarnos apretando el puño una y otra vez. «¡Que te como!» —decía abriendo aquella boca en la que brillaban unos dientes de oro, mientras nosotros soltábamos algún que otro alarido. Nos dejaba jugar con todos los neumáticos gigantes, los echábamos a rodar o contemplábamos cómo giraban aquellas cámaras de bicicleta tan finas, antes de que cayeran al suelo. Encima de su taller de recauchutados vivía el tío Hahner. El tío Hahner saludaba al tío Partenie en rumano, Buenos días, Buenas tardes y nosotros lo saludábamos a él en alemán Grüss Gott y Guten Abend. Desde la casa de los abuelos, en el primer piso, se veían perfectamente los cactus alargados de su ventana, que justo acababan de echar unas flores rojas como en mis dibujos (o quizá mis dibujos echaban flores como los cactus, no sé muy bien). Su casa era encantadora: cuando la atravesabas, acababas viendo unas ventanas que daban a una calle paralela, la calle de los Plateros, convertida en la calle Sadoveanu5. La familia Hahner y mi familia eran amigas desde siempre y tenían una vida en común antes de que naciéramos nosotros. Su casa le guiñaba el ojo a la nuestra, y además tenía ojos también en la parte trasera: un motivo más por el que las casas son superiores a las personas.

—Venga, que me acerco yo donde el señor Blau —dijo mi hermano.

El señor Blau era un peletero que vivía unas calles más allá, en la acera de los números impares, como Hahner y Partenie, pero en dirección a la calle peatonal, que llevaba el nombre de República. A pesar de su nombre, el señor Blau tenía tan poco de alemán como de azul, ya que era más bien negruzco. Cuando trabajaba, sujetaba entre los dientes las tiras de piel curtida, flecos de colores que parecían crecerle de nuevo cada vez que cogía uno y se lo ponía a un bolso. Fue él quien nos hizo de niños nuestras primeras mochilas, y la verdad es que nunca he vuelto a ver nada tan delicado: la mía, aunque minúscula, era una joya. Siempre que pasábamos por su casa nos daba algo de regalo: una pulsera de cuero, un cordón hecho a partir de un resto de piel o simplemente una preciosa hebilla.

En pocos minutos, mi hermano volvió a la carrera con un paquete que abrió cuidadosamente delante de nosotros. Dentro había unos diez clavos grandes, recios y brillantes. Una maravilla.

—¿No te ha preguntado para qué los quieres?

—No, ha creído que me mandaba el abuelo y me ha dicho que le dé recuerdos, como siempre. «Recuerdos al doctor de su viejo amigo Blau…». Y para que tuviera cuidado al correr y no me cayera y me hiciera daño, a punto ha estado de pedirme que se los devolviera. Me ha hecho prometerle que iría despacio. —Pues no has respetado tu promesa —le dije.

Hicimos el reparto: dos clavos para cada uno y dos de reserva. Luego los mayores cogieron un clavo más. Al final, no sé ni cómo, los demás acabaron con tres y yo fui la única en quedarme con uno solo, según ellos porque era pequeña. Al día siguiente decidimos empezar la «operación agujero». Justo después de comer era el momento adecuado porque no molestábamos a nadie o, mejor dicho, porque nadie nos molestaba. Nos juntamos, pues, en la entrada abovedada, fría y húmeda, donde empezaban los escalones de madera. Exploramos bien el sitio: ningún peligro a la vista. En la planta baja, Tanti y el tío Ionel estaban echando una cabezadita, fieles a su costumbre diaria, y en el piso de arriba nuestros abuelos andaban ocupados en el salón de las ventanas que daban a la calle. Nos pusimos en fila en el hueco de la escalera y Dina, con la autoridad que le otorgaban sus doce años, nos asignó una tarea a cada uno. Tras ello, hizo una cruz en la pared con la ayuda de un lápiz y nos hizo jurar que no les diríamos nada a nuestros padres, abuelos, tíos y tíos abuelos, nada, jamás, por los siglos de los siglos y, que si les decíamos algo, la peste se cebaría con nosotros. De manera absolutamente injusta todos dirigían sus miradas hacia mí, que, como ya he dicho, era la más pequeña. Enseguida iniciamos las labores de perforación. Aunque la pared estaba húmeda, al cabo de un buen rato de arduo trabajo —que me hizo sudar más de lo que sudaba la propia casa— mi clavo no acertaba a traspasar la capa de yeso. Los demás lo hicieron algo mejor, aunque tampoco alcanzaron el hueco de la pared. Los túneles que perforaban nuestros clavos terminaban atascándose. Cuando oí la llave de la puerta, eché a correr por las escaleras. A Dina y Doru sus padres los encontraron haciendo los deberes y a mi hermano y a mí papá nos encontró preparando pan con manteca.

—No —nos dijo—. Dejadme a mí.

Había traído una buena hogaza. Le hizo una cruz con un cuchillo y cortó tres rebanadas que frió en el fogón negro de la vieja cocina Vesta. Restregó el pan con un ajo que despidió un olor muy fuerte, y este pareció derretirse en su superficie marrón y rugosa. Después untó la rebanada con manteca y le añadió una pizca de sal. Comimos los tres. Estaban deliciosas, la verdad. Luego papá sacó un Pif6 de su maletín, empezó a traducir las aventuras de la revista y nosotros nos olvidamos de todo.

Al día siguiente ya no pudimos trabajar en condiciones. Cada vez que bajábamos por las escaleras —cosa que pasaba todo el tiempo, pues, entre los pisos, la comunicación tenía lugar o bien a gritos o bien usando a los niños como emisarios— mirábamos con temor la pared, en la que se veían tres agujeritos y un rayón, y nos llamaba la atención que ningún mayor se hubiera percatado de todo aquello. Ellos tenían otras preocupaciones. A los pocos días convocaron una reunión familiar, que los niños fisgoneamos por turnos. Acto seguido convocamos nosotros la nuestra, junto al abeto del patio. Nos enteramos primero de que acababa de morir, en otra ciudad de otro país, uno de los hermanos de Tanti y de nuestra abuela (que, al ser hermanas, compartían hermano entre ellas, tal y como me explicaron). Habían tenido un montón de hermanos, este era el penúltimo que les quedaba. Por eso apareció Tanti con los ojos enrojecidos y también por eso mamá grande no dejaba de sacar el pañuelo de aquel bolsillo suyo invisible llamado manga del vestido. Pregunté qué significaba que había muerto, pero nadie quiso decírmelo. Mi sospecha es que ni siquiera ellos los sabían. Después, Dina nos espetó un par de palabras:

—¡Nos van a demoler!

Había oído que los mayores se quejaban de que «nos van a demoler» y de que la calle Mayakovski, antigua calle San Juan, iba a desaparecer por los siglos de los siglos. ¿En serio? ¿Y nadie iba a pillar la peste? Yo cada vez que oía aquello de «por los siglos de los siglos» sabía que lo siguiente era la amenaza de la peste, amén.

—Pues eso, porque sí.

—¿Por qué? ¿Qué ha hecho?

—¿Qué ha hecho quién?

—La casa, ¿qué ha hecho…?

—Son cosas que tú no entiendes —me aclaró bondadosamente mi prima mayor—. ¡Y ni se te ocurra echarte a llorar!

Me sentía un poco ofendida. No tenía ganas de llorar, todo era demasiado interesante. Unos días atrás, me había enterado de que existía la posibilidad de que todo el mundo desapareciera. Mi primo que, siguiendo la tradición familiar, estudiaba segundo de primaria en el colegio alemán, se había presentado en casa con una palabra nueva y difícil: Weltuntergang. Nos pasamos la tarde entera hablando sobre el fin del mundo, que es lo que esta palabra significa. Nuestra casa se veía ahora amenazada por un Weltuntergang. No sabía qué decir.

—Esto quiere decir que nos cambiamos de casa —dijo en cambio Dina, mordiéndose el labio superior con una seriedad que me heló la sangre.

—¿Dónde?

—He oído que a un piso.

—Pero los cuatro seguiremos estando juntos, ¿no?

—No, a cada familia le dan un piso en un bloque, puede que en la misma calle o en otro barrio.

Total, que en ese momento pegué mi cara a la corteza rugosa del abeto con olor a resina y no volví a decir ni una palabra para que nadie reparara en las lágrimas que me corrían por las mejillas hasta la comisura de los labios y que intentaba atrapar con la lengua para sentir su sabor salado: ¡no estaban nada mal! Así pues, sanseacabó el desván y la bodega, lo de excavar en las paredes —otros descubrirían nuestros pasadizos secretos—, se acabó lo de mirar por la ventana de los abuelos o de los tíos y la pequeña terraza que había entre los tejados, desde donde se veían los colores de los árboles del monte Tâmpa7 y su gorro suave de niebla en otoño. Y con los gallitos que cantaban en la tapia, ¿qué pasaría? Los otros tres niños, sin embargo, no lo daban todo por perdido. Planeábamos qué hacer, como torpedear a los bandidos. (En nuestros libros de indios, todos los malos se llamaban bandidos). Pero, a fin de cuentas, ¿cómo iban a demolernos? Nadie lo sabía y urgía averiguarlo lo antes posible.

La que siguió fue una semana muy dura para todos: para la casa y para la gente de la casa. Poco importaban ya los agujeros de la escalera. Nuestros padres no soltaban prenda y nosotros tampoco les decíamos ni mu. Siempre nos protegíamos los unos a los otros. Y la casa venga a sudar.

Un buen día, al volver del colegio, Dina nos reunió junto al abeto para contarnos cómo iban a demolernos: nos harían saltar por los aires. Yo lo entendí tal cual, no comprendía las metáforas, así que ya me veía siendo agarrada por alguien y arrojada por los aires como una pelota, junto con la casa, junto con los otros, que volarían a mi lado. Nadie me llevó la contraria, parecían todos muy preocupados. Decidimos hacer un plan de salvamento. Secreto, claro está.

Esa noche íbamos a visitar a una familia que tenía dos hijos de nuestra edad. La señora de la casa preparaba unos pasteles tan maravillosos, que me ponía la mar de contenta cada vez que nos invitaban. Me arreglé delante del espejo: me puse mi mejor falda, una falda plisada traída de Yugoslavia, y una blusa de punto, de color frambuesa, y las sandalias de punta redondeada y abombada. Luego, mientras mi madre me hacía la raya y el moño en lo alto de la coronilla, apoyé de repente la cabeza sobre sus rodillas.

—¿Qué te pasa, cariño? —me preguntó levantándome ligeramente la barbilla y mirándome con atención.

—¡Nada! —contesté con todo el ánimo que pude reunir, y sonreí.

Una sonrisa que no tenía sentido, tal y como me diría luego Matei: al parecer, tendría que haberme quedado seria. Era muy estricto conmigo cuando los secretos del grupo estaban en juego y siempre me regañaba. Pero mi problema era otro. Salimos de casa y, nada más llegar a la esquina, me puse en cuclillas y me negué a seguir caminando. Mi madre me puso la mano en la frente y me dijo: «Estás ardiendo». Así que volvimos a casa, me obligó a meterme en la cama, a tomar unas pastillas y allí me dejó. Me sentí importante por haberme quedado en casa, sola y enferma: era una sensación nueva. Aquella noche soñé con mi primer Weltuntergang. No era una pesadilla, no sentí miedo. Parecía más bien una película: el cielo, las estrellas y la Tierra se mezclaban entre luces de oro y lava roja. Como nadie salía en el sueño, nadie lo pasaba mal, pero todo se derretía y daba vueltas, era cósmico, grandioso y triste, sabía que pronto ya no quedaría nada, como si la gente, el cielo y la Tierra se derrumbaran y se precipitaran a un abismo. Al día siguiente no fui a la guardería. A las siete de la mañana, enfundada en mi pijama chino, bajé por las escaleras del «desván» —vivíamos los cuatro en una única habitación que habíamos acondicionado en el antiguo desván y en verano a veces dormíamos en la terraza— hasta el primer piso, donde vivían los abuelos. Mi hermano había tenido el tiempo justo de encomendarme la misión de conseguir una receta firmada y sellada por papá grande, pero sin que pusiera nada en ella. Yo sabía el porqué.

—Está enferma, papá —le dijo mamá a papá grande— lleva con fiebre desde ayer. Hoy llegaremos tarde.

—Antes de que se haga de noche, sabremos lo que tiene.

A eso sonó la respuesta.

—Tú, ¿cómo te encuentras? —le preguntó mamá, asustada, mirándole las mejillas pálidas y macilentas, pero sin una sola arruga.

Papá grande sufría de una enfermedad estomacal que de vez en cuando se agravaba. Mamá grande me invitó a su cama de algas de la que ya te he hablado y, para animarme, sacó el joyero de la familia. Empecé a probarme los anillos, que me quedaban grandes, las pulseras y las perlas, y a abrir y cerrar la tapita engarzada del pequeño reloj de bolsillo. Me encontraba bien, a pesar de todo. Papá grande me trajo un Cavit agridulce que esta vez me pareció un poco amargo. Aproveché la enfermedad y le pedí que me enseñara el recetario, que me lo firmara y me sellara una de las hojas. No le llamó la atención, sino que sonrió, algo raro en él, sobre todo cuando estaba con nosotros los niños: sacó una caja morada y me dio cinco hojas en blanco con su firma y el sello, que me obligó a leer con él, letra a letra. Yo solo conocía algunas mayúsculas, pero no todas; por ejemplo, la S no me salía nunca, le hacía la barriga al revés. En cambio, la Y, que tampoco es que sea una letra muy útil en rumano, me salía genial, porque se parecía al tirachinas que mi hermano fabricaba con un hueso de pollo cuando queríamos jugar a los zahoríes. Luego papá grande me enseñó que en el sello las letras están al revés y se pueden leer sin problema en el espejo, lo cual me resultó de lo más gracioso.

Aquel éxito mío incontestable me hizo mucha ilusión. Y mira tú lo que se me ocurrió hacer: les daríamos somníferos a los bandidos que querían demolernos. Solo había que averiguar el nombre de un somnífero, porque, por lo demás, el plan ya estaba listo: escribimos la receta imitando las letras grandes del abuelo, compramos el medicamento, lo mezclamos con el té y se lo damos a esa gente antes de que nos hagan saltar por los aires. En cuanto se queden fritos, los hacemos prisioneros, como los personajes buenos de los libros, aunque ni los matamos ni les rebanamos la cabellera, como hacen los guerreros apaches y comanches, luego les robamos toda la maquinaria y, antes de que vuelvan en sí, la tiramos al río Spurcata8 (un río anémico e infecto que hace honor a su nombre y del que la ciudad no puede estar orgullosa).

Antes de que anocheciera mi cuerpo se cubrió de ronchas rojas, me llamaba la atención que aparecían de repente en los lugares más insospechados, hasta en las orejas, las cejas o entre los dedos de los pies. La enfermedad se llamaba sarampión, esto es, fuego9. Un fuego que partió de mí y se propagó a los demás: como cada cual yacía en su cama, ardiendo de fiebre, ya no pudimos ni hablar ni jugar con las hojas selladas.

Antes de curarnos, las demoliciones empezaron a toda velocidad en la calle Mayakovski. El polvo y el ruido penetraban en el patio y por las ventanas de las habitaciones. Trabajaban a buen ritmo, aunque, a tenor de lo que decía mamá, los obreros ni eran organizados ni se parecían a los bandidos que nos habíamos imaginado. Eran callados, tenían los brazos tan robustos como los del tío Partenie y fumaban cada vez que se tomaban un descanso. Lo más raro era el almuerzo: la comida que se habían traído de casa la ponían en el suelo, sobre la acera, encima de un periódico, y se sentaban al lado sin mirar a su alrededor, concentrados en engullirla. Comían del mismo modo que trabajaban, ahora que lo pienso. Dina se había equivocado, no tuvieron que usar explosivos. Como no había nada que detonar, no se oían más que los gritos de la gente y los golpes de las piquetas.

Yo seguía convaleciente en la cama de mi abuela, que justo acababa de leer un libro y se limpiaba la nariz con un pañuelo que se había sacado de la manga del vestido, cuando me dejaron levantarme o, mejor dicho, por culpa de los nervios, no vieron que me había levantado y había visto la demolición de la casa del señor Hahner. Los cactus alargados y en flor habían desaparecido. A la casa le habían sacado los ojos y sin ellos tenía un aspecto aterrador. Abajo vi al tío Partenie, el ogro bigotudo, mirando desde la distancia cómo demolían las paredes de su taller. Apretaba los puños como cuando nos enseñaba sus músculos de acero.

—Está llorando —dijo alguien.

Y era cierto.

Desde entonces no volví a verlo. La familia Hahner, amigos de la infancia de nuestra madre y de la madre de mis primos, y Liese, su hija, con la que se intercambiaban señas desde la ventana cuando eran tan pequeños como nosotros, pidieron emigrar a Alemania tras ser evacuados del inmueble. Nos dejaron todos los libros de Karl May escritos con letra gótica y los cactus alargados, que por desgracia no resistieron demasiado. «Se quedaron sin luz», dijo mamá grande, nuestras ventanas dan al norte. Liese sigue escribiéndonos hoy en día y, a veces, nos llama por teléfono. De todo lo que una vez existió allí enfrente solo quedaba en pie el abeto, medio cohibido. Solo que, al no tener un patio con dos entradas en el que poder esconderte, ya no podías considerarlo tuyo y él tampoco parecía encontrar su lugar en el mundo. Atravesaba el cielo acusador. Esperaba su final. La iglesia de San Juan tenía ahora un enorme muro ciego y habían demolido otra iglesia cercana, la de la avenida. Nuestra casa, junto a todas las casas de la acera de los números pares, seguía en pie, pero siguió sudando durante muchos años; en la acera de enfrente desaparecieron unos ocho números impares. De momento allí había un gran espacio vacío y no sabíamos con qué lo rellenarían. Por primera vez nuestra casa veía con sus ojos el parque de la ciudad. Nos curamos del sarampión y una semana más tarde empezaron nuestras vacaciones de verano.

Y así es como entendí que la gente sufre cuando muere su casa. Aunque la verdad es que yo no dudaba de que también la casa sufría cuando se le moría una persona. Por aquel entonces, nuestra casa todavía era muy feliz: toda su gente seguía viva.

El amor

Tanti le contestó: «¡Mi amas vin!»

Porque la habitábamos todos, la casa nos escuchaba de buen grado cuando cantábamos en las diferentes celebraciones y fiestas familiares. Y eso que en estos coros improvisados siento decir que muchos no tendrían ni que haber abierto la boca porque desafinaban a más no poder. El tío Ionel, el gigante de la familia, solo contribuía con un intenso silencio. Era como un agujero en medio de la canción que a nadie pasaba desapercibido. A veces le temblaba el bigote —aún negro y tan corto como sus cabellos— y parecía seguir la melodía con los labios, pero lo que se dice participar, jamás participaba en nuestros momentos musicales. La casa conocía todo tipo de secretos y, a medida que crecíamos, conseguíamos arrancarle, no sin esfuerzo, alguno más. Lo mismo hasta sabía por qué no cantaba nunca el tío Ionel, aunque Tanti decía, con cierto pesar, que tenía una espléndida voz de barítono.

Al compartir el salón de la planta baja, con dos ventanas que daban a la calle y una tercera, la de la cocina, orientada hacia el patio y con el cristal dividido en cuarterones, Tanti y el tío Ionel estaban al corriente de todo lo que acontecía en la casa, de quién salía y quién entraba. Eran también los primeros en recibir a las visitas. Cuidaban del patio, ya que en aquella época la cancela no se cerraba con llave. Entre las dos ventanas que daban a la calle, bajo un cuadro al óleo que más adelante protagonizaría un extraño suceso, había una cómoda de seis cajones, cubierta por una plancha de mármol gris recorrida por estrías blancas y una grieta oblicua, a modo de cicatriz. Un buen día apareció sobre la cómoda el primer televisor de nuestra casa: pequeño, ruso, de pantalla redonda. Cuando se estropeaba, el tío Ionel le daba un puñetazo de padre y muy señor mío, de esos que solía dar en la mesa cuando se enfadaba: y el colmo es que la tele se encendía en el acto. Decía que este era el mejor método para todo lo que venía de la URSS. Más adelante supe que semejante procedimiento era el que recomendaban igualmente los electricistas de nuestra ciudad. Al ser en blanco y negro, el televisor no aportaba nada de color a la tristeza del salón, pero sí contribuía con algo de movimiento. Aunque hay que reconocer que no tanto como el que aportábamos los niños cada vez que irrumpíamos en él para ver una serie. Cinco de los cajones de la cómoda no se podían cerrar con llave, así que los abríamos de vez en cuando con una curiosidad siempre nueva, y eso que ya conocíamos su contenido: otra forma de Paraíso, sin lugar a dudas. El sexto estaba siempre bien cerradito: huelga decir que era el más tentador de todos. Creo que lo mismo pasa con la gente: nos gusta ver qué contienen los cajones que se abren, uno tras otro, pero siempre acabamos preguntándonos por lo que hay dentro del cajón que está cerrado. De los cinco cajones abiertos nos dejaban sacar todo lo que queríamos, siempre y cuando pusiéramos después en su sitio exacto el objeto que habíamos sacado. Entre lo que se nos permitía hacer, según nuestro criterio, y lo que nos pedían hacer, según el criterio de los adultos —que casi nunca coincidía con el nuestro y que solo a ellos contentaba— residía, ahora que lo pienso, el arte de educarnos en nuestra niñez. Cuando jugábamos al póquer, juego que aprendí a una edad vergonzosamente tierna, sacaba del cajón de abajo una caja metálica llena de monedas de diferentes países (coronas, liras y peniques, florines, francos y muchas otras), que venían a demostrar que, en su juventud, los dueños de la cómoda habían viajado fuera de Rumanía, algo increíble para nosotros: un viaje que supusiera cruzar la frontera era casi imposible y, aparte de aquella semana en Yugoslavia que mis padres habían conseguido y de la que volvieron radiantes de felicidad, las puertas del país también estaban cerradas con llave, como el cajón prohibido. El dinero del póquer, a pesar de ser diferente y de venir de países diferentes, tenía para nosotros el mismo valor. Así pues, no cuesta imaginar que aquello era como imponer la misma moneda en la vieja Europa, pero sin cambiarle su apariencia. Otro de los cajones parecía una papelería en miniatura: a una le entraban ganas de hacerse pequeña y de meterse dentro a explorar. Tanti siempre decía que todos los objetos eran de una tienda que uno de sus hermanos había tenido en la calle 7 de Noviembre10, calle que, como todas las de Braşov, había recibido un nombre vinculado a la historia de Rusia. De este cajón sacábamos los lápices Hardtmuth del número 4, un sacapuntas estupendo, con un mango que daba vueltas y que hacía que la cajita emitiera música, un tintero y estuches que contenían plumas plateadas y doradas, reglas, una escuadra de madera con el borde como de luto, gomas de borrar de dos colores desiguales (pequeño y áspero el negro, y grande y suave el blanco), papel secante, lupas, papel de regalo con unos estampados de ensueño, hebillas de todos los tamaños, sobres de color pastel que apetecía acariciar y postales de todo el mundo, escritas con tinta por detrás. Otro cajón guardaba el «material didáctico», porque Tanti había sido, como ya te he dicho, profesora de geografía, y el tío Ionel, maestro. Tenían un montón de menudencias, desde un ábaco a un puzle con el que, una vez compuesto como Dios manda, se formaba el mapa de Europa. Tanti lo había elaborado con sus manos: con la perfección de una cámara de fotos, había dibujado un mapa en un cartón y luego había recortado las diferentes piezas. Un día intenté hacerlo, pero siempre me quedaban espacios en blanco y Tanti me dijo que quizá después de la Tercera Guerra Mundial, Dios no lo quiera, el mapa de Europa podría parecerse a lo que había hecho yo. Al igual que todos los habitantes de la casa que ya habían vivido dos grandes guerras, temía que llegara la siguiente. En el patio teníamos un armario empotrado en el que —para un caso de emergencia— había bolsas y cajas de azúcar, harina de trigo y harina de maíz. Un armario que siempre estaba plagado de bichos.

—¿Qué hay ahí? —preguntábamos a todo quisqui, señalando con el dedo el cajón cerrado (el segundo por arriba). Ellos, que normalmente no tenían paciencia cuando les consultábamos o pedíamos algo (y eso que, al no tener hijos, se portaban mejor con los niños que los adultos que sí los tenían) hacían oídos sordos a nuestra pregunta.

—Es mejor que nos pongamos a aprender un idioma —dijo una vez Tanti. Todos los adultos de la casa decían que eres tantas personas cuantos idiomas sabes, y todos eran, por lo menos, tres o cuatro personas diferentes por las distintas lenguas que hablaban, si bien el rumano, el alemán y el húngaro formaban parte del repertorio común. Visto así, nuestra casa daba cobijo a treinta personas. Papá grande era cinco veces persona, porque también sabía italiano y francés y, además, era el único que, gracias al consultorio médico, había aprendido de un paciente algunas palabras del caló. Un amigo de la familia solía decir que en Braşov hasta los perros ladran en tres lenguas. Ante lo cual el tío Ionel siempre respondía invariablemente: «¡Y la gente suelta palabrotas en tres lenguas!». Y se mostraba presto a ejemplificar.

—¿Qué queréis aprender hoy? ¿alemán?, ¿húngaro?, ¿italiano?, ¿francés?, ¿inglés? (Tanti no las sabía todas, pero conocía lo suficiente como para enseñarnos). Si queréis, hoy os enseño a decir «te quiero» en todas estas lenguas —propuso ella con una sonrisa traviesa, haciendo que mi prima se sobresaltara y se pusiera colorada—. Aunque también podría enseñaros esperanto.

De esta lengua no había oído hablar. Luego me enteré de que, en su juventud, Tanti, mamá grande y sus muchos hermanos, nacidos un poco antes de 1900, eran aficionados al esperanto y lo habían aprendido, unos con fruición y otros apenas algunas palabras. Habían tenido en la biblioteca hasta el primer diccionario rumano-esperanto, que, por desgracia, en un momento de pánico financiero, de esos que no dejaban de visitarnos, alguien había vendido. Cogí el globo terráqueo de Tanti —que me encantaba hacer girar a toda velocidad— mareando a los países y a los mares y a los océanos hasta no poder distinguirlos, y le pedí que me enseñara Esperantia, pues lo normal era que así se llamara el país del esperanto (como en el caso de Francia).

—Pues no, algo así no lo encontrarás en todo el mapamundi —dijo Tanti entre risas—. El esperanto sería la lengua de todos los países. La gente quiso o, mejor dicho, esperaba que todo el mundo hablara la misma lengua y se entendiera como si se tratara de una familia…

—Solo que en nuestra familia no cesaban las peleas, si no era por culpa de fulanito era por culpa de menganito, y a veces la sangre llegaba al río —dijo el tío Ionel con su voz risueña, sonriendo bajo aquel bigote negro en el que empezaba a campar a sus anchas el blanco.

—En fin, por lo menos la gente esperaba que no hubiera más guerras. Porque no irás a decir que en nuestra casa hay guerras —resopló Tanti con sus labios a lo Jane Fonda.

Tal y como te decía, Tanti se parecía a esta actriz y no solo en la boca, aunque era como una estrella que solo actuaba en papeles de persona mayor. No le gustaba que le llevaran la contraria, sobre todo cuando nos echaba una reprimenda.

—Como en Imagine, la canción de John Lennon —dijo Dina, que ya estudiaba inglés. A los niños nos volvían locos los cuatro Beatles, los Bitels, como los llamábamos nosotros, y mascullábamos sus letras aun sin entenderlas. Mi prima empezó a cantar y Doru hacía como que acariciaba las cuerdas de una guitarra mientras ponía cara de dolor de barriga. Yo oía la letra: imayinisno cauntri, itisen jartudu… imayinoldepipool… libinlaifinpis. Sonaba muy bien —o eso nos parecía a nosotros— y este imayinol se me quedó durante mucho tiempo grabado en la memoria, como si se tratara del nombre de un medicamento.

Tanti recitó unos versos de un poema escrito por el inventor del esperanto, el himno de los esperantistas, que se había aprendido de memoria en su juventud, igual que nosotros habíamos aprendido la letra de Imagine. Por desgracia solo recordaba una parte:

Sur neŭtrala lingva fundamento,

komprenante unu la alian,

la popoloj faros en konsento

unu grandan rondon familian.

Aquello parecía fácil de entender, como si ya supiéramos esperanto. Aun así, Tanti nos lo tradujo: «Sobre un fundamento lingüístico neutral, comprendiéndose los unos a los otros, los pueblos harán de común acuerdo una sola gran familia». El colmo es que, una vez traducidas, las palabras me resultaban más difíciles de entender, sobre todo aquello de la lengua neutral. Pero la idea de la gran familia me gustaba: me hacía pensar en la nuestra.

—Y de repente estalló la Guerra Mundial, la madre que la trajo —dijo Ionel, repentinamente enfadado, atrayendo sobre sí la mirada indignada de la parienta.

—¡Menudo cerdo el Ninel ese! —añadió, sin que nosotros acertáramos a entender nada. Aquello le quitaba autoridad a Tanti en su proceso de enseñanza a domicilio. Pero bueno, si hasta los perros ladraban en tres lenguas, era bochornoso saber menos idiomas que un cuadrúpedo. Hice hasta la prueba: llamé a un perro sarnoso, sin dueño, en las tres lenguas: Hai încoa’! un día, ¡Komm hier! al día siguiente y Gyere ide! al tercero. El perro aguzó el oído y vino cada una de las veces, hasta el punto de que ya no podía librarme de él, si bien es verdad que, en cada ocasión, llevaba conmigo un trozo de salchichón, cosa que bien podría ser el esperanto de los perros.

Ni que decir tiene que nos interesaba saber una lengua en la que poder comunicarnos con todo el mundo para no tener que pasar de una otra, a lo que se sumaba el hecho de poder librarnos de aprender las demás, así que empezamos a bombardear a Tanti con preguntas:

—¿Cómo se dice «chico»? —preguntó uno de los muchachos.

—Knabo —dijo Tanti, al cabo de unos segundos. Nos pareció la mar de sencillo, era casi como el Knabe del alemán.

—¿Y «chica»? -preguntó Dina.

—Knabina… perdón, knabino —dijo Tanti—. Es que llevo mucho sin usar palabras en esperanto… También esa palabra resultaba igual de sencilla. Este idioma empezaba a seducirnos. Yo, por aquel entonces, no entendía de cuestiones gramaticales, pero veía que se trataba de algo fácil, mucho más fácil que el alemán, que tantos problemas me daba con el der-die-das, y que el francés, cuya pronunciación era muy sofisticada, como podía constatar cuando papá nos leía los tebeos franceses o cuando nuestros padres hablaban entre sí en esa lengua para que nosotros no los entendiéramos.

—¿Cómo se dice Rumanía? —pregunté yo que, recién imbuida de una especie de patriotismo geográfico, solo me pedía «Rumanía» en el juego de los países —ese en el que había que tirar una pelota al aire— al que jugaba con mis amigos en la calle. Por otra parte, era la única que se lo pedía. Todos querían ser Francia, Inglaterra o Alemania (en este orden), luego Austria, Suecia, Noruega, y había quienes se pedían China y Japón, India y España, Turquía y Grecia, y luego estaban ya nuestros vecinos, Bulgaria, Yugoslavia y Hungría. Ahora caigo en la cuenta de que nadie se pidió jamás la Unión Soviética y creo que esto valía para todas las calles y todos los países en los que los niños jugaban a este juego.

—Creo que Rumanio —me dijo Tanti.

—¿Y casa?

—Domo.

—¿Y todas terminan en -o? —observó Matei, que estaba muy pendiente de este tipo de cosas.

—Muy bien, Mati, ¡veo que el coco te funciona! Los sustantivos acaban en -o en singular: domo-casa, homo-persona, virino-mujer, viro-hombre, pano-pan.

—¿Cómo se dice «buenos días», cariñín? —le preguntó a su mujer el tío Ionel, que no sabía esperanto y que parecía estar tan entusiasmado como nosotros.

—Bonan tagon!

—¡Como Guten Tag! —dijo Dina.

—No, como Dabuten Tag —dijo Doru entornando los ojos, y todos nos echamos a reír. Nos gustaba deformar las palabras y nos gustaba reírnos.

—Buenos días y Guten Tag a la vez —nos explicó Tanti. Es una lengua que vale la pena aprender.

—Pero ¿no decías que ibas a enseñarnos a decir «Te quiero»? —intervino de repente Dina, mirando hacia la ventana como si la cosa no fuera con ella.

—Pero no querrás decírselo en esperanto, ¿no? —chillamos nosotros—. ¡Así nunca sabrá lo que le has dicho!

Dina se había enamorado. Nos habló en secreto de un chico muy guapo, de piel oscura, sonrisa luminosa y hoyuelo en la mejilla, Ştefan (Ştefi), un mes mayor que ella, que ya la había acompañado a casa cuatro veces.

—Pues justo eso es lo que quiero: decírselo, pero que no sepa lo que le estoy diciendo —replicó Dina en tono arisco, sacudiendo las coletas recogidas con unas gomas de lo más anodinas. Volvió a sonrojarse porque su secreto había sido desvelado descarnadamente, ante todos, aunque era evidente que se sentía muy orgullosa de lo que le estaba pasando. El colmo es que hasta yo misma entendí lo que quería decir. Y es que a veces podemos sentir la necesidad de verbalizar algunas cosas con tal de librarnos de ellas, aunque no las oiga nadie. O decírselas a alguien que no te conoce de nada. Más tarde descubrí que la gente confía sus secretos a los pasajeros con los que comparte un viaje en tren y a los que probablemente jamás volverá a ver.

Tanti le contestó: «¡Mi amas vin!» y el tío Ionel comentó que la frase le sonaba más a me gusta el vino o incluso a el vino me ama, a lo que su mujer farfulló aparentemente muy enfadada:

—Ya sabemos que el vino te quiere, pero más lo quieres tú a él.

Los cuatro estallamos en una carcajada y el que más se reía era el tío Ionel, porque reír se reía como todo el mundo, lo único que no hacía era cantar. Aun así, creo que mi prima desistió de demostrar su amor de un modo tan original. Luego aprendió que «sí» se dice «jes» (como en inglés, solo que con j en vez de con y, nos explicó Tanti), que «gracias» es «dankon», casi como en alemán, y yo me enteré de que «me llamo Ana» se dice «Mia nomo estas Ana».

—Todos mis hermanos, Dori y yo (Dori es como llamaba a su hermana pequeña, nuestra mamá grande) aprendimos más o menos esta lengua, dos de mis hermanos podían usarla cuando hablaban entre ellos y hasta participaron y todo en un congreso de esperantistas.

Mucho más tarde entendí el porqué: en su familia materna, esto es, en la nuestra, había muchos parientes húngaros, italianos y armenios, y una única lengua les solucionaba los problemas de comunicación. Regresé al cajón prohibido, sin éxito alguno. Aquel día nos contentamos con hacer papiroflexia: aprendimos a hacer un gorro a partir de una carabela y al revés, era un truco sencillísimo. Mientras doblaba el papel grande, de periódico, a Tanti se le ocurrió la idea de enseñarnos algo «extraordinario» que tenía en aquella habitación suya, llena de cosas extraordinarias: una mesita, aparentemente normal y corriente, cubierta por un paño tan bien cosido a mano que parecía hecho con la máquina de coser. Los adornos estaban bordados con lana de colores o, mejor dicho, con lana descolorida. Lo que más me gustaba eran los flecos decorados con abalorios alargados de madera negra, que tejíamos o deshilábamos cuando no se nos ocurría un juego mejor. Les hacíamos «trenzas» porque mi pelo era demasiado corto para hacérmelas yo. En mi ausencia nadie tocaba los flecos y siempre los encontraba tal y como los había dejado. Pero el paño no lo quité nunca. Hay muchas cosas que podríamos hacer fácilmente y que, sin embargo, nunca hacemos. Hasta que un buen día vas y lo haces. Tanti nos enseñó el secreto de la mesita, lo cual provocó nuestros gritos de entusiasmo. Al igual que en el juego anterior, el del papel, la mesa estaba doblada en cuatro (como cuando, pongamos por caso, quieres hacer un salero con un trozo de papel cuadrado). Desplegó la mesa levantando los cuatro triángulos, transformando el pequeño cuadrado en uno grande, la mesita en mesa y enseñándonos, así, otra de sus maravillosas propiedades: la mesita podía dar vueltas.

Era una mesa de juego, pensada para aquellos salones de antaño donde la gente se retiraba a jugar después de un copioso almuerzo. Quisimos usarla en ese momento, pero por desgracia sonó el reloj de péndulo con su particular manera de avisarnos del paso del tiempo, esto es, ajustando el número de campanadas a la hora. Todos las contamos y se oyeron ocho. Así que, con gran pesar, tuvimos que dejar para otro momento las tentaciones de la cámara oscura de los tíos abuelos. Nos dirigimos a la puerta, cada uno con un gorro de papel en la cabeza.

—Bonan tagon —dijo Dina al salir, descubriéndose, gesto que todos imitamos de inmediato.

—Bonan nokton —nos contestó Tanti, ataviada también ella con un gorro minúsculo y sin que fuera necesario que nos tradujera nada. Esta lengua era la más fácil de todas las que había oído en nuestra casa hasta ese momento. Al cabo de varios meses (o quizá de largas semanas, pues el tiempo se arrastraba con inusual morosidad) pudimos entrar solos en la habitación del cajón prohibido. Tanti y el tío Ionel tenían que hacer unos recados, no nos dijeron dónde ni tampoco nos importaba. Toda nuestra atención se dirigió a la cómoda. Había que buscar la llave del cajón, si es que el tío Ionel (que guardaba las llaves y que a veces las agitaba a modo de ramillete de flores metálicas) no se la había llevado al salir de casa. Teníamos, pues, una hora para encontrarlas.

—Hagamos como… como Sherlock Holmes —dijo Doru frunciendo ligeramente el ceño. Aquella recomendación no era suya: estaba citando a mamá grande, que siempre que perdíamos algo decía lo mismo. Había que usar la lógica: qué habíamos hecho y en qué momento de nuestras tareas cotidianas se había podido extraviar el objeto en cuestión. Y si aquello tampoco funcionaba, había que revisar cada esquina de la habitación, prestando atención a los detalles, sistemáticamente, centímetro a centímetro.

Nos repartimos las tareas, dos muebles por barba, menos a mí, que solo me tocó uno, el más fácil de todos, porque no tenían confianza en lo que hacía: la mesa del centro del cuarto. Era tan pesada, con su pata redonda como el tronco de un roble crecido en medio de la casa, que nunca emigró, como los accidentes geográficos —parafraseando a Tanti—, a diferencia de otros muebles más inquietos, que siempre buscaron su sitio por toda la casa, unos cargados a mano y otros subiendo y bajando desde el piso de arriba con ayuda de una polea. No tardé en meterme debajo de la mesa y empecé a rebuscar en la pata, que acababa en cuatro pétalos metálicos con sus cuatro clavitos, que incluso apreté por si se abría algún escondrijo. Nada de nada. Lo mismo les pasó a los demás, excepto a Dina, que tenía que revisar la otra cómoda, la grande, un mueble que había venido de Arad. Sigo pensando que debería tener un escondite intrincadísimo, entre pilastras y columnitas de madera con múltiples lóbulos transformados en floreados capiteles que, más tarde, supe que se llaman corintios, con cajones y armaritos con puertas de cristal mal cortado y destellos de arcoíris. En los dos compartimentos del fondo, como si se tratara de dos cuevas repletas de tesoros, Dina encontró un plato con el delicioso pastel de manzana que solo Tanti sabía preparar «mejor que en Viena». Tomamos cada uno un trozo y nos cuidamos de dejar el resto del pastel intacto para que nadie se diera cuenta. Era algo que solíamos hacer con cierta frecuencia y nunca nadie había reparado en ello —o por lo menos eso pensábamos nosotros—, aunque luego el tío Ionel nos obsequiaba de vez en cuando con una mirada cariñosa y nos llamaba «mequetrefes». Además, estaban las cajas de cigarrillos de diferentes marcas del tío Ionel (que nunca se fumaba, porque había dejado el tabaco). Las olisqueamos una a una y reconozco que me gustó el olor de los cigarrillos mentolados. Había también un montón de cosas, platos de porcelana y de plata, ceniceros, jarrones, recuerdos de viajes. ¡Pero ni rastro de la llave!

Entonces sonó el reloj de péndulo tres veces y nos asustamos un poco. Curiosamente, aunque a medianoche se oían las campanadas en doce ocasiones, igual que al mediodía, a los dueños de la casa no parecía molestarles, se habían acostumbrado y el tío Ionel se encargaba de darle cuerda puntualmente. Cuando se presentaron los dueños de los muebles que habíamos escrutado tan minuciosamente, nos encontraron jugando a los naipes, con unas cartas que habíamos dispuesto preventivamente, antes de emprender nuestras pesquisas. Por el momento, el cajón guardaba su tesoro y su secreto.

Un día, sin embargo, me enteré de otro secreto y es que Tanti había estado a punto de ser expulsada de la escuela, justo al final de su gloriosa carrera, pues durante mucho tiempo había sido directora del colegio. Entre risas aún impregnadas de temor, mamá grande me contó lo que le había pasado a su hermana: en los últimos años de colegio le había dicho a un alumno desobediente que llevaba la corbata de pionero algo similar a: «¡Deja ya de jugar con esa tela roja!», es posible que hubiera dicho «pingajo», pero sin mala intención, solo por motivos pedagógicos y porque ese era su sentido del humor. No tardó en aparecer alguien cargado de buenas intenciones que la delató ante el partido y montó un escándalo de padre y muy señor mío: los símbolos del nuevo poder no podían mancillarse ni de palabra ni de pensamiento. Al final, después de mucho lío, de muchas amenazas y de pasar mucho miedo —y solo porque sus antiguos alumnos la tenían en gran estima— consiguió salir indemne y jubilarse al poco tiempo. Pero durante aquellos meses todos estuvieron azorados por culpa de aquella tela (marinera, si me permites la broma).

Lo del cajón acabó arreglándose solo, como tantas cosas en la vida: luchas por algo, te estrujas la sesera buscando una solución y de repente, cuando has tirado la toalla, te