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Los intereses creados es una de las obras teatrales más conocidas de Jacinto Benavente. Tiene el subtítulo de «comedia de polichinelas en dos actos, tres cuadros y un prólogo». Se estrenó el 9 de diciembre de 1907 en el madrileño Teatro Lara. Según apuntó el literato Dámaso Alonso, la fuente de inspiración de esta obra fue El Caballero de Illescas de Lope de Vega. Los intereses creados tiene el tono de una obra picaresca con aliento clásico. Jacinto Benavente construye una trama divertida y rápida. Relata la historia de dos personajes (Leandro y Crispín) quienes llegan a una ciudad y, timo tras timo, consiguen convertirse en próceres locales. Los intereses creados parodia el mito de cómo se consigue poder y notoriedad. Aquí se forjan falsas alianzas que sirven para que otros aprecien el talento, la hidalguía o el buen de hacer de dos timadores. La obra se ocupa de hacer evidente que carecen de semejantes atributos. En cierto modo disecciona la forma en que la notoriedad vana permite que seamos sobrevalorados. Hasta el punto en que, una vez hecho evidente el juego, nadie se atreve a admitir su propia frivolidad, mezquindad y vanagloria. Se han mencionado obras de diversos autores como posibles antecedentes de esta comedia: Moliere, Regnard, Beaumarchais, Ben Jonson, Goldoni, y, claro, la comedia dell'arte. El mismo Benavente escribió: «No ha faltado en torno de Los intereses creados —¿cómo no?— el mosconeo acusador de plagio. Y tan plagio. Los intereses creados es la obra que más se parece a muchas otras de todos los tiempos y de todos los países. A las comedias latinas, a las comedias del arte italiano, a muchas obras de Moliere, de Regnard, de Beaumarchais. A la que menos se parece es, justamente, a la que más dijeron que se parecía, al Volponeoriginal de Ben Jonson.»
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Seitenzahl: 82
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Jacinto Benavente
Los intereses creados
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Título original: Los intereses creados.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño de cubierta: Michel Mallard.
ISBN rústica ilustrada: 978-84-9007-507-4.
ISBN tapa dura: 978-84-1126-079-4.
ISBN ebook: 978-84-9897-842-1.
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Créditos 4
Brevísima presentación 7
La vida 7
Intereses 7
Personajes 8
Acto primero 9
Cuadro I 11
Escena I 11
Escena II 15
Escena III 19
Escena IV 22
Cuadro II 35
Escena I 35
Escena II 39
Escena III 44
Escena IV 46
Escena V 48
Escena VI 51
Escena VII 53
Escena VIII 57
Escena IX 59
Escena X 64
Acto segundo 69
Cuadro III 71
Escena I 71
Escena II 74
Escena III 75
Escena IV 78
Escena V 82
Escena VI 88
Escena VII 89
Escena VIII 91
Escena IX 106
Libros a la carta 115
Jacinto Benavente y Martínez nació en Madrid el 12 de agosto de 1866 y falleció en Madrid, el 14 de julio de 1954. Ejerció de dramaturgo, director, guionista y productor de cine.
Fundó el Teatro Artístico, donde participó Ramón del Valle Inclán. En 1922 recibió el Premio Nobel de Literatura por perseverar acertadamente en la tradición del teatro español.
Los intereses creados tiene el tono de una obra picaresca con aliento clásico. Divertida y rápida, relata la historia de dos personajes (Leandro y Crispín) quienes llegan a una ciudad y timo tras timo consiguen convertirse en próceres locales.
Los intereses creados parodia el mito de cómo se consigue poder y notoriedad, forjando alianzas falsas que sirven para que otros aprecien el talento, la hidalguía o el buen hacer de personas que carecen de semejantes atributos.
Doña Sirena
Silvia
La Señora de Polichinela
Colombina
Laura
Risela
Leandro
Crispín
El Doctor
Polichinela
Arlequín
El Capitán
Pantalón
El Hostelero
El Secretario
Mozo 1 de la Hostería
Mozo 2
Alguacilillo 1
Alguacilillo 2
La acción pasa en un país imaginario, a principios del siglo XVIII
He aquí el tinglado de la antigua farsa, la que alivió en posadas aldeanas el cansancio de los trajinantes, la que embobó en las plazas de humildes lugares a los simples villanos, la que juntó en ciudades populosas a los más variados concursos, como en París sobre el Puente Nuevo, cuando Tabarín desde su tablado de feria solicitaba la atención de todo transeúnte, desde el espetado doctor que detiene un momento su docta cabalgadura para desarrugar por un instante la frente, siempre cargada de graves pensamientos, al escuchar algún donaire de la alegre farsa, hasta el pícaro hampón, que allí divierte sus ocios horas y horas, engañando al hambre con la risa; y el prelado y la dama de calidad, y el gran señor desde sus carrozas, como la moza alegre y el soldado, y el mercader y el estudiante. Gente de toda condición, que en ningún otro lugar se hubiera reunido, comunicábase allí su regocijo, que muchas veces, más que de la farsa, reía el grave de ver reír al risueño, y el sabio al bobo, y los pobretes de ver reír a los grandes señores, ceñudos de ordinario, y los grandes de ver reír a los pobretes, tranquilizada su conciencia con pensar: ¡también los pobres ríen! Que nada prende tan pronto de unas almas en otras como esta simpatía de la risa. Alguna vez, también subió la farsa a palacios de príncipes, altísimos señores, por humorada de sus dueños, y no fue allí menos libre y despreocupada. Fue de todos y para todos. Del pueblo recogió burlas y malicias y dichos sentenciosos, de esa filosofía del pueblo, que siempre sufre, dulcificada por aquella resignación de los humildes de entonces, que no lo esperaban todo de este mundo, y por eso sabían reírse del mundo sin odio y sin amargura. Ilustró después su plebeyo origen con noble ejecutoria: Lope de Rueda, Shakespeare, Molière, como enamorados príncipes de cuento de hadas, elevaron a Cenicienta al más alto trono de la Poesía y el Arte. No presume de tan gloriosa estirpe esta farsa, que por curiosidad de su espíritu inquieto los presenta un poeta de ahora. Es una farsa quiñolesca, de asunto disparatado, sin realidad alguna. Pronto veréis cómo cuanto en ella sucede no pudo suceder nunca, que sus personajes no son ni semejan hombres y mujeres, sino muñecos o fantoches de cartón y trapo, con groseros hilos, visibles a poca luz y al más corto de vista. Son las mismas grotescas máscaras de aquella comedia de Arte italiano, no tan regocijadas como solían, porque han meditado mucho en tanto tiempo.
Bien conoce el autor que tan primitivo espectáculo no es el más digno de un culto auditorio de estos tiempos; así, de vuestra cultura tanto como de vuestra bondad se ampara.
El autor solo pide que aniñéis cuanto sea posible vuestro espíritu. El mundo está ya viejo y chochea; el Arte no se resigna a envejecer, y por parecer niño finge balbuceos...
Y he aquí cómo estos viejos polichinelas pretenden hoy divertiros con sus niñerías.
Plaza de una ciudad. A la derecha, en primer término, fachada de una hostería con puerta practicable y en ella un aldabón. Encima de la puerta un letrero que diga: «Hostería».
Leandro y Crispín que salen por la segunda izquierda.
Leandro Gran ciudad ha de ser ésta, Crispín; en todo se advierte su señorío y riqueza.
Crispín Dos ciudades hay. ¡Quisiera el Cielo que en la mejor hayamos dado!
Leandro ¿Dos ciudades dices, Crispín? Ya entiendo, antigua y nueva, una de cada parte del río.
Crispín ¿Qué importa el río ni la vejez ni la novedad? Digo dos ciudades como en toda ciudad del mundo: una para el que llega con dinero, y otra para el que llega como nosotros.
Leandro ¡Harto es haber llegado sin tropezar con la justicia! Y bien quisiera detenerme aquí algún tiempo, que ya me cansa tanto correr tierras.
Crispín A mí no, que es condición de los naturales, como yo, del libre reino de Picardía, no hacer asiento en parte alguna, si no es forzado y en galeras, que es duro asiento. Pero ya que sobre esta ciudad caímos y es plaza fuerte a lo que se descubre, tracemos como prudentes capitanes nuestro plan de batalla, si hemos de conquistarla con provecho.
Leandro ¡Mal pertrechado ejército venimos!
Crispín Hombres somos, y con hombres hemos de vernos.
Leandro Por todo caudal, nuestra persona. No quisiste que nos desprendiéramos de estos vestidos, que, malvendiéndolos, hubiéramos podido juntar algún dinero.
Crispín ¡Antes me desprendiera yo de la piel que de un buen vestido! Que nada importa tanto como parecer, según va el mundo, y el vestido es lo que antes parece.
Leandro ¿Qué hemos de hacer, Crispín? Que el hambre y el cansancio me tienen abatido, y mal discurro.
Crispín Aquí no hay sino valerse del ingenio y de la desvergüenza, que sin ella nada vale el ingenio. Lo que he pensado es que tú has de hablar poco y desabrido, para darte aires de persona de calidad; de vez en cuando te permito que descargues algún golpe sobre mis costillas; a cuantos te pregunten, responde misterioso; y cuanto hables por tu cuenta, sea con gravedad; como si sentenciaras. Eres joven, de buena presencia; hasta ahora solo supiste malgastar tus cualidades; ya es hora de aprovecharte de ellas. Ponte en mis manos, que nada conviene tanto a un hombre como llevar a su lado quien haga notar sus méritos, que en uno mismo la modestia es necedad y la propia alabanza locura, y con las dos se pierde para el mundo. Somos los hombres como mercancía, que valemos más o menos según la habilidad del mercader que nos presenta. Yo te aseguro que así fueras vidrio, a mi cargo corre que pases por diamante. Y ahora llamemos a esta hostería, Que lo primero es acampar a vista de la plaza.
Leandro ¿A la hostería dices? ¿Y cómo pagaremos?
Crispín Si por tan poco te acobardas busquemos un hospital o casa de misericordia, o pidamos limosna, si a lo piadoso nos acogemos; y si a lo bravo, volvamos al camino y saltemos al primer viandante; si a la verdad de nuestros recursos nos atenemos, no son otros nuestros recursos.
Leandro Yo traigo cartas de introducción para personas de valimiento en esta ciudad, que podrán socorrernos.
Crispín ¡Rompe luego esas cartas y no pienses en tal bajeza! ¡Presentarnos a nadie como necesitados! ¡Buenas cartas de crédito son ésas! Hoy te recibirán con grandes cortesías, te dirán que su casa y su persona son tuyas, y a la segunda vez que llames a su puerta, ya te dirá el criado que su señor no está en casa ni para en ella; y a otra visita, ni te habrían la puerta. Mundo es éste de toma y daca; lonja de contratación, casa de cambio, y antes de pedir, ha de ofrecerse.
Leandro ¿Y qué podré ofrecer yo si nada tengo?
Crispín ¡En qué poco te estimas! Pues qué, un hombre por sí, ¿nada vale? Un hombre puede ser soldado, y con su valor decidir una victoria; puede ser galán o marido, y con dulce medicina curar a alguna dama de calidad o doncella de buen linaje que se sienta morir de melancolía; puede ser criado de algún Señor Poderoso que se aficione de él y le eleve hasta su privanza, y tantas cosas más que no he de enumerar. Para subir, cualquier escalón es bueno.
Leandro ¿Y si aun ese escalón me falta?
Crispín Yo te ofrezco mis espaldas para encumbrarte. Tú te verás en alto.
Leandro ¿Y si los dos damos en tierra?
Crispín Que ella nos sea leve. (Llamando a la hostería con el aldabón.) ¡Ah de la hostería! ¡Hola, digo! ¡Hostelero o demonio! ¿Nadie responde? ¿Qué casa es ésta?
Leandro ¿Por qué esas voces si apenas llamasteis?
Crispín ¡Porque es ruindad hacer esperar de ese modo! (Vuelve a llamar más fuerte.) ¡Ah de la gente! ¡Ah de la casa! ¡Ah de todos los diablos!
Hostelero (Dentro.) ¿Quién va? ¿Qué voces y qué modo son éstos? No hará tanto que esperan.
Crispín
