De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5) - Jacinto Benavente - E-Book

De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5) E-Book

Jacinto Benavente

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Descubre el arte de la conversación en su máxima expresión con "De Sobremesa; crónicas, Primera Parte" de Jacinto Benavente.

En esta obra, Benavente nos invita a sumergirnos en un mundo donde las palabras fluyen con la misma naturalidad que el vino en una cena entre amigos. Con una prosa elegante y perspicaz, el autor nos transporta a un universo de diálogos ingeniosos y reflexiones profundas, donde cada página es un festín para la mente.

Explora temas únicos como la naturaleza humana, la sociedad y el arte de la conversación, todo ello aderezado con el característico humor y la aguda observación de Benavente. La originalidad de esta obra radica en su capacidad para capturar la esencia de las interacciones humanas, convirtiendo lo cotidiano en extraordinario.

Entre los puntos fuertes de "De Sobremesa" se encuentran el estilo inconfundible de Benavente, su habilidad para crear personajes memorables y su maestría en el uso del lenguaje. Reconocido con el Premio Nobel de Literatura, Benavente es un autor cuya obra sigue resonando con fuerza en la actualidad.

Este libro es ideal para lectores que disfrutan de la literatura clásica, los diálogos inteligentes y las historias que invitan a la reflexión. Si buscas una lectura que te desafíe y te inspire, "De Sobremesa" es la elección perfecta.

No dejes pasar la oportunidad de enriquecer tu biblioteca con esta joya literaria. Adquiere "De Sobremesa; crónicas, Primera Parte" y déjate seducir por el encanto de las palabras de Jacinto Benavente.

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Seitenzahl: 242

Veröffentlichungsjahr: 2025

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The Project Gutenberg eBook, De Sobremesa; crónicas, Primera Parte (de 5), by Jacinto Benavente

 

 

Note:

Images of the original pages are available through Internet Archive. See

https://archive.org/details/desobremesacrn01bena

 

 

 

 

Jacinto Benavente

De Sobremesa

CRÓNICAS

MADRID LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ Puerta del Sol, 15 1910

ES PROPIEDAD.—DERECHOS RESERVADOS MADRID.—Imprenta Española, calle del Olivar, 8

PRÓLOGO

Muchas y celebres conversaciones de sobremesa pasaron á la Historia ilustradas con grandes nombres, y aún grandes acontecimientos de la Historia se decidieron entre la poir et le fromage. De la panza sale la danza, y esta danza del bien comer, danza de la vida, como aquellas famosas danzas de la muerte, evocadas por poetas y pintores en la Edad Media, á nadie excusa de danzar y todos hacen en ella su mudanza, unos con gentileza y garbo, otros con más presunción que gracia; otros sin una ni otra, tímidos y encogidos; pero todos al mismo son, que es la armonía bien concertada de la vida que nunca pierde el compás, aunque puede parecerlo alguna vez—á los que más atiendan al moverse de los danzantes humanos que al son de la música divina.

Suelen ser mis comensales, muchas veces un periódico, revista ó libro, sostenido entre la copa y el plato, cosa mal vista de los higienistas, pero no se que más pueda perturbar la digestión, una lectura agradable que un impertinente compañero de mesa ó que una orquesta próxima, así sea la banda de alabarderos. Otras veces mis comensales son de las más variadas condiciones y procedencias, y de todo se charla y de todo se opina con la mayor disparidad de criterio, que no soy yo hombre de compromisos políticos ni artísticos, ni mucho menos morales, para no permitir la libre emisión de todos los disparates. Son juicios orales sin reo y sin sentencia: personas y cosas son llamados á el, solo como testigos y al final es siempre la absolución, sin más costas que haber amenizado la sobremesa. Y he aquí, que como al terminar la comida recoge el doméstico las migajas materiales, recojo yo las migajas del alimento espiritual, que son estas charlas de sobremesa en que de todo se habla, de todo se opina y nada se condena. Y para que nunca nos falte qué comer ni de qué hablar, empecemos piadosamente diciendo: el pan nuestro de cada día dánosle hoy ...

DE SOBREMESA

I

Bizancio anda revuelto; del circo sale la revolución, pero no se trata de guiadores de carros, sino de bailarinas; no de verdes y azules, sino de verdes y más verdes. Ya lo dijo un moralista: lo desnudo no es indecente, sino lo «remangado»; y estos renacimientos paganos que de cuando en cuando florecen en nuestros teatros, no son más que un puro «remangarse». No es la Venus de Milo la diosa majestuosa que preside en sus altares, no; la Venus de Milo oculta sus piernas y no tiene brazos, y en esta ocasión piernas y brazos (¡oh Pepita Sevilla!) han sido los perturbadores. ¿A quien culparemos? ¿A empresas y autores, que dirán seguramente: el público lo pide? ¡ay, no! El público es como los niños: sólo pide lo que le enseñan; eso sí, como los niños también, cuando pide, siempre pide más, y empresas y autores son maternales. ¿Los artistas? Recuerdo siempre una plegaria con aire de tango que cantaba la bella Belén en sus tiempos, y era sólo la expresión poética de un deseo prosaico:

¡Padre nuestro que estas en los cielos!¿Por qué no me das mil duros de renta,y la pobre Belén estaría sentada en su casatomando la cuenta?

El público reía y pedía: ¡más, más! Seguramente en tres mil pesetas hubiera podido dejarse la petición por no servirle más de juguete. ¿Verdad que hay aplausos que deben sonar como bofetadas? ¡Pobres mujeres! ¡Acaso las bofetadas de su casa les hacen preferir esos aplausos del público!

¡El público! El público también es digno de compasión. En sus bramidos bestiales, no hay alegría ni voluptuosidad; no es la admiración desinteresada ó satisfecha á la belleza y á la gracia, es el rugido del hambre, hambre de carne en todas sus manifestaciones; son las mismas caras que se observa ante los escaparates de los «restaurants» ó casas de comidas; no es la sonrisa plácida del sultán ante las danzas de sus favoritas, es la burla del eunuco ó la rabia del esclavo ante lo que nunca fué ni será para ellos. Un conjunto lastimoso al que solo pone la nota ridícula, la autoridad en clase de «encargada», encargada de que no haya escándalo en el barrio. Como siempre, para los efectos muy solícita, para las causas ... Las causas que las estudien los moralistas, los literatos, los periodistas; los que gobiernan sólo están para prohibir y para castigar.

II

Una querida amiga viene á visitarme después de misa y se convida á almorzar conmigo. Es una casada joven que no se preocupa para nada del feminismo, porque hace mucho tiempo que ella se ha conquistado, por sí y para sí, todos los privilegios femeninos y masculinos. (No hay como la neutralidad en esta lucha de sexos).

El principal objeto de su visita es preguntarme quien hace los sombreros á Rosario Pino.

—¿Se los traen de París, como las comedias?

—No lo se. Vivo alejado de los teatros; no se nada de comedias ni de sombreros.

Mi amiga encuentra deliciosas las comedias francesas y admirables los sombreros de Rosario Pino.

¡Ah! una mujer no cuidará nunca bastante su sombrero. El vestido puede engañarnos respecto á la clase y condición social de una mujer, el sombrero no engaña nunca. Desde que las señoras asisten sin sombrero á los teatros, es más difícil distinguir de personas. Nos dirían que tal señora no es la señora sino su cocinera, y lo creeríamos. Con el sombrero no hay equivocación. Mi amiga se atreve á descubrir en cualquier reunión de mujeres, sólo por el sombrero, á una «cocotte» entre cien señoras, y viceversa. (Aunque el orden de factores altera el producto, no altera la habilidad adivinatoria de mi amiga). Y del mismo modo se atreve á clasificar á las idealistas, á las de sentido práctico, á las rebeldes, á las resignadas ... (Esto me hace reparar en el sombrero de mi amiga, que es, en efecto, un ¡viva la anarquía!).

Hablamos de otras cosas; de la temporada del Real que ha terminado. Le preguntó si ha oído cantar á Anselmi, y cuando espero oir un elogio del «bel canto» italiano que hiciera las delicias de Arana como empresario retrospectivo, me deja atónito con un grito del corazón, vibrante como un «sí» de la Barrientos ... ¡Qué hombre tan guapo!

—¿Quién?

—Anselmi.

—Canta con mucho gusto—insinúo, para encauzar la conversación, por respeto al criado que nos sirve.

—¡Guapísimo!—insiste con una valentía irrebatible.

—Dicen que volverán á traérselo á ustedes para el año que viene.

—¿Cree usted que no habrá perdido voz?

—Si dependiera de ustedes, amiga mía. Pero creo que no; esos tenores se cuidan mucho.

—¡Demasiado!—suspira con ingenuidad.

Procuro informarme de sus aficiones musicales; si comprende á Wagner, si prefiere las óperas modernas, si ...

—Mire usted—me interrumpe.—La ópera es lo de menos. Anselmi con el traje de Lohengrín, me haría soportar á Wagner.

—Sí, en efecto. La música entra mucho por los ojos.

Un santo bonito, un rey joven y un artista de buena figura, harán siempre mucho por la Religión, por la Monarquía y por el Arte.

Cambia el tema.

—¿Qué le parece á usted de la «moción» que las solteras de Dublín han elevado á la virreina de Irlanda, lamentándose de que las casadas de por allá se traen un toreo que no deja colocarse en suerte á un soltero?

—Me parece que antes que las solteras, debían haberse querellado los maridos de las acusadas, y no á la virreina precisamente.

—¿Cree usted que aquí sucede algo semejante, y á eso se deba la abundancia de solteras sin acomodo?

—¿Aquí? Aquí debíamos ser las casadas las que nos quejáramos de que el coro de vírgenes no nos deja en paz á los maridos.

Y me refiere unas cuántas historias tan escabrosas, tan escabrosas, que no puede por menos de creerse que son verdaderas.

—Ahí tiene usted asuntos para unas cuántas comedias.

—¿Para sábados blancos? ¿Le parece á usted? ¿No es el día de las solteras?

—¿Usted sabe el origen de los sábados blancos?

—No. Cuéntemelo usted. Con usted siempre se aprende.

—Eso me dice todo el mundo. Verá usted. Es muy verosímil.

Una señora distinguidísima, opulenta belleza á lo Rubens, mamá de dos espirituales «Boticellis», padecía con tanta frecuencia de jaquecas, que apenas asistía á teatros ni á reuniones, y para no privar de asistir á sus hijas, las confiaba á la autoridad de una señora de compañía muy garantizada, á quien tenía muy recomendado que si alguna vez en el teatro, la comedia representada no era de la más absoluta moralidad, se llevara á las niñas inmediatamente. Sucedió que una noche, apenas levantado el telón, la primera actriz anuncio tan resueltamente la decisión de engañar á su marido, que no había duda de que así sucedería, á más tardar, en el segundo acto.

La buena señora creyó lo más conveniente levantarse y salir del teatro con el mayor ruido posible, para marcar bien su desagrado. Las muchachas hubieran querido terminar la noche en cualquier otro espectáculo, pero la señora rabiaba por hacer presente á la mamá su escrupuloso celo, y más que aprisa se las llevo á casa ... en mala hora, porque la mamá, ante tan inesperado retorno, apenas tuvo tiempo de esconder la verdadera antipirina de sus jaquecas, que era un íntimo amigo. Y para que no volviera á suceder tal percance, al día siguiente escribió al director del teatro: Distinguido señor: Como las obras que se representan en su teatro, no siempre son de una moralidad y una sana tendencia que puedan inspirar confianza á una madre celosa de no ofrecer á sus hijas como recreo un espectáculo peligroso, de acuerdo con otras distinguidas amigas en el mismo caso, ruego á usted fije un día de abono en que todas, absolutamente todas las obras, puedan ser vistas por nuestras hijas.

El director, amable, sometió á la censura de las celosas madres la flor de azahar de su repertorio, las celosas madres aprobaron ... Y ese fué el origen de los sábados blancos ... en París. Aquí siguieron por moda.

—Una huelga, un albañil muerto ...

—No hablemos de eso. Son cosas inevitables, viejas como el mundo, hoy recrudecidas por la falta de creencias.

—¿De quien?

—De unos y de otros.

—Diga usted de unos, porque los otros en algo deben creer todavía. Les han dicho: No matarás, y no matan. Les han dicho: No te matarás, y no se dejan morir de hambre. Les han dicho: Ganarás el pan con el sudor de tu frente, y eso es lo que no pueden obedecer, porque trabajar sí trabajan, pero no ganan el pan, y eso es lo triste.

—Yo creí que ya se había usted curado del sarampión socialista que todos los escritores y políticos de estos tiempos han padecido con mayor ó menor intensidad.

—Sí, en efecto. Fué como sarampión. ¡Oh! muy benigno. Escritores y políticos buscaban en la idea socialista un medio fácil de atraer hacia ellos el aura popular. Paso la moda; los burgueses fruncieron pronto el ceño, aterrados por el fantasma anarquista, y escritores y políticos tornaron hacia el sol que todavía calienta.

El anarquismo, con ser el mayor antagonista del socialismo, proyecta sobre éste su sombra fatídica, que confunde á los dos para la opinión vulgar en el mismo espanto.

Si en la región de las ideas todas son admisibles, y acaso las más avanzadas son las más necesarias, porque impidiendo la «calma chicha» de los espíritus, agitan, renuevan y fecundan, en el terreno práctico, una idea extremada es el mayor enemigo de una idea razonable. Por eso cuando halléis un fanático en un partido, sospechad siempre si estará de acuerdo con el partido contrario. No dijo ningún disparate el que dijo que el santo es el mayor enemigo de la religión.

Muchas veces se disfrazan de grandes ideales ideas muy pequeñas. El anarquismo, no hay duda, quiere un mundo transformado y perfecto, pero con sus intransigencias estorba el andar reposado del socialismo hacia ese mundo ideal. Desconfiemos de los grandes ideales y atengámonos á los pequeños.

Como esos que dicen: Yo no soy español, soy algo más; soy ciudadano del mundo.

Tened por seguro que en el fondo es un regionalista que solo quiere ser ciudadano de su pueblo, y si es posible, vecino de su calle.

Por ser ciudadanos del mundo antes que españoles, regionalistas y anarquistas se confunden á veces, y entre la idea chica y la idea grande, estorban el andar de la vida, que no tolera empujones hacia adelante ni tirones hacia atrás de violentos ni de fanáticos, sino que va, va siempre, segura, majestuosa, al paso reposado y firme de los hombres de buena voluntad.

III

Se de una linda marquesa, por blasón de su hermosura, rayos de sol en campo de rosas, de pura elegancia española—única elegancia femenina á la que sientan bien todas las elegancias, lo mismo las de Van-Dyck que las de Watteau, que las de Gainsborough que las de nuestro Goya—que al salir del estreno de «Daniel» decía á sus amigos:

—Esta obra sólo puede gustar á los que no tienen una peseta ó no tienen vergüenza.

¿Una peseta ó vergüenza? ¡Pícara peseta! En qué poco ha estado que la obra no gustara por completo á cierto público.

¡Oh gentil marquesa, como aquellas de Versalles, más inconscientes ó más atrevidas al representar con su reina y en la misma corte, «Las Bodas de Fígaro», como si las burlas no fueran también amenazas; el autor de «Daniel» no tuvo consideración con vosotras. Ha recargado de negrura su obra, ¿verdad? Esas cosas no pasan en la vida ó por lo menos pasan de tarde en tarde. ¿No es eso? Los ricos no son tan malos ni los pobres tan desgraciados. Lo dices tu, lo dice la crítica. Sí, Dicenta ha recargado los colores.

Suaves tintas de acuarela son las de ese embarque de emigrantes de que pocos días después supimos. La realidad ha sido el mejor crítico de la obra de Dicenta.

¡Oh, qué lindo embarquement pour Cythere, como aquel de Watteau, el de ese barco de miseria, de dolor y de muerte! ¡Oh, qué propio asunto para ser cantado en rimas ricas y metros dislocados por algún exquisito poeta de los del Arte por el Arte y caiga el que caiga!

¡Heliópolis! ¿Puede darse más bello nombre para un barco florido, bogador siempre por mares azules hacia tierras de sol y de alegría?

Dice un crítico, que desde Edipo no se ha presentado en el teatro un personaje sobre el que tantas desdichas se acumulen como sobre Daniel. Sí, son muchas desdichas para un solo hombre si fuera un hombre solo. Pero Daniel es algo más: no es un hombre, son muchos, son muchas generaciones; sus desdichas no son las que caben en unas horas de representación teatral: son las de muchos siglos, las de muchas vidas. Y lo mismo la crueldad, la fuerza y la indiferencia de los otros.

La visión amplia, abarcadora de Dicenta concentra lo esparcido. ¿No es un derecho del artista? La gentil marquesa estaba también en su derecho al distraer cuanto podía su atención de la obra y á juzgarla con frase ligera y desdeñosa. Pero la crítica, no; la crítica ante la obra de Arte tiene otros deberes que las lindas marquesas.

Los artistas lamentan de continuo la falta de ambiente artístico, increpan al filisteo y al beocio, que no sienten ni admiran, como los artistas quisieran, la artística belleza, y cuando ellos tratan de glorificar á otro artista no se les ocurre sino vulgaridades del más prosaico burguesismo: el insustituible banquete á siete cincuenta, la abominable estatua á cincuenta mil pesetas, la velada teatral ó académica. ¿No habrá un poco de fantasía, señores artistas? ¡A ver si pué ser!—como dicen los chulos.

La escultura conmemorativa moderna, aplicada á políticos, escritores y demás señores civiles, es francamente horrible. Si el escultor se atiene á la realidad, un señor de levita ó gabán parecerá siempre una figura de cera sin colores; si mezcla lo real con lo ideal, la mezcolanza no es menos detestable: el buen señor rodeado de ninfas ó genios desnudos hace la más triste figura. Recuerdo la estatua del gran Eça de Queiroz en Lisboa, bailando un vals renversée con la Verdad desnuda entre sus brazos; todo ello como interpretación escultórica del lema literario del escritor: Sobre la fuerte desnudez de la verdad el velo diáfano de la fantasía.

No sospechaba artista de tan delicado gusto como Eça de Queiroz, que tan al pie de la letra iban á tomarse sus palabras como esculturales.

Quédese la estatua para perpetuar cuerpos bellos y bellas actitudes, y de los grandes hombres que triunfaron por el espíritu, perpetúese el espíritu en copiosas y artísticas ediciones de sus obras. De este modo llegará su espíritu á todas partes y será la inmortalidad mejor que una estatua ridícula ante la cual el hombre del vulgo preguntará ignorante: ¿Quién será este? Para que su mujer le responda: ¿No lo ves? Un tío muy feo.

Bombita regresa triunfador de Méjico, Madrid y Sevilla le reciben con aclamaciones.

Los hombres graves exclaman una vez más: ¡Qué país este! Y otros hombres que no parecen graves, porque nada les parece tan antipático como las jeremiadas de esos que no encuentran mejor forma de patriotismo que abominar por todo de su patria, decimos y creemos: Que por muchos años vayan nuestros toreros á Méjico y por muchos años sean allí aplaudidos, que peor señal de los tiempos sería para España si una ley en idioma extranjero hubiera prohibido las corridas de toros en aquellas tierras.

IV

Pérez Galdós es siempre admirable: terminados sus cuarenta Episodios; después de haber estudiado para escribirlos, mejor dicho, después de haber vivido para revivirlos, toda la historia contemporánea de España con toda su lastimosa política, en lugar de quedar fatigado, desilusionado y, si se quiere, empachado, con la mayor ilusión del mundo—¿no se presenta como candidato republicano?—se lanza á la política activa.

Y es que Galdós, nuestro único gran historiador, al escribir sus Episodios, ha podido comprender como nadie que, sobre todas las desventuras de la patria, sobre sus luchas civiles y sus pronunciamientos, y las intrigas de camarilla y de partido, sobre Carlos IV, y Godoy, y Fernando VII, y Calomarde, y Espartero, y Narváez y todas las clases directoras que tan malos pastores fueron de este pobre rebaño, esta siempre la masa, la soberana masa, que dijo el mismo Galdós, la masa, verdadero héroe de esos cuarenta Episodios nacionales; y cuando un hombre como Pérez Galdós, después de haber escrito los cuarenta episodios, hace profesión de fe republicana, es porque espera mucho de esa masa; porque es de creer que no será en Salmerón en quien espere.

De todos modos, Pérez Galdós, en lenguaje de empresa teatral, es una excelente adquisición para el partido republicano; y si no va á el sólo llevado de su curioso espíritu, á documentarse para futuras novelas ó comedias, la significación de su nombre glorioso es de gran importancia. Galdós cuenta con incondicionales adictos á su talento y á su persona, cuenta con una juventud que le admira y le proclama maestro; todo eso aporta Galdós á la causa de la República. ¡Ah! Y la espada de Machaquito. No la tuvo mejor ningún partido español hace mucho tiempo.

Entre la Fiesta del Sainete, la corrida de la Prensa, la Semana Santa, para terminar con la corrida de inauguración de temporada, he aquí una semana bien española. Lo picaresco, lo piadoso, lo emocional y lo sangriento en pintoresca mezcla: toda la lira, mejor dicho, toda la guitarra.

Y sobre todo ello y para todo ello, la mantilla, que es tanto como la bandera española, nunca mejor prendida que en nuestras actrices, de tan diversos pero tan castizos tipos de belleza española todas ellas.

D. Ramón de la Cruz y Goya se habrán asomado, allá por un barandal de la gloria—algo como la cúpula de San Antonio de la Florida,—para sentirse más en sus glorias, y los académicos habrán pensado que con tan lucido cortejo no es posible negar entrada al plebeyo sainete en la aristocrática Academia. Los ojos de Rosario Pino bien valen por todo un Diccionario.

Con el sainete vuelve el baile español, casi perdido ya, degradado en esos tangos de un orientalismo de Exposición universal; el baile clásico español, señoril ó popular ó villanesco, pero verdadero baile de arte, el baile por el baile; no como el baile francés, que es siempre decente—porque siempre es un pretexto para enseñar,—ni como el inglés, que, por otros medios, llega á los mismos fines, más gimnasia que baile.—En Inglaterra el sport lo tapa todo ó lo descubre todo.—En Francia aparenta malicia lo más inocente; en Inglaterra aparenta inocencia lo más malicioso.—Sólo el baile español es baile, en una justa ponderación, como el amor sano, ni todo carne ni todo espíritu.

¡Boleras gloriosas que inmortalizaron los nombres de Lola Montes, de la Nena y de Petra Cámara! En la memoria de los viejos se asocia el recuerdo de aquellos bailes al del toreo de brazos de Montes, el Chiclanero y Cúchares: ¡Entonces se bailaba, entonces se toreaba!, dicen estos respetables viejos, y es: ¡Entonces bailábamos, entonces toreábamos!, lo que quieren decir siempre estos recuerdos.

¡Dios mío! ¿No habré yo sido nunca joven? Porque todavía alcancé los tiempos en que las boleras robadas eran fin de fiesta en el teatro del Príncipe, y me parece más divertido el tango con molinete; y de toreros, ví muchas veces á Lagartijo y á Frascuelo, y confieso que no me divertí en los toros hasta el advenimiento del Guerra con todos sus modernismos tan censurados.

Por fortuna, dentro de pocos años la Imperio y el Guerra serán tan clásicos como la Nena y Montes, y con qué desdeñoso gesto diré yo á mi vez: ¡Como se bailaba entonces, como se toreaba ... y como se escribía! Porque yo también seré clásico. ¿Por qué no? Comparado con el cinematógrafo, que será toda la literatura dramática del porvenir al paso que vamos.

V

Las naciones que han convenido en llamarse civilizadas, tienen, como suele decirse, cosas de á cuarto. Apenas en un pueblo de los llamados salvajes se atropella de cualquier modo á un súbdito de alguna de las susodichas naciones, ponen todas el grito en el cielo y el cañonazo en la tierra, y amenazan con meterse todas como Pedro por su casa y el Kaiser por la de todos, para hacer un ejemplar escarmiento en los infelices salvajes, y mientras, en el propio territorio de esas grandes, fuertes y civilizadas naciones, en sus mismísimas y civilizadísimas capitales, campan bandidos de toda especie que asesinan, roban, estafan y atropellan á naturales y á extranjeros; y si cada vez que esto sucede se hablara de intervenciones, no pasaría día sin una conflagración mundial, como ahora se dice.

Y al hablar de bandidos, no lo digo por el Pernales, que España en esto también apenas puede llamarse civilizada, y bandolerismo es éste de lo más inocente y primitivo, como de jácara ó romance; pero léase cualquier periódico de París, y como la cosa más natural, sin comentarios y sin aspavientos, raro es el día que no traen sección especial dedicada á las proezas de apaches, cambrioleurs, souteneurs y demás productos de una civilización admirable. ¿Qué diríamos si aquí sucediera algo parecido, ó qué dirían los franceses si los moros menudearan tanto y con tal desahogo sus atropellos? Fuera del centro de París es más aventurado pasearse á ciertas horas que explorar por el centro de Africa, y mucho más ciertamente que pasear á cualquier hora por cualquier lugar de Marruecos.

De Londres no se diga; asustan las recomendaciones y advertencias que recibe cualquiera que llega á la poderosa Metrópoli, y todas son pocas para evitar y prevenir emboscadas, atracos al cloroformo y otras menudencias.

En los Estados Unidos el robo á mano armada, el chantage, el timo en todas sus manifestaciones, han llegado á tan suprema perfección, que ya no se sabe si clasificarlos entre las ciencias ó entre las bellas artes.

Esos piratas modernistas de que nos habla la prensa, que desalojan una quinta de todo el ajuar y mobiliario y lo transportan á un barco especial, con toda comodidad y elegancia, son el último chillido de la civilización. Y nadie se asusta ni pide urgente remedio.

En cambio, ya verán ustedes correr por toda la prensa europea la leyenda de nuestro Pernales, y en cuanto á los infelices moros, ¡cuidadito con pisar siquiera á un civilizado! ¡No faltaba más! ¿Es que no habrá nunca seguridad personal en Marruecos?

Sería preciso saber quien tiene la culpa de que no la haya.

Dice la mamá al niño:—Pepito, no tires del rabo al gato.—Si yo no le tiro, no he hecho más que agarrarle; el que tira es el, por eso chilla.

Marruecos es siempre el gato; Europa no le tira del rabo, no hace más que sujetarle, el que tira es el y por eso chilla y alguna vez araña. ¡Pobre gato! Todavía recuerdo que fué león en algún tiempo; pero ya si la piel de león no le alcanza, no le queda siquiera el recurso que aconsejaba el sabio, de empalmarla con la de zorro, porque su piel la han agotado entre todas las naciones civilizadas para su diplomacia.

Desde que paso la moda—pícara moda que tanto se detiene en las frivolidades y tan de ligero pasa por las cosas serias—de asistir á los conciertos del antiguo Príncipe Alfonso, en cuántas restauraciones se ha intentado en Madrid de aquellas fiestas musicales, con excelente propósito todas y éstas de ahora, dirigidas por el maestro Arbós, con entusiasmo y constancia dignos de todo estímulo y aplauso, se ha notado siempre el absentismo de la clase más distinguida de nuestra sociedad. Y digo yo: para esas familias fundadoras de sábados blancos ¿qué espectáculo menos peligroso y de mejores garantías que éste?

¿Ó creen ustedes, como el conde Tolstoï, que hay música pecaminosa y una sinfonía de Beethoven ó una fantasía de Berlioz pueden turbar la limpidez lacustre de las almas cándidas?

¿Ó es que teméis á los verdaderos aficionados, que estorbarían con sus protestas vuestra bulliciosa cháchara?

¿Ó es que la música, sin gorjeos de tiple ó arrullos de tenor, os aburre?

De cualquier modo, vuestra ausencia de los conciertos no marca un buen punto en vuestra cultura ni en vuestro interés por el arte nacional. Claro es que vuestras razones tendréis para no asistir; pero si la decisiva fuera la del aburrimiento—aburrirse con Beethoven ya es una distinción como otra cualquiera,—hay un medio de conciliarlo todo. Podéis pagar vuestro abono y regalarlo después á familias modestas que, sin duda, agradecerían el regalo. ¿Que sería una primada? No lo niego; pero yo os hablo en nombre de la distinción, y eso es lo que hacen en otras partes las personas distinguidas cuando se creen en el caso de proteger el arte de su patria: pagan, y cuando el espectáculo les agrada, asisten, y cuando no, regalan su localidad ó se quedan en casa, pero no chinchorrean á empresas y á autores exigiendo obras especiales y cambios de función por no perder un solo día y sacarle el jugó al abonito. Y no cuidarse del dinero ni del cartel, eso es lo chic.

El dinero ya se que no os importa, ni el cartel tampoco debe importaros, porque si no, debiera parecéroslo de ignominia que sobre la taquilla del Circo aparezca todos los jueves de moda el cartel de: «No hay palcos ni sillas», y en la de los conciertos del Real: «Sólo quedan palcos y butacas».

Por lo demás, toda mi simpatía—toda mi admiración están con el Circo. Mucho ha perdido de su encanto con la intromisión de números más propios de Music-hall que del circo clásico, el de los caballitos, el de los volatines, el de los payasos, como le amábamos de niños.

¡Qué efímera gloria la de sus artistas! Su cuerpo es toda el alma de su arte. Para ellos, como para las mariposas en el año, sólo hay una edad en la vida. Su arte y su gloria van unidos á la juventud, á la fuerza, á la agilidad, y cuando acaban, aunque viva el cuerpo, su arte no puede sobrevivirles.

No se da un salto mortal como se escribe un libro ó se pinta un cuadro ó se compone una ópera, con recursos de la experiencia cuando faltan alientos de la juventud.

¡Ah, si para todo arte y toda gloria suya existiera ese momento fatal y preciso que advirtiera llegado el fin de los saltos mortales! Pero el espíritu se cree siempre joven, y mientras aletee ya le basta para creer que vuela.

¡Felices los acróbatas del circo que sólo tienen la juventud para su arte, aunque muchas veces sólo tengan el hospital para la vejez!