Los leños vivientes - Fabián Dobles - E-Book

Los leños vivientes E-Book

Fabián Dobles

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Beschreibung

Los leños vivientes es una versión novelada de los acontecimientos sociales y políticos que giran alrededor de la Guerra Civil que ocurrió en Costa Rica en el año 1948. Este suceso histórico polarizó al país y desencadenó una serie de represalias hacia quienes defendían los intereses de la clase trabajadora y en particular las Garantías Sociales promulgadas unos años antes. La pluma de Fabián Dobles narra desde diversos puntos de vista las situaciones que vivían los hombres y las mujeres de los sectores populares y marginales en aquella época. En la novela desfila una polifonía de voces que da cuenta por medio de técnicas narrativas vanguardistas de historias fabuladas y sucesos reales ocurridos antes y después de aquellos días que ensombrecieron la vida nacional. Los leños vivientes presenta un panorama de los diversos estratos sociales y de algunas regiones geográficas del país en las que se desenvuelven personajes de distinta índole sobre todo quienes han sido recluidos y también marginados y luchan por la justicia y trabajan solidariamente por alcanzar una vida digna.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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CUBIERTA

PORTADA

Fabián Dobles

LOS LEÑOSVIVIENTES

ÍNDICE

CUBIERTA

PORTADA

ÍNDICE

PRÓLOGO A LA CUARTA EDICIÓN

El artista es intensamente político

La huella de la maestra

Una narración coral

NOTA PRELIMINAR

LOS HIGUERONES

I

II

III

LAS MAÑANAS

IV

V

VI

VII

VIII

IX

X

XI

XII

XIII

XIV

XV

LOS HIGUERONES

XVI

LAS NOCHES

XVII

XVIII

XIX

XX

XXI

XXII

LOS HIGUERONES

XXIII

XXIV

SUMARIO DE CAPÍTULOS

CRÉDITOS

PRÓLOGO A LA CUARTA EDICIÓN

LOS LEÑOS VIVIENTES: EL MANIFIESTO POLÍTICO-ARTÍSTICO DE FABIÁN DOBLES1

Leonardo Sancho Dobles2

Los leños vivientes es un revelador ejercicio de teoría y práctica sobre la política y el arte; sin embargo, se trata de una novela que no ha tenido la misma difusión ni recepción, como otros libros de Fabián Dobles. Fue publicada originalmente en el año 1962 por la Imprenta Elena y le han sucedido solamente dos ediciones más, en 1979 por la Editorial Costa Rica y en 1996 por la Editorial Universidad Nacional; además, forma parte del conjunto de las Obras completas del autor, publicadas en el año 1993, en coedición entre la EUNA y la EUCR, y posteriormente en el 2018 por la EUCR, en ocasión del centenario del nacimiento del autor.

Es posible que, por tratar temas relativos a la Guerra Civil del año 1948, sobre esta novela se ha establecido una suerte de censura velada3. El cuidadoso manejo de las variantes del lenguaje, junto con un singular tratamiento de las estructuras narrativas4, vanguardistas o de ruptura si se quiere, hacen de Los leños vivientes un texto bastante particular que va mucho más allá de una exposición de los crueles acontecimientos vividos por algunos costarricenses en aquellos años, pues la amalgama entre su forma y su contenido es evidencia de que se trata de una novela bastante significativa dentro de la literatura costarricense, que bien se puede comprender como un manifiesto en el cual Fabián Dobles plantea de manera teórica y práctica su pensamiento sobre la política y el arte.

Como consecuencia de la Guerra Civil de 1948, que lamentablemente dividió al país en dos bandos, en el mes de mayo de ese año y a solicitud del Consejo Estudiantil, Fabián Dobles fue obligado a renunciar a la Universidad de Costa Rica5 por sus convicciones políticas, fue perseguido y humillado en público y encarcelado en la Penitenciaría Central, donde estuvo recluido un tiempo como muchos otros costarricenses. Catorce años después, precisamente en 1962, el año de la primera publicación de Los leños vivientes, el escritor fue cesado de su trabajo como profesor del Liceo de Costa Rica con la excusa de haber realizado un viaje a Cuba a inicios de ese mismo año, aunque lo que en realidad resultaba incómodo para las autoridades políticas era su militancia en el partido Vanguardia Popular.

El artista es intensamente político

Las ideas del autor sobre la política y las artes han sido siempre claras y se encuentran diseminadas en algunos de sus artículos y ensayos publicados en la prensa nacional del momento. Por ejemplo, en un artículo fechado en 1951, propone que “…el hombre, por hombre social que es, vive también en hombre político. Vivir es tener partido”6, luego plantea que:

El ser humano, por el hecho de serlo, hace política, el artista, como artista, es intensamente político en su obra, pues ésta significa de cualquier modo una actitud mental y emocional, una concepción del hombre y su destino. Nadie que piense puede dejar de militar ideológicamente7.

Once años después de esta publicación, y a raíz de haber sido suspendido del servicio como profesor en el Liceo de Costa Rica, el escritor argumenta que:

Tengo capacidades para extraerle al medio en que vivimos las ventajas que muchos mentecatos le extraen hasta lograr pasarla como reyes. Pero prefiero vivir modestamente y sufrir la eterna persecución de las fuerza[s] retrógradas con tal de mantener sana y alegre mi conciencia. No soy ni seré nunca un peligro para el régimen democrático ni para la tranquilidad de mi pueblo. Pero, aunque respeto el criterio ajeno, y especialmente el de mis alumnos, nadie logrará nunca obligarme a decir que lo oscuro es claro, o que el crimen es virtud, o que la miseria de los pueblos es obra de la voluntad divina8.

Finalmente, en este mismo artículo del año 1962 propone que:

He usado mi pluma para ayudarle a mi pueblo y no para corromper la conciencia de nadie. Discrepo de las ideas políticas de otros. Mas no pretendo imponerle las mías a nadie. Mis ideas políticas son limpias de cálculos, de rencores, de intenciones ruines. Son nobles, tal como he querido que sea mi vida9.

Como se puede observar en estas ideas, el pensamiento político de Fabián Dobles es inherente a su vida y, a la vez, es inseparable de su creación artística y también de su compromiso con la sociedad en busca siempre del bien común.

La huella de la maestra

Esta forma de entender el oficio de quien escribe es una clara herencia de María Isabel Carvajal, precisamente a quien el escritor le dedica la novela. Los leños vivientes es un claro homenaje a Carmen Lyra, cuya voz “se confunde con canción de la multitud” en uno de sus pasajes; además, el texto de Dobles dialoga con los textos “Bananos y hombres” (1931) y “El grano de oro y el peón” (1932) de la maestra costarricense, en los cuales la pluma de la escritora expone las diferencias entre las distintas clases sociales y hace conciencia en las personas trabajadoras de su lugar y del valor de su trabajo en un sistema capitalista: peones, los obreros y obreras de las plantaciones bananeras, o las mujeres y hombres que recolectan el café, quienes sufren explotación laboral por parte de las transnacionales o por parte de los dueños de las haciendas cafetaleras y llevan el designio de sus luchas y conquistas políticas y sociales que trascienden el tiempo; precisamente, como lo escribió Dobles en algún momento en el poema “A Carmen Lyra”, se trata de aquellas gentes:

que estrecharon de corazón las suyas dadivosas

en los hombres del pueblo por los que sus afiladas velas desplegábanse

embistiendo borrascas

en los rojos pulmones donde se forja el grito que ella también clamaba10.

El legado de la maestra se puede percibir en la novela en el caleidoscopio de personajes que conforman la mayoría de sus voces y acciones, ya que en ella desfilan campesinos, obreros, jornaleros, zapateros, carniceros, oreros, muelleros, hacheros, zanjeros, macheteros, ferrocarrileros, boteros, peones, migrantes centroamericanos, indios, negros, líderes y dirigentes sindicales; se trata de mujeres y hombres del pueblo que representan los sectores marginales de la sociedad en contrapunto, a la manera de “Niños” y “Nochebuena” en el conjunto de relatos “Bananos y hombres”, con las élites del poder como la burguesía, los banqueros, el clero, los finqueros terratenientes y cafetaleros, los empresarios, los militares, los emisarios extranjeros y las transnacionales.

Una narración coral

La novela Los leños vivientes se comenzó a fraguar en 1947, como lo atestiguan los documentos que conforman el archivo personal del escritor, y consta de cinco partes divididas en capítulos; el eje de la narración lo conforma “Los higuerones”, donde se ubican los personajes que están recluidos en la Penitenciaría Central y sobre este eje se intercalan las narraciones que corresponden a las partes tituladas “Las mañanas” y “Las noches”. Con cada una de las secciones la estructura de la novela se organiza a manera de un tejido de voces, recuerdos, pensamientos, situaciones y relatos insertados como si se tratara de un coro de consignas, o un mosaico a manera de un collage de carteles, en un desfile o en una manifestación popular en la que se exaltan las luchas sociales y las conquistas de los trabajadores donde la narración verbal se funde y confunde con lo visual y lo auditivo; además, la música y la naturaleza se entretejen también entre las voces y los pensamientos de los personajes.

Aunque la narración no está del todo focalizada en el personaje, las acciones de la sección denominada “Las mañanas” gravitan en torno a Tista Valerio, mientras que en las de “Las noches” ocurre algo semejante con el personaje Belisario Albajes. En el texto se interpolan voces, diálogos, pensamientos e imágenes, de manera que la novela se constituye en una narración coral, polifónica. Hacia el final de la sección titulada “Las mañanas” se relata un desfile del 1º de mayo en el que participan campesinos, peones, jornaleros, trabajadores del pueblo, entre otros gremios, mientras que en las últimas páginas de “Las noches” se narran las jornadas de viaje de los obreros bananeros de la zona sur del país cuando atraviesan el Cerro de la Muerte y se dirigen hacia la capital para participar en el “Desfile de los machetes” que se llevó a cabo el 12 de octubre de 1947 como apoyo al gobierno de Teodoro Picado, las garantías sociales y el Código de Trabajo. A partir de estas manifestaciones populares, las partes de la novela “Las mañanas” y “Las noches” conforman un espejo doble en el cual se ven reflejados los movimientos sociales que reivindican la dignidad de la clase trabajadora en la historia nacional.

Los espacios narrativos de Los leños vivientes, en su mayoría, se ubican en las marginalidades, el sur de la capital y el sur del país, barriadas empobrecidas y zonas inhóspitas como los bananales de Golfito o, bien, es el espacio de la reclusión, la Penitenciaría Central; en los márgenes y en el aislamiento circulan, dialogan y habitan los personajes de la novela. Ahí tienen cabida homenajes personales del autor, como un guiño al asturiano Adolfo Braña, en el personaje de Pedro Canalías, y a Federico Picado, mártir junto con otros cinco compañeros en la emboscada del Codo del Diablo, episodio oscuro en la historia nacional que se hila en la novela a manera de una corrida de toros improvisada en la penitenciaría, mientras algunos personajes juegan a narrar el evento por la emisora TI-PENI desde el segundo piso de la edificación. En ese mismo espacio de encierro, hacia el final del texto cuando los prisioneros hacen fila para recibir su ración de comida, el pensamiento del personaje de las manos flacas se desdobla en la conversación entre dos aves, dos comemaíces, que luego levantan el vuelo a manera de una metáfora de la libertad humana.

Los leños vivientes es la evidencia y también la puesta en práctica de las ideas de Fabián Dobles sobre la política y el arte porque, como una vez lo planteó él mismo:

La mitad o más de la vida de un hombre es su obra; y en ésta se encuentra expresado un estilo de vida, que es también estilo político, expreso o disfrazado. Cuánto más fuerte y claro será este reflejo del hombre-artista, especialmente explícito y observable en el escritor, que trabaja con palabras. Por lo demás, es en literatura donde la polémica adquiere su más interesante aspecto11.

Si bien es cierto se trata de una novela que se refiere a las causas y consecuencias de la Guerra Civil del 48, en una singular amalgama entre su forma y su contenido, también es el texto de las luchas de los trabajadores y sus conquistas sociales, la toma de conciencia de clase, la organización y la solidaridad humanas12, antes, durante y después de aquellos acontecimientos de violencia que marcaron y dividieron el país y que todavía hoy ensombrecen la historia nacional.

Queda pendiente la tarea de ubicar, con la debida justicia, Los leños vivientes en el devenir, anterior y posterior, de la novela y de la historia del pensamiento político costarricense.

1 Una versión preliminar de este texto fue publicada en el suplemento “Los Libros”, del Semanario Universidad, en el mes de agosto de 2023, número 369.

2 Catedrático de la Escuela de Estudios Generales de la Universidad de Costa Rica.

3 “La novela histórica de Fabián Dobles ‘Los Leños Vivientes’ (Imprenta Elena, 1962) nos presenta capítulos de pasajes literarios de dramas y sucesos, después de la Guerra Civil, de cuando dio inicio la violencia, persecución, represión y los encarcelamientos de los comunistas. A esa novela tampoco se le dio amplia difusión ni se valoró en todo su contenido como parte de nuestra memoria política”. Chacón, Lenin “Hace 73 años: Versiones contrapuestas, Guerra Civil de 1948 y Pacto de Ochomogo”, ElPaís.cr, 25 de abril, 2021, tomado de https://www.elpais.cr/2021/04/25/hace—73—anos—versiones—contrapuestas—guerra—civil—de—1948—y—pacto—de—ochomogo/ Recuperado el 20 de junio de 2023.

4 “Nunca ha tenido Fabián Dobles problemas con el dominio del idioma. Ahora lo sigue ejerciendo pero, además, le ha agregado otro dominio conseguido a través de miles de páginas escritas, rotas y vueltas a escribir: el dominio del oficio. La novela indica que el autor adquiere ya la categoría, independiente de todos los demás valores suyos, de ‘constructor de novelas’. Muy bien construida ‘Los leños vivientes’, a pesar de que cierto deshilachamiento envuelve algunos pasajes en velos nebulosos”. Piedra, José, “‘Los leños vivientes’, La última y mejor novela de Fabián Dobles”, Adelante, 18 de marzo de 1962.

5 Fumero, Patricia, “Se trata de una dictadura sui generis. La Universidad de Costa Rica y la guerra civil de 1948”, Anuario de Estudios Centroamericanos, 23 (1-2), 1997, pp. 126-127.

6 Dobles, Fabián, “¿Arte para el hombre?”, Obras completas, tomo II, Editorial Universidad de Costa Rica, 2018, p. 408.

7 Dobles, Fabián, “¿Arte para el hombre?”, Obras completas, tomo II, Editorial Universidad de Costa Rica, 2018, pp. 408-409.

8 Dobles, Fabián, “Fabián Dobles contesta al fascismo”, Adelante, 18 de marzo de 1962, p. 14.

9 Dobles, Fabián, “Fabián Dobles contesta al fascismo”, Adelante, 18 de marzo de 1962, pp. 14-15.

10 Dobles, Fabián, “A Carmen Lyra”, Obras completas, tomo V, Editorial Universidad de Costa Rica, 2018, p. 357.

11 Dobles, Fabián, “¿Arte para el hombre?”, Obras completas, tomo II, Editorial Universidad de Costa Rica, 2018, p. 409.

12 “En toda la novela, en las relaciones entre los personajes, predominan la amistad y la solidaridad. Pareciera que el escritor ha observado con detenimiento ese detalle en el costarricense, pues no es solo en este relato donde se da, sino en todas sus obras. En alguna de ellas, la narración termina precisamente con una frase alusiva a la amistad. Y es la amistad, como suprema relación entre los hombres, la que por encima de todas las vicisitudes parece sobrevivir, como una de las mejores esperanzas humanas. Junto a ella está la solidaridad, en la ayuda que se prestan unos a otros esos personajes, aun los que tienen muy poco que dar. Las novelas de este escritor son optimistas, nunca dan la causa por perdida, siempre queda un rayo de esperanza, y ese optimismo parece fundamentarse precisamente en la amistad y la solidaridad, que ponen de manifiesto la fe que Fabián Dobles tiene en el hombre. Esta novela está narrada desde una perspectiva ideológica definida, pero ello no le quita sentido, sino que lo acrece a esas cualidades humanas señaladas”. Salas Zamora, Edwin, “Los leños vivientes de Fabián Dobles”. Nuevo Humanismo, 5, 1979.

NOTA PRELIMINAR

La primera edición de Los leños vivientes apareció en 1962 y acaso si llegó a una pequeña parte del público, por circunstancias, unas muy propias del ambiente político-social de esos años, y otras a causa de su misma presentación tipográfica, tan pobre que no estimulaba para nada a su lectura. Así puede creerse porque, no obstante que aquella primera salida se agotó, pareció como si se la hubiera tragado la tierra.

No sería sincero decir que inesperadamente –lo esperaba– ha comenzado este libro a llamar la atención, y a hacerlo con diferente perspectiva, en particular a gente nueva ahora habituada a modos no siempre tradicionales de narrar. ¿Por qué? Uno puede suponer que por tratarse del testimonio novelado –apasionado y vivo– de un autor a quien acontecimientos duros y convulsos indujeron a continuar escribiendo relatos que antes de aquellos sucesos venía desarrollando, a cuyos personajes los hechos violentos terminaron entrelazando en la novela, como en verdad aconteció con muchos costarricenses.

Al novelar, este autor no se interesa por las situaciones y las personas de la realidad sino para auscultar en ellas la vera realidad de las personas y las situaciones. Por eso no son aquellas las que se cuajan en su relato. Nadie busque a los personajes de este libro en su memoria. Encuéntrelos en su corazón y en la comparación de muchas vidas y algunos acontecimientos que recuerde, con la suya propia y su conciencia.

El autor

A Carmen Lyra

LOS HIGUERONES

I

1948

—Llaman a la puerta. ¿Has oído?

—¡Sí, llaman! Pero esta vez no es el lechero. Son los nudillos de las culatas, que han madrugado antes que los gallos.

Como dormían con la paja tras la oreja no les ha costado despertarse. La mujer lo abraza y él la besa. Ella en realidad besa su espinazo.

—No hay escapada posible, hija.

Al abrir la puerta, aquel hombre de manos delgadas ve los fusiles que lo encañonan y oye la orden de un teniente bizco:

—Vístase y véngase inmediatamente.

Poco después va en un yip, rodeado de carabinas y un vientecito madrugador que no le puede el bueno entrar en el espíritu, pues él se ha convertido en piedra; solo que piedra viva. Es la primera vez que lo conducen a la cárcel. No es, sin embargo, la primera en que está a un pelo. Ha venido viviendo estos días a salto de mata entre esconderse por fuerza y tener que hacer frente a un nuevo y desacostumbrado trabajo.

Muchos portones se abren y cierran antes de encontrarse en medio de los presos que lo han precedido en la penitenciaría, donde rostros burlones lo reciben. Son algo más de dos centenares, de los que conoce por lo menos la mitad. Un hombre de firme caminar se acerca y le extiende sus brazos:

—Pardiez, qué gusto verte por acá. Ven, ven. Y no te aflijas, que vamos a divertirnos.

Es el español Pedro Canalías. Inicia entonces con él un recorrido por las celdas del pabellón, cuyas paredes son archivos atestados de inscripciones e indecencias. De tanto en tanto los goznes del portón general chirrían:

—Barco llega –gritan aquí y allá–, de veinte chimeneas, chimeneas que, la mayoría con su atado de ropas, se desperdigan entre el conjunto.

Trata luego de integrarse en algún grupo y platicar, mas todavía no acierta a desprenderse de su otro yo, empecinado en errar puertas afuera.

—Hombre, no te achiques –le repite Pedro.

—Pero si no, qué te creés.

Nadie sabe aún el motivo específico de su encarcelamiento. Se sospecha, se lucubra, mas lo único claro son este cerco de paredones, un triángulo de cielo, y hombres que conversan y se mueven.

Al mediodía ya suman un millar. Los de provincias dicen que a ellos los envían porque las cárceles locales están que revientan.

Hacia la tarde, el de las manos delgadas se siente más acostumbrado a los incesantes ruidos que de todos lados llegan, entreverados y confusos. Desde las rejas se pone a observar a los presos comunes aglomerados en el pabellón de enfrente para verlos a ellos, y hace un descubrimiento: Se confunde el efecto sombrío de las rejas sobre los semblantes, con los semblantes mismos.

Uno de los guardianes le pasa la comida. Dentro del paquete, un papelito de su mujer. Se aparta a una celda, busca un rincón cerca de una claraboya que alarga su limosna de luz, y lee. Un compañero le presta un lápiz y escribe la contestación. En seguida trata de masticar algo, pero acaba por dárselo todo a un friolento campesino. Le envidia su apetito, porque él, en cambio, siente que se ha detenido, y que ahora, comenzando a anochecer, más bien se encuentra en la mesa de su casa, aunque está en amigable charla con un machetero de la zona bananera. Después, habiendo surgido un tablero de ajedrez, juega una partida con Federico Picado, dirigente obrero de Puerto Limón. Empero, discurre, uno es como miríadas de sombrerillos dentro de su sombrero. Federico quizá no lo sospecha, aunque se le nota a las claras que a su vez está rumiándose lo suyo. En tanto que Pedro Canalías los mira jugar interesado como un babieca, llama la atención al de las manos un negro de grandes cicatrices en la frente, que también sigue el tablero, pero lo ve como si con los demás flotara en el vacío, pues ha ido insensiblemente cayendo en un sopor. Casi ni se percata de que han acabado la partida y ya mueven las piezas iniciando otra.

El negro se aproxima entonces; señala un alfil; luego apunta su largo dedo hacia un caballo; pero continúa mudo.

—Si movés ese peón te como la torre –dice Federico.

—Así yo te fusilo la Reina, viejo –responde el de las manos, y observa que el negro continúa como queriendo ser parte en el encuentro, pero no se atreve. Le hace la impresión de que es muchos hombres horrorizados.

El miedo, la persecución –piensa–. Los he visto en centenares, miles de rostros. Gentes que ululan como el viento buscando trabajo. En estos momentos miles de niños piden un pedazo de pan.

El negro dice:

—No, así no –pero de inmediato se repliega desconcertado detrás de su corbata de seda, su camisa blanca, su americana vieja pero impecable. El de manos delgadas comprende que los teme hasta a ellos, todos.

Sí; han dejado sin bocado a miles, sitiándolos, acosándolos dondequiera que estuvieran, hasta en el más insignificante puesto de la más diminuta empresa privada.

Hum... Se empieza a notar cierto revuelo que como onda expansiva va apoderándose de todo el pabellón. Dejan la partida momentáneamente.

—¿Qué sucede?

—Cualquier cosa, muchachos –les explica Canalías–. Que se acercó un capitanzuelo al portón y amenazó con que a todos estos hijuetales los vamos a fusilar sin mucha carajada.

El negro se ha puesto lívido.

—Pero no sean ocurrentes –dice el de las manos–; no les convendría. Ese capitán es un conocido camisa negra. Exabruptos de gente que se encontró gobernando de buenas a primeras.

Federico responde:

—Compañeros, no crean; por las muestras que han dado, son capaces de hacerlo.

¿Existe un asomo de premonición en ciertos hombres?

El de las manos ya no logra seguir interesado en la partida, al punto de que minutos después Federico le da mate sin que ni uno ni otro sepan cómo.

A las siete de la noche (si el reloj de Canalías no ha perdido con todos ellos la noción del tiempo) los corredores que dan al patio se han descongestionado, porque muchos presos se han guarecido en las celdas del mejor modo a su alcance. Se ven en ellas colchones, unos pocos gangoches, unas cuantas cobijas, pero la mayoría se acuesta en el puro mosaico; contados son los que han tenido tiempo de apertrecharse para estar menos incómodos. Y no deja de tener gracia ver patazas de labriegos sudorosos a escasas pulgadas de la cara de un abogado, comerciantes de buenas entradas tirados junto a barbudos zapateros, albañiles sin trabajo y peones de carreteras. Un sastre bajito le dice a un muellero de estatura gigantesca:

—Bueno, me hago el cargo de que la estiré; de todos modos si uno compra un boleto para el otro, la vieja y los chiquillos tienen que entendérselas en este solos.

—Hombre, sí; pero no cuadra.

Viene hacia el de las manos carcajeándose a todo vientre un tipo gordo:

—Mirá, mirá –le muestra un bichito que trae entre pulgar e índice–. Alepaticos –recalca, y va a buscar a otro para atormentarlo.

Qué de extraordinario tiene –piensa–; si ya lo sabía de mi propio pellejo, y no es por cierto lo que atormenta. Es el viento que pasa a través de las rejas por la ventana donde como vestido a rayas se distingue un bocado de aire libre... Sospecho que los demás están creyendo que no llevo mi encerrona con alegría, porque me ven, mas no me oyen. Ignoran que mi mundo es el que me rodea, pero también el que me circunda desde dentro y con el que me siento siempre acompañado. Y vuelve a encontrar al negro.

—Idiay, Ustos, ¿por qué tan callado? Dicen que parecemos almas en pena –y sonríe.

Ustos mueve la cabeza respondiendo y no respondiendo. Pareciera como si experimentara aprensión de su propia voz:

—Es que, ve... a mí me ha tocado... muy...

—Sí, hombre; durante aquellos días te dimos por muerto. Yo no te conocía más que de oídas. Ahora tengo el gusto de verte... vivo.

Paso a paso va logrando que le converse en monosílabos Ustos Robinson. Están en el patio, junto a la muralla, pero observa que aquel rehúye el tema, como sonámbulo. En eso llega Canalías:

—Ustos ha saboreado una pajita de lo que millones vivimos en todo su horror en los campos de concentración. ¿Qué te crees, que solo tú has estado en la descascaradora? Mira que son espesos algunos carajos. A este asturiano que tienes enfrente le dosificaron los nazis la fritanga por largos dos años. Oyeló, oyeló, Ustos, que me daban unos papirotazos. Uno sabía que sus días se contaban con los dedos.

—Yo los contaba por minutos –musita Ustos y, espiando a uno y otro lado, añade en voz baja–: A saber si entre todos esos no hay dos o tres que...

—¿Que han metido de orejas? Ja, ja, ja –Canalías–, tenlo por seguro, pero donde estamos no pueden oírnos.

Acuclillados bajo la techumbre de un cielo estrellado, aún conserva el pavimento calorcito del sol y no deja de ser agradable, pues la noche se ha enfriado.

—No podía imaginar que me tuvieran en lista. Durante la lucha armada me estuve en casa. Claro, todo el mundo sabía cómo pensaba yo, pero que pudiera significar algo, ay, mi madre, no se me podía ocurrir, uno entre miles como era. A patadas y culatazos botaron la puerta. Mientras me encañonaban sentí un leñazo en el cogote y caí redondo. Otro culatazo, y otro, y otro...

Robinson sabe que posee una voz melodiosa y se complace en imprimirle inflexiones aterciopeladas:

—Me llevaron a golpe y porrazo de mi casa a la policía, de la policía a Tres Ríos, de allí a Cartago. ¿Vos sos Robinson? Paf, allá iba el trancazo. ¿Vos sos Ustos Robinson? Din, dan, don, allá te daban más. Yo me iba embruteciendo; no respondía nada a nada. Sabía, sí, que era Robinson, ven, pero comenzaba a dudar si yo estaba o no en mi pellejo propio. Dondequiera que encontraban gente paraban el yip y me señalaban: este es; mírenlo bien, recuérdenlo bien. Y las mujeres me escupían. En medio de mi embrutecimiento, poco a poco me fui dando cuenta de que me atribuían no sé qué, y yo até cabos: un negro, Robinson como yo, quién sabe qué hizo, o qué creen que hizo... Bueno, lo cierto es que horas después, cuando era apenas un montón de Ustos en una celda de Cartago, mi mente estaba tan embotada que me hallaba seguro de ser aquel otro. Llegó un individuo, me pateó y me dijo: alístese, que va para el paredón. Ay, madrecita.

Se ha serenado al establecer comunicación y eso lo ayuda a desanudarse.

—¿Y qué, no sentiste un gran horror?

—Lo siento ahora, carambas, lo he sentido después mil veces. Allí, ¡no ven!, era solo un saco de carne viva. Ya nada me importaba. Amigos, no es fácil comprenderlo; habían pasado tantas horas. Aunque, la verdad es que no estoy seguro de si más bien fueron días. Me exhibían aquí y allá como un trofeo. Golpe libre; aquí está este negro para apabullarlo. Carambas, que tengo el cráneo duro; no sé cómo no me lo partieron. Ven, en esas circunstancias casi es natural que llegue uno a desear su aniquilamiento. Sí, quería que acabaran conmigo cuanto antes. Por suerte cierto amigo mío que había peleado en su bando consiguió un aplazamiento, cuando ya yo me daba por muerto, y pudo probar que yo no era el otro. A este ya le habían apagado el resuello días antes. Sin embargo –murmura bajando tanto la voz que cuesta oírlo–, yo fui durante aquello ese fulano. Carambas, llegué a serlo... Me cercaban tantos coyotes dispuestos a ser mis verdugos, que resultaba materialmente imposible dudarlo. Yo había estado donde decían y había hecho lo que querían. El que pasó en mi casa, ese, de seguro vivió soñando o sencillamente se volvió loco entonces y no se dio cuenta de sus actos... Una pelota de huesos apaleados no puede atinar, amigos –termina, y mira pensativo, extendiendo sus manos.

—Chico, te aplicaron el taladro. A mí, allá, me fueron atornillando a porciones, y, ya ves, ambos estamos para contarlo.

—Pero a usted, Pedro, ¿de qué lo acusaban?

Se carcajea con estruendo el español:

—¡Repara en qué pregunta me haces, Ustos, reparaló! Nos acusaban, a ti y a mí, a todos nosotros, no de actos concretos, ¡coño! Tú te has creído que eso te sucedió por el Robinson de los actos, si los hubo, pero te equivocas de fijo. Te aconteció por tu color: el de dentro y el de fuera. De otra guisa no te hubieran confundido. Fundamentalmente te cobraban los sesos.

—Y casi, miren –dice el de las manos delgadas.

—Mi madre, pero si yo no he sido un político.

—Lo eres aunque no lo quieras. Quien vive hace política, porque existir es tener partido. Fíjate, Ustos, no ignoran ya quién eres, pero otra vez te traen acá. Si antes decían castigarte, ahora dicen temerte como a bestia peligrosa. No interesa lo que digan, aunque se lo crean, sino lo que hagan.

Y el de las manos:

—Te odian porque saben que jamás te engañaste. Tampoco yo empuñé armas de fuego. Escribí artículos, garrapateados sobre la marcha. Visité a los heridos; ayudé en trabajos de rutina, como tantos... Pero con o sin eso lo mismo hubiera sido. Se ha vuelto delito el pensamiento y acto corriente y lícito torturar a Robinson, el negro sabidillo como vos; o al ignorante y zafio que debió de ser el otro, ametrallarlo junto a un zanjón.

El español:

—Olvídalo; piensa que no has sido solo tú, anda.

—Es difícil, amigos, porque, carambas, ahora me arrepiento, casi que me arrepiento de no haber sido el otro Robinson. ¿Ven? Ahora sé lo que es el odio. Se encargaron de enseñármelo. ¿Qué hicieron de Ustos el manso? –y se aprieta la cabeza.

—Perdonen; cuando hablo de esto no sé qué es de mi almita –dice luego.

—Vaya, vaya –acaba el asturiano–, déjate de cuentos, Ustos. Han dejado allí un tablero. ¿Le haces?

Y a poco, bajo la escasa luz del corredor, ya Ustos se está rascando las sienes discurriendo cómo perforar la muralla que Pedro le ha formado.

El de las manos los deja, frente contra frente. Va a ver si encuentra en la apretujazón de una celda lugar para dormir. Dice por decir a todos aquellos hombres, que son como palillos de fósforos en su caja. El panzón de los alepates se chancea:

—La diferencia es que los palillos tienen de veras fósforo en la cabeza, y nosotros horchata. ¡Habernos dejado atrapar como conejitos!

Y alguno le lanza un zapato que le da de lleno en la barriga, entre una explosión de carcajadas.

Hay entretanto quienes duermen con tal estruendo y satisfacción, que él se asombra de que sean hombres, preocupaciones, sed de libertad, porque esa primera noche consigue acorralar muy poco sueño, en medio de aquella desesperante serenata de ronquidos.

II

El de las manos piensa:

Es buen aprendizaje; acaba uno por asentarse y hasta se divierte. La quietud de la prisión multiplica los sentidos. Con Canalías lo comenta y este, en quien cada pliegue de la piel es una experiencia, le dice:

—Te domesticas, hombre, y más si se la pasa en buena compañía, como nosotros. La elasticidad del ser humano es asombrosa.

—Sí; de otra manera no se explicaría uno cómo aguanta. El punto es saber adaptarse. –Y mientras la faz de Pedro parece juguetear porque piensa que está tan revuelto todo eso que el único lugar limpio resulta ser la prisión en tanto afuera ya empiezan los muy tunos a devorarse entre sí, prosigue–: Terminarán a dentelladas, ya lo verás. Nunca se vio que caninos y gatunos compartieran amistosamente el botín. Han comenzado por aserrarnos a nosotros, pero ¿hasta dónde cortará esa sierra sin amellarse? –sus arrugones son de desdén, las cejas le ríen–. Es lo que veremos.

—A la corta o a la larga.

—Qué más da. Existe algo apasionante en toda situación. El futuro es por ahora imprevisible, mas ten por seguro que ya vendrá el tiempo de reír a toda tripa. Nada permanece impávido.

—De momento, Pedro, nos toca poner las espaldas para que nos den, pero como estamos en calidad de presos políticos no deja de tener un matiz, digamos, acariciador.

—Acabarán desacreditándose por sí solos, dalo por descontado. –Y en tono burlón–: ¿Así que te sienta bien la posición de mártir?

El de las manos arruga la nariz:

—Hablando en serio, no. Y sin embargo, lo nuestro no es nada si pensamos en los acusados ante su tribunal de la inquisición. Ayer vi pasar esposado a aquel zapaterito, Quique Rojas. Lo acusan de asalto a una pulpería.

—¡Qué asalto ni qué plátano curraré! En guerra hay que alimentar a los hombres bajo mando. Pero le meterán sus años de presidio. Ovejas y bobalicones dirán que está muy bien. Como perdió y es un simple hombrecillo del pueblo.