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Una crítica política, moral y social de su época, y de todas aquellas en las que reina la injusticia. Jean Valjean ha cumplido una injusta condena de casi veinte años por robar comida para su familia. Una vez fuera de la prisión, la sociedad pretende apartarle de nuevo, por lo que deberá volver a delinquir. Gracias al encuentro con el obispo Myriel, cambiará de actitud y se redimirá, aunque antes deberá adoptar una nueva identidad. Intentando hacer el bien entre sus congéneres conocerá a Fantine, una mujer al borde de la muerte que le encargará el cuidado de su hija Cosette. Vivirá desde entonces en una huida constante, pues es perseguido por el policía Javert, buscando lo mejor para una niña inocente e intentando ayudar a todos aquellos que viven sin justicia ni esperanza.
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Seitenzahl: 188
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Introducción
LOS MISERABLES
PRIMERA PARTE: FANTINE
Capítulo 1. Jean Valjean y el obispo de Digne
Capítulo 2. Fantine deja a Cosette con los Thénardier
Capítulo 3. El misterioso señor Madeleine
Capítulo 4. Jean Valjean confiesa su identidad
SEGUNDA PARTE: COSETTE
Capítulo 1. Waterloo
Capítulo 2. Valjean encuentra a Cosette
TERCERA PARTE: MARIUS
Capítulo 1. El pequeño Gavroche
Capítulo 2. La historia de Marius
Capítulo 3. Los amigos del ABC
Capítulo 4. Marius vuelve a encontrar al señor Leblanc
CUARTA PARTE: EL IDILIO DE LA CALLE DE PLUMET Y LA EPOPEYA DE LA CALLE DE SAINT-DENIS
Capítulo 1. Enjolras y sus amigos
Capítulo 2. La calle de Plumet
Capítulo 3. La barricada
QUINTA PARTE: JEAN VALJEAN
Capítulo 1. El ataque
Capítulo 2. La odisea de las cloacas
Capítulo 3. El fin de Javert
Capítulo 4. El nieto y el abuelo
Apéndice
Créditos
Una de las grandes novelas del siglo XIX
La literatura, o al menos una parte de ella, ha intentado, a lo largo del tiempo, explicar e ilustrar la sociedad. Durante el siglo XIX, la política y las tensiones sociales e ideológicas llegan a tener un papel primordial, y la literatura de la época se hace necesariamente eco de ellas. Victor Hugo siempre mostró en sus obras la influencia de los acontecimientos históricos, y Los miserables (sin duda su obra narrativa más conocida, junto con Nuestra Señora de París), publicada en diez volúmenes entre el 30 de marzo y el 30 de junio del año 1862, es un ejemplo clarísimo. La obra, que tiene como hilo conductor el camino que lleva al antiguo forzado Jean Valjean de la miseria a la redención, describe las situaciones políticas, sociales y económicas de la Francia de aquel momento, y permite al autor reflexionar sobre la pobreza, las injusticias sociales y las duras luchas necesarias para conseguir los derechos humanos fundamentales, con un telón de fondo histórico que está siempre presente en la acción: Thénardier «salva» al padre de Marius al acabar la batalla de Waterloo; la ruptura entre el coronel Pontmercy y el señor Gillenormand no hace sino reflejar la oposición entre las dos opiniones dominantes de aquel momento, el bonapartismo y el monarquismo; el tenso funeral del general Lamarque desemboca en la construcción de las barricadas, tan importantes para el desarrollo de la acción; y la batalla en la cual mueren (a excepción de Marius) todos los miembros del ABC (que intentan cambiar el sistema político defendiendo las ideas de la Revolución francesa) representa la insurrección republicana que tuvo lugar el año 1832 en París. La jerarquía de la época y las clases y funciones sociales (forzados, proletariado, burgueses, policías…) se ven reflejadas en personajes como Valjean, Marius, Javert, etc. Por eso podemos afirmar que la obra tiene una sólida base realista, sin dejar de ser de ninguna manera una novela romántica.
Efectivamente, el autor desea hacer con Los miserables una crítica política, moral y social de su sociedad, una obra (según afirmaba él mismo) utilitaria, que pudiese resultar beneficiosa para todas las sociedades donde reinase la injusticia, y poner en escena un combate épico entre la fatalidad y la libertad; un combate que el autor mantiene contra los que piensan que los miserables están condenados a vivir siempre en la miseria. Para Hugo, el escritor tiene la obligación de mejorar el mundo, de crear unas ficciones capaces de engendrar en el lector el deseo y la capacidad de dirigirse hacia el bien colectivo y el progreso.
Pero, para conseguir sus objetivos y lograr que la obra resulte atractiva para un público mayoritario acostumbrado a la novela folletinesca, exagera los rasgos de los personajes, hasta llegar a veces a la caricatura, y utiliza a menudo recursos narrativos típicos del Romanticismo que hoy nos podrían parecer inverosímiles, como por ejemplo el uso y abuso de las casualidades. Si nos paramos a pensarlo, que Thénardier acabe viviendo en el mismo lugar donde habían vivido Valjean y Cosette, y que Marius se convierta en su vecino, en una ciudad tan grande como París, es altamente improbable, y podríamos citar muchos más ejemplos de este sistema, que el lector, abducido por la trama, no pone en cuestión gracias a la gran habilidad narrativa de Victor Hugo.
Unos personajes y unas situaciones inolvidables
Victor Hugo introduce la Historia en el interior de su historia, y su historia dentro de la Historia (parte de lo particular para llegar a lo universal, creando unos mitos en los cuales, a pesar de su origen francés, pueden verse identificados lectores japoneses, españoles o californianos), y esto lo consigue mediante unos personajes de una gran fuerza, dibujados con energía por la pluma del autor, y que en algunos casos se han convertido en arquetípicos a pesar, o a causa, de su misma exageración.
Pensemos en el obispo de Digne y en su bondad y humildad absolutas, unidas a su conocimiento del alma humana, que hacen de él el perfecto cristiano, seguidor ejemplar de las enseñanzas de Cristo, sin dejarse corromper por el comportamiento poco evangélico de la Iglesia de su tiempo.
Pensemos en Jean Valjean, el antiguo forzado que, una vez liberado de su odio a la sociedad, se convierte en un benefactor para sus vecinos como alcalde, en un protector angélico para Cosette, en un hombre profundamente justo y bueno, capaz de perdonar la vida al policía que lo persigue encarnizadamente, y de salvar al joven que puede arrebatarle a su amada Cosette.
Pensemos en Javert, el policía incorruptible y maniqueo, que ve el mundo en blanco y negro, y que no puede soportar que la actitud de Jean Valjean le rompa los esquemas. Por cierto, Victor Hugo reconoció que, para crear tanto a Valjean como a Javert, se había inspirado en la figura de Vidocq, un criminal redimido que instituyó la policía francesa moderna.
Pensemos en los Thénardier, seres despreciables por excelencia, ladrones, falsarios, parásitos que se alimentan de la miseria humana y que, de una manera u otra, siempre acaban por sobrevivir.
Pensemos en Marius, burgués y pobre a un tiempo, paradigma del idealismo y del amor romántico, y en Cosette, que lo complementa perfectamente con su candor; y en Fantine, que conserva la pureza del alma a pesar de su degradación física; y en Éponine, símbolo del amor sin esperanza; y en Gavroche, que para los franceses ha pasado a ser el símbolo del titi o golfillo de París, el hijo de las calles, alegre y sinvergüenza, pero al mismo tiempo tierno y solidario.
Estos personajes ya explican por sí mismos la pasión que el público sintió por la novela, convertida en un clásico desde el mismo momento de su publicación, pero deberíamos añadir algunos instantes narrativos de una fuerza extraordinaria que han quedado grabados a fuego en la memoria de los lectores: la aparición de Valjean en la vida de Cosette, levantando el pesado cubo que la niña intenta arrastrar; la muerte de Gavroche, mientras recoge municiones al pie de la barricada, cantando y burlándose de los soldados que disparan contra él: la odisea de Valjean por las cloacas de París, cargando con el cuerpo herido de Marius, su «rival»… No sorprende que Los miserables nunca haya dejado de ser una novela inmensamente popular, que haya sido una de las obras más adaptadas de la historia del cine, y que haya dado pie incluso a uno de los musicales más famosos y representados de todos los tiempos. La unión de realismo y de romanticismo, de denuncia y de pasión (no muy diferente en el fondo a la realizada por otros autores del siglo XIX: recordemos a Charles Dickens y su Oliver Twist) logra que, a pesar de sus puntos débiles, más de un siglo y medio después de la publicación de la novela, Los miserables nos continúe emocionando, indignando y apasionando como lo hizo con el público que la descubrió aquel ya lejano año 1862. Algunos acusaron a Hugo de haber escrito un libro «idealista» (Lamartine, escritor y poeta contemporáneo del autor, escribió: «Sembrar el ideal y lo imposible es sembrar la decepción en las masas»), pero su ambición no era moralizar al pueblo sino educarlo, en el sentido más noble de la palabra, elevarlo hasta que adquiriera conciencia de sí mismo, y que se definiese a sí mismo no solo como peón de la Historia, sino teniendo en cuenta que el ser humano es y será un portador de ilusiones, deseos y sueños.
Esta edición
Los miserables es una novela enorme, de más de mil quinientas páginas (el propio Hugo había dicho que su obra era una montaña), llena de largos incisos sobre historia, religión, política y los temas más variados. Para esta edición, hemos intentado centrarnos en la línea argumental, sin dejar de lado ningún episodio importante para el desarrollo de la trama, pero omitiendo las digresiones y los fragmentos de la obra que podríamos considerar ensayísticos y que dificultarían la lectura por parte de un lector joven. También nos hemos visto obligados a aligerar los diálogos y las extensas descripciones. Queda el núcleo de la obra: una historia apasionante que nos interpela más allá del tiempo, porque la pobreza y la injusticia continúan, desgraciadamente, muy presentes en nuestra sociedad, y los ideales de igualdad y de libertad no han sido aún, ni mucho menos, conseguidos.
Personajes principales
JEAN VALJEAN: antiguo condenado a trabajos forzados que intenta rehacer su vida.
FANTINE: muchacha que queda embarazada y que se ve obligada a prostituirse para poder mantener a su hija Cosette.
JAVERT: inspector de policía que persigue implacablemente a Jean Valjean.
COSETTE: hija de Fantine, que será criada y protegida por Jean Valjean.
MARIUS: joven pobre, pero de origen noble, enamorado de Cosette.
LOS THÉNARDIER: matrimonio formado por dos seres avariciosos y malvados.
ÉPONINE: hija mayor de los Thénardier, enamorada en secreto de Marius.
GAVROCHE: hijo pequeño de los Thénardier, criado en la calle, alegre y avispado.
ENJOLRAS: estudiante de ideas revolucionarias.
EL SEÑOR GILLENORMAND: abuelo de Marius, de convicciones políticas contrarias a las de su nieto.
BIENVENU MYRIEL, OBISPO DE DIGNE: religioso humilde y de gran bondad.
PRIMERA PARTE
Fantine
CAPÍTULO 1
Jean Valjean y el obispo de Digne
Uno de los primeros días de octubre de 1815, poco antes de la puesta de sol, entró en el pequeño pueblo de Digne un desconocido que viajaba a pie. Era un hombre de aspecto miserable, de talla mediana y bastante robusto. Debía tener entre cuarenta y siete y cuarenta y ocho años. La visera de una gorra de cuero le escondía parcialmente el rostro, quemado por el sol. La ropa que usaba era vieja y se veía muy zurcida y polvorienta, llevaba un saco de soldado al hombro y empuñaba un bastón de caminante. Se dirigió al ayuntamiento y salió de él un cuarto de hora más tarde. A continuación, fue hacia el hostal. El dueño salió a recibirlo.
—¿Qué deseáis?
—Comer y dormir.
—No hay problema, siempre que paguéis por mis servicios —añadió, después de mirar de arriba abajo con desconfianza al recién llegado.
—Tengo dinero —respondió el desconocido, sacando del bolsillo una bolsa de cuero.
—En ese caso, estoy a vuestra disposición. Ahora os traeré la cena.
El viajero dejó el saco en el suelo y fue a sentarse en un banco, cerca del fuego. El amo del hostal, mientras iba y venía, lo miraba con desconfianza creciente. Por fin, cogió un lápiz, escribió un par de líneas en el margen de la hoja de un periódico y se lo dio a un jovencito que trabajaba para él, diciéndole algo al oído. Inmediatamente, el chico echó a correr en dirección al ayuntamiento. Pronto volvió y entregó la hoja al hostalero, que la desplegó como quien espera una respuesta. Después, se acercó al viajero y le dijo:
—Señor, no os podéis quedar.
—¿Cómo? ¿No os fiáis de mí? ¿Acaso deseáis que os pague por adelantado?
—No es eso. Es que no me quedan habitaciones libres.
—Puedo dormir en el granero, sobre la paja. Hablaremos de ello después de cenar.
—No os puedo dar de cenar.
—¡Pero si me muero de hambre! ¡He caminado desde el amanecer!
—Marchaos, por favor.
—¡Me niego! ¡Tengo dinero y quiero comer!
Entonces, el hostalero lo miró fijamente y le dijo en voz baja, mostrándole el papel que acababa de recibir:
—¿Queréis que os diga cómo os llamáis? Vuestro nombre es Jean Valjean. He pedido información sobre vos al ayuntamiento y me han contestado esto. ¿Sabéis leer?
El hombre guardó silencio. Después, recogió el saco y salió del hostal, triste y humillado. Si hubiera mirado hacia atrás, habría visto que el hostalero, a la puerta de su establecimiento, hablaba con algunos viandantes mientras lo señalaba con el dedo. Pronto su llegada sería conocida y comentada en todo el pueblo.
El hombre intentó ser alojado en un establecimiento más humilde que el hostal, y al principio fue bien acogido, pero pronto llegó allí uno de los viandantes que habían hablado con el hostalero. Al ver al forastero, fue a buscar al propietario del local, que sin tardanza le pidió al huésped que se fuera.
—Ah, ¿lo sabéis? —respondió el hombre con voz cansada.
—Sí.
—Me han echado del otro hostal.
—Y yo os echo de este.
—¿Y dónde queréis que vaya?
—No es asunto mío.
Al salir a la calle, algunos niños que lo habían seguido desde el primer hostal le tiraron piedras. Él los amenazó con el bastón y salieron corriendo. Al pasar por delante de la prisión, llamó y pronto se abrió un portillo.
—¿Qué queréis? —dijo el vigilante.
—¿Me podríais dejar dormir aquí por esta noche?
—Una prisión no es un albergue. Haced que os detengan y podréis entrar.
El pobre hombre retomó el camino y pasó ante una casa que tenía la ventana iluminada. Se acercó y vio una habitación con una cuna en una esquina y una mesa bien surtida en medio del aposento. Ante la mesa se encontraba sentado un hombre de aspecto jovial que hacía saltar a un niño pequeño sobre sus rodillas. A su lado, una mujer joven daba de mamar a otra criatura. El hombre, al ver esto, pensó que tal vez donde había tanta felicidad hallaría también algo de piedad. Llamó a la puerta. El hombre que jugaba con el niño le abrió.
—¿Qué deseáis?
—¿Podríais darme, pagando, un plato de sopa y un rincón para dormir? He caminado toda la jornada y he recorrido más de doce leguas1 desde Puy-Moissons.
—¿Y por qué no vais al hostal?
—No queda sitio.
—Imposible. Hoy no es día de feria ni de mercado… ¿No seréis acaso… aquel hombre? —gritó de repente, y corrió a descolgar una escopeta de la pared más cercana. La mujer, al oír esto, se refugió precipitadamente detrás de su marido, mirando al recién llegado como si fuese una víbora.
—¿Podríais darme al menos un vaso de agua?
—¡Un escopetazo te daré! ¡Vete de aquí!
Dicho esto, el hombre cerró la puerta con violencia. El viajero salió del pueblo cuando ya había caído la noche, pensando que tal vez encontraría una cabaña, o que al menos podría dormir bajo un árbol. Pero se encontraba en un yermo, e incluso la naturaleza parecía serle hostil, porque se estaban formando unos negros nubarrones que presagiaban lluvia. Volvió, pues, al pueblo. Las puertas de Digne, que era una villa amurallada, ya estaban cerradas, pero encontró en la muralla una brecha por donde entrar. No sabiendo a dónde ir, y muerto de fatiga, se tumbó en un banco de piedra que se hallaba en un ángulo de la plaza de la catedral. Una anciana que salía de la iglesia en aquel momento lo vio y le preguntó:
—¿Qué hacéis aquí, amigo mío?
—¿No lo veis? —respondió el hombre con ira contenida—. ¡Me dispongo a dormir! Durante muchos años he tenido un colchón de madera. Ahora lo tengo de piedra.
—¿Y por qué no vais al hostal? No podéis pasar aquí la noche.
—He llamado a todas las puertas y de todas partes me han echado.
La buena mujer señaló entonces con el dedo una casita de aspecto humilde que se hallaba en la otra punta de la plaza,
—Decís que habéis llamado a todas las puertas. ¿A aquella también?
—No.
—Pues id y llamad.
Aquella era la casa donde vivía Bienvenu Myriel, obispo de Digne, un hombre de unos setenta y cinco años, humilde y afable, uno de los raros eclesiásticos que rehuían las pompas y la riqueza de la curia2. Vivía con austeridad y solamente pensaba en la manera de aligerar la miseria y las tribulaciones del prójimo. Al ver que el hospital de Digne era demasiado pequeño, había cedido el palacio episcopal a los enfermos, y ahora vivía con su hermana, la señora Baptistine, y una criada llamada Magloire en el edificio del antiguo hospital, que constaba de una planta baja y un único piso.
Aquella noche, la señora Magloire, que había salido para hacer algunas compras, había oído decir que rondaba por el pueblo un individuo sospechoso, y aconsejó a la señora Baptistine cerrar las puertas y ventanas con llave y cerrojo. Pero el obispo siempre dejaba las puertas abiertas, y aquella noche no iba a ser una excepción, declaró, después de escuchar la conversación de las dos mujeres. Por eso, al oír que llamaban, simplente dijo:
—¡Adelante!
Y entró el hombre que ya conocemos. Con el saco a cuestas, empuñando el bastón, y con una expresión tan cansada como violenta en la mirada. Las mujeres se asustaron, pero el obispo miraba con serenidad al recién llegado. Antes de que nadie pudiera decir una palabra, el desconocido habló:
—Me llamo Jean Valjean. He pasado diecinueve años en prisión, condenado a trabajos forzados. Quedé libre hace cuatro días y me dirijo a Pontarlier. Hace cuatro días que camino desde Toulon y hoy he recorrido doce leguas a pie. Me han echado del hostal y de todas partes. He salido al campo, pero he pensado que pronto comenzaría a llover y que ningún buen Dios impediría que la lluvia cayese sobre mí. He vuelto al pueblo y cuando me disponía a dormir sobre un banco, una mujer me ha dicho que llamase a esta puerta. ¿Esto es un albergue? Tengo dinero: ciento nueve francos y quince sueldos que he ganado trabajando en la cárcel. Os pagaré. Estoy cansado y tengo hambre. ¿Puedo quedarme?
—Señora Magloire —dijo simplemente el obispo—, poned otro cubierto en la mesa.
—¿Acaso no me habéis oído? —dijo Valjean, incrédulo, mientras se sacaba del bolsillo una gran hoja de papel—. Soy un forzado. Aquí tenéis mi pasaporte amarillo. ¿Sabéis leer? Yo aprendí a leer en prisión. Aquí lo dice todo: «Jean Valjean, forzado puesto en libertad. Cinco años de cautividad por robo. Catorce años por haber intentado fugarse cuatro veces. Es un hombre peligroso». ¿Queréis acogerme, vos?
—Señora Magloire —dijo el obispo—, poned sábanas limpias en la cama de arriba.
La mujer suspiró (conocía muy bien al obispo) y fue a cumplir la orden. El obispo se dirigió entonces a Valjean:
—Señor, sentaos cerca del fuego. Enseguida cenaremos, y cuando acabemos ya tendréis la cama preparada.
De repente el hombre pareció comprender por fin lo que pasaba, y su expresión sombría dejó paso a la estupefacción y a la alegría:
—¿Entonces no me echáis? ¿Me llamáis «señor»? ¿Podré cenar? ¿Y dormir en una cama? ¡Hace diecinueve años que no duermo en una cama! ¡Tengo dinero, os pagaré!
—Soy un hombre de Iglesia y no necesito vuestro dinero.
—¡Ah, es verdad! Sois un cura. No me había fijado en la sotana.
Jean Valjean cenó como nunca había cenado en toda su vida, y cada vez que el obispo le llamaba «señor» su rostro se iluminaba. Llamar «señor» a un forzado es como dar un vaso de agua a un náufrago. El obispo comentó que la lámpara que había sobre la mesa daba poca luz, y la señora Magloire fue al dormitorio del obispo a buscar dos candelabros de plata, que eran los únicos objetos de valor que había en la casa, junto con la cubertería, también de plata, y los colocó encendidos sobre la mesa. Valjean creía estar soñando.
—Sois un buen hombre. No me despreciáis y me acogéis en vuestra casa aunque sabéis quién soy.
—Esta no es mi casa, es la casa de Jesucristo. Aquella puerta no pregunta a quien entra si tiene un nombre sino si sufre por algún motivo. Todo lo que hay aquí es vuestro. Y no necesitaba saber vuestro nombre. De hecho, ya lo sabía antes de que hablarais.
—¿Sabíais cómo me llamo?
—Sí, vuestro nombre es «hermano».
Después de cenar, el obispo acompañó a Jean Valjean a su habitación. El pobre estaba tan cansado que se dejó caer sobre la cama sin quitarse la ropa y quedó dormido al instante.
Pero ¿quién era el tal Jean Valjean?
Provenía de una familia de campesinos de la Brie3. Sus padres habían muerto cuando era muy joven, y no tenía más familia que una hermana mayor, viuda y con siete hijos. Mientras vivió su marido, cuidó de Jean como si fuera un hijo más. Pero murió cuando el mayor tenía ocho años y Jean Valjean acababa de cumplir los veinticinco. A partir de entonces él fue quien ejerció de padre de familia, y trabajó duramente, haciendo las faenas más variadas, sin tener tiempo de divertirse ni de enamorarse, durante sus años de juventud. Era muy fuerte (podía levantar pesos que no habrían podido cargar cuatro hombres juntos) y nunca profería una queja. Pero llegó un invierno especialmente duro. Los niños pasaban hambre y Jean no encontraba trabajo. Un día de 1795, Valjean rompió de un puñetazo la ventana de un panadero y robó una barra de pan. Fue perseguido, llevado a juicio y condenado por «robo con efracción»4 a cinco años de trabajos forzados. Al llegar a la prisión de Toulon, le quitaron hasta el nombre: se convirtió en el número 24601, y nunca supo qué fue de su hermana y de sus hijos. Varias veces intentó evadirse pero siempre acabaron por cogerle, y su castigo fue prolongado una y otra vez. El mes de octubre de 1815 fue liberado. Había entrado en la cárcel el año 1796 por haber roto un cristal y robado una barra de pan, desesperado y sollozando. Salió de ella impasible y sombrío, odiando la sociedad que lo había condenado. Durante diecinueve años no había vertido una sola lágrima.
Tal vez por eso aquella noche, en la casa del obispo de Digne, pasó lo que pasó. Jean Valjean se despertó a las dos de la madrugada. Estaba acostumbrado a dormir poco, y además estaba obsesionado por la cubertería de plata que había visto durante la cena. Poco después, desaparecía en la oscuridad de la noche, tras saltar el muro del jardín, con la cubertería en el saco.
A la mañana siguiente, mientras el obispo paseaba por el jardín, la señora Magloire corrió hacia él, muy azorada.
—Monseñor5, ¿no sabréis dónde está la cesta con la cubertería de plata?
—Sí.
