Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
La historia comienza en la ciudad de Súrides, la más grande y poderosa de las doce ciudades que conforman el planeta Batellum, en el año 2499. Hace más de 250 años, unas cápsulas con embriones humanos fueron depositadas en el planeta. Doce años después, estas cápsulas se abrieron, liberando a cincuenta niños que comenzaron a colonizar Batellum desde cero. Guiados por inteligencias artificiales integradas, estos pioneros, conocidos como «Los Primeros», establecieron una sociedad basada en la igualdad y la libertad, inspirada en la Constitución del Nuevo Mundo Libre de un planeta lejano llamado Tierra. Sin embargo, actualmente la realidad en Batellum es muy diferente a la visión original de los Germinadores. Los gobernantes han modificado las leyes para perpetuarse y conseguir privilegios. En este contexto, se pone en marcha un plan para un grupo de jóvenes decididos a desafiar las normas y luchar por un cambio real. Estos nuevos revolucionarios están dispuestos a arriesgarlo todo para transformar su mundo y forjar su propio destino. Los nuevos Primeros es una emocionante y cautivadora historia de lucha, esperanza y determinación. A través de sus páginas, los lectores serán transportados a un mundo fascinante y lleno de desafíos, donde la valentía y la perseverancia de unos pocos pueden cambiar el destino de muchos. No te pierdas esta increíble aventura de supervivencia, lucha y sacrificio en Batellum.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 265
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Francisco Gómez Luque
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1089-254-5
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
-
Agradecimientos a mi cuñada, Rafi Velázquez,
por ayudarme en la edición de este libro. Sin su ayuda no hubiera sido posible finalizar este nuevo proyecto.
Este libro está dedicado a todas aquellas personas que desean que nuestro mundo sea mucho más igualitario y justo.
Que las palabras sean nuestra fuerza.
Prólogo
En el vasto escenario de la historia humana, la desigualdad entre gobernantes y pueblo ha sido una constante que ha moldeado sociedades y culturas. Desde los antiguos imperios hasta las modernas democracias, la brecha entre quienes poseen el poder y aquellos que son gobernados ha generado tensiones, conflictos y, en ocasiones, revoluciones. Esta desigualdad no solo se manifiesta en términos económicos, sino también en el acceso a derechos, oportunidades y justicia.
En este libro, el planeta Batellum ha sido testigo de cómo las leyes y estructuras sociales que alguna vez tuvieron como objetivo promover la igualdad y la libertad han sido desmanteladas, lo que en última instancia ha llevado al favoritismo de unos pocos y a la marginación de otros. La brecha entre gobernantes y ciudadanos se ha ampliado.
Todo cambia cuando se activa un plan planificado por los Germinadores del planeta y ejecutado por una inteligencia artificial que ayudará a unos jóvenes muchachos a cambiar el orden establecido.
Pero no será fácil, deberán primero aceptar su destino y luego aprender a luchar y sobrevivir en las situaciones más imprevistas y difíciles.
Llegará el momento preciso que nuestros héroes se pongan en marcha y no miren hacia atrás para lograr mejorar la vida de los ciudadanos del planeta. Aunque el camino no es sencillo, la inteligencia artificial que los ha activado les enseñará y mostrara el camino que deben de andar para conseguir su objetivo.
«Ser libre no es solo deshacerse de las cadenas propias, sino vivir de una forma que respete y mejore la libertad de los demás». (Nelson Mandela)
Año 2499 Nota del autor
Estamos en el planeta Batellum, un planeta muy pequeño. La historia empieza en una de sus doce ciudades. La más grande de todas y la que tiene más poder sobre el resto. Ciudad de Súrides.
Hace aproximadamente unos 250 años, unas cápsulas con embriones humanos, fueron depositadas en el planeta. Había alrededor de cincuenta cápsulas. Doce años después se abrieron y cincuenta niños colonizaron el planeta desde cero.
Cada individuo tenía dentro de sí una IA, que le enseñaba y explicaba cómo colonizar aquel planeta, cómo desenvolverse con los materiales que allí había para desarrollarse y avanzar como colonia. Fueron los llamados «Los Primeros».
Cuando falleció el último de Los Primeros, en el planeta Batellum, había casi quinientos habitantes, repartidos en doce pequeñas urbes. Cada una de ellas con las mismas leyes. Los Primeros llamaron a ese conjunto de leyes «Las Vías». Las Vías estaban basadas en la Constitución de un planeta muy lejano llamado Tierra. Esa Constitución fue creada para el Nuevo Mundo Libre de la Tierra y que unía a todos y cada uno de los países que allí existían. Su base era la libertad y la igualdad para todo el mundo.
Habían pasado casi doscientos ochenta años desde que aquellas cápsulas llegaron a Batellum y la realidad era muy diferente a como sus Germinadores de aquellas cápsulas, que llamaban semillas, habían pretendido que fuera aquella colonización.
De la misma forma que las cosas nunca salen como se pretenden, siempre hay individuos que siguen sus propios principios, y de una manera u otra, modifican el destino de lo que le rodean, ya sean personas o sociedades completas.
Nos vamos a meter en la piel de unos muchachos y muchachas que, en contra del orden establecido, modificaran el destino del planeta y de sus propias almas. Son los nuevos rebeldes y revolucionarios chicos y chicas de Batellum.
PARTE 1
Arilla. Año 37 de la Nueva Era primaria. Ciudad de Súrides.
Desde que nació, hace catorce años, Arilla había sido una niña muy diferente al resto. Por muchas razones. Cuando nació, tenía unas cualidades que nadie de aquella ciudad o planeta ostentaba. Su piel podía llegar a ser dura como una roca, casi a placer, según estuviera más cabreada o relajada.
Al principio, sus padres creían que era una anomalía generada por alguna intoxicación, de las muchas plantas venenosas que existían en aquel planeta. Después se dieron cuenta que, simplemente, había nacido diferente al resto.
Además de la dureza de su piel, tenía una vista increíble. Podía ver cosas que los demás ni siquiera intuían. Evidentemente, sus padres, según fueron observando estas anomalías o cualidades, no dijeron nada, pero sí que enseñaron a su hija a esconderlas, para que nadie pudiera tratarla diferente.
En aquel planeta, lo diferente estaba mal visto y solo había un tratamiento. La muerte.
Arilla tenía una energía incontrolable. Sus profesores, en la escuela de aprendizaje, la daban por perdida. Sería una niña sin oficio. Vagaría por la urbe o el planeta sin ningún tipo de quehacer. Sería una más de los indeseados, el más bajo de los niveles sociales de aquella sociedad.
Tenía la piel morena por el tiempo que pasaba en el exterior. No aparentaba los catorce años que tenía, sino más edad de la que le correspondía. Siempre estaba seria, pero en el fondo era un escudo que ella y sus padres habían conseguido forjar. Su cara era afilada y su cuerpo muy atlético. No paraba de ir de un lado a otro. Sus ojos verdes como las verduras que plantaban lo agricultores de su ciudad. Sus labios siempre estaban agrietados y sus orejas eran pequeñas, escondidas siempre detrás de su media melena pelirroja.
Todo cambió una mañana. Arilla se levantó temprano y, como siempre, desayunó corriendo y se marchó fuera de las murallas de la ciudad. Gracias a su vista, encontraba pequeños filones de metal enterrados, que luego escondía en una cueva, lejos de los límites fronterizos de la ciudad. Nadie conocía aquel secreto, ni sus padres.
Por causalidad, aquel día, después de varias horas de caminata, en un pequeño barranco seco y plagado de plantas tóxicas, vio cerca de una de las paredes, otro pequeño filón de metal. Los filones se encontraban siempre escondidos dentro de la tierra y tenía que excavar para poder conseguirlos. Normalmente usaba para ello, palos secos que se encontraran alrededor de donde estaba el filón. Un día, se dijo para sí misma, que tenía que conseguir una herramienta para poder excavar sin problemas, aunque debía de ser cauta y sus padres la habían enseñado a ser sigilosa y pasar desapercibida a la vista de cualquiera, así que, ya encontraría el modo.
Los metales que ella recogía y almacenaba eran plateados y pesaban mucho, pero no había encontrado la forma de manipularlos de ninguna de las maneras. Simplemente los acumulaba, en el futuro ya le encontraría alguna utilidad o los vendería dentro de las murallas.
Rebuscó en el barranco y encontró un palo lo suficientemente duro y puntiagudo para poder escarbar en la pared y sacar aquel trozo de metal. Después de un buen rato y habiendo excavado en la pared unas cuatro palmas, lo vio. Siguió escarbando hasta que consiguió sacarlo de allí. Su sorpresa fue que, cuando sacó aquel trozo de metal, muy parecido en tamaño y forma a los que usualmente encontraba, una oscuridad se adentraba en la pared.
Había una cueva, fue lo que pensó. Así que excavó y excavó hasta que consiguió meter medio cuerpo dentro de ella. Tal era la oscuridad, que no supo cuan profunda era aquella cueva y, muy a su pesar, decidió dejar aquel lugar, para volver al día siguiente más preparada para investigar dentro. Su intuición le decía que tenía que entrar. Dejó dentro el trozo de metal y tapó el agujero con unas plantas venenosas, con cuidado de no tocarlas demasiado. Inició el camino de regreso a casa.
Esa sensación le gustaba mucho. Descubrir cosas nuevas, saber que, aquel planeta todavía ocultaba secretos a sus colonizadores y ella estaba allí para encontrarlos. Gracias a su mejorada vista se le daba muy bien. Nunca entendió porqué era tan diferente al resto, pero sabía que su destino tenía preparado para ella, aventuras y emociones ajenas a la vida en la ciudad.
Llegó a casa a la hora de comer, su madre, como siempre, le había dejado el plato preparado de comida en la mesa. Por desgracia, sus padres estaban siempre trabajando. Eran de un nivel social bajo, aunque eran muy respetados, porque su madre se encargaba de limpiar y cocinar para los Viandantes, que eran los encargados de vigilar que las leyes de La Nueva Vía se cumplieran. En la ciudad de Súrides había unos doce.
En la ciudad existían varios niveles sociales importantes y solo los Paters estaban por encima de los Viandantes.
Los Paters mandaban en las doce ciudades. Tomaban todas y cada una de las decisiones que afectaban a sus ciudades y ciudadanos. Había cinco Paters en cada ciudad, de cinco familias diferentes.
Cada familia elegía a su representante Pater. Se sabía que las cinco familias que gobernaban en la ciudad de Súrides habían conseguido ese honor después de la batalla de los Nuevos Inicios, hace 37 años.
Fue una batalla de un solo día, ya que hubo muy poca resistencia y condujo a las familias más avanzadas y ricas del planeta, a repartirse el gobierno de esas doce ciudades. Hasta el momento, nadie había sido capaz de cambiar eso.
Se había creado la Nueva Era Primaria. Se suponía que todo aquello había pasado para volver a lo que los Primeros les habían enseñado, ya que los años habían conseguido desvirtuar sus enseñanzas y convertir aquel planeta en un mundo de depravación y descontrol. Pero como siempre, se había pasado de un extremo a otro y la gente, ahora vivía con miedo por desviarse del camino y no hacer lo que los Paters y sus leyes decían.
Dependiendo de la escala social a la que pertenecieras, podías vivir cómodamente, o intentar sobrevivir.
Su padre trabajaba para los Guardianes de los Viandantes. Se encargaba de que no les faltara de nada. Lavaba sus ropajes y mantenía sus botas limpias.
Los Guardianes estaban distribuidos en tres ramas. Los Guardianes de los Paters, los Guardianes de los Viandantes y los Guardianes de las leyes.
Los primeros eran los más preparados guerreros y protegían a los Paters. Vivían cerca de ellos, dentro de la fortaleza de los Paters y los custodiaban fanáticamente.
Los segundos y también muy buenos guerreros, protegían a los Viandantes. Éstos protegían lo que ellos mismos llamaban el «Edificio de Control», donde tenían sus aposentos los Viandantes y también donde juzgaban a los desgraciados que caían en sus manos.
Los terceros, los guardianes de las leyes, por el contrario, eran los guerreros sin ningún tipo de cualidad y se encargaban de patrullar la ciudad y sus alrededores. Capturaban a cualquiera que incumpliera la Nueva Vía y los llevaban a los Viandantes para que los enjuiciara. Estos guardianes eran llamados por la plebe, los Fantasmas.
Los siguientes en la escala social eran los comerciantes. En aquella ciudad había, por lo menos, doscientos locales comerciales. Se encargaban de proveer a la ciudad de todo tipo de bienes. Los comerciantes manipulaban a los guardianes que patrullaban la ciudad única y exclusivamente para su beneficio. Lo que conllevaba a una competencia extrema entre los comerciantes de una misma rama.
Por último y mayoritario, las personas de a pie. Subsistían trabajando para el resto. La moneda física solo era usada por los comerciantes, Viandantes o Paters, el resto de personas recibía su salario en especie. Entre las personas de a pie, solo existía el intercambio, el trueque. Esa era su única forma de subsistir.
Aquellos que conseguían un trozo de terreno para plantar vegetales o frutas fuera de las murallas, podían llegar a vivir sin tener que trabajar, pero por desgracia, conseguir un terreno para cultivar, dependía de una licencia administrada por los Paters. Cualquiera que quisiera una debía de dar su vida, para que el resto de familiares se pudieran aprovechar de la licencia. Los viandantes entregaban la vida de estas personas como ofrenda a los Germinadores, que estaban en el espacio, para que volvieran más temprano que tarde, para encauzar la nueva sociedad alejada de la primera Constitución.
Habían creado una religión hace 37 años en adoración a los Germinadores, para que alguna vez volvieran a Batellum. Lo que no habían dicho es que se había creado para manipular a todos y cada uno de los que allí respiraban, a favor de los más poderosos. Sabían que los Germinadores nunca volverían. Habían pasado más de 250 años, nadie vivía tanto tiempo.
Arilla tenía obligaciones por la tarde y esperó hasta la noche a que sus padres volvieran de trabajar trayendo pan, carne y vegetales. Esa semana no pasarían hambre. Había preparado la cena y sus padres lo agradecieron, estaban agotados.
Como siempre se levantó muy temprano y desayunó un poco de pan con manteca. Se preparó una pequeña bolsa de tela con un par de restos de velas, dos piedras para poder encenderlas, un poco de comida y una herramienta de su padre, que consistía en una roca dura, en forma triangular, atada en un palo con cuerdas. Le serviría para excavar más rápido, pensó. No sabía el rato que iba a estar fuera de las murallas.
Salió de casa sigilosamente y se dirigió a su escondite dentro de las murallas. Era una caseta muy pequeñita, como de aperos, con una puerta diminuta. Nadie se fijaba en ella, porque estaba en un sitio que pasaba desapercibida entre unos urinarios, además de tener un estado lamentable. Entró y quitó varias maderas del suelo. Había un agujero, se metió dentro y volvió a tapar el suelo con las maderas. Veinte minutos más tarde, estaba a más de un quilómetro de las murallas, en el lateral de una pequeña loma. Tapó la salida de aquel túnel con unas ramas, como siempre, y se fue directa hasta la zona del descubrimiento del día anterior. Varias horas después, llegó a su destino.
Brullo. Año 38 de la Nueva Era Primaria. Ciudad de Súrides.
Cuando los jóvenes de Súrides cumplían 16 años, los Paters se encargaban, según su clase social, trabajo de los padres e informes de las escuelas, de darles un oficio. Lo normal es que trabajaran en el oficio de sus padres, raras veces los Paters modificaban eso. Se aseguraban el futuro de los relevos generacionales. Si nacías limpiador, morías limpiador igual que el resto de generaciones familiares siguientes.
Brullo, con solo 15 años, era una excepción.
Días antes, uno de los Paters había decidido, que había un puesto libre en los guardianes de las leyes, a causa del fallecimiento por una larga enfermedad de uno de ellos, que no había tenido todavía descendencia. Lo habían elegido, de entre muchos otros, a él. Sus padres estaban emocionados por la suerte que había tenido su hijo. La familia de Brullo tendría un estatus mayor que el que ellos le hubieran podido dar.
Esa mañana se levantó emocionado y se despidió de sus padres cuando salió de su casa. Su formación como guardián de las leyes, o como la plebe los llamaban, de fantasma, comenzaba a primera hora del alba. Se presentó en la caseta de los guardianes de las leyes con la carta que el Pater le había dado. El encargado, un señor mayor con su traje rojizo y azul, lo hizo esperar fuera durante largo rato. Cuando apareció de nuevo, vino acompañado de otro chico de no más de veinte años. Sería su formador.
El chico se llamaba Remo. Era bastante feo y tenía la cara llena de ronchas, como si alguna enfermedad lo hubiera acompañado hasta hace muy poco, pero era muy alto y por eso intimidaba. Le sacaba por lo menos 3 palmas del altura. Su traje rojo y azul estaba limpio, aunque con varios agujeros y roturas. A la cintura llevaba unas cuerdas y un palo, el de los guardianes de las leyes era largo y redondo, con el que hacían que los imprudentes incumplidores de las leyes no salieran corriendo, porque lo único que conseguirían era una brutal paliza, de la cual ya no se levantaban nunca. No llegarían al juicio de los Viandantes.
Ambos llegaron a la puerta oeste de las murallas. Había cuatro puertas en las murallas de la ciudad, una al norte, otra al sur, al oeste y al este. En cada una de ellas había seis guardianes custodiándolas. Solo podían pasar aquellos que estuvieran autorizados, normalmente comerciantes, que tenía una licencia de los Paters para cruzarlas sin problemas. Sin esa licencia otorgada por los propios Paters, nadie podía salir de la ciudad. Nadie quería salir de la ciudad, por supuesto. Los miedos al exterior y sus peligros, junto a las innumerables plantas tóxicas y venenosas, hacían que los ciudadanos no estuviesen dispuestos a arriesgarse a salir.
Remo le mostró al encargado de aquella puerta del oeste la carta del Pater y antes de dejarlos salir, lo llevaron a una caseta lateral y le obsequiaron con un traje rojo y azul, varias tallas más grandes y bastante malgastado, además de su propio palo y unas cuerdas. Las cuerdas eran para atar a los delincuentes y llevarlos ante los Viandantes.
Se cambió allí mismo, no fue difícil. Emocionado atravesó las puertas junto a Remo para ir al exterior. A unos cincuenta metros de las murallas, había dos pequeñas edificaciones de varios pisos y separadas por una pasarela en altura. Allí había otros seis soldados apostados, en silencio. Eran muy jóvenes. El mayor de ellos sería un año más grande que él. Todos de su altura aproximadamente.
Entonces Remo le explicó lo que debía de hacer. Durante un mes, su función sería estar allí quieto, pendiente del paso de algún comerciante. Confirmando la licencia. En caso de ataque, tanto de animal o personas, debía de salir corriendo hacia la puerta de la muralla para avisar a los guardianes de las leyes que allí se encontraran. Solo eso.
Brullo tenía muchas preguntas, pero Remo no le dejó hablar. Solo eso. Los relevos serían cada doce horas. Y cada día, durante un mes, solo eso. Remo cogió a uno de los seis muchachos que había allí y lo acompañó dentro de la muralla. Ninguno habló hasta que el relevó apareció antes del atardecer.
Arilla. Año 37 de la Nueva Era Primaria. Barranco.
Cuando Arilla llegó a la pared del barranco, quitó las plantas venenosas que tapaban el agujero. Sacó la herramienta de su padre y comenzó a hacer aquel agujero un poco más grande. Fue bastante rápida. Cuando confirmó que podía entrar sin problemas, cogió uno de los restos de velas y con las piedras la encendió. Su intuición le decía que era lo correcto. Como si su destino pasara por aquel túnel.
No tardó mucho tiempo en pensárselo y entró en aquella oscuridad. El trozo de metal seguía allí, en el suelo. Lo dejó donde estaba para recogerlo al salir. Había un túnel bastante estrecho, apenas cabía, pero no miró atrás. Cada vez estaba más oscuro y la vela no iluminaba demasiado. No tardaría en consumirse. Había tan poco espacio, que dudaba si podía encender otra. Cuando llevaba andando por aquel túnel más de quince minutos, la luz de la vela se apagó.
Aquella oscuridad la hacía sentirse triste. Después de un rato intentando acceder a otro resto de vela y las piedras de la bolsa, se dio por vencida. Animándose brevemente, se dijo a sí misma que continuaría andando por aquel túnel, muy despacio, pie sobre pie, hasta que consiguiera llegar a algún sitio, mucho más grande, para poder encender el siguiente resto de vela y coger las piedras para encenderlo. Fue muy despacio, hasta que el suelo se derrumbó bajo sus pies. No le dio tiempo a reaccionar, no supo cuánto tiempo estuvo cayendo hasta que la negrura se hizo definitiva.
Trisa. Año 39 de la Nueva Era Primaria. Ciudad de Súrides.
Trisa era la hija menor del Pater Masen. Su familia era la más importante de la ciudad de Súrides. Era importante, porque era la única familia que tenía en su poder unas reliquias de los Primeros. Solo otros Paters de aquella ciudad, e incluso algún Pater de las ciudades más cercanas, había conseguido admirar aquellas reliquias.
Tenía 16 años y no se había separado en ningún momento de aquella fortaleza. Solo una vez en toda su vida su madre la dejó ir junto a ella a los comercios que había alrededor de las murallas.
Trisa tenía el pelo rubio, largo hasta la cintura. Su cara era angelical, sin imperfecciones. Su ojos azules como el cielo de Batellum. Sus nariz y orejas estaban a la altura de la perfección. Su boca era fina y colorida. Su figura esterilizada, aunque era muy difícil de intuir por las túnicas anchas y coloridas que siempre llevaba puestas.
La estaban preparando para la vida en la fortaleza. Su vida era el estudio y la comprensión de la nueva Constitución de los Primeros, la Nueva Vía. Aprender a leer y escribir no estaba al alcance de todos y debía de aprovechar su situación para absorber todos aquellos conocimientos. Aunque el puesto de Pater, solo estaba destinado a los miembros masculinos de las familias, ella pretendía cambiar eso, o por lo menos demostrar que las mujeres también podían ser grandes gobernantes.
Pasaba mucho tiempo sola y, por desgracia, no había muchas chicas de su edad en la fortaleza. Su única ocupación era estudiar y aprender. Eso es lo que le decían sus tutores. Pero había días que había llegado a plantearse el dejar de estudiar y dedicarse únicamente a leer.
En la fortaleza había una biblioteca enorme con gran variedad de libros. Por supuesto, muchos estaban prohibidos, pero había otros que contaban historias del pasado. Historias de planetas imaginarios diferentes al suyo. Historias de aventura y acción, que llenaban esos momentos de amargura y aburrimiento.
Muchas noches, conseguía evitar a los guardianes de la fortaleza y llegaba hasta la biblioteca y allí se pasaba las horas. Si su padre o cualquiera de las otras familias se enteraban, le prohibirían acceder a la biblioteca. Hasta que no cumpliera los 18 años, no tendría autorización para leer aquellos libros. También sabía que su madre sabía su secreto, pero nunca la había denunciado.
Amaba a su madre, que casi siempre estaba enferma. Tenía una habitación separada del resto de la familia. Trisa la visitaba siempre que podía y cuando creía que estaba dormida y no la escuchaba, le contaba innumerables aventuras con las que ella soñaba, pero que solo había leído.
Por casualidad, una tarde después de comer, escuchó ruidos dentro del despacho de su padre. Él solo iba allí para firmar licencias y leer las novedades de la ciudad o de las otras ciudades de alrededor.
Se quedó un momento fuera observando lo que hacía su padre antes de entrar y saludarlo. Entonces vio cómo su padre sacaba un pequeño palo de la mesa y se acercaba a una de las paredes de la sala. Con el palo, consiguió sacar una piedra de la pared y dejar a la vista un compartimento secreto. Su padre se giró por si alguien lo vigilaba y al no darse cuenta de que Trisa estaba fuera observándolo, metió la mano en aquel compartimento secreto.
Trisa se asustó, pensado que su padre hubiera estado a punto de verla y con pasos sigilosos se alejó de allí.
Más tarde, en su habitación, estuvo pensando en todo aquello y llegó a la conclusión que, en aquel compartimento secreto de la sala de su padre, debían estar las famosas reliquias de los Primeros.
Su padre, al día siguiente, se tenía que marchar fuera, a otra ciudad, para una reunión de Paters. Aprovecharía para poder admirar las reliquias, si allí se encontraban. No tendría otra oportunidad, pensó.
Arilla. Año 37 de la Nueva Era Primaria. Tierra de nadie. Cueva.
Abrió los ojos. Poco a poco fue acostumbrándose a la oscuridad. No recordaba qué había pasado. Respiró hondo varias veces. No le dolía nada. Se encontraba muy bien. Tenía la piel muy dura. Cada vez veía mejor en aquella oscuridad. Había una bolsa muy cerca de ella. Contenía varios restos de velas y dos piedras que supuso que era para encenderlas. La cogió, pero no quiso sacar nada de ella. Se puso en pie y empezó a andar. Solo podía ir hacia delante. Veía un camino marcado en las paredes del túnel, como lucecitas azules fluorescentes que le indicaban por dónde ir. Pasó varios cruces, pero ella siguió aquel reguero de lucecillas.
Entonces se acordó de todo.
De cómo encontró aquel filón y detrás de él había un túnel. Cómo había agrandado el agujero para poder entrar dentro y cómo el suelo había colapsado. No sabía cuánto rato llevaba allí dentro. No tenía prisa, recordó. Nadie la esperaría en la ciudad. Sus padres ya estaban acostumbrados a que fuera un espíritu libre.
Continuó andando por aquel túnel sinuoso. Su vista allí dentro era espectacular. A pesar de la negrura, veía claramente el camino marcado en las paredes, que seguía siendo bastante estrecho. Cualquier adulto lo tendría muy mal para pasar por allí.
Empezó a tener hambre, pero no quiso pararse a comer algo. Tenía la sensación de que no tardaría en llegar a algún lugar más abierto. Allí descansaría y comería algo.
Poco minutos después, así ocurrió. Llegó a una sala bastante grande. En el centro había unas piedras que le servirían de asiento para poder descansar y comer algo. Se sentó y de la bolsa sacó un poco de pan y una vasija de agua, que milagrosamente no se había roto en la caída.
Mientras masticaba el pan, vio que en las paredes había diferentes agujeros, pero solo uno de ellos estaba iluminado por aquella luz azulada.
Cuando dio cuenta del pan, se levantó y se dirigió hacia aquel agujero. Se quedó un rato mirándolo sin saber muy bien que es lo que debía de hacer. Al final optó por meter el brazo dentro del agujero, por si casualidad, había algo dentro, que pudiera aprovechar para sus recolecciones.
No había nada dentro de aquel agujero. Era bastante hondo y no podía tocar el final. Se desilusionó. Todo aquello para nada. Cuando se dio por vencida, volvió a mirar dónde estaba y no vio ninguna salida. Tendría que volver sobre sus pasos.
Cuando cogió la bolsa, que había dejado tirada en las rocas del centro y que había usado para sentarse y descansar, vio otro hueco en la pared iluminado. Se acercó a él y volvió a meter el brazo entero. Nada, estaba vacío. Se desesperó. Todo para nada, se repitió.
Pero un nuevo agujero se iluminó y volvió a meter el brazo entero. Tampoco había nada. Otro agujero diferente iluminado. ¿Qué era aquello? ¿Un juego? Se dirigió hasta él y volvió a meter el brazo completo sin tocar nada, pero esta vez, algo le dejó el brazo atorado allí y no podía sacarlo. Notó un pinchazo. Segundos después, como si nada, pudo sacar el brazo.
Mierda. ¿Algún animal la habría mordido? ¿Le había inyectado veneno? Se había equivocado metiendo el brazo en aquellos agujeros, se dijo para sí misma. Se dejaba llevar por sus intuiciones y eso no era bueno. Nadie la encontraría allí encerrada. Estaba acabada.
De repente se escuchó un zumbido y toda aquella sala empezó a temblar. Caían del techo cascotes de rocas pequeños y mucho polvo. No tenía donde esconderse de aquellas piedras. Se protegió la cabeza con los brazos. No veía nada. Se había levantado una nube de polvo que no dejaba ver.
Varios minutos después, la nube de polvo se había disipado y con el corazón a punto de estallar, lo vio. Algo había cambiado en aquella sala. En una de las paredes de aquella sala, dentro de la cueva, había una puerta. Era blanca y no tenía manecilla ninguna. Tenía un tacto frio. Totalmente lisa. Pintada, en letras negras, había una palabra «Sagitta».
Varias horas después todavía intentaba abrirla sin conseguirlo. Cayó desalentada y muy cansada. No sabía cuánto rato había pasado desde que entró en aquel lugar. Necesitaba descansar. Sus padres siempre le decían que cuando uno estaba descansado, se veían las cosas con más claridad.
No tenía frío. Se apoyó en el suelo cerca de las piedras del centro, que estaban llenas de cascotes de roca. Y se quedó dormida.
Soñó con mundos nuevos, muy diferentes al suyo. Con lugares en los que nunca había estado. Soñó en más allá del cielo, en el espacio y su inmensidad. Pasaron muchas imágenes de lugares, de personas, de objetos y artefactos inimaginables, que no comprendía. Todo aquello la hacía sentir relajada. Se sentía cómoda. Desconocía qué era todo aquello, pero la tranquilizaba.
Abrió los ojos. Seguía allí tumbada al lado de las piedras del centro de la cueva. Estuvo unos segundos intentando recordar todas aquellas imágenes, todos aquellos sueños. Seguía muy relajada. Hasta que recordó que estaba allí encerrada, que no tenía salida por ningún lado. Bueno, estaba la puerta extraña. Pero no sabía cómo abrirla. ¿Qué es lo que debía de hacer para abrirla? Se levantó despacio y se colocó delante de la puerta. Puso las dos manos planas tocando la suavidad de aquel material, su frío. No pasó nada, pero no se movió de aquella postura. La puerta le daba tranquilidad, la relajaba. Entonces en voz alta, dijo:
—Ábrete —Como si pensara que, con su orden, la puerta se abriría sin más.
Y sí, se escuchó un clic y la puerta se empezó a abrir, lo que hizo que diera varios pasos hacia atrás. Cuando ésta estuvo abierta del todo, asomó la cabeza por ella. Más oscuridad.
Pieter. Año 39 de la Nueva Era Primaria. Ciudad de Triaredo.
Cómo odiaba su carácter. No podía callarse y estar quieto. Seguramente, su padre estaría muy decepcionado con él. No sabía muy bien cómo iba a salir de aquella situación. Lloró largo rato.
Su padre era un Viandante de la ciudad de Triaredo. De los más duros. Sus sentencias contra los incumplimientos de las leyes eran ejemplares. Rezaba a los Germinadores para que su padre se apiadara de él. El problema era que no había sido la primera vez. Lo había perdonado muchas otras veces.
Pieter estaba encarcelado. Llevaba casi todo el día allí metido. Enjaulado. Reconocía que se había equivocado.
Esa misma mañana fue a dar un paseo por los comercios de la ciudad. Había dormido muy bien, estaba relajado y muy contento. No se podía empezar mejor el día. Todo fue bien hasta que vio a aquellos dos fantasmas, guardianes de las leyes, atosigando a una chica. Se conocía. Debía de dar la vuelta y volver al edificio de control donde, horas más tardes, tenía un examen de las leyes.
Su futuro pasaba por ser Viandante. Le habían inculcado desde pequeño, que debía de hacer cumplir las leyes a rajatabla, la Nueva Vía. Si era blando, las clases más bajas se convertirían en salvajes y despreciarían todo lo que habían conseguido esos casi cuarenta años de la Nueva Era Primaria. Debía de ser estricto.
Los guardianes seguían molestando a aquella niña, que no tendría más de 13 años. Ella solo quería irse, esconderse, no quería problemas. En cuanto ambos guardianes se despistaron, salió corriendo, pero tropezó a pocos metros de ellos. La niña se quedó llorando en el suelo, desolada, mientras los guardianes de las leyes no paraban de reírse de ella.
Pieter no pudo soportarlo más. Se abalanzó sobre los guardianes, los empujó y tiró a ambos al suelo. En cuanto los guardianes se repusieron, lo agarraron de las piernas y brazos y lo inmovilizaron. Lo conocían y no era la primera vez. Ya había atacado antes a los fantasmas. Un gran error. Lo único positivo es que la niña, al ver la escena, aprovechó para huir de allí. Cuando los guardianes quisieron darse cuenta, la chica ya no estaba.
A Pieter, por el contrario, lo habían llevado hasta el edificio de control y lo tenían encerrado en una mazmorra. Su padre se apiadaría de él y vendría a sacarlo, para que no pasara la noche allí encerrado.
No fue así, estuvo toda la noche tiritando sin poder dormir, encogido. Ni siquiera le trajeron comida o agua. Su piel oscura se estaba volviendo blanquecina de la humedad, pensó. Tenía el pelo negro, corto y afro, húmedo. Sus grandes labios estaban pálidos y su nariz redonda moqueaba. Con sus 16 años, no duraría mucho en aquel lugar.
