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En el año 2210, un grupo de seis personas es reclutado en Barcelona para participar en una innovadora misión. En un escenario donde la inteligencia artificial convive con el ser humano como si fuera la voz de su conciencia, donde la tecnología ocupa un lugar privilegiado en las vidas de las personas y se ha asumido con naturalidad una manera distinta de entender el trabajo, el ocio… ¡y hasta la gastronomía!, resulta difícil imaginar que todavía pueda surgir algún descubrimiento novedoso. Pero fuera del entorno conocido de la Tierra, hay un universo entero por explorar. ¿Qué les deparará a los seis protagonistas la misión para la que han sido elegidos?
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Seitenzahl: 540
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Francisco Gómez Luque
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de cubierta: Rubén García
Planos del final: Raúl Velázquez Gómez
Supervisión de corrección: Celia Jiménez
ISBN: 978-84-1068-361-7
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».
Prólogo
Intentar imaginar dónde estaremos dentro de algunos años, cómo serán nuestras relaciones y hasta los detalles más cotidianos de nuestras vidas, no es tarea fácil. Y, sin embargo, esto es lo que ha conseguido el autor de Sagitta-Flecha, una novela que plantea un futurible nada descabellado, pero no por eso carente de sorpresa.
El autor desarrolla esta premisa con gran acierto y nos pone delante de seis personajes muy bien retratados con los que conseguiremos empatizar y a los que acompañaremos en esta aventura que se les plantea de forma inesperada y con la que nos haremos alguna que otra pregunta.
Prepárense para disfrutar de esta (quién sabe si, tal vez, visionaria) historia.
Nota del autor
Como toda historia que se precie, esta historia empieza un día soleado en Barcelona. Pero no es un día soleado en Barcelona cualquiera, va a ser un día soleado en Barcelona, diferente a cualquier otro día.
Seis personas se van a conocer por primera vez y van a unir sus caminos. Pero no se sabe muy bien por qué unirán sus caminos, si simplemente es el destino, que es muy caprichoso, o es el último recurso del planeta para salvaguardar a la humanidad de catástrofes incontrolables y confusas.
Aunque la humanidad se ha unido para equilibrar las desigualdades ocasionadas por el pasado, existen otros factores que los humanos no pueden controlar. Por ejemplo, el espacio. Ese espacio ilimitado, que sigue al margen del control de los humanos. Ese espacio, sin descubrir, fuera del alcance de la debilidad humana, a pesar de todos los avances para limitarla. Porque, aunque hemos avanzado y mucho, seguimos sin poseer el control de nuestro destino. Queda tan lejos, pero a la vez tan cerca. Los detalles marcan esa diferencia y, casualmente, un selecto grupo de personas, sin nada en común, pero ávidos de conocimiento y aventura, retuercen el destino, para ser héroes de su propia historia. Una historia que nos repercute paralelamente en nuestras vidas. El futuro de la humanidad está cerca de asomar. El mundo, tal y como lo conocemos, se está quedando en una mota de polvo, que, en breve, quedará olvidado. O no. Ya lo veremos.
Somos un planeta joven, acabamos de crear el Nuevo Mundo Libre. Estamos en el camino adecuado, las ideas son buenas, pero el tiempo no da para más.
Vamos a ver qué pasa. Veamos a nuestros héroes.
.
Martes, 13 de marzo de 2210. COPA. 08:48 h.
Suena el despertador. No me lo creo, me acabo de acostar. Trabajo de 21:45 a 05:45. He llegado a casa a las 06:16 y en cuanto he llegado me he acostado, porque, a las 09:30, tengo un partido de pádel holográfico. En mi calendario está marcado en rojo. Es un partido amistoso, sí, pero es contra una pareja que juega muy bien y es el tipo de partido que uno nunca se quiere perder.
Lo primero que hago es ir al lavabo, los cafés de la noche pasan factura y eso que solo tengo 34 años. Me miro al espejo y veo a un muchacho delgado, rubio, con una nariz con justa prominencia, pero no destacable, ojos, boca y orejas pequeñas. Común. Nací en 2175 y tuve la suerte de nacer justo en el inicio de la creación del Nuevo Mundo Libre. Mimaron mi ADN para nacer con los mejores genes, de la misma forma que el resto de las personas que viven en el mundo desarrollado, porque, por desgracia, cuando nací, todavía existían países subdesarrollados, en comparación con los que más poder y modernidad tenían. Ellos en aquella época no tenían tanta suerte como yo. Pero eso estaba cambiando. Desde la creación del Nuevo Mundo Libre, las cosas se estaban equilibrando. Actualmente, seguía habiendo desigualdades, pero se estaban corrigiendo, poco a poco, eso sí.
También al nacer me habían incorporado una IA, que controlaba mi salud y que por desgracia también me la quitaba a veces, ya que es bastante impertinente y quiere controlar todo aquello que hago, para que no me desvíe del buen camino, además de ser una insufrible conversadora y generadora, en mí, de cabreos innecesarios. La llamo Jonsu.
Me preparo con tranquilidad el café con leche y unas galletas. Mi piso es mediano. Tiene un gran comedor con cocina, separados, eso sí, por una gran mesa de mármol. En el comedor solo tengo un sofá de tres plazas y una televisión holográfica que ocupa toda una pared. La cocina casi no la uso, porque tengo una antigua máquina de comida que genera lo suficiente para comer cada día, algún día me la actualizaré, pero ahora mismo pienso que es innecesario, además muchos días como fuera. En la cocina también tengo la incineradora, que recicla todo lo que no se usa y destruye los desechos que genero. El piso tienes dos habitaciones grandes, una con lavabo, que tiene una gran ducha, y la otra habitación que solo uso para la ropa que no reciclo en la incineradora y que voy acumulando, porque no me gusta tirar nada. Sobre todo, aquellos artículos que me regalan mi familia o amigos y no he usado en la vida. Allí están por si algún día me da por usarlos. En esa habitación, que la llamo cambiador, tengo la máquina de ropa y la de 3D. El piso también tiene terraza, pero prefiero no salir a menudo, no me gusta la gente, intento relacionarme poco. Me gusta ser yo mismo y decir las cosas como me vienen, y eso a la gente que me rodea no le gusta mucho. Eso creo que lo he aprendido de Jonsu.
Cuando llegue del pádel, dejaré todo preparado para cuando vaya de nuevo a trabajar esta noche. Así podré ducharme tranquilamente y a la piltra, para aprovechar todas las horas que pueda de sueño, aunque luego me despierto pronto y no consigo echar muchas horas seguidas.
Trabajo en el sector de la logística, es lo que elegí cuando cumplí los 16 años. Ese era mi sueño, bueno, a los 16, porque después me fascinó el tema del espacio, sobre todo después de ejercer mi derecho de ir a formarme en el nuevo ejército del Mundo Libre. Simplemente eran 9 meses de formación militar y después volvías a la vida cotidiana. Ahora soy un profesional de la logística. Trabajo en el almacenaje automático de piezas de la fabricación de módulos. Los módulos son los vehículos particulares, de transporte, de mercancías, de todo tipo, aquellos que se deslizan por la tierra.
Mi trabajo es sencillo, que todo vaya como la seda, pero, con toda la automatización, es difícil conseguirlo. Siempre pasa algo. No hay una noche tranquila. Mucho trabajo.
Debéis tener en cuenta que ya no se lleva mucho lo de estudiar. Desde hace décadas, por no decir, lustros, al tener implantadas las IA, ya no es necesario el aprendizaje de las personas, aunque sí que es cierto que a muchos de nosotros todavía nos gustaba leer libros, el conocimiento de lo desconocido, y de lo antiguo. Pero son caprichos ociosos con pocos seguidores. Cada día nos parecemos más a las máquinas, a los robots. Nos movemos por inercia y trabajamos artificialmente rítmicos. Tenemos rutinas diarias y nos cuesta mucho generar nuevas distracciones.
Llevo los restos del desayuno y la taza a la incineradora. Tengo que elegir equipación, no me queda mucho tiempo para prepararme. Me cambio, voy hacia el recibidor y, cuando llego a la puerta, veo que han pasado una carta por debajo la puerta. Es una sobre amarillo. Lleva mi nombre manuscrito. Pone COPA, pero nada de quien lo envía. Mi nombre en realidad es Frank, pero siempre me han llamado Copa. Hubiera sido más fácil enviarme un mensaje por la red, más rápido y seguro. Quién pierde el tiempo escribiendo una carta. Pero cuando abro el sobre hay una postal o, más bien, una invitación. Propaganda. Ese es mi primer pensamiento. La dejo encima de la mesa del recibidor y me voy hacia el pádel holográfico.
Martes, 13 de marzo de 2210. COPA. 11:22 h.
Entro en casa derrotado. El partido me ha ido fatal. He jugado peor que nunca. He cambiado de pala holográfica varias veces porque no estaba golpeando bien la pelota holográfica. Mi compañero ha tenido mucha paciencia conmigo. A pesar de todo, hemos quedado para la semana que viene para repetir el partido. Menos mal, a ver si estoy más concentrado. Cuando entro en casa, veo el sobre amarillo que me habían pasado por debajo de la puerta. Propaganda, no. Eso no se estila, es un gasto de papel innecesario. Alguna broma, seguro. No sé por qué pienso en ello. Será una tontería. Pero ahora mismo mi meta es coger el sobre amarillo y mirar la tarjeta que lleva dentro. La saco. No tiene ningún logo ni dibujo.
Es una invitación, a mi nombre.
«Sr. Frank Zemog, queda Vd. invitado a la conferencia sobre la Nueva Era Espacial realizada por el profesor de Universidad Dr. Williams Reitter, el próximo sábado a las 20 h, en el Palacio de Congresos de Barcelona.
No es necesario confirmar asistencia, pero debe presentar esta tarjeta para poder acceder al recinto y a la sala donde se efectuará la conferencia. Firmado: Sr. Artemis Donter».
Flipa. Será propaganda. Se la habrán enviado a todo el mundo. Es raro, sí. Pero una conferencia. Imagino que alguna vez habré visto un reportaje sobre la Nueva Era Espacial y mi encantador amigo Jonsu habrá rellenado alguna solicitud online por mí. Sí, debe de ser eso. Jonsu. Pero Jonsu me dice rápidamente que él no sabe nada. Me da datos de lo que hay detrás de esa conferencia y me dice que es para gente de mucho más nivel del que yo tengo. Igualdad. Y cómo me ha llegado esa tarjeta a mí, con mi nombre. Jonsu no tiene ni idea. Creo que sigue cabreado porque le he dicho que la culpa de fallar en el partido de pádel ha sido suya. En el módulo me iba diciendo que no necesitaba ayuda para hacerlo mal, que yo solo me basto.
Jonsu me dice que es raro lo de la tarjeta, pero que es una oportunidad para hacer algo diferente el fin de semana. Además, es un tema que me gusta. Sí, creo que iré, no pierdo nada.
Martes, 13 de marzo de 2210. BEATRIX. 13:46 h.
Ella estaba sentada en su despacho. Todos la llamaban Beatrix, aunque su verdadero nombre era Beatriz Sáez. Tenía 32 años.
Era comercial, es lo que había elegido ser. No de las que te querían vender algo, sino de las que montaba y ejecutaba programas comerciales holográficos para cualquier tipo de empresa. Para exteriores o para la televisión comercial. De comida o de muebles, daba igual, ella te montaba anuncios holográficos que se adaptaban a tu empresa. Eran muy buenos, pero estaba en una empresa pequeña y los proyectos que realizaba no le significaban mucho sacrificio. Era lo que había decidido, trabajar de comercial. Y era suficiente para ella, no necesitaba más. Se llevaba muy bien con sus compañeros y compañeras de trabajo. Salían a menudo a comer o cenar juntos. En su departamento eran seis, cuatro chicas y dos chicos y se iban repartiendo el trabajo por orden de llegada de los proyectos, nadie estaba especializado en nada en concreto y todos podían desarrollar cualquier tipo de anuncio holográfico. Ella no era la más atractiva del grupo, pero sí la más simpática y atenta. Su físico, delgado y sin curvas, no enamoraba demasiado, pelo moreno con media melena, cara angelical, como de no haber roto un plato en su vida. No le gustaban los compromisos largos, ni perder el tiempo en una relación, no era una apasionada de los chicos que la rodeaban. Era libre emocionalmente. Además, mantenía la mente abierta, por eso sus proyectos eran de lo mejorcito de la empresa.
Su IA la avisó de que tenía una llamada de recepción. Era Stwart, el conserje. Le dijo que había en la recepción un mensajero y que preguntaba por ella.
El despacho de Beatrix se encontraba en la tercera planta de un bloque de despachos de doce. No tardó mucho en bajar hasta la recepción. Stwart le señaló a una muchacha de unos 20 años, que la esperaba de pie al lado de la puerta de entrada al edificio. Srta. Beatriz Sáez. Sí, soy yo. Le entregó un sobre amarillo. La chica automáticamente salió a la calle y desapareció al instante. No tuvo tiempo de preguntarle nada. El sobre amarillo venía con su nombre, bueno, mejor dicho, con su apodo, Beatrix, manuscrito. No entendía nada. Un sobre, propaganda, felicitación, ¡no! Eso ya no se lleva, es un gasto de papel innecesario. Una broma de sus colegas de trabajo, eso sí que podía ser. Stwart la despertó de sus pensamientos. Subió directamente a la tercera planta y miró a sus compañeros. Una broma, ¿verdad? Los compañeros se quedaron boquiabiertos al ver el sobre amarillo. No, ellos no habían sido, se dijo, sus caras los hubieran delatado. Pero tarde, todos se arremolinaban alrededor de ella para ver el sobre amarillo. Tuvo incluso que escuchar el comentario de Sara, que conocía a un pariente que había recibido un sobre parecido. Dentro del sobre, continuó contando Sara, había una poesía dedicada de un antiguo novio. Algo muy romántico y fuera de lo común en aquella época. Beatrix esperaba que aquella carta no fuera igual. Seguro que era de uno de los chicos que se le quería insinuar de la misma manera. Era un momento de tierra, trágame. Al final decidió no abrirla, a pesar de los comentarios contradictorios de sus compañeros. Esperaría a estar sola o a llegar a su piso, mejor.
Martes, 13 de marzo de 2210. BEATRIX. 17:26 h.
Beatrix estaba recogiendo la mesa de su despacho. Había acabado por hoy. Pero tenía que ir al lavabo, más que nada porque tenía 40 minutos de camino hasta su piso. Se sentó en el váter y se dio cuenta de que tenía el sobre amarillo en el bolsillo de la chaquetilla que llevaba puesta. Decidió abrirlo. Dentro había una tarjeta. No tenía ningún logo ni dibujo. La abrió.
«Srta. Beatriz Sáez, queda Vd. invitada a la conferencia sobre la Nueva Era Espacial realizada por el profesor de Universidad Dr. Williams Reitter, el próximo sábado a las 20 h, en el Palacio de Congresos de Barcelona.
No es necesario confirmar asistencia, pero debe presentar esta tarjeta para poder acceder al recinto y a la sala donde se efectuará la conferencia. Firmado: Sr. Artemis Donter».
Sería de alguna de las empresas para la que había efectuado algún proyecto. Ni idea, no conocía ninguno de los nombres allí mencionados, ni logos conocidos. Pero tenía curiosidad. Por qué a ella. Por qué esa invitación. Sí es cierto que ella era una gran fan del espacio y era un tema recurrente en las conversaciones del trabajo y en los proyectos que creaba. Igual era interesante acudir, no tenía nada más que hacer el sábado. No tenía nada que perder. Sí mucho que ganar, pero ella todavía no lo sabía…
Martes, 13 de marzo de 2210. PORTER. 19:03 h.
Tantas actualizaciones para qué, cada día actualiza esto, actualiza lo otro, cambia esto, lo otro. Es lo que pensó Porter. Había elegido mecánica. Las IA habían predicho que era el trabajo perfecto para él, pero rondando los 50 años, lo que estaba era aburrido de cada día lo mismo. Tenía dinero ahorrado, no mucho, pero lo suficiente para poder vivir sin que le faltara nada durante muchos años. Siempre con las manos manchadas. Retoque de pintura por aquí, actualización del software de seguridad por allá, cambio de imanes del sistema de elevación del módulo, este asiento es incómodo, cámbialo por uno más ergonómico. Estaba harto. Todo el día lo mismo. Cuando creía que podía plegar e irse para casa, aparecía un nuevo cliente y todo eran prisas y más prisas. Ya no tenía paciencia. Se hacía viejo, no físicamente, pero sí en su mente. No lo soportaba más. Deseaba unas vacaciones. Sí, se lo iba a plantear a su jefe. Unas vacaciones. Llevaba más de tres años sin días de descanso. No podía más. Acababa aquel módulo que tenían que entregar por la mañana y le enviaría un email al jefe solicitándole unas vacaciones inmediatas. Llevaba 25 años trabajando allí y sí, le habían tratado muy bien, pero necesitaba parar o se pondría malo. Su IA interior llevaba avisándolo desde hace meses. Para. Quince minutos después terminó el módulo y lo dejó preparado en la plataforma de entrega al cliente. Fue hasta su taquilla, cogió la toalla y la ropa interior y se fue a duchar. Después, sin dudar, a su cubículo, donde tenía el ordenador del trabajo y redactaba todo aquello que había hecho al módulo y las horas empleadas. Respiró varias veces, se abrió la pantalla holográfica y fue dictándole a su IA lo que debía escribir a su jefe en el email.
«Sr. Rdenten:
Con la presente le informo de que, a partir de mañana, día 14 de marzo de 2210, me tomaré un mes de vacaciones a costa de los días que tengo acumulados en mi cuenta. Gracias de antemano. Saludos.
Firmado: Sr. Porter».
Su IA escribió el texto tal cual lo pronunció Porter e inmediatamente lo envió. Porter se había quitado un peso de encima. Necesitaba descansar física y mentalmente. Era un vaso colmado que estaba a punto de rebosar. En ese momento sonó el timbre del taller. Mierda, otra vez. No se movió. No hizo ruido. Sonó de nuevo el timbre. Silencio. Su IA le mencionó que podía atender a quien fuera, solo hacer la inscripción del módulo y la reparación a efectuar y que se fuera para casa. Su jefe al día siguiente ya se encargaría. Porter no lo tenía claro. Seguro que es una urgencia, pensó. Seguro que es una urgencia. Mañana vacaciones. Mañana vacaciones. Y fue a abrir la puerta del taller. Se encontró a una chica rubia de más o menos 20 años, vestida con un atuendo bastante escueto de color verde oliva. Gafas de administrativa y calcetines blancos con unos zapatos de charol no aptos para andar por la ciudad. Todo esto hizo que Porter se relajara. Sr. Porter Smith, preguntó la muchacha. Sí, soy yo, respondió él. Tenga. Y le entregó un sobre amarillo. La chica, en cuanto se lo dio, giró sobre sí misma y se marchó hacia la negrura de las callejuelas de aquel barrio de Barcelona. Desapareció como si nunca hubiera estado allí. Visto y no visto. El sobre amarillo qué era, una broma, un regalo, propaganda. No, ya no se llevaba el papel, era un gasto innecesario. No tenía amigos, no sería una broma de sus antiguos compañeros de taller. No. Se fijó bien en la letra manuscrita con su nombre, Porter Smith, no reconocía esa caligrafía, aunque también es cierto que conocía a poca gente que escribiera a mano todavía. Abrió el sobre. Había una tarjeta dentro del sobre. No tenía propaganda, ni anuncios de ninguna empresa.
Era una invitación a un evento, o, mejor dicho, a una convención.
«Sr. Porter Smith, queda Vd. invitado a la conferencia sobre la Nueva Era Espacial realizada por el profesor de Universidad Dr. Williams Reitter, el próximo sábado a las 20 h, en el Palacio de Congresos de Barcelona.
No es necesario confirmar asistencia, pero debe presentar esta tarjeta para poder acceder al recinto y a la sala donde se efectuará la conferencia. Firmado: Sr. Artemis Donter».
Se habrán equivocado al poner el nombre, pensó. Él no había rellenado ningún formulario para asistir a ningún evento, ni conferencia del espacio, ni nada de eso, aunque sí que es cierto que el tema le gustaba mucho. Bueno, al día siguiente estaría de vacaciones, tendría un mes de vacaciones, qué mejor forma de empezarlas. Sí, iría a la convención esa y, si se habían equivocado de persona, lo siento, pero él ya estaría allí y no podrían echarlo.
Miércoles, 14 de marzo de 2210. PORTER. 09:12 h.
Se despertó tarde, estaba acostumbrado a levantarse sobre las 06:45. Había dormido mucho y le dolía todo el cuerpo. Su IA no le molestó hasta que se despertó por sí mismo, como le había dicho antes de acostarse. Su IA le avisó de que tenía la respuesta de su jefe.
«Buenos días, Sr. Porter. Por la presente le comunico que Vd. deja de formar parte de esta empresa. Sus vacaciones y sus días acumulados serán añadidos a su finiquito. Le agradecemos sus 25 años de dedicación.
Nuestros gestores se pondrán en contacto con Vd. a partir de mañana, día 15 de marzo. Sus pertenencias también serán entregadas a los gestores, por lo que no será necesario que se presente en el taller a recogerlas.
Todo suyo, Sr. Rdenten».
Su rostro cambió instantáneamente. Estaba cabreado. Veinticinco años de trabajo en aquel taller lo habían envejecido más de la cuenta. Su cuerpo estaba hinchado de mal comer, de no prestarse atención a sí mismo. Media casi los dos metros, no era un cuerpo para despreocuparse. Su IA le tenía que recordar cada día que tenía que hacer ejercicio para aliviar el estrés. Qué ejercicio, decía él, si no le quedaban ganas de nada cuando salía del trabajo. Sus ojos marrones estaban ensangrentados de pura locura. «Me pido unas vacaciones y me despiden. Después de 25 años donde me he dejado la vida», se dijo a sí mismo. Su IA controló su nivel de bombeo al corazón. Iba a estallar. Su IA lo tranquilizó, le dijo que no era el final del mundo. Por suerte había mucho trabajo, sobre todo de mecánico. No era el fin del mundo, no. Pensó que no era por el trabajo, era por lo que representaba aquello, después de 25 años. Lo habían despedido sin más. La IA lo relajó al punto que casi se quedó dormido, de nuevo. Dormitando, cayó al sofá. Se despertó una hora más tarde, más relajado, con sus pelos grisáceos, revueltos. Los ojos llorosos, pero ya sin ira.
Miércoles, 14 de marzo de 2210. NAURIS. 09:54 h.
Nauris era cocinera. Con sus 26 años se creía una chef, de las mejores. Trabajaba en un restaurante de la zona VIP de Barcelona, en Pedralbes, del barrio de Les Corts. Y sí, era muy buena, pero no le dejaban preparar sus propios platos. Había un chef italiano que no permitía que el resto de los cocineros propusiera ningún cambio en sus platos. Su comida era buena, pero se podía mejorar, pensaba Nauris. En casa, ella usaba muy poco la máquina de comida, que, aunque estaba recién comprada y seguramente era uno de los últimos modelos, no acaba de darle el mejor sabor a los platos. Y sí, las máquinas más modernas de comida tenían mucha más variedad de platos cocinados que los anteriores modelos y más rudimentarios.
Los restaurantes estaban en extinción desde que las máquinas de comida hicieron su aparición, pero todavía quedaba gente de buen gusto, según ella, que practicaba el buen comer. Sobre todo, el restaurante donde trabajaba. El nombre del restaurante donde trabajaba era Rocina. Pero el nombre no le pegaba al restaurante. Servían comida mediterránea impregnada del típico bocado de la comida asiática, lo que le confería un diferencial respecto al resto de restaurantes y por eso siempre estaba tan concurrido.
Ella solo llevaba trabajando allí año y medio, y, si no fuera por el chef, sería genial, por lo menos si le dejaran, de vez en cuando, preparar alguno de sus manjares.
Por desgracia se tenía que conformar con cocinar en su piso, pero, de momento para ella, eso era más que suficiente. Sin lugar a duda, ella había elegido cocina cuando tuvo que decidir trabajo a los 16 años. Era su sueño, llegar a chef y cocinar los mejores manjares, en los mejores restaurantes del mundo. Y había tenido suerte al ser seleccionada entre los otros ocho cocineros del restaurante. Ella se encargaba siempre de los postres, una de las faenas más difíciles del restaurante. Vamos, que fue la última en elegir puesto y no tuvo más remedio que aceptarlo. Pero se le daba bien. Cumplía las órdenes a rajatabla y su chef y jefes estaban encantados con ella. Aunque no se dejaba amedrentar por nadie, era muy ingeniosa y habladora. No se rendía nunca. Un poco desorganizada, sí, pero tampoco se puede ser perfecto del todo, no.
Su horario de trabajo era bastante bueno, de 10 h a 17 h. Y su salario tampoco era malo. A su edad no podía tener nada mejor que aquello y estaba orgullosa, al igual que su familia, de haber llegado tan pronto a ese estatus, aunque, realmente, desde que se había creado el Nuevo Mundo Libre, las cosas no dejaban de mejorar para casi todos. Siempre había algún desgraciado que no levantaba la cabeza y en ellos siempre pensaba para no bajar nunca la suya.
Eran casi las diez de la mañana y el encargado no había aparecido por allí. Era extraño. Lluís era siempre puntual. Vamos, que cuando llegaba ella sobre las diez menos cinco, el local ya estaba abierto, siempre. Y Lluís vivía muy cerca de allí. Cuando estaba enviando un mensaje desde su IA interna al encargado, un módulo negro y alargado se paró muy cerquita de ella. Dejó de dictarle a la IA lo que debía enviar y se centró en el módulo. De él salió una chica joven rubia de unos 20 años, vestida con un atuendo bastante informal, bueno, más que informal, como si se fuera de fiesta, sí, un vestido de fiesta de color verde oliva, dejando entrever más de lo que ella misma sería capaz de enseñar, pensó. Llevaba puestas unas gafas con montura negra, calcetines blancos con unos zapatos de charol, que deberían costar un dineral. Era guapa, la verdad. La chica se acercó a Nauris y le preguntó si se llamaba Nauris García. En cuanto le dijo que sí con la cabeza, le entregó un sobre amarillo. Con letra manuscrita ponía claramente Srta. Nauris García. En cuanto levantó la cabeza del sobre, ni estaba la chica, ni estaba el módulo negro. Estaba ella sola. El restaurante seguía cerrado. Sin tiempo para pensar en nada de aquello la IA recibió un mensaje del chef del restaurante.
«Nauris, estaremos unas semanas cerrados por reformas. Siento avisarte con tanta precipitación y sin aviso previo, pero a las 9 h nos han aceptado el permiso de obras. En cuanto tengamos fecha de nueva apertura te aviso. Siento las molestias. Chef Remi».
Reformas. No habían dicho nada de reformas. «El local lleva poco tiempo abierto y ya necesitan reformas, no entiendo nada», pensó ella. Todo el mundo debía de estar ya avisado porque eran las 09:30 pasadas y no había aparecido nadie. Le parecía muy extraño, pero también era cierto que los restaurantes como en el que trabajaba solían reformar cada poco tiempo para no aburrir a su clientela y últimamente era habitual cambiar el ambiente dentro del restaurante para dar un fondo temático diferente y conseguir nuevos clientes.
Sin pensar en el sobre que le había entregado la chica desconocida y que se había guardado en el bolso, se fue directamente a la tienda de alimentos. Hoy tendría todo el día para poder cocinar nuevas recetas. Bueno, hoy y no sabe cuántos días más. Cogió la línea 5 del metro y se bajó en Hospitalet y desde allí tenía 5 minutos hasta su tienda de alimentos preferida, y varios bloques de edificios más allá, su piso. Se gastó una buena cantidad de bitcores. Su IA interior le iba indicando y anotando todo aquello que se le pasaba por la cabeza. De ahí, directa a su piso.
Era un segundo, siempre usaba las escaleras. Los ascensores la mareaban. Estaba en forma, con 26 años se comía el mundo. Su cuerpo era atlético. Su melena corta pelirroja dejaba al descubierto su cara de niña, redondita, con bastantes pecas, de las cuales no estaba nada orgullosa. Vestía con una camiseta sencilla blanca, pantalones tejanos azules y unas bambas también blancas.
Soltó la compra encima del mármol de la cocina y guardó todos y cada uno de los alimentos, no muy lejos de su alcance, para usarlos en breve. Se puso una copa de vino, puso la televisión holográfica y calculó detalladamente cuál sería su primer plato en cocinar. No lo dudó. Pulpo con cachelos. Sacó la olla y puso las patatas a hervir, mientras preparaba ya el pulpo al vapor de primera calidad que había comprado. Por respeto a ella, en este punto, no voy a poner los ingredientes que estaba usando, porque a muchos de vosotros, además de haceros la boca agua, seguro que se os ha antojado hacerlo. Pero su receta es suya y de nadie más.
Miércoles, 14 de marzo de 2210. NAURIS. 14:08 h.
Tres horas después ya había acabado el quinto plato. Estaba exhausta. Todo estaba delicioso, aunque pensó en quién se iba a comer tal variedad de comida. Pulpo con cachelos, pollo al curry, croquetas vegetales, canelones de salmón con bechamel y, por último y no por ello peor, el postre. Tarta de fresa con vainilla y azúcar caramelizada.
Su IA no lo dudó y envió por su cuenta y riesgo un mensaje a la hermana de Nauris, Penélope, que vivía no muy lejos de allí. Su hermana era su mayor fan. Amaba la cocina tanto como Nauris, pero cuando tuvo que decidir trabajo, Penélope escogió administración, porque las IA dictaminaron que sus capacidades eran un 81 por ciento superior que cualquier otro trabajo. Y así lo hizo. Penélope trabajaba ahora en una gran empresa de desarrollo, de robótica, y se encargaba de tener en orden todas las peticiones de compra y venta de la empresa. Vamos, que no se aburría. En menos de un minuto Penélope le contestó a la IA que en media hora estaba allí con Nauris para probar todos aquellos deliciosos platos.
Cuando llegó Penélope al piso de Nauris, esta ya tenía preparada la mesa. Estaba toda la comida esperando a ser abordada con una buena botella de vino tinto y otra de vino blanco, acechando los paladares de aquellas dos mujeres.
Cuando acabaron de comer, se tiraron al sofá, no podían moverse. Penélope no dejaba de agradecerle a su hermana lo bueno que estaba todo. Las dos abrazadas en el sofá decidieron ponerse una película a sabiendas de que no tardarían en dormirse para la siesta, allí mismo.
Miércoles, 14 de marzo de 2210. NAURIS. 18:21 h.
Nauris se despertó de golpe. No se había acordado del sobre amarillo. Lo de la reforma del restaurante la había dejado sin otros pensamientos, bueno, sí, y también los de la preparación de la comida y sus nuevos días de fiesta. No pensó, en ningún otro momento, en el sobre amarillo. Su hermana vio la reacción que tuvo y le preguntó. Nauris, sin decir nada, se levantó, fue al bolso y sacó el sobre amarillo. Se lo enseñó a su hermana. Le explicó lo del coche y la chica que salió de él, que le había preguntado su nombre y en cuanto le dio el sobre desapareció sin dar más explicaciones. Ambas observaron el sobre. Sería propaganda, algún aviso de las autoridades, alguna broma. No lo entendían, por lo que Nauris decidió abrirlo. Dentro había una tarjeta, sin logos ni nombre de empresa, solo era una invitación:
«Srta. Nauris Pirsh, queda Vd. invitada a la conferencia sobre la Nueva Era Espacial realizada por el profesor de Universidad Dr. Williams Reitter, el próximo sábado a las 20 h, en el Palacio de Congresos de Barcelona.
No es necesario confirmar asistencia, pero debe presentar esta tarjeta para poder acceder al recinto y a la sala donde se efectuará la conferencia. Firmado: Sr. Artemis Donter».
Las dos se quedaron atónitas. Penélope iba a preguntar a su hermana de qué iba todo esto, pero Nauris no le dejó tiempo. No tenía ni idea, le dijo. Sería una broma. Nauris no había presentado ninguna solicitud para ir a ese congreso del espacio, aunque sí que es cierto que el tema del espacio le hacía cosquillas en el estómago. En el fondo de su alma ella sabía que en algún momento de su vida iría a dar un paseo espacial, aunque solo fuera de vacaciones, en esas grandes naves que llevaban a miles de personas en su interior para dar un paseo por nuestra galaxia. Pensó en cómo se comería en el espacio y lo que se le pasó por la cabeza no fue muy bueno, lo que arruinó ese momento de animosidad y alegría. En la Tierra había muy buenos productos. Su hermana la sacó de sus pensamientos y le preguntó qué es lo que iba a hacer, si iría o no a ese congreso del espacio. Nauris respondió al cabo de unos largos segundos. «Puede ser, tengo fiesta unas semanas, una pena que tú no tengas invitación, nos lo pasaríamos genial», le dijo a su hermana. Penélope puso cara de espanto. Ella no quería saber nada del espacio, ya tenía suficientes cosas que hacer en la Tierra como para perder el tiempo en pensar en el espacio. Además, todo lo divertido de la Tierra no podía existir en el espacio, le dijo a Nauris.
Ambas volvieron a acomodarse en el sofá y, esta vez sí, vieron una película juntas.
Miércoles, 14 de marzo de 2210. MILER Y AUDITA. 19:39 h.
Andrew Miler era un militar de 43 años. Los militares ya no salían a las guerras como antes. Desde que se creó el Nuevo Mundo Libre, se habían seleccionado a los mejores de todos los países para crear el ejército del Nuevo Mundo Libre. Un único ejército con los mejores y más jóvenes y experimentados soldados. Pero él, no.
Había sido destinado a unos laboratorios de investigación. Se encargaba de las cámaras y de los drones, que, aunque eran autónomos, había que estar pendientes de ellos por si no cargaban bien o se les estropeaba alguno de los muchos sensores que tenían. Se pasaba horas sentado en la sala de vigilancia. El edificio contenía una IA que controlaba todo lo que pasaba por allí. La IA abría y cerraba puertas, y en realidad ella era la que se encargaba de todo. Andrew Miler solo estaba allí por si las moscas. Eso le mosqueaba y mucho. Era un hombre de acción y se estaba relajando demasiado. Seis meses allí que parecían una eternidad.
Tenía mujer y dos hijos de 5 y 7 años. Llevaba casado casi diez años. Su recompensa a tanto aburrimiento era cuando llegaba a su casa y veía a su mujer y sus dos hijos. Los laboratorios no estaban lejos de su casa, eso era lo mejor del trabajo. Desconectaba rápidamente. Aunque al día siguiente la misma tortura y lo peor de todo es que ya se estaba acostumbrando a esa rutina. La gente se estaba volviendo monótona y sin aspiraciones y él estaba cayendo en lo mismo. Siempre se había dicho que no cometería los mismos errores que el resto de las personas, pero de un plumazo allí estaba sentado, delante de doce pantallas holográficas, vigilando algo que ya estaba vigilado por la IA del propio edificio.
Las investigaciones que se hacían allí no eran muy importantes, por lo menos es lo que le decían los doctores que por allí se encontraba. Cierto era que la IA del edificio le dejaba acceder a toda la instalación sin ningún tipo de restricción. Había visto las bañeras de clonación animal, las máquinas de creación de órganos y todo tipo de creación de tejidos y huesos. Siempre pensaba en ello. Los humanos queríamos ser inmortales, pero la propia definición de humanos ya predice que eso es imposible, puesto que somos carne y huesos y esos significa que la muerte nunca nos dejará y la inmortalidad nunca será una realidad. Bueno, sabía que estaban investigando sobre el traspaso de una copia de nuestros pensamientos mediante las IA, pero el alma no se podía traspasar de ninguna de las maneras. Ese era el gran dilema. Nuestra alma nunca abandonaría, ni se duplicaría en ningún otro cuerpo, cada alma pertenece a un único y exclusivo cuerpo desde que nace hasta que muere. Fin de la historia.
También había visto las salas donde los nano robots trabajaban sin descanso para crear, moldear, mejorar o recuperar cualquier parte de nuestro cuerpo. Parecía milagroso que esas cosas microscópicas trabajaran tanto y tan bien. Además, trabajaban en equipo. Los humanos jamás hubiéramos podido llegar a ese nivel de simbiosis entre nosotros, porque, al tener cada uno una personalidad diferente, lo único que se nos aseguraba era el enfrentamiento y los bandos.
La IA le avisó de pronto de que había un pequeño incendio en uno de los laboratorios de la planta siete. La IA ya había puesto en marcha los sistemas de contra incendio y había avisado a la larga lista de involucrados ante cualquier afectación en aquellas instalaciones, bomberos, policía, directores, doctores, etc. Además, la IA había conseguido evacuar toda la planta en menos de 3 minutos. Los mismos minutos que Miler había estado sentado viendo todo el espectáculo. Por fin reaccionó y, cogiendo la mascarilla del humo, fue directamente a la séptima planta. Allí no parecía que hubiera pasado nada. Estaba todo en orden. Localizó dónde había estado el incendió y comprobó racionalmente que se había prendido, simplemente, una papelera. La IA activó las medidas contraincendios de la papelera y eso fue todo. Cuando bajara a la sala de vigilancia tendría que evacuar a todos los directivos, doctores, bomberos y policías cabreados. Y no estarían cabreados por ir hasta allí, a esas horas, sino por tener que hacer los informes de lo que había sucedido, que era nada, y dar explicaciones a sus respectivos mandamases. Gracias, IA.
Cuando bajó a la sala de vigilancia no había nadie. Estaba sorprendido. Le preguntó a la IA qué pasaba. Ella le contestó que le había dado tiempo de avisar de que el incendio estaba controlado y que no era necesario que vinieran. Para la IA todo duró 3 minutos y 58 segundos. El personal volvía a sus laboratorios. Todo controlado.
Miércoles, 14 de marzo de 2210. MILER Y AUDITA. 20:01 h.
Miler fue al exterior a despejarse. Estaba decepcionado consigo mismo. La IA controlaba todo sin problemas, él estaba allí para nada. Ni siquiera había corrido cuando todo ocurrió, se quedó embobado en la pantalla holográfica viendo el espectáculo desde lejos y no movió un dedo. No hizo falta.
Abrió la puerta exterior que daba a una terraza grande con mesas y sillas metálicas. Allí sentada había una mujer con una bata rosa, seguramente se encargaba de la zona de los tejidos y huesos. No la molestó, se sentó lo más alejado que pudo de ella y se quedó pensando en un poco de todo, la familia, el trabajo, la gente, etc. Él había decidido ser militar, y lo había disfrutado mucho, pero ahora con su edad y trayectoria no podía aspirar a mucho más. Dio un largo soplido de desgana. La IA lo controla todo, no me necesita, pensó Miler.
De golpe y porrazo escuchó su nombre y apellido en voz alta. Andrew Miler.
Eso le hizo salir de sus pensamientos y miró alrededor suyo, no había nada. Volvió a escuchar su nombre y apellido. No podía ser, no había nada alrededor suyo. La mujer que estaba sentada en el otro lado de la terraza se levantó y le señaló en la cabeza. Miler miró hacia arriba y vio un dron. El dron repetía su nombre cada poco segundos. Un dron. Además, era muy coloreado, en realidad parecía un arco iris. A esas horas de la tarde además ya estaba oscureciendo, y el dron tenía unas pequeñas luces encendidas. «Soy yo», dijo. El dron dejó de decir su nombre y apellido y bajó a la altura de su cara. El dron lo miró unos segundos, hizo unos pitidos como de satisfacción y pronunció un nuevo nombre y apellido. Audita Vélez. «Soy yo», dijo la mujer, que ahora estaba al lado de Miler. El dron hizo lo mismo que con él, se le encaró, hizo unos pitidos de satisfacción y se quedó en silencio unos, muy largos, segundos. El dron de golpe dijo: Andrew Miler; y como por arte de magia sacó un sobre amarillo con el nombre de él. Miler recogió sin dudar el sobre. Mientras Miler miraba el sobre, el dron se giró y dijo el nombre y apellido de la mujer, Audita Vélez. Hizo lo mismo, por arte de magia, volvió a aparecer otro sobre amarillo. Ella también lo recogió, sin dudar. Al instante el dron se elevó y desapareció sin más en el cielo oscuro de Barcelona.
Ambos se miraron. Era una broma, propaganda, no entendían nada. Qué necesidad de tanta teatralidad para entregar un sobre. Podía ser una broma de la IA del edificio. No, ese dron no lo había visto dentro o fuera del edificio nunca. Ambos se volvieron a mirar y decidieron, sin decirse nada, abrir el sobre. Dentro había una tarjeta, era una invitación a un evento.
«Sr. Andrew Miler, queda Vd. invitado a la conferencia sobre la Nueva Era Espacial realizada por el profesor de Universidad Dr. Williams Reitter, el próximo sábado a las 20 h, en el Palacio de Congresos de Barcelona.
No es necesario confirmar asistencia, pero debe presentar esta tarjeta para poder acceder al recinto y a la sala donde se efectuará la conferencia. Firmado: Sr. Artemis Donter».
«Srta. Audita Vélez, queda Vd. invitada a la conferencia sobre la Nueva Era Espacial realizada por el profesor de Universidad Dr. Williams Reitter, el próximo sábado a las 20 h, en el Palacio de Congresos de Barcelona.
No es necesario confirmar asistencia, pero debe presentar esta tarjeta para poder acceder al recinto y a la sala donde se efectuará la conferencia. Firmado: Sr. Artemis Donter».
Una invitación a una conferencia. A Miler le gustaba escuchar, ver y hablar de cosas del espacio, era un fan del espacio, no lo dudaba, pero aquella invitación. Él no había pretendido en ningún momento ir a ningún foro o conferencia. Cómo sabían que le gustaba el espacio. Bueno, el espacio le gustaba a todo el mundo, claro, o no. Miró de nuevo a la mujer que todavía se encontraba en frente de él. Ella lo miraba con ojos de no entender nada tampoco. Qué estaba pasando. No se podían tomar tantas molestias si era una broma, tenía que ser cierto. Miler le preguntó a la mujer, a Audita, qué es lo que le parecía aquello. Ella no respondió. Se giró, y se dirigió hacia la puerta de entrada al edificio. Entró. Miler vio cómo se guardaba el sobre con la tarjeta en el bolsillo de su bata rosa. Audita desapareció dentro del edificio.
Miler subió a la sala de vigilancia. Cuando llegó allí le preguntó a la IA del edificio qué era lo que había pasado allí en la terraza. La IA, que lo tenía controlado todo, no respondió. Cinco minutos después, su compañero estaba allí para hacerle el relevo en el turno. Se había adelantado al cambio de turno casi dos horas. Cuando le preguntó por qué había venido tan temprano, el compañero solo le dijo que eran órdenes de arriba. Miler intuyó que por el pequeño incidente y la cuasi movilización de todo el mundo. Alguien había decido darle descanso, seguramente porque le creyeran alterado, por el pequeño altercado, pero estaba más alterado por lo ocurrido con el dron y con Audita.
Audita salió de la terraza. No entendía muy bien lo que estaba pasando allí. Aquel sobre, aquella tarjeta con la invitación a la convención. Muy pocos sabían que ella trabajaba para mejorar la calidad de vida en el espacio. Era la precursora de un fármaco para facilitar la calidad de vida en el espacio. Pero su eficacia duraba muy poco y le habían pedido sus jefes que necesitaban un fármaco para más largo plazo y eso estaba siendo un gran dolor de cabeza para ella. No la presionaban, pero ella misma quería tener resultados lo antes posible. La posibilidad de encontrar un fármaco que habituara al cuerpo a estar largas estancias en el espacio era algo necesario para que la humanidad investigara el espacio exterior, el universo. Había otros métodos para que el cuerpo humano estuviera largas estancias en el espacio, pero dependía de aparatosas maquinarias y cuidados extremos de los nano robots implantados específicamente en los cuerpos. Su fármaco era inocuo para el cuerpo humano, no tenía efectos secundarios, ni ningún efecto negativo. Solo era necesario alargar su eficacia. Solo eso.
Había probado con nano robots experimentales que hacían de cápsula filtradora para que el fármaco fuera poco a poco desparramándose por el cuerpo, pero tenían limitaciones y no podían contener el suficiente fármaco para alargar su eficacia.
Estaba desesperada y su mente divagaba. Y ahora la invitación. Cómo sabían que a ella le interesaba el tema del espacio. Era una casualidad. No tenía tiempo de relacionarse. Con 34 años que tenía actualmente, los últimos 10 los había pasado allí, en esos laboratorios. Estaba extremadamente delgada. Comía muy poco y mal. Su pelo era largo y oscuro, le llegaba hasta la cintura. Era dejadez, no tenía tiempo de preocuparse por su físico. Su cara era afilada, sin maquillajes. Su carácter, serio e introvertido. No hacía las cosas sin pensar. Era ordenada y cuidadosa.
A pesar del poco tiempo que tenía, había admitido varias relaciones, pero estas se habían convertido en un trámite y al final en aburrimiento. Nunca había superado la barrera del mes en las relaciones. No estaba preparada para ello o simplemente tenía otros intereses. No lo tenía claro. Su cabeza no le permitía pensar en muchas otras cosas que no fuera su trabajo. Lograr alargar la eficacia de su fármaco. Su IA le decía una y otra vez que descansara, que relajara la mente y así conseguiría ver las cosas de otra forma. Tendría la mente despejada y podría tener otros enfoques en la solución de su problema.
Iría a la conferencia. Se daría una oportunidad. Necesitaba descansar la mente. Mente abierta, se decía. Esperaba que no fuera una broma. No, con el espectáculo del dron no podía serlo. Iría, no tenía nada que perder.
Sábado, 17 de marzo de 2210. COPA. 06:19 h.
Estoy agotado y no es por el trabajo que realizo en mi empresa. Pero estoy con ansiedad por lo de hoy. Nunca me había pasado algo parecido. Nunca había ido a una conferencia.
Además, no sé si estaré fuera de lugar allí. Seguramente esas conferencias sean para directivos y personal de embajadas o algo así. No sé. Espero que no sea una broma, la verdad.
Creo que lo mejor será acostarme pronto y levantarme descansado. Pondré el despertador a las cinco de la tarde. Jonsu hizo su magia y en cuanto me metí en la cama me quedé derrotado al instante.
Sábado, 17 de marzo de 2210. COPA. 15:01 h.
Jonsu me advirtió a las 15 h de que tenía un mensaje importante de mi empresa. Un sábado, urgente, qué raro, querían que trabajara esa noche. Vaya mierda. Jonsu me leyó el mensaje en voz alta.
Jonsu así lo hizo.
«Hola Frank. Te agradecemos tu dedicación y trabajo en nuestra empresa en estos últimos 15 años, pero por desgracia ya no podemos contar contigo. Debido a causa ajenas a la dirección de la empresa, y por motivos meramente organizativos, necesitamos quitarnos un puesto de noche en tu departamento y no nos queda más remedio que desprendernos de ti. Sentimos mucho la celeridad de nuestra acción, pero la semana que viene debemos renovar la actividad del turno de noche. Inmediatamente se te hará un pago único en el cual agradeceremos tus años de fidelidad a la empresa y el finiquito correspondiente. Muchísimos Saludos. Sra. Raceli Rasco».
Jonsu añadió: «Pago efectuado».
Jonsu me mostró las cuentas y acababan de ingresarme la indemnización. En la vida había visto tal cantidad de bitcores. Era desproporcionado. Me habían echado a la calle y me habían dado un finiquito para poder vivir sin trabajar el resto de mi vida. No tenía claro si estar enfadado o contento. Más bien contento, claro. Con 34 años mi presente y futuro habían mejorado en segundos. Pero no lo entendía muy bien. Agradecimiento por mis años de fidelidad. Igual realmente estaba cambiando algo con el Nuevo Mundo Libre. Las empresas se estaban volviendo más humanas.
Una conferencia. Quién necesita una conferencia, lo que necesito es una fiesta de celebración, o no. Sí, cambio de planes, fiesta. Me iré al mejor restaurante de Barcelona y luego a la mejor discoteca a celebrar… que me han despedido… Sí, es algo raro, pero últimamente las cosas raras que me pasaban se estaban amontonando como si nada. Fiesta.
Jonsu, que no podía estar callado nunca, hizo una observación. Me dijo que, si no iba a la conferencia, me iba a quedar con la duda de por qué me habían invitado a ella. Me conocía y más tarde me arrepentiría de no haber ido. Cabrón. Me conoce como si me hubiera parido. La verdad es que no creo que se alargue mucho la conferencia esa, y luego fiesta… Sí, ese era mejor plan. Por qué no tenerlo todo, ahora podía y tenía tiempo de sobra. Conferencia y fiesta…
Sábado, 17 de marzo de 2210. COPA. 19:31 h.
Como no podía ser de otra manera, había llegado al Palacio de Congresos de Barcelona media hora antes del inicio de la conferencia. Desde mi piso había treinta minutos hasta el parque de Montjuïc, junto a plaza España de Barcelona. Allí estaba situado el Palacio de Congresos. Fue construido para la Feria Universal de 1929 para albergar el Palacio de Proyecciones, 30 años más tarde en el Palacio de las Naciones y otros treinta años más tarde se convertiría definitivamente en el Palacio de Congresos. Actualmente, remodelado hace 5 años, en 2205, es uno de los lugares del mundo más importante para la celebración de conferencias internacionales y convenciones de todo tipo.
En realidad, Barcelona se hizo importante desde el mismo día que terminaron el turbo ascensor para ascender a la estación espacial. Uno de los pocos que había en el mundo, hoy en día. Y eso promovió la ciudad como una de las más influyentes del Nuevo Mundo Libre.
Tal como ponía en la propia invitación me dejaron entrar sin problemas en todos y cada uno de los 3 accesos que tuve que pasar para acceder al edificio donde se exponía la conferencia. En la última puerta, que ya daba acceso a la sala de conferencias, un chico de unos 28 años me llevó a donde tenía mi asiento. Fila 6, asiento 13. Ya estaba sentado y faltaban diez minutos para el inicio de la conferencia. La sala comenzó a llenarse, fue un reguero continuo de gente. En esos diez minutos el auditorio estaba completo, no quedaban asientos libres. Seríamos, aproximadamente, unas mil personas.
Sábado, 17 de marzo de 2210. 20:05 h.
Un poco pasadas las 20 h salió una chica a hablar al atril. Presentó la conferencia explicando lo que allí se iba a exponer. La Nueva Era Espacial. No tardó mucho en presentar al conferenciante principal, el Dr. Williams Reitter. Este subió al estrado y comenzó a explicar, resumidamente, lo que allí se iba a explicar.
—Buenas tardes a todos. Hoy es un día magnífico para mí y sobre todo para ustedes. Van a ser protagonistas de lo que llamamos la Nueva Era Espacial. Les voy a explicar, paso a paso, lo que quiero decir con ello. Desde lo que significan esas tres palabras al significado que tendrán para nuestras vidas.
» En primer lugar, agradecerles su presencia aquí, como ha dicho mi asistenta al inicio de esta conferencia. Pero sobre todo agradecerles que tengan todos los sentidos abiertos para lo que hoy y aquí les vamos a explicar.
Sin más demora les empiezo a exponer.
» Nueva Era Espacial. Sí, hasta ahora el hombre ha sido capaz de ir al espacio con muchas dificultades, sobre todo físicas, pero también tecnológicas. Pero nos hemos ido adaptando y hemos sido capaces de superar muchas de las barreras que el espacio nos ha puesto. Actualmente es difícil viajar más allá de nuestra galaxia y, como he dicho, es claramente por problemas físicos, propios de nuestra esencia como ser humano y las dificultades tecnológicas que ello conlleva.
Por qué Nueva Era Espacial. Porque hoy, aquí y ahora les voy a mostrar que vamos a dar un paso de gigante hacia la investigación más allá de nuestra galaxia.
Jonsu me hizo un comentario en ese momento. «Copa, estos no se lo creen ni de coña. Viajar más allá de las fronteras de nuestra galaxia es imposible. Actualmente la tecnología más avanzada del Planeta impide que una nave, de las actualmente construidas, pueda superar tantos años de navegación y, por supuesto, físicamente los humanos no están capacitados para adaptarse a largos periodos en el espacio, aun teniendo los nano robots regeneradores, que pueden mejorar la calidad de vida en el espacio exterior, solo temporalmente».
Sí, eso yo ya lo sabía. Pero no iban a reunir a mil personas para mentirles. Algo importante se estaba tramando y seguramente no tardaría mucho en saberlo.
—Y como les digo —siguió explicando el Dr. Williams Reitter— podemos decir que vamos a superar esas barreras. Y nosotros lo hemos conseguido.
Se empezaron a escuchar decenas de murmullos entre los oyentes. Por lo menos ocho personas se levantaron y se fueron, sin más, del auditorio. Qué poca paciencia.
—Lo hemos conseguido —continuó el Dr. Williams Reitter— gracias al apoyo de nuestro más generoso benefactor, el Sr. Artemis Donter. Gracias a su esfuerzo económico, que no ha sido poco, hemos conseguido avanzar rápidamente en los problemas más difíciles e incómodos de la navegación espacial, por parte del ser humano.
En nuestro centro de investigación de Nueva York y gracias a las mejores IA e investigadores del mundo, hemos conseguido un fármaco, sin efectos secundarios, a corto, medio o largo plazo, que mejora la calidad del ser humano en el espacio. Han sido 7 años de duras investigaciones. Sus implicaciones son obvias. Podemos enviar a personas a los confines del espacio. No. Nos quedaba resolver el otro gran problema, el tecnológico. Ese ha sido el mayor desafío. Hemos construido un motor con energía ilimitada y un combustible muy sencillo, que puede desafiar las grandes barreras que teníamos.
Volvieron a escucharse murmullos entre las personas que había allí. Esta vez nadie se movió de su asiento. La gente estaba emocionada. Si todo era cierto se había conseguido un gran hito. Era un enorme paso para el ser humano. Ahora solo faltaba la demostración y la certeza de aquello.
Como toda ciencia, si no lo veo no lo creo. A mí me parecía genial, sabía que tarde o temprano encontrarían las soluciones a los problemas que ejercía el espacio. Si todo era cierto, yo estaba allí para escucharlo. No podía estar más emocionado. En ese momento Jonsu carraspeó y me dijo que esperara, que todavía no me emocionara tanto. Todavía tenían que demostrarlo. Sí, es verdad. No adelantemos acontecimientos.
Dr. Williams Reitter empezó a explicar el método científico para lograr el fármaco que haría que el ser humano estuviera sin problemas, largas temporadas, en el espacio, sin consecuencias traumáticas para el cuerpo.
—Como les digo, ha sido un trabajo en unión con las mejores IA e investigadores del mundo, en nuestro centro de investigación de Nueva York. Han conseguido que unos nano robots generen periódicamente, desde el interior de nuestros cuerpos, el fármaco. Y así, gradualmente, vayan interactuando indefinidamente para que el cuerpo vaya generando por sí mismo el fármaco que lo protege de los temidos efectos que provoca el espacio. No puedo contarles mucho más sobre este tema, ya que estamos en proceso de tramitar la patente para el mismo. Cuando se cumplan los procesos legales pertinentes, desde los diferentes laboratorios de la empresa del Sr. Artemis Donter, el fármaco será distribuido a todo el mundo.
» Respecto al nuevo motor espacial, estamos en el mismo proceso de patente que el fármaco y legalmente no voy a poder darles muchas explicaciones específicas del funcionamiento de este, pero sí que les diré aproximadamente cómo funciona. En primer lugar, el motor está construido totalmente en tungsteno, bueno, una variante nueva de lo que llamamos actualmente tungsteno, nuestros investigadores los llaman TG2. Es una aleación del propio tungsteno, aluminio y titanio, aunque tampoco es un aluminio tal cual, es una variante llamada AL2. La aleación creada nos permite un motor perfecto para el espacio y una durabilidad muy larga, estamos hablando de aproximadamente una vida ilimitada del motor. El combustible que usamos para este motor es prácticamente nada.
» Funciona a partir de la propia cinética de la nave. Una vez está la nave en movimiento, el motor se alimenta de la velocidad de la propia nave. Es un combustible inagotable en el espacio, nuestros investigadores lo llaman BioAir. Para poder generar este combustible al motor, cuando la nave está parada, hemos creado unas baterías que acumulan parte de ese combustible cinético, son baterías con capacidad de acumular combustible BioAir hasta 100 años. Significa que, además de lograr la calidad del ser humano en el espacio, hemos conseguido un motor casi ilimitado, con combustible gratuito.
El auditorio se llenó de gritos y aplausos. La gente estaba eufórica. Lo habían conseguido. Parecía real. No había duda en ello. Gente importante, como el Sr. Artemis Donter, había financiado todo el proyecto. Realmente se iniciaba una Nueva Era Espacial.
Sábado, 17 de marzo de 2210. 21:23 h.
De pronto el Dr. Williams Reitter despejó el atril y volvió aquella chica, su asistenta.
—Lo vamos a demostrar hoy como ha dicho el Dr. Williams.
Todo el mundo se calló de pronto y prestó atención a lo que ella estaba diciendo.
—Vamos a elegir por sorteo a 6 personas del público. Nos acompañarán a nuestras instalaciones de nuestro centro de investigación de Barcelona, donde hemos centrado toda la investigación final del motor y también podrán acceder a la investigación del fármaco si así lo desean.
Un sorteo, 6 entre mil es un mal porcentaje, pero, si me toca… Sería de los primeros en ver el futuro de la humanidad con respecto al espacio. Sería genial, la verdad.
Me estaba imaginando con una bata blanca puesta, admirando, sin tener conocimiento ninguno de lo que veía, todo aquello que se ofrecería al mundo, para la exploración del universo. Un futuro espacial. Una Nueva Era Espacial. Sería un privilegiado.
—Antes de comenzar el sorteo les ruego que, si digo su nombre, por favor accedan al estrado conmigo. Desde aquí los llevaremos a nuestras instalaciones. Cuando acabe el sorteo, el resto de las personas accedan a las salidas. Muchas gracias a todos por haber acudido a esta conferencia sobre la Nueva Era Espacial.
La chica esperó unos segundos y apareció una pantalla holográfica delante de ella, en el atril. Empezó a cantar nombres:
—Beatriz Sáez. Acceda al estrado. Gracias.
Porter Smitch. Acceda al estrado. Gracias.
Nauris Pirsh. Acceda al estrado. Gracias.
Andrew Miler. Acceda al estrado. Gracias.
Audita Vélez. Acceda al estrado. Gracias.
Frank Zemog. Acceda al estrado. Gracias.
Me ha tocado, me ha tocado. No me lo creo, me ha tocado. No me lo puedo creer.
La gente me mira. A todo el mundo le gustaría estar en mi lugar. He sido uno de los 6 afortunados.
Justo cuando llego al estrado con el resto de afortunados, el nivel de ruido del auditorio comienza a incrementarse por momentos. De cara al público veo lo que nunca me hubiera gustado ver. Una tromba de personas dirigiéndose hasta donde estábamos. Todos querían estar en nuestro lugar. La gente gritaba indignada. Qué poco civilizados, ¿yo hubiera hecho lo mismo? La verdad es que era una oportunidad única. La gente gritaba que ellos también querían ir, querían una oportunidad. Se acercaban como zombis corriendo hacia el estrado. De golpe y porrazo, aparecieron varios militares con armas, que nos cubrieron la retirada hacia una puerta que había a la derecha del estrado. En cuestión de segundos estábamos subidos a un módulo, junto a cuatro militares armados hasta los dientes y junto a la chica que había cantado nuestros nombres. El módulo se movió velozmente por las calles de Barcelona. Estuvimos casi diez minutos hasta que la chica, la asistenta del Dr. Williams, nos dirigió la palabra. Nos dijo que se llamaba Verónica. Nos iban a llevar al centro de investigación que tenían en Barcelona. No tardaríamos más de treinta minutos en llegar. Sacó de su bolso unas plaquitas metálicas y nos indicó que nos las pusiéramos. En las plaquitas estaba nuestro nombre, pero no nuestros nombres formales, estaban puestos nuestros apodos, o, por lo menos, cómo nos llamaba la gente que nos conocía. Copa, Beatrix, Porter, Nauris, Miler y Audita. Cómo podían saber eso y cómo habían impreso tan rápidamente las plaquitas con nuestros nombres. Nos miramos todos inquietos, aunque no fuimos capaces de decir ni una sola palabra. Aquellos cuatro militares y sus armas nos intimidaban más de lo que queríamos mostrar. El módulo tenía los cristales negros y no podíamos ver nada de fuera. No sabíamos a qué parte de Barcelona nos llevaban.
Sábado, 17 de marzo de 2210. 22:07 h.
Seguimos callados todos hasta que llegamos al centro de investigación. Una vez allí nos llevaron a una sala de reuniones bastante grande, con una mesa ovalada y por lo menos 24 sillas alrededor de ella. Era una sala muy iluminada y solo contaba con una pequeña mesita de servicio de bebidas, que estaba vacía, y una planta en una de las esquinas de la sala.
