Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
En la Reserva de Telteca, santuario de flora y fauna autóctonas del secano del noreste de Mendoza, Argentina, se instalan puestos crianceros de ganado caprino que han sido heredados de generación en generación por años y sus pocos habitantes, en mayoría, descienden del pueblo originario de los huarpes. La zona formó parte de un dilatado humedal, hoy constituida por monte ralo de algarrobos y otras especies xerófilas, lo mismo que por una variedad de pájaros, roedores, serpientes, lagartos, arácnidos y mamíferos de la especie de los zorros y los pumas. Sufrió una intensa desertización provocada por factores climáticos y por la depredación humana que propició la tala de gran cantidad de árboles autóctonos entre fines del XIX y la primera mitad del XX para el carbón de las locomotoras y la comercialización de la madera, más la interrupción del caudal del Río Mendoza que alimentaba el humedal, para diques colectores que nutrieron el riego artificial del oasis vitivinícola en las zonas altas de la provincia de Mendoza. El llamado "desierto" mendocino está impregnado y atravesado por un sinnúmero de historias donde se alternan y se fusionan las creencias ancestrales del pueblo originario con los ritos impuestos por la religión católica y las prácticas de la sabiduría folklórica de la convivencia con la aridez: almas en pena que no encuentran la paz del descanso eterno, la Salamanca donde se reúnen el Demonio y las brujas a celebrar sus pactos, animales domésticos que nacen deformes, prácticamente mitológicos, como anuncio de buena fortuna o de castigo, héroes populares con muertes injustas que siguen protegiendo desde el más allá a los pobres y sin voz… Durante el proyecto de alfabetización de los pobladores adultos que desarrolló la autora en el lugar desde el 2000 al 2004, recopiló varias de estas historias, algunas de las que son recreadas aquí recreadas en forma de cuentos hilvanados por la comunidad de personajes y espacio. Muchos de los diálogos están escritos a modo de reproducción mimética de los fonetismos del habla lugareña.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 86
Veröffentlichungsjahr: 2022
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Ballarini, Bettina
Los ojos del desierto : cuentos sobre tradiciones orales / Bettina Ballarini. - 2a ed. - Godoy Cruz : Jagüel Editores de Mendoza, 2022.
Libro digital, EBL
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4931-39-9
1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. 3. Cuentos Folklóricos. I. Título.
CDD A863.9283
Edición en formato digital: junio de 2022
© 2016 Jagüel Editores de Mendoza
© 2016 Ballarini, Stella Marys
Correspondencia: Sarmiento 1740 – (5501) Godoy Cruz, Mendoza, Argentina
Teléfono: +54–261–5093367.
e–mail: [email protected]
Diseño Gráfico: Clara Luz Muñiz - La foto de cubierta es del Archivo del Mercado Artesanal Mendocino.
Fotos: Bettina Ballarini y Archivo del Mercado Artesanal Mendocino.
ISBN 978-987-4931-39-9
Conversión a formato digital: Libresque
Derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la tapa, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Las opiniones expresadas en los artículos firmados son exclusiva responsabilidad de sus autores. All rights reserved. No part of this publicaction may be reproduced, displayed or transmitted in any form or by any means, electronic or mechanical, including photocopying or by any information storage or retrieval system, without the prior written permission from the Editor.
Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida…
Armando Tejada Gómez – César Isella, “Canción de las simples cosas”
Para todos los que creen que el “desierto” de Lavalle es un desierto.
Y para todos y cada uno
de los que saben que no.
Antes que nada, quiero aclarar que desde niña me sedujo el desierto y que no puedo dar un porqué razonable si a alguien se le ocurriera pedírmelo. Pero sí puedo reconstruir el origen del enamoramiento.
Tenía cerca de diez años y me habían regalado una de esas cámaras fotográficas de las que se obtenían fotos absolutamente cuadradas. Isabel, vecina y amiga de la familia, aquel octubre nos llevó a mí, a mi camarita, a mis pertrechos de niña exploradora y a la precavida provisión de frutas y agua que había hecho mi mamá, rumbo a la Fiesta de las Lagunas del Rosario.
Aquí, donde he nacido y vivo aún, la provincia de Mendoza en la Argentina al pie de la Cordillera de los Andes, la ciudad es un oasis. Entre rural y urbano, entre conservador y tres tonos liberal, el oasis fue levantado sobre la arena y las piedras, a fuerza de que la mano del hombre distribuyó el agua de los ríos de montaña en cursos artificiales que humedecieron de vida el erial. Pero en contraste, en el noreste de la provincia, donde habitaban los pueblos originarios, los huarpes –descendientes de los incas– junto a una dilatada laguna poblada de peces y un sinnúmero de aves lacustres y guanacos, desde hace ya un siglo hay una inmensa extensión de médanos y tierra cuarteada. Una de las responsabilidades de esta desertización corre por cuenta de la construcción del “oasis de arriba”.
El camino me resultó tan largo y polvoriento como si hubiéramos viajado propiamente por el Sinaí para cruzar a El Cairo. Hasta esperaba ver la Esfinge con la nariz partida y, un poco más allá, la punta de la pirámide de Kefrén señalándome nuestro objetivo. Por aquel tiempo, mi imaginación estaba llena tanto de películas sobre el Antiguo Egipto como de novelas de Julio Verne y de Emilio Salgari que me leía mi hermano, y –esto no lo sabe nadie– del Nippur de Lagash que subrepticiamente le hurtaba a mi padre cuando, a la siesta, se quedaba dormido con la revista abierta sobre su cara. Durante aquellos días, quería ser arqueóloga o algo parecido para encontrar tesoros ocultos bajo la tierra. Y esa tierra y esos tesoros obviamente tenían que ver con sitios y fastuosidades de otra cultura que no era la mía latinoamericana.
Por supuesto, documenté con fotos todo el camino y cada imagen que me sorprendía los ojos. Recuerdo que lo que más me impactó del trayecto fue que el micro donde viajábamos corcoveaba y oscilaba a uno y otro lado por una brecha –que llaman picada– abierta en la arena y que algunas personas aparecían de la nada de esos médanos y se subían al vehículo cargados con bolsos, niños en brazos, comida. Adelantábamos a otros montados sobre caballos muy coloridamente aperados y que nos saludaban con la mano o el sombrero en alto. Ni caravanas de camellos. Ni embozados beduinos al acecho.
Yo preguntaba dónde estaban las casas, porque no veía ninguna construcción en la que pudiera ser posible la vida humana conforme a mi corta experiencia habitacional. Solo arena, guadal, arbustos y algarrobos moteados en el paisaje, de los que colgaban extraños y abigarrados nidos que luego supe que eran de catas. Hasta que me señalaron una casa típica del desierto y casi se me fue un rollo de fotos. Paredes y techo tramados con ramas de arbustos, chicoteadas con barro para formar una estructura compacta y flexible, la quincha. Y la ramada, un techo de cañas formando una galería externa, que daba la necesaria sombra a la entrada, el espacio de reunión. Para mis ojos infantiles, lo más parecido a una choza de paja y barro, solo me faltaba conocer los “indios”. También recuerdo que, desde aquella primera vez, siempre he visto muy azul el cielo de mi desierto.
Al fin de la picada por la que íbamos, sinuosa como una gran serpiente que galopaba y producía mucho polvo blanquecino igual que el humo, divisé la punta no de Kefrén sino de la iglesia muy blanca y de barro. La Catedral del Desierto, la de la Virgen del Rosario, capilla colonial encalada y con puertas de algarrobo talladas a cuchillo por los mismos huarpes evangelizados, según palabras del guía de la excursión.
El colectivo se acercó un tramo más y a los pies de la capilla apareció multitud de cruces de hierro forjado y de madera, todas adornadas con claveles de papel crepé –descolorido en manchas por el intenso sol– y con botellas colgadas, llenas de agua en distintos niveles que tintineaban al son del soplido bajo y permanente del viento. Ni túmulos ni fastuosas cámaras funerarias ni momias que tentaran por siglos los saqueos de todo tipo. Para los muertos, flores de papel que no se marchita y un xilofón de botellas en manos del viento caliente y áspero de arena.
Mi imaginación de literatura y cine de otras latitudes resistía. Cuando el colectivo se detuvo y el guía anunció la llegada, bajé de un salto con la camarita colgada al cuello, buscando los indios (aún no sabía usar la denominación correcta para los originarios y además también me gustaban los western). Quería fotografiar arcos, flechas, lanzas, tocados de plumas… en fin.
Sin embargo, los lugareños, de pieles oscuras y pómulos altos que proyectaban sombra sobre sus bocas también oscurecidas por sombreros de ala corta, pernoctaban con los turistas bajo unos toldos sostenidos por palos irregulares, nudosos: los bodegones. Allí comían chivo asado a la llama y empanadas y bebían vino negro, cerveza y gaseosas colas. Bajo otros toldos, algunos grupos apostaban a riñas de gallos o a partidos de truco, otros bailaban cuecas y cantaban tonadas al son del punteo de floridas guitarras mendocinas.
Todo el bullicio secular vibraba a la par de los sacros rezos y letanías que llegaban de la capilla de la Virgen del Rosario y de su entorno más inmediato. Nada más rasgados esporádicamente por el berrido de algún cabrito que iba a ser sacrificado para el asador. Moscas muy pequeñas y gregarias no cesaban de volar en espirales ni de caminar por los párpados de quien –animal o humano– se quedara un momento quieto.
A unos quinientos metros, como un fantasma, el socavón de la Laguna del Rosario, que había sido la gran laguna del humedal de Guanacache, brillaba cubierto no de agua sino de gramilla. Gallinas blancas y belichas picoteaban por allí mientras perros flacos las espantaban y luego se metían entre la gente.
Uno de esos perros flacos me resultó de lo más parecido a las imágenes de Anubis, el negro chacal de los egipcios y de Isis, la luna. Lo seguí cámara en mano. Negro, orejudo, con su tórax marcado de costillas, andaba un trecho, se detenía y espiaba entre la gran cantidad de fieles y paseantes si lo estaba siguiendo. A veces me esperaba sentado tal cual una escultura de pirámide egipcia. Finalmente se sentó junto a ella y allí se mantuvo estático, enhiestas sus negras y largas orejas, agudo el hocico y vivaces los ojos que penetraban la distancia que me separaba de la mujer.
Muy anciana, inclinaba sobre un rústico telar de palos el rostro cuarteado de arrugas. Mínima, contraída. Sus dedos sarmentosos urdían colores chillones: fucsia, amarillo maíz y un verde que lucía como el de las matas de jarilla durante uno de esos escasísimos atardeceres de lluvia. En la trama, iban apareciendo franjas, listas perfectas. Ante tal imagen, espontáneamente disparé la cámara. Estábamos bastante lejos del bullicio de la Fiesta de la Virgen, como en una burbuja de silencio –sensación que más de una vez puede percibirse en el desierto–. El ruido del disparador encerró completamente la escena. La vieja, inclinada como estaba, giró un poco su cabeza y me dirigió el rabillo de los ojos. Increíblemente claros, dos pozos de agua incandescente hundidos en la tierra ajada de su rostro moreno. Parecían ver más allá, traspasar de lado a lado. Peinó de nuevo y con cierta pasmosa certeza la lana del telar. Entretanto me habló:
—¿Quí anda haciendo con ese aparato, niña? ¿Está queriendo atrapar laj alma?
Sentí miedo de que volviera a mirarme con esos ojos y quise salir corriendo abrazada a mi cámara como un trofeo o, mejor dicho, igual que a un báculo de salvación. Entonces se irguió hasta donde se lo permitía su espalda vencida por los años y me miró con los ojos perdidos en algún lejano punto del horizonte infinito.
No sabía muy bien qué respuesta darle y mucho menos qué era eso de atrapar las almas. Me faltaban unos meses para llegar a los diez años. Era difícil explicar la fuerza y la seducción de las imágenes a esa edad. De todos modos, a cualquier edad, es difícil explicar cualquier seducción.
Muda aún, a la distancia, y con los ojos hipnotizados dentro de los ojos de la vieja mujer, intenté guardar la cámara en el bolsillo de mi pantalón de exploradora. Me topé con la naranja que había olvidado sumida como estaba en el entusiasmo fotográfico del desierto. La saqué y se la ofrecí en silencio sobre mi palma extendida.
—Acerquesé. No haI de tené miedo—. Miré al sesgo el chacal de Isis. Permanecía de escultura egipcia a su lado —No se incomode por él –agregó la vieja– si la ha traío acá.
