Los pedagogos - Jean de Viguerie - E-Book

Los pedagogos E-Book

Jean de Viguerie

0,0

Beschreibung

Con este breve ensayo el historiador francés Jean de Viguerie quiere iluminar a padres y profesores sobre los orígenes del actual declive del sistema educativo. Los principales responsables del mismo serían los pedagogos utópicos. Las innumerables reformas educativas que han tenido lugar en el último medio siglo constituyen solo su causa más inmediata, pero no su raíz profunda. Lo que han hecho algunos de los más conocidos pedagogos contemporáneos, como Freinet, Ferrière, Piaget, Meirieu, ha sido simplemente desarrollar los sistemas utópicos propuestos hace siglos por pensadores como Erasmo, Comenius o Jean-Jacques Rousseau, convirtiendo así su utopía pedagógica en la doctrina que determina las políticas educativas actuales en buena parte del mundo. Esta utopía pedagógica propugna el "éxito de todos" pero, al mismo tiempo, proscribe los verdaderos medios de aprendizaje y devalúa el conocimiento. Hace alarde de situar al niño en el corazón del sistema escolar —el niño como "sujeto" y no como "objeto"— pero, al mismo tiempo, rechaza la inteligencia innata, la memoria y el apetito por el conocimiento, pretendiendo convertir con ello al niño en un ser totalmente moldeable y manipulable. Para el profesor De Viguerie es decisiva la crítica de esta pretensión utópica para liberar al niño de su tutela opresiva.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 202

Veröffentlichungsjahr: 2019

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Los pedagogos

Educación

Jean de Viguerie

Los pedagogos

Ensayo histórico sobre la utopía pedagógica

Prólogo de Gregorio Luri

Traducción de Jesús Laínz Fernández

Título en idioma original: Les pédagogues

© Edición original: Les éditions du Cerf, París, 2011

© Ediciones Encuentro S.A., Madrid, 2019

© Prólogo a la edición española: Gregorio Luri

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Colección Nuevo Ensayo, nº 43

Fotocomposición: Encuentro-Madrid

ISBN Epub: 978-84-9055-885-0

Depósito Legal: M-740-2019

Printed in Spain

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Conde de Aranda 20, bajo B - 28001 Madrid - Tel. 915322607

www.edicionesencuentro.com

ÍNDICE

Nota editorial

Prólogo a la edición española

Introducción

1. Erasmo

2. Comenio

3. Los pesimistas

4. Locke

5. Jean-Jacques Rousseau

6. Condorcet

7. Victor Considérant, discípulo de Charles Fourier

8. Los pedagogos de la «nueva educación»

9. Philippe Meirieu

Conclusión

Bibliografía

Nota editorIAL

Jean de Viguerie (Roma, 24 de febrero de 1935) es un historiador francés, profesor emérito de la Universidad Lille III.

En sus numerosas publicaciones, desarrolladas a lo largo de medio siglo, se ha especializado en la historia de la pedagogía, la historia de Francia y de la Iglesia en la Edad Moderna y en la historia de la Revolución Francesa. Es miembro de la Sociedad francesa de historia de las ideas y de historia religiosa.

En su larga trayectoria ha recibido numerosos premios en Francia, tales como el premio Marcelin-Guérin en 1976, el premio Renaissance des lettres en 1987 y el premio Hugues-Capet en 2003.

De entre su amplia producción editorial en Francia, destacan los siguientes títulos:

L’institution des enfants: l’éducation en France XVIe–XVIIIe siècle, Calmann-Lévy, 1978 (La institución de los niños: la educación en Francia en los siglos XVI-XVIII).

Christianisme et révolution. Cinq Lessons d’historie de la Revolutión Française, Nouvelles Éditions Latines, 1986 (Cristianismo y revolución, Ediciones Rialp, 1991).

Le Catholicisme des Français dans l’ancienne France, Nouvelles Éditions Latines, 1988 (El catolicismo de los franceses en la antigua Francia).

Histoire et dictionnaire du temps des Lumières, 1715-1789, Robert Laffont, Coll. Bouquins, 1995 (Historia y diccionario del tiempo de las Luces, 1715-1789).

Les Deux Patries: essai historique sur l’idée de patrie en France, Éditions Dominique Martin Morin, 1998 (Las Dos Patrias: ensayo histórico sobre la idea de la patria en Francia).

Itinéraire d’un historien: études sur une crise de l’intelligence, xviie – xxe siècle, Éditions Dominique Martin Morin, 2000 (Itinerario de un historiador - Estudios de una crisis de la inteligencia, del siglo XVII al XX).

L’Église et l’Éducation, Éditions Dominique Martin Morin, 2001 (La Iglesia y la educación).

Louis XVI, le roi bienfaisant, du Rocher, Coll. Le présent de l’histoire, 2003 (Luis XVI, el rey bienhechor).

Le Sacrifice du soir: vie et mort de Madame Élisabeth, sœur de Louis XVI, Éditions du Cerf, 2010 (El sacrificio de la tarde, Ediciones San Román, 2018).

L’Eglise et l’éducation, Éditions Dominique Martin Morin, 2010 (La Iglesia y la educación).

Les Pédagogues: essai historique sur l’utopie pédagogique, Éditions du Cerf, 2011 (Los pedagogos: ensayo histórico sobre la utopía pedagógica).

Histoire du citoyen, Via Romana, 2014 (Historia del ciudadano).

Le passé ne meurt pas, Via Romana, 2016 (El pasado no muere).

Prólogo a la edición española

Tántalo pedagogo o la resistencia del tiempo

Jean de Viguerie es un historiador francés tan conservador que ha sido miembro del «Conseil scientifique» del Front National. El lector deberá juzgar si es conservador porque ignora lo moderno (debilidad de algunos intelectos dispépsicos) o porque lo conoce. Tendrá ocasión de hacerse esta pregunta ya en los primeros párrafos de esta obra, publicada en francés como Les Pédagogues: essai historique sur l’utopie pédagogique, en 2011, y que puede verse como la culminación de una trilogía iniciada con L’institution des enfants: l’éducation en France XVIè-XVIIIè siècle (1978) y L’Église et l’éducation (2001, 2010). Pedagógicamente es representante de una corriente mucho más marginal en el discurso pedagógico vigente que la representada, por ejemplo, por Makarenko, que está en los altares de la pedagogía moderna, a pesar de ser el fundador, bajo los auspicios de Stalin, de una colonia infantil a la que puso el nombre del fundador de la Checa, Dzerjinski. «Eran —llegó a decir Makarenko de los chequistas— hombres de principios, aunque los principios no eran para ellos una venda en los ojos». Pero la de Viguerie, me temo que es mucho más marginal en el discurso que en las prácticas. Por eso mismo, debería interesar a los historiadores de la educación.

Si el lector posee un espíritu intelectualmente imprudente, es decir, si ni reduce el pensamiento crítico a aquel pensamiento que coincida con el suyo; ni se rinde incondicionalmente a la novolatría; ni se empeña en adelgazar lo real para engordar lo posible, es probable que haya descubierto ya que el pasado no caduca nunca del todo y que, por lo tanto, estamos condenados a no ser solo modernos. Si es así, estará en condiciones de preguntarse por qué la historia de la pedagogía tiende a verse a sí misma como la sucesión narcisista de figuras venerables que conducirían inevitablemente hacia el presente, de manera que este se erigiría a la vez como la verdad realizada de esta historia y como su juez. Esta convicción, tan impregnada de ideología historicista, es la que le permitía a Piaget proclamar sin complejos que estaba viviendo (y protagonizando) la revolución pedagógica más importante de la historia. Ahora bien, vista la cantidad de protagonistas que ha tenido la revolución pedagógica en los últimos cien años, parece perfectamente legítimo preguntarse si su reiteración no nos muestra, en realidad, la persistencia de una resistencia a la que, quizás, pudiéramos dar el nombre de naturaleza humana, hipótesis que el historicismo no puede admitir sin negarse a sí mismo, puesto que para él, el hombre no tiene naturaleza, sino historia. Quien se anime a comprender el sentido de esa resistencia, que provocó, por ejemplo, que el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética prohibiera, en septiembre de 1931, «terminantemente la experimentación en la escuela», debiera intentar evitar insultarla.

«¿Qué escuela será la mejor? La escuela ideal será la que sea la menos escuela posible». Estas palabras son de Azorín. Las encontramos en su libro Caminando y pensando, de 1929, en un capítulo dedicado a un libro del pedagogo norteamericano Angelo Patri titulado A schoolmaster of the great city, publicado en 1917 y traducido al francés en 1919 con el título Vers l’école de demain y en español como La escuela del futuro. Azorín no fue el primero en hablar de Patri en España. En 1924 Rodolfo Llopis había publicado La escuela del futuro según Ángel Patri, que es un buen ejemplo del interés que los institucionalistas sintieron por este pedagogo. Leemos en el prólogo del libro de Llopis: «La escuela, en general, es una cosa muerta. Vive de espaldas a la vida, sin tener contacto con ella». Esta es, exactamente, la convicción que se mostraba en una gran pantalla que presidía, en el año 2015, una reunión de inspectores de educación convocada por la Generalitat catalana: «Los profesores —se leía en ella— seremos felices cuando renunciemos a enseñar e intentemos simplemente dar a los alumnos marcos de aprendizaje que les permitan reflexionar, hacer trabajar los ojos, las orejas, el cerebro, y por qué no, el cuerpo, la creatividad. La crisis actual de la enseñanza se da porque rechazamos entrar en esta nueva lógica».

Si hay una constante en el discurso pedagógico de los últimos cien años es la que formuló el pedagogo William Chandler Bagley… ¡en 1934!: «Si deseas ser aplaudido en una convención educativa, utiliza tópicos sentimentales sobre los sagrados derechos del niño, resaltando especialmente su derecho a conquistar la felicidad por medio de la libertad. Es probable que te ganes un aplauso extra si te lamentas de la crueldad de los exámenes y los deberes, mientras condenas de manera elocuente alguno de los estereotipos favoritos del abuso infantil, como el latín, las matemáticas (la geometría, especialmente), la gramática, el currículum tradicional, la compartimentación del saber por materias que han de ser memorizadas, la disciplina y cosas semejantes».

La pedagogía no estará nunca a la altura de sus sueños. La escuela siempre ha sido una experiencia polémica y plural, porque está condenada, como Tántalo, a no saciarse nunca. Si pierde la ambición de superarse, se niega a sí misma. Pero a veces la ambición desbocada lleva a despreciar lo que tenemos por ser evidentemente imperfecto, y a rendirse incondicionalmente a la añoranza de un futuro perfecto, que es una forma de escapismo pedagógico con muy buena prensa.

De Viguerie encuentra el nacimiento de esta paradójica añoranza en Erasmo de Rotterdam, a quien instituye como «padre de la pedagogía utopista». Sus herederos serían Comenio, Pierre Nicole, Bernard Lamy, Locke, Jean-Jacques Rousseau, Condorcet, Victor Considérant, los pedagogos de la «nueva educación» (Dewey, Claparède, Ferrière, Freinet y Piaget) y Philippe Meirieu; es decir, una buena parte de los grandes nombres que la historia de la pedagogía ha sacralizado. Obviamente, a cualquier aficionado a la historia de la educación se le despertará inmediatamente alguna objeción a esta lista. Yo no puedo olvidar que en el Elogio de la locura, Erasmo ridiculiza a los maestros que se sienten muy felices «cuando creen haber dado con algún nuevo método de enseñanza, aunque sean puras extravagancias» y que en el De pueris suelta esta perla: «no hay quien desuelle y martirice con mayor crueldad a los niños que aquellos maestros que no tienen nada que enseñarles». Corregiría la visión de Rousseau, a quien muchos, ciertamente, consideran el verdadero padre de la pedagogía moderna, pero que, sin embargo, necesitaba mirar continuamente al pasado para dar forma a sus intuiciones. No entiendo la ausencia de Fichte, de Channing… de los teóricos de la «desescolarización» (de John Holt a Ron Paul), etc. Pero mis objeciones lo único que hacen es limar el incisivo aire de panfleto que caracteriza a este libro y que le permite retar descaradamente a la conventional wisdom de la pedagogía moderna.

Una pedagogía que se jacta continuamente de fomentar el pensamiento crítico y la autonomía, debería recibir críticamente todo aquello que la anima a repensar su específica racionalidad, a veces tan sui generis que es capaz de defender sin sonrojarse cursiladas que, aunque gracias a Dios, son irrealizables (excepto para los limousine liberals que pueden pagarles a sus hijos una ignorancia activamente satisfecha), encienden el entusiasmo de los pedagogos incapaces de vivir entre imperfecciones. Si no se quiere leer a De Viguerie, léase al menos a Hannah Arendt o a Antonio Gramsci… o a esa corrosiva provocación de nuestro Julián Ribera, La superstición pedagógica, de 1910.

En resumen: ¿las imperfecciones de la escuela realmente existente exigen una pedagogía «disruptiva» que libere a alumnos y profesores de la dulce prisión de sus «zonas de confort», o es que, acaso, la pedagogía «disruptiva» necesita dramatizar estas imperfecciones para justificarse a sí misma? Lo que podemos asegurar es que los sistemas educativos de éxito (véanse Singapur o Baviera) no son ni los que se blindan contra el cambio, ni los que van corriendo detrás del voluble aire de la vanguardia, sino los que saben ajustar lo que tienen a las demandas cambiantes del presente y lo hacen mediante prácticas reflexivas y un compromiso honesto con las evidencias. Siguen teniendo escuelas imperfectas, pero, para quien esto firma, resultan envidiablemente imperfectas.

Gregorio Luri

Introducción

En la Antigüedad griega se llamaba pedagogos a los esclavos que llevaban a los niños a la escuela. Posteriormente se dio ese nombre a los maestros. Hoy los pedagogos son los que enseñan a los maestros a enseñar. Muy a menudo se trata de utopistas. Rechazan lo que el sentido común llama realidad y la sustituyen con sus construcciones imaginarias. No ocultan su utopía. La declaran continuamente en sus escritos. Por ejemplo, mientras que uno (Comenius) dijo que «hay que enseñar todo a todos» y otro (Rousseau) escribió que «la lectura es el azote de la infancia», un tercero (Dewey) proclamó que el silencio en clase «impide a los niños revelar su verdadera naturaleza».

Dichos utopistas son el objeto de este libro. Consideramos que sus teorías explican en gran parte la situación actual de la enseñanza, y por eso juzgamos útil presentarlos al lector.

Se constata y se lamenta eso que suele llamarse el desastre escolar, el fracaso de la educación. Se lamenta el aumento de la ignorancia y la parálisis de las inteligencias, pero no se le suele dar una explicación a todo ello. Por eso, si se quiere remediarlo, hay que explicarlo.

En primer lugar, tengamos en cuenta las reformas. Se trata de la primera explicación. Nos referimos a las reformas de la enseñanza realizadas por los poderes públicos entre 1960 y 1970 en numerosos países del mundo. Por lo que se refiere a Francia, la llamada reforma general de la enseñanza arrancó en 1961-1962 para los niveles primario y secundario, y fue concluida en 1968 mediante la Ley de Orientación de las Universidades. Se tiró por la borda en un tiempo récord las leyes fundamentales del conocimiento intelectual y el aprendizaje del saber. A partir de ese momento siguieron llegando las reformas cada año hasta hoy, todas ellas en el mismo sentido. Los políticos actuales son los dobles, los continuadores de aquellos de los años 60. Si la destrucción completa de los años 60 debía renovarse, ellos la renovaron.

Sin embargo, las reformas no son más que la causa inmediata. Son simplemente la aplicación, la plasmación real de las teorías de los pedagogos. Porque estas teorías son la principal explicación, la verdadera causa. Por eso es importante conocerlas. Las examinaremos cronológicamente.

Comenzaremos por la de Erasmo. Erasmo de Rotterdam es conocido por haber sido un gran humanista y un gran literato, pero suele ignorarse que también fue el padre de la pedagogía utopista, el primero que no admitió la existencia de un intelecto innato en el niño y el primero que hizo del maestro el modelador y fabricador de la mente de su alumno. Los pedagogos de los siglos siguientes que examinaremos —Comenio, Locke, Rousseau, Condorcet— son los hijos y discípulos de Erasmo, al igual que numerosos pedagogos contemporáneos como Claparède, Dewey, Ferrière y Piaget.

Comenzaremos por Erasmo, nacido en 1467. El último que examinaremos, Philippe Meirieu, nació en 1949, y no podría culparnos por incluirle en nuestra selección puesto que él mismo se incluye en la categoría de los utópicos por vocación.

Evidentemente, las teorías de Erasmo y sus sucesores no fueron aplicadas durante mucho tiempo. Quizá se las admirase, pero se las tenía por lo que eran, es decir, fabulaciones de intelectuales y visionarios. Pero en el siglo XX, tras la Segunda Guerra Mundial, se convirtieron en doctrina oficial de los ministerios de educación de numerosos países, así como de las instituciones internacionales. Hoy nos encontramos en presencia de un sistema utopista, enriquecido y reforzado a lo largo de los siglos, que se ha convertido en doctrina de Estado y que reglamenta la enseñanza y la educación en gran parte del mundo. Los políticos no conocen otra. Este sistema es reductor. No quiere saber nada de la inteligencia, ni de la memoria, ni del saber, y trata al niño como un objeto modelable y manipulable a voluntad. El fracaso de la educación viene de aquí. Nuestra intención es demostrarlo.

Denunciar la causa de la enfermedad no es suficiente para curarla. Pero al saber la causa ya se está en el camino hacia su remedio. El niño sufre hoy la opresión de un sistema utópico del que es prisionero. Haremos mucho por él al liberarle de las mentiras de la utopía reconociendo su inteligencia innata y su memoria y liberándole de la opresión manipuladora de los pedagogos. Diremos la verdad sobre él y se la entregaremos. Solo así podrá la escuela comenzar a renacer.

1. Erasmo

Desiderius Erasmus van Rotterdam, el más célebre de los humanistas del Renacimiento, publicó en 1529 un tratado de pedagogía sobre la educación de los niños1. Lo escribió en latín, única lengua digna de un público cultivado, según su autor. El título latino es De pueris instituendis2. Será la primera obra de pedagogía utopista que analizaremos aquí.

Erasmo fue un sacerdote que nunca ejerció su ministerio, pero llevó una vida confortable de sabio y literato en varios países de Europa, mantenido por grandes personajes. Su experiencia pedagógica fue ocasional. Enseñó en tres fases de su vida: en primer lugar en Holanda, su patria, donde tras sus estudios dio lecciones de literatura; a continuación, como preceptor del príncipe Alejandro, hijo del rey Jaime III de Escocia; y finalmente en Inglaterra, donde la universidad de Cambridge le confió una cátedra de teología y otra de griego. Pero parece que estos tres periodos de profesorado fueron demasiado cortos. Pues fue más bien un consejero pedagógico de maestros3 que un maestro en contacto con alumnos. Este erudito, escribió Jean-Claude Margolin, su mejor comentarista, «se mantuvo a distancia de los alumnos»4, y prefirió escribir manuales de pedagogía y obras escolares a dedicarse a la enseñanza.

Pequeño opúsculo de cincuenta páginas, el De pueris forma parte, junto con algunas otras obras del mismo autor, de la muy abundante literatura pedagógica de principios del siglo XVI5. En ciertas épocas, y esta fue una de ellas, todo pensador quiso repensar la educación. Otros teóricos pedagogos, contemporáneos de Erasmo, gozaron de gran renombre, como, por ejemplo, el español Juan Luis Vives con su De ratione studii publicado en 1525, o Guillaume Budé con su Estudio de las letras de 15276. Sus obras se parecen mucho a la de Erasmo e ilustran lo que podríamos llamar la pedagogía de los humanistas7. Pero el que tiene mayor interés es el tratado de Erasmo porque desarrolla perfectamente, y sin la menor ambigüedad, la idea que se hicieron los humanistas del niño y de su instrucción.

Como fue costumbre en aquella época, un «argumento» precede al texto, expone el tema y resume la obra. Según dice el autor, no se preocupa de los jóvenes, sino de los niños pequeños. Y quiere demostrar sobre todo que conviene «formarles sin demora en el estudio de las bellas letras»8. Serán perfectamente capaces de dicho estudio e incluso aprenderán con placer si el maestro sabe «atraerles con sus caricias en vez de asustarles con su crueldad»9.

Pasando, pues, al texto, descubriremos que su resumen no da más que una idea imperfecta. El De pueris de Erasmo contiene mucho más de lo que anuncia su «argumento», pues en él se encuentra una concepción completamente nueva y sorprendente de la infancia y de su instrucción.

Sin la instrucción, explica el autor, el ser humano no existe. Habrá nacido, pero no existe hasta ese momento. Al nacer no es nada. «Cuando la naturaleza te da un hijo —escribió nuestro autor—, no te entrega otra cosa que una masa de carne sin desbastar»10. El ser humano no es como los demás seres vivientes. «Los árboles nacen árboles… los caballos nacen caballos; pero los hombres no nacen hombres, sino que se les hace». El texto latino dice homines finguntur11. Una traducción más exacta sería «los hombres son modelados», o bien «son fabricados».

¿Y quién los «hace»? ¿Quién los «modela»? ¿Quién los «fabrica»? La instrucción. Es ella la que convierte a los niños pequeños en verdaderos seres humanos. Sin ella no tendríamos más que una masa material, y semejante criatura es «muy inferior a los animales»12. No se trata de una instrucción meramente elemental, ya que hay que formar al niño pequeño «en las letras y los principios de filosofía», pues, si no, seguiría siendo un monstruo. Erasmo escribe textualmente «monstruo»13. El ser humano razonable no se forma en el vientre de su madre, sino gracias a la instrucción. La mente no tiene forma en el momento del nacimiento. «Ningún osezno es tan informe como la mente del hombre al nacer»14. Sin instrucción es un desastre. Erasmo previene al padre: «Si no le das forma y le modelas con gran cuidado, no serás padre de un hombre, sino de un monstruo»15.

Pero es una suerte que el niño sea tan maleable. Su materia es «sumisa y totalmente obediente»16. Erasmo la compara a la cera y la arcilla, y el educador a un alfarero. Este modela al niño pequeño y hace de él un ser humano siempre que se dedique a ello sin tregua ni descanso. «¡Si te duermes —advirtió Erasmo— tendrás una bestia! Pero si perseveras, ¡lo que conseguirás será un dios!»17. Pero hay otra obligación: no esperar. El modelado del niño debe comenzar cuanto antes. «Trabaja la cera cuando está totalmente blanda, modela la arcilla cuanto todavía está húmeda»18. ¿Maleabilidad? Puede ser, pero el niño pequeño también tiene una gran capacidad para negarse. Y eso, evidentemente, no lo sabe nuestro gran humanista. ¿Cómo habría de saberlo si ni tuvo hijos ni enseñó jamás a niños pequeños, sino tan solo a jóvenes?

Tampoco vio nunca a niños incapaces de aplicarse al estudio. En su opinión, desde que el niño «comienza a hablar, es capaz de recibir una enseñanza literaria»19. Algunos «piensan que antes de los siete años hay que mantenerse alejados de los estudios». Se equivocan. Los niños tienen gran facilidad para las lenguas, sobre todo para el latín y el griego. Esta facilidad les viene de que tienen «memoria e imitación en un grado muy alto». Cuando nacieron estaban «amorfos», peores que los oseznos. Pero dos o tres años más tarde son capaces de aprender latín y griego. Indudablemente, el trabajo de modelado ha sido muy eficaz.

Pero hay que tener presente que, dado que estos niños son todavía muy pequeños y, por lo tanto, «todavía no pueden comprender todos los beneficios, todo el prestigio y todo el placer que sus estudios les procurarán en el futuro», hay que decirles que el trabajo es un juego. No es verdad, pero hay que engañarles. Fallenda est aetas illa, dijo el humanista: «A esta edad hay que engañarles»20. De todos modos, se les puede educar fácilmente divirtiéndoles. Cuando se les enseñe el alfabeto, por ejemplo, se les dará pasteles en forma de letras21. ¡Ingenioso pedagogo, nuestro Erasmo!

Así pues, se comenzará con las lenguas lo más pronto posible. «La facilidad es tan grande a esta edad —escribió Erasmo–, que un joven alemán aprende el francés en pocos meses». Y con la misma facilidad aprenderá el griego y el latín22. Tan pronto como comienzan a hablar, los niños pequeños saben la gramática y el vocabulario del griego y el latín. Si la gramática es necesaria, el vocabulario lo es todavía más. Si no conoce las palabras —asegura nuestro autor—, el niño no puede acceder al conocimiento de las cosas. Esta idea es antigua en Erasmo. En 1497, es decir, treinta y dos años antes del De pueris, escribió a un amigo:

Solamente podemos conocer las cosas mediante las palabras (por cosas —res— hay que entender tanto la realidad objetiva de las cosas, un pupitre, un caballo, una nube, como la idea o la noción de estas cosas). Quien no maneje bien el lenguaje será necesariamente miope, alucinado y delirante en sus juicios sobre las cosas23.

En suma: si hemos comprendido bien, quien no sepa nombrar un objeto, no puede conocerlo de verdad. En una obra posterior titulada El método de los estudios (1512), Erasmo retomó el asunto: «Para empezar conviene adquirir el doble conocimiento de las cosas y las palabras, el de las palabras en primer lugar para acceder al más importante de las cosas»24. Su Educación de los niños (De pueris), de 1529, se inspirará en el mismo principio.