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Christian Gálvez nos invita en este libro a redescubrir a Lucas, el evangelista que supo mirar donde otros no miraban: a los pobres, las mujeres, los enfermos y los olvidados. Médico, escritor y compañero de Pablo de Tarso, Lucas se nos presenta como un puente entre culturas y como el narrador de la misericordia de Jesús. Reconocido presentador, escritor y divulgador, Christian Gálvez combina la investigación histórica y la reflexión espiritual con una prosa cercana y ágil para ofrecer una biografía viva y luminosa. A través del Evangelio y los Hechos de los Apóstoles, perfila el retrato de un hombre discreto y fiel que llevó la fe al relato y plasmó la compasión en palabras de vida. Destinado tanto a creyentes como a buscadores de la verdad, el libro es una lectura amena que une historia y espiritualidad, y que muestra cómo, tomando como ejemplo la sencilla pero firme experiencia de Lucas, es posible iluminar el mundo con la fuerza serena del Evangelio.
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Seitenzahl: 224
Veröffentlichungsjahr: 2025
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LUCAS
ChristianGálvez
El evangelista de los invisibles
© SAN PABLO 2025
Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid
Tel. 917 425 113
© Carlos Christian Gálvez Montero, 2025
Imagen de cubierta: Vladimir Borovikovsky. San Lucas. Museo Estatal Ruso (Wikimedia Commons).
Distribución: SAN PABLO. División Comercial
Resina, 1. 28021 Madrid
Tel. 917 987 375
ISBN: 978-84-285-7464-8
Depósito legal: M. 21.784-2025
Impreso en Artes Gráficas Gar.Vi. 28970 Humanes (Madrid)
Printed in Spain. Impreso en España
Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).
A Patricia,
la mujer de mi vida,
porque sin ti,
jamás hubiera perseguido a Lucas.
Tú me encontraste.
Tú le encontraste.
A Aurora y Sofía,
porque mi corazón late al ritmo del vuestro.
A Luca,
que hiciste aún más visible el amor entre mamá y papá.
Sois la Luz en mi Camino.
«… también yo he resuelto
escribírtelos por su orden,
ilustre Teófilo,
después de investigarlo todo
diligentemente desde el principio,
para que conozcas la solidez
de las enseñanzas que has recibido».
Lucas 1,3-4
Creo sinceramente que escribir algo que pueda presentarse, aunque solo sea tímidamente, como una crónica del evangelista Lucas en estos tiempos no solo es pertinente, sino profundamente valioso, por varias razones que combinan lo histórico, lo cultural, lo espiritual y lo personal.
Lucas es uno de los grandes pilares del cristianismo primitivo, autor del tercer Evangelio y del libro de los Hechos de los Apóstoles. Sin embargo, su figura personal ha quedado en un segundo plano frente a personalidades tan potentes como el apóstol Pedro, Pablo de Tarso o el evangelista Juan. Un ensayo lo más documentado posible puede rescatar su compleja identidad: médico, escritor y puente entre el mundo judío, el judeocristiano y el grecorromano.
Por otro lado, Lucas es el evangelista que refleja con más claridad una mentalidad abierta al mundo no judío, sensible a los marginados, al papel de las mujeres, a los niños, a los pobres y a los extran
jeros. En una época como la nuestra, marcada por tensiones culturales, religiosas y sociales, su figura permite reflexionar sobre la posibilidad de un cristianismo incluyente y dialogante. Su Evangelio sigue siendo uno de los más «universales» en cuanto a sensibilidad.
Y es que Lucas no solo transmite doctrina: narra. Es, probablemente, el mejor escritor entre los evangelistas, el más preocupado por el estilo, por la estructura y por la belleza del lenguaje. Su prosa griega, sus parábolas cuidadosamente elaboradas y su atención al detalle le convierten en un referente para pensar la teología como una buena narrativa, algo muy actual en tiempos donde la fe necesita nuevas formas de expresión, más allá de las redes sociales.
Este libro puede contribuir a tender nuevos puentes entre la investigación histórica y la tradición espiritual. Lucas aparece en fuentes de los Padres de la Iglesia, en leyendas medievales, en la liturgia, en el arte, en el cine, en la literatura… y ha sido interpretado de muchas maneras. Examinar esos relatos puede enriquecer tanto a estudiosos como a creyentes y no creyentes.
Hoy disponemos de una gran cantidad de recursos: estudios exegéticos actualizados, avances en arqueología bíblica, análisis lingüísticos y estudios sobre los relatos y sus estructuras, así como una lectura renovada de las fuentes patrísticas. Esto permite construir una biograf ía accesible y amena si se escribe con claridad.
Lucas no fue un héroe espectacular ni un mártir dramático. Fue, según la tradición y lo que extraemos de sus propias palabras, un hombre culto, discreto, casi invisible, compasivo y fiel, que supo traducir la fe en relatos comprensibles para su tiempo.
En un momento en el cual se valoran más los hechos que las palabras y donde muchas personas buscan referentes silenciosos, coherentes y universales, su vida sencilla pero firme nos recuerda que también desde la discreción se puede iluminar el camino en el mundo.
ChristianGálvez
Cuando uno se acerca a los cuatro Evangelios –Mateo, Marcos, Lucas y Juan– pronto se da cuenta, si lee con atención, de que no son copias calcadas entre sí. Aunque algunos de los relatos cuenten prácticamente lo mismo, cada uno narra la historia de Jesús con su propio estilo, sus prioridades y su público en mente. Es como ver una misma escena desde distintos ángulos: todos hablan del mismo Cristo, pero cada evangelista lo muestra con matices únicos.
Esa es la grandeza de cada uno de ellos.
Vamos a recorrer esas diferencias prestando especial atención al Evangelio de Lucas, que, desde mi humilde punto de vista, destaca por su tono cercano, su mirada compasiva y su apertura a todos, especialmente a los pobres, a las mujeres, a los niños y a los marginados. Lucas no solo cuenta lo que hizo Jesús, sino que nos invita a descubrir un Dios que se hace ternura en medio de la historia humana. Por eso, entre los cuatro, su Evangelio tiene un sabor especial que merece una mirada más detenida.
Cada evangelista ofrece una perspectiva única del redentor: Mateo le presenta como el Mesías esperado por el pueblo judío, el nuevo Moisés que enseña la ley del reino desde el monte; Marcos, el más antiguo y directo, muestra a Jesús como el Mesías sufriente y el Hijo de Dios que se revela plenamente en la cruz, en un relato dramático y ágil; Lucas, evangelista de la misericordia, retrata a Jesús como el Salvador universal, compasivo con los marginados y portador de la alegría del Evangelio; Juan, el más teológico y simbólico, revela a Jesús como el Verbo eterno encarnado, en quien se manifiesta plenamente la gloria del Padre.
Cada uno responde a contextos distintos y subraya dimensiones complementarias del misterio de Cristo, pero si tuviéramos que elegir una palabra que resumiera la esencia teológica y narrativa de cada evangelista, creo que estas serían las más apropiadas:
Mateo: Mesianismo
Marcos: Pasión
Lucas: Misericordia
Juan: Divinidad
Entre los cuatro evangelistas, probablemente sea Lucas el evangelista menos citado en homilías o discusiones teológicas populares. No formó parte de los Doce, ni aparece en los relatos evangélicos como testigo directo de la vida de Jesús. Sin embargo, escribió uno de los Evangelios más cuidados y extensos y el libro de los Hechos de los Apóstoles, ofreciéndonos, en conjunto, la narrativa más detallada de los orígenes cristianos. Es el único que abarca la historia completa:
El Evangelio trata sobre la vida de Jesús: su anuncio, ministerio, pasión y resurrección.
Los Hechos de los Apóstoles va más allá, mostrando la vida de la Iglesia: desde Jerusalén hasta los confines del Imperio romano.
Así, se convierte en el gran cronista de la continuidad entre Jesús de Nazaret y la comunidad que nace de Él. Sin la pluma de Lucas, no tendríamos muchos detalles sobre la infancia de Jesús, ni una visión tan rica de la acción del Espíritu en la Iglesia naciente.
Precisamente esa, su pluma, se centró en historias que iluminaban cómo Dios actuaba en lo pequeño: en la ternura, en la cercanía, narrando la Anunciación a una joven y desconocida María, detallando la aparición de ángeles a unos pastores insignificantes, poniendo el foco en el buen samaritano, en la mujer pecadora, en el hijo pródigo, en la viuda de Naín o mostrando a un Jesús que lloró, se compadeció y abrazó la fragilidad.
¿Por qué llamar entonces a Lucas el evangelista «invisible»?
Sencillamente porque el griego no contó su propia historia en primera persona, ni recibe una llamada directa de Jesús, como Pedro o Santiago, ni deja ver claramente en sus textos cuándo llegó a la fe ni cuál fue su proceso. Además, cuando escribe acerca de las misiones de Pablo, utiliza un sutil «nosotros», sin darse protagonismo. Este perfil bajo, casi anónimo, convierte a Lucas en un personaje intrigante. Su voz está en cada línea de su Evangelio y de los Hechos, pero su figura personal se difumina, cediéndole todo el espacio a Cristo y a su comunidad.
Por otro lado, no debemos olvidar que Lucas era médico, y eso influyó en su forma de narrar. Era un cronista que observaba con atención los detalles humanos y físicos. Escribía sobre enfermedades, reacciones corporales y emociones profundas y escuchaba a los más débiles, a los excluidos, a quienes nadie prestaba atención.
Su condición de «invisible» no significaba carencia de valor, sino una humildad esencial. Ese rasgo le convirtió en un historiador y teólogo de lo cotidiano, dando espacio a quienes, como ya hemos apuntado, no tenían voz en la sociedad de su tiempo: mujeres, niños, pobres, pecadores y extranjeros –gentiles–.
En su invisibilidad personal, Lucas nos sigue recordando que lo esencial del Evangelio, si lo trasladamos al siglo XXI, no siempre aparece en titulares –verdaderos o falsos– ansiosos de clickbait, sino en aquellos gestos silenciosos, grandes o pequeños, capaces de transformar vidas.
Su aparente «invisibilidad» es paradójica: pocos saben mucho sobre él, pero gran parte de lo que entendemos acerca de Jesús y la Iglesia primitiva se fundamenta en su obra.
Este libro pretende mostrar cómo «el evangelista invisible» está, de hecho, en el centro mismo de la fe cristiana, pues profundizó en la imagen de María como mujer creyente, enfatizó la misericordia de Jesús más que nadie, describió la expansión misionera que sentó las bases para la universalidad del cristianismo e inspiró a médicos, artistas, escritores y a innumerables comunidades que se han identificado con su estilo compasivo y su envolvente narrativa a través de los siglos.
Lucas dirigió su Evangelio y los Hechos a un tal Teófilo, nombre que significa «amigo de Dios». No sabemos quién era ese Teófilo real, pero lo importante es que cada lector puede asumir ese lugar: el que recibe las buenas noticias, el que descubre en la historia de Jesús su propia historia y el que se deja abrazar por la misericordia que Lucas describe con tanto detalle.
Te invito, por tanto, a entrar en estas páginas no como espectador, sino como «Teófilo»: alguien que busca conocer, creer y amar más. Y quizás, en el camino, encuentres la misma compasión, sencillez y fidelidad que convirtieron a Lucas en el evangelista invisible pero imprescindible.
Insisto.
Lucas es un personaje fundamental en la historia del cristianismo. No fue un testigo ocular de la vida de Jesús ni uno de los doce apóstoles, a diferencia de otros evangelistas como Mateo o Juan –tal y como lo consideran algunas tradiciones–. Fue un médico, historiador y fiel compañero de misión del apóstol Pablo de Tarso y es tradicionalmente reconocido como el autor del Evangelio de Lucas y de los Hechos de los Apóstoles, dos libros del Nuevo Testamento.
Se cree que era gentil –no judío–, probablemente de Antioquía de Siria. Médico de profesión, según lo menciona Pablo: «Os saludan Lucas, el querido médico, y Demas» (Col 4,14). Es probable que, por su oficio de médico, hubiese estudiado anatomía y ciencias naturales, y, a la vez, estuviera familiarizado con la historia y la retórica de su época.
Es el propio Pablo el que diferencia a los colaboradores «de la circuncisión» –judíos– y a Lucas, el «médico amado». Así pues, como gentil, Lucas aporta una visión universal, abriéndose a pueblos, culturas y lenguas diversas.
Su dominio del griego koiné, notablemente más refinado que el de otros escritores del Nuevo Testamento, sugiere que tenía una sólida educación. Fue un escritor meticuloso, pues sus prólogos (Lc 1,1-4); (He 1,1-3) muestran un método de «investigación cuidadosa» y una intención de entregar un relato «ordenado» (Lc 1,3).
No se sabe con exactitud cuándo se convirtió en seguidor de Cristo, pero lo más probable es que fuera durante los primeros años de la expansión misionera que siguió a la muerte y resurrección de Jesús. Posiblemente, conoció el mensaje cristiano en Antioquía, gran ciudad cosmopolita donde confluyeron varios de los primeros predicadores.
Entre tanto, los que se habían dispersado en la persecución provocada por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin predicar la palabra más que a los judíos. Pero algunos, naturales de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles la Buena Nueva del Señor Jesús. Como la mano del Señor estaba con ellos, gran número creyó y se convirtió al Señor. Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una multitud considerable se adhirió al Señor. Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos (He 11,19-26).
Lucas nunca se presentó como testigo directo de Jesús, sino más bien como alguien que recopilaba testimonios. Esto revela que se convirtió a través del anuncio de otros, y que, como discípulo de segunda generación, por decirlo de alguna manera, valoraba profundamente el testimonio de los testigos oculares.
Varias menciones en las cartas paulinas y las secciones del «nosotros» en los Hechos de los Apóstoles sugieren que Lucas acompañó a Pablo en algunos de sus viajes misioneros (He 16,10-17; 20,5-15; 21,1-18; 27,1–28,16). Era el amigo que permaneció cuando otros abandonaron y el médico que cuidó de Pablo en sus enfermedades y dificultades. Tras la muerte de Pablo, Lucas se dedicó a la escritura de su crónica en dos obras:
Evangelio según san Lucas: Es el tercer Evangelio en la Biblia y se centra en la compasión de Jesús, su amor por los pobres, los marginados, las mujeres, los niños y los pecadores. Incluye parábolas exclusivas y presenta una narrativa muy detallada del nacimiento de Jesús y su infancia.
Hechos de los Apóstoles: Es una continuación del Evangelio de Lucas; aquí relata la historia de la Iglesia primitiva, empezando con la Ascensión de Jesús y el Pentecostés. Detalla las misiones de Pedro, Esteban, Felipe y, sobre todo, de Pablo. En algunas secciones, usa la forma «nosotros», lo que sugiere que Lucas estuvo presente en esas misiones.
En ambas obras vemos cómo Lucas puso su sello literario, revelando un estilo culto, fluido y muy atento a los detalles humanos y espirituales. Lucas ofrece una visión muy humana y compasiva de Jesús: destaca la acción del Espíritu Santo y la universalidad del mensaje cristiano: para todos, no solo para los judíos, y es una fuente clave para entender los comienzos del cristianismo y la expansión de la Iglesia primitiva. Por ello Lucas encarnó y encarna la síntesis de un profesional formado, sensible al sufrimiento humano, y de un creyente apasionado que supo ver en Jesús el Rostro de la Misericordia.
No existen datos históricos precisos sobre la muerte de Lucas. Se cree que murió alrededor del año 84 d.C. en Grecia, según algunas tradiciones. Otras tradiciones afirman que fue mártir, aunque no hay evidencia histórica. Lo que sí es seguro es que, para los cristianos posteriores, Lucas llegó a ser un santo de gran relevancia. Es patrono de los médicos por su oficio; también de los artistas, por la tradición que le considera «pintor de la Virgen» y, por supuesto, referente de los evangelistas y misioneros. Su símbolo en la iconograf ía cristiana es el toro o buey alado, que representa el sacrificio, y el servicio, y su fiesta se celebra el 18 de octubre en muchas Iglesias cristianas.
En pocas palabras: Lucas fue el puente entre la memoria de Jesús y la historia de la Iglesia primitiva.
Lucas, por tanto, no fue solo un profesional de la salud; fue y es un «sanador del alma» al compartir la historia de un Dios cercano a la fragilidad humana.
No necesitó ser uno de los Doce para cambiar la historia: bastó con su fidelidad, su pluma y su corazón, para dejar un legado que a día de hoy sigue iluminando a millones.
Pablo de Tarso, también conocido como san Pablo, fue una de las figuras más influyentes en la formación y expansión del cristianismo primitivo. Nacido en la ciudad de Tarso, en la región de Cilicia –actual Turquía–, entre los años 5 y 10 d.C. bajo el nombre de Saulo, creció en una familia judía de la diáspora y fue educado como fariseo, lo que le dio un profundo conocimiento de la ley judía. Además, poseía la ciudadanía romana, un privilegio que más adelante le permitiría moverse con cierta libertad por el Imperio y protegerse de algunas persecuciones.
Antes de convertirse al cristianismo, Pablo fue un acérrimo perseguidor de los primeros cristianos. Según el relato del libro de los Hechos de los Apóstoles, durante un viaje a Damasco con el propósito de arrestar a seguidores de Jesús, experimentó una visión mística en la que se le apareció el propio Cristo resucitado. Este episodio marcó un punto de inflexión en su vida, que le llevó a abandonar su antigua vida y a convertirse en uno de los más fervientes predicadores del mensaje cristiano.
A partir de su conversión, Pablo dedicó su vida a difundir el Evangelio, especialmente entre los no judíos, conocidos como gentiles. Realizó varios viajes misioneros a lo largo del Imperio romano, fundando comunidades cristianas en ciudades como Éfeso, Corinto, Filipos y Roma. Sus cartas dirigidas a estas comunidades forman parte del Nuevo Testamento y son una de las fuentes más antiguas del cristianismo. En ellas, Pablo desarrolla conceptos teológicos fundamentales como la salvación por la fe, la universalidad del mensaje de Cristo y la idea de la Iglesia como cuerpo de Cristo.
El primer viaje misionero de Pablo se desarrolló aproximadamente entre los años 46 y 48 d.C. Lo realizó en compañía de Bernabé y Juan Marcos. Bernabé, cuyo nombre real era José, era un judío de la isla de Chipre, perteneciente a la tribu de los levitas. Los apóstoles le apodaron Bernabé, que significa «hijo del consuelo», por su carácter generoso y conciliador. Fue uno de los primeros creyentes que vendió sus propiedades para ayudar a la comunidad cristiana. Además, tuvo un papel clave en la historia de Pablo: cuando los demás cristianos aún desconfiaban de él por su pasado como perseguidor, Bernabé fue quien le defendió y le presentó ante los apóstoles en Jerusalén. Juan Marcos era familiar de Bernabé y parece haber sido parte de una familia cristiana influyente, ya que su casa en Jerusalén era un punto de encuentro para los creyentes. Partieron desde Antioquía de Siria y recorrieron la isla de Chipre, Pisidia, Panfilia, Licaonia y otras regiones del sur de Asia Menor –actual Turquía–. Durante este viaje, comenzaron a predicar no solo a los judíos, sino también a los gentiles, lo que marcaría el inicio de una nueva etapa en el cristianismo. Sin embargo, en medio del viaje, Marcos decidió abandonar la misión y regresar a Jerusalén. No se explica claramente el motivo, pero esa decisión generó una fuerte tensión entre Pablo y Bernabé. Más adelante, cuando planificaban un nuevo viaje, Bernabé quiso darle otra oportunidad a Marcos, pero Pablo se negó rotundamente. La discusión fue tan seria que acabaron separándose: Pablo se fue con Silas, y Bernabé con Marcos.
En su segundo viaje misionero, realizado entre los años 49 y 52 d.C., Pablo tuvo como principal compañero a Silas, y más tarde se unieron Timoteo y Lucas, el autor del Evangelio y de los Hechos. Silas, también llamado Silvano en algunas cartas del Nuevo Testamento, aparece en Hechos como un miembro respetado de la comunidad cristiana de Jerusalén. Fue elegido por los apóstoles para acompañar a Pablo cuando este se separó de Bernabé. Silas era judío, pero también ciudadano romano, algo que le permitía moverse con cierta libertad en el mundo grecorromano y le protegía en situaciones delicadas, como arrestos o juicios. Timoteo, por su parte, es presentado como un joven discípulo que Pablo conoce en Listra. Su madre era judía y creyente, y su padre griego, lo que hacía de él un puente natural entre dos mundos culturales. Aunque no era necesario, Pablo le hace circuncidar para facilitar su aceptación entre los judíos, un gesto estratégico para evitar tensiones en las sinagogas que visitaban. Timoteo se convierte en uno de los colaboradores más cercanos de Pablo. Aunque en Hechos su papel es más discreto, en las cartas paulinas aparece como un verdadero «hijo espiritual» del apóstol. Es enviado en varias ocasiones a representar a Pablo ante distintas comunidades, lo que demuestra la gran confianza que tenía en él. Partiendo nuevamente desde Antioquía, visitaron algunas de las comunidades fundadas en el primer viaje y luego continuaron hacia Macedonia y Grecia. En este viaje, Pablo predicó en Filipos, Tesalónica, Berea, Atenas y Corinto. Fue en esta etapa cuando escribió varias de sus epístolas y estableció una fuerte red de comunidades cristianas en la región helénica.
El tercer viaje misionero, que tuvo lugar entre los años 53 y 57 d.C., tuvo un enfoque más pastoral y de consolidación. Pablo volvió a visitar muchas de las ciudades donde ya había predicado, como Éfeso, donde permaneció cerca de tres años. En este tiempo, escribió varias cartas, incluyendo algunas dirigidas a los corintios y a los gálatas. Durante este viaje, Timoteo siguió siendo uno de sus más cercanos colaboradores, junto con un tal Tito. Curiosamente, Tito no aparece mencionado en el libro de los Hechos de los Apóstoles, a pesar de ser una figura muy importante en las cartas de Pablo. Su papel se conoce sobre todo a través de las epístolas paulinas. Tito fue un discípulo cercano de Pablo, un cristiano de origen gentil –no judío– que se convirtió al cristianismo, probablemente por influencia directa del propio Pablo. Pablo le menciona como un ejemplo de que no era necesario circuncidarse para ser cristiano, subrayando así su papel en la defensa de un cristianismo abierto a los no judíos. Aparece también en las cartas a los corintios como alguien enviado en misiones delicadas, para mediar y representar a Pablo ante comunidades en conflicto. Fue un colaborador leal y eficiente, muy valorado por su capacidad para organizar y fortalecer a las Iglesias. Pablo le dejó a cargo de la comunidad cristiana en Creta, encargándole tareas pastorales y de organización. Es decir, no fue solo acompañante, sino también líder comunitario.
Finalmente, el viaje a Roma, aunque no es considerado un viaje misionero voluntario, fue igualmente importante. Pablo fue arrestado en Jerusalén y, tras varias apelaciones legales, exigió ser juzgado en Roma como ciudadano romano. Durante este traslado, fue acompañado por soldados romanos y algunos de sus colaboradores, como Lucas. El viaje fue largo y estuvo lleno de dificultades, incluyendo un naufragio en la isla de Malta. Al llegar a Roma, Pablo permaneció bajo arresto domiciliario, pero incluso en esas condiciones continuó predicando y escribiendo.
A lo largo de todos estos viajes, Pablo estuvo rodeado de una red de colaboradores fieles. Además de Bernabé, Silas, Timoteo, Lucas y Tito, se relacionó con otros como Priscila y Áquila, Aristarco –estos tres aparecen en Hechos–, Onésimo, Epafrodito, Aristarco, Demas, Tíquico y Crescente –todos ellos mencionados en las cartas del Nuevo Testamento–. Algunos le acompañaron f ísicamente, otros colaboraban en las comunidades, y varios se mencionan como destinatarios o mensajeros en sus cartas.
Estos viajes no solo fueron el vehículo de la expansión del cristianismo en el mundo grecorromano, sino también el contexto en el que Pablo desarrolló su teología y escribió gran parte del corpus que hoy forma el corazón doctrinal del cristianismo.
Pablo murió hacia el año 67 d.C., probablemente ejecutado en Roma durante la persecución de cristianos bajo el emperador Nerón. Su legado, sin embargo, perdura hasta hoy. No solo es venerado como santo por muchas confesiones cristianas, sino que también es reconocido como el verdadero arquitecto del cristianismo como religión distinta del judaísmo. A través de su pensamiento y su obra misionera, el mensaje de Jesús trascendió las fronteras culturales y religiosas de su tiempo.
A lo largo del Nuevo Testamento, el nombre de Lucas aparece pocas veces. Pero cada mención es un destello de cercanía, confianza y lealtad. Más que un médico, parece un hermano de camino, de peregrinaje. Y es que Lucas no fue simplemente un cronista de las aventuras misioneras de Pablo. Su vínculo con el de Tarso fue más que funcional: fue fraternal. Fue su compañero en las noches dif íciles, su apoyo en la enfermedad y su sombra en los naufragios. Estuvo con él cuando otros le abandonaron. En la segunda Carta a Timoteo, Pablo ya está casi solo. Viejo, cansado, preso, esperando el final.
«Lucas es el único que está conmigo» (2Tim 4,11). Esa frase, tan breve, resuena como un canto de amistad verdadera. Lucas no necesitó fama ni títulos. Solo fue fiel. Se quedó, siguió creyendo y no dejó de escribir.
No sabemos con certeza cuándo conoció Lucas a Pablo, pero aparece por primera vez en los Hechos de los Apóstoles, en el capítulo 16, cuando la narración cambia súbitamente del «ellos» al «nosotros» (He 16,10-13), como veremos en los capítulos siguientes.
Ese «nosotros» marca un punto de inflexión. Desde allí, Lucas entra en escena, no como protagonista, sino como presencia fiel. Un discípulo que no buscaba ser el protagonista del mensaje, pero caminaba al lado de quien lo llevaba en el corazón: Pablo.
Pablo tenía sus debilidades: problemas de salud, heridas, persecuciones, traiciones… Y es cuando Lucas, médico de cuerpo y alma, entró en escena, ya que parece como si estuviera allí para cuidar, aliviar y escuchar. No era un predicador como Pablo, pero sanaba, observaba y sostenía. Era el tipo de compañero que no necesitaba hablar mucho, porque su sola presencia hacía el peso más liviano.
En ese sentido, románticamente hablando, Lucas representaba y representa a los que, en silencio, se convierten en imprescindibles: los que no brillan pero sin los cuales los que brillan no podrían continuar.
Lucas acompañó a Pablo en su viaje a Macedonia, la evangelización en Filipos y Tróade, el regreso a Asia Menor y Mileto, la llegada a Jerusalén y el peligroso viaje a Roma, incluyendo el naufragio en Malta (He 16; 20; 21; 27–28). No fue un viaje cómodo. Fueron travesías marcadas por la incertidumbre, el cansancio y las cadenas, pero Lucas no se apartó. Mientras otros desertaban, Lucas se quedaba a la sombra de Pablo, tomando nota, sirviendo, tal vez orando en silencio. Nunca pretendió el púlpito: eligió la fidelidad.
Lucas escribió Hechos de los Apóstoles no solo como un testigo externo, sino como alguien que vio sangrar a su amigo. Por eso el relato no es frío ni triunfalista. Es humano, con momentos de gloria, pero también de encarcelamiento, naufragio, dudas y conflictos. Lucas nunca maquilló la historia de Pablo. La contó con amor y verdad, como quien narra la vida de un hermano al que admira y comprende. Si Pablo era el fuego de la palabra, Lucas era el arte de la narración. Pablo lanzaba la semilla y Lucas guardaba la memoria. Uno escribía cartas apasionadas, el otro tejía relatos profundos. Y, sin embargo, ambos hablaban del mismo Cristo. La combinación fue providencial: Pablo encendió corazones y Lucas los acompañó a madurar.
No me cansaré de repetirlo.
