Maldita lechuza - José Antonio Ramírez Lozano - E-Book

Maldita lechuza E-Book

José Antonio Ramírez Lozano

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Lo de aprobar el curso estaba aún por ver. Lo digo por el calor. Acostumbrado al frío de Castilla y con un cuerpo como el mío, que es mantecoso y blanco como el de mi madre, lo de los cuarenta grados resultaba una crueldad. Hay que tener en cuenta que cuando llegamos en septiembre a Sevilla, en Valladolid estaba ya el invierno y, en cambio, aquí hacía un calor pegajoso. Un calor pegajoso y dulce, de esos de uva fermentada, que engorda las moscas, las pone borrachas y acaban siguiéndote a todos sitios. Pesadas y torpes las moscas, igual que el día aquel que les dio por venirse conmigo al instituto.

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Seitenzahl: 56

Veröffentlichungsjahr: 2021

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CAPÍTULO I

Lo de aprobar el curso estaba aún por ver. Lo digo por el calor. Acostumbrado al frío de Castilla y con un cuerpo como el mío, que es mantecoso y blanco como el de mi madre, lo de los cuarenta grados resultaba una crueldad. Hay que tener en cuenta que cuando llegamos en septiembre a Sevilla, en Valladolid estaba ya el invierno y, en cambio, aquí hacía un calor pegajoso. Un calor pegajoso y dulce, de esos de uva fermentada, que engorda las moscas, las pone borrachas y acaban siguiéndote a todos sitios. Pesadas y torpes las moscas, igual que el día aquel que les dio por venirse conmigo al instituto.

Dominga Vaca, la del segundo, le había advertido a mi madre que aquí, en cuanto pasa febrero, se pone ya en tirantas y mangas cortas. Dominga Vaca nos echó una mano cuando hubo que meter los muebles, y eso que era entradita en carnes y se le pegaban los pelos a la cara del sudor. Ella le daba la razón a mi madre. Decía que sí, que claro, que con razón a los muchachos les hervían los números en la cabeza con empezar las clases en septiembre.

Y es que el frío ayuda un montón, eso bien que lo sé. El frío es un aliado de primera para meterte en la cabeza las capitales de Europa y los afluentes del Guadalquivir; o aprenderte de una vez el subjuntivo, tanto como me cuesta. Eso de entrar en clase con el verano aún encima me parecía algo así como ponerse a dormir con la luz encendida. Vamos, que no. Es como si el tiempo estuviera aún de playa y vacaciones y tú pegado al pupitre con esa miel de la luz comiéndote los ojos. Así no había quien se concentrase.

La verdad es que, cuando atravesé la puerta el primer día, esperaba encontrar aire acondicionado en las clases, pero no vi un solo ventilador. Eso me dio una sensación de agobio que no se me quitó en toda la mañana. Pensaba yo que, igual que allá en Valladolid es imposible imaginarse una clase sin calefacción, en Sevilla no se entiende un aula como la mía sin un aparato de aire. Romero me dijo que ni siquiera el abanico le dejaban. Romero fue el único con el que hablé el primer día y me confesó que él se mojaba la camiseta en el recreo y se abanicaba con la mano cuando el profesor se volvía para escribir en la pizarra.

Julián Romero Vázquez vivía en un bloque de pisos que hay más abajo del mío y el primer día no, pero el segundo se vino ya conmigo. Los otros de la clase no me dirigían la palabra. Me resultó violento, la verdad. Lo que pasa es que yo mismo me hice a la idea y entendí que el primer día era pronto para conectar y que había que darle tiempo al tiempo. Que si con Romero había hecho migas era por la vecindad y porque Romero era algo cándido y no sentía vergüenza ninguna. Sin embargo, había veces que te dejaba tirado, no creas. Y eso no. No había hecho más que empezar el curso y ya estaba metiendo la pata. Y todo por confiar en un tipo como Romero, uno de esos que te escuchan con la boca abierta, lo mismo que un barbo en la pecera, con los ojos abultados y enormes, como tragándoselo todo y sin entender nada de lo que le dices. Y con las palabras vale, que peor aún era cuando había que entenderse por señas. Entonces ya se armaba la gorda. Eso fue lo que me ocurrió aquel segundo día con don Anselmo.

Don Anselmo me miró por encima de las gafas y me dijo que atendiese. Me lo dijo perdiendo el aire por la mella. Me dijo eso, que me dejase de guiños y visajes, que este no era el sitio. A don Anselmo, el de Matemáticas, todo el aire se le iba por la mella. Una mella renegrida, se conoce que de la nicotina del tabaco. A veces se le iba con el aire la saliva y les ponía perdido el cuaderno a los primeros de clase. Tal vez por eso se dejaba los bigotes largos. Para impedirlo. Ahora que, de vez en cuando, tenía que echar mano al pañuelo y limpiarse los morros porque le chorreaban. Lo mismo pasa también con los aires acondicionados.

Yo, cuando me mandó que dejase quietos los ojos, busqué una excusa y le dije que era Romero que me estaba pidiendo que le dijera la página. Romero me miró desde el fondo de la clase con sus ojos de aceituna sin hueso y dijo que no, que era mentira, que lo que estaba haciendo con los ojos era llamarlo cagón. Don Anselmo no se lo creyó y entonces Romero le soltó que el de Lengua nos había explicado que los lenguajes eran muchos y que los ojos hablan sin hablar y que tienen su abecedario. Y también le dijo que se hacía moviendo la nariz y los párpados a un tiempo. Y que por eso sabía que le estaba llamando cagón.

La clase estalló en una carcajada y don Anselmo se puso de pie como si tuviese un muelle en el culo.

—Déjese usted de marranadas, Tinoco, y atienda a los números —silbó lo mismo que una boa—. El de los números es el único lenguaje serio del mundo. En él cabe todo.

Fue entonces cuando salté yo con aquello de las alas. Y fue que le dije de pronto, así como sin pensarlo:

—Sí, pero los números no son más que palabras sin alas, don Anselmo.

Creí que me la jugaba, porque llevarle la contra era un atrevimiento que se pagaba con un parte de faltas. Y más cuando me llamó. Porque se sentó y me llamó a la mesa con el dedo, sin decir una palabra, haciendo así con el dedo, eso, como hacen las gachís en las películas antiguas, lo mismo que un gancho con el que quisiera arrastrarte y al que no te pudieras negar.

—Está visto, Tinoco. Lo tuyo no son los ojos —me dijo al oído, casi mojándomelo con sus bigotes—. Lo tuyo es la poesía, muchacho.

CAPÍTULO II

A