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Beschreibung

¿Qué se sabía en realidad de las vanguardias históricas hispanoamericanas hace apenas treinta años? Muy poco, si se exceptúa la atención aislada que habían merecido las obras poéticas de algunas de las figuras más relevantes del período, Vicente Huidobro, César Vallejo, Oliverio Girondo, el Borges ultraísta. No sólo no se consideraban en toda su dimensión las vanguardias como un fenómeno continental, sino que parecía incluso haber caído en el olvido lo que la eclosión simultánea de esos movimientos juveniles, inquietos e iconoclastas trajo de nuevo a las artes y a la cultura de América Latina. Hoy se sabe que estas expresiones tuvieron un perfil propio que las distingue y que fueron una parte sustancial del movimiento internacional de las vanguardias. Casi un siglo después de su inicio en nuestras latitudes, se admite por fin que las vanguardias dejaron una huella profunda, perdurable, en todas las artes del continente a lo largo del siglo XX. Desde hace un par de décadas se han multiplicado las revisiones y las relecturas de este extraordinario momento de la cultura latinoamericana. Lo decisivo son las nuevas miradas con que se encara el material rescatado, un material que esperaba ser leído e interpretado, tarea que con acierto emprende "Manifiestos... de manifiesto". Celebremos entonces la feliz y original iniciativa de reunir a un grupo de estudiosos que reflexionan sobre los manifiestos como un género y que los analizan en tanto textos con un centro gravitacional propio. Los enfoques y acercamientos son plurales, no desdeñan la sugerente mirada comparatista y muestran tanto las rupturas y transgresiones que ofrecen estos textos como las continuidades con la tradición. Se trata de un libro que sin duda abre caminos para nuevos estudios sobre los movimientos de las vanguardias hispanoamericanas, un campo que está lejos de haberse agotado.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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A través de nuestras publicaciones se ofrece un canal de difusión para las investigaciones que se elaboran al interior de las universidades e instituciones públicas de educación superior del país, partiendo de la convicción de que dicho quehacer intelectual solo está completo y tiene razón de ser cuando se comparten sus resultados con la colectividad. El conocimiento como fin último no tiene sentido, su razón es hacer mejor la vida de las comunidades y del país en general, contribuyendo a que haya un intercambio de ideas que ayude a construir una sociedad madura, mediante la discusión informada en la que tengan cabida todos los ciudadanos, es decir utilizando los espacios públicos.

Con nuestra colección Pública crítica presentamos una serie de investigaciones en torno a la crítica, a la teoría y a la reflexión literarias, elaboradas por académicos —principalmente mexicanos— pero que, como el quehacer literario, trasciende por mucho los límites o fronteras nacionales.

Títulos de Pùblicacrítica

1. Constelaciones I. Ensayos de Teoría narrativa y Literatura comparada

Luz Aurora Pimentel

2. Galería de palabras. La variedad de la ecfrasis

Irene Artigas Albarelli

3. La risa en la literatura mexicana (apuntes de poética)

Martha Elena Munguía

4. Análisis del discurso: estrategias y propuestas de lectura

Irene Fenoglio Limón, Lucille Herrasti y Cordero y Agustín Rivero Franyutti (coordinadores)

5. Tránsitos y umbrales en los estudios literarios

Adriana de Teresa Ochoa (coordinadora)

6. De Perséfone a Pussycat. Voz e identidad en la poesía de Margaret Atwood

Claudia Lucotti

7. Poesía, pensamiento y percepción. Una lectura de Árbol adentro de Ocavio Paz

Martina Meidl

8. La escritura autobiográfica

Blanca Estela Treviño García (coordinadora)

Los derechos exclusivos de la edición quedan reservados para todos los países de habla hispana. Prohibida la reproducción parcial o total, por cualquier medio conocido o por conocerse, sin el consentimiento por escrito de su legítimo titular de derechos.

Manifiestos… de manifiesto. Provocación, memoria y arte en el género-síntoma de las vanguardias literarias hispanoamericanas, 1896-1938

Osmar Sánchez Aguilera (ed.)

Primera edición: 2016

De la presente edición:

© Bonilla Artigas Editores, S.A. de C.V., 2016

Cerro Tres Marías número 354

Col. Campestre Churubusco, C.P. 04200

Ciudad de México

Tel.: (52 55) 55 44 73 40 / Fax (52 55) 55 44 72 91

[email protected]

www.libreriabonilla.com.mx

© Universidad Autónoma del Estado de México,

a través de la Dirección de Difusión y Promoción de la Investigación

y los Estudios Avanzados (DDPIEA) de la Secretaría de Investigación y

Estudios Avanzados (SIEA). Instituto Literario # 100. Col. Centro

C.P. 50000. Tel. (01-722) 2151205

Toluca, Estado de México

ISBN: 978-607-8450-31-2

ISBN ePub: 978-607-8450-94-7

Coordinación editorial: Bonilla Artigas Editores

Diseño editorial y de portada: Teresita Rodríguez Love

Hecho en México

Contenido

Contenido

PrefacioNuevas miradas sobre las vanguardias hispanoamericanas

Rose Corral

Para volver a empezar (un prólogo, en vez del manifiesto)

Osmar Sánchez Aguilera

Manifiestos de vanguardia: el síntoma, la poesía

Osmar Sánchez Aguilera

La tradición romántica en la poética creacionista de Vicente Huidobro. Una revisión de sus textos programáticos

Carmen Álvarez Lobato

El prólogo a Las memorias de Mamá Blanca: un diálogo en el contexto de las vanguardias

Mayuli Morales Faedo

La subversión iluminada: estética y finalidad en el primer manifiesto estridentista

César A. Núñez

80 caballos, 48 pisos: la vertiginosa metrópoli de Manuel Maples Arce

Yanna Hadatty Mora

Los manifiestos del surrealismo en Hispanoamérica

Gabriel Ramos

Recepción del surrealismo en Hispanoamérica a través de sus manifiestos y otros documentos

Blanca Aurora Mondragón Espinoza

Limen, himen: Rubén Darío y el discurso manifestario de la vanguardia hispanoamericana

Osmar Sánchez Aguilera

Textos citados

Sobre los autores

Prefacio Nuevas miradas sobre las vanguardias hispanoamericanas

¿Qué se sabía en realidad de las vanguardias históricas hispanoamericanas hace apenas treinta años? Muy poco, si se exceptúa la atención aislada que habían merecido las obras poéticas de algunas de las figuras más relevantes del período, Vicente Huidobro, César Vallejo, Oliverio Girondo, el Borges ultraísta, exhumado a pesar suyo de las revistas españolas y argentinas del período... No sólo no se consideraban en toda su dimensión las vanguardias, o sea, como un fenómeno continental (en el que debe contemplarse también a Brasil, con su “modernismo”), sino que parecía incluso haber caído en el olvido lo que la eclosión simultánea de esos movimientos juveniles, inquietos e iconoclastas trajo de nuevo a las artes y a la cultura en general de América Latina. Hoy se sabe que estas vanguardias tuvieron un perfil propio que las distingue y que fueron una parte sustancial del movimiento internacional de las vanguardias. Casi un siglo después de su inicio en nuestras latitudes, se admite por fin que las vanguardias dejaron una huella profunda, perdurable, en todas las artes del continente a lo largo del siglo XX.

Parece hoy difícil explicar el prolongado olvido, de casi medio siglo, en que se tuvieron a las vanguardias, algo perceptible en las pocas líneas que merecieron en las historias literarias hasta los años setenta y ochenta del siglo pasado. En México, por ejemplo, el movimiento estridentista fue ignorado hasta que un investigador argentino, Luis Mario Schneider, se interesara en el movimiento y publicara en 1970 un estudio pionero, El estridentismo ouna literatura de la estrategia. Poco después, un grupo de jóvenes escritores, los infrarrealistas, intentaron un acercamiento con algunos miembros del grupo, Manuel Maples Arce, Arqueles Vela, Germán List Arzubide, sorprendidos por el interés que despertaba su aventura literaria y artística de los años veinte. Fueron entrevistados por Roberto Bolaño en 1976 y, como es bien sabido, infrarrealistas y estridentistas alcanzaron una dimensión legendaria más de veinte años después cuando Bolaño publicó su novela Los detectives salvajes (1998), un homenaje a la generación infrarrealista que puede ser también leída como una reactualización de las vanguardias. Por otro lado, en la Argentina, mientras Borges, cuya fama internacional iba creciendo, se empeñaba en sepultar su “momento” vanguardista y criollista, Oliverio Girondo –poeta que no renunciaría al gesto vanguardista y que asimismo proseguiría la experimentación poética iniciada en su juventud– intentaba recuperar y documentar, a finales de los años cuarenta, la historia del periódico Martín Fierro y de toda una generación de artistas en una “memoria” armada para celebrar los 25 años de su aparición. El objetivo de Girondo era claro: explicar el contexto cultural en el que surge el periódico, la “asfixiante atmósfera espiritual” que se respira en Buenos Aires, y aclarar sobre todo “lo que significó y significa en la historia literaria y artística del país” (Girondo 1949: 10 y ss.). El poeta rememora la urgencia que sintió su generación de “trazar derroteros, enunciar propósitos, señalar objetivos; en una palabra: definirse” (íd.), lo que parece haber sido, precisamente, el objetivo concreto del manifiesto que lanza Martín Fierro el 15 de mayo de 1924. A su manera, con talante paródico y con humor, debe recordarse también que Leopoldo Marechal tenía presente a la vanguardia martinfierrista, de la cual formó parte activa, en esta formidable novela del año 1948, Adán Buenosayres, que podía entenderse como un homenaje a su propia juventud iconoclasta y transgresora, un gesto que no supo ser leído en el momento en que se publica la novela. Pero fueron todos intentos esporádicos de rescate que no lograron realmente cuajar y tener la resonancia necesaria para analizar a fondo –algo que se conseguirá tardíamente, en las últimas décadas del siglo pasado– la naturaleza y características de nuestras vanguardias y asimismo el papel central que habían jugado en la renovación artística de Hispanoamérica. Para lograrlo se empezaron a ensayar otras miradas sobre lo que una retrospectiva reciente, de tipo internacional, ha llamado con acierto las “modernidades plurales”.

Al rescate de materiales de primera mano, manifiestos y escritos afines que dieron intensa vida a esos movimientos,1 y que son el tema del presente libro, Manifiestos… de manifiesto, ha seguido en los últimos años la recuperación en ediciones facsimilares de las múltiples revistas del período, un proceso en el cual por cierto todavía estamos y sin el cual resulta imposible historiar, analizar, comparar. Se ha avanzado sin duda, pero falta mucho todavía por hacer para rescatar en toda su complejidad el momento de las vanguardias hispanoamericanas e historiarlo a cabalidad, una tarea que se antoja multidisciplinaria para que se aprecien sus múltiples facetas y que tome asimismo en cuenta los intercambios que existieron entre todas ellas. Algo que todavía está por hacerse es una reflexión en torno a la presencia y el papel que tuvieron México y su política cultural al término de la Revolución en la mayoría de los movimientos de vanguardia del continente, en algunas de sus orientaciones y propuestas. Gracias a las ediciones facsimilares de las revistas que han ido apareciendo se pueden apreciar mejor estos contactos y cómo México mostraba un camino posible para la renovación de las artes en un nuevo contexto político. Además, la confluencia en las revistas de los artistas nuevos, pintores, escultores, fotógrafos, convirtió a éstas no sólo en los soportes de los textos programáticos y en un lugar de diálogo entre las distintas artes sino también, en algunos casos, en verdaderas obras de arte por el diseño gráfico novedoso de las mismas y por la calidad de las pinturas, de los dibujos o grabados incorporados en sus páginas. Las exposiciones recientes en México sobre el estridentismo, Vanguardia estridentista. Soporte de la estética revolucionaria (2010, Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo) y sobre Vanguardia en México 1915-1940 (2013, Munal), rompen con un concepto convencional de exposición e integran y hacen dialogar visualmente un material heterogéneo sugerente: las revistas del período, las hojas murales y manifiestos, las máscaras, la fotografía, el cine, con la pintura y escultura. Y con ello se ha renovado el discurso museográfico sobre las vanguardias y el arte moderno.

Ángel Rama destacó en 1983, en uno de sus últimos ensayos, “De la concertación de los relojes atlánticos”, la sincronía que existió entre las distintas vanguardias, latinoamericanas y europeas, y la “conciencia de que se participaba al mismo tiempo de una universal renovación” (Rama 1984: 29-36).2 En ese momento la postura crítica de Rama no era todavía frecuente ya que persistía el prejuicio o el equívoco de que habían sido simples reflejos, “imitaciones” de lo que se había hecho “del lado de allá”, para retomar la conocida fórmula cortazariana en Rayuela. No se habían dado las relecturas cuidadosas de los materiales de la época, todavía de difícil consulta, ni las nuevas miradas sobre la modernidad hispanoamericana que han ido saliendo afortunadamente al paso de enfoques reductores cuando no simplistas. Si se leen de hecho con cuidado varios de los manifiestos es palpable en ellos la voluntad de lograr una voz propia, americana, sin por ello renunciar a la aventura cosmopolita de la modernidad. Recordemos nuevamente a Girondo, que en el manifiesto de Martín Fierro aludía con naturalidad y sin complejo alguno a la “capacidad digestiva y de asimilación” de los latinoamericanos. Como lo escribirá Pedro Henríquez Ureña unos años después, los americanos “tienen derecho a tomar de Europa todo lo que les plazca”, y tienen asimismo “derecho a todos los beneficios de la cultura occidental” (Henríquez Ureña 1928: 29). Una reflexión que salía al paso de los nacionalismos de la hora y que prolongará Alfonso Reyes en sus “Notas sobre la inteligencia americana”, al referirse al temprano universalismo de América y a su libertad y agilidad para tratar con todas las culturas (Reyes 1936). Las vanguardias latinoamericanas mostrarían en conjunto que la mirada entre América y Europa no era excluyente o con un sentido único (la siempre citada influencia de Europa en América), no sólo por la coincidencia de los “relojes”, como dice Rama, sino porque también eran compatibles el retorno a lo propio, a lo autóctono, con lo moderno y cosmopolita. La reciente “exposición-manifiesto”, “Modernidades plurales”, que tuvo lugar en el Centre Pompidou, es una relectura crítica de las vanguardias a nivel mundial que rompe con los esquemas eurocentristas acostumbrados y con un “discurso unificado, lineal y progresista” sobre el arte moderno para intentar un acercamiento distinto que recupera otras vanguardias históricas simultáneas, centralmente las latinoamericanas. Y, de paso, permite comprobar que también es saludable mirar “del lado de acá”, para mejor entender lo que fueron en conjunto esos movimientos.3

Desde hace un par de décadas se han multiplicado las revisiones y las relecturas de este extraordinario momento de la cultura latinoamericana. Lo decisivo son las nuevas miradas con que se encara el material rescatado, un material que esperaba ser leído e interpretado, tarea que con acierto emprende Manifiestos… de manifiesto, el conjunto de ensayos que reúne el presente libro en torno a los manifiestos de vanguardias (y otros textos afines) que, por lo general, siempre han sido vistos en forma ancilar y no como textos que ameritaban una reflexión propia. Celebremos entonces la feliz y original iniciativa de reunir a un grupo de estudiosos que reflexionan sobre el manifiesto como un género y que lo analizan en tanto texto con un “centro gravitacional propio”, como afirma con razón Osmar Sánchez Aguilera en el prólogo. Los enfoques y acercamientos son plurales, no desdeñan la sugerente mirada comparatista y muestran tanto las rupturas y transgresiones que ofrecen esos textos como las “continuidades” con la tradición. Se trata de un libro que sin duda abre caminos para nuevos estudios sobre los movimientos de las vanguardias hispanoamericanos, un campo que está lejos de haberse agotado.

Rose Corral

El Colegio de México, abril de 2015

Para volver a empezar (un prólogo, en vez del manifiesto)

Osmar Sánchez Aguilera

“Manifiesto de manifiestos” tituló Vicente Huidobro un texto programático suyo en que se dedica a revisar manifiestos de las vanguardias europeas y a compararlos con los propios a partir de la validez de la visión de la poesía (su creación) que ofrecen unos y otros. Dedicado al estudio de los manifiestos literarios vanguardistas de Hispanoamérica, se entenderá si este libro, entre cuyos capítulos aparece más de una vez el nombre de este insuperado cultor de ese tipo de textos, se titula Manifiestos… de manifiesto, tomando aquel como referencia, sólo que con una inversión en su sintaxis que no ha de ser de consecuencias únicamente gramaticales, y usando como corresponde la expresión “poner de manifiesto” (exponer, descubrir, hacer patente, poner en claro).

A eso precisamente aspira este libro: a poner de manifiesto algunos aspectos axiales del manifiesto literario, su entramado, a través de una muestra más o menos concentrada que abarca tanto movimientos vanguardistas surgidos en Europa como en Hispanoamérica a condición de que llegaran a alcanzar bastante arraigo en esta orilla del Atlántico (estridentismo, creacionismo, ultraísmo, futurismo, surrealismo…); y tanto el núcleo canónico del manifiesto como géneros periféricos o satelitales de ese núcleo con los que éste dialoga, o que dialogan con éste, e incluso fungen como precursores suyos, y de los que, en todos los casos, los manifiestos son inseparables (poemas y prólogos o presentaciones, sobre todo).

En ese propósito, varias son las sendas transitadas para acercarse a ellos, desde el análisis ceñido a ciertos textos representativos de ese corpus (el comprimido estridentista “Actual No. 1”, por ejemplo), en busca de rasgos ideotemáticos individuales de un autor o de todo un movimiento, o de marcas morfogenéricas transversales de los manifiestos en general…, hasta el rastreo de las huellas o la historia de efectos textuales de un mismo movimiento per se o en su diálogo con otros agentes del campo literario y con otros géneros (el surrealismo, v. gr., de manera insuperada). Como a lo que se aspira es a caracterizar cuanto sea posible –con la muestra seleccionada– el comportamiento de ese tipo de textos (incluidas sus interacciones) en la tradición hispanoamericana, no faltan aquí acercamientos menos ortodoxos o habituales en ese terreno como el que se ocupa de la intersección de algunas escritoras contemporáneas al vanguardismo con el manifiesto en su etapa inicial; ni tampoco el que se dedica a hilvanar las anticipaciones, puntos de contacto o continuidades de ese tipo de textos con el ineludible y precursor modernismo (i. e., Rubén Darío) que las vanguardias en Hispanoamérica se propusieron, como norma, liquidar.

A un siglo o poco más de alcanzado su cénit, no debiera haber dudas de que las vanguardias literarias representaron un parteaguas en la historia de la literatura correspondiente a esta región: una fue antes y otra después la literatura hispanoamericana en casi todos los órdenes distintivos de su funcionamiento: modos de concebir y representar lo real, maneras de interactuar con la sociedad, inserción en el mercado, propósitos y alcances de la producción literaria, imagen social del escritor, concepción de los géneros literarios y las relaciones entre ellos, papel del lector, etcétera. Evidente esa huella o fuerza reorientadora sobre la literatura hispanoamericana durante el resto del siglo XX, no han faltado en los albores del siglo XXI proyectos creadores en los que sobresalga la voluntad de recuperación de (o diálogo propositivo con) principios rectores de aquellos heroicos movimientos, como si desde entonces no fuera posible renovar –o proponerse renovar– en ese terreno sin antes abrevar o hacer escala en las poéticas propugnadas por ellos.

Luego de años en los que la visión y el estudio de las vanguardias pareció agotarse en los géneros discursivos (más) acreditados históricamente como literarios, empezando por la poesía (lírica), verdadero género piloto de innovaciones y experimentos literarios y cinematográficos primero en la praxis creativa de los vanguardistas y después en la crítico-teórica de sus estudiosos, llegó el turno de una familia textual con una presencia apabullante en el total de la producción de esos movimientos, pero sin una acreditación proporcional en las lindes tradicionales de la literatura: los manifiestos. No hubo movimiento que no lo cultivara, a modo del acta de bautismo que fue para todos ellos;4 ni vanguardista o incluso renovador en solitario que no acudiera a él en una u otra de sus muchas modalidades textuales, o tangencialmente, desde Huidobro y Vallejo, o Coronel y Pellegrini, hasta Pablo Palacio, Roberto Arlt o Alfonsina Storni.

Ambigua, entonces, ha sido la suerte deparada por los estudiosos de las vanguardias al género (o precipitado de géneros) que se conoce como manifiesto. Ambigua, porque de él no podría afirmarse en propiedad que haya sido ignorado por los especialistas, como pudo suceder durante décadas con las ficciones narrativas en prosa, pero el tipo de trato concedido a él en esos acercamientos favoreció su invisibilidad, contribuyó a hacerlo transitivo –gramaticalmente– acaso en demasía. Como si a pesar del fuerte impulso transgresor y renovador de las vanguardias concentrado en ese tipo de textos, sus estudiosos hubieran preferido analizarlo o volver a acomodarlo dentro del mismo orden clasificatorio del Arte-museo contra el que se orientaba aquel impulso. Al respecto, parece inevitable concluir que

[S]i los manifiestos son interpretados apenas como declaración de principios o enumeración preceptiva de los valores estéticos defendidos por un grupo o autor individual, pierden buena parte de su poder cuestionador de la institución social del arte. Pierden también su valor específico en tanto obra […] (Gelado 2008: 47).

Tenido en cuenta básicamente como fuente de documentación acerca de orientaciones generales y concepciones particulares de movimientos y/o autores convergentes bajo aquella denominación literaria, ese género no fue distinguido por los estudiosos con el acercamiento analítico que merece sino hasta casi cerrado el siglo XX,5 cuando el manifiesto, practicado aún por escritores,6 comenzó a contar en los estudios de las vanguardias, de teoría literaria o de análisis del discurso como un objeto con centro gravitacional propio, y susceptible, por tanto, de un acercamiento analítico similar al que había solido practicarse con la poesía y otros géneros literarios vanguardistas más reconocidos como tales.

Semejante déficit analítico en el tratamiento de esos dispositivos textuales salta más a la vista cuando se cae en cuenta de que el manifiesto es todo un síntoma (quizá, el género-síntoma) de la vanguardia entendida como fenómeno socioliterario.

Percibido ese déficit analítico, Manifiestos… de manifiesto aspira a atraer la atención hacia él y a contribuir a subsanarlo, fundado en la convicción de la importancia de ese género en particular, así como de la relevancia de sus intuiciones y hallazgos para un mejor entendimiento de ese momento crucial en la historia literaria (no sólo) hispanoamericana.

La revisión y aun subversión de la tradición literaria que practicaran o promovieran los distintos movimientos de vanguardia acrecienta la pertinencia del estudio presentado, por haberse concentrado aquella especialmente en el manifiesto o en torno al manifiesto, no sólo como depósito de inquietudes, intuiciones y propuestas literarias y metaliterarias en general, sino también como base de las búsquedas y experimentaciones formales que tanto distinguieron a esos movimientos. Vale decir, el manifiesto como muestrario en sí mismo de las novedades o renovaciones textuales de los vanguardistas. De manera que la historiografía literaria dedicada al siglo XX tiene en el manifiesto un documento de primera, pero también la teoría literaria, que fue enriquecida e incluso revolucionada al calor de la praxis literaria y la intensa reflexión metaliteraria ejercidas durante las vanguardias,7 con centro principal de operaciones en los manifiestos.

Desde este nuevo horizonte bosquejado, no extrañará que el manifiesto pueda ser considerado como un epítome de los rasgos más distintivos de esos polémicos y renovadores movimientos no sólo en su condición de vehículo y depósito de las concepciones literarias que intentaban imponerse por entonces –que es como ha solido vérsele–, sino también en su condición de fruto o producto textual de esas mismas concepciones. En efecto, el manifiesto como fruto de una praxis literaria, y ya no sólo metaliteraria; el manifiesto como obra de literatura, acaso la más fiel, la más sintomática, respecto de los principios que animaron a esos movimientos, ya desde su arremetida frontal contra la institución social del arte y su idea burguesa de la obra correspondiente.

La fragmentariedad, la resistencia a formar sistemas cerrados, la asimilación recíproca entre géneros discursivos, la tendencia a difuminar o borrar fronteras entre literatura y no-literatura (o arte y vida), y el cuestionamiento de la racionalidad usual, son algunos rasgos presentes en el manifiesto que ilustran de inmediato el doble efecto de las vanguardias sobre la constitución del mismo, como vehículo expresivo y también como producto textual suyo.

A diferencia de la poesía o del cuento, con una larga tradición propia en la literatura no sólo hispanoamericana, el manifiesto fue traído (o importado) de territorios contiguos, como el de la política, para ser re-funcionalizado en (desde) la nueva literatura de ese momento. Ya ahí comienza su carácter sintomático respecto de las vanguardias. Ciertamente, por qué, cabría preguntarse prefirió importar y refuncionalizar (desde finales del siglo XIX en la tradición francesa) un tipo de texto asentado y acreditado en el ámbito del discurso estrictamente político, en vez de crear o recrear y aprovechar uno con mayor aval en la tradición del discurso literario.8

Con una presencia textual en el conjunto de la producción literaria vanguardista muy sostenida, voluminosa y generalizada como para poder pasarlo por alto en este propósito, en el manifiesto concurren otros dos aspectos que favorecen ése su carácter de síntoma: por un lado, el interés por la renovación en los órdenes literario y sociopolítico que tan distintivo fue de los movimientos de vanguardia hispanoamericanos, según lo adelanta su misma procedencia discursiva; y, por el otro, la intersección sobre su superficie de rasgos morfológicos correspondientes a géneros o subgéneros distintos (poesía, teatro, ensayo, greguería, cuento…).

Resultado de la conjunción de varios esfuerzos individuales sintonizados en torno a las vanguardias y particularmente a sus textos programáticos, Manifiesto… de manifiestos está constituido por estudios cuyo radio de intereses específicos abarca: a) la delimitación de zonas de convergencia textual entre el manifiesto y la poesía, mediante el rastreo de marcas textuales que acreditan la ascendencia de la poesía sobre el manifiesto, no sólo como parte de su contenido temático, sino, sobre todo, como modelo morfogenérico de varias de las distinciones del manifiesto (“Manifiestos de vanguardia: el síntoma, la poesía”); b) la revisión de la deuda de los vanguardistas con el Romanticismo, como preámbulo de la identificación y el análisis de huellas de éste en una muestra de manifiestos debida al autor de Altazor (“La tradición romántica en la poética creacionista de Vicente Huidobro”); c) la actualización que tienen Teresa de la Parra y otras escritoras del período con respecto a esos movimientos subversivos, de los que prefieren sin embargo mantenerse distantes; a la vez que una reflexión sobre las razones de tal distanciamiento (“El prólogo a las Memorias de Mamá Blanca: un diálogo en el contexto de las vanguardias”); d) la reconstrucción no sólo del programa renovador del estridentismo, a partir del célebre “Comprimido”, sino también una sugestiva reflexión teórica sobre el peculiar estatus pragmático del manifiesto (“La subversión iluminada: estética y finalidad en el primer manifiesto estridentista”); e) la recuperación de sitios emblemáticos de la entonces pequeña pero ya novedosa capital de México referida/reconstruida en ese mismo documento, a la vez que una defensa del manifiesto como obra literaria (“80 caballos, 48 pisos: la vertiginosa metrópoli de Manuel Maples Arce”); f) el restablecimiento –casi arqueológico– del periplo cubierto por el surrealismo entre Francia e Hispanoamérica, a través de manifiestos y otros tipos de textos afines publicados entre 1924 y c. 1958 en ambas orillas del Atlántico (“Los manifiestos del surrealismo en Hispanoamérica”); g) el bosquejo de ese mismo mapa, sólo que con una focalización más ceñida a la orilla hispanoamericana, desde 1924 hasta poco antes del texto introductorio a El reino de este mundo en el que Alejo Carpentier expone su teoría de “lo real maravilloso” a partir de su distanciamiento crítico de la poética surrealista (“Recepción del surrealismo en Hispanoamérica a través de sus manifiestos y otros documentos”); h) la exploración de las “Palabras liminares” de Rubén Darío a sus Prosas profanas (1896), como texto precursor –también en el sentido borgeano– del manifiesto como tal; y, asimismo, su presencia en calidad de motivo temático (casi un leit motiv que deja entrever la impronta androcéntrica) en el corpus de los manifiestos vanguardistas (“Limen, himen: Rubén Darío y el discurso manifestario de la vanguardia hispanoamericana”). He ahí las coordenadas temáticas axiales entre las que se mueve esta nueva lectura de los manifiestos de vanguardia, y de las vanguardias a través de sus manifiestos.

Muchas gracias, por último, a todos los que vieron la pertinencia de un proyecto como éste, en alguna etapa de su dilatado proceso de concreción, a través de congresos especializados, cursos de posgrado, presentaciones de libros, conversaciones al paso o intercambios de correos, empezando por los colegas que se animaron a conjuntar esfuerzos en aras de hacer posible este anhelo compartido, por su confianza en el proyecto, y, no menos, por su paciencia.

Notas

1. A las antologías de manifiestos, proclamas, prólogos polémicos, ya clásicos y mencionados por los autores del presente volumen (de Hugo J. Verani, Nelson Osorio, Jorge Schwartz, etcétera), quisiera agregar una de tipo internacional editada por la crítica Mary Ann Caws (Manifesto: A Century of Isms). Destaco la útil introducción de la editora (“The poetics of the manifesto: nowness and newness”, XIX-XXXI), pero señalo que la parte hispánica y brasileña está insuficientemente representada en la antología: sólo están algunos textos de Huidobro, Borges, Joaquín Torres-García, Roberto Matta, Mario de Andrade, Dalí, Gómez de la Serna y Ortega y Gasset.

2. Como lo precisa la revista, este ensayo de Rama, en verdad el último, iba a ser leído en Bogotá en diciembre de 1983.

3.Cf. Grenier 2013: 15 y ss. Muy útil ha sido también la consulta de un volumen colectivo que ofrece una revisión crítica de las vanguardias y del arte moderno de Esteban Buch, Denys Riout y Philippe Roussin 2011.

4. “Tanta importancia adquirió en la aparición y difusión de las vanguardias […] que no hay ningún movimiento de renovación literaria sin su manifiesto, muchas veces más altisonante que estéticamente necesario” (Müller-Bergh y Mendonça Teles 2000: 16).

5. Pionero en esa senda reivindicadora de los manifiestos vanguardistas dentro del ámbito hispanoamericano, Nelson Osorio, ya en la década de los ochenta se refería a los manifiestos como “un aspecto de la producción vanguardista que nunca se toma en cuenta y que requiere una consideración especial” (Osorio 1988: XXXVI). Y todavía a inicios del siglo XXI Viviana Gelado, luego de una amplia investigación sobre los manifiestos de la vanguardia literaria en América Latina, se sentía autorizada a concluir que “en lo que se refiere específicamente a manifiestos la vanguardia latinoamericana no ganó, hasta el momento, un estudio de conjunto que trascienda las introducciones de las antologías […] y los análisis y referencias a los mismos constantes en los estudios sobre grupos o países” (Gelado 2008: 27).

6. Sirva de ejemplo el manifiesto del movimiento infrarrealista que firma Roberto Bolaño, el cual data de 1976.

7. Caso ejemplar de esos contactos recíprocamente estimulantes entre la praxis y la teoría literarias es el que proporciona la sintonía (y no sólo sincronía) entre las subversiones practicadas o propugnadas por los futuristas –italianos primero– y las exploraciones teóricas y críticas de los formalistas rusos en torno a los principios rectores del funcionamiento de la literatura según estos.

8. Esa segunda opción no estuvo del todo ausente: varios son los poemas, a más de una que otra novela, que así autorizan sostenerlo.