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Prólogo de Andrés Iniesta Mariona Caldentey (Felanitx, 1996) es jugadora del Arsenal, y durante 10 temporadas ha defendido la camiseta del FC Barcelona. Es una de las mejores futbolistas del mundo, imprescindible en los éxitos del Barça (3 veces campeón de Europa) y la selección española (campeona del mundo), y forma parte de la generación que ha logrado cambiar el paradigma del fútbol femenino. En este libro, Mariona relata sus inicios, con la influencia de su padre, cómo ha sido desde dentro y cómo ha vivido ella el crecimiento del fútbol femenino, y se posiciona sobre los capítulos más controvertidos que han tenido que sufrir las futbolistas en estos últimos años, como el caso de Las 15, los acuerdos de Oliva o el beso de Rubiales. «Ganar, mejorar, ser siempre las mejores. Lo exige el club, el escudo, pero también nos lo hemos exigido siempre las futbolistas. Y esta es una de las claves de todo lo que hemos logrado. Hemos sido las primeras inconformistas.»
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Seitenzahl: 238
Veröffentlichungsjahr: 2024
Laia Coll (Sant Celoni, 1991) es periodista. Se inició en Ràdio Sant Celoni, en El 9 Nou y también pasó por Ràdio Granollers. Y desde 2016 forma parte de la redacción de Esports RAC1. Es la narradora del Barça femenino, ha estado en todas las finales del Barça desde Budapest 2019, y cubre la actualidad del club y los partidos del equipo masculino como micrófono autónomo.
Mariona Caldentey (Felanitx, 1996) es jugadora del Arsenal, y durante 10 temporadas ha defendido la camiseta del FC Barcelona. Es una de las mejores futbolistas del mundo, imprescindible en los éxitos del Barça (3 veces campeón de Europa) y la selección española (campeona del mundo), y forma parte de la generación que ha logrado cambiar el paradigma del fútbol femenino.
En este libro, Mariona relata sus inicios, con la influencia de su padre, cómo ha sido desde dentro y cómo ha vivido ella el crecimiento del fútbol femenino, y se posiciona sobre los capítulos más controvertidos que han tenido que sufrir las futbolistas en estos últimos años, como el caso de Las 15, los acuerdos de Oliva o el beso de Rubiales.
Ganar, mejorar, ser siempre las mejores. Lo exige el club, el escudo, pero también nos lo hemos exigido siempre las futbolistas. Y esta es una de las claves de todo lo que hemos logrado. Hemos sido las primeras inconformistas.
Primera edición: noviembre de 2024
© del texto: Mariona Caldentey y Laia Coll
© de la edición:
9 Grupo Editorial
Lectio Ediciones
C/ Mallorca, 314, 1º 2ª B - 08037 Barcelona
Tel. 977 60 25 91 - 93 363 08 23
www.lectio.es
Fotografía de portada: Mariona Caldentey en la final de la Copa Mundial Femenina
de Fútbol, 2023 (© RFEF – Autor: Pablo García Sacristán)
Producción del ePub: booqlab
ISBN: 978-84-18735-54-7
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, su transmisión en ninguna forma ni por ningún medio, sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.
Mamá, papá y Miquel, y a toda la familia: gracias por haberme dejado elegir el camino y por acompañarme siempre.
PRÓLOGO,por Andrés Iniesta
INTRODUCCIÓN
CAPÍTULO 1. Caldentey Oliver
PARTE I: MARIONA
CAPÍTULO 2. Mariano
CAPÍTULO 3. 48 horas
CAPÍTULO 4. Sobreático
PARTE II: SER FUTBOLISTA
CAPÍTULO 5. Con el 9, Mariona
CAPÍTULO 6. De colonias
CAPÍTULO 7. Más carpa
CAPÍTULO 8. Suplente
CAPÍTULO 9. 94.648
CAPÍTULO 10. Maldito glúteo
CAPÍTULO 11. El ejemplo
CAPÍTULO 12. La estrella
CAPÍTULO 13. La balanza
CAPÍTULO 14. El póquer
CAPÍTULO 15. La hora de la despedida
CAPÍTULO 16. ¿Dónde están los Juegos?
CAPÍTULO 17. In the pocket
PARTE III: SER MUJER FUTBOLISTA
CAPÍTULO 18. Humo
CAPÍTULO 19. Las 15
CAPÍTULO 20. ¿Qué hago aquí?
CAPÍTULO 21. «Un piquito»
CAPÍTULO 22. Los acuerdos de Oliva
EPÍLOGO
CAPÍTULO 23. Felanitx
Un chai y un matcha latte, por Laia Coll
Palmarés
Títulos
Es un placer para mí tener esta oportunidad de aparecer en tu libro, Mariona. El fútbol avanza rápido gracias a mujeres como tú. Va más rápido que antes porque con tu talento y trabajo has logrado darle una nueva dimensión. Y es un placer descubrir el impacto que está teniendo el deporte femenino, sobre todo en los últimos años. No hablo solo de los títulos o del excelente rendimiento que habéis conseguido, tanto con el Barça como con la selección española. Pienso más en el impacto que estáis dejando en nuestra sociedad porque trasciende y va mucho más allá de lo puramente deportivo. Es, por lo tanto, todo un placer para mí estar en estas primeras páginas de un libro en el que Mariona nos ayuda a entender muchas cosas que se han vivido. Tú lo has vivido en primera persona y conoces mejor que nadie las complicadas barreras que has tenido que ir derribando para asomarte a un lugar en el que debías estar desde hace mucho tiempo. Desde aquellos días en Mallorca, tu isla, hasta alcanzar la cima con el Barça llevando al equipo a éxitos inimaginables, que luego habéis repetido con España. Ha sido un largo y, en ocasiones, anónimo viaje, que te ha permitido descubrir casi todas las aristas de nuestro deporte.
No, no todo es tan bonito. Pero solo desde tu esfuerzo, dedicación, compromiso y pasión por el fútbol has logrado ir derribando todas esas barreras. No eres únicamente campeona del mundo con España o de Europa con el Barça. Para mí, tu mayor éxito, Mariona, radica en que has logrado erigirte en una mujer referente. Eres ya una inspiración para las siguientes generaciones. Gracias a ti, y a tus compañeras, será más sencillo para las niñas del futuro jugar a fútbol y conquistar una imprescindible igualdad. Aquí vais a encontrar a la Mariona que empezaba en Felanitx, su pueblo, siendo la única niña que jugaba entonces a fútbol. A la Mariona que, poco a poco, fue creciendo futbolísticamente hasta que fichaste por el Barça, el club de nuestras vidas. Ha sido un placer disfrutar de tu extraordinario juego en nuestro equipo. Y ahora, cuando has tomado la decisión de volar hacia Inglaterra en busca de nuevos desafíos y aventuras, solo deseo que conozcan a la misma y comprometida Mariona de la que hemos disfrutado durante tantos y tantos años. Es una experiencia apasionante, sin duda, que te enriquecerá en lo personal y en lo deportivo. Disfruta mucho de ese nuevo camino que trazarás con el Arsenal. Nosotros estaremos ahí para saborearlo. Como haremos con tu vida reflejada en este libro.
ANDRÉS INIESTA
Siempre quise ir a L.A.,
dejar un día esta ciudad,
cruzar el mar en tu compañía.
LOQUILLO
¡Cuántas y cuántas veces había sonado esta canción de Loquillo en los trayectos Felanitx-Palma-Felanitx con mi padre! Cuando la oigo es inevitable transportarme a aquellos años, a aquellos viajes en coche que mi padre siempre hizo sin rechistar, feliz, porque yo pudiese jugar primero con el CIDE y luego con el Collerense.
Tenía 12 años, estaba entre preadolescente y adolescente —con aquella actitud de «a mí no me molestes mucho»— y me hacía mis CD de música con el ordenador para poder escucharlos y que los tres cuartos de hora de ida y los tres cuartos de vuelta a los entrenos pasasen más rápido. Melendi, La Oreja de Van Gogh y El Canto del Loco sonaron en los primeros años, un poco más adelante me decidí por Els Catarres, Txarango o Els Amics de les Arts. A mi padre, por el talante de pueblo que siempre hemos tenido y de ir a las verbenas, ya le gustaba mi estilo pero a veces también levantaba la mano y reclamaba su música. Y yo, de vez en cuando, le concedía el «placer» de hacerle algún CD con sus peticiones. La canción de «Cadillac solitario» de Loquillo era una de sus favoritas, pero la cantábamos los dos.
Mi padre, Miquel Àngel, conocido por todos como Morete, jugó muchos años al fútbol, mientras las rodillas le dejaron. Luego fue entrenador de varios clubes de Mallorca, presidente del CE Felanitx y también fue uno de los impulsores y formó parte de la junta directiva de la Penya Barcelonista dels Tamarells, la más importante y numerosa de Baleares. Era un enamorado del fútbol. Del fútbol y del Barça. Le gustaban todos los deportes, pero el fútbol y el Barça más.
Él me transmitió esta pasión por el deporte, por el fútbol y por el Barça. Nos la transmitió a todos, a mí, a mi madre —ya desde joven— y a mi hermano, Miquel. No nos perdíamos ningún partido del Barça y en aquellos duelos importantes teníamos el ritual de poner una camiseta bajo la tele. Tampoco recuerdo domingo sin fútbol: por la tele, en el campo de Felanitx —que hoy lleva mi nombre, Es Torrentó – Mariona Caldentey Oliver— jugase quien jugase, o yo con mi hermano y mis primos persiguiendo una pelota. Mi abuela me decía que no corriese tanto, pero yo no le hacía caso. Siempre iba tras una pelota.
En casa vivíamos por el fútbol. Mi hermano también jugaba desde pequeño y yo no quería ser diferente, también quería jugar. Quería hacer lo que hacían mi padre y mi hermano. Y nadie lo cuestionó. Como tampoco se cuestionó el cambio de equipo cuando llegó la posibilidad de ir a jugar a Palma, a pesar del sacrificio de tiempo y dinero en gasolina que suponía. Mis padres estaban contentos de que jugase y me lo pasase bien y de acompañarme arriba y abajo. Eran fieles seguidores e incondicionales, ya jugase en Mallorca, en la Península o, ya más mayor, en el extranjero. Cuando le preguntas a mi madre por todos los esfuerzos que han tenido que hacer, se ríe y rápido da la vuelta a la tortilla: «¿Y lo que he podido viajar gracias al fútbol?» Han disfrutado. Eso sí, solíamos ver los partidos separados. Mi padre, cuando empezaba el partido, se apartaba de mi madre y los demás padres y solía ubicarse solo, al lado de uno de los córners, como mucho algún día veía el partido con uno de los padres futboleros. Él decía que venía a ver fútbol y no a charlar.
Mi madre trabaja como enfermera en el CAP de Felanitx, normalmente en horario de mañanas, y mi padre, cuando me llamaron para ir a jugar a Palma, tenía el bar Àgora en el mercado del pueblo, delante del ayuntamiento (luego también tuvo durante un par o tres de años el bar del campo de fútbol de S’Horta, a un cuarto de hora de Felanitx). El Àgora era un bar de desayunos, frecuentado por los trabajadores municipales, y solo abrían por la mañana; por la tarde estaba cerrado. Seguramente el trabajo de mis padres y sus horarios influyeron para que pudiese ir a jugar a Palma, pero, aun así, estoy segura de que no todos los padres lo habrían aceptado. Porque podéis imaginaros que con mis 12 años cuando fiché por el CIDE no había absolutamente ninguna perspectiva de nada.
* * *
Mi padre falleció de forma súbita el 4 de noviembre de 2018. Mi madre y él estaban de viaje con un grupo de amigos de toda la vida en Andalucía. Por la noche, después de cenar, mis padres estaban en la habitación, normal, sin nada raro o diferente, preparándose para ir a dormir y de repente tuvo un infarto. Fue fulminante.
Era medianoche. Yo estaba en Valencia concentrada con el Barça porque al día siguiente jugábamos a la 1 del mediodía en Paterna, en la Ciudad Deportiva del Valencia. Por la mañana me desperté sin ninguna alarma, pero me desvelé porque me pareció que alguien llamaba a la puerta y lo hice con la extraña sensación de que algo pasaba.
Compartía habitación con Patri (Guijarro) y durante unos segundos pensé que nos habíamos dormido. Mientras cogía el móvil de la mesita para mirar la hora oí que, efectivamente, alguien nos estaba llamando a la puerta y que tenía como 30 llamadas perdidas de mi madre. Mientras iba hacia la puerta y la abría le llamé. Al otro lado de la puerta estaba Leila (Ouahabi) y Gemmita (Gemma Gili) diciéndome que llamara a mi madre. Al mismo tiempo, ya tenía a mi madre en el teléfono, «tu padre, tu padre…» y unos segundos que se me hicieron eternos, hasta que me pudo decir que mi padre había sufrido un infarto y que no habían podido hacer nada.
Mi padre había muerto. Tenía 55 años. No sufría ninguna patología. Falleció de golpe, sin previo aviso. Sin que se pudiese hacer nada. Sin que nos pudiésemos despedir de él.
Lloré mucho, mucho, y creo que también grité. Pero no lo recuerdo del todo.
Le pasé el teléfono a Patri porque yo estaba totalmente fuera de mí. La puerta de la habitación se había quedado abierta. Entraron Leila, Gemmita y un poco más tarde también Ale (Alexia) —que había perdido a su padre hacía poco por enfermedad y me acompañó mucho— para intentar consolarme en aquel momento de desconcierto total y ayudarme a recoger las cosas. En el aeropuerto de Valencia ya estaba mi madrina Pilar esperando saber en qué hotel estábamos para venir a buscarme y que no tuviese que ir sola hacia Mallorca. Cuando por la noche mi padre había muerto, mi madre estaba muy preocupada por mí pero también por Miquel, que estaba en Mallorca, y lo organizaron todo para que no estuviésemos solos; por este motivo mi madrina vino a buscarme y ya estaba en Valencia cuando me desperté.
A la hora en que yo me enteré de la muerte de mi padre en el pueblo ya había corrido la voz; era una persona muy conocida. Por eso mi madre había acabado llamando a Leila para que me despertase, porque no quería que me enterase de la muerte de mi padre por otros y estaba desesperada porque no había manera de que contestase las llamadas. No lo supe a través de nadie de fuera, pero algunas de mis amigas lo supieron antes que yo y recuerdo ya en el coche, camino de Felanitx, que empecé a recibir los primeros mensajes.
Me vestí con ropa de calle que tenía por casualidad porque aquel lunes iba convocada con la selección y me quedaba a dormir en casa de una amiga, y bajé a esperar a mi madrina. Recuerdo estar bastante serena, como si no fuese consciente de nada, y la cara de sorpresa de Fran Sánchez, el entrenador, al verme vestida de calle y con la maleta a pocas horas de jugar.
El Barça nos ayudó en todo. Mi familia siempre estará muy agradecida por todo lo que hizo el club. No había vuelos directos para regresar de Valencia a Mallorca y nos tuvimos que ir a Alicante. El Barça nos gestionó un taxi —y gracias porque en aquel momento andábamos todos muy perdidos. También me dieron libertad absoluta para quedarme en Mallorca los días que me pareciera, al igual que la selección. Jorge Vilda no me reemplazó en la convocatoria porque yo pudiese incorporarme en cualquier momento a la concentración que empezaba al día siguiente si lo consideraba así. Además, Markel Zubizarreta, Gonzalo Rodríguez (el delegado), Fran y algunas de mis compañeras vinieron al funeral, que tuvo lugar unos días después, y jamás se ha vuelto a aquel hotel al lado de Paterna, aunque por ubicación es ideal, pegado al campo. Pero esta es una norma no escrita en el Barça y agradezco no haber tenido que revivir aquella pesadilla.
Que mi padre falleciera en Andalucía, lejos de casa, lo hizo todo aún más agobiante. Mi madre allá, yo en Valencia y mi hermano en Mallorca. Por suerte, cosas buenas de la vida, la noche antes había hablado con él. Fue una conversación de uno o dos minutos sin ninguna importancia, hablábamos de si ya sabía el día en que jugaríamos contra el Atlético de Madrid para venir a Barcelona a verme. Digo por suerte porque, normalmente, cuando llamaba a casa solo hablaba con uno de los dos, ya fuese con él o con mi madre. Me resultaba, a mí que no me gusta hablar por teléfono, una pérdida de tiempo explicar lo mismo dos veces. Lo explicaba una vez, a uno de los dos, y luego ellos ya se lo explicarían. Aquel día hablaba con mi madre y cuando me dijo de pasarle el teléfono a mi padre no dije nada, lo acepté y ya está, aunque normalmente hubiera dicho que no hacía falta. Hablamos y, sin saberlo, era la última vez que hablaría con él, con mi padre.
* * *
Era con él con quien más hablaba de fútbol. Mi madre también venía siempre y pocos partidos se perdieron hasta que fiché por el Barça, pero con ella no discutimos nunca cosas tácticas ni entramos en detalles, le gusta pero no es una entendida. Mi padre sabía mucho de fútbol y una de las muchas cosas buenas que tenía era que no era para nada un padre crítico o un pelmazo que se enfadaba si la niña no jugaba, o que me estuviera dando siempre consejos, todo lo contrario. De los 12 años a los 18, del CIDE al Collerense, no se perdió prácticamente entrenos, pero él siempre respetaba los roles y su papel. Allí era mi padre, no era ni el entrenador ni el presidente.
Ya en Barcelona, después de los partidos, su whatsapp no faltaba. Me gustaba charlar con él, a diferencia de lo que acabó pasando con mi hermano. Miquel es muy especial para mí y siempre hemos tenido una relación muy cercana. De pequeña debo reconocer que era, yo, una granuja y las había armado muy gordas. Tan gordas como quitarle una silla cuando iba con muletas y que se cayese de culo al suelo o dispararle —conste que esta fue sin querer— en pleno ojo con una pistola de bolas. Aquel día, evidentemente, me faltó casa por correr… y, para rematarlo, mi picardía para salir indemne de todo. Me hacía, como hermana cuatro años más pequeña y niña, la víctima. Y, realmente, no me lo ha tenido nunca en cuenta, tampoco que (quizá lo descubre ahora cuando lea este libro) me apuntase victorias extras en la PlayStation cuando él no lo veía. Siempre hemos estado muy unidos. Algunas veces, cuando mi padre ya no estaba, hablaba con él de cosas de fútbol, pero debo decir que a veces Miquel tiene un punto de experto que no acaba de gustarme y tengo que frenarlo: «No sé, Miquel, por qué sabes tanto y no eres tú el que juegas en el Barça», le digo en broma (pero con un trasfondo real) y para poner punto y final al tema. Él siempre ha sido mi fan número 1; cuando firmé por el Barça, él y mi padre eran los más felices. Siempre que puede viene a verme. No se pierde ningún partido importante y siempre que no se lo prohíbo antes sale a defenderme y a presumir de hermana. No ha estado nunca celoso de ser «el hermano de», todo lo contrario.
Mis padres se entregaron siempre a nosotros, a Miquel y a mí, y al fútbol. Seguramente sin ellos nada de lo que leeréis en las siguientes páginas hubiera ocurrido.
* * *
Una de las cosas que más me entristecen es que mi padre no haya podido vivir todo lo que explico en este libro. Como que nos hemos hecho mayores y nos hemos ganado el respeto de la gente, que he levantado tres Champions y he ganado un Mundial, o que no haya visto a su hija jugar en un Camp Nou lleno después de todos los viajes, campos de arena y partidos somníferos que ha tenido que «sufrir».
Pero sé que estaría muy orgulloso de mí.
Y yo estaré eternamente agradecida a la pasión que me transmitió por el fútbol. Y a él, a mi madre y a mi hermano les estaré eternamente agradecida por haberme ayudado siempre.
— Hola, llamo por la ficha de Mariano.
—No, Mariano no. ¡Se llama Mariona! Es una niña y quiere jugar al fútbol!
Casi siempre fui la excepción, tanto de los equipos con los que jugué como de los rivales. Y, sinceramente, nunca me sentí desplazada, todo lo contrario. Siempre me respetaron los compañeros y los rivales, era una más. Así fue en los cuatro clubes en los que jugué en equipos masculinos.
Ellos se esperaban fuera hasta que estaba lista. Si no había otro vestuario disponible o el de los árbitros —especialmente sucedía cuando jugábamos fuera de casa— esperaban hasta que saliera. Era la primera siempre y no se quejaban. En aquel momento no le daba importancia, no era consciente de ello, era «venga, Mariona, entra y cámbiate, que te esperamos», pero ahora lo pienso y me reafirmo en que siempre me respetaron muchísimo. Y en el campo (en la pista) no era distinto, me buscaban. Me querían.
Desde pequeña he sido ágil y coordinada para los deportes, para todos en general, no solo cuando tenía una pelota en los pies. En casa era como si fuésemos tres hermanos: Miquel, yo y una pelota. Fútbol, pimpón, baloncesto… lo que fuese, jugábamos a todo y cada verano participaba en la Milla Atlética de las fiestas de Sant Jaume en Portocolom (el puerto de Felanitx) y solía ganar. En algún verano también probé el tenis, pero no duré mucho. No es que me desagradase, pero íbamos con los de la clase y era para pasárselo bien y yo quería más caña.
Quienes me han visto desde pequeña destacan sobre todo dos cosas de mí: querer ganar siempre y la inteligencia. Cuando digo ganar, no únicamente quiero decir los partidos, quiero decir todo, cualquier cosa que implique que alguien puede ser mejor; yo quiero ser mejor, ya sea una carrera o una simple pasada. Si alguien me superaba, me esforzaba para ser mejor, para mí misma, pero también para quedar por delante. Era así de pequeña y lo sigo siendo ahora. Y la segunda cosa de la que siempre hablan y resaltan es de mi inteligencia. Dicen que lo entendía todo a la primera y que tenía una visión de juego especial, más rápida que la de todos mis compañeros y rivales, y que los entrenadores solían sorprenderse de lo que era capaz de hacer.
Los compañeros —es algo que viene de serie con el carácter masculino, sobre todo cuando eres pequeño— eran competitivos igual que yo, también querían ganar y para ganar tienes que dejarte de tonterías y tener a los mejores. Por eso me elegían. No lo hacía mal y la verdad es que no me conformaba ni con un empate, aunque fuese in extremis o con remontada épica. Siempre quería ganar, siempre. En el campo tenía (tengo) carácter. Recuerdo un día, cansada de que ningún compañero se ofreciese con una línea de pasada buena para hacer un saque de banda, me hice yo misma una autopasada. Saqué con las manos y fui a buscarla con los pies. No se podía, es obvio, pero en aquel momento lo último que quería era perder la pelota. Arranqué algunas risas entre el público.
Visto con la perspectiva de los años puedo estar agradecida porque la mayoría de experiencias de chicas que han jugado en equipos masculinos, que son muchas porque hace 20 años aún existían menos equipos femeninos de los que hay ahora, son distintas, de sentirse frustradas, observadas y cuestionadas constantemente. Sin olvidar que muchas ni tan solo llegaron a jugar por la falta de equipos femeninos, falta de comprensión o de normalización para hacer equipos mixtos. Y yo, en todos los años en los que jugué, afortunadamente solo viví un episodio aislado de un entrenador rival que decía que el fútbol no era para niñas. Mi madre, que según aquel hombre «tendría que estar en la cocina», se enfrentó a él. Puso los puntos sobre las íes. Desgraciadamente, 20 años después, de estos todavía quedan, pero por suerte cada vez son menos.
* * *
Mi primer recuerdo con una pelota en los pies, con tres o cuatro años, aún sin levantar un palmo del suelo, es jugando con mi hermano y mis primos, Llorenç y Pere, que tienen más o menos la misma edad. Jugábamos en los mediodías, cuando íbamos a comer en casa de los abuelos, en la portassa, que daba al callejón de atrás, y también los domingos en la casa de las afueras donde nos reuníamos toda la familia. El siguiente recuerdo ya es apuntándome a la extraescolar de fútbol sala de mi escuela, Sant Alfons de Felanitx. Un día vinieron a clase a explicarnos y darnos a conocer la actividad. Buscaban gente para apuntarse y a mí me faltó tiempo. Toda emocionada le pregunté a Maria, una amiga de clase, si nos apuntábamos juntas. La respuesta fue un no rotundo, seguido de un «estás loca». Hubiera preferido ir con alguna amiga, pero el no de Maria no fue un impedimento para seguir adelante con mi idea y apuntarme. Ya hace un tiempo que no coincido con ella, pero durante muchos años me lo ha seguido recordando: «Viendo como te ha ido a ti, yo también debería haber jugado», y se reía.
Mis padres siempre aceptaron que jugase al fútbol. Jugaba mi hermano, de quien quería imitar y seguir sus pasos, mi padre era entrenador, presidente y había jugado, y yo siempre que podía iba dando patadas a la pelota. Cuando les acompañaba a los partidos aprovechaba el descanso para saltar al campo y jugar o me buscaba cualquier pared para chutar. Ya algo mayor, si mi padre entrenaba a niños más pequeños que yo, iba con él, le ayudaba a poner cuatro conos y jugaba con ellos. Mis padres, y mi familia en general, vivieron con normalidad absoluta desde el inicio que yo jugase al fútbol y que fuese la única niña prácticamente en todos los equipos. La anécdota del que llamó a casa para hacer la inscripción de la extraescolar preguntando por Mariano pensando que era un chico es de las más explicadas si hablas con mi madre y te cuenta batallitas de los inicios.
El fútbol sala, una vez aclarado que era Mariona y no Mariano, ha sido muy importante en mi vida. Primero en la escuela y, después, cuando tuve la edad, como federada en el CE Felanitx. Me gustaba tanto jugar al fútbol sala que me costó dejarlo. De hecho, no lo dejé definitivamente hasta que llegué al Collerense en Primera División Femenina (a la entonces llamada Superliga), ya que una vez allí era imposible hacer ambas cosas.
Creo que jugar al fútbol sala me ha ayudado a ser mejor técnica y, tácticamente, a aprovechar mejor los espacios y a tener más recursos. Esto es lo que se buscaba cuando, entre otros mi padre como presidente del Felanitx, impulsaron que desde prebenjamín (7 años) hasta el primer año de benjamín (9 años) todos los equipos del club jugasen al fútbol sala; luego ya, en el segundo año de benjamín, se haría el salto al fútbol 7. También él fue el presidente que puso césped artificial en el campo de arena y yo no podía estar más feliz porque los retazos que sobraron acabaron en el jardín de nuestra casa. Mi hermano y yo lo aprovechamos al máximo; a quien no le hizo tanta gracia fue a mi madre, que tenía que ir limpiando el rastro de caucho que dejábamos.
Con 7 años fuimos campeones de España de fútbol sala. Primero ganamos la Liga de Mallorca, después el campeonato de Baleares y finalmente el de España. Fue toda una efeméride ser campeones con un equipo de pueblo pequeño de Mallorca y nunca jamás ha vuelto a repetirse. Éramos buenos y teníamos las ideas claras, nos lo pasábamos muy bien jugando al fútbol sala y cuando nos tocó dar el salto al fútbol 7 luchamos para conseguir un pacto y seguir haciendo ambas modalidades. Nos dejaron hacer dos días de entreno de fútbol a la semana y uno de fútbol sala y jugar ambas ligas a la vez. Haber sido campeones de España nos permitió lograr esta concesión y Tià Arbona, que fue mi entrenador durante 8 años, de prebenjamín a alevín, era el encargado de hablar con la Federación para que los partidos no coincidiesen.
¡Jugamos y ganamos ambas ligas! Fuimos dobles campeones y nos clasificamos para los campeonatos de Baleares. El problema era que tanto el de fútbol 7 como el de fútbol sala se jugaban en el mismo fin de semana. Éramos niños, inconscientes y (casi) incansables detrás de una pelota y jugamos las dos fases finales; sin embargo, los resultados no acompañaron. Demasiado esfuerzo y, además, notamos la baja de algún compañero. No ganamos, pero fue toda una experiencia y me gusta recordar todos aquellos años porque, además de ser un gran equipo, éramos amigos. Durante un par de veranos, a final de temporada, hicimos una escapada a Ibiza todos juntos con nuestros padres; ellos también habían formado su equipo.
