Marqués de Sade - Obras Completas - Marqués de Sade - E-Book

Marqués de Sade - Obras Completas E-Book

Marqués De Sade

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Beschreibung

Donatien Alphonse François, conocido como el Marqués de Sade (1740–1814), fue un escritor, filósofo y aristócrata francés cuya figura ha generado controversia y fascinación a partes iguales. Nacido en París en el seno de una familia noble, recibió una educación refinada y sirvió como oficial en el ejército antes de dedicarse a la literatura. Su vida estuvo marcada por numerosos escándalos, procesos judiciales y largas temporadas en prisiones y manicomios, motivadas por acusaciones de libertinaje, violencia sexual y blasfemia. A pesar de estas circunstancias adversas, desarrolló una obra literaria vasta y singular, caracterizada por la exploración radical del deseo, el poder, la moral y la transgresión de los límites sociales y religiosos. Su nombre ha dado origen al término "sadismo", aunque su legado intelectual va mucho más allá de esta noción, influyendo en corrientes filosóficas, literarias y psicoanalíticas del siglo XIX y XX. Entre sus escritos, se encuentran novelas, ensayos, obras teatrales y relatos que cuestionan de manera provocadora la naturaleza humana y las convenciones sociales de su tiempo. Esta edición reúne las obras más representativas y trascendentales de este autor emblemático de la literatura francesa. Historia de Aline y Valcour es una novela epistolar que contrapone dos mundos: uno utópico, regido por la razón y la igualdad, y otro dominado por la tiranía y la crueldad. A través de esta estructura dual, Sade reflexiona sobre la política, la moral y el ideal ilustrado, ofreciendo una crítica velada a las instituciones de su época. La filosofía en el tocador adopta un tono didáctico y provocador, presentando diálogos entre personajes libertinos que instruyen a una joven en la práctica del hedonismo y la subversión de la moral tradicional. Esta obra encarna la defensa extrema del individualismo y el placer como principios rectores de la existencia. Justine, o los infortunios de la virtud narra las desventuras de una joven virtuosa que sufre constantes abusos y desgracias, simbolizando la vulnerabilidad de la virtud en un mundo corrupto. En contraposición, Juliette, o las prosperidades del vicio presenta a la hermana de Justine, quien al abrazar el vicio y la inmoralidad alcanza poder y éxito. Ambas novelas, complementarias, cuestionan la relación entre moralidad y felicidad, provocando intensos debates filosóficos y literarios. Las 120 jornadas de Sodoma, escrita durante su encarcelamiento en la Bastilla, describe con crudeza los excesos de cuatro libertinos encerrados en un castillo. Su estructura meticulosa y su exploración extrema del deseo la han convertido en un texto fundamental para comprender los límites del pensamiento ilustrado y su crítica. Por último, Los crímenes del amor reúne relatos breves que combinan elementos de tragedia, pasión y fatalidad, mostrando un Sade más contenido pero igualmente incisivo en su análisis de las pasiones humanas. Estas obras son consideradas clásicos de la literatura francesa por su audaz ruptura con las convenciones, su aguda mirada filosófica y su influencia duradera en escritores y pensadores posteriores, consolidando a su autor como una figura clave en la historia de las letras universales.

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Veröffentlichungsjahr: 2025

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Marqués de Sade

Marqués de Sade - Obras Completas

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Índice

Historia de Aline y Valcour
La filosofía en el tocador
Justine, o los infortunios de la virtud
Juliette, o las prosperidades del vicio
Las 120 Jornadas de Sodoma
Los crímenes del amor

Historia de Aline y Valcour

Índice
Tomo I
PRIMERA PARTE
PRIMERA CARTA
SEGUNDA CARTA
TERCERA CARTA
CUARTA CARTA
QUINTA CARTA
SEXTA CARTA
SÉPTIMA CARTA
OCTAVA CARTA
NOVENA CARTA
DÉCIMA CARTA
UNDÉCIMA CARTA
DUODÉCIMA CARTA
DECIMOTERCERA CARTA
DECIMOCUARTA CARTA
DECIMOQUINTA CARTA
DECIMOSEXTA CARTA
DECIMOSÉPTIMA CARTA
DECIMOCTAVA CARTA
SEGUNDA PARTE
DECIMONOVENA CARTA
VIGÉSIMA CARTA
VIGÉSIMA PRIMERA CARTA
VIGÉSIMA SEGUNDA CARTA
VIGÉSIMA TERCERA CARTA
VIGÉSIMA CUARTA CARTA
VIGÉSIMA QUINTA CARTA
VIGÉSIMA SEXTA CARTA
VIGÉSIMA SÉPTIMA CARTA
VIGÉSIMA OCTAVA CARTA
VIGÉSIMA NOVENA CARTA
TRIGÉSIMA CARTA
TRIGÉSIMA PRIMERA CARTA
TRIGÉSIMA SEGUNDA CARTA
TRIGÉSIMA TERCERA CARTA
TRIGÉSIMA CUARTA CARTA
Tomo II
TERCERA PARTE
TRIGÉSIMA QUINTA CARTA
CUARTA PARTE
CONTINUACIÓN DE LA TRIGÉSIMA QUINTA CARTA

Tomo I

Índice

PRIMERA PARTE.

Índice

1795.

Así como los médicos dan a los niños el amargo ajenjo,

Cuando intentan primero ofrecer las copas alrededor de las bocas

Se obtienen con el dulce y dorado licor de la miel,

Así como la edad imprudente se burla del niño

Hasta el límite del trabajo; mientras tanto, que beba hasta el fondo lo amargo

Que no sea atrapada por el engaño del látex de ajenjo,

Pero más bien, que al ser tocada así, recobre el aliento y sane.

Luc. Lib. 4.

AVISO DEL EDITOR.

Con razón se puede considerar la colección de estas cartas como una de las obras más interesantes que han aparecido en mucho tiempo; nunca, se puede decir, se han trazado contrastes tan singulares con el mismo pincel, y si la virtud se adora en ellas por la manera interesante y verdadera en que se presenta, sin duda los colores espantosos que se han utilizado para pintar el vicio no dejarán de hacerlo detestar; es difícil representarlo con una fisonomía más espantosa. De la reunión de tantos caracteres diferentes, en constante lucha entre sí, debían resultar aventuras inauditas; por lo que podemos asegurar que ninguna anécdota real..., ninguna memoria, ninguna novela contiene otras más singulares, y en ninguna parte, sin duda, se verá crecer y mantenerse el interés con tanta habilidad y entusiasmo. Los amantes de los viajes encontrarán satisfacción, y podemos asegurarles que nada es más exacto que las dos diferentes vueltas al mundo, realizadas en sentidos opuestos por Sainville y Léonore. Nadie ha llegado aún al reino de Butua, situado en el centro de África; solo nuestro autor ha penetrado en esos climas bárbaros: aquí ya no se trata de una novela, sino de las notas de un viajero exacto, culto, que solo cuenta lo que ha visto; si con ficciones más agradables quiere consolar a sus lectores de las crueles verdades que se ha visto obligado a pintar en Butua, ¿debemos reprochárselo? Solo vemos una cosa desafortunada en ello, y es que todo lo más horrible se encuentre en la naturaleza, y que solo en el país de las quimeras se encuentre lo justo y lo bueno. Sea como fuere, el contraste entre estos dos gobiernos sin duda gustará, y estamos perfectamente convencidos del interés que debe suscitar. Esperamos el mismo efecto de la relación entre todos los personajes que aparecen en estas cartas y de la relación, llena de arte, que unos tienen con otros, a pesar de su sorprendente desproporción. Sus principios debían ser opuestos, al igual que su fisonomía, y si nos hemos permitido establecer unos muy fuertes, ha sido únicamente para mostrar con qué ascendencia y, al mismo tiempo, con qué facilidad el lenguaje de la virtud pulveriza siempre los sofismas del libertinaje y la impiedad. La idea de suavizar, con algunos discursos y algunos matices, se ha presentado más de una vez, lo reconocemos; pero ¿podríamos haberlo hecho sin debilitarla? ¡Ah! Por muy pronunciado que sea el vicio, nunca hay que temerlo más que por sus seguidores, y si triunfa, solo hace que la virtud resulte más abominable: nada es tan peligroso como suavizar sus matices; es hacer que se ame pintándolo a la manera de Crébillon y, por consiguiente, fallar en el objetivo moral que todo hombre honrado debe proponerse al escribir.

Lo que hace aún más singular esta obra es que fue escrita en la Bastilla. La forma en que nuestro autor, aplastado por el despotismo ministerial, preveía la revolución es muy extraordinaria y debe conferir a su obra un matiz de interés muy vivo. Con tantos motivos para despertar la curiosidad del público, con un estilo puro, siempre florido, totalmente original; con la reunión en una misma obra de tres géneros: cómico, sentimental y erótico; estamos seguros de que esta edición se agotará enseguida; solicitada por todas partes, porque se conoce la pluma del autor; apenas podremos distribuirla en París, y ya sentimos el pesar de no haberla multiplicado más. Exhortamos a aquellos que no hayan podido conseguir ejemplares a que tengan un poco de paciencia, la segunda edición ya está en nuestras imprentas.

Sin embargo, tendremos críticos, detractores y enemigos, no nos cabe duda;

Es un peligro amar a los hombres,

Es un error iluminarlos.

Peor para aquellos que condenarán esta obra y no sentirán el espíritu con el que ha sido escrita: esclavos de los prejuicios y las costumbres, demostrarán que nada más que la opinión actúa en ellos y que la antorcha de la filosofía nunca brillará ante sus ojos.

IMPRESCINDIBLE LEER.

El autor cree que debe advertir que, al haber cedido su manuscrito cuando salió de la Bastilla, se ha visto imposibilitado de retocarlo; ¿cómo, tras este inconveniente, podría estar al día una obra escrita hace siete años? Por lo tanto, ruega a sus lectores que se remitan a la época en que fue compuesta, y entonces encontrarán cosas muy extraordinarias; también les invita a juzgarla solo después de haberla leído detenidamente de principio a fin; no es sobre la fisonomía de tal o cual personaje, ni sobre tal o cual sistema aislado, sobre lo que se puede basar la opinión sobre un libro de este tipo; el hombre imparcial y justo nunca se pronunciará más que sobre el conjunto.

PRIMERA CARTA.

Índice

Déterville a Valcour.

París, 3 de junio de 1778.

Ayer cenamos Eugénie y yo en casa de tu divinidad, mi querido Valcour... ¿Qué hacías? ¿Es celos? ¿Es enfado? ¿Es miedo? Tu ausencia fue para nosotros un enigma que Aline no pudo o no quiso explicarnos, y cuyo significado nos costó mucho comprender. Iba a preguntar por ti cuando dos grandes ojos azules, que respiraban amor y decencia a la vez, se fijaron en los míos y me advirtieron que fingiera... Me callé; poco después me acerqué; quise preguntar la razón del misterio. Un suspiro y un movimiento de cabeza fueron las únicas respuestas que obtuve. Eugénie no tuvo más suerte; no insistimos más; pero Madame de Blamont suspiró, y la oí: esta mujer es una madre encantadora, amigo mío; dudo que sea posible tener más ingenio, un alma más sensible, tanta gracia en los modales, tanta amabilidad en las costumbres. Es muy raro que, con tantos conocimientos, se sea al mismo tiempo tan amable. Casi siempre he observado que las mujeres cultas tienen en el mundo cierta rudeza, una especie de artificio que encarece el placer de su compañía. Parece que solo quieren tener ingenio en su gabinete, o que, al no encontrar nunca suficiente en quienes las rodean, no se dignan rebajarse hasta el punto de mostrar el que poseen.

¡Pero cuán diferente de este retrato es la adorable madre de tu Aline! En verdad, no me sorprendería que una mujer así, aunque tenga treinta y seis años, siguiera sintiendo grandes pasiones.

En cuanto al señor de Blamont, ese indigno esposo de una mujer demasiado digna, fue tajante, sistemático y brusco, como si se hubiera sentado sobre las flores de lis; arremetió contra la tolerancia, defendió la tortura, nos habló con una especie de regocijo de un desgraciado al que sus colegas y él iban a torturar al día siguiente; nos aseguró que el hombre era malo por naturaleza, que no había nada que no se debiera hacer para encadenarlo; que el miedo era el resorte más poderoso de las monarquías y que un tribunal encargado de recibir denuncias era una obra maestra de la política. A continuación, nos habló de una tierra que acababa de comprar, de la sublimidad de sus derechos y, sobre todo, del proyecto que tenía de reunir allí una colección de animales salvajes, de la que te aseguro que él será la bestia más malvada.

Llegó, unos minutos antes de servir, otro tipo de individuo, bajo y fornido, con la espalda adornada con un jubón de tela oliva, sobre el que reinaba, de arriba abajo, un bordado de veinte centímetros de ancho, cuyo diseño me pareció ser el que Clovis tenía en su manto real. Este hombrecillo tenía unos pies muy grandes calzados con tacones altos, sobre los que se apoyaban dos piernas enormes. Al intentar encontrar su cintura, solo se encontraba una barriga; ¿querías hacerte una idea de su cabeza? solo se veía una peluca y una corbata, de entre las que se escapaba, de vez en cuando, un falsete discordante que hacía sospechar si la garganta de la que emanaba era realmente la de un humano o la de un viejo periquito. Este ridículo mortal, absolutamente conforme al esbozo que trazo, se hizo anunciar como el señor d'Olbourg. Un capullo de rosa que Aline, en ese mismo instante, lanzaba a Eugénie, vino a perturbar desgraciadamente las leyes del equilibrio que se había impuesto el personaje para deducir su reverencia de entrada. Golpeó el capullo de rosa y definitivamente nos llegó a la cabeza. Este choque inesperado, esta sacudida repentina de las masas, había alterado un poco los atractivos artificiales; la corbata voló por un lado, la peluca por el otro, y el desdichado, así despeinado y despeinado, provocó en mi loca Eugenia un ataque de risa tan espasmódico que nos vimos obligados a llevarla a un gabinete vecino, donde creí que se desmayaría... Aline se contuvo; el presidente se enfadó; el señor de Blamont se mordía los labios para no estallar y se deshacía en muestras de interés... Dos lacayos recogieron al hombrecillo que, como una tortuga volcada, ya no podía recuperar la elasticidad necesaria para volver a ponerse en pie. Le volvieron a colocar la peluca; le anudaron artísticamente la corbata; Eugénie reapareció y el anuncio de la cena vino a poner todo en orden, obligando a todos a ocuparse de una sola idea.

Las cortesías del presidente hacia el hombrecillo, la posterior confirmación que recibí de que tenía cien mil escudos de renta, lo que habría apostado por su aspecto; la tensión de Aline, el aire afligido de Madame de Blamont, los esfuerzos que hacía por distraer a su querida hija, para evitar que se notara la incomodidad en la que se encontraba; todo me convenció de que ese desafortunado tratante era tu rival, y un rival tanto más temible cuanto que me pareció que el presidente estaba encantado con él.

¡Oh, amigo mío, qué combinación! ¡Unir a un mortal tan prodigiosamente ridículo a una joven de diecinueve años, hecha como las Gracias, fresca como Hebe y más bella que Flora! ¡Atreverse a sacrificar a la estupidez el espíritu más tierno y agradable! ¡Adaptar a un volumen grueso de materia el alma más delicada y sensible! unir a la inactividad más pesada un ser lleno de talentos, ¡qué atentado, Valcour!… Oh, no, no… o la Providencia es insensible, o nunca lo permitirá…. Eugenia se ensombreció tan pronto como sospechó el delito. Loca, aturdida, incluso un poco malvada, pero dispuesta a dar su sangre por la amistad, pasó rápidamente de la alegría a la ira más extrema, tan pronto como le comuniqué mis sospechas... Miró a su amiga y las lágrimas corrieron por sus mejillas rosadas, que acababan de florecer con alegría. Instó a su madre a retirarse temprano; no podía soportarlo y, si la traición era real, no había nada, decía mientras daba patadas, que no hiciera para impedirlo. Pero Aline se obstinaba en guardar silencio... Madame de Blamont solo suspiraba cuando la interrogaba, y nos retiramos.

Así, mi querido Valcour, es el estado en el que dejé las cosas; me debes, por mi sincera amistad, informarme de todo lo que puedas saber más; espera todo de la mía, de la de Eugénie, y ten por seguro que la felicidad que se nos avecina no puede ser realmente perfecta mientras supongamos que existen obstáculos para la de Aline y la tuya.

SEGUNDA CARTA.

Índice

Aline a Valcour.

6 de junio.

¿Qué expresiones debo utilizar? ¿Cómo suavizaré el golpe que debo darte? Mis sentidos se confunden, mi razón me abandona, solo existo por el sentimiento de mi dolor... ¿Por qué te vi? ¿Por qué esos rasgos encantadores penetraron en mi alma? ¿Por qué me arrastraste al abismo contigo? ¡Ay! ¡Qué breves han sido nuestros momentos de felicidad! ¿Quién sabe, Dios mío, quién sabe cuáles son los límites de los que les seguirán? Amigo mío, no debemos volver a vernos... Ya está dicho, esa palabra cruel; ¡he podido escribirla sin morir! Imita mi valor. Mi padre ha hablado como un maestro, quiere que se le obedezca. Se presenta una partida, esta partida le conviene, eso basta; no es mi consentimiento lo que pide, es su interés lo que consulta, y el sacrificio total de todos mis sentimientos debe hacerse a su antojo. No culpes a mi madre, no hay nada que ella no haya dicho, nada que ella no haya hecho, nada que ella aún no imagine... Usted sabe cuánto quiere a su hija, y tampoco ignora los sentimientos de ternura que ella siente por usted... Nuestras lágrimas se han mezclado... El bárbaro las ha visto y no se ha conmovido... ¡Oh, amigo mío! Creo que la costumbre de juzgar a los demás nos vuelve necesariamente duros y crueles. «Es un partido adecuado, señora», le dijo furioso a mi madre: «No permitiré que mi hija lo rechace. D'Olbourg es mi amigo desde hace veinticinco años y tiene cien mil escudos de renta; ¿pueden todas sus pequeñas consideraciones contrarrestar un argumento tan poderoso? ¿Se casa hoy en día por amor? Es por interés, solo esas leyes deben regir los lazos del matrimonio; ¡qué importa el amor, siempre que se sea rico! ¿Acaso el amor da consideración en el mundo? No, en verdad, señora, es la fortuna, y no se puede vivir sin consideración. Por otra parte, ¿qué tiene mi amigo d'Olbourg para inspirar rechazo a su hija? (¡Oh, Valcour, ojalá lo vieras!) ¿Es porque no es uno de esos jovenzuelos de hoy en día, que hacen creer a una joven que están enamorados de ella solo porque saben que es rica, se casan por la dote y luego abandonan a la chica? O tal vez son sus talentos y su ingenio lo que te seduce. ¡Qué! ¿Porque un hombre haya escrito algunas comedias, algunos epigramas, haya leído a Homero y a Virgilio, poseerá, a partir de ese momento, todo lo necesario para hacer feliz a su hija?

Ya ve, amigo mío, a quién iba dirigida esta última sarcasmo; pero el cruel, temiendo que aún no lo hubiéramos entendido, dijo enfadado: «Le ruego, señora, que escriba inmediatamente al señor de Valcour que sus visitas me honran infinitamente, sin duda, pero que, sin embargo, me obliga a suprimirlas; no quiero dar a mi hija a un hombre que no tiene nada. Su nacimiento, respondió mi madre, es mejor que el mío. Lo sé bien, señora; ese es siempre el orgullo de las hijas de buena cuna; para ellas, el nacimiento lo es todo. ¿Quiere que mi hija experimente con su Valcour lo que me ha pasado a mí con usted? ¿Casarse con un pergamino?… ¿De qué me sirve, por favor, el que me ha dado? Preferiría veinticinco mil francos al año que todas esas genealogías que, como los gusanos fosforescentes, solo brillan en la oscuridad, solo son ilustres porque no se ve su origen y de las que se puede decir lo que se quiera, porque falta el final. Valcour es de buena familia, lo sé, además tiene un gran mérito a sus ojos, es un apasionado de las bellas letras; pero a mí me importa muy poco esa consideración... Yo quiero dinero, y él no tiene ni un céntimo. Esa es su sentencia, dígasela, se lo aconsejo». Con estas palabras, desapareció y nos dejó a mi madre y a mí llorando. Sin embargo, amigo mío, porque tengo que echar un poco de bálsamo sobre las heridas que acabo de infligir, la esperanza aún no ha desaparecido de mi corazón, y esa madre respetable, a la que idolatro y que te quiere, me encarga expresamente que te diga que no quiere que te desesperes... Está casi segura de conseguir tiempo, y en circunstancias como las nuestras, el tiempo es muy importante. Quédese, pues, a las órdenes de mi padre; no vuelva, pero escríbanos. Un asunto de la mayor importancia mantendrá al presidente en París todo el verano, y creo que mi madre conseguirá pasar esta temporada sola conmigo en su pequeña finca de Vertfeuille, cerca de Orleans, el único bien que le aportó a mi padre, quien, como usted ve, se lo reprocha con bastante crueldad1. Su objetivo es conseguir que el presidente no precipite nada; ella se encargará, dice, de prepararme para todo y de vencer mis reticencias, siempre que no se nos presione y se nos deje pasar unos meses solas en Vertfeuille... Amigo mío, si lo consigue, le confieso que lo consideraré una media victoria; el tiempo lo es todo en crisis tan terribles, y conseguirlo lo es todo.

Adiós, no te alarmes, quiéreme, piensa en mí, escríbeme... para que yo llene todos tus momentos como tú ocupas todo mi corazón... ¡Oh, amigo mío! Como ves, bastaría muy poco para separarnos para siempre; pero lo que al menos me consuela en mi desgracia es la certeza de que ninguna fuerza divina o humana lograría impedirme amarte.

Notas

1 Esta tierra vale dieciséis mil libras de renta, había sido la única dote de Madame de Blamont, pero en el contrato se estipulaba que se casaría con separación de bienes; esta cláusula y los escasos ingresos, en comparación con la inmensa fortuna de Monsieur de Blamont, eran los dos motivos de sus reproches.

TERCERA CARTA.

Índice

Valcour a Aline.

7 de junio.

Sí, he leído esa cruel nota... He recibido el golpe que debe destrozar mi vida, ¡y todas las facultades que la componen no se han extinguido! ¡Oh, mi Aline! ¿Con qué arte me lo has hecho llegar? ¡Me das la muerte y quieres que viva! ¡Destruyes la esperanza y la reavivas! No, no moriré... No sé qué voz se oye en lo más profundo de mi corazón... No sé qué órgano secreto parece advertirme que viva y que todos los instantes de felicidad aún no se han extinguido para mí... No, no sé qué es ese movimiento, pero me rindo a él... ¡No volver a verte, Aline!... ¡No volver a embriagarme, en esos juegos que adoro, con el delicioso sentimiento de mi amor!… ¿Es usted quien me lo ordena?… ¡Ah! ¿Qué he hecho para merecer tal destino?… ¡Renunciar al encanto de poseerte algún día! Pero no… usted no me lo dice. Mi desgracia aumenta mi inquietud; alimenta aún más las quimeras que tus palabras consoladoras tratan de hacer menos espantosas; solo hace falta tiempo, dices; tiempo, Aline... ¡Oh, cielo! ¿Te imaginas lo que es el tiempo que se pasa lejos de lo que se ama? En el que ya no se puede oír su voz, en el que ya no se disfruta de sus miradas; ¿no es eso ordenar a un hombre que exista separado de su alma? Estaba prevenido de este golpe fatal, Déterville me había preparado para ello... pero ignoraba que las cosas estuvieran tan avanzadas y, sobre todo, que tu padre exigiría que no volviera a verte... ¿Y quién le ha podido revelar nuestros secretos? ¡Ah! ¿Se puede ocultar el amor? Si ha robado nuestras miradas, habrá descubierto nuestro amor... ¡Ay, qué haré durante esta terrible ausencia! ¿Qué quiere que sea de mí? ¡Si al menos hubiera podido verla una vez más, una sola vez antes de esta funesta separación! Si hubiera podido decirle cuánto le amo... Me parece que nunca se lo he dicho... Oh, no, nunca se lo he dicho, tal y como lo siento... ¿Y cómo habría podido hacerlo? ¿Qué palabra habría podido expresar este fuego divino que me devora? A veces aniquilado por la fuerza misma de este sentimiento que me absorbe... a veces quemado por vuestras miradas... mi alma sentía, sin poder expresarlo; todas las expresiones me parecían demasiado débiles... y ahora me aflige haber perdido tantas oportunidades o haberlas empleado tan mal. ¡Cómo voy a lamentar esos momentos tan breves y tan dulces! Aline, Aline, ¿crees que podré vivir sin recuperarlos? Y, sin embargo, llorarás... tu alma se ahogará en el dolor, ¡y yo no podré compartir tus angustias! Que al menos no se celebre ese cruel matrimonio... Considero lo que dices como un juramento de que nunca se consumará... El bárbaro te sacrifica... ¿y para qué? ... Para su ambición, para su interés... ¡Y aún se atreve a encontrar sofismas para apoyar sus horribles planes! El amor, dice, no hace la felicidad en los lazos del matrimonio, y ¿qué son entonces esos lazos, si no los forma el amor? Un pacto mercenario y vil, un tráfico vergonzoso de fortunas y nombres, que solo encadenan a las personas, dejando los corazones a merced del desorden de la desesperación y el despecho. ¿Qué pasa entonces con esos bienes que se han buscado? ¿Se ahorran para unos hijos que no son más que fruto del azar o del interés? Se disipan, se pierden aún más rápidamente de lo que se han adquirido, y la necesidad que cada uno de los dos tiene de sacudirse la cadena que le oprime abre el abismo espantoso que los engulle en un día. ¿Dónde están entonces el beneficio y la felicidad de estos matrimonios de conveniencia, si las mismas fortunas que los han unido se destruyen para liberarlos o disolverlos?

Pero ilusionarse con devolver a su padre a opiniones razonables es como intentar remontar un río hasta su nacimiento. Aparte de los prejuicios de su condición, prejuicios sin duda cruelmente odiosos, tiene además los de (perdóneme la expresión) una mente estrecha y un corazón frío, y el error es demasiado caro para este tipo de personas como para esperar que cambien de opinión.

Qué respetable es Madame de Blamont en todo esto... ¡y cuánto la admiro! ¡Qué conducta, qué sabiduría! ¡Qué amor por usted! Adore a esta madre tierna, usted está hecha solo de su sangre... Es imposible, es moralmente imposible que una sola gota de la sangre de ese hombre cruel pueda correr por sus venas... Tierna y divina amiga de mi corazón, cuánto me gusta imaginar a veces que usted recibió la existencia en el seno de esa adorable madre solo por el aliento de la divinidad; ¿acaso la mitología griega no admitía este tipo de existencias? ¿No las hemos aceptado en nuestras opiniones religiosas? Pero habría sido necesario un milagro... Y para quién, Dios mío, para quién lo hará la naturaleza, si no es para mi Aline... ¿No es ella misma uno? Déjame tener esta opinión, mi divina amiga, me consuela... Me parece que se suma al culto que te debo... Sí, Aline... sí, eres hija de un dios, o más bien tú misma eres un dios, y es a través de tus miradas que toda la naturaleza recibe la existencia; purificas todo lo que te toca, vivificas todo lo que te rodea; la virtud solo es dulce junto a ti, solo se conoce donde tú estás; sostenida por el imperio de la belleza, es bajo tus rasgos donde cautiva, es a través de ti donde seduce: y nunca me siento tan honesto como cuando me acerco a ti o te dejo. ¿Quién reavivará ahora en mi corazón esos sentimientos que nacían cerca de ti... que me fortalecían en el resto de mi vida? Mi alma se marchitará separada de la tuya, se convertirá en esas flores que se secan a medida que se alejan de ellas los rayos del astro que las hizo florecer... ¡Oh, mi querida Aline! Ya no hay un instante de felicidad para mí en la tierra... Pero al menos te escribiré... ¿Me lo permites?... Podré hacerlo... ¡Ay! Sin duda es un consuelo, pero qué lejos está del que deseo... qué lejos está del que necesito... ¿Y cuándo será ese viaje? ¿Qué? no te veré antes de que se emprenda y, por primera vez en mi vida, desde hace tres años que te conozco, pasaré una temporada entera lejos de ti? Orden bárbara! Padre cruel! Suaviza, Aline, esta terrible y funesta sentencia... Que pueda verte un solo día más... una sola hora, ¡ay! Solo eso quiero para vivir un año; en esa hora preciosa recogeré todo lo que mi alma necesite de sentimientos para existir durante siglos. Madre adorable, permítame suplicarle, es a sus pies a quien le pido esta gracia... Recuerde esa indulgencia tan activa y tierna que le caracteriza sin cesar; esa bondad, esa humanidad que le hace tan sensible al amargo destino de la desgracia. ¡Ay! Nunca habrás socorrido a ningún desdichado cuyos males fueran más dolorosos. Que la naturaleza me abrume con todos los que quiera, pero que me deje los ojos de Aline y su corazón... Espero tu respuesta; la espero como los criminales esperan el golpe de muerte. Ah, si la temo es porque la adivino... Pero una hora, Aline... una sola hora... o nunca me habrás amado... Al menos aleja a ese hombre... que no vaya contigo al campo... No te digo que rechaces los lazos que te ofrecen con él... No, Aline, no te lo digo; hay ciertos casos en los que la recomendación misma es una ofensa, y creo que este es uno de ellos. Sí, me atrevo a estar seguro de ti, porque te amo, porque me has dicho que no te soy indiferente y que no querrías arrancar el corazón de tu amigo.

CUARTA CARTA

Índice

Aline a Valcour.

9 de junio.

Le agradezco su resignación, amigo mío, aunque no sea muy completa; en cualquier caso, no abuse de lo que voy a decirle, pero mi gratitud habría sido menor si usted hubiera obedecido de mejor grado. Que sus penas se suavicen, oh mi querido Valcour, con la certeza de que las comparto. No sé qué le dijo mi madre a su marido, pero el señor d'Olbourg no ha vuelto a aparecer desde la noche en que cenó aquí, y me ha parecido leer menos severidad en los ojos de mi padre; no creáis que eso significa que sus planes iniciales se hayan desvanecido, os quiero demasiado sinceramente como para dejar que germine en vuestro corazón una esperanza que pronto se vería frustrada. Pero las cosas no serán, al menos, tan inminentes como temía, y en una circunstancia como la que vivimos, le repito, es todo un logro conseguir un aplazamiento.

Nuestro viaje a Vertfeuille está decidido: mi padre considera oportuno que mi madre y yo pasemos allí la temporada estival, ya que sus asuntos le obligan a permanecer todo el verano en París. Nos dejará solas y tranquilas, pero no le oculto, amigo mío, que una de las condiciones de este permiso es que usted no aparezca por allí. Juzga, según esta severidad, si sería posible concederte la hora que solicitas con tanta insistencia.

A la curiosidad de mi madre por saber por qué motivo el presidente le había tomado de repente tanta aversión, él respondió:

«Que nunca se había imaginado, cuando le presentaron en su casa, que se atrevería a fijarse en su hija; que, como simple conocido y amigo de la sociedad, no había pedido más que darle la bienvenida; pero que, al darse cuenta finalmente de nuestros sentimientos mutuos, ese hombre fatal muy rico y su amigo desde hacía mucho tiempo».

Mi madre, muy contenta de llevarlo poco a poco a una explicación, sin oponerse en absoluto a su proyecto, le preguntó los motivos de su rechazo hacia usted. La escasa fortuna se convirtió inmediatamente en su argumento indestructible y, como no podía, según él, negarle sus cualidades (como si su orgullo se sintiera afligido por una confesión que le era imposible no hacer), se centró primero en sus defectos, y el que le reprocha con más amargura es la falta de ambición, la sorprendente indiferencia que muestra por su fortuna y el terrible error que, según él, cometió al abandonar el servicio tan joven. A esto, mi madre quiso oponer sus talentos, su amor por las letras, que, absorbiendo cualquier otro gusto, le ha aislado, por así decirlo, para estudiar con mayor comodidad. Aquí, el presidente, enemigo acérrimo de todo lo que se llama bellas artes, se encendió de nuevo... «¿Y qué tienen que ver esas miserias con la felicidad de la vida? Señora, replicó con mal humor, ¿ha visto usted desde que existe que las artes, o incluso las ciencias, hayan hecho la fortuna de un solo hombre? Yo, por mi parte, no lo he visto: ya no es como antes, con una hipótesis, un silogismo, un soneto o un madrigal, como se entra en sociedad y se llega a todo; los Horacios ya no encuentran mecenas, y los Descartes ya no encuentran Cristinas. Es el dinero, señora, es el dinero lo que se necesita. Esa es la única llave para los puestos y los honores, y su querido Valcour no lo tiene. Es joven, ingenioso, tiene cierto mérito... Fíjese, amigo mío, en la pequeña y vana alegría con la que ha querido concederle una especie de mérito... Con esa ventaja, continuó, ¿por qué no avanzó? El templo de la Fortuna está abierto a todo el mundo; solo hay que evitar dejarse empujar por la multitud que le empuja y que quiere llegar antes que usted... A los treinta años, con su aspecto, el nombre que lleva y las alianzas que puede reclamar, hoy sería mariscal de campo, si hubiera querido».

¡Oh, amigo mío, le pido perdón, pero ¿no son merecidos esos reproches? No imagine que mi corazón se los hace. ¡Ojalá fuera dueña de mi mano! ¡Ojalá pudiera demostrarle ahora mismo lo viles que son esos prejuicios a mis ojos! pero, amigo mío, usted mismo me lo ha dicho cien veces, la consideración es necesaria en el mundo, y si este público es tan injusto que solo quiere concedérsela a los honrados, el hombre sabio que concibe la imposibilidad de vivir sin ella debe hacer todo lo posible por adquirir lo que la merece.

¿No habrá entrado un poco de disgusto, un poco de misantropía en esa indiferencia que se le reprocha? Quiero que me aclare todo esto, pero no justificándose; piense que está hablando con la mejor amiga de su corazón.

QUINTA CARTA.

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Valcour a Aline.

12 de junio.

Sí, mi Aline, estoy equivocado, y tú me lo haces sentir; la confianza es la prueba más dulce del amor, y parece que te la he negado al no contarte las desgracias de mi vida; pero este silencio por mi parte, desde que te conozco, tiene su origen en dos principios que no condenarás: el temor de aburrirte con relatos que solo me interesan a mí, y la vanidad que sufre al contarlos. Uno querría elevarse sin cesar ante los ojos de la persona amada, y calla cuando lo que puede decir de sí mismo no tiene nada que le halague. Si el destino me hubiera unido a cualquier otra, tal vez habría tenido menos orgullo; pero usted supo inspirarme tanto, tan pronto como creí haberle conmovido, que desde ese momento me hizo sonrojarme de mí mismo y de mi audacia al poner a sus pies a un esclavo tan poco digno de usted. Me sentía tan lejos de lo que debía ser para merecerla, que preferí dejarle creer que era digno de usted, antes que mostrarle su error. Ahora me exige confesiones que yo quería callar; no culpe más que a usted misma si en ellas encuentra motivos para estimarme menos, y que mi franqueza o mi obediencia me hagan recuperar en su corazón lo que la verdad me hará perder. Todas mis faltas son anteriores al momento en que la vi por primera vez. ¡Ay! Esa es mi única excusa; desde aquella feliz época solo he conocido el amor y la virtud, y ¿cómo habría osado desde entonces mancillar con desvaríos el corazón en el que reinaba su imagen?

HISTORIA DE VALCOUR.

No le hablaré mucho de mi nacimiento; usted lo conoce: solo le hablaré de los errores a los que me ha llevado la ilusión de un origen vano del que casi siempre nos enorgullecemos con menos motivos, ya que este beneficio se debe únicamente al azar.

Aliado, por parte de mi madre, con todo lo más grande del reino; vinculado, por parte de mi padre, con todo lo más distinguido de la provincia de Languedoc; nacido en París en el seno del lujo y la abundancia, creí, desde que fui capaz de razonar, que la naturaleza y la fortuna se unían para colmarme de sus dones; lo creí porque se cometieron la estupidez de decírmelo, y ese ridículo prejuicio me volvió altivo, déspota y colérico; parecía que todo debía cederme, que el universo entero debía complacer mis caprichos, y que solo a mí me correspondía formarlos y satisfacerlos; Solo les contaré un episodio de mi infancia para convencerles de los peligrosos principios que se dejaron germinar en mí con tanta ineptitud.

Nacido y criado en el palacio del ilustre príncipe al que mi madre tenía el honor de pertenecer, y que era más o menos de mi edad, se apresuraron a reunirme con él, para que, al conocerlo desde mi infancia, pudiera contar con su apoyo en todos los momentos de mi vida; pero mi vanidad del momento, que aún no entendía nada de este cálculo, se ofendió un día en nuestros juegos infantiles porquequería discutir conmigo por algo, y más aún porque, sin duda, se creía autorizado por su rango, me vengué de sus resistencias con múltiples golpes, sin que ninguna consideración me detuviera, y sin que nada más que la fuerza y la violencia pudieran separarme de mi adversario.

Fue más o menos por esa época cuando mi padre fue destinado a las negociaciones; mi madre lo siguió, y yo fui enviado a casa de una abuela en Languedoc, cuya ternura demasiado ciega alimentó en mí todos los defectos que acabo de confesar. Volví a París para continuar mis estudios, bajo la tutela de un hombre firme y muy inteligente, sin duda muy adecuado para formar mi juventud, pero al que, por desgracia, no conservé durante mucho tiempo. Se declaró la guerra: ansiosos por alistarme, no completaron mi educación y partí hacia el regimiento en el que estaba destinado, a una edad en la que, naturalmente, solo se debería ingresar en la academia.

Que se reflexione sobre el vicio dominante de nuestros principios modernos, que se vea que el objetivo esencial no es tener militares muy jóvenes, sino tener buenos militares; y que, siguiendo el prejuicio actual, es perfectamente imposible que esta clase de ciudadanos tan útil pueda llegar a ser perfecta, mientras se trate solo de ingresar joven, sin saber si se tiene lo necesario para ser admitido y sin comprender que es imposible poseer las virtudes necesarias si no se da a los jóvenes aspirantes la posibilidad de adquirirlas mediante una educación larga y perfecta.

Las campañas comenzaron, y me atrevo a asegurar que las hice bien. Esa impetuosidad natural de mi carácter, ese alma ardiente que había recibido de la naturaleza, no hacía más que dar un mayor grado de fuerza y actividad a esa virtud feroz que se llama valor y que, sin duda, se considera erróneamente como la única necesaria para nuestro estado.

Nuestro regimiento, aplastado en la penúltima campaña de esta guerra, fue enviado a una guarnición en Normandía; ahí es donde comienza la primera parte de mis desgracias.

Acababa de cumplir veintidós años; hasta entonces, perpetuamente arrastrado por las labores de Marte, no había conocido mi corazón ni sospechado que pudiera ser sensible. Adelaida de Sainval, hija de un antiguo oficial retirado en la ciudad donde nos alojábamos, pronto supo convencerme de que todas las llamas del amor debían encender fácilmente un alma como la mía, y que si hasta entonces no habían estallado, era porque ningún objeto había sabido fijar mi mirada. No le describiré a Adelaida; solo un tipo de belleza podía despertar el amor en mí, siempre debía penetrar en mi alma con los mismos rasgos, y lo que me embriagaba de ella era el esbozo de las bellezas y virtudes que idolatro en usted. La amaba porque necesariamente debía adorar todo lo que tuviera relación con usted; pero esta razón, que legitima mi derrota, se convertirá en el delito de mi inconstancia.

Es bastante habitual en los cuarteles que cada uno elija una amante y, por desgracia, la considere como una especie de divinidad a la que se deifica por ocio, se cultiva por aire y se abandona tan pronto como se despliegan las banderas. Al principio creí de buena fe que nunca podría ser así, que amaría a Adelaida; la manera en que se lo aseguré la convenció; ella exigió juramentos, yo se los hice; ella quiso escritos, yo los firmé, y no creía estar engañándola. A salvo de los reproches de su corazón, creyéndose tal vez incluso inocente, porque cubría su debilidad con todo lo que le parecía legítimo, Adelaida cedió, y yo me atreví a hacerla culpable, solo por encontrarla sensible.

Pasaron seis meses en esta ilusión, sin que nuestros placeres alteraran nuestro amor; en el éxtasis de nuestro transporte, incluso quisimos huir un momento; inseguros de la libertad de forjar nuestras cadenas, quisimos ir a estrecharlas juntos al fin del universo... La razón triunfó; convencí a Adelaida y, desde ese momento fatal, quedó claro que la amaba menos.

Adelaida tenía un hermano capitán de infantería al que esperábamos poner de nuestro lado... lo esperábamos, pero no vino. El regimiento partió; nos despedimos, fluyeron ríos de lágrimas; Adelaida me recordó mis juramentos, los renové en sus brazos... y nos separamos.

Mi padre me llamó ese invierno a París, volé allí: se trataba de un matrimonio; su salud se tambaleaba; deseaba verme establecido antes de cerrar los ojos; ese proyecto, los placeres, ¡qué os voy a decir! esa fuerza irresistible de la mano del destino que siempre nos lleva, a pesar nuestro, donde sus leyes quieren que estemos; todo ello borró poco a poco a Adelaida de mi corazón. Sin embargo, hablé de este acuerdo con mi familia; el honor me obligaba a ello, y así lo hice, pero la negativa de mi padre pronto legitimó mi inconstancia; mi corazón no me proporcionó ninguna objeción y cedí, sin luchar, ahogando todos mis remordimientos. Adelaida no tardó en enterarse... Es difícil expresar su dolor; su sensibilidad, su grandeza, su inocencia, su amor, todos esos sentimientos que me habían deleitado, me llegaban como rayos de fuego, sin que ninguno llegara a mi corazón.

Pasaron así dos años, llenos de placeres para mí y marcados por el arrepentimiento y la desesperación para Adelaida.

Un día me escribió pidiéndome como único favor que le asegurara un lugar entre las carmelitas; que le avisara tan pronto como lo hubiera conseguido; que se escaparía de la casa de su padre y vendría a enterrarse viva en ese ataúd que me rogaba le preparara.

Perfectamente tranquilo entonces, me atreví a responder con algunas bromas a ese horrible proyecto del dolor y, rompiendo finalmente todas las medidas, exhorté a Adelaida a olvidar en el seno del matrimonio los delirios del amor.

Adelaida no me volvió a escribir. Pero tres meses después supe que se había casado y, liberado así de todas mis ataduras, solo pensaba en imitarla.

Un acontecimiento terrible para mí trastornó todos mis planes; parecía que el cielo ya quería vengar a Adelaida de las desgracias en las que yo la había sumido. Mi padre murió, mi madre le siguió poco después, y a los veinticinco años me vi solo, abandonado en el mundo a todas las desgracias y accidentes que suelen seguir a un joven de mi carácter; que los falsos amigos pierden, que la experiencia aún no ilumina y que, para colmo de ceguera, se atreven con demasiada frecuencia a tomar por felicidad el acontecimiento que los hace dueños de sí mismos, sin reflexionar, ay, que los mismos frenos que los cautivaban también les servían de apoyo, y que, en cuanto se rompen, no son más que esas plantas frágiles, liberadas por la caída del antiguo álamo que protegía sus jóvenes brotes, y que pronto expiran ellas mismas por falta de apoyo. No solo perdí a mis queridos y preciosos padres; no solo dejé de tener apoyo en la tierra, sino que todo se eclipsó, todo se desvaneció con ellos; esa vana gloria que me había seducido se convirtió en una sombra que se desvaneció con los rayos que la modificaban. Los aduladores huyeron, los puestos se repartieron, las protecciones se perdieron, la verdad rasgó el velo que la mano del error extendía sobre el espejo de la vida, y finalmente me vi tal y como era.

Sin embargo, no sentí de repente mis pérdidas, fue necesaria la terrible catástrofe que me esperaba para convencerme de ello. Aline, Aline, permitid que mis lágrimas sigan cayendo sobre las cenizas de mis queridos padres; que mi eterno arrepentimiento los vengue de esa voz funesta e involuntaria que se atrevió a gritar en lo más profundo de mi alma: «¿De qué te arrepientes? ¡Eres libre!». ¡Oh, cielo justo! ¿Quién pudo inspirar esa voz bárbara? ¿Cuál es el sentimiento cruel y falso que la hizo nacer? ¿Dónde se encuentran en el mundo amigos que puedan sustituir a un padre y a una madre? ¿Qué personas se interesarán por nosotros de forma más real y viva? ¿Quién nos disculpará? ¿Quién nos aconsejará? ¿Quién nos guiará en este oscuro laberinto al que nos arrastran las pasiones? Algunos aduladores nos desviarán; falsos amigos nos engañarán. Solo encontraremos trampas bajo nuestros pies, y ninguna mano amiga nos impedirá caer en ellas.

Era esencial poner un poco de orden en los bienes de mi padre, muy lejos de su residencia, muy mermados por los gastos en que había incurrido durante los años que había pasado en las negociaciones; mi interés me obligaba, antes de pensar en ningún establecimiento, a ir rápidamente a Languedoc, para conocer al menos lo que me podía corresponder. Conseguí un permiso y volé hacia allí.

La magnificencia de la ciudad de Lyon, que se encontraba en mi camino, me llevó a admirarla y a quedarme allí unas semanas: el azar, que me hizo encontrar allí a viejos conocidos, terminó de asegurar y alegrar este proyecto, y compartimos juntos los placeres que ofrece esta orgullosa rival de París, cuandouna noche, al salir del espectáculo, uno de mis amigos, llamándome muy alto por mi nombre, me propuso ir a cenar a casa del intendente y se perdió entre la multitud antes de que tuviera tiempo de responderle.

Al oír el nombre de Valcour, un oficial vestido de blanco, que parecía salir del mismo lugar que nosotros, se me acercó con el sombrero sobre los ojos y me preguntó con gran turbamiento si había oído bien y si era Valcour a quien me llamaban. Poco dispuesto a responder con sinceridad a una pregunta formulada con tanta brusquedad y altivez, le pregunto a mi vez con orgullo: ¿qué necesidad tiene usted de aclarar tal hecho? ¿Qué necesidad, señor? ¿La mayor? ¿Pero aún así? La de reparar la afrenta infligida a una familia honrada por un hombre de ese nombre; la de lavar con la sangre de ese hombre, o con la mía, la virtud de una querida hermana... Responda, o le consideraré un hombre deshonesto. Le conozco y le entiendo; usted es el hermano de Adelaida. Sí, lo soy, y desde el fatídico momento en que nos la arrebataron. ¿Qué oigo? ¡Ya no está! No, cruel, tus indignos actos le han clavado el puñal en el corazón, y desde ese momento te busco para arrancarte el tuyo o morir bajo tus golpes: ven, sígueme; me reprocho cada instante en que se retrasa mi venganza.

Rápidamente llegamos a la parte trasera del teatro; cruzamos el Ródano y, adentrándonos en los paseos que hay en la otra orilla frente a la ciudad, nos dispusimos a luchar, cuando, incapaz de resistir el poderoso interés que aún me inspiraba aquella desdichada amante, Sainval, dije con la mayor emoción: «Te satisfago; si el destino es justo, quizá tú lo seas pronto aún más: porque yo soy el culpable y me corresponde a mí perecer; pero no me niegues que me cuentes, antes de que nos separemos para siempre, la fatal historia de esa respetable joven... a la que engañé, lo confieso, pero que no puedo dejar de querer. Ingrato, me respondió Sainval, ella murió adorándote; murió suplicando al cielo que nunca castigara tu crimen. Ella le había confesado a mi padre la falta en la que tú la habías llevado: él la había obligado a enterrarla en los brazos de un esposo... Obsesionada por toda una familia, la desdichada acababa de obedecer... No pudo resistir la violencia del sacrificio. Cada día, cada instante la llevaba a la muerte, y recibió el golpe en mis brazos. Desde aquella fatídica fecha, no he dejado de buscarte por todas partes. He seguido tus pasos en esta ciudad, sin saber si te encontraría. Te encuentro aquí, apresúrate a convencerme de que al menos no unes la cobardía a la seducción más bárbara.

Luchamos; la pelea fue breve: Sainval tenía más valor que destreza, y más razón que suerte. Cedió ante los primeros golpes que le asesté, y tuve el dolor de verlo caer muerto a mis pies. Apenas me convencí de ello, me lancé llorando sobre el cuerpo ensangrentado de aquel desdichado joven, cuyos rasgos y cuya voz me habían recordado tan dolorosamente a su desdichada hermana. ¡Dios bárbaro! ¿Es así como se manifiesta tu justicia? ¿No era yo el único culpable? ¿No me correspondía a mí sucumbir? Y, levantándome delirante, me dije a mí mismo: «Vil asesino, ve a completar tu horrible victoria; no basta con que tu cobarde abandono la haya precipitado al ataúd; también tienes que arrebatarle la vida a su desdichado hermano. ¡Triumfo espantoso! ¡Remordimientos desgarradores! Ve, corre, en el transporte que te agita, ve a unir a todas tus víctimas al desafortunado jefe de esta honrada familia... Respira... Ese único hijo era el único que podía consolarlo de la pérdida de una hija a la que idolatraba, tu crueldad se la acaba de arrebatar; remátalo, ve y atraviesa su costado». Y me precipité de nuevo sobre ese cadáver ensangrentado, y traté de reanimarlo, de devolverle el aliento de la vida a costa incluso de la que yo habría querido sacrificar.

Ya no había tiempo... Me levanto desorientado; camino al azar; se había oído el ruido de la pelea. Me ven huir; me persiguen, me alcanzan, me detienen y me llevan rápidamente ante el comandante de la ciudad. Mi desorden, mis ropas ensangrentadas, el informe cierto de un hombre muerto, una carta encontrada en poder del señor de Sainval, en la que su padre le ordenaba buscarme hasta los confines del mundo; todo ello llevó al señor que entonces mandaba en Lyon a tomar precauciones y a actuar con severidad. Por muy grave que sea su asunto, señor, me dijo sin embargo con honestidad este militar, voy a actuar con usted como lo haría con mi propio hijo. Se alojará en una casa real, y mañana mismo iré a recomendarle yo mismo: voy a calmar los ánimos con el mayor cuidado. Si en tres meses no sale nada a la luz, recuperará su libertad; pero, en caso contrario, debo tenerlo absolutamente bajo mi control para que, si el tribunal o la familia del fallecido decidieran emprender acciones legales, al menos pueda demostrar que he cumplido con mi deber. Sin embargo, quédese tranquilo; voy a emplear tantos cuidados en borrar todo rastro que, espero, pronto será dueño de sus actos. Dicho esto, salió para dar órdenes; y me llevaron al castillo de Pierre-en-Cise, donde había deseado que fuera mi destino particular, para poder disponer de mí en secreto y de una manera que me resultara agradable.

No les contaré lo que pasó por mi alma al llegar a ese lugar fatal: algunas cortesías que recibí del oficial que allí mandaba, todo el horror de la situación se presentó ante mis ojos... Los primeros efectos de mi desesperación hicieron estremecer a quienes me rodeaban: no hubo medio que no intentara para quitarme la vida. ¡Qué suerte encontrar, en circunstancias semejantes, a un hombre inteligente y conocedor del corazón humano! No se puede expresar lo que hizo para calmarme el respetable mortal en cuyas manos mi afortunado destino me había llevado... A veces se dirigía a mi razón, a veces se dirigía a mi corazón, y sacando siempre de él los argumentos que empleaba, supo devolverme a mí mismo y a la vida que sin duda habría perdido sin su ayuda.

Oh, vosotros, viles mercenarios, que en puestos similares solo veis a aquellos que os son confiados como animales cuya sangre debe engordaros... a quienes atormentaríais, a quienes haríais expirar si se os compensara ampliamente por su pérdida; al mirar al virtuoso amigo del que hablo, aprended que ese mismo puesto en el que solo encontráis vicios, puede ofreceros el disfrute de mil virtudes; pero se necesita alma y espíritu para sentirlo, en lugar de la naturaleza iracunda, que solo os creó para la desgracia de los demás, y os dotó de avaricia y estupidez.

Pasó un mes sin que se hablara de este asunto; mi gente seguía en el hotel donde me alojaba y, siguiendo mis órdenes, permanecían allí encerrados en el más absoluto secreto. Por fin, apareció el comandante de la ciudad... «No se ha filtrado nada, me dijo; he hecho enterrar al señor de Sainval con el mayor secreto posible: he comunicado su muerte a su padre de forma indirecta, sin explicarle la causa que lo ha llevado a la tumba... He guardado los papeles que se le encontraron; no aparecerán, a menos que me vea obligado a ello... Estos son todos los servicios que he podido prestarle... y los seguiré prestando... Salga esta noche sin llamar la atención, tanto de esta prisión como de la ciudad... Su gente, su silla de manos y un pasaporte le esperan en la primera posada que hay en la carretera de Ginebra... Diríjase a esa oficina de correos a pie y sin hacer ruido; desde allí, pase a Suiza o Saboya y, si me cree, permanezca allí escondido hasta que sus amigos le informen desde París de cómo ha evolucionado su asunto. Solo me queda ofrecerle mi bolsa: úsela como si fuera suya...». ¡Oh, señor!, respondí lanzándome a los brazos de este respetable jefe y rechazando su última oferta. ¿Cómo he podido merecer tanta bondad? ¿Qué motivo le impulsa a servir así a la desgracia? «Mi corazón, me respondió el señor de , siempre ha sido el refugio de los desdichados y el amigo de aquellos que se parecen a usted».

Imagina mi gratitud, Aline, no sabría describirla más que de forma insuficiente; abrazo a los dos fieles amigos que mi buena estrella me ha hecho encontrar; me dirijo lo más rápido posible al lugar de encuentro que me han indicado; allí encuentro a mi gente; me subo llorando a mi carruaje; le dejo todo a mi ayuda de cámara; le digo que nos dirijamos a Ginebra, volamos y me sumerjo en mis pensamientos.

Sin duda, pueden imaginar fácilmente cuánto perjudicaba a mi fortuna este desafortunado asunto, por muy bien que hubiera salido; me resultaba imposible ir a ver mis propiedades, imposible volver al término de mi permiso, y aún más imposible publicar los motivos de mi huida, por miedo a revelar lo que me había obligado a ello. Los hombres de negocios iban a devastar mis bienes; el ministro iba a nombrar a alguien para ocupar mi puesto: estas dos crueles desgracias eran, sin embargo, las menos terribles que debía temer; porque si reaparecía, a pesar de todo, ¿qué horrible destino me esperaba?

Lo primero que hice al llegar a Ginebra fue escribir a Déterville, el único amigo verdadero que tenía. Su respuesta coincidía perfectamente con los consejos del señor de . Nada se filtraba, decía; pero se estaba en un momento de rigor con respecto a los duelos, y aunque lo perdiera todo, era mil veces mejor para mí exponerme a ese destino que arriesgarme a una prisión quizás perpetua, reapareciendo antes de estar seguro de que no había ningún peligro.

Este consejo me pareció demasiado sensato como para no seguirlo, y le pedí a Déterville que me escribiera regularmente cada mes a Ginebra, de donde no tenía intención de salir, ya que no tenía fondos suficientes para viajar. Despedí a parte de mi gente, después de hacerles prometer que guardarían el secreto, y esperé en paz lo que el cielo decidiera para mí. Fue durante ese cruel ocio cuando el gusto por la literatura y las artes sustituyó en mi alma a esa frivolidad, a ese impetuoso ardor que antes me llevaba a placeres mucho menos dulces y mucho más peligrosos. Rousseau vivía, fui a verlo, él conocía a mi familia, me recibió con esa amabilidad, esa franca honestidad, compañeras inseparables del genio y los talentos superiores; Elogió y alentó el proyecto que me vio formar de renunciar a todo para dedicarme por completo al estudio de las letras y la filosofía, guió mis jóvenes años y me enseñó a separar la verdadera virtud de los odiosos sistemas bajo los que se la ahoga... «Amigo mío —me dijo un día—, tan pronto como los rayos de la virtud iluminaron a los hombres, estos, deslumbrados por su resplandor, opusieron a sus luminosas olas los prejuicios de la superstición, y a la virtud no le quedó más santuario que el fondo del corazón del hombre honrado. Odia el vicio, sé justo, ama a tus semejantes, ilumínalos, y la sentirás descansar suavemente en tu alma y consolarte cada día del orgullo del rico y de la estupidez del déspota».

Fue en la conversación de este profundo filósofo, este verdadero amigo de la naturaleza y de los hombres, donde encontré esa pasión dominante que siempre me ha llevado hacia la literatura y las artes, y que hoy me hace preferirlas a todos los demás placeres de la vida, excepto el de adorar a mi Aline. ¡Eh! ¿Quién podría renunciar a este placer una vez que lo conoce? El que puede fijar su mirada en ella sin estremecerse por la confusión del amor, ya no merece la condición de hombre; la deshonra y la degrada en cuanto deja de ser sensible a tales encantos.

Las cartas de Déterville, sin embargo, seguían siendo más o menos las mismas; nada se filtraba, pero mi ausencia sorprendía a todo el mundo, y mucha gente se permitía razonar sobre ello de una manera tan falsa como llena de calumnias; mi amigo sabía que se había producido un trastorno en mis bienes, estaba casi seguro de que mi compañía iba a ser cedida y, a pesar de todo ello, me exhortaba vivamente a no salir de mi refugio. Finalmente, ocurrió esta última desgracia, le escribí para avisarle, alegué un viaje indispensable al extranjero, una herencia esencial que recoger, todos mis recursos fueron en vano y el ministro nombró a otra persona para mi puesto.

He aquí, mi querida Aline, las crueles razones que motivan el reproche poco merecido que me hace su padre, reproche tanto más injusto cuanto que ignora las razones que me obligan a aceptarlo. ¿Hay en esta desgracia algo que pueda hacerme perder su estima o que pueda alejarme de la suya? Me atrevo a dudarlo.

Transcurridos dos años de exilio voluntario, creí poder acercarme a mis bienes y partí hacia Languedoc; pero, ¡ay!, ¿qué encontré? Casas demolidas, derechos usurpados, tierras incultas, granjas sin administradores y, por todas partes, desorden, miseria y ruina. Dos mil escudos de renta fue todo lo que pude recaudar de los cuatro fondos que antes valían más de cincuenta mil libras anuales. Tuve que conformarme y arriesgarme a reaparecer por fin. Lo hice sin ningún riesgo, y cada día es más probable que nunca me persigan por este duelo. Pero esta terrible catástrofe quedará grabada con sangre en mi corazón durante toda mi vida. Mi empleo no es menos seguro, mis bienes no están menos devastados... todos mis amigos no están menos perdidos... ¡Desgraciado soy! ¿Es que después de tantos reveses me atrevo a pretender la divinidad que adoro? Aline, olvídame... abandóname... despreciame... no veas en tu amante más que a un temerario indigno de los deseos que se atreve a albergar. Pero si me tiendes una mano amiga, si corresponderás de alguna manera al sentimiento que ardo por ti, no juzgues mi corazón por los defectos de mi juventud; y no temas la inconstancia en la que has encendido las llamas del amor. Es tan imposible dejar de amarte como resistirse a ti; mi alma, transformada únicamente por las impresiones de tus rasgos, ya no puede escapar a su imperio, y antes me arrancarían mil veces la vida que destruirían mi amor. Espero mi sentencia y mi perdón. Aline, Aline, lo espero todo de tu piedad.

SEXTA CARTA.

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Aline a Valcour.

15 de junio.

¡Oh, amigo mío! ¡Cuánto me conmueven tus confesiones! ¡Cuánto aprecio tu constancia!… Yo, abandonarte… ¡abandonarte, cruel!… ¡Ah! Cuanto más infeliz has sido, más se entrega mi alma al placer de amarte. Soy yo, amigo mío, soy yo a quien el cielo ha elegido para aliviar tus males; es por mi mano que todos ellos se calmarán… ¡Ah, Valcour! ¡Cuánto te aprecio desde que conozco tu desgracia! No es que no tengas algunas culpas, pero las sientes tan vivamente que no puedo reprochártelas. Has sido débil... has sido inconstante, quizá incluso seductor; pero has sido valiente y noble, todos esos reveses te han sumido en un abismo del que mi ternura y los cuidados de mi madre quieren sacarte a toda costa... No, no estoy celosa de Adelaida, la compadezco con toda mi alma, me interesa mucho. Pero ya no temo que reine en el suyo, y soy lo suficientemente orgullosa como para estar segura de ocuparlo por completo.

Su carta ha hecho llorar a mi madre... Ella le envía un beso... Está muy contenta de saber lo que le concierne... Y sin comprometerle en nada, al menos tendrá, según ella, armas para defenderle; tenga por seguro que las utilizará.

Solo le escribo unas palabras. Nos vamos, escríbanos a principios del mes que viene.

Escriba sus cartas de manera que puedan leerse en voz alta. Sin embargo, no le prohíbo que de vez en cuando incluya una pequeña nota para mí, en la que solo me hable de los sentimientos que nos halagan; mi madre, que conoce sus intenciones y las aprueba, me entregará fielmente esas notas. Si tiene algo más secreto que decirme, se lo dirá a Julie, esa chica que me sirve desde su infancia y que, según ella, le quiere como si fuera a convertirse en su amo algún día. ¿Sería eso posible, amigo mío? No lo sé, pero tengo presentimientos que a veces me consuelan con su deliciosa ilusión de las penas de la realidad.

Nos llevamos a Folichon2. ¿Cómo no voy a quererlo, si lo ha criado usted? Este encantador animal lo quiere tanto que cada vez que le anuncian, parece que la esperanza y la alegría animan sus rasgos; y cuando su error se disipa, vuelve a dormirse en mi regazo con un gran suspiro, que me hace besarlo mil veces.

Nota

2 Pequeño spaniel de la especie más rara, que Valcour había regalado a Aline. Lo había adiestrado para que le llevara a su ama un cuenco que contenía una nota: Aline lo recibía y le daba otro igualmente lleno de una nota que el spaniel le llevaba a su amo con la misma fidelidad. Se escribieron así durante dos años, ocultando este inocente engaño gracias a la habilidad y la sobriedad del perrito, que llevaba y traía sin dañar en absoluto un objeto que debía estimular tanto su glotonería.

SÉPTIMA CARTA

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Déterville a Valcour.

París, 17 de junio.