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"Justine, o los infortunios de la virtud" es una obra fundamental del Marqués de Sade, publicada en 1791, que aborda la dualidad entre la moralidad y la corrupción a través de la historia trágica de Justine, una joven que intenta mantener su virtud en un mundo que la castiga por ello. Este relato, escrito en un estilo provocador y detallado, revela la hipocresía de una sociedad donde las virtudes se ven denigradas, mientras que el vicio prospera. Sade presenta un contexto literario que desdibuja las fronteras entre la ética y la estética, utilizando el arte de la narración para poner en tela de juicio las convenciones morales de su tiempo, convirtiendo a la obra en un hito del pensamiento libertino y una crítica feroz a la moral establecida. Donatien Alphonse François, conocido como el Marqués de Sade, fue un aristócrata, filósofo y escritor cuya vida estuvo marcada por el encarcelamiento y la controversia debido a sus ideas radicales sobre la sexualidad y la moral. Su experiencia personal y su desafiante filosofía contribuyeron decisivamente a la creación de "Justine", enfocada en la exploración de los límites del deseo humano y la crueldad social. Sade, a través de su narrativa, establece un puente entre la filosofía y la literatura, ofreciendo una perspectiva que sigue siendo relevante en la discusión sobre el poder, la ética y el sufrimiento. Recomiendo encarecidamente "Justine, o los infortunios de la virtud" a cualquier lector interesado en la exploración de los dilemas morales y la naturaleza del deseo humano. La obra no solo desafía las convenciones sociales, sino que también invita a una reflexión profunda sobre la condición humana. Su lectura puede ser incómoda, pero es esencial para quienes buscan entender la complejidad de los instintos y las contradicciones inherentes a la moralidad. En esta edición enriquecida, hemos creado cuidadosamente un valor añadido para tu experiencia de lectura: - Una Introducción sucinta sitúa el atractivo atemporal de la obra y sus temas. - La Sinopsis describe la trama principal, destacando los hechos clave sin revelar giros críticos. - Un Contexto Histórico detallado te sumerge en los acontecimientos e influencias de la época que dieron forma a la escritura. - Una Biografía del Autor revela hitos en la vida del autor, arrojando luz sobre las reflexiones personales detrás del texto. - Un Análisis exhaustivo examina símbolos, motivos y la evolución de los personajes para descubrir significados profundos. - Preguntas de reflexión te invitan a involucrarte personalmente con los mensajes de la obra, conectándolos con la vida moderna. - Citas memorables seleccionadas resaltan momentos de brillantez literaria. - Notas de pie de página interactivas aclaran referencias inusuales, alusiones históricas y expresiones arcaicas para una lectura más fluida e enriquecedora.
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Veröffentlichungsjahr: 2023
Una joven camina con la virtud por única lámpara, y el mundo decide apagarla a cada paso. En ese choque entre inocencia y poder, entre la obstinación ética y el orden social que la hostiga, se cifra la tensión que atraviesa Justine, o los infortunios de la virtud. Lejos de cualquier complacencia, la novela plantea una pregunta frontal: qué ocurre cuando la moral se sostiene sin concesiones en un paisaje dominado por el interés, la violencia y la hipocresía. Su lectura no brinda consuelo fácil; propone, en cambio, una travesía por los límites de la experiencia humana y de la imaginación literaria.
Este libro posee estatus de clásico no por el escándalo que suscitó, sino por la persistencia con que obliga a reconsiderar las alianzas entre deseo, ley y moral. Su audacia formal y conceptual amplió el perímetro de lo decible en la narrativa europea, dejando una huella que llega hasta el siglo XX y XXI. Obras que interrogan la autoridad, la subjetividad o la construcción de la sexualidad han dialogado con su legado, ya sea para replicarlo o para refutarlo. Justine permanece, así, como un laboratorio de ideas y una máquina de lectura que rehúsa agotarse en una sola interpretación.
Su autor, Donatien-Alphonse-François, marqués de Sade (1740-1814), escribió buena parte de su obra en reclusión. En 1787, durante su encarcelamiento, compuso una primera versión abreviada titulada Las infortunios de la virtud. En 1791 apareció, publicada de forma anónima, la versión conocida como Justine, o los infortunios de la virtud. Más tarde, en 1797, desarrolló una expansión ambiciosa en La Nouvelle Justine, acompañada por la historia complementaria de Juliette. Ese itinerario de escritura y reescritura no solo muestra la obstinación del autor, sino un proyecto literario que se afina a través de variaciones sobre un núcleo moral.
La fortuna editorial de Justine estuvo marcada desde el inicio por la controversia. La edición de 1791 circuló en un clima de vigilancia moral y política, y la ampliación de 1797 intensificó la reacción pública y judicial. A comienzos del siglo XIX, el régimen napoleónico emprendió acciones contra publicaciones vinculadas a Sade, lo que contribuyó a consolidar su leyenda de autor proscrito. Este trasfondo no es un mero dato biográfico: ilumina la relación entre la obra y las instituciones que pretende interpelar, así como el modo en que la literatura, al explorar sus límites, expone también los límites de la censura.
La premisa central es deliberadamente simple y poderosa. Justine, joven de origen vulnerable, elige la virtud como guía inquebrantable en un entorno donde la fuerza, el cálculo y la simulación rigen las relaciones humanas. A partir de esa elección, su itinerario se despliega en episodios concatenados que la enfrentan con personajes e instituciones dispuestos a explotar su candor. Estos encuentros, más que servir a una intriga de misterio, se convierten en escenarios para debates filosóficos y morales. La novela, así, combina relato de peripecias con examen metódico de la ética, sin revelar en ello ningún desenlace ulterior.
En el plano formal, la obra alterna el movimiento de una narración casi picaresca con extensos razonamientos donde los antagonistas defienden sus doctrinas. Esos discursos, lejos de interrumpir el relato, establecen un contrapunto que permite medir la distancia entre principios y prácticas. La repetición de situaciones, el diseño de pruebas cada vez más extremas y la ironía que tiñe muchas escenas funcionan como mecanismos retóricos para tensar el dilema central. El resultado es un artefacto narrativo que incomoda por su coherencia: la lógica interna de los personajes erotiza, racionaliza y vacía de coartadas la violencia del poder.
En la tradición literaria, Justine dialoga con el libertinaje dieciochesco y con el conte philosophique, al tiempo que subvierte el relato moral ejemplar. Si en la novela epistolar o en ciertas fábulas ilustradas la virtud se ve finalmente recompensada, aquí el experimento reside en llevar esa expectativa al borde del colapso. La obra recoge procedimientos del relato itinerante y del estudio de caracteres, pero los somete a una presión implacable. Sade hereda recursos de la Ilustración y los torsiona para mostrar el reverso de la pedagogía moral: cómo la razón puede servir tanto a la emancipación como a la dominación.
Los temas que se despliegan son múltiples y persistentes. La obra indaga la relación entre libertad y ley, la economía del cuerpo y el deseo, el papel de las instituciones religiosas y jurídicas en la administración de la culpa, y la pregunta filosófica por el mal. También explora la fragilidad del consentimiento bajo asimetrías de poder, la complicidad social con el abuso y la retórica con que la autoridad se legitima a sí misma. La virtud de Justine, puesta a prueba con metódica insistencia, se convierte en un prisma desde el cual observar el engranaje moral y político de su época, y, por extensión, el nuestro.
La recepción de Justine ha oscilado entre la condena y la reivindicación crítica. A partir del siglo XX, figuras literarias y artísticas releyeron a Sade como un punto de inflexión en la imaginación moderna. Vanguardias y pensadores de distintas corrientes examinaron su obra para discutir la relación entre transgresión y libertad, entre discurso y poder. Ensayos influyentes devolvieron a Sade al centro del debate intelectual, estudiando su retórica, su política del cuerpo y su cuestionamiento de la moral convencional. Ese arco de lecturas contribuyó a consolidar el carácter clásico del libro: un texto que convoca respuestas encontradas y duraderas.
El impacto de Justine también se percibe en su huella sobre la teoría literaria y filosófica contemporánea. Estudios sobre la narración del deseo, análisis del discurso y genealogías de la sexualidad han encontrado en Sade un interlocutor ineludible, ya sea para desmontar sus premisas o para pensar con ellas. Su influencia es reconocible en la reflexión sobre la violencia simbólica, la performatividad de la ley y las formas de control social. Esta presencia, a menudo polémica, confirma que la novela no pertenece solo a su siglo: sigue modelando preguntas sobre la libertad, la responsabilidad y los límites del arte.
Existen varias redacciones y expansiones de la historia, lo que convierte a Justine en un caso editorial particular. La versión publicada en 1791 y las reelaboraciones posteriores muestran cómo Sade ajusta y amplifica estrategias narrativas y argumentativas. Leer Justine con atención a esas capas ayuda a apreciar la economía de su construcción: cómo un mismo motivo retorna con variaciones que intensifican su alcance filosófico. Esta edición en español, con texto completo e índice activo, facilita la navegación por episodios y secciones, permitiendo contrastar pasajes y seguir con precisión los hilos temáticos que vertebran la obra.
Conviene aproximarse a la novela con doble disposición: sensibilidad literaria y espíritu crítico. La intensidad de sus escenas exige considerar no solo lo que se cuenta, sino la forma en que se organiza el discurso y el efecto que persigue. Leída así, Justine revela una arquitectura calculada, donde el exceso no es arbitrariedad, sino método. Interrogar quién habla, desde qué poder y con qué fines, ilumina la lógica del conjunto. La recompensa de esta lectura es una comprensión más plena del modo en que la ficción puede pensar, con su propio rigor, asuntos que desbordan la moral común y la filosofía académica. Finalmente, su vigencia se prueba en la actualidad de sus preguntas. En una época que discute la legitimidad de las normas, la violencia institucional y los límites de la libertad de expresión, Justine ofrece un espejo incómodo y productivo. Su atractivo duradero no descansa en el morbo, sino en la lucidez con que articula conflicto, deseo y razón. La obra convoca al lector a reconocer zonas grises que la retórica pública prefiere omitir, y a sostener la mirada allí donde el poder y la virtud se miden sin promesas de redención.
Justine, o los infortunios de la virtud, del Marqués de Sade, apareció por primera vez en 1791, en la Francia convulsa de finales del siglo XVIII. La obra adopta la forma de un relato enmarcado: una joven narra su historia a una dama mundana, alternando episodios de peripecia con discusiones filosóficas sobre naturaleza, moral y ley. El hilo conductor examina si la virtud, practicada con rigor, puede sostenerse en un mundo donde el poder y el deseo imponen sus reglas. El tono oscila entre la novela picaresca, la sátira institucional y la disputa ilustrada, proponiendo un laboratorio narrativo de argumentos y pruebas morales.
La narración se abre con la orfandad de dos hermanas que, frente a la adversidad, eligen caminos opuestos: una abraza el cálculo interesado de la supervivencia y la otra, Justine, persevera en la virtud. Decidida a ganarse la vida honradamente, busca empleo y tutela respetable, pero pronto descubre que su inocencia la expone al oportunismo. Un primer fiasco con protectores que aparentan integridad la deja sin recursos y bajo sospecha. Este arranque fija la lógica del libro: la candidez de la protagonista no la blinda, sino que la vuelve vulnerable en un ambiente social regido por jerarquías, apetitos y máscaras.
A medida que intenta estabilizarse, Justine topa con libertinos que someten la moral a un cálculo de placer y poder. Le ofrecen seguridad a cambio de complicidad en faltas que ella rechaza, lo que desencadena represalias y nuevos destierros. La obra intercala persecuciones, encierros y fugas con diálogos donde se contraponen un hedonismo naturalista y la defensa de la virtud como deber absoluto. Sade hace que los antagonistas articulen sistemas, no simples caprichos: justifican el egoísmo como ley de la naturaleza, mientras Justine insiste en la dignidad y la esperanza de una justicia que la experiencia no confirma.
Convencida de que un refugio religioso la amparará, Justine busca asilo en instituciones piadosas. La promesa de caridad cede ante la descripción de rutinas duras y una hipocresía que invierte los valores proclamados. Le exigen obediencia mientras se toleran abusos y se acallan denuncias. La protagonista enfrenta la paradoja de hallar menos compasión donde más se predica. Estos episodios no se recrean en lo escabroso, pero dejan claro el propósito crítico: interrogar la distancia entre norma y práctica. Una huida arriesgada reafirma la fe de Justine, aun cuando la realidad parezca desmentir sus convicciones.
En la ciudad, Justine cae en redes de beneficencia aparente que funcionan como tapaderas de explotación. Allí, la fragilidad legal de una joven sin respaldo social se vuelve motivo de chantaje. Un conflicto deriva en proceso judicial, y el tribunal, más atento a las apariencias que a los hechos, se inclina contra ella. La cárcel, presentada como lugar de corrección, reproduce desigualdades: el dinero y el rango suavizan penas, la pobreza las endurece. Sade utiliza estas escenas para exhibir los engranajes de una justicia formal que, aplicada sin equidad, confunde inocencia y culpa y convierte la virtud en coartada ajena.
Fuera de los muros, la errancia reanuda su curso. Justine es capturada por gentes que viven al margen de la ley, y el relato se desplaza a entornos rurales y casas señoriales donde impera la fuerza del anfitrión. Los discursos justificatorios se afinan: se invocan la necesidad, el placer, el determinismo y hasta una ciencia mal entendida para legitimar el dominio. En medio de amenazas, la protagonista plantea objeciones morales, intentando conmover a sus captores o despertar algún resquicio de compasión. Aparecen oportunidades de rescate y alianzas frágiles que, por cálculo o miedo, suelen quebrarse en el último momento.
Uno de los tramos más incisivos presenta a un hombre de ciencia que envuelve su crueldad en un discurso experimental. Sade explora así los excesos de una razón desatada de límites éticos: el cuerpo tratado como objeto, la voluntad reducida a estímulos. La protagonista, debilitada pero firme en su idea del bien, sostiene que sin principios la inteligencia deviene instrumento de abuso. Un personaje subalterno ofrece ayuda furtiva, recordando que la piedad existe, aunque precaria. La forma confesional del relato regresa aquí con fuerza: lo contado se dirige a una oyente escéptica, que toma nota tanto de los hechos como de sus justificaciones.
Hacia el tramo final, las peripecias se aceleran: estancias breves como criada o acompañante, promesas de protección que encubren conveniencias, y reencuentros con tipos sociales ya vistos bajo otras máscaras. La tensión principal madura: ¿puede la virtud sostenerse sin recompensa visible? La narración subraya el contraste con otra mujer, modelo de adaptación pragmática que prospera en los mismos espacios donde Justine sucumbe. Sin agotar el misterio, el texto prepara una conclusión acorde con su experimento filosófico: llevar al extremo la prueba de la virtud en un mundo que parece negarla, sin conceder todavía respuesta definitiva.
La obra no ofrece moralejas fáciles. En cambio, somete a debate la relación entre providencia y azar, mérito y fortuna, ley y poder, y exhibe la plasticidad del discurso para encubrir intereses. Su recepción histórica, marcada por prohibiciones y escándalo, atestigua el filo con que interpela instituciones y sensibilidades. Sin revelar desenlaces, puede afirmarse que Sade construye una máquina narrativa para preguntar qué sucede cuando la virtud no produce beneficios tangibles. Justine permanece vigente como ensayo novelesco sobre el abuso, la hipocresía y la suerte moral, invitando a leer críticamente los pactos sociales que dicen protegernos.
Justine, o los infortunios de la virtud se gesta y circula en el clima convulso de la Francia de fines del siglo XVIII. El escenario institucional es el del Antiguo Régimen aún dominante en los años de composición: monarquía de derecho divino, Iglesia católica como poder moral y económico, y una justicia costosa y corporativa articulada en torno a los parlamentos. La sociedad estamental —nobleza, clero y tercer estado— sigue marcando jerarquías, al tiempo que las ciudades crecen y París concentra riqueza, miseria y vigilancia policial. En ese marco, la novela explora fricciones entre virtud proclamada y prácticas reales de poder, riqueza y deseo.
Donatien Alphonse François, marqués de Sade (1740-1814), aristócrata y militar de juventud, vivió entre privilegios y persecuciones. Sus escándalos sexuales y conflictos con la ley —que involucraron a criados, prostitutas y familiares— derivaron en “lettres de cachet” que autorizaron encarcelamientos sin juicio. Recluso en distintas prisiones desde 1777, su experiencia de encierro fue decisiva para su escritura. La tensión entre nobleza y autoridad monárquica, la arbitrariedad penal y el papel de la familia y de la Iglesia en la disciplina social, nutren su visión crítica. Sade convirtió el confinamiento en espacio de producción literaria y filosófica.
En 1787, encarcelado en la Bastilla tras un periodo en Vincennes, Sade redactó una primera versión breve: Les Infortunes de la vertu. Traslado forzoso a Charenton el 4 de julio de 1789 —poco antes de la toma de la Bastilla— lo salvó del saqueo del 14 de julio. En la nueva coyuntura revolucionaria, revisó y amplió el texto hasta Justine, ou les Malheurs de la vertu, publicada de forma anónima en 1791. Más tarde, a fines de la década, aparecieron versiones aumentadas. La génesis carcelaria, la inmediatez estilística y el cruce entre ficción y alegato filosófico forman parte de su ADN histórico.
La publicación de 1791 se beneficia de un breve interludio de libertad de imprenta tras 1789. La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y la caída de la censura previa permitieron una explosión editorial. Sin embargo, subsistieron controles por vía judicial y policial, especialmente sobre obras consideradas licenciosas o blasfemas. Por ello, Justine circuló anónima, con pie de imprenta fingido y mediante redes clandestinas. El anonimato es menos un capricho que un dispositivo de supervivencia en un mercado inestable y vigilado, donde el contenido erótico y anticlerical podía acarrear secuestros y procesos.
Antes de 1789, el comercio del libro estuvo fuertemente regulado por licencias reales, censura e inspecciones. La represión alimentó un circuito paralelo de libreros y tipógrafos en la frontera —Suiza, los Países Bajos, el Rin— que abastecía a Francia de filosofía prohibida, pornografía y panfletos. Catálogos como los de Neuchâtel muestran la mezcla de ciencia, sátira y erotismo que armó el gusto del público. Sade hereda y empuja ese borde: su obra participa de una cultura material hecha de ediciones falsas, tiradas pequeñas y venta discreta, donde el riesgo jurídico era parte del costo de producción.
Sade se inscribe en la tradición libertina del siglo XVIII, heredera de Crébillon fils y de relatos de seducción como los de Laclos (1782). El libertinaje literario debate la moral sexual como campo de poder y conocimiento. A la vez, novelas que interrogan la vida conventual —como La Religieuse, de Diderot, escrita en los años 1760 y publicada en 1796— habían preparado un ambiente crítico respecto de las instituciones religiosas. Sade radicaliza el registro: su ficción no solo exhibe prácticas escandalosas, sino que las enlaza con tesis filosóficas sobre la naturaleza, el interés y la ley, desafiando las bases morales de la sociedad.
La Ilustración materialista ofrece un trasfondo intelectual clave. Autores como La Mettrie y d’Holbach (Sistema de la naturaleza, 1770) sostuvieron una visión naturalista del mundo que cuestionaba el alma inmortal y la moral revelada. Sade dialoga con ese horizonte: sus personajes discuten causalidad, deseo y utilidad, y someten la virtud a un examen de consecuencias más que de principios. La tensión con el sentimentalismo rousseauniano —que confiaba en la bondad natural— atraviesa la obra. Justine invierte la expectativa edificante: muestra la fragilidad de una virtud sin respaldo efectivo de instituciones justas ni de redes de protección.
El sistema jurídico del Antiguo Régimen, caro, lento y desigual, alimentaba sospechas de compra de favores y de venalidad de cargos. La práctica de la tortura fue restringida en reformas de la década de 1770 y casi suprimida hacia 1788, pero el recuerdo de su uso marcó la imaginación penal. Las lettres de cachet, que Sade padeció, simbolizaban la arbitrariedad monárquica. Justine refleja este contexto cuando representa cadenas de abuso donde jueces, carceleros o funcionarios aparecen como actores de un poder sin control, y cuando sugiere que la justicia, más que corregir, reproduce desigualdades y protege intereses establecidos.
Las instituciones religiosas, con la expulsión de los jesuitas (1773) y disputas entre galicanos y ultramontanos, vivían un proceso de cuestionamiento. Después de 1789, la Constitución Civil del Clero (1790) exigió juramentos que fracturaron parroquias y conciencias. La ola de descristianización (1793-1794) y la secularización de bienes eclesiásticos alteraron el paisaje social. El anticlericalismo literario tenía, pues, resonancias políticas directas. Justine, al presentar clérigos poderosos como agentes de hipocresía o violencia, participa de un debate vivo sobre la legitimidad del poder espiritual y su entrelazamiento con riqueza y dominación.
La condición femenina bajo el Antiguo Régimen combinaba tutela legal masculina, dependencia económica y escasas vías de reparación. El matrimonio, la dote, el servicio doméstico y el convento estructuraban horizontes de vida. La policía parisina regulaba la prostitución y vigilaba a “mujeres públicas” y sirvientas, en una ciudad cruzada por el riesgo de deshonra. Este trasfondo hace verosímiles las pruebas de una joven sin redes de protección. La novela explora cómo la vulnerabilidad jurídica y material se vuelve oportunidad para el abuso, señalando la distancia entre discursos de virtud y mecanismos reales de subsistencia y control.
La década de 1780 fue de crisis fiscal y alimentaria. La gran helada de 1788-1789 disparó el precio del pan, tensando la vida urbana y multiplicando la mendicidad. Los hospitales generales y casas de trabajo, con lógicas disciplinarias, canalizaban a pobres y “desviados”. Sade conocía ese mundo de instituciones de custodia. El itinerario de infortunios que sufre la protagonista se apoya en ese tejido de pobreza, caridad forzada y castigo ejemplar, donde el socorro es a menudo condicional y la benevolencia, un instrumento de jerarquía. La miseria no solo degrada: sirve de coartada para reforzar dependencias.
La Revolución introdujo una retórica de virtud cívica que llegó a su clímax durante el Terror (1793-1794). La asociación entre virtud y vigilancia —la idea de que la pureza pública se asegura con medidas excepcionales— marcó el lenguaje político. Sade, que ocupó cargos menores en su sección parisina y fue encarcelado durante el Terror, escapó por poco a la guillotina y fue liberado tras Termidor (1794). La obra resuena con ese clima al interrogar la eficacia de la virtud en un mundo gobernado por la fuerza del interés y por instituciones que pueden volverse, ellas mismas, máquinas de opresión.
La edición de 1791 de Justine emergió en medio de una prensa efervescente, pero su recepción oficial fue problemática. En el Directorio (1795-1799), Sade preparó versiones extensas: La Nouvelle Justine (1797) y, en paralelo, la saga de Juliette. Estas ampliaciones, más filosóficas y crudas, circularon de modo clandestino. El mercado respondía a la demanda de textos sensacionales y a la curiosidad por las “filosofías” prohibidas. A la vez, la inestabilidad política fomentó nuevas campañas morales que reposicionaron a la policía como árbitro del límite entre literatura y delito.
El Consulado (desde 1799) y el posterior Imperio napoleónico reimpusieron disciplina cultural. El ministro de Policía, Joseph Fouché, dirigió una ofensiva contra escritos “inmorales”. En 1801, Sade fue arrestado por sus obras, entre ellas Justine y Juliette, y pasó por Sainte-Pélagie y Bicêtre antes de ser internado en Charenton (1803), donde moriría en 1814. La persecución subraya el carácter político de la moral pública: no se trataba solo de obscenidad, sino de un desafío a la autoridad religiosa y civil, cuando el régimen buscaba restaurar orden y respetabilidad tras años de convulsión.
Los cambios legales revolucionarios afectaron la moral sexual. El Código Penal de 1791 eliminó delitos como la sodomía entre adultos consentidores, un giro notable respecto del Antiguo Régimen. Sin embargo, la policía de costumbres siguió regulando el espacio público, el escándalo y la prostitución. Esta ambivalencia —despenalización formal y control administrativo— enmarca la lectura de Justine: el texto explora transgresiones que el nuevo orden no perseguía siempre como crimen, pero sí como amenaza al decoro y a la autoridad, especialmente cuando las transgresiones desnudaban la hipocresía de quienes ejercían el poder.
La cultura impresa vivía una expansión: alfabetización creciente en ciudades, gabinetes de lectura, bibliotecas circulantes y una economía editorial que mezclaba folletines sentimentales, “romans noirs” y tratados filosóficos. La novela de ideas, la gótica y la sentimental compartían motivos de cautiverio, persecución y virtud acosada. Sade reconfigura esos materiales: convierte el motivo de la doncella perseguida en laboratorio filosófico sobre ley y deseo. En un ecosistema donde el soporte material —ediciones modestas, cuadernillos fáciles de ocultar— facilitaba la clandestinidad, Justine encontró tanto lectores curiosos como enemigos vigilantes.
Aunque Sade escribió en reclusión y afrontó confiscaciones, su imaginación dialoga con cambios tecnológicos modestos (mejoras tipográficas, tiradas más ágiles) y con redes comerciales flexibles. Libreros y colporteurs conectaban París con provincias y fronteras. El pie de imprenta falso y la edición anónima fueron técnicas habituales para eludir responsabilidades penales. En ese ambiente, la figura del autor se vuelve paradójica: visible por el escándalo, invisible en la página. Justine es también un objeto histórico: su materialidad —el modo en que circula y se protege— forma parte de su significado político y moral en la época que la produjo.
Donatien Alphonse François, conocido como el Marqués de Sade (1740–1814), fue un noble y escritor francés cuya obra, situada entre el ocaso del Antiguo Régimen, la Revolución y el Imperio, redefinió los límites entre filosofía, literatura y erotismo. Sus narraciones y diálogos radicales dieron nombre al “sadismo” y lo convirtieron en figura central de los debates sobre libertad, violencia y ley. Perseguido y censurado en vida, pasó largos periodos encarcelado, experiencia que marcó su escritura. Más allá del escándalo, su pensamiento dialoga con la Ilustración y la cuestiona, proponiendo una antropología materialista que confronta religión, moral y poder.
Formado en instituciones jesuitas en París —un aprendizaje clásico que incluía retórica, latín y teatro—, Sade sirvió en el ejército francés durante la Guerra de los Siete Años antes de dedicarse plenamente a la vida cortesana y al teatro. Su horizonte intelectual fue el de la Ilustración tardía: leyó a materialistas y deístas, y asimiló la tradición libertina europea, además de la dramaturgia clásica francesa. Estas corrientes, junto con una sensibilidad satírica, alimentaron su proyecto de novelas y diálogos filosóficos. La cultura de salón, el debate enciclopedista y la circulación clandestina de textos eróticos moldearon su estilo y la forma de su intervención literaria.
Desde la década de 1760, Sade se vio envuelto en escándalos que lo enfrentaron a autoridades judiciales y eclesiásticas. Diversos episodios con prostitutas y denuncias de blasfemia, violencia y envenenamiento provocaron órdenes de arresto y medidas de reclusión administrativa mediante lettres de cachet. Tras periodos de huida y retorno, fue encarcelado en Vincennes y luego en la Bastilla. En ese entorno redactó parte de su obra más extrema, incluida la primera versión de Les 120 Journées de Sodome, escrita en un célebre rollo, manuscrito recuperado a inicios del siglo XX. La condena en rebeldía en Provenza y la vigilancia constante marcaron su trayectoria hasta la Revolución.
Tras ser trasladado de la Bastilla a Charenton poco antes de 1789 y liberado con los cambios políticos, publicó Justine (1791), novela filosófica que fijó su reputación. En los años del Directorio aparecieron Aline et Valcour (1795), diálogo epistolar de tono político y colonial, y La Philosophie dans le boudoir (1795), manual satírico y pornográfico que articula su materialismo antirreligioso. La ampliación de Justine y la serie complementaria de Histoire de Juliette circularon de manera clandestina a finales de la década. Paralelamente, difundió relatos y tragedias en Les Crimes de l’amour (1800) y llevó al escenario Oxtiern, ou les Malheurs du libertinage.
Durante la Revolución participó en la vida local de París, ocupando cargos menores de sección y redactando textos de coyuntura con tono más bien moderado. Aun así, fue encarcelado durante el Terror y liberado tras la caída de Robespierre. Con el Consulado, la represión de la literatura “licenciosa” lo alcanzó nuevamente: en 1801 fue detenido por publicaciones consideradas obscenas y, tras pasar por prisiones y hospitales, quedó internado en Charenton. Allí escribió y montó piezas teatrales bajo la supervisión del director del asilo, en un régimen de relativa libertad creativa que produjo sus últimas obras escénicas y revisiones de manuscritos.
Su pensamiento combina un materialismo radical con el análisis de la economía del deseo y del poder. Los diálogos de alcoba, las descripciones extremas y la retórica de la demostración buscan desmontar los fundamentos de la moral teológica, cuestionar el contrato social y exponer la violencia de las instituciones. La obscenidad funciona, en su proyecto, como instrumento filosófico. Recurre a la hipérbole, la casuística y la alegoría para examinar soberanía individual, crueldad, castigo y ley. Esta tensión entre herencia ilustrada y voluntad de transgresión sitúa su obra en un territorio singular, que la crítica ha leído como desafío a la cultura europea.
Sade murió en 1814 en Charenton. Su obra circuló durante el siglo XIX bajo censura y ediciones clandestinas, hasta su recuperación crítica a inicios del XX por Guillaume Apollinaire y, más tarde, por las vanguardias y la teoría: surrealistas, Georges Bataille, Pierre Klossowski, Simone de Beauvoir, Roland Barthes y Michel Foucault, entre otros. El término “sadismo” fijó su nombre en el léxico, pero la recepción contemporánea subraya la dimensión filosófica y política de su literatura. Hoy su legado atraviesa debates sobre libertad de expresión, pornografía, violencia y límites de la representación, y mantiene vigencia en estudios literarios, filosóficos y culturales.
A mi buena amiga
Sí, Constance, a ti dirijo esta obra; a la vez el ejemplo y el honor de tu sexo, sumando al alma más sensible la mente más justa y la mejor iluminada, sólo a ti corresponde conocer la dulzura de las lágrimas que arranca la Virtud infortunada. Detestando los sofismas del libertinaje y de la irreligión, combatiéndolos incesantemente con tus actos y tus discursos, no temo en absoluto para ti los que ha necesitado en estas memorias el tipo de personajes trazados; el cinismo de algunas plumas (suavizadas sin embargo lo más posible) no te horrorizará más; es el Vicio el que, gimiendo por ser desvelado, se escandaliza así que se le ataca. El proceso de Tartufo fue incoado por unos santurrones; el de Justine será obra de los libertinos. Me inspiran escaso temor: mis razones, desveladas por ti, no serán condenadas; tu opinión basta para mi gloria, y debo, después de haberte gustado, o gustar a todo el mundo, o consolarme de todas las censuras.
La intención de esta novela (no tan novela como parece) es nueva sin duda; el ascendiente de la Virtud sobre el Vicio, la recompensa del bien, el castigo del mal, suele ser el desarrollo normal de todas las obras de este tipo; ¿no es algo demasiado manido?
Pero ofrecer por doquier el Vicio triunfante y la Virtud víctima de sus sacrificios; mostrar a una desdichada yendo de infortunio en infortunio; juguete de la mal dad; peto de todos los excesos; blanco de los gustos más bárbaros y más monstruosos; aturdida por los sofismas mas osados, más retorcidos; víctima de las seducciones más arteras, de los sobornos más irresistibles; teniendo únicamente para oponer a tantos reveses, a tantos males, para rechazar tanta corrupción, un espíritu sensible, una inteligencia natural y mucho valor; arrostrar en una palabra las pinturas más atrevidas, las situaciones más extraordinarias, las máximas más espantosas, las pinceladas más enérgicas, con la única intención de obtener de todo ello una de las más sublimes lecciones de moral que el hombre haya recibido: convendremos que era llegar al objetivo por un camino poco transitado hasta ahora.
¿Lo habré conseguido, Constance? ¿Provocará una lágrima de tus ojos mi triunfo? En una palabra, después de haber leído Justine, dirás: «¡Oh, cuán orgullosa de amar la Virtud me siento con estos cuadros del Crimen! ¡Cuán sublime es en las lágrimas! ¡Cómo la embellecen los infortunios!». ¡Oh, Constance! Que se te escapen estas palabras, y mis trabajos serán coronados.
EXPLICACION DE LA ESTAMPA
La Virtud, entre la Lujuria y la Irreligión. A su izquierda está la Lujuria, bajo la figura de un joven cuya pierna rodea una serpiente, símbolo del autor de nuestros males; aparta con una mano el velo del Pudor, que protegía a la Virtud de las miradas de los profanos, y con la otra, así como con su pie derecho, dirige la caída en la que quiere hacerla sucumbir. A la derecha está la Irreligión que retiene con fuerza uno de los brazos de la Virtud, mientras que con mano pérfida saca una serpiente de su seno para envenenarla. El abismo del Crimen se entreabre bajo sus pasos. La Virtud, siempre dueña de su conciencia, alza la mirada al Eterno, y parece decir:
¡Quién sabe, cuando el Cielo nos hiere con sus golpes, si la mayor desgracia no es un bien para nosotros!
Edipo en casa de Admeto
¡Oh amigo mío! La prosperidad del Crimen es como el rayo, cuyos resplandores engañosos sólo embellecen un instante la atmósfera para precipitar en los abismos de la muerte al desdichado que han deslumbrado.
La obra maestra de la filosofía sería desarrollar los medios de que se sirve la Providencia[1] para alcanzar los fines que se propone sobre el hombre, y trazar, a partir de ahí, unos planes de conducta que puedan hacer conocer a ese desdichado individuo bípedo el modo en que debe avanzar en la espinosa carrera de la vida a fin de prevenir los caprichos extravagantes de esta fatalidad a la que se dan veinte nombres diferentes, sin haber llegado todavía a conocerla ni a definirla.
Si, llenos de respeto por nuestras convenciones sociales, y sin apartarnos jamás de los diques que nos imponen, ocurre, aun así, que sólo encontramos zarzas cuando los malvados sólo recogen rosas, personas carentes de un fondo de virtudes lo bastante probado como para superar tales observaciones ¿no considerarán entonces que es preferible abandonarse al torrente que resistirlo? ¿No dirán que la virtud, por hermosa que sea, se vuelve sin embargo el peor partido que pueda tomarse, si resulta demasiado débil para luchar contra el vacío, y que, en un siglo totalmente corrompido, lo más seguro es actuar como los demás? Algo más instruidos, si se quiere, y abusando de las luces que han adquirido, ¿no dirán con el ángel Jesrad, de Zadig[2], que no hay mal que por bien no venga, y que pueden, a partir de ahí, entregarse al mal, ya que de hecho sólo es una de las maneras de producir el bien? ¿No añadirán que es indiferente al plan general que tal o cual sea preferentemente bueno o malo; que si el infortunio persigue a la virtud y la prosperidad acompaña al crimen, siendo ambas cosas iguales para los proyectos de la naturaleza, es infinitamente mejor tomar partido entre los malvados, que prosperan, ' que entre los virtuosos, que fracasan? Así pues, es importante prevenir esos peligrosos sofismas de una falsa filosofía; esencial demostrar que los ejemplos de virtud infortunada presentados a un alma corrompida, en la que permanecen sin embargo unos cuantos buenos principios, pueden devolver esta alma al bien con tanta seguridad como si se le hubiera mostrado en el camino de la virtud las palmas más brillantes y las más halagüeñas recompensas. Es cruel, sin duda, tener que describir un montón de infortunios abrumando a la mujer dulce y sensible que mejor respeta la virtud, y por otra parte la afluencia de prosperidades sobre quienes aplastan o mortifican a esa misma mujer. Pero si nace, no obstante, un bien del cuadro de esas fatalidades, ¿sentiremos remordimientos por haberlas ofrecido? ¿Podrá alguien molestarse por haber compuesto unos hechos de los que se derivan para el sensato que lee con provecho la muy útil lección de la sumisión a las órdenes de la Providencia, y la advertencia fatal de que, a menudo, para devolvernos a nuestros deberes, el cielo golpea a nuestro lado al ser que se nos antoja haber cumplido mejor los suyos?
Tales son los sentimientos que dirigirán nuestros trabajos, y en consideración a esos motivos pedimos indulgencia al lector por los sistemas erróneos que aparecen en boca de varios de nuestros personajes, y por las situaciones a veces algo fuertes que, por amor a la verdad, hemos tenido que colocar ante sus ojos. La señora condesa de Lorsange era una de esas sacerdotisas de Venus cuya fortuna es obra de una bonita cara y de una mala conducta, y cuyos títulos, por pomposos que sean, sólo se encuentran en los archivos de Citeres[3], forjados por la impertinencia con que los toma, y mantenidos en la necia credulidad que los concede: morena, hermoso talle, ojos con una singular expresión; con esta incredulidad muy de moda, que, confiriendo un atractivo más a las pasiones, hace buscar con mayor ahínco a las mujeres en quienes se supone; un poco malvada, sin principio alguno, no viendo mal en nada, y sin embargo sin la suficiente depravación en el corazón como para haber extinguido la sensibilidad; orgullosa, libertina: así era la señora de Lorsange.
Esta mujer había recibido, no obstante, la mejor educación: hija de un importantísimo banquero de París, había sido educada con una hermana llamada Justine, tres años menor que ella, en una de las más famosas abadía[4]s de esta capital, donde hasta las edades de doce y quince años, ningún consejo, ningún maestro, ningún libro, ningún talento habían sido negados a ambas hermanas.
En esta época, fatal para la virtud de las dos jóvenes, todo lo perdieron en un solo día: una espantosa bancarrota precipitó a su padre en una situación tan cruel que murió de pena. Su mujer le siguió un mes después a la tumba. Dos parientes fríos y lejanos deliberaron acerca de lo que harían con las jóvenes huérfanas; la parte que a cada una le correspondía de la herencia, mermada por las deudas, escasamente llegaba a cien escudos[5]. Como nadie se preocupaba de su custodia, les abrieron la puerta del convento, les entregaron su dote y las dejaron libres de ser lo que quisieran.
La señora de Lorsange, entonces llamada Juliette, y de un carácter e inteligencia prácticamente tan formados como a los treinta años —edad que alcanzaba en el momento que arranca la historia que vamos a relatar—, sólo pareció sensible al placer de ser libre, sin meditar un instante en las crueles desgracias que habían roto sus cadenas. A Justine, con doce años de edad como ya hemos dicho, su carácter sombrío y melancólico le hizo percibir mucho mejor todo el horror de su situación. Dotada de una ternura y una sensibilidad sorprendentes, en lugar de la maña y sutileza de su hermana sólo contaba con una ingenuidad y un candor que presagiaba que cayera en muchas trampas. Esta joven sumaba a tantas cualidades una fisonomía dulce, absolutamente diferente de aquella con que la naturaleza había embellecido a Juliette; de igual manera que se percibía el artificio, la astucia, la coquetería en los rasgos de ésta, se admiraba el pudor, la decencia y la timidez en la otra; un aire de virgen, unos grandes ojos azules, llenos de sentimiento y de interés, una piel deslumbrante, un talle grácil y flexible, una voz conmovedora, unos dientes de marfil y los más bellos cabellos rubios, así era el retrato de esta encantadora menor, cuyas gracias ingenuas y rasgos delicados superan nuestros pinceles.
Les dieron a ambas veinticuatro horas para abandonar el convento, dejándoles la tarea de instalarse, con sus cien escudos, donde se les antojara. Juliette, encantada de ser su propia dueña, quiso por un momento enjugar las lágrimas de Justine, viendo después que no lo conseguiría, comenzó a reñirla en vez de consolarla; le dijo, con una filosofía muy superior a su edad, que en este mundo sólo había que afligirse por lo que nos afectaba personalmente; que era posible encontrar en sí misma unas sensaciones físicas de una voluptuosidad harto intensa como para poder apagar todos los afectos morales cuyo choque podría ser doloroso; que era absolutamente esencial poner en práctica este procedimiento dado que la verdadera sabiduría consistía infinitamente más en doblar la suma de los placeres que en multiplicar la de las penas... En una palabra, que nada había que no se debiera hacer para borrar en uno mismo esta pérfida sensibilidad, de la que únicamente se aprovechan los demás, mientras que a uno sólo le aporta pesares. Pero difícilmente se endurece un buen corazón, pues resiste a los razonamientos de una mala cabeza, consolándose en sus propios goces de las falsas brillanteces de una mente instruida.
Utilizando otros recursos, Juliette dijo entonces a su hermana que, con la edad y la cara que una y otra tenían, era imposible que se murieran de hambre. Citó a la hija de una de sus vecinas, quien, habiéndose escapado de la casa paterna, estaba hoy ricamente mantenida y mucho más dichosa, sin duda, que si hubiera seguido en el seno de su familia; que había que dejar de creer que era el matrimonio lo que hacía feliz a una joven; que, cautiva bajo las leyes del himeneo[14], sólo tendría, a cambio de muchos malos humores que soportar, una levísima dosis de placeres; mientras que, entregadas al libertinaje, podrían siempre asegurarse del humor de los amantes, o consolarse de él mediante el número de éstos.
Justine sintió horror de tales discursos; dijo que prefería la muerte a la ignominia[2q] y, pese a las nuevas peticiones que le formuló su hermana, se negó insistente mente a vivir con ella en cuanto la vio decidida a una conducta que la hacía estremecerse.
Por consiguiente, las dos jóvenes se separaron, sin ninguna promesa de volver a verse[1q], dado que sus intenciones se revelaban tan diferentes. Juliette que, según pretendía, se convertiría en una gran dama, ¿accedería a recibir a una muchacha cuyas inclinaciones, virtuosas pero humildes, podrían deshonrarla? Y por su parte, ¿Justine aceptaría poner en peligro sus costumbres con la compañía de una criatura perversa, que acabaría siendo víctima de la crápula y del desenfreno público? Ambas se dieron, pues, un eterno adiós, y ambas abandonaron el convento al día siguiente.
Mimada desde su infancia por la costurera de su madre, Justine cree que esta mujer será sensible a su desdicha; la visita, le comunica sus infortunios, le pide trabajo... Pero casi no la reconoce y la despiden duramente.
— ¡Oh, cielos! —Dice la pobre criatura—, si es preciso que los primeros pasos que doy por el mundo estén ya marcados por la desgracia Esta mujer me quería antes, ¿por qué me rechaza hoy? ¡Ay!, porque soy huérfana y pobre; porque ya no tengo recursos en el mundo, y sólo se aprecia a las personas por las ayudas y los agrados que se espera recibir de ellas.
Justine, llorosa, visita a su sacerdote; le describe su estado con el enérgico candor de su edad... Llevaba un vestidito blanco; sus hermosos cabellos descuidadamente recogidos bajo una gran cofia; su seno apenas insinuado, oculto debajo de dos o tres varas de gasa; su linda cara algo pálida a causa de las penas que la devoraban; algunas lágrimas caían de sus ojos y les conferían aún mayor expresión.
—Me veis, señor... —le dijo al santo eclesiástico—, sí, me veis en una situación muy lamentable para una joven[5q]; he perdido a mi padre y mi madre... El cielo me los arrebata en la edad en que más necesitaba su ayuda... Han muerto arruinados, señor; no tenemos nada... Eso es todo lo que me han dejado —prosiguió, mostrando sus doce luises[6]—... y ni un rincón donde reposar mi pobre cabeza... Os apiadaréis de mí, ¿verdad, señor? Sois ministro de la religión, y la religión siempre fue la virtud de mi corazón; en nombre del Dios que adoro y del que sois la voz, decidme, como un segundo padre, ¿qué debo hacer... qué tengo que ser?
El caritativo sacerdote contestó, examinando a Justine, que la parroquia estaba muy cargada; que era difícil que pudiera hacerse cargo de nuevas limosnas, pero que, si Justine quería servirle, si quería trabajar duro, siempre habría en su cocina un pedazo de pan para ella. Y, mientras le decía eso, el intérprete de los dioses le había pasado la mano bajo la barbilla, dándole un beso excesivamente mundano para un hombre de Iglesia. Justine, que le había entendido demasiado bien, le rechazó diciéndole:
—Señor, yo no os pido limosna ni un puesto de criada; hace demasiado poco que he abandonado un estado por encima del que puede hacer desear esas dos mercedes para verme reducida a implorarlas; solicito los consejos que mi juventud y mis desgracias necesitan, y queréis hacérmelos comprar tal vez demasiado caros.
El pastor, avergonzado de verse descubierto, rápidamente expulsó a la joven criatura, y la desdichada Justine, dos veces rechazada en el primer día en que se vio condenada al aislamiento, entra en una casa en la que ve un cartel, alquila un pequeño apartamento amueblado en la quinta planta, lo paga de antemano, y en él se entrega a unas lágrimas aún más amargas por lo sensible que es y porque su pequeño orgullo acaba de ser cruelmente maltratado.
¿Se nos permitirá abandonarla por algún tiempo aquí, para regresar a Juliette, y para explicar cómo, del simple estado del que la vimos salir, y sin tener más recursos que su hermana, llegó a ser, sin embargo, en quince años, mujer con título, propietaria de una renta de treinta mil libras, bellísimas joyas, dos o tres casas tanto en la ciudad como en el campo, y, por el instante, el corazón, la fortuna y la confianza del señor de Corville, consejero de Estado, hombre del mayor crédito y ministro en ciernes? No hay la menor duda de que su carrera fue espinosa: esas damiselas prosperan gracias al aprendizaje más vergonzoso y más duro; y una que ahora está en el lecho de un príncipe todavía lleva seguramente encima las marcas humillantes de la brutalidad de los libertinos entre cuyas manos la arrojaron su juventud e inexperiencia. Al salir del convento, Juliette buscó a una mujer de la que había oído hablar a una joven amiga vecina; pervertida como ella deseaba ser y pervertida por aquella mujer, la aborda con su hatillo bajo el brazo, una levita azul muy desordenada, los cabellos sueltos, la más bonita cara del mundo, si es cierto que ante determinados ojos la indecencia pueda ser atractiva; cuenta su historia a esta mujer, y le suplica que la proteja como ha hecho con su antigua amiga.
— ¿Qué edad tienes? —le pregunta la Duvergier.
—Quince años dentro de unos días, señora —contestó Juliette.
—Y jamás ningún mortal... —prosiguió la matrona.
— ¡Oh no, señora!, se lo juro —replicó Juliette.
—Pero es que a veces en esos conventos —dijo la vieja—... un confesor, una religiosa, una compañera... Necesito pruebas seguras.
No tiene usted más que buscarlas, señora —contestó Juliette sonrojándose.
Y proveyéndose la dueña de unos lentes, y después de haber examinado minuciosamente las cosas por todos los lados:
—Vamos —le dijo a la joven—, bastará con que te quedes aquí, prestes mucha atención a mis consejos, presentes un gran fondo de complacencia y de sumisión con mis clientes, limpieza, economía, franqueza conmigo, habilidad con tus compañeras y astucia con los hombres, y antes de diez años te pondré en situación de retirarte a un tercero con una cómoda, dos habitaciones, una criada; y el arte que habrás adquirido en mi casa te servirá para procurarte el resto.
Hechas estas recomendaciones, la Duvergier se apodera del hatillo de Juliette; le pregunta si tiene dinero y, como ésta le confiesa con excesiva sinceridad que tenía cien escudos, la querida mamá se los confisca asegurando a su nueva pensionista que invertirá este pequeño capital en la lotería para ella, pero que no conviene que una joven tenga dinero.
—Es —le dice— un medio de hacer el mal, y en un siglo tan corrompido una muchacha buena y bien nacida debe evitar cuidadosamente cuanto pueda arrastrar la hacia alguna trampa. Te lo digo por tu bien, pequeña —añadió la dueña—, y debes agradecerme lo que hago. Acabado este sermón, la nueva es presentada a sus compañeras; le indican su habitación en la casa, y a partir del día siguiente sus primicias están en venta.
En cuatro meses, la mercancía es vendida sucesivamente a cerca de cien personas; unas se contentan con la rosa, otras más delicadas o más depravadas (pues la cuestión no está zanjada) quieren abrir el capullo que florece al lado. En cada ocasión, la Duvergier encoge, reajusta, y durante cuatro meses son siempre las primicias lo que la bribona ofrece al público. Al término de este espinoso noviciado, Juliette alcanza finalmente la condición de hermana conversa; a partir de este momento, es oficialmente admitida como pupila de la casa, y comparte sus penas y sus beneficios. Otro aprendizaje: si en la primera escuela, con escasas excepciones, Juliette ha servido a la naturaleza, olvida sus leyes en la segunda y corrompe por entero sus costumbres; el triunfo que ve cómo obtiene el vicio degrada por completo su alma; siente que, nacida para el crimen, por lo menos debe llegar al mayor de ellos y renunciar a languidecer en un estado subalterno que, haciéndole cometer las mismas faltas, envileciéndola igualmente, no le acarrea, ni mucho menos, el mismo beneficio. Gusta a un anciano caballero muy libertino que, en un principio, sólo la reclama esporádicamente; ella posee el arte de hacerse mantener magníficamente por él; aparece finalmente en los espectáculos, en los paseos, al lado de las figuras de la orden de Citeres; la miran, la citan, la envidian, y la inteligente criatura sabe hacerlo tan bien que en menos de cuatro años arruina a seis hombres, el más pobre de los cuales tenía cien mil escudos de renta. No necesitaba más para crearse una reputación; la ceguera de la gente de mundo es tal que cuanta mayor deshonestidad ha demostrado una de esas criaturas, más deseosos están de constar en su lista; parece que el grado de su envilecimiento y de su corrupción se convierte en la medida de los sentimientos que se atreven a mostrar por ella.
Juliette acababa de alcanzar sus veinte años cuando un tal conde de Lorsange, gentilhombre angevino, de unos cuarenta años de edad, se enamoró tanto de ella que decidió darle su apellido: le reconoció doce mil libras de renta, le aseguró el resto de su fortuna si moría antes que ella; le dio una casa, servicio, distinción, y una especie de consideración en la sociedad que en dos o tres años consiguió hacer olvidar sus comienzos.
Fue entonces cuando la desdichada Juliette, olvidando todos los sentimientos de su nacimiento y de su buena educación, pervertida por malos consejos y libros peligrosos, apresurada por disfrutar a solas, llevar un nombre y ninguna cadena, osó entregarse a la culpable idea de abreviar los días de su marido. Una vez concebido este odioso proyecto, lo mimó y lo consolidó desafortunadamente en uno de esos momentos peligrosos en que las acciones físicas se ven impelidas por los errores de la moral; instantes en que no nos negamos a casi nada ni nada se opone a la irregularidad de las ansias o a la impetuosidad de los deseos, y se aviva la voluptuosidad recibida en proporción a la cantidad de los frenos que rompe, o a su pureza. Desvanecido el sueño, si nos volviéramos buenos, el inconveniente seria insignificante, sólo se trataría de la historia de los errores de entendimiento; sabemos perfectamente que no ofenden a nadie, pero, desgraciadamente, se llega más lejos. ¿Qué significará —nos atrevemos a preguntarnos—, la realización de esta idea, si su mera presencia nos exalta, nos emociona tan intensamente? Entonces damos vida a la maldita quimera, y su existencia acaba siendo un crimen.
La señora de Lorsange lo ejecutó, afortunadamente para ella, con tanto secreto que estuvo al amparo de cualquier persecución, y sepultó junto con su esposo las huellas del espantoso delito que le precipitaba a la tumba.
Viéndose libre y condesa, la señora de Lorsange recuperó sus antiguos hábitos; pero creyéndose algo en el mundo, puso en su conducta un tanto menos de indecencia. Ya no era una muchacha mantenida, era una rica viuda que daba estupendas cenas[6q], a las que tanto nobles como burgueses les encantaba ser admitidos; mujer decente en una palabra, pero que aun así se acostaba por doscientos luises, y se entregaba por quinientos al mes.
Hasta los veintiséis años, la señora de Lorsange siguió haciendo brillantes conquistas; arruinó a tres embajadores extranjeros, cuatro recaudadores de impuestos, dos obispos, un cardenal y tres caballeros de las órdenes reales; pero como es inusual pararse después de un primer delito, sobre todo cuando se ha coronado felizmente, la desgraciada Juliette se denigró con dos nuevos crímenes semejantes al primero; uno para robar a uno de sus amantes, que le había confiado una suma considerable, ignorada por la familia de ese hombre, y que la señora de Lorsange pudo ocultar gracias a esta espantosa acción; el otro, para poseer cuanto antes un legado de cien mil francos que uno de sus adoradores le hacía en nombre de un tercero, encargado de devolver la cantidad después de la defunción. A esos horrores, la señora de Lorsange juntaba tres o cuatro infanticidios. El temor de estropear su bonito talle, el deseo de ocultar una doble intriga, todo ello le hizo tomar la decisión de sofocar en su seno el fruto de sus excesos; y esas fechorías, tan desconocidas como las anteriores, no fueron óbice para que esta mujer artera y ambiciosa encontrara diariamente nuevas víctimas.
Es cierto, por tanto, que la prosperidad puede acompañar la peor conducta, y que en el mismo centro del desorden y de la corrupción, cuanto los hombres denominan la felicidad puede esparcirse sobre la vida; pero que no nos alarme esta cruel y fatal verdad; que el ejemplo de la desdicha, persiguiendo por doquier a la virtud, como no tardaremos en ofrecer, no atormente más a las personas honradas. Esta felicidad del crimen es engañosa, sólo aparente; además del castigo reservado sin duda por la Providencia a quienes han seducido sus éxitos, ¿no alimentan en el fondo de sus almas un gusano que, royéndolos incesantemente, les impide regocijarse con estos falsos fulgores, y sólo deja en sus almas, en lugar de delicias, el recuerdo desgarrador de los crímenes que les han llevado donde están? En cambio, el infortunado al que la suerte persigue, tiene su corazón como consuelo, y los goces interiores que le procuran sus virtudes le compensan muy pronto de la injusticia de los hombres.
