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Publicado por Romain Rolland el 24 de septiembre de 1914 en el Journal de Genève mientras colaboraba como voluntario en la Cruz Roja, Mas allá de la contienda es el manifiesto pacifista más célebre de la Gran Guerra, comparable a Yo acuso de Zola. Este texto excepcional, que instaba a los beligerantes a ganar altura moral y comprender la magnitud de la catástrofe, provocó enseguida numerosas reacciones violentas y rencorosas hacia su autor, tanto entre los franceses como entre los alemanes. La gran lucidez de sus pensamientos de paz y libertad, el ideal de acción no violenta y de comunión entre los pueblos fueron recompensados, sin embargo, al año siguiente con la obtención del premio Nobel de Literatura.
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Seitenzahl: 207
Veröffentlichungsjahr: 2014
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MÁS ALLÁ DE LA CONTIENDA
Romain Rolland
Título original: Au-dessus de la mêlée (1914)
© de la traducción: Carlos Primo
Edición en ebook: septiembre de 2014
© Nórdica Libros, S.L.
C/ Fuerte de Navidad, 11, 1.º B 28044 Madrid (España)
www.nordicalibros.com
ISBN DIGITAL: 978-84-16112-46-3
Corrección ortotipográfica: Ana Patrón y Susana Rodríguez
Maquetación ebook: Caurina Diseño Gráfico
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Contenido
Portadilla
Créditos
Autor
Prólogo (Stefan Zweig)
Más allá de la contienda
Introducción
I. Carta abierta a Gerhart Hauptmann
II. Pro Aris
III. Más allá de la contienda
IV. El mal menor
Carta a Romain Rolland
V. Inter arma caritas
VI. Al pueblo que sufre por la justicia
VII. Carta a los que me acusaron
VIII. Los ídolos
IX. A favor de Europa
Manifiesto de los amigos de la unidad moral de Europa
X. A favor de Europa: un llamamiento desde Holanda
Nederlandsche Anti-Oorlog Raad
XI. Carta a Frederick Van Eeden
XII. Nuestro prójimo, el enemigo
XIII. Carta al periódico Svenska Dagbladet de Estocolmo
XIV. Literatura de guerra
XV. El asesinato de las élites
XVI. Jaurés
Notas
Apéndice
Declaración de Independencia del Espíritu
Contraportada
Romain Rolland
(Clamecy, 1866 - Vézelay, 1944)
El autor francés inició su carrera literaria escribiendo para el teatro dramas históricos y filosóficos como Los lobos, El catorce de julio o Robespierre, y también realizó biografías de grandes personalidades como Beethoven, Tolstói o Gandhi. Su obra maestra es Jean-Christophe (1904-1912), novela que, a través de la atormentada vida de un músico, evoca los problemas de un hombre del s. XX.
Durante la I Guerra Mundial, Rolland defendió posiciones pacifistas, expresadas en varias de sus obras. En 1922 fundó la revista Europe e inició la redacción de un ciclo novelístico: El alma encantada (1922-1934). Recibió el premio Nobel de literatura en 1915.
MÁS ALLÁ DE LA CONTIENDA
Stefan Zweig
El 22 de septiembre de 1914, el Journal de Genève publicó el ensayo Más allá de la contienda. Tras un enfrentamiento preliminar a Gerhart Hauptmann, Rolland publicó esta declaración de guerra al odio, esta piedra fundacional de la invisible iglesia europea. El título, Más allá de la contienda, se ha convertido hoy en una consigna y en un lugar común. Sin embargo, en medio de las peleas discordantes de las facciones, este ensayo fue la primera declaración en poner una nota clara de justicia imperturbable, y trajo consuelo a miles de personas.
Se trata de un texto animado por una emoción extraña y trágica que nos trae ecos de aquellas horas en que incontables miríadas de hombres —entre ellos muchos amigos íntimos de Rolland— se desangraban y morían. Es el brote de un corazón desgarrado, el corazón de un hombre que podría conmover fácilmente al mundo por su heroica determinación de traer claridad a un mundo presa de la locura. Se abre con una oda a los jóvenes luchadores. «¡Oh, heroica juventud del mundo, con qué pródiga alegría viertes tu sangre en la tierra hambrienta! ¡Cuántas cosechas de sacrificios desnudos bajo el sol de este espléndido verano!... Todos vosotros, jóvenes de todas las naciones que lucháis trágicamente por un ideal común, jóvenes hermanos enemigos… ¡qué queridos me resultáis, ahora que vais a morir! ¡De qué modo compensáis nuestro escepticismo, la gozosa apatía en que nos hemos criado, protegiendo con vuestros miasmas nuestra fe, vuestra fe que triunfa a vuestro lado en los campos de batalla!» Pero después de esta oda a los leales, a los que creen estar cumpliendo su más alto deber, Rolland se centra en los líderes intelectuales de las naciones, y les dirige estas palabras: «Teniendo en las manos tales riquezas vivientes, tales tesoros de heroísmo, ¿en qué los habéis gastado? ¿Qué recompensa tendrá la generosa entrega de esta juventud ávida de sacrificio? Yo os lo diré: su recompensa es degollarse unos a otros; su recompensa es la guerra europea». Acusa a los líderes de refugiarse cobardemente detrás de un ídolo al que adoran. Aquellos que no supieron ver su responsabilidad y no pudieron prevenir la guerra son los que la inflaman y la envenenan ahora que ha comenzado. Es una imagen desoladora. En todos los países, nada se salva de la marea. En todos los pueblos encontramos el mismo éxtasis ante la destrucción. «No son sólo las pasiones de las razas las que enfrentan ciegamente a millones de hombres como hormigas y producen escalofríos a los países neutrales. La razón, la fe, la poesía, la ciencia y todas las fuerzas del espíritu han sido movilizadas, y siguen, en cada Estado, el camino trazado por sus ejércitos. Las élites de todos los países proclaman convencidas que la causa de su pueblo es la causa de Dios, de la libertad y del progreso humano.» Alude con ironía a los ridículos duelos entre filósofos y científicos, y al fracaso de las autoproclamadas grandes fuerzas internacionalistas de nuestro tiempo, el cristianismo y el socialismo, para mantenerse al margen de la batalla. «¿Debemos concluir que el amor a la patria sólo puede surgir mediante el odio hacia las otras patrias y la masacre de los que las defienden? Hay en esta proposición una lógica ferozmente absurda y una especie de diletantismo neroniano que me repugnan en lo más profundo de mi ser. No, el amor a la patria no reclama que odiemos y asesinemos a las almas piadosas y fieles de las otras patrias. El amor a la patria exige que les rindamos honores e intentemos unirnos a ellas en busca del bien común.» Después de analizar la actitud de cristianos y socialistas ante la guerra, continúa: «No había razón alguna para una guerra entre nuestros pueblos de Occidente. A pesar de lo que repite sin cesar una prensa infectada por una minoría interesada en mantener estos odios, yo os digo, hermanos de Francia, hermanos de Inglaterra, hermanos de Alemania, que no nos odiamos. Os conozco y nos conozco. Nuestros pueblos sólo pedían paz y libertad». Lo verdaderamente escandaloso era que, tras el estallido de la guerra, los líderes intelectuales deberían haber preservado la pureza de su pensamiento. Era monstruoso que la inteligencia se dejara esclavizar por las pasiones de una política racial absurda y pueril. Jamás deberíamos olvidar, en medio de la guerra, la unidad esencial de nuestras patrias. «La Humanidad es una sinfonía de grandes almas colectivas. Quien para comprenderla y amarla necesita destruir parte de ella sólo demuestra que es un bárbaro… Los miembros de la élite europea tenemos que preocuparnos por dos ciudades: una es nuestra patria terrestre y la otra es la ciudad de Dios. Somos los huéspedes de la primera, y los constructores de la segunda… Nuestro deber es construir una muralla cada vez más grande, por encima de la injusticia y los odios de las naciones; una muralla que proteja la unión de las almas fraternales y libres del mundo entero.» Esta fe en un ideal noble planea como una gaviota sobre este océano de sangre. Rolland es consciente de que es poco probable que sus palabras se escuchen por encima del clamor de treinta millones de guerreros. «Sé que no hay muchas esperanzas de que estos pensamientos sean escuchados en nuestros días… Por otra parte, no hablo para convencer a nadie. Hablo para aliviar mi conciencia, y sé que al mismo tiempo aliviaré la de miles de hombres que, en todos los países, no pueden hablar. O no se atreven.» Como siempre, Rolland se pone del lado del débil, de la minoría. Su voz es cada vez más fuerte, porque sabe que habla en nombre de la multitud silenciosa.
MÁS ALLÁ DE LA CONTIENDA
Romain Rolland
INTRODUCCIÓN
Un gran pueblo asaltado por la guerra no debe defender únicamente sus fronteras, sino también su razón. Hay que salvarla de las alucinaciones, de las injusticias y de las estupideces desencadenadas por esta plaga. A cada cual su oficio: el de los ejércitos es proteger el suelo de la patria, pero el de los hombres de pensamiento es, como su nombre indica, defender su pensamiento. No cabe duda de que si el pensamiento se pone al servicio de las pasiones nacionales puede convertirse en un instrumento útil para ellas, pero también se corre el riesgo de traicionar al espíritu, que no es una parte menos importante del patrimonio de dicho pueblo. Algún día, la Historia pasará factura a cada una de las naciones en guerra, y pondrá en su balanza la suma de sus errores, mentiras y odiosas locuras. Cuando ese día llegue, ¡intentemos que la parte que nos corresponde sea ligera!
A cada niño se le instruye acerca del Evangelio de Jesús y el ideal cristiano. El objetivo de su educación escolar es estimular en él la comprensión intelectual de la gran familia humana. La enseñanza clásica le hace ver que más allá de las razas están las raíces y el tronco común de nuestra civilización. El arte le hace amar las fuentes profundas del genio de cada pueblo. La ciencia le impone la fe en la unidad de la razón. El gran movimiento social que está renovando el mundo le muestra el esfuerzo organizado de las clases trabajadoras que luchan unidas por una esperanza que no entiende de fronteras nacionales. Los genios más luminosos de la tierra, como Walt Whitman y Tolstói, cantan a la fraternidad universal en la alegría y el sufrimiento. A su vez, el sentido crítico de nuestros espíritus latinos abre grietas en los muros de prejuicios que han levantado el odio y la ignorancia, y que son culpables de separar a los individuos y a los pueblos.
Como todos los hombres de mi tiempo, me he nutrido de estos pensamientos; he tratado, a mi vez, de compartir el pan de vida con mis hermanos más jóvenes o menos afortunados. Cuando la guerra llegó, no creí tener que renegar de ellos, sino que era hora de ponerlos a prueba. He sido ultrajado. Sabía que lo sería y me adelanté a ello, pero lo que no sabía era que me ultrajarían sin escucharme siquiera. Durante meses, mis escritos sólo han llegado a Francia hechos pedazos y reconstruidos por mis enemigos en frases artificialmente deformadas. Esta vileza ha durado casi un año. Si bien es cierto que algunos periódicos socialistas o sindicalistas consiguieron, aquí y allí, transmitir algunos fragmentos,1 no fue hasta el mes de junio de 1915 cuando, por primera vez, mi principal artículo, el que era objeto de las peores acusaciones —«Más allá de la contienda»—, escrito en septiembre de 1914, pudo ver la luz íntegramente (casi integralmente), gracias al celo malévolo de un torpe panfletario, a quien debo que mi palabra haya podido llegar por primera vez al público de Francia.
Un francés no juzga a su adversario sin escucharle. Quien lo hace se juzga y se condena a sí mismo, ya que demuestra su miedo a la luz. Por eso, someto los textos difamados a la mirada de todos.2 No los defenderé. ¡Que se defiendan por sí solos!
Añadiré unas palabras más. Desde hace un año, mis enemigos se han multiplicado. A ellos van dirigidas estas palabras: pueden odiarme, pero no conseguirán enseñarme a odiar. No tengo nada que ver con ellos. Mi tarea es decir lo que considero justo y humano. Si esto gusta o irrita, es algo que no me atañe. Sé que las palabras pronunciadas recorren por sí mismas su camino. Yo sólo las siembro en la tierra ensangrentada. Tengo confianza.
Ya germinarán.
Romain Rolland
Septiembre de 1915
1 Un único artículo («Los ídolos») pudo aparecer íntegramente en La Bataille Syndicaliste.
2 Dejo mis artículos en orden cronológico, sin cambiar nada. En ellos, escritos en el torbellino de los acontecimientos, se pueden apreciar algunas contradicciones y juicios precipitados que hoy modificaría. En general, la indignación ha dado paso a la piedad. A medida que se extiende la inmensidad de las ruinas, sentimos la pobreza de las protestas, como ante un terremoto. «Sólo existe una única guerra», me escribía el viejo Rodin el 1 de octubre de 1914. «Lo que está sucediendo es como un castigo caído sobre el mundo.»
I
CARTA ABIERTA A GERHART HAUPTMANN
Sábado, 29 de agosto de 19143
No soy, Gerhart Hauptmann,4 uno de esos franceses que tratan a Alemania de nación bárbara. Conozco la grandeza intelectual y moral de vuestra poderosa raza. Debo mucho a los pensadores de la vieja Alemania e, incluso en este momento, me acuerdo del ejemplo y de las palabras con que nuestro Goethe —porque es patrimonio de toda la humanidad— repudiaba todo odio nacional y preservaba la paz de su espíritu en un estado que le permitía «sentir la felicidad y la desgracia de los otros pueblos como propias». Durante toda mi vida me he esforzado por aproximar los espíritus de nuestras dos naciones, y ni siquiera las atrocidades de la guerra impía que está arruinando la civilización europea conseguirán mancillar con odio mi espíritu.
Independientemente de las razones que me llevan a calificar como criminales los métodos con que la política alemana nos inflige tanto sufrimiento, quiero dejar claro que no responsabilizo en absoluto al pueblo alemán, que se ha visto convertido en su ciego instrumento y que también sufre sus consecuencias. A diferencia de vosotros, yo no veo la guerra como una fatalidad. Un francés no cree en la fatalidad. La fatalidad es la excusa de las almas sin voluntad. La guerra es el fruto de la debilidad de los pueblos y de su estupidez. Sólo podemos compadecerlos, no estar resentidos contra ellos. No os reprocho nuestro luto, porque el vuestro no será menor. Si Francia se arruina, a Alemania le pasará lo mismo. Ni siquiera alcé mi voz cuando vi que vuestros ejércitos violaban la neutralidad de la noble Bélgica. Este crimen contra el honor, que provoca el desprecio de toda conciencia recta, no se desvía ni un ápice de la tradición política de vuestros reyes de Prusia. Por ello, no me sorprendió en absoluto.
Sin embargo, el furor con que tratáis a esta nación magnánima cuyo único crimen es defender hasta la desesperación su independencia y la justicia, al igual que vosotros mismos, alemanes, hicisteis en 1813,5 ¡es demasiado! El mundo, indignado, se rebela. ¡Reservad esta violencia para nosotros, los franceses, vuestros auténticos enemigos! Pero ensañaros con vuestras víctimas, con los desafortunados e inocentes belgas… ¡qué vergüenza!
Y no contentos con desafiar a la Bélgica de los vivos, le hacéis la guerra a los muertos, a la gloria de los siglos. Bombardeáis Malinas, prendéis fuego a Rubens. Lovaina no es más que un montón de cenizas, ¡Lovaina, la ciudad santa, llena de tesoros artísticos y científicos! ¿Quiénes sois, pues? ¿Y cómo queréis, Hauptmann, que os llamemos ahora que rechazáis el título de bárbaros? ¿Sois los nietos de Goethe, o los de Atila? ¿Vuestra guerra es contra los ejércitos extranjeros o contra el espíritu humano? ¡Matad a los hombres, pero respetad las obras! Son patrimonio de la humanidad. Vosotros, al igual que nosotros, sois sus depositarios. Saqueándolas de ese modo, os mostráis indignos de la gran herencia que habéis recibido, indignos de figurar en las filas del pequeño ejército europeo que es la guardia de honor de la civilización.
No me dirijo a la opinión mundial, Hauptmann, sino a usted. En nombre de nuestra Europa, de la que usted ha sido hasta ahora uno de los más ilustres campeones; en nombre de esta civilización defendida durante siglos por los más grandes hombres; en nombre del honor mismo de su raza germánica, Gerhart Hauptmann, le ruego, les pido a usted y a la élite intelectual alemana en la que cuento con tantos amigos, que protesten hasta el último suspiro por este crimen que recae sobre ustedes.
Si no lo hace, demostrará una de estas dos cosas: que usted aprueba los crímenes cometidos (¡y que entonces la opinión del mundo le destroce!), o que se siente impotente para alzar la voz contra los hunos que le gobiernan. Y, en ese caso, ¿con qué derecho puede usted sostener, como ha dejado escrito, que ustedes combaten por la causa de la libertad y el progreso? Ustedes los alemanes demuestran que, incapaces de defender la libertad del mundo, son también incapaces de defender la suya propia, y que la élite alemana está postrada ante el peor despotismo, un despotismo que mutila las obras maestras y asesina el espíritu humano.
Espero de usted, Hauptmann, una respuesta que sea un acto. La opinión europea también la espera. No olvide que, en un momento como éste, hasta el silencio es un acto.
Journal de Genève
Miércoles 2 de septiembre de 1914
3 Un telegrama de Berlín (Agencia Wolff), reproducido en la Gazette de Lausanne del 29 de agosto de 1914, acababa de anunciar que «la antigua villa de Lovaina, rica en obras de arte, había dejado de existir».
4 El poeta, novelista y dramaturgo alemán Gerhart Hauptmann (1862-1946) había sido galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1912. Era una de las caras visibles de los intelectuales alemanes de la época, y su posicionamiento desde el inicio de la guerra se mostró favorable a los excesos del ejército alemán en Bélgica, tal y como explica Rolland en el artículo «Literatura de guerra», incluido en este volumen (v. pág. 113) y también en la nota aclaratoria que incluyó en la primera edición de Más allá de la contienda (p. 147). (N. del T.)
5 En 1813 tuvo lugar la Batalla de Lützen, un episodio clave de la Guerra de la Sexta Coalición que unió a Reino Unido, Rusia, Prusia, Suecia, Austria y algunos estados germánicos en contra del expansionismo del Imperio napoleónico. (N. del T.)
II
PRO ARIS
Septiembre de 19146
Entre tantos crímenes perpetrados durante esta guerra infame, todos ellos odiosos por igual, ¿por qué hemos elegido, como objeto de protesta, los crímenes contra las cosas y no contra los hombres, la destrucción de las obras y no la de las vidas? Muchos se han asombrado por ello y han llegado a reprochárnoslo, ¡como si nosotros no sintiéramos tanta tristeza como ellos por los cuerpos y los corazones de los millares de víctimas que han sido crucificadas! Nadie duda de que sobre los ejércitos caídos planea el amor a la patria por la que se sacrifican; sin embargo, esas vidas perdidas también llevan sobre sus hombros el arca sagrada del arte y del pensamiento forjados durante siglos. Sus portadores pueden cambiar, pero lo importante es que el arca se salve, ya que su custodia atañe a la élite del mundo. Y, ahora que una amenaza pende sobre este tesoro común, es el momento de alzarse para protegerlo.
Me enorgullece pensar que para nosotros, los latinos, este deber sagrado siempre ha sido el primero de todos. De ahí que esta Francia nuestra, que sangra por tantas heridas, no haya sufrido golpe más cruel que el atentado contra su Partenón: la catedral de Reims, Notre-Dame de Francia. He recibido cartas de familias y de soldados que desde hace dos meses soportan todo tipo de tribulaciones diarias, y esas cartas me dicen (y es algo que me hace sentirme orgulloso de mi pueblo) que ningún luto ha sido tan duro para ellos como éste. Para nosotros, sin duda, el espíritu está por encima de la carne, y en eso somos muy distintos a esos intelectuales alemanes que, al escuchar mis reproches por la sacrílega devastación causada por sus ejércitos, han respondido con una sola voz: «¡Que mueran todas las obras maestras antes que un solo soldado alemán!».
Una obra como Reims es mucho más que una vida: es un pueblo, son siglos que se estremecen en la sinfonía de su órgano de piedra; son sus recuerdos de alegría, de gloria y de dolor, sus meditaciones, ironías y sueños; es el árbol de la raza cuyas raíces se hunden en lo más profundo de su tierra y que, en un impulso sublime, tiende sus brazos al cielo. Aún más: su belleza, que domina las luchas de las naciones, es la respuesta armoniosa que el género humano da al enigma del mundo; una luz espiritual que el alma necesita más que la del sol.
Quien destruye una obra como ésta asesina a más de un hombre: asesina el alma más pura de una raza. Su crimen es inexpiable, y Dante lo hubiera castigado eternamente con la agonía eterna de su raza. Nosotros, que no compartimos su espíritu vengativo, nos negamos a culpabilizar a todo un pueblo por los actos de unos pocos. Nos basta con observar el drama bélico que tiene lugar ante nuestros ojos, y cuyo desenlace casi inevitable será la quiebra de la hegemonía alemana. Lo que lo hace más desgarrador es que ni un solo miembro de la élite intelectual y moral de Alemania —ese centenar de espíritus elevados, esos miles de corazones valientes que jamás han faltado en nación alguna—, ni uno solo de ellos imagina los crímenes de su gobierno; ni uno solo sospecha las atrocidades que ha cometido en Valonia, el norte y el este de Francia durante las dos o tres primeras semanas de la guerra; ni uno solo (¡esto parece una apuesta!) sospecha la devastación deliberada de las ciudades de Bélgica, ni la ruina de Reims. Si llegaran a poner rostro a la realidad, sé que muchos de ellos llorarían de dolor y de vergüenza. Por eso, de todos los crímenes del imperialismo prusiano, el más vil es haber ocultado sus crímenes a su pueblo: porque, privándole de medios para protestar y abusando de su devoción, lo ha convertido en cómplice ante la Historia.
Desde luego, también los intelectuales tienen su parte de culpa. Una cosa es que admitamos que en Alemania, como en todos los países, haya buenas personas que se dejen embaucar y acepten las noticias que les ofrecen en bandeja sus líderes. Sin embargo, no podemos perdonárselo a aquellos hombres cuyo oficio es distinguir la verdad de la mentira y reconocer el valor relativo de los testimonios nacidos del interés o la pasión. Su deber elemental (deber de lealtad, de sentido común) era proveerse de información procedente de los dos bandos. Sin embargo, su lealtad ciega y su confianza culpable les han hecho caer en las redes del imperialismo. Han creído que su primer deber era defender con los ojos cerrados el honor de su Estado contra toda acusación. No han sabido ver que el medio más noble para defenderlo era reprocharle sus faltas y librar de ellas a su patria.
He esperado en vano un gesto de viril desaprobación que habría podido engrandecer a los espíritus más orgullosos de Alemania en lugar de humillarlos. La carta que escribí a uno de ellos al día siguiente de que la voz brutal de la Agencia Wolff proclamara pomposamente que Lovaina había sido reducida a un montón de cenizas fue interpretada por toda la élite alemana como un gesto de enemistad. No se dieron cuenta de que estaban desaprovechando una oportunidad para desligar a la nación alemana de los crímenes que el Imperio estaba cometiendo en su nombre. ¿Qué pedía yo a los artistas de Alemania? Simplemente que tuvieran el valor de condenar los excesos cometidos, y que se atrevieran a recordar a sus gobernantes desbocados que ninguna patria puede salvarse mediante el crimen, y que los derechos del espíritu humano prevalecen sobre los demás. Una voz, una sola voz libre pedía… pero ninguna habló. Y sólo escuché los aullidos de la manada, los ladridos de las jaurías de intelectuales lanzados sobre la pista que les había señalado el cazador. Dicha pista era una insolente carta en la que, sin la más mínima intención de justificar sus crímenes, declarabais al unísono que tales crímenes no habían existido en absoluto. Y vuestros teólogos, vuestros pastores, vuestros predicadores callejeros han corroborado vuestro sentido de la justicia y han declarado que bendecís a Dios por haberos hecho así… ¡Qué raza de fariseos! ¿Qué castigo azotará vuestro sacrílego orgullo desde las alturas?.. ¡Cuánto mal hacéis a vuestros compatriotas! La peligrosa megalomanía de Ostwald o de H. S. Chamberlain,7 y la criminal cabezonería de los noventa y tres intelectuales que se han negado a ver la verdad le saldrán más caras a Alemania que diez derrotas militares.
