Actualmente, hay muchas familias en todo el mundo que educan fuera de la escuela y desde siempre ha habido quienes se resistieron a ella, ejerciendo su capacidad de aprender de distintas maneras. Por esta razón, para hacer este libro buscamos historias reales que muestran que es posible y gozoso, aunque no por eso sencillo, aprender en libertad. Decidir que lxs hijxs no vayan a la escuela o ser docente y elegir salir de la escuela no son decisiones menores. ¿Qué llevó a un papá o a una mamá a tomar esa decisión? ¿Qué fue lo que hizo que una maestra dejara la escuela? ¿Y qué ocurrió después? ¿Qué cambios hubo en sus vidas? Esto es lo que nos cuentan las personas en este libro, a través de sus experiencias de vida en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú, México y España. A lo largo de estas páginas, también encontrarán artículos de análisis que, desde perspectivas políticas, sociológicas, culturales y psicológicas, ahondan en las implicancias del sistema educativo, sus orígenes, sus devenires y consecuencias para el ser humano, la sociedad y la Tierra. Todas las personas interesadas en la educación, que valoren la infancia como etapa fundacional en la vida o que estén en la búsqueda de formas de vida más autónomas encontrarán en este libro interlocutores que las interpelan, que las invitan a pensar y repensar, a sentir y a conocer otros modos de aprender y de vivir. Esperamos que estos textos funcionen como espejos de aquellas sensaciones, emociones, pensamientos y preguntas que nos reúnen como seres humanos.
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Seitenzahl: 514
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Más allá de la escuelaHistorias de aprendizaje libre 2.a edición
Con prólogo de Cristina Romero
Tamina Alvarez Eskuche - Omar Ardiles - Arturo Avellaneda - Dolores Bulit - Germán Doin Campos - Tane Da Souza Correa - Gustavo Esteva - Itzel Farías Malagón Edgardo Leonel García García - Pedro García Olivo Mónica González Aguilar - Romina Infin - Laura Isod Yvonne Laborda - Paula Lago - Nicolás Luján - Sandra Majluf - Simón Martínez - Ana Paulina Maya Zuluaga Emma Miranda - Joana Mompart Bona - Areli Sadaí Nolasco Legaspi - Aldo Ocampo González - Macarena Ponce - Carla Mariana Quintana - Grimaldo Rengifo Vásquez - Isaac Sánchez - Alejandra Sandoval - Alba Alexia Sifuentes Jiménez - Ana Thomaz - Raúl Zibechi
Constanza Monié - Cesilia Roja compiladoras
Alvarez Eskuche, Tamina
Más allá de la escuela : historias de aprendizaje libre / Omar Ardiles... [et al.] ; compilado por Constanza Cáceres Monié ; Cesilia Roja ; coordinación general de Constanza Cáceres Monié ; Cesilia Roja ; editado por Constanza Cáceres Monié ; Cesilia Roja ; ilustrado por Nicolás Lepka ; prólogo de Cristina Romero Miralles. - 2a ed compendiada. - Buenos Aires : Constanza Monié, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-86-6177-3
1. Educación Alternativa. I. Alvarez, Tamina. II. Monié, Constanza, comp. III. Roja, Cesilia, comp. IV. Lepka, Nicolás, ilus. V. Romero Miralles, Cristina, prolog.
CDD 371.04
Edición al cuidado de Constanza Monié y Cesilia Roja
Diseño de cubierta e ilustraciones: Nicolás Lepka @cosassueltas
Diagramación: Carime Morales Salomón
Este libro fue confeccionado por Versal hacemos libros
@ versal.hacemoslibros
@versalhacemoslibros
Este libro es publicado bajo la licencia Reconocimiento-Compartir igual de Creative Commons. Se permiten la copia, la redistribución y la realización de obras derivadas, siempre y cuando estas se distribuyan bajo las mismas licencias libres y se cite la fuente. El copyright de los textos individuales corresponde a lxs respectivxs autorxs.
La versión digital de este libro está disponible y puede ser solicitada a las editoras.
Hemos decidido respetar el tratamiento de género que cada autor o autora eligió utilizar en su escritura: a, e, o, x, _.
Todas las poesías de este libro fueron escritas por Zigarra Roja, a excepción de “Dejar de ser maestro”.
Segunda edición. Agosto de 2020.
Edición en formato digital: octubre de 2020
Conversión a formato digital: Libresque
Esta publicación fue compilada gracias a la participación desinteresada de las autoras y los autores, quienes brindaron sus escritos con entusiasmo y generosidad. Agradecemos profundamente a todas las personas que compartieron sus historias con nosotras. Fue un hermoso regalo recibir, leer y poder ser parte de los escritos que aquí compartimos. Gracias por la entrega y la confianza. Nosotras también aprendimos.
También damos las gracias a las madres y los padres que, con sus crisis y búsquedas de opciones de educación, nos inspiraron a acompañarles y crear este libro-puente para ellxs.
Valoramos mucho la colaboración de Ana Lucía Bohorquez, Eugenio Reynal, Juan Cordone, Patricia Piñeiro, y de todas aquellas personas que aportaron energía y recursos para hacer posible la impresión de esta segunda edición.
encuentro de miradas
historias-espejo
libro-herramienta
La cuestión del aprendizaje es amplia. Lo cierto es que existen tantas maneras de aprender como personas en el mundo. Sin embargo, las creencias de que solo se puede aprender en la escuela y únicamente quien va a la escuela es una persona valiosa, han puesto en duda nuestra capacidad natural de aprender. Nos hemos encerrado en los muros del sistema educativo.
Poco se habla de las alternativas a la educación tradicional, o de la posibilidad de aprender sin escuela, a pesar de que, desde que nacemos, aprendemos muchas cosas de manera autónoma, algunas veces guiadxs por nuestro propio interés, otras por instinto y otras por influencia de las personas que nos rodean. Aprender es algo que hacemos todo el tiempo, inevitablemente.
Actualmente, hay muchas familias en todo el mundo que educan fuera de la escuela y desde siempre ha habido quienes se resistieron a ella, ejerciendo su capacidad de aprender de distintas maneras. Por esta razón, para hacer este libro buscamos historias reales que muestran que es posible y gozoso, aunque no por eso sencillo, aprender en libertad; historias que nutren y amplían el significado de la educación y del verbo aprender. Hemos recopilado testimonios de madres, padres, jóvenes, maestras, movimientos sociales y comunidades que, al salir de la escuela o al decidir no transitarla, crean caminos propios en la búsqueda de opciones, no solo de educación, sino de vida y bienestar en todos los sentidos.
A través de las historias aquí reunidas, deseamos crear puentes entre quienes ya están ejerciendo su libertad de aprender, viviendo sus procesos de aprendizaje cotidiano, en familia, en comunidad, más allá de la escuela, y quienes aún están en la búsqueda de alternativas más acordes a sus intuiciones e intenciones de vida.
Este no es un libro sobre pedagogía; no es una publicación que teoriza sobre el sistema educativo o sus métodos. Más bien esperamos que sea un libro que los ponga en jaque pacífica y amorosamente. Que quien recorra estas páginas sea conmovidx y movidx, a su propio tiempo y manera y en su propia dirección, hacia su propia creación.
Algunos artículos de análisis que encontrarán en las páginas que siguen abordan la temática desde perspectivas políticas, sociológicas y culturales; ahondan en las implicancias del sistema educativo, sus orígenes, sus devenires y consecuencias para el ser humano, la sociedad y la Tierra. Otros, ubican en el centro de su investigación al ser humano y su desarrollo personal, sus emociones, su biología y su psicología. Creemos que esta diversidad de miradas sobre una misma cuestión abre un abanico de herramientas para reflexionar profundamente. Confiamos en que esta reflexión lleve, a su debido tiempo, a la inevitable acción; a la toma de conciencia, primero, y de decisión, después, para provocar cambios en nuestros modos de vivir y de relacionarnos con el mundo.
Los autores y las autoras de estos textos escriben sobre el aprendizaje libre desde una mirada más amplia que los testimonios en primera persona, e introducen conceptos globales sobre el tema. Yvonne Laborda detalla qué significa la desescolarización en la vida de niñxs y adultxs. Germán Doin Campos y Simón Martínez abordan el origen de la desescolarización como práctica política y problematizan sus implicancias en el momento histórico actual. Paula Lago nos ayuda a repensar el aspecto legal del aprendizaje libre. Raúl Zibechi aporta su mirada sobre los movimientos sociales, valorándolos como espacios de aprendizaje en sí mismos. Grimaldo Rengifo relata cómo el pueblo quechua lamas ha recuperado sus saberes ancestrales a través de la inclusión de los abuelos en la educación comunitaria. Pedro García Olivo cuenta cómo se aprende en algunas comunidades donde no hay escuelas. Gustavo Esteva comparte los síntomas de la crisis actual de las instituciones educativas, los daños y las consecuencias que estas generan, así como experiencias inspiradoras de aprendizaje autónomo en varias partes del mundo.
Decidir que lxs hijxs no vayan a la escuela o ser docente y elegir salir de la escuela no son decisiones menores. ¿Qué llevó a un papá o a una mamá a tomar esa decisión? ¿Qué fue lo que hizo que una maestra dejara la escuela? ¿Y qué ocurrió después? ¿Cómo reaccionó la familia? ¿Qué cambios hubo en sus vidas? Esto es lo que nos cuentan las personas en este libro, a través de sus experiencias de vida en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú, México y España. Conoceremos familias que, a partir de su malestar en la escuela, emprenden con valentía nuevos caminos. Entre serpenteos y espirales, más que líneas rectas, iremos descubriendo procesos dinámicos de personas en constante búsqueda. Una maestra en crisis con el sistema de educación alternativa nos cuenta cómo transitó su salida de una escuela que ella misma había creado y cómo es su vida hoy. Un padre de familia comparte el proceso de desescolarización que vive junto a su compañera, sus hijxs y otras familias desescolarizadas. Una madre nos lleva de la escuela a la plaza y de la plaza al monte en su intento por romper los encierros de la vida moderna, atender la necesidad de socialización de sus hijos y ofrecerles un modo de vida más libre y natural. Otra mamá relata cómo ella, una profesora universitaria, decidió quitar a sus hijxs de la escuela en una etapa de sus vidas para que, luego de fructíferos años desescolarizados, ellxs mismos optaran por volver a transitar el sistema educativo formal. Otro testimonio hace que nos detengamos un instante para caer en la cuenta de que no hay recetas posibles, y nos advierte que la desescolarización no es una solución al paradigma de la educación. Un joven nos cuenta cómo fue su vida aprendiendo y creciendo en casa, hasta llegar a ser licenciado en Física, mientras que otro narra cómo, a su salida de la escuela a los catorce años, descubrió en la calle y en el movimiento cooperativo, autogestionado, lugares de aprendizaje y posibilidades de sostén económico.
Niñxs y adultxs entusiasmadxs, creciendo y descubriendo juntxs, cambian las materias, los deberes, los horarios, el consumo y las calificaciones por el acompañamiento, la presencia, la crianza conjunta, el tiempo libre, el cuidado, el juego, los viajes, los encuentros, la colaboración entre familias y los aprendizajes compartidos. Estos relatos dan cuenta de la importancia e influencia del entorno que las envuelve, y revalorizan las relaciones con el mundo y la naturaleza, como parte de los procesos de aprendizaje de cada quien.
Estas historias no son cuentos de hadas, súper héroes o personas privilegiadas. Son testimonios de personas comunes que deciden tomar sus vidas en sus manos y conectarse con sus propias búsquedas y sentires, poniendo todo lo ya hecho en duda, creando otros caminos, prestando atención a las voces de lxs niñxs, tejiendo comunidades, confiando en su intuición, volviendo a la naturaleza. Son personas que están caminando día a día su propia desescolarización, asumiendo sus desafíos con los ojos bien abiertos, descubriendo que, al tomar este camino, crean también otras formas de relacionarse, de ser familia, de aprender haciendo, de vivir aprendiendo. Tomar conciencia y responsabilidad de su propio aprendizaje y el de sus hijxs, es lo que les otorga libertad.
Todas las personas interesadas en la educación, que valoren la infancia como etapa fundacional en la vida o que estén en la búsqueda de formas de vida más autónomas encontrarán en este libro interlocutores que las interpelan, que las invitan a pensar y repensar, a sentir y a conocer otros modos de aprender y de vivir. Esperamos que estos textos funcionen como espejos de aquellas sensaciones, emociones, pensamientos y preguntas que nos reúnen como seres humanos.
Estas palabras hechas de pies y manos muestran cotidianidades educativas en constante invención, así como aprendizajes autónomos sin currículo ni jerarquías, sin caminos trazados, manuales ni recetas ya probadas. Quizás sus referentes hayan sido otras familias, otras experiencias y algunas certezas que han encontrado en su andar.
La invitación es a verlo todo desde una óptica diferente: el aprendizaje sucede, está en nuestra naturaleza, es parte de nuestro ser. Si estamos atentxs, siempre estamos aprendiendo. No hay distinción entre vivir y aprender. Todas nuestras actividades e iniciativas son hilos de un mismo tejido de aprendizajes; hilos que van dando forma a la tela de una vida cada vez más libre y más nuestra.
Buenos Aires-San Luis, otoño de 2018
Escribimos estas líneas en un contexto muy diferente al del otoño de 2018. Las escribimos inmersas en una crisis mundial causada por la propagación del virus COVID-19, que nos ha obligado a un cambio de vida. Puede que el aislamiento social impuesto nos haya llevado a reconsiderar nuestra manera de trabajar, de consumir, de relacionarnos con lxs demás y con nosotrxs mismxs, así como sucede cuando nos salimos del sistema escolar tradicional.
Por su parte, las escuelas cerradas han hecho que las familias lleven adelante una educación en casa forzada y en su forma más limitada, es decir, impuesta, aislada, despersonalizada y dirigida desde afuera. Esto ha causado a familias y a docentes altos niveles de estrés, provocados por las tareas, las correcciones, las fechas de entrega. Las historias en este libro y sus protagonistas tienen algo que aportar en este momento, ya que muestran la gran diversidad de formas en que el aprendizaje sucede más allá de la institución escuela, y resaltan la necesidad de no perder de vista la motivación intrínseca que los seres humanos traemos por el aprendizaje desde el nacimiento. Incluso, algunxs de lxs autorxs del libro se han vuelto referentes del tema, y acompañan a familias que de pronto tuvieron que llevar la escuela y el trabajo a casa.
Lo que marca este tiempo, sobre todo, es que nos vemos enfrentadxs con el encierro, con la prohibición de estar al aire libre, de frecuentar personas, parques y plazas, de que lxs niños jueguen con otrxs, de que lxs adultxs se encuentren. En Argentina, al menos, la situación es esta, y aunque los perros gozan de un protocolo para salir a pasear, lxs niñxs no. Para las familias que crían en contextos de neurodiversidad o discapacidad motriz, esto es especialmente difícil, porque la necesidad de movimiento, de por sí vital para la infancia, es en estos casos urgente. Ha habido mociones y pedidos a las autoridades al respecto, y los gobiernos están comenzando a autorizar paseos breves y controlados. La crisis nos ayuda a entender que hay cosas para cambiar, y que tanto la situación mundial como la forma de educar están cambiando. Esta coyuntura nos hace ver también la necesidad vital de seguir indagando en el entrecruzamiento de infancia, crianza, libertad y aprendizaje.
“Que el libro nos mueva” fue el sueño lanzado al aire al inicio del proceso de creación de la primera edición, y así sucedió. El libro ha rodado por lugares y contextos muy diversos durante estos dos años; hemos andado y crecido mucho junto a él, y junto a quienes se acercaron a nosotras para compartir sentires, preguntas, reflexiones y más historias.
Lectores y lectoras nos han transmitido que el libro sirve como puente, guía y compañero; sirve para saber que hay distintas maneras de aprender y criar, y que cada persona puede hacerlo a su forma y según su propio contexto. Además, sirve para visibilizar y legitimar el modo de vida de muchas familias que ya venían practicando la educación sin escuela. Por fin, sirve para acompañar búsquedas en el tema de la educación y plantearse nuevos interrogantes. Las personas que nos escriben agradeciendo, o que nos cruzamos y nos comentan que han leído el libro y se han sentido confortadas en sus decisiones, las que mandan fotos, las que escriben a lxs autores para profundizar el contacto, e incluso las novedades que recibimos de quienes escribieron sus historias, nos traen la alegría de la continuidad de su proceso, como un libro vivo, sin fecha de caducidad.
Hoy, mirando el camino del libro, vemos un entramado de personas, familias, espacios y compartires que han ido enriqueciéndolo cariñosamente y que, casi sin darse cuenta, han ido creando una comunidad del libro, y han dado pie al surgimiento de esta nueva edición. En esta ocasión, tomamos el tema de la educación en situaciones de neurodiversidad y discapacidad como motor principal del libro. ¿Cómo aprenden lxs niñxs en situación de discapacidad?, ¿por qué tomaron esas familias la decisión de buscar alternativas?, ¿cuál es el marco teórico que sustenta la desescolarización?, ¿qué desafíos presenta?, ¿cómo funciona la desescolarización de lxs adultxs?
Para prologar esta edición convocamos a la escritora Cristina Romero Miralles, por su amplia experiencia en educación libre y como maestra de educación especial. Por su parte, el especialista en educación inclusiva Aldo González Ocampo brinda un artículo en el que desarrolla las condiciones de producción de la educación inclusiva y sus posibilidades de disrupción. Además, Alejandra Sandoval, desde su experiencia como psicopedagoga y acompañante de familias que educan en casa, propone una educación amorosa, respetuosa y creativa que potencie las capacidades de cada niñx.
Para retomar las inquietudes de lxs lectorxs, invitamos a Dolores Bulit a analizar el lado B de la educación alternativa y los desafíos recurrentes para espacios educativos y familias. Asimismo, Itzel Farías Malagón suma un breve marco teórico –basado en las ideas de Iván Illich y John Holt– que describe el pensamiento subyacente a la práctica de desescolarizar.
En cuanto a los nuevos testimonios, contamos con la riqueza de tres historias de vida que muestran el cotidiano de familias que conviven con la neurodiversidad. Una madre cuenta cómo la empatía hacia su hijo estimuló su búsqueda de alternativas médicas y educativas, mientras que otra nos da un pantallazo de por qué decidieron desescolarizar a su hijo con diagnóstico de trastorno del espectro autista y cómo viven, aprenden y socializan ahora. Un padre y pediatra revela sus aprendizajes en el acompañamiento de su hija, quien sufre epilepsia refractaria, y relata sus descubrimientos en el tratamiento con cannabis. Estas familias escuchan a sus hijxs y toman sus situaciones particulares como oportunidades de aprendizaje. Así, eligen aquello que tiene más sentido para ellas, aunque eso implique ir más allá de lo comúnmente aceptado. A través de anécdotas y momentos claves de su historia, van dando cuenta de un camino educativo, terapéutico y de vida en construcción y revisión constantes.
Por otro lado, el testimonio de una cooperativa de chocolate oaxaqueño y el escrito sobre una comunidad educativa que vive y aprende en la naturaleza nos hacen valorar la recuperación de lo artesanal-local, los saberes de la tierra y la apuesta de lo colectivo, en consonancia con las experiencias de aprendizaje autónomo a las que se refiere Gustavo Esteva en su artículo. Dicho artículo ha sido actualizado para esta edición con una mirada sobre la pandemia de COVID-19 y sus afectaciones al sistema educativo mundial y la vida en general. Ana Thomas, Ana Paulina Maya, Carla Quintana y Omar Ardiles también han hecho revisiones en sus textos para la presente edición.
La situación actual pone en evidencia que estamos en un momento incierto. Vivimos una crisis en el sistema sanitario que al parecer traerá cambios en todos los ámbitos de la vida. Según nuestra mirada, tenemos la posibilidad de tomar dicho momento como una catástrofe de encierros cada vez mayores o como una oportunidad de transformación, sin derecho a réplica. Queremos animarnos a tomar la segunda opción aprovechando el tiempo presente en todas sus magnitudes, haciéndonos cargo y disponiéndonos al cambio. La forma de vincularnos, educarnos, comunicarnos, sostenernos, es atravesada por el momento actual. Nos queda aprovechar esta puerta abierta para la plasmación de nuestro ser más esencial. Creemos en la gran posibilidad que se nos presenta para liberarnos de la escuela que hay dentro de nosotrxs y seguir recuperando nuestras capacidades autónomas de sanar, comer, habitar, aprender, relacionarnos. El horizonte que alcanzaba a dibujarse más allá de la escuela se acerca aquí y ahora.
Una vez más, esperamos que este libro-herramienta, libro-espejo, libro-vivo muestre, reúna y expanda miradas amplias y transformadoras hacia los procesos de aprendizaje que inevitablemente suceden a lo largo y ancho de las vidas de niñxs y adultxs en todo el planeta.
Buenos Aires-Córdoba, otoño de 2020
por Cristina Romero 1
Cuando, como personas adultas (que hemos vivido en propia piel solamente experiencias con la educación tradicional) nos acercamos a la posibilidad de conocer y favorecer el aprendizaje en libertad para las nuevas generaciones, como bien nos dice Dolores Bulit en este libro “lo que la mayoría descubrimos en el camino es que los que de verdad estamos aprendiendo –o desaprendiendo– somos nosotros, los adultos”. Eso siento yo, que la que más aprende y desaprende soy yo misma, cada día. Así que desde ya quiero dar las gracias a Constanza Monié y a Cesilia Roja por darme la oportunidad de escribir estas palabras a modo de prólogo para la segunda edición del libro, pero especialmente por la oportunidad de releerlo. Desde aquí mi agradecimiento de corazón a todas y cada una de las personas que compartís en este libro vuestra valiosa mirada de la educación alternativa y vuestras propias experiencias con la desescolarización o el desaprendizaje.
Este libro es un puente que enlaza mundos desconocidos. Que nos permite pasearnos por sendas hasta ahora no demasiado transitadas. Esos libros son los mejores, los que nos descubren realidades distintas. Porque gracias a ellxs nos expandimos y crecemos por dentro. Vemos el horizonte más amplio y nuestra mente traspasa viejos muros que nos limitaban. ¡Había vida más allá de los muros de lo conocido!
Para mí, además, este libro cumple otra segunda función enorme: la de recordarnos que no estamos solxs en este malestar con el sistema educativo actual. Es muy importante recuperar ese sabernos juntas en el mismo viaje y entender que la experiencia vital de cada una puede convertirse en alimento y valiosa inspiración para otra familia en otra parte lejana del planeta. Este libro contiene ese regalo. Nos ofrece la posibilidad de ponernos en los zapatos y en el corazón de otras personas (madres, padres, docentes, jóvenes, niñas y niños…) que nos inspiran en nuestro propio camino a través de sus valiosas historias. A través de ellas es como si nos dieran la oportunidad de entrar en sus casas, en sus vidas, en los rincones más profundos de sus almas. Son historias de desencuentros y de encuentros, historias de falta de escucha por las necesidades reales de la infancia e historias de profunda escucha y respeto. Historias hacia la aceptación completa por lo que sus hijxs son, más allá de las expectativas, más allá de las etiquetas… Historias de corazones que se fueron abriendo a medida que sus hijxs crecían. Historias de personas que aprendieron a amarse a sí mismas, a pesar de todo. Y justamente esas historias de madres y padres humanos, vulnerables, que desaprenden y sueltan un montón de creencias acerca de sí mismxs, la vida, o sus hijas e hijos, son las que más necesitamos. También las de escuelas alternativas que, lejos de ser perfectas, se aventuran valientemente por sendas hasta ahora no transitadas. Gracias a todas esas experiencias descubrimos lo poco que nos diferenciamos y que todas las familias y personas que sentimos este anhelo estamos en el mismo viaje, hacia lo desconocido, hacia el reencuentro con tantas cosas que habíamos perdido.
Todxs nosotrxs, aunque nos lo digan (o nos lo digamos) poco, somos heroínas y héroes, porque a pesar de lo vivido de niñas o de niños, con una gran mochila todavía a cuestas, a ciegas y en una sociedad patriarcal como la actual, nos empeñamos, día tras día, en reconectar con la mejor versión de nosotrxs mismxs, para así poder ofrecerle a la infancia una realidad distinta.
En muchos casos es la maternidad o la paternidad la que nos empuja por el acantilado. La que nos invita a ese profundo viaje interior. Son nuestras hijas e hijos quienes nos ponen cara a cara con la niña o el niño que fuimos y nos muestran por dónde fue que nos perdimos en el camino. Es gracias a esas maestras y maestros que muchas de nosotras nos damos la vuelta como un calcetín y crecemos en Amor, del grande, primero por esas criaturas, pero después también por nosotras y por todas las demás.
En esta segunda edición del libro, además, nos adentramos en un tema que desde siempre me ha parecido un gran reto para esta sociedad: entender la neurodiversidad. Como maestra de educación especial veo que nos queda mucho camino para poder mirar a cada niñx como el ser único y maravilloso que es, sin quedarnos atrapadxs en solamente buscar diagnósticos ni etiquetas que nos alivian, sí, pero que no ven realmente las necesidades ni el valor de cada ser que tenemos delante. Nuestra sociedad, que tiende a desvalorizar lo diferente, está enferma de tanta uniformidad. Nuestro mundo está enfermo de falta de diversidad, en las aulas y en la calle.
Proteger la diversidad es una esperanza para este mundo. La propia, la ajena. La de cada criatura viva de este planeta. La diversidad es esencial para el equilibrio de la vida. Allí donde hay diversidad, hay salud. En lo biológico, a menor diversidad, mayor desequilibrio. Lo vemos en la salud de nuestras bacterias intestinales, lo vemos en ecosistemas como los bosques. Pero la escuela tradicional sigue ajena a esta idea y aún ahora se empeña en uniformizar a cada criatura que pasa por sus manos.
Cada ser humano es único, irrepetible. Es de vital importancia que empecemos a tomar consciencia de lo importante que es permitir que cada bebé que llega a este mundo sea escuchado en sus necesidades (físicas, afectivas, mentales) y que no tenga que adaptarse imperiosamente a las necesidades de esta sociedad capitalista. Ni que seamos los adultos quienes recortemos a cada criatura para que encaje en este mundo desequilibrado según nuestras limitadas expectativas.
Este libro es un valioso reflejo de familias y experiencias de profundo cuestionamiento ante lo establecido. Y yo desde aquí solo puedo celebrarlo y sumarme. Estamos juntxs construyendo un mundo mejor, más diverso, donde caben otras formas de aprender, mucho más en contacto con las necesidades genuinas de la infancia. Gracias a ti por sumarte también.
1 Cristina Romero es autora, entre otro, del libro Una revolución en la Escuela, despertando al Dragón Dormido y es coautora, junto a Laura Gutman, de Mi hijo no quiere ir a la Escuela. ¡Y tiene razón! Ambos libros fueron publicados por la editorial Ob Stare.
andamos con la emoción en los pasos
abrimos el corazón y los abrazos
aprendemos y enseñamos
sentimos disposición a lo nuevo
agradecemos estar aquí
cantamos
la lluvia limpia cada uno de nuestros rincones
el viento cosecha nueces
los más pequeños nos enseñan a confiar
sus ojos sonríen
aprobando nuestras intuiciones
dando cuerpo a nuestro caminar
estamos en cuarentena
por Ana Paulina Maya Zuluaga 1
Somos una familia formada por papá, mamá, una hija de veintidós años, un hijo de veintiuno, una hija de quince, un hijo de trece y tres gatos (que han llegado a ser siete y estuvieron acompañados, en alguna época, por una hermosa golden retriever que fue nuestra compañía, caballito y niñera por doce años).
Nos salimos del sistema escolar en 2007, y durante todos estos años he escrito mucho sobre la educación en familia y sobre nuestra experiencia, principalmente en los dos blogs que creé para ese fin. Decidí construir este texto aprovechando trozos de los relatos, experiencias y reflexiones creadas vividas durante todos estos años.
Una de las primeras preguntas que nos hace la gente es: ¿por qué razón tomaron la decisión de desescolarizar? Ahora tengo muy claro que hay unas razones por las que tomamos la decisión y otras muchas, que vamos descubriendo en el camino, que nos hacen mantenernos educando en familia. Lo que sigue es lo que escribí al respecto cuando llevábamos solo un año educando en casa.
Junio de 2008 - ¿Por qué educar en casa a nuestros hijos?
Esta es la pregunta obligada cuando contamos a alguien que nuestros hijos mayores no van al colegio. Hay muchos motivos que hemos ido descubriendo sobre la marcha pero, si vamos a ser sinceros, fueron dos los que nos animaron a “lanzarnos al agua”:
el disfrute del aprendizaje compartido en los momentos de responder a las preguntas de los niños, consultar en un atlas, investigar en internet. Siempre quedaba la sensación de ¿por qué no hacemos esto más seguido? Y si yo estoy dedicada a ellos de tiempo completo ¿por qué no educarlos yo misma?;
el factor económico. El colegio en el que estaban María Alejandra y Juan José era cada vez más costoso, y entonces ¿cómo íbamos a hacer cuando los cuatro fueran al colegio? Probablemente tendríamos que cambiarlos a uno más barato, pero ¿qué tan satisfechos estaríamos con la educación del nuevo colegio?
Ahora que cumplimos un año desde que salieron de “vacaciones indefinidas” vemos muchos cambios positivos que han sucedido en nuestros hijos:
se ven felices y tranquilos, hacen lo que quieren y lo hacen porque les gusta, durante todo el tiempo que ellos quieran hacerlo;
comen mejor, más saludablemente, pues de nuestro mercado desaparecieron los paquetes y los jugos de cajita; obviamente se aumentó el consumo de frutas, yogurt y queso;
están alejados de esa presión consumista a la que estaban sometidos en el colegio, no andan pendientes del juguete o la ropa de moda, ni piensan que se van a morir si todos lo tienen y ellos no;
han descubierto la libertad de seguir el ritmo de descanso que su cuerpo les demande: acostarse a dormir cuando sientan sueño o cansancio y levantarse en la mañana porque ya han dormido suficiente, y no porque tienen que correr o los deja el bus.
Y así podría seguir enumerando aspectos positivos. En conclusión, creo que hemos encontrado nuestro rumbo.
Hoy, a 2020, veo muchas fallas en el sistema escolar y sus prácticas, que no había visto cuando escribí lo anterior. Tengo claro que casi ninguna escuela tiene las condiciones necesarias de respeto y libertad que deben rodear a los niños durante su etapa de crecimiento y formación. Mi lista de motivos para preferir la educación en casa es muy, muy larga.
A medida que el tiempo pasa, seguimos aprendiendo, los hijos crecen y con ellos se superan unos miedos y aparecen otros.
Hablando de miedos, hay uno que parece bastante omnipresente y que genera una gran pregunta, tal vez la más repetida y que más nos cansamos de responder es: ¿qué pasa con la socialización? Ahora, con toda la experiencia acumulada, me sorprende que la gente pregunte esto de manera mecánica, que estén tan convencidos de que si los niños no van al colegio, no socializan; es como si creyeran que al no ir al colegio van a convertirse en jóvenes desadaptados y antisociales. ¿Se habrán preguntado alguna vez qué significa socializar? Sobre esto escribí cuando llevábamos dos años por fuera del sistema escolar y mis hijos mayores estaban comenzando su preadolescencia y adolescencia.
Agosto de 2009 - Socialización
Creo que, después de dos años sin colegio, ya puedo atreverme a hablar sobre la famosa pregunta que todos hacen: “¿Y la socialización?” Y es que, aunque había leído mucho sobre lo inquietante que resulta el tema para los que no conocen esta opción de educación, cuando tomamos la decisión de sacar a nuestros hijos del colegio, eso no me preocupaba tanto. Ahora puedo ver los cambios en mis hijos, sus progresos en el trato con los demás, y pienso que lo mejor que le pudo haber pasado a su socialización fue desarrollarla fuera del colegio, en el mundo real.
Para mí, la socialización que se da en el colegio es totalmente artificial: los niños son agrupados por edades, para comodidad del adulto, no porque sea lo mejor para el niño y su desarrollo. En la vida real estamos rodeados de personas de todas las edades, profesiones, temperamentos, niveles socioculturales, color de piel, acentos. Esa es la verdadera socialización y es la que les ofrecemos a nuestros hijos día a día al incluirlos en la vida cotidiana de la familia. De ninguna manera están encerrados en casa todo el día, ni les negamos la posibilidad de desarrollar sus habilidades sociales. Por el contrario, interactúan de manera natural, permitiéndose al mismo tiempo construir su personalidad y fortalecer su autoestima, alejados de las situaciones dañinas del ambiente escolar como el bullying, el abuso de poder, las relaciones verticales o las etiquetas.
Mis dos hijos mayores siempre han sido muy tímidos, especialmente con los adultos, pues con niños que acaban de conocer se integran fácilmente y pronto están jugando juntos; claro, ahora más que antes. Además, ahora importa menos si son o no niños de su misma edad o sexo.
El hecho de no ir al colegio hace que se relacionen con los adultos que los rodean de otra manera, desde otra perspectiva diferente a la de profesor-alumno, en la que existe una figura de poder y otra de sumisión y obediencia, a veces de temor. Esta relación puede dañar la autoestima y la imagen propia de un niño tímido o sensible, como le pasó a uno de los míos. Ante sus cambios de comportamiento, todas las profesoras coincidieron en culparme a mí y a mi nuevo embarazo, ¡como si construir una familia significara hacer daño a los hijos que ya tenía! Ahora ese niño, que hace dos años se veía triste, sonreía poco y miraba al piso cuando estaba frente a un adulto que no fuesen sus padres, se ha convertido en un niño que es amigo de todos los demás niños de todas las edades en el barrio; es un niño justo que no interviene en peleas o discusiones solo por tomar partido, es amable con los pequeñitos y no se deja intimidar por los más grandes, y todos lo buscan todo el día para jugar con él. Con los adultos todavía le cuesta: si le hablan, me mira como pidiendo ayuda, pero al menos saluda y se despide, cosa que antes no hacía. Lo difícil de su proceso me hace ver la profundidad del daño sufrido.
También debo admitir que la manera en que traté a mis primeros hijos en sus primeros años no me parece la más adecuada ahora, y tal vez yo también tenga una gran responsabilidad por su sufrimiento. Aunque podría simplemente disculparme por mi inmadurez, prefiero admitirlo y seguir buscando maneras de aumentar su confianza y mejorar su autoestima.
Mi hija mayor acaba de cumplir los doce años y no hay nada que me tranquilice más que saber que está viviendo el final de su infancia a su propio ritmo, sin presiones externas, sin afanes de novios, besos y otros temas que ahora las niñas manejan desde esta edad.
Yo sé que todo irá llegando a su debido tiempo, pero me alegra ver que todavía piensa en cuál disfraz va a usar para el próximo Halloween, en lugar de buscar la falda más corta para verse sexy (repito: sé que llegaremos a eso, pero todavía no es momento). Ella todavía puede aumentar un poco más su seguridad y su autonomía, y ejercitar el no dejarse presionar por los demás y defender sus ideas y deseos propios. De todas maneras, puedo ver que nota las diferencias entre los comportamientos de sus amigas y puede juzgar y opinar según su propio criterio, y aprender de lo que le gusta y de lo que no.
Mis dos hijos menores son afortunados porque les tocó una mamá distinta, más consciente, más respetuosa; ellos me han enseñado y todos ganamos. Por eso, saber que no van a recibir ni un poquito de todas las influencias que se derivan del colegio me asegura que no van a perder esa luz, esa espontaneidad que tanto me falta a mí misma y admiro en ellos. Ellos son cariñosos y, sobre todo, libres, y no conocen otra manera de ser.
Siguiendo con las típicas preguntas que despierta el homeschooling, muchas personas también quieren saber cómo es el día a día de una familia que educa en casa. Lo complicado es hacerles entender que no tenemos días típicos. Cada familia hace cosas distintas, e incluso una misma familia realiza actividades diferentes cada día, semana, mes y año. La vida evoluciona, se transforma; nuestros hijos crecen, las rutinas cambian. Para poner un ejemplo, comparto esto que alguna vez escribí sobre una tarde que fue especialmente bonita (que de esas también hay muchas aunque no lo son todas).
Junio de 2010 - Esta tarde
Se suman las tardes lluviosas a mi propósito de sentarme con ellos y engancharlos a quedarse en casa (sobre todo a Juanjo), a despegarse del televisor y de la computadora, a disfrutar de hacer cosas juntos. Hoy, a pesar del bloqueo que siento de solo pensar que mis propuestas vayan a recibir el rechazo como respuesta, tuvimos una tarde deliciosa.
Con Jacobo, Adelaida y Juan José hicimos yoga (con el libro que recibió Lalis Adelaida– en su cumpleaños); comieron palomitas de maíz; pintamos un mapa del mundo con pasteles grasos y acuarelas para nuestros viajes virtuales; Juanjo se fue un rato a la calle y Jacobo siguió pintando.
Adelaida me dijo: “Quiero practicar sumas”, y en eso estuvimos un buen rato. Se le ocurrió dibujar sus dos manos en el papel para ayudarse a contar con los dedos dibujados y llegar a los resultados de la sumas. Más adelante, se dio cuenta de que casi no necesitaba esa ayuda. Mientras tanto, Jacobo también quiso pintar sus manos y luego recortarlas.
Después, jugamos ajedrez, un regalo de cumpleaños que tiene un sistema muy lindo para ir conociendo cada ficha: viene con cartas que indican a cada jugador cuál ficha mover y cómo puede moverla. Jacobo, aunque ya se veía cansado, se interesó lo suficiente en el juego como para acompañarnos un rato y ver cómo nos “comíamos” mutuamente las fichas.
Para terminar, con María Alejandra preparamos unos suflecitos de mazorca que sacamos del libro de recetas para niños de Miriam Camhi.
No me puedo quejar: yoga, cocina, ajedrez, arte, matemáticas y geografía en una sola tarde.
Para seguir tejiendo esta colcha de retazos, comparto un escrito que resume muchas de las experiencias y aprendizajes que hemos vivido, contemplados en retrospectiva. También algunos retos que nos plantea el futuro, pues nuestra vida como familia que aprende en casa aún no termina.
Septiembre de 2015 - Ponencia en Medellín: “Homeschooling: rompiendo paradigmas”
Yo soy un producto perfecto del sistema escolar: la mejor del colegio, siempre en los primeros puestos; obtuve un puntaje altísimo en el examen de ICFES; estudié ingeniera electrónica, la carrera más difícil que conseguí; siempre lista para demostrarle a quien quisiera lo inteligente que soy. Digo que soy el producto perfecto porque fui una alumna obediente, competitiva, disciplinada, complaciente; el sueño de casi todo profesor. Pero en mi vida adulta, ser tan obediente y complaciente no lo he sentido como una ventaja; al contrario, en mi proceso de descubrirme como persona y saber quién soy y qué quiero, estas características han estorbado bastante, pues se me dificulta distinguir entre aquello que en verdad quiero y aquello que hago por dar gusto a los demás o cumplir sus expectativas.
Con mis hijos hice lo mismo que la mayoría: busqué el mejor jardín infantil cuando tenían dos años y luego el mejor colegio. Creo que, sin darme cuenta, en aquel momento mi vena alternativa y la de mi esposo empezaron a dejarse ver: buscamos un colegio que les diera libertades, y lo encontramos.
Mientras nuestros hijos mayores estaban en el colegio, por casualidades de la vida nos enteramos de que algunos niños se educaban sin ir al colegio, y nos quedó sonando. Yo me dediqué a buscar cuanta información pude encontrar por internet y le dimos vueltas a la idea por casi dos años. Después de un cambio de casa y un hijo más, conocimos a una familia que nunca había mandado a sus hijos al colegio y, una semana después de hablar con ellos, estábamos tomando la decisión que iba a cambiar nuestras vidas.
Elegir desescolarizar es una decisión, como todas las que tienen que ver con la educación, muy particular de cada familia, de sus condiciones y de su historia de vida. Admiro profundamente a aquellas familias que son capaces de hacer la reflexión sobre la educación antes de escolarizar a sus hijos y llegan a la conclusión de que no enviarlos al colegio es lo mejor para ellos. Hay quienes desescolarizan como única salida a una situación escolar insostenible (maltrato, etiquetamientos, abuso de autoridad, matoneo, dificultades académicas o de disciplina). Otros padres sufrieron de tal manera su paso por el colegio que no quieren que su hijos vivan la misma experiencia traumática. Algunas familias desescolarizan por razones de salud, o porque son religiosas, o porque viajan mucho, o porque sus niños son artistas o deportistas y su prioridad no es el colegio. Otras creen que la calidad de la educación es deficiente y prefieren procurar ellas mismas una educación más completa según sus propios criterios. También hay quienes llevan un estilo de vida más alternativo y buscan para sus hijos una educación coherente con su estilo. Es probable que existan, aunque de esos no conozco, padres que tomen la decisión de desescolarizar con fines no tan buenos como, por ejemplo, encubrir algún tipo de abuso, tener más control sobre los niños, adoctrinarlos sin que nadie se interponga, o explotarlos.
Volviendo a mi historia personal, cuando tomamos la decisión de desescolarizar, en el año 2007, nuestra hija tenía casi diez años y estaba saliendo de tercero de primaria, nuestro hijo de ocho años estaba saliendo de primero, nuestra hija de tres años estaba en jardín infantil y nuestro último hijo tenía un año. En aquel momento, decidimos que los dos pequeños siguieran asistiendo al jardín y comenzar el proceso en casa con los dos mayores, pues sentía que no iba a ser capaz de tenerlos de un momento a otro a todos en la casa durante todo el día. Tal vez ese temor, el de no saber qué hacer con los niños todo el día en casa, sea uno de los miedos más comunes de las familias que comienzan un proceso de desescolarización. Mirar este reto como una oportunidad, más que como una dificultad, puede ser de gran ayuda; considerarlo un privilegio del que nos habíamos privado hasta el momento. Para mí, este cambio de perspectiva fue la clave para sobrellevar la incertidumbre y los cambios que esa etapa inicial implicó en nuestras vidas y en nuestras dinámicas familiares.
Me doy cuenta de que el miedo es uno de los mayores obstáculos. Tenemos miedo a no saber qué hacer con nuestros hijos; a estar dañando de manera irreversible sus vidas; a que no socialicen lo suficiente; a que no aprendan todo lo que deberían; a que no tengan las herramientas para acceder a una educación superior, a estar negándoles oportunidades y experiencias que creemos que están garantizadas al asistir a un colegio; a no ser capaces de enseñarles trigonometría; a no tenerles paciencia; a no tener tiempo para nosotros mismos; a una demanda legal.
Hace ya ocho años que llevo educando en casa y siete años que estamos agrupados como la red EnFamilia, la Red colombiana de Educación en Familia. Se trata de una red que no se ha terminado de hacer, funciona según el entusiasmo y la disponibilidad de sus miembros y es, principalmente, un punto de encuentro para las familias que buscan apoyo, información y compañía.
Tener compañía en el camino ayuda mucho. Tener con quien hablar y compartir los miedos puede hacerlos más llevaderos; expresarlos en voz alta ayuda, de alguna manera, a racionalizarlos, procesarlos y encontrar maneras de superarlos. Además, es valioso escuchar experiencias de otras familias, sus testimonios son un alimento para la confianza de las familias educadoras. Nosotros fuimos afortunados, pues aquella familia que mencioné antes fue nuestra compañía en el inicio, y mis hijos tuvieron con quien jugar y así no extrañaron tanto a sus compañeros de colegio. Hoy en día, la amistad entre nuestras familias es uno de los mejores regalos que nos ha dado la educación sin escuela. Sin embargo, no hay que desanimarse si la compañía tarda en aparecer. Será un poco más difícil tal vez, pero a la larga descubriremos la fuerza y el poder que tenemos para sacar adelante un proyecto tan ambicioso y tan importante como este, y eso brinda solidez y seguridad a la familia.
La diferencia de edad entre mi hija mayor y mi hijo menor es de nueve años; es decir, he tenido niños en distintas etapas de desarrollo aprendiendo en casa al mismo tiempo. Esto podría verse como otra dificultad, y tal vez sea una de las razones por las que, como familia, llegamos tan rápido al enfoque poco estructurado con el que hoy manejamos nuestra vida y nuestro aprendizaje.
Sé que produce una gran angustia en los padres pensar que deberán enseñar conocimientos correspondientes a diferentes cursos a niños de diferentes edades. Para que eso no sea un problema, recomiendo hacer un esfuerzo consciente por dejar de ver la vida dividida en asignaturas; dejar de creer que tenemos que enseñar contenidos a nuestros hijos pues si hacemos esto, dejaremos de ser sus padres para convertirnos en sus profesores. El aprendizaje va mucho más allá de los contenidos, es independiente de la edad que se tenga, no viene dividido por asignaturas y no espera a que llegue el día del examen para demostrar que sí está sucediendo. El aprendizaje real está dirigido por el entusiasmo de quien aprende, influenciado por el ejemplo que recibe e inspirado por el apasionamiento de quienes lo rodean. Los invito a ver a sus hijos de esta manera, a liberarse de las tiranías impuestas por los esquemas escolarizados y a disfrutar la vida aprendiendo con y de sus hijos. Es como cuando hay un bebé en casa: si pensamos en horarios y materiales escolares, tratar de compaginar eso con la atención al bebé puede convertirse en una pesadilla, pero, si vemos la presencia del bebé como una oportunidad única e irrepetible de aprender y nos despreocupamos de todo lo demás, toda la familia va a disfrutar de esa etapa de la vida sin tantas preocupaciones y ganando mucho aprendizaje.
Mencioné la tiranía de los esquemas escolares porque ese fue un gran descubrimiento: al estar por fuera del colegio teníamos libertad para muchas cosas que antes hacíamos de manera condicionada, o que no hacíamos:
libertad para decidir sobre el manejo de nuestro tiempo: horarios de sueño y de comida, de lectura y de juego; época del año para salir de viaje o visitar a los abuelos; flexibilidad en las rutinas o en los cambios de planes; en suma, más cabida a la espontaneidad;
libertad para permitir a cada miembro de la familia dedicarse a lo que más le gusta, por el tiempo que quiera hacerlo, siguiendo su interés personal;
libertad para seguir los ritmos individuales de cada uno de los hijos;
libertad para expresar la personalidad por medio del aspecto personal, lo cual los niños desean desesperadamente, aunque el uniforme del colegio se los impide.
Nos hemos librado de las etiquetas que imponen las notas y los reportes escolares, ya nadie en casa es poco participativo, ni ocupa el primer, tercer o último lugar cada mes; nadie es sobresaliente ni insuficiente; nadie es humillado frente a sus amigos por hacer las cosas de una forma diferente. Estoy segura que se me escapan muchas otras libertades a las que ya me he ido acostumbrando y que quienes educan en casa podrán identificar.
Cuando los hijos son mayores, vuelve la inquietud acerca del camino que querrán tomar y nos preocupamos de nuevo por las evaluaciones y certificaciones. Como sé que esa duda existe desde el principio, quiero contarles sobre esto brevemente, ya que no reviste mayores complicaciones. Para entrar a la universidad en Colombia, en la mayoría de los casos, se necesita el examen de Estado (ICFES2) y el certificado o diploma de bachillerato. La manera más sencilla de conseguirlos es esperando a los dieciocho años de edad, cuando pueden rendir el examen del Estado y así obtener la certificación de bachillerato directamente. Si se quiere hacer antes, habrá que buscar un colegio virtual, certificar año por año, o bien buscar un convenio con un colegio privado. En cada país es diferente pero siempre hay maneras de obtener un certificado.
En mi caso personal, al día de hoy llevo veinte años de matrimonio y crianza, y diez de educar en casa. He sido una mamá dedicada 100% al cuidado de mis hijos desde el principio, y luego con mayor razón al empezar a educar en casa. Sin embargo, antes de casarme era una joven con grandes ambiciones profesionales a las que renuncié de buena gana para ser mamá, sin saber que diez o quince años después iba sentir el peso de mis decisiones en muchos aspectos de mi ser como mujer. Desearía haber tenido más autonomía, haber mantenido algo de mi vida propia al margen de mi rol de mamá y haber generado ingresos propios de manera permanente para ser económicamente independiente. Pero por encima de todo ha sido bellísimo ver crecer a mis hijos y no lo cambiaría por nada; no hubiera querido tener un trabajo en oficina que me separara de ellos por largas partes de mi día. Ser mamá joven me permitió tener la energía y la cercanía generacional para disfrutar a los hijos y crear una relación cercana con ellos.
Ahora que son mayores y no dependen tanto de mí, he entrado en un proceso de redescubrimiento propio en el que estoy buscando redefinir mi vida, mis propósitos, mis sueños, sin dejar a un lado mi rol de mamá, que es para toda la vida.
He dedicado nueve años de mi vida a formar y mantener activa la red EnFamilia, lo que ahora veo como un trabajo no remunerado que me ha traído muchos conocimientos y un proyecto que es parte importante de mi vida.
Martín, mi marido, se ha dedicado a trabajar para sostener el hogar y, al ser la nuestra una familia numerosa, eso ha significado mucho trabajo duro. Durante algunas épocas estuvo más presente en la vida familiar que en otras, pero hace casi diez años que es un trabajador independiente, por lo que pasa mucho tiempo trabajando desde casa. Cuando no podemos pagar a alguien para que nos ayude, las tareas del hogar las realizamos entre los dos. Su presencia transmite a los hijos conocimiento y curiosidad sobre los temas que le apasionan; creo que esa es la mejor manera de enseñar. Ha querido participar más de la red EnFamilia pero no tiene suficiente tiempo, aunque siempre ha estado presente y apoyando.
Los hijos crecen y las preguntas cambian. Pasa el tiempo y descubrimos que lo más importante no estaba en lo académico, sino en la formación que ofrecemos a nuestros hijos, en la compañía y el ejemplo que les hemos dado para que lleguen a ser seres humanos responsables y sensibles, tolerantes y compasivos; personas que puedan aportar y mejorar el mundo desde el lugar en el que se encuentren.
Como conclusión, la educación en casa, en familia o sin escuela puede ser vista como una opción más de educación que, en mi opinión, es positiva para todos los niños. Aunque tal vez no lo sea para todas las familias. Sin embargo, si los padres logran desescolarizar sus mentes, el proceso y los resultados pueden ser maravillosos.
¡Lo anterior lo escribí hace cinco años! ¡Guau! El tiempo sigue pasando. Ahora ya tengo dos hijos mayores de 21 años. Cada uno realizó su validación del bachillerato cuando sintió la necesidad. Fueron dos procesos muy parecidos aunque no simultáneos. Cada uno hizo el proceso de inscripción para presentar el examen, se preparó por su cuenta, sin apoyo de profesores, con la información y contenidos que encontraron de forma gratuita por internet, y sí, con la incertidumbre de si esto sería suficiente. Y así fue, pues en ambos casos lograron su meta, que era conseguir la validación del bachillerato, aunque ninguno de los dos obtuvo un puntaje muy espectacular en el examen, no era ese su objetivo.
Veo en mis hijos una mirada distinta frente a la vida universitaria y las posibilidades laborales. Tienen claro que pueden seguir aprendiendo por su cuenta tanto como quieran, estando o no dentro de una universidad. A veces me preocupa que no sean tan ambiciosos o tan competitivos como era yo a su edad, tal vez sí lo son pero de una manera diferente que me cuesta trabajo comprender. Aunque sea difícil para mí no ver aún un futuro claro y definido para ellos, estoy segura de que tienen muchas herramientas para seguir construyendo su vida adulta, muchas más de las que yo tenía a mis 21 años. Son personas bonitas, inteligentes, con criterio, y me emociona ahora la posibilidad de observarlos mientras siguen creciendo, a nuestro lado o, tal vez pronto, lejos de nosotros.
1Ana Paulina Maya Zuluaga vive en Bogotá, Colombia. Es autora del libro Si el colegio no existiera. Homeschooling, la libertad de educar en casa, publicado en 2020 por Penguin Random House. Es ingeniera electrónica, bloguera y mamá de cuatro hijos que comenzaron a educarse en casa en el 2007. Lleva más de trece años viviendo la educación en familia e investigando su evolución en Colombia y el resto del mundo. Es cocreadora y coordinadora nacional de la Red EnFamilia. Ha participado en diversos eventos, proyectos, procesos de investigación y conversaciones sobre educación alternativa, homeschooling y unschooling. Sus sitios web son: www.anapaulinamaya.com, grandemedianopequeno.blogspot.com.co, lamamagallina.blogspot.com.co, www.enfamilia.co.
2 El examen de ICFES (Instituto Colombiano para el Fomento de la Educación Superior) es una evaluación que rinden todos los jóvenes colombianos en su último año de bachillerato, ante una institución gubernamental. El puntaje de este examen es determinante a la hora de ingresar a una universidad, ya que cada carrera exige un puntaje mínimo como condición obligatoria para realizar el proceso de admisión.
por Yvonne Laborda 1
Si lo que más nos preocupa e interesa es el bienestar físico, emocional e intelectual de los niños y las niñas, y que puedan llegar a ser las personas que han venido a ser, nos daremos cuenta de que, para conectar con su ser esencial más profundo, necesitarán de una mamá y un papá conectados emocionalmente con ellos, y también de un entorno lo suficientemente seguro donde se les ayude a desplegar sus intereses, pasiones y talentos.
Educar es extraer del otro, dejar salir y florecer, y no introducir conocimientos académicos. Los niños ya son un todo y lo ideal sería permitir que ese todo se manifieste. Ellos ya vienen conectados a su sí mismo. Somos los adultos y el entorno quienes los desconectamos de su verdadero ser. Salirse de sí mismo es un gran esfuerzo para el alma infantil, ya que el niño debe reprimir aquello que es genuino: sus intereses, pasiones, ritmos, e incluso su necesidad motriz.
Las emociones también son muy importantes a la hora de aprender. De hecho, las emociones afectan toda la vivencia infantil: el juego, la alimentación, las relaciones con iguales y, posteriormente, al aprendizaje formal. Las emociones pueden generar la guerra o la paz. Para que un niño pueda aprender libremente, necesita sentir que sus necesidades son respetadas, satisfechas en la medida de lo posible y escuchadas por los adultos referentes.
El sistema límbico, o lo que es lo mismo, el cerebro emocional, necesita ser estimulado para poder aprender y hacer las conexiones neuronales necesarias. Cuando un niño está estresado, preocupado, siente ansiedad, miedo, culpa, o no se siente feliz ni está a gusto, los niveles de cortisol y adrenalina se disparan y suben. Por tanto, hay una pérdida de riego sanguíneo en la base pre frontal cerebral que bloquea la conexión neuronal y el niño siente que no puede o no vale. Dicho de otro modo, cuando un niño se siente feliz, valorado, tenido en cuenta, escuchado, seguro, los niveles de betaendorfina suben y hay más riego sanguíneo en la base pre frontal; por tanto, aprender es más fácil al estar conectados con la creatividad y el ser esencial. El médico español Mario Alonso Puig lo explica muy bien y en una resonancia funcional magnética se pueden comprobar dichos niveles y sus efectos. En resumen, para poder tener acceso al ser esencial de cada niño y a sus talentos innatos, es necesario permitirles conectar con sus propios ritmos y pulsos, además de propiciar un ambiente seguro, emocionalmente hablando. Esto es, acompañarlos desde quienes ya son, desde el lugar de donde vienen y permitirles llegar a donde quieran llegar.
La enseñanza formal tradicional hace que el niño tenga que reprimir dichos ritmos, ya que debe adaptarse al grupo o al profesor: todos deben hacer lo mismo al mismo tiempo y del mismo modo; la enseñanza es dirigida y forzada. Esta despersonalización lo aleja totalmente de su verdadero ser, de sus verdaderos intereses, deseos, ilusiones, pasiones y talentos; en definitiva, lo desconecta de su propósito de vida. Y así, muchos niños llegan a la adolescencia totalmente desconectados y sin saber quiénes son, de dónde vienen y, mucho menos, a dónde quieren ir.
Los centros de enseñanza convencionales están organizados para el día a día de los adultos, no del niño. No favorecen el despliegue de la creatividad; más bien la reprimen. Los centros culpan a los padres y los padres se quejan de los centros. Y los niños son los rehenes. En realidad, nadie mira al niño ni a sus verdaderas necesidades. Hay que buscar soluciones a favor del desarrollo de los niños y no en su contra. Es urgente darles más voz y mirada. Tenemos que empezar a mirar por fuera del rebaño si realmente queremos que lleguen a donde quieren ir. Se trata de, por fin, escuchar la voz del niño que nadie oye. Cada vez hay mayor distancia entre la vivencia interna real de los niños y lo que se espera de ellos. Cuanta más distancia emocional haya entre la experiencia y la vivencia del niño y su entorno, menos podrá conocerse, comprenderse y desarrollarse.
¿Cómo aprende realmente un niño? Para poder aprender, tenemos que tener interés, pasión y motivación intrínseca; es decir, la que nos viene de dentro, del corazón y no la motivación externa que depende de premios, amenazas y castigos. Los niños desconectados son los que no podrán saber qué les gusta o qué les interesa. Donde hay un verdadero interés, hay aprendizaje. No se puede aprender sin interés, sino más bien solo memorizar, y lo memorizado se acaba olvidando. Los niños aprenden más y mejor cuando están interesados en aquello que quieren o necesitan aprender. Para interesarse por algo, un niño necesita ver, experimentar, preguntar a su propio ritmo.
Aprender es más emocional que racional.
