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De día, Julie Fasano era la secretaria de Hunter Matthews, un guapísimo detective privado. De noche, se convertía en la dueña de los "besos misteriosos", una periodista a la que le habían encargado que besara a cien hombres y luego hiciera un reportaje sobre los resultados obtenidos. El problema era que a Hunter le habían encargado que averiguara quién estaba detrás de aquellos "besos misteriosos"... ¡y Julie debía ayudarlo en la investigación! Odiaba tener que mentir a su jefe, especialmente desde que había descubierto lo bien que besaba y había empezado a enamorarse de él; pero si él se enteraba de sus actividades nocturnas, quizá no fuera capaz de perdonar aquel engaño.
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Seitenzahl: 185
Veröffentlichungsjahr: 2014
Editado por Harlequin Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Carolyn J. Greene
© 2014 Harlequin Ibérica, S.A.
Más de cien besos, n.º 1744 - octubre 2014
Título original: First You Kiss 100 Men…
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Jazmín y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-5575-5
Editor responsable: Luis Pugni
Conversión ebook: MT Color & Diseño
www.mtcolor.es
Portadilla
Créditos
Índice
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Epílogo
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Querida Ethel, Estoy saliendo con un hombre inteligente, divertido y amable. ¿Cómo puedo saber si es realmente el hombre de mi vida?
Carrie
Querida Carrie, A no ser que algún rasgo de su personalidad te haga dudar, sigue saliendo con él. Llegará un momento en que ya no necesitarás el consejo de nadie, tú misma sabrás a qué atenerte.
Ethel
Creo que obras con inteligencia al despedir a Ethel para modernizar la columna del corazón –dijo Julie intentando recabar la aprobación del señor Upshaw, director del Richmond Reporter, el prestigioso periódico de Virginia. Dedicar unos halagos a la persona que debe tomar la última decisión en una entrevista de trabajo nunca estaba de más, pensó–. Por ejemplo, esa manida respuesta de «tú misma sabrás a qué atenerte» ya no satisface a las mujeres de hoy día. Ahora se necesitan indicaciones pormenorizadas para cada caso, ideas para poner a prueba a la otra persona, ejemplos de cómo otra gente ha resuelto situaciones semejantes. Además, ¿cuántos años tiene? Imagino que más de noventa.
–Mi tía Ethel ha cumplido ochenta y siete el mes pasado –contestó el señor Upshaw chasqueando los nudillos–. Ha decidido retirarse, no la he despedido.
«¿Su tía Ethel?», pensó Julie tragando saliva. ¿Cuándo aprendería a mantener la boca cerrada?
–Lo siento, señor Upshaw. No tengo nada en contra del consejo de los ancianos. De hecho, mi abuela siempre estaba dándome consejos del tipo «debes besar a cien hombres antes de tomar la decisión más importante de tu vida, que es el matrimonio». Así que empecé a llevar un diario de todas mis aventuras, para ir contrastando impresiones y descubrir qué era lo que más me interesaba de un futuro marido… –balbuceó con nerviosismo–. Podría escribir una columna sobre los consejos de mi abuela para ver si aún sirven para algo en el mundo actual. No sería una columna típica de preguntas y respuestas, pero usted me dijo que quería algo diferente, ¿no?
–Mm, ¿una columna sobre besos…? –contestó el director frotándose la barbilla con el pulgar–. Podría ser una buena idea. Es… diferente. ¿Cómo te las arreglarás para conocer a cien hombres?
–No hay ningún problema –asumió Julie, consciente de la dificultad que ello entrañaba, pero sin querer dejar pasar la oportunidad de estrenarse como periodista–. Tengo un trabajo de media jornada que me permite conocer a muchas hombres –el director enarcó una ceja–. No… ese tipo de trabajo –se apresuró a aclarar Julie.
–¿Podrás disponer de material suficiente para escribir tres columnas a la semana durante un mes de prueba?
–¡Sin duda! –exclamó.
–Me gusta tu estilo –dijo el periodista–. Estarás a prueba durante un mes y, si todo va bien, podrás seguir trabajando en el periódico, en diferentes secciones. Pero… tendrás que mantener tu identidad oculta durante el periodo de prueba. La confidencialidad es uno de los requisitos profesionales del periodismo.
–No se preocupe, todo saldrá bien.
En mi limitada experiencia, he descubierto que el momento más difícil de un beso es el inicio. ¿Quién hace el primer movimiento? ¿Se han interpretado correctamente las señales de acercamiento? El beso, especialmente el primer beso que comparte una pareja, implica una buena dosis de incertidumbre y preocupación.
Unas risas atronadoras procedentes de la zona de recepción de la oficina consiguieron que Hunter perdiera la concentración en un caso que estaba investigando y deseara que la luna de miel de su eficiente secretaria terminase, aunque sabía que apenas acababa de empezar. Su sentido del orden se había visto roto en varias ocasiones durante esa mañana y en ese momento parecía que alguien estaba tocando el ukelele en mitad de una juerga que, al parecer, reunía a todos sus empleados. Hunter no soportaba los desmanes; en cierta ocasión había tenido que salvar a la empresa de una bancarrota casi segura y, desde entonces, hacía cumplir un estricto protocolo de comportamiento a todo el mundo. No podía dejar que la situación se le escapara de las manos porque Trudy, su secretaria, se acabara de casar con su mejor detective, Mark. Hunter cerró el archivo que había estado estudiando y se preparó para poner fin a la diversión de sus empleados. Cuando llegó a la recepción, vio cómo todas las personas que trabajaban en la Agencia Oltmeier-Matthews estaban reunidas en torno a su socio, Leonard Oltmeier. Además, había gente de otras oficinas colindantes y una joven morena tocaba el ukelele. Hunter se detuvo en el umbral, detestando tener que actuar como el malo de la película; pero sabía que, de no haber sido por su insistencia para atenerse a los métodos y códigos establecidos, la empresa no estaría cosechando unos beneficios mayores cada año, y ello redundaba en el bienestar de todos los empleados, cuyos sueldos se incrementaban proporcionalmente a los ingresos. En realidad, la plantilla trabajaba con entusiasmo y nunca había tenido que llamar la atención a nadie; pero parecía como si la ausencia de su secretaria hubiera dado al traste con todo, de modo que sería él quien tuviera que poner coto a semejante desenfreno. Su socio estaba sentado en el brazo de una butaca y recibía sonriente la tarjeta de felicitación que le entregaba la mujer del ukelele. ¡Dios santo! Era el cumpleaños de Len. Trudy debería habérselo recordado, pero estaba de luna de miel. Tendría que hablar con Priscilla, la secretaria de Len, para que se ocupara de recordarle tales ocasiones mientras Trudy estaba fuera. La joven vivaracha y morena pulsó las cuerdas del instrumento musical y empezó a cantar el consabido «cumpleaños feliz». Su voz no era la de una profesional, pero sonaba entusiasta y… familiar. Hunter avanzó hacia la puerta para verla mejor, sin embargo ella estaba concentrada en el homenajeado y solo pudo atisbar su espalda, que no estaba nada mal: una camiseta rosa resaltaba sobre una falda de cuero negro que marcaba sus delgadas caderas y le ocultaba la mitad de los muslos. Admiró su redondo y rotundo trasero mientras ella acometía en las últimas estrofas la famosa versión de la canción cantada por Marilyn Monroe al presidente Kennedy. Impresionado por las formas y la soltura de la joven, Hunter se abandonó por sorpresa a lascivos pensamientos que incluían tórridas imágenes de amor y sexo. Algo en esa mujer le resultaba familiar y, por alguna oscura razón, lo hacía sentirse lleno de deseo. Cuando ella volvió ligeramente el rostro al terminar la canción, una idea cruzó por su cerebro: «¿Julie Beth Fasano? No, imposible». Hacía doce años que no veía a su antigua vecina, una muchacha muy poco femenina que solía ir descalza y seguirlo a todas partes, incluso cuando él tenía una cita con su hermana mayor, Charlene. Volvió a mirarla, allí no había ni rastro de aquella desgarbada chiquilla, se había convertido en toda una encantadora mujer con una espesa melena de rizos castaños que le colgaba por debajo de los hombros, unas piernas interminables, y unos labios dulces y expresivos que constituían una potente tentación para cualquier hombre. Hunter suspiró hondamente mientras asumía los cambios acaecidos en su antigua y molesta vecinita. Sus miradas se encontraron y Hunter le dedicó una tímida sonrisa, esa chica… esa mujer siempre había sabido tocarlo en su punto más débil. Ella le devolvió una educada y comedida sonrisa que no indicaba que hubiera reconocimiento por su parte. Hunter se alegró, no deseaba que ella supiera la reacción que había provocado en él su inesperada presencia. Sin embargo, ella volvió a mirarlo con una expresión enigmática mientras Hunter se unía a los demás en el aplauso final. Para sorpresa de todos, Julie le dio a Len un rápido beso de despedida en la mejilla, antes de recoger el ukelele y disponerse a marcharse. Hunter la esperó en la puerta de salida mientras Priscilla le daba una propina por la actuación. La interceptó cuando salía, deseaba hacerla saber quién era y estudiar su reacción, incluso preguntarle sobre la salud de su abuela. Pero cuando ella se acercó con una mirada interrogativa, sus intenciones se volatilizaron y se creó un silencio embarazoso entre ellos. Los ojos azules de ella se ensombrecieron durante un instante, debajo de unas pestañas espesas y oscuras. La firme determinación de su barbilla demostraba que ya no era una niña.
–Mañana es mi cumpleaños –dijo por fin Hunter para romper el silencio con las primeras palabras que acudieron a su mente–. Ella lo miró algo sorprendida, pero le regaló una amplia sonrisa.
–Feliz cumpleaños –dijo Julie empinándose sobre los dedos de los pies para apoyar brevemente sus labios sobre los de él–. Hunter le devolvió el beso sin recordar en absoluto sus propias reglas sobre el comportamiento de los empleados dentro de la oficina. Un estremecimiento recorrió su cuerpo de forma casi dolorosa, como si ella hubiera echado la llave a su mente y hubiera abierto la espita de su sensibilidad corporal. La estrechó contra sí para aliviar una necesidad perentoria, pero el contacto solo logró atizar el fuego; cuando ella le rodeó el cuello con los brazos, él no dudó en volver a buscar sus labios que, en esa ocasión, se encontraron con dulzura y apremio. La suave curva de sus pechos presionó su torso y Hunter maldijo la chaqueta de su traje por privarlo de un contacto más íntimo. Al cabo de lo que pareció ser un siglo, separó su boca de la de ella. Julie suspiró y deshizo el abrazo con lentitud. Todos los empleados habían estado pendientes del acto amoroso, y rieron y aplaudieron para celebrarlo. Hunter escrutó la expresión de Julie para comprobar que no se sentía molesta, pero ella parecía complacida.
–¿Qué día es hoy, Len? –preguntó él.
–Uno de abril.
–¿Abril? Entonces, mañana no es mi cumpleaños.
Julie aprovechó para escaparse.
–Lo sé, es en agosto –dijo antes de desaparecer por la puerta, guiñándole un ojo.
–Creo que Anna se está viendo con alguien –si no se tratara de su hermano, Hunter se habría tomado la cosa a broma y le habría recomendado tener calma y frenar la imaginación. Pero, en su calidad de juez de Richmond y pilar de la sociedad, Peter Matthews no era aficionado a inventar historias fantásticas–. Sale a horas intempestivas de día y de noche, y se niega a decirme a qué se dedica –añadió mientras su rostro se contraía en una mueca de dolor–. Y ayer, cuando buscaba un bolígrafo en su bolso, encontré un conjunto de ropa interior muy atrevido.
La cuñada de Hunter había sido una esposa y madre modélica durante sus dieciocho años de matrimonio. A pesar de haber investigado innumerables casos con las mismas características, Hunter no podía creerse que Anna estuviera haciendo sufrir a su hermano de ese modo.
–Tiene que haber una explicación razonable para semejante comportamiento –dijo.
–Últimamente pasamos menos tiempo juntos –aclaró Peter–. Quiero que la sigas y descubras qué hace y con quién está. Es importante que los medios de comunicación no se enteren de este asunto, o mi carrera profesional se verá seriamente comprometida de cara a las próximas elecciones.
Hunter dejó la servilleta sobre la mesa, no quería interponerse en las relaciones maritales de su hermano. Pero tal y como estaban las cosas, la ayuda imparcial de un tercero podría ser de gran utilidad.
–Creo que no necesitas un detective, lo que necesitas es un consejero matrimonial –opinó.
–Ya se lo he propuesto a Anna, y se ha negado en rotundo. Estoy muy preocupado, tenemos dos hijos adolescentes que necesitan a su madre.
La intensidad de los sentimientos de Peter indujo a Hunter a aceptar el caso.
–Después de todo lo que me has enseñado sobre cómo conseguir pruebas de validez legal ante un tribunal, creo que te debo un favor.
La sonrisa de agradecimiento de su hermano fue suficiente para convencerlo de que necesitaba su ayuda desesperadamente. Al fin y al cabo, se trataba de salvar su matrimonio.
Hunter abandonó el restaurante y caminó hasta la oficina, necesitaba pensar sobre el inesperado problema de su hermano y, además, de paso podría visitar la oficina de los Mensajeros de la Felicidad para averiguar el paradero de Julie. Cuando llegó allí, entró y vio a una mujer de mediana edad que atendía el mostrador y le dedicó una amable sonrisa. Julie Beth no estaba por allí y estuvo a punto de darse la vuelta, pero la mujer lo detuvo.
–¿Qué puedo hacer por usted? –preguntó con entusiasmo–. Este mes tenemos una buena oferta para los aniversarios de boda.
–Mm, no, no estaba pensando en eso. En realidad busco a una mujer que ha venido a felicitar a mi socio esta mañana. Pero parece que Julie Beth no está por aquí.
–¿Julie Beth?
–Julie Fasano. No es muy alta, me llegará por los hombros, tiene el cabello largo, rizado y oscuro, y es muy delgada. Llevaba una falda corta de cuero negro que mostraba unas piernas estupendas y, sin duda, sabe cómo besar a un hombre.
–Me temo que no puedo ayudarlo –contestó ella secamente.
–Pero usted debe conocerla, estuvo esta mañana en la oficina de Oltmeier-Matthews para felicitar a mi socio.
–Lo siento, pero nuestro negocio consiste en felicitar aniversarios de todo tipo con una tarjeta y una canción, pero no besamos a nadie, no es nuestro estilo. Creo que debería buscar en otro sitio si lo que pretende es ampliar su círculo social –dijo ella con severidad, saliendo de detrás del mostrador para escoltarlo hasta la puerta.
–No me ha entendido…
–Me temo que debo pedirle que se marche.
Hunter sintió que había sido una tontería acudir a Mensajeros de la Felicidad; después de todo, él era detective privado y sabía cómo encontrar a una persona si se lo proponía. Además, se convenció de que buscar a Julie no era una buena idea: cuando era pequeña había sido capaz de volverlo loco cada dos por tres y, seguramente, su carácter no había cambiado demasiado con el paso de los años.
Julie esperó para salir de la sala de empleados hasta que la campanilla de la puerta le confirmó que él había abandonado la oficina. No había tenido intención de escuchar la conversación, pero algo en aquella voz masculina le había llamado la atención. Cuando oyó su nombre, no pudo evitar sentirse llena de interés, incluso había sonreído al oír cómo él alababa sus piernas y su capacidad para besar. Pero al ver la severa expresión de la señora Quarles, se le congeló la sonrisa. Presintió que se estaba jugando el puesto.
–Ya habíamos hablado del problema de tu atuendo y ahora… esto.
–Puedo explicarlo.
–¿Será una explicación tan increíble como la que me diste al detener el tráfico vestida tipo Tarzán para entregar una invitación?
–La novia del cliente trabajaba en un zoo y me pareció lo más apropiado –dijo Julie.
–Ya me lo contaste, pero lo de besar a los homenajeados supera todo límite.
–Bueno, la verdad es que estoy haciendo una investigación sobre los besos y no me gusta perder una buena oportunidad. Tengo ya unos cuarenta y siete nombres, casi todos procedentes de mis encargos como mensajera de la felicidad y, en realidad, son simples besos en la mejilla.
–No quiero oír ni una sola palabra más. Estás despedida. Recoge tus cosas, Julie. Mensajeros de la Felicidad no volverá a requerir tus servicios.
Y además está la cuestión del compromiso personal. Algunas veces, una de las personas que componen la pareja que va a besarse muestra una actitud un poco más… dubitativa… que la otra. La duda no significa necesariamente desinterés, pero puede ser causa de frustración.
Cuando regresó a la oficina de Oltmeier-Matthews, la recepcionista se levantó de la silla para acompañarla a la oficina de Hunter Matthews.
–Por favor, no se moleste –dijo Julie–. Quiero darle una sorpresa.
Con el ukelele colgado de un hombro y el bolso del otro, cruzó una sala de reuniones y se dirigió al despacho del hombre que acababa de dar al traste con sus planes cuidadosamente trazados desde hacía tiempo. La mesa de la secretaria en la antesala del despacho estaba vacía. Si exceptuaba el hecho de que montones de carpetas la cubrían de forma ordenada y de que el ordenador estaba apagado, parecería que la persona que se ocupaba de todo aquello había salido un momento para regresar de inmediato. Una voz profunda llegó hasta sus oídos desde el despacho, una voz que horas antes había acelerado su corazón, pero que en ese momento solo la incitaba a utilizar el ukelele como arma arrojadiza.
–Sí, Pete, te dije que lo comprobaría. No te preocupes, para mí es un asunto prioritario, pero sigo pensando que estás haciendo una montaña de un grano de arena.
Agarrando el ukelele con una mano, Julie entró en el despacho y lo amenazó con el instrumento.
–Cuando era pequeña te consideraba como un hermano mayor –lo interrumpió con voz atronadora–. ¿Es así cómo tratas a la familia?
–Pete, te llamo luego –dijo Hunter colgando el teléfono y poniéndose en pie. A continuación, desenredó el cable del teléfono y colocó el aparato en línea recta con el borde de la mesa–. ¿Dos felicitaciones en un solo día? ¿De qué se trata ahora?
–No es ninguna felicitación. De hecho, gracias a ti, esa parte de mi vida es ya historia –aulló–. ¿Se puede saber por qué te presentas delante de mi jefa para contarle que beso a los clientes? Se lo ha tomado como si yo diera a entender que Mensajeros de la Felicidad ofrece servicios poco decentes y me ha puesto en la calle.
Si Hunter estaba avergonzado, no lo demostró. Lo normal sería evitar la furiosa mirada de ella y deshacerse en disculpas; pero en vez de eso, se mantuvo firme y silencioso como la estatua de un dios griego y estudió el rostro de ella con atención.
–Lo siento –dijo al fin acercándose un paso–. No era esa mi intención.
Ella pensó que sonaba sincero, pero las buenas intenciones no bastaban. Aunque sabía que había desatendido conscientemente las reglas de su trabajo, todo se había mantenido bajo control hasta que Hunter había aparecido para llamar la atención de su jefa sobre su excepcional comportamiento. Y estaba sin trabajo, un trabajo que necesitaba para conocer nuevos hombres y escribir su columna durante un mes, antes de pasar a formar parte de la plantilla fija del periódico. Todo su futuro estaba en peligro, por no hablar de la necesidad inmediata de seguir pagando el alquiler y el resto de los gastos de manutención.
–Entonces…, ¿puedo preguntarte cuál era tu intención al contarle a mi jefa que me dedico a repartir besos indiscriminadamente? –ella tenía claro que no le había dado a él un beso casual. Sabía lo que hacía y había deseado hacerlo desde que tenía doce años, pero desde luego era imposible explicárselo a la señora Quarles.
–No estoy seguro –respondió él con un tono mucho más sereno que el de ella. Parecía perplejo.
–¿No estás seguro de por qué te has lanzado a arruinar mi carrera? ¿O quizá no estás seguro de por qué me has dejado delante de mi jefa como una libertina? –la sangre hervía en sus venas, tenía el rostro acalorado, los hombros tensos y su visión se tornó borrosa a medida que las lágrimas se le acumulaban en los ojos. Se dijo a sí misma que debía mostrar enfado, en vez de llorar derrotada porque una desafortunada conversación había tirado sus planes por tierra. Suspiró profundamente para recuperar el control y se enfrentó a Hunter–. No sé cómo, pero esto me lo vas a pagar, señor Hunter Matthews. Y quiero que me lo pagues ahora mismo.
Oyó un susurro detrás de ella, pero se distrajo cuando él se aproximó a hurtadillas. Durante una milésima de segundo Julie pensó que iba a besarla y, en ese momento, deseó que así fuera. El tiempo lo había tratado bien, ya no poseía el cuerpo extremadamente delgado de la adolescencia, sino una montaña de músculos cubiertos con un traje de diseño. Su potencial físico se completaba con una serena agilidad en los movimientos, resultado de la madurez y la experiencia. Era una combinación estimulante a la que Julie no era inmune. Hacía doce años había sido el hombre más atractivo de su vida y con la edad se había convertido en el ser más maravilloso e interesante que había conocido jamás. Su beso de por la mañana era el que más puntuación había obtenido hasta el momento en su columna. Levantó la barbilla y entrecerró los párpados mientras se humedecía los labios con la lengua, a la espera del deseado contacto. La mano de él empujó levemente su brazo durante un instante para instarla a dejarle el paso libre hacia la puerta.
–Eso es todo, amigos, la situación está bajo control –dijo a la congregación de espectadores antes de cerrar la puerta.
«¿Amigos?», se preguntó Julie girándose y abriendo los ojos justo a tiempo de vislumbrar media docena de rostros curiosos con una sonrisa en los labios.
Estaban solos, pero el hechizo amoroso de Julie había desaparecido como por ensalmo y decidió concentrarse en su problema:
–Me debes un trabajo.
–No funcionaría.
