Soltero y sin compromiso - Bajo el sol de Sicilia - Carolyn Greene - E-Book
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Soltero y sin compromiso - Bajo el sol de Sicilia E-Book

CAROLYN GREENE

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Beschreibung

Soltero y sin compromiso Carolyn Greene Con un fino sentido del humor y una sonrisa irresistible, Wade Mateo causaba estragos entre las mujeres. Pero Geneva Jensen, una madre soltera y luchadora, se enorgullecía de ser fuerte. De ningún modo iba a caer en las redes de aquel hombre con éxito, soltero y encantador. Él tenía una faceta escondida que Geneva solo había descubierto porque era su vecina y veía la ternura con la que trataba a su hijo. Quizás el amor estuviera llamando a su puerta… Bajo el sol de Sicilia Lucy Monroe Su relación es tórrida, el deseo indescriptible… Solo que nunca se puede hablar de amor... Pero Faith, su sorprendente e intrigante amante, está poniendo a prueba su resolución. Él dice que jamás volverá a casarse, que sus principios no se lo permiten. La única persona que puede domar al indomable Tino es Faith, la mujer que va a tener un hijo suyo...

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Seitenzahl: 353

Veröffentlichungsjahr: 2019

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

N.º 69 - agosto 2019

 

© 2001 Carolyn Greene

Soltero y sin compromiso

Título original: An Eligible Bachelor

 

© 2009 Lucy Monroe

Bajo el sol de Sicilia

Título original: Valentino’s Love-Child

Publicadas originalmente por Mills & Boon®, Ltd., Londres

Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2001 y 2009

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-1328-385-2

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Soltero y sin compromiso

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Bajo el sol de Sicilia

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

LO PRIMERO que vio Wade fue una zapatilla roja, como un capullo de rosa perdido entre la mata de hortensias azules. Y después, una falda vaquera y un par de esbeltas piernas femeninas saliendo de la ventana. En uno de los pies, otra zapatilla roja, como la que estaba caída entre los arbustos.

Sin molestarse en esconder una sonrisa, Wade tomó la zapatilla y se acercó. El niño que andaba por allí le sonrió con timidez.

 

 

Geneva se movió, intentando sacar el cuerpo a fuerza de tirones, pero la ventana era demasiado estrecha y tuvo que parar un momento, agotada. Y todo por un par de pájaros que habían sido más hábiles que ella instalándose en su nueva casa.

Una ligera brisa primaveral levantó la falda vaquera, acariciando sus piernas. Si estiraba la punta de los pies, casi podía tocar el patio de su apartamento, situado en la parte trasera de una casa victoriana.

El niño puso un dedito sobre su trasero, riendo.

–Mami.

Geneva suspiró. Que alguien la encontrase en aquella situación, solo un día después de haberse mudado, la preocupaba menos que la humillación que sentiría por haber roto el acuerdo al que había llegado con el propietario. Sean, el hermano de su casero, un chico de diecinueve años minusválido, quizá podría echarle una mano. Pero una de las cláusulas del contrato de alquiler era que ella ayudaría a Sean cuando fuera necesario. No al revés. Si tenía que pedirle ayuda al chico, Wade Matteo dudaría de su capacidad para hacer el trabajo. Peor, podría romper el contrato de alquiler que acababan de firmar.

Y si perdía aquel apartamento, de precio muy razonable y alrededores preciosos, se vería obligada a volver a la ciudad. Y entonces su oportunidad de ahorrar para dar la entrada de una casa desaparecería. Y, junto con ella, su sueño de darle a su hijo las raíces que ella siempre había deseado.

Jacob empezó a moverse tras ella, nervioso.

–Teno caca.

Tenía que pasar justo en aquel momento. Las desgracias nunca llegaban solas, pensó Geneva.

 

 

Lo que Wade tenía previsto hacer aquella tarde, repasar su agenda de teléfonos buscando el número de alguna mujer interesante para pasar un buen rato, tendría que esperar.

Cuando volvió a casa unos minutos antes, mientras dirigía el morro del elegante deportivo negro hacia el garaje, había escuchado la voz de una mujer. Conociendo a su nueva inquilina, Wade había asumido que estaba cantando mientras hacía las tareas domésticas. Durante la última semana, la encantadora señora Jensen había llevado sus cosas al apartamento y solía cantar mientras limpiaba.

Y eso no lo sorprendía. La primera vez que la vio para enseñarle el apartamento, pensó que era una mujer muy peculiar. Una joven madre que no llevaba tacones, ni collar de perlas… y que ni siquiera tenía un marido. Inmediatamente se había dado cuenta de que era una de esas mujeres con instinto para crear hogar. Y eso era muy peligroso.

Wade conocía bien a las mujeres y, menos de un minuto después de ver a su nueva y atractiva inquilina, le había colocado un cartel invisible que decía No tocar. Y, con intención de advertirla, él prácticamente se había colgado al cuello el cartel de Soltero del Año. Las mujeres que cantan mientras hacen las tareas domésticas estaban definitivamente fuera de su lista de amigas.

Wade entró en el patio que había tras el apartamento. Aunque aquello podría ser divertido, tendría que hacerlo rápido. Su agenda de teléfonos era una promesa de diversión para la noche.

–¿Sean?

El grito era un poco angustiado, como si hubiera abandonado la esperanza de ser rescatada.

Era raro que llamase pidiendo ayuda a su hermano, pensó Wade. El síndrome de Joubert, que debilitaba los músculos de Sean, lo obligaba a caminar con muletas y le impedía levantar objetos pesados. Era sábado por la tarde y Sean seguramente estaría en un carrito de golf, recogiendo pelotas perdidas y charlando con los clientes del club de campo.

Geneva se puso rígida, como si hubiera sentido algo raro cuando él cruzó el patio.

De espaldas, sin verlo, movió una mano indicándole que se acercara.

–Pensé que nunca iba a poder salir de este atolladero. Hazme un favor. No se lo cuentes a tu hermano.

–¿Y por qué no quiere que lo sepa?

–¿Señor Matteo?

–Puede llamarme Wade.

Por costumbre, había dicho aquello con su voz más seductora… una voz profunda y ronca que había cultivado junto a su personalidad de play boy.

Ella movió los dedos de los pies y Wade supo por instinto que su voz la había afectado.

–¿Le importaría levantar la hoja de la ventana? Se me está clavando en la espalda.

Geneva intentó no parecer asustada. Pero, le gustase o no, estaba a su merced.

–¿Y cómo sé que no es usted una ladrona? Quizá debería llamar a la policía.

–Me alquiló el apartamento hace una semana. Sabe perfectamente que no soy una ladrona, señor Matteo.

–Ahora que lo dice, me parece que reconozco esas piernas.

Geneva automáticamente tiró hacia abajo de su falda para asegurarse de que no estaba mostrando más que falta de coordinación muscular.

Su ex marido, Les, lo pasaría bomba si la viera en aquel apuro. Afortunadamente, él y sus comentarios irónicos habían desaparecido de su vida tiempo atrás. Solo esperaba que el propietario del apartamento contuviera un poco su lengua.

Pero no pudo evitar ponerse colorada al recordar el día que conoció a Wade Matteo. Con un físico como el suyo, era fácil entender por qué las mujeres hacían cola para salir con él. Geneva había respondido a su presuntuosa virilidad poniéndose colorada como una cría. Y, de nuevo, la estaba haciendo sentir como una ingenua sin experiencia de la vida… lo que era en realidad.

–La sacaré de ahí en seguida –dijo Wade, rozando su trasero mientras intentaba tirar hacia arriba de la hoja de la ventana.

Geneva se sentía avergonzada por la postura en la que la había pillado: con el trasero levantado y la guardia bajada. No podía hacer nada, aplastada por la hoja de la ventana. Su camiseta roja se había salido de la falda y podía sentir el calor de las manos del hombre en la cintura.

Un momento después, estaba libre. Saltando al suelo, Geneva tomó a su hijo de la mano y con la otra se apartó de la cara los rizos castaños.

Olvidando momentáneamente dar las gracias al hombre que la había rescatado, levantó un poco la camiseta para comprobar si se había hecho daño. Tenía un rasguño en el abdomen, pero afortunadamente no parecía nada grave.

Wade se inclinó para echar un vistazo y su gesto de comprensión hizo que, tontamente, se sintiera mejor.

–Eso tiene que doler como el… –Wade se contuvo, recordando que el niño estaba presente–. Tiene que doler mucho.

–No tanto.

Dándose cuenta entonces de que le estaba mostrando el abdomen a un hombre que no era médico, Geneva se bajó la camiseta y empezó a tirar de la falda intentando disimular su turbación.

–No se preocupe. Está muy guapa –dijo Wade, intentando hacerla sonreír. Pero esas palabras solo sirvieron para recordarle que Wade Matteo era un mujeriego del que debía apartarse–. Se le ha caído esto, Cenicienta –siguió él, sacando la zapatilla roja del bolsillo.

–Gracias –murmuró Geneva alargando la mano. Pero Wade se había inclinado para tomar su pie descalzo–. Me siento como el príncipe del cuento –anunció mientras le ponía la zapatilla. Incómoda, Geneva dio un paso atrás, pero la barandilla del patio le impedía ir más allá–. ¿Qué pasa? No voy a morderla.

Ella miró hacia abajo, preguntándose por qué el talón que Wade estaba tocando parecía quemarla.

–No es eso lo que dicen por ahí.

No había querido decir eso y estaba a punto de disculparse, pero Wade soltó una carcajada. El rico sonido la envolvió, haciendo que se alegrara de haber causado aquella reacción, aunque hubiera sido accidental.

–Ah, ya veo que mi reputación me precede.

No parecía enfadado, todo lo contrario. Quizá estaba acostumbrado a esos comentarios.

–Perdone, yo…

–Deje que la tranquilice –la interrumpió Wade, mirándola a los ojos con tal intensidad que Geneva no habría podido apartar la mirada aunque hubiera querido–. Usted no es mi tipo.

A Geneva le molestó aquello, aunque debería haberse sentido aliviada. No tenía por qué no ser el tipo de Wade Matteo. Ella era razonablemente atractiva, estaba en buena forma, era inteligente y, además, se le daban bien las tareas domésticas. Y, aunque su ex marido había intentado hacerla creer lo contrario, era una persona con la que resultaba fácil llevarse bien.

–Ya.

Wade levantó una ceja.

–¿Qué quiere decir con eso?

–Nada –contestó ella, levantando la barbilla–. Su vida personal no es asunto mío y me da igual el tipo de mujer que le guste, siempre que sea discreto –añadió, acariciando el pelo de su hijo–. No me haría gracia que… alguien empezara a preguntar sobre si las cigüeñas vienen o no de París por las actividades de cierto vecino.

Además, ya había compartido casa con un mujeriego y no tenía ningún deseo de repetir la experiencia.

–Cree que me conoce, ¿verdad?

Geneva tomó la manita de Jacob y se dio la vuelta para entrar en su casa, pero Wade se lo impidió. De repente, lo único que había frente a ella era un ancho torso masculino que le impedía ver nada más.

–Dígame cuál cree que es mi tipo de mujer.

Ella lo miró, irritada.

–He oído lo que la gente dice sobre usted y creo que tienen razón.

Wade esbozó una sonrisa.

–¿Suele creer todo lo que oye?

Geneva envió a Jacob a jugar con el triciclo y, cuando el niño se alejó, miró a Wade de nuevo.

–A veces. Cuando puede afectar a mi hijo.

Como por ejemplo cuando se enteró de que Les veía a otra mujer durante sus supuestos viajes de negocios. Entonces no había enterrado la cabeza en la arena y no pensaba hacerlo con Wade Matteo.

–Y los rumores dicen…

No iba a dejar el tema hasta que ella lo dijera claramente, de modo que sería mejor hacerlo.

–Parece que en su vida amorosa tiene solo dos exigencias, la primera que sea una mujer… –empezó a decir Geneva levantando un dedo– y la segunda que respire.

–Hay una tercera, que sea guapa –replicó él, sin dejar de sonreír. Geneva se sintió perdida en el verde profundo de la mirada masculina. En aquel momento, no se sentía como Cenicienta sino más bien como Caperucita Roja mirando los ojos del lobo–. Así que, en realidad, usted también es mi tipo.

Geneva parpadeó, nerviosa.

–Gracias por ayudarme a salir de la ventana –murmuró, apartando la mirada–. La próxima vez, colocaré un palo para que no se cierre la ventana.

–La próxima vez que se quede encerrada en casa, solo tiene que pedirme otra llave. No hace falta que se haga daño.

–No me quedé encerrada en casa.

–¿Ah, no?

Geneva se preguntaba si, como habría hecho su ex marido, Wade se reiría de ella. Les no compartía su amor por las criaturas pequeñas, pero no todos los hombres eran iguales. Y que Wade Matteo, un hombre que era todo virilidad, pareciera menos un padre de familia que cualquier otro que hubiera conocido, no era razón para pensar que no podría entender sus razones para buscar una entrada alternativa a la casa, por muy inconveniente que fuera.

–En mi casa hay un par de «ocupas».

Wade se acercó al felpudo, en el que podía leerse la palabra Bienvenido, y tuvo que sonreír. Para él, Geneva Jensen solo parecía tener el cartel de Aléjate de mílo antes posible. Aunque no podía culparla. Le había dicho que no era su tipo, pero estaba claro que ambos veían señales de peligro en el otro.

Levantando la mirada hacia la guirnalda que ella había colocado sobre la puerta unos días después de firmar el contrato de alquiler, Wade sintió su presencia tras él y respiró su aroma. Aunque podría parecer ridículo, hubiera podido jurar que olía a galletas recién sacadas del horno. O a pastel de canela.

Suspirando, se recordó a sí mismo que debía concentrarse en lo que estaba haciendo. Tenía que marcharse lo antes posible para poner distancia entre ellos.

–¿Lo ve? –preguntó Geneva, rozando su brazo al señalar la guirnalda–. Están ahí dentro.

Wade tuvo que separar las hojas para ver a qué se refería y un par de ojos redondos se clavaron en él. Sus miradas se encontraron durante una décima de segundo antes de que el asustado pájaro saliera volando del nido, tan cerca de su cara que tuvo que apartarse para evitar la colisión.

–¡Vaya!

–Ya se lo advertí. Son «ocupas».

Wade dudó un momento, preguntándose qué otras sorpresas lo esperarían dentro de aquella guirnalda.

Cuando volvió a mirar, encontró un huevo escondido entre las hojas.

Geneva se acercó a él, con su cabeza casi rozándolo mientras examinaban el delicado nido. Wade respiró de nuevo aquel aroma a vainilla y canela que le daba hambre. Pero no de comida.

–Parece que tenemos un problema.

–Lo descubrí esta mañana. Cuando tiré de la puerta para cerrarla salió un pájaro volando, como ahora. No entiendo cómo no se ha caído el huevo.

Afortunadamente, pensó Wade, o su nueva y tierna inquilina se habría muerto de pena.

–Un pájaro como ese hace su nido en el porche del club de campo todos los años. El encargado dice que es un herrerillo. Y me temo que tendrá compañía durante un mes, hasta que las crías salgan volando.

La reacción de Geneva ante la noticia fue tomar uno de sus rizos y empezar a darle vueltas con un dedo, pensativa. No se hacía la manicura. Llevaba las uñas cortas, con un poco de brillo. Femenina, pero nada pretenciosa. Así era Geneva Jensen.

Wade pensó en la mujer con la que había estado la noche anterior. Sus uñas eran larguísimas, falsas, por supuesto, pintadas de rojo fuerte y cada una con un diminuto brillante. Wade dudaba que, con esas uñas, alguien pudiera hacer tarea alguna. Pero eso daba igual. Lo único importante era que a él no le habían impedido saciar su deseo.

En aquel momento, Jacob se había aburrido de montar en triciclo. El niño, con los ojos de color canela y la piel morena como su madre, corrió hacia ella y le tiró de la falda.

–Mami, teno que ir al baño.

Geneva lo tomó en brazos.

–Pobrecito. Se me había olvidado –dijo, mirando a Wade, como dejando claro que él era el culpable de la distracción. Después, se dio la vuelta y se dirigió de nuevo hacia la ventana.

Aunque Kinnon Falls era un pueblo lleno de ciudadanos que respetaban la ley y cuya única ocupación era criar a sus hijos en un ambiente sano y agradable, a Wade no le gustaba que su nueva inquilina entrara y saliera de la casa a través de una ventana. Un nido de pájaros no merecía tanto esfuerzo.

–Espere –dijo, tomándola del brazo.

Su piel, suave y cálida, le hizo sentir la tentación de seguir explorando. Acariciar su hombro, deslizar la mano por su cuello… Los ojos femeninos se habían entrecerrado, como si el roce la hubiera hecho desear lo mismo. Wade conocía aquella mirada, sabía que Geneva era una mujer apasionada por la vida y que seguramente sería igual de apasionada en la cama. Pero él también era apasionado sobre un estilo de vida que quería evitar.

Wade apartó la mano.

–Puede entrar por la puerta que conecta con mi casa –sugirió. Ella frunció el ceño y Wade supo sin preguntar que estaba pensando en su reputación–. Por el momento. Hasta que encontremos otra solución.

–De acuerdo –asintió Geneva después de pensárselo.

Mientras se dirigían a la puerta, Wade le explicó que los dos apartamentos habían sido añadidos a la casa cuando él era pequeño.

–Mi abuela se mudó después de romperse la cadera. Así podía vivir sola, pero suficientemente cerca como para que mis padres y yo la atendiéramos todos los días.

Lo mismo que Geneva estaba haciendo por su hermano Sean en aquel momento.

–¿Y quién vivía en el apartamento de Sean?

–Era mío –contestó Wade–. Cuando tenía diecisiete años llevaba una vida tan ajetreada, con gente entrando y saliendo todo el tiempo, que era una distracción para mi familia. Así que, cuando construyeron el apartamento para mi abuela, hicieron otro para mí.

Geneva intentó disimular su reacción ante el comentario. No estaría bien que se le salieran los ojos de las órbitas. Aun así, era sorprendente descubrir que había empezado a ser un mujeriego tan joven… y que sus padres no parecían desaprobarlo.

Había leído un artículo del periódico local en el que Wade Matteo era nombrado el Soltero de Oro del pueblo. El autor del artículo usaba palabras como «casanova» y «libertino» para describirlo.

Y, además, hacía referencia al alfiler de oro que le había entregado el alcalde, proclamándolo Soltero de Oro. Geneva se preguntaba si sería el alfiler que Wade solía llevar en la camisa y que tocaba a menudo, como si fuera un amuleto de la suerte.

Desgraciadamente, había descubierto aquello después de firmar el contrato de alquiler. Si hubiera conocido antes a Wade Matteo no estaría metida en aquel lío, preocupada por si alguien la había visto entrar y salir de su casa. De hecho, estaría viviendo en otra parte.

Pero una cosa era segura, en otra parte los alrededores no serían tan bonitos, ni habría encontrado tan buen precio. Y no podría ahorrar para comprar su propia casa… un sueño que Les había pisoteado tras su divorcio.

Por el momento, vivía en un pequeño apartamento situado en la zona residencial más elegante de Kinnon Falls, frente a un lago y un campo de golf. A la izquierda, el club de campo rodeado de jardines. Por el momento, Jacob y ella habían presenciado dos fiestas, decoradas con linternas japonesas que se movían con la brisa bajo un cielo cuajado de estrellas.

Wade abrió la puerta de su casa y empujó la que conectaba con el apartamento de Geneva. Pero no pudo abrir.

–Ha puesto otro cerrojo, ¿verdad?

Por supuesto que sí. Como propietario del club de campo, podía ser el hombre de negocios más próspero de Kinnon Falls y podía elegir a las mujeres con las que salía, pero ella no pensaba arriesgarse. Aunque tampoco Wade habría estado interesado. A pesar de ello, Geneva tenía que pensar en su reputación.

–Teno que ir al baño –les recordó entonces el pequeño Jacob, angustiado.

–Tardaré un minuto en entrar por la ventana para abrir el cerrojo –dijo Wade–. Puede llevarlo a mi cuarto de baño. Es la segunda puerta a la izquierda.

Mientras Geneva caminaba por la casa, descubría con alivio que parecía un sitio normal. Nada parecía testimoniar la vida lujuriosa de su propietario. Ni grandes espejos, ni sofás decadentes, nada que evidenciara que aquel sitio era un lugar de seducción. La decoración era muy masculina, con muebles de madera oscura y alfombras orientales. Y, para ser la casa de un hombre soltero, parecía muy limpia. Lo único que la sorprendió fue el flíper que había en el salón, una máquina como la que había en los salones recreativos.

Volvió al pasillo unos minutos después y se encontró a Wade apoyado en el quicio de la puerta.

–¿Ha puesto un cerrojo y una cadena?

Geneva apartó la mirada, ansiosa por poner la puerta y tres cerrojos entre ellos.

–Hay que ser precavido.

–Eso es verdad –dijo él, como ratificando que hacía bien en tener recelos. Al menos, no pretendía ser algo que no era–. Y eso nos devuelve al problema de cómo va a entrar y salir de su casa.

Wade tomó dos chocolatinas de un bol de cristal que había sobre la mesa del pasillo y le ofreció una al niño y otra a ella. Geneva negó con la cabeza y Wade se la dio a Jacob, que agradeció el gesto sentándose sobre su mocasín de ante para quitarle el papel. Geneva iba a decir que el niño aún no había cenado, pero decidió no hacerlo. Prefería no dar explicaciones.

–El encargado del club sabe mucho sobre pájaros. Le preguntaré si puede mover el nido a otro sitio más seguro –dijo Wade entonces, sacando una cartera de piel del bolsillo–. Por el momento, puede usar esta llave para entrar en casa.

–No, gracias. No hace falta –murmuró ella.

Era absurdo porque sí le hacía falta. Pero quería encontrar otra solución.

–No tendrá miedo de mí, ¿verdad?

Geneva estaba segura de que la oferta era sincera, que la hacía por el niño. O, al menos, eso esperaba. Pero no quería ofenderlo confesándole su miedo de que su reputación pudiera empañar la suya.

–Usted lleva una vida muy ajetreada –dijo por fin–. Y no me gustaría interrumpir sus… entretenimientos.

–Pues tiene suerte –sonrió él, ofreciéndole la llave de nuevo–. Solo organizo orgías una vez cada dos meses. Este es mi mes de descanso, así que me dedico a ver vídeos.

Geneva se quedó con la boca abierta.

–Lo dirá en broma, ¿no?

Wade frunció el ceño. No podía culparla por creer las cosas que contaban por ahí… él mismo había propagado esos rumores.

Con otras mujeres, se sentía aliviado al ver aquella expresión de susto. Su reputación lo ayudaba a mantenerlas a distancia. Cuando lo acompañaban a alguna fiesta, lo hacían a sabiendas de que él era un hombre de una sola noche. No le exigían nada y no esperaban nada. Si tenía suerte, y a menudo ocurría así, conseguía que compartieran con él sus encantos ocultos. Lo hacían libremente, sin esperar nada. Y a Wade le gustaba eso.

Pero aquel mismo recelo oscureciendo las facciones de Geneva lo molestaba. Algo le decía que era una reacción maternal… una reacción nacida de la preocupación por su hijo más que por sí misma.

Por primera vez en muchos años, Wade se encontró a sí mismo deseando romper la imagen que tan cuidadosamente había creado. Pero no podía hacer eso, no podía exponer su verdadera personalidad, especialmente frente a una mujer como Geneva. No quería mostrarle la personalidad que mantenía oculta porque, si bajaba la guardia, podría desear lo que se había negado a sí mismo desde…

Wade apretó los dientes. No tenía sentido recordar el pasado o pensar en la posibilidad de que pudiera repetirse en el futuro.

–No soy tan malo como usted cree –suspiró por fin–. Incluso voy a la iglesia de vez en cuando.

Geneva sonrió entonces.

–¿De verdad? A Jacob y a mí nos encantaría ir a la iglesia el domingo –dijo, sacando un pañuelo del bolsillo para limpiarle las manos al niño–. Quizá pueda presentarnos a sus amigos.

Wade se sintió como un tigre acorralado por un chihuahua. Acorralado y asustado. Y un poco idiota por dejar que una mujer como ella desatara tales emociones. Primero, había despertado su libido, a pesar de ser el tipo de mujer que lo hacía salir corriendo. Después, gracias a la guirnalda que había colocado sobre la puerta, invadía su privacidad. Y, además de eso, intentaba meterse en su vida.

Sería mejor hacer algo inmediatamente, antes de que sus hormonas y su corazón ganaran la batalla a su cabeza.

Dándole a Jacob una palmadita en el trasero para que entrase en el apartamento, Geneva sonrió de nuevo, derritiendo años de cuidadosamente construida armadura.

–Nos veremos en la iglesia.

En ese momento, Wade supo lo que tenía que hacer.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

GENEVA esperaba poder llevar a Jacob a la guardería de la iglesia sin que ninguno de los dos tuviera que llorar. El niño había tenido que soportar muchos cambios en su joven vida, perdiendo primero a su padre, aunque fuera un canalla, y después mudándose a una nueva ciudad.

Pero también había cambios positivos, como por ejemplo el jardín que rodeaba la casa y su amistad con Sean, que adoraba a Jacob y solía llevárselo a dar paseos en su carrito de golf. Pero los cambios, buenos o malos, estaban creando ansiedad y su hijo lo demostraba llorando más de lo normal.

Eso la hacía estar más decidida que nunca a encontrar una casa para él. Hija única de un militar, Geneva también había tenido que soportar demasiados cambios y quería darle a su hijo un hogar estable y el ambiente que hubiera deseado para ella de niña… y que seguía deseando.

Y en sus sueños la idea de una vida perfecta para su hijo incluía un padre cariñoso y un montón de hermanos. Había empezado su relación con Les con aquel mismo sueño. Aunque desde el principio supo que era un hombre al que le gustaban demasiado las juergas, confió en él cuando le dijo que su felicidad era lo que más le importaba. Había creído que se asentaría una vez naciera el niño, pero Les pronto encontró excusas para alejarse de ella y de su hijo.

–No hacía falta que nos trajeras a la iglesia –le dijo a Wade, tuteándolo, mientras aparcaban–. Podríamos habernos visto aquí.

Durante todo el fin de semana, había tenido que molestarlo llamando a su puerta cada vez que quería entrar o salir del apartamento. Y en una ocasión en la que los dos tenían que salir, Wade había guardado la llave en un tiesto de begonias que colgaba frente a la puerta.

–No pasa nada. Ha llovido, así que no creo que haya más que un par de golfistas en el club esta mañana –dijo él, mirándola con una expresión que a Geneva le pareció extraña–. A veces no puedo venir a la iglesia, especialmente cuando hace sol, pero ahora que conoces el camino…

Geneva entendió entonces. En resumen, Wade estaba diciendo que la próxima vez podría ir sola. Estaba siendo hospitalario, pero dejaba claro que aquello no iba a convertirse en una costumbre. Mejor, pensó. Eso era lo que ella quería.

–¿Hay guardería en la catequesis?

–Claro que sí –contestó él–. Sean, ¿por qué no llevas a Jacob a la guardería?

Geneva sintió que su instinto protector se despertaba, al imaginar a su hijo solo y perdido en un sitio nuevo.

–Me gustaría llevarlo yo misma.

Despreocupado, Jacob agarró la chaqueta de Sean, intentando no chocar con sus muletas, y se marchó sin mirar atrás. Geneva debería alegrarse de que el niño se fuera sin protestar, pero se sintió herida.

–Sean puede hacerlo, no te preocupes. Ven, quiero presentarte a una persona.

–Se pondrá a llorar –insistió.

Y si lo hacía, ¿quién lo consolaría, quién lo abrazaría para secar sus lágrimas?

–Es mejor así –le aseguró Wade–. Los niños no lloran cuando dejan a mamá, sino cuando mamá los deja a ellos.

–¿Desde cuándo sabes tanto sobre niños? –murmuró ella. No quería que Wade lo oyera, pero la sonrisa irónica del hombre le dijo que no se le había escapado el comentario.

–Desde que ayudé a criar a mi hermano.

Antes de que ella pudiera replicar, un hombre de unos treinta años apareció en el pasillo.

–¿Está buscando a alguien, señor Matteo?

Al otro lado de la puerta, un grupo de alumnos de unos diez años los miraba con descaro.

–Quiero presentarle a Geneva Jensen –dijo Wade, sin preámbulos–. Ella y su hijo están visitando la iglesia por primera vez. Geneva, te presento al diácono Tackett.

Geneva lo miró, sorprendida.

El hombre que había frente a ella pareció notar su incomodidad y, después de colocarse la tiza en la mano izquierda, estrechó su mano, sonriendo. Tenía una expresión muy agradable y un rostro atractivo, de nariz aquilina y cejas oscuras.

–Encantado de conocerla, señora Jensen –dijo el diácono–. Espero que se convierta en miembro de nuestra congregación.

Geneva estaba a punto de murmurar una réplica adecuada para poder marcharse, pero Wade parecía decidido a prolongar la incómoda conversación.

–El diácono Tackett da catequesis a los niños de cuarto. Le gustan mucho los niños… siempre está organizando excursiones y cosas así.

–No hace falta ponerse tan serio. Por favor, llámeme Ellis –dijo el hombre, sonriendo–. ¿Su hijo está en cuarto? Si quiere, puede unirse a nuestra clase.

–No, no, mi hijo está en la guardería –contestó Geneva.

–Ah, estupendo. Si necesita algo o tiene alguna pregunta que hacer…

Geneva entendió entonces. Aquellos dos hombres apenas se conocían. ¿Por qué si no iban a llamarse «señor Matteo» y «Diácono Tackett»? Hasta aquel momento, había creído que Wade quería presentarle a un amigo, pero estaba claro que no lo eran y ella no tenía un hijo en edad de catequesis…

Entonces, ¿por qué parecía Wade tan interesado en presentarle al diácono?

–A Geneva le gusta coser –siguió su casero, intentando prolongar la conversación–. Quizá pueda convencerla para que colabore haciendo los disfraces de la obra de Navidad –añadió. La sonrisa de Wade parecía tener un doble sentido–. El diácono es un pilar de esta comunidad. Su familia ha vivido aquí durante más de un siglo. Incluso hay una carretera que lleva su apellido.

¿Por qué le estaba contando aquello?, se preguntaba Geneva.

–Muy impresionante –dijo, sin saber qué cara poner.

Wade sonrió.

–Yo preferiría que le pusieran mi apellido a una montaña rusa.

No la sorprendía. Una cita con Wade Matteo seguramente sería como estar en la montaña rusa, llena de giros, ascensos emocionantes y caídas en picado. Para terminar donde había empezado. Quien se atreviera a subir tendría una historia que contar y un recuerdo para siempre, pero nada más.

En ese momento, se dio cuenta de algo con claridad meridiana. Wade había decidido emparejarla con el diácono. Y cuando volvió a mirar a Ellis, se dio cuenta de que había elegido sabiamente. Aquel era un hombre que podría interesarla. Solo sabía de él que era un pilar de la sociedad, que parecía amable y bueno y que le gustaban los niños, pero aquel era un hombre con el que podría mantener una relación. No habría vueltas ni saltos emocionantes, ni el éxtasis de una montaña rusa, pero parecía la clase de hombre que Jacob y ella necesitaban.

Sin embargo, Ellis no parecía haberse dado cuenta de las maquinaciones de Wade.

–¿Desde cuándo salen juntos? –preguntó.

–No salimos juntos. Solo vivimos juntos –contestó Geneva inmediatamente. Ellis la miró, sorprendido–. Quiero decir que vivimos en la misma casa –explicó ella. Pero solo estaba empeorando las cosas–. Yo vivo atrás y él, delante.

Aquello sonaba aún peor.

Los ojos azules de Ellis se oscurecieron y Geneva tenía la horrible sensación de que no solo había perdido cualquier oportunidad con el diácono sino con cualquiera que hablara con él.

Pero Wade la sacó del apuro.

–Lo que Geneva quiere decir es que yo soy el propietario de la casa. Ella vive en el apartamento que hay en la parte de atrás, al lado del de mi hermano Sean.

Las cejas de Ellis bajaron hasta una posición normal.

–Ah, ya entiendo.

La conversación pareció apagarse entonces y Ellis miró por encima de su hombro a los niños que estaban librando una batalla con los libros de texto.

–¿Le gustaría venir a casa algún día? –insistió Wade, sin desalentarse–. Quizá el martes por la noche…

Geneva apretó su brazo, incómoda.

–No creo que…

–Claro –dijo el diácono entonces con una sonrisa benevolente–. ¿A las ocho le parece bien?

–Perfecto –asintió Wade, antes de que ella pudiera decir nada–. Y espero que tenga apetito. Me han dicho que Geneva cocina muy bien.

Aquello era demasiado. ¿Qué pensaría la gente cuando supiera que el casanova del pueblo le estaba buscando hombres? ¿Qué pensaría Ellis?

Geneva sintió un nudo en el estómago al considerar las expectativas que eso podía generar en el diácono.

 

 

Wade tomó el teléfono, pero se detuvo antes de marcar el último número. Debería ser algo muy sencillo pedirle a una rica heredera que lo acompañase a una fiesta benéfica, pero no podía marcar aquel número.

Se sentía como un idiota… ni siquiera le gustaba aquella mujer. Pero eso nunca lo había detenido antes.

Quizá Geneva tenía algo que ver con sus vacilaciones. No era el mismo desde que ella se había mudado a su casa. Al principio se decía que era porque tener a una mujer tan cerca, especialmente una tan guapa y maternal como Geneva Jensen, era una incomodidad. Pero Wade se encontraba a sí mismo soñando con quitarle la goma del pelo y dejar que los rizos castaños acariciaran su mano. Y si no tenía cuidado, imaginaba aquellos suaves rizos sobre su pecho desnudo, en la cama…

Para olvidar aquellos pensamientos, Wade recordó su resolución de salir solo con mujeres independientes o con mujeres de más de cuarenta años que no tenían ningún deseo de formar una familia. Geneva tenía todo lo que para él era anatema: estaba en edad de tener hijos y dejaba claro con palabras y acciones su deseo de ser madre de familia. Era la clase de mujer que buscaba permanencia… y promesas que él no podría cumplir.

Wade paseó por la cocina, recordándose a sí mismo que el fin justificaba los medios, y se obligó a marcar el número de teléfono.

Cherise Watson era la hija de un senador muy rico y, aunque su padre había muerto unos años antes, ella y su madre seguían teniendo buenas relaciones con políticos destacados. Y Wade era desde mucho tiempo atrás un conocido benefactor del hospital infantil de Kinnon Falls y organizador de actividades para recaudar fondos. Una donación de Cherise significaba una nueva máquina de resonancia magnética, y una buena palabra en el oído adecuado podría conseguir los fondos que el hospital necesitaba desesperadamente.

 

 

Geneva levantó a Jacob en brazos y le dejó mirar las dos incorporaciones más recientes en el nido. Uno de los padres estaba sentado en la rama de un roble cercano, piando furiosamente para protestar por la invasión. Dejando a su hijo en el suelo, Geneva pensó cuál sería la mejor forma de abordar el problema. Aunque pensaba que su casero podría haber tenido más tacto, agradecía que le hubiera presentado a un hombre tan agradable como el diácono.

Afortunadamente, después de la misa, había podido charlar con Ellis sin la interrupción de su charlatán vecino. La conversación la había ayudado a convencerse de que los sueños del diácono se parecían a los suyos. Al diácono le encantaban los niños y quería una familia tradicional pero, como le ocurría a ella, sus exigencias recortaban mucho el número de mujeres con las que podía salir y sus opciones estaban muy limitadas.

Geneva dio un paso atrás para examinar la guirnalda que colgaba sobre la puerta. Si la subía un poco con unos clavos quizá los pájaros se adaptarían sin quejarse. Y ella podría volver a usar la puerta.

Durante toda la semana había estado usando la puerta de Wade para entrar en el apartamento. A pesar de que, según él, eso no era una inconveniencia, Geneva insistía en que debían encontrar otra solución. Inmediatamente. Antes de que el diácono fuera a cenar al día siguiente.

Era muy incómodo tener que entrar por allí con su hijo. Pero sería aún peor si Wade tenía que hacer de portero para el hombre con el que ella iba a cenar.

No quería darle la oportunidad de que siguiera metiéndose en su vida.

 

 

Echándole valor, Wade marcó el número de teléfono. Solo era por una noche, se decía a sí mismo. Y la fiesta estaría llena de gente, así que no tendría que cenar a solas con Cherise… y arriesgarse a dar la impresión de que tenía algún interés romántico en ella.

–Perdona.

Wade se volvió, sobresaltado, y encontró a Geneva de pie entre el salón y la cocina. Inmediatamente, colgó el teléfono.

Los pantalones blancos que terminaban por debajo de las rodillas mostraban un estómago plano y unas pantorrillas bronceadas. La camisa azul acariciaba las curvas femeninas como a él le hubiera gustado hacerlo. Sus rizos, como siempre, luchaban por escaparse de la cinta que los sujetaba. Un trocito de polen en la sien indicaba que había estado jugando en el jardín con Jacob. Si estaba así de guapa un día normal, Wade podía imaginar que haría empalidecer de envidia a todas las mujeres durante el baile benéfico que se celebraría en el club de campo.

–Siento molestarte, pero es que necesito un martillo.

Jacob estaba jugando entre sus rodillas.

–¡Bam, bam! –decía el niño, imitando a un popular personaje de dibujos animados.

–Las herramientas están en el armario del pasillo.

Wade empezó a caminar delante de Geneva, pero se lo pensó mejor y le hizo un gesto para que ella fuera delante. La visión desde atrás era tan agradable como por delante y su cuerpo reaccionó como si acabara de volver de un retiro en un monasterio. Las hormonas de Wade estaban tan alborotadas que debía alejarse antes de hacer o decir algo de lo que se arrepentiría más tarde.

Tomando tres martillos diferentes del armario, los puso en la mano de Geneva y se dio la vuelta abruptamente. De nuevo frente al teléfono, intentó borrar de sus pensamientos aquellos ojos castaños, los labios húmedos, entreabiertos… y volvió a la tarea que llevaba días retrasando.

Wade esperó un momento para que su corazón recuperase el ritmo normal y de nuevo se obligó a tomar el teléfono. Pero aquella vez ni siquiera tuvo tiempo de marcar un número.

–Perdona otra vez. Es que necesito un destornillador.

–Los destornilladores están al lado de los martillos –dijo Wade sin mirarla. No quería acompañarla para evitar la tortura de mirar aquel trasero redondo que lo volvía loco.

No podía esperar más para encontrar a alguien que lo acompañara al baile benéfico. Aunque nunca había tenido problemas para encontrar una mujer dispuesta a salir con él, sabía que, por cortesía, debía darle tiempo para comprar un vestido y prepararse para el evento. Y solo quedaban dos semanas.

A pesar de la urgencia, Wade no podía hacer lo que debía hacer. Estaba distraído, en parte por la imagen de Geneva con aquellos pantalones y en parte preguntándose qué estaría haciendo con las herramientas. Entonces recordó que le había prometido colocar unas estanterías sobre su mesa de costura y se preguntó si habría decidido hacerlo ella misma.

Suspirando, Wade colgó el teléfono y se dirigió al pasillo.

 

 

Después de colocar un clavo sobre la puerta, Geneva tiró suavemente hacia arriba de la guirnalda.

–Yo que tú no haría eso.

La profunda voz masculina casi hizo que soltara la guirnalda, con nido y todo.

–Qué susto me has dado.

Sin prestar atención al tono irritado, Wade sonrió.

–He hablado con Tim, el encargado del club, y me ha dicho que los padres podrían abandonar el nido si lo mueves.

Geneva dejó escapar un suspiro de frustración.

–Entonces, ¿qué hago? Mañana por la noche tengo una cita y quiero dar buena impresión.

–Y lo harás –dijo Wade, acercándose–. El diácono se quedará impresionado.

–Sí, pero imagínate la impresión que puede llevarse Ellis si tiene que entrar y salir a través de tu casa.

–¿Y qué hay de malo en eso? ¿Tienes miedo de que los vecinos de Kinnon Falls piensen que estamos juntos?

¡Por supuesto que sí! Pero no pensaba decírselo.

–No quiero que Ellis se sienta incómodo.

–Muy bien. Toma –dijo Wade entonces, poniendo la llave en su mano. Su gesto decía claramente que no admitía discusión–. Y no te preocupes por mí. Os dejaré solos.

Geneva había esperado encontrar una solución para el asunto del nido, pero por el momento no parecía haberla, de modo que no tenía más remedio que aceptar la llave.

–Gracias –murmuró, incómoda.

Pero tenía que comprobar una última cosa. Wade se había ofrecido a dejarla sola con Ellis y se le ocurrió que… quizá también él tendría compañía esa noche.

–¿Pasa algo?

–Estaba pensando que quizá deberíamos inventar un código para cuando… –Geneva se puso colorada, incapaz de decirlo claramente–. Quizá podrías poner una vela en la ventana o atar una cinta al picaporte…

Wade se pasó una mano por la cara.

–O atar un cable desde la lámpara del porche hasta mi colchón y, cuando la luz se encienda y se apague, sabrás…

–Debería haber imaginado que te reirías de mi preocupación. Puede que para ti esto no sea importante, pero para mí lo es. Sobre todo, por mi hijo –lo interrumpió Geneva, bajando la voz para que el niño no pudiera oírla–. La razón por la que vine a vivir a Kinnon Falls es porque quería protegerlo de ciertas cosas que no me hacen ninguna gracia…

Sobre todo, si esas cosas las hacía el padre del niño, pero eso no pensaba contárselo.

Wade dio un paso hacia ella y Geneva, sintiéndose pequeña de repente, dio un paso atrás. Pero eso no sirvió de nada. Wade seguía dejándola sin aliento.

–¿Hay cosas que no te hacen ninguna gracia? Pues yo, cuando quiero, puedo ser muy… gracioso.