Más que un amigo - Carolyn Greene - E-Book

Más que un amigo E-Book

CAROLYN GREENE

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Beschreibung

Matrimonio, bebé, divorcio. April Hanson, obsesionada con que su reloj biológico avanzaba inexorablemente, había trazado un plan bien sencillo. ¡Ya estaba harta de citas desastrosas y corazones rotos! Había considerado acudir a una clínica de inseminación artificial, pero una mujer soltera y embarazada causaría demasiadas habladurías en Harmony Grove. Y ahí era donde encajaba su mejor amigo, Glen Radway. Había accedido a casarse con ella temporalmente, y todo parecía una buena idea hasta que Glen la tomó en brazos y la llevó a la cama. ¿Por qué nunca se habría dado cuenta de lo atractivo y sexy que era? Lo que necesitaba era un plan que renovase el antiguo: cómo transformar a un amante apasionado en padre dedicado.

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Seitenzahl: 218

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1997 Carolyn J. Greene

© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Mas que un amigo, Julia 976 - marzo 2023

Título original: THE WEDDING DECEPTION

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción.

Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 9788411416351

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

DÁMELO, cariño, que no me quiero pelear contigo. April Hanson se agachó con la mano tendida hacia su preciosa pero tontorrona perra de compañía, una labrador dorada. Al parecer, Maybelline había decidido que su dueña iba a tener que perseguirla. Cada vez que intentaba enseñarla a que le trajera las cosas que le lanzaba, ocurría lo mismo, pero en aquella ocasión, el objeto de la pelea no era el periódico. La perra hizo un quiebro hacia un lado, la cola moviéndose en alto y con un pequeño objeto gris entre los dientes.

April se pasó una mano por la frente sudorosa. Evidentemente las instrucciones directas no iban a funcionar, pero quizás consiguiese distraerla antes de que la perra pudiese hacerle daño a la pequeña ardilla que acababa de atrapar.

Fingiendo una despreocupación que no sentía, se acercó al árbol del que había caído el nido, que debía haber sido maltratado por un halcón o una comadreja, y recogió un trozo. Cuando las orejas de Maybelline se alertaron por la curiosidad, April azuzó al animal escondiendo primero el trozo de madera tras la espalda y después moviéndolo delante de ella pero sin dejárselo a su alcance.

Tal y como se imaginaba, la perra no se pudo resistir, y cuando el montoncito de pelo gris cayó de su boca, olvidado, lanzó con todas sus fuerzas el trozo de madera y Maybelline salió corriendo tras él.

Con cuidado, April recogió a la pequeña ardilla. Afortunadamente parecía haber salido sana y salva no sólo del ladrón de nidos sino de los dientes de Maybelline, y la acurrucó contra su pecho para darle calor. La pobre criatura aún no había abierto los ojos, así que debía tener dos o tres semanas de vida.

—Pobrecita —la arrulló—. No has tenido un buen comienzo en la vida, ¿eh?

La pequeña ardilla se hizo una bola al pasarle ella el dedo por la espalda, así que la guardó entre la camisa y la camiseta. En animalillo se removió hasta encontrar un lugar cómodo junto a su cintura y se dispuso a echar un sueñecito. Tendría que llevarla a casa cuanto antes y darle un poco de leche.

Montó de nuevo sobre su caballo sujetando cuidadosamente el bulto de su cintura. Aquello no era más que otro ejemplo de las cosas que solían pasarle. Quería tener un hijo, y acababa haciendo de madre de una ardilla. Si aquella era la forma en que Dios respondía a sus plegarias, es que el Todopoderoso tenía un extraño sentido del humor.

De vuelta a la oficina, April terminó su inspección, tomando nota de los árboles caídos que tenían que ser retirados, así como de cualquier cosa que pudiese bloquear la corriente del arroyo que iba a parar al lago artificial. Maybelline hundió el morro en un montón de hojas, encontró una piña y salió corriendo con el premio entre los dientes. April acercó los talones a los flancos de su yegua cuando ésta se detuvo a mordisquear una rama bajo.

—Vamos, Daisy, que en cuanto lleguemos al establo comerás heno, en lugar de esas hojas.

Hacía una maravillosa mañana de primavera, con el calor suficiente como para poder ir en marga corta, y los árboles habían empezado a brotar, luciendo unas brillantes hojas verdes. Su yegua de corta alzada, incapaz de contener su enorme energía, protestó golpeando el suelo con los cascos cuando April se negó a darle rienda suelta para volver galopando a los establos.

Cuando llegaban ya cerca del almacén, reparó en que los bulbos que había plantado el otoño anterior habían crecido varios centímetros en tan sólo unos días. Un petirrojo se posó entre los nuevos brotes, recogió una brizna de hierba seca y volvió a elevarse con ella en el pico, seguramente para llevarla a su nido en construcción.

—Parece que el mundo entero está lleno de vida nueva.

Daisy echó las orejas hacia atrás al oír el tono algo tenso de la voz de su jinete.

—Y tú no te hagas la inocente, ¿eh? —continuó April—, que no me he olvidado de cómo te marchaste el otro día a todo galope para buscar novio. Además, el pobre Grissom no ha vuelto a ser el mismo desde que te presentaste junto a su valla para enamoriscar a su maravilloso potro de salto, hasta que Majesty's Thunder se acercó —la yegua agitó su melena, como manifestando su desacuerdo con April—. Con la suerte que tengo, te habrás quedado preñada y luego tendré que pagar un dineral por la monta —y a regañadientes, añadió—: al menos tengo que reconocer que sabes elegirlos.

«No como yo», añadió para sí misma, y acarició el bultito inmóvil pegado a su cintura. Si hubiera sabido cómo elegir pareja, estaría ya casada y tendría la casa llena de niños. April suspiró. Lo que daría por tener media docena de narices, bocas, y manos que limpiar, y sin embargo, con treinta y seis años ya, su reloj biológico no andaba sino que volaba como un loco.

Le encantaban los niños con los que trabajaba como directora del camping, pero no sabía si sería capaz de soportar una temporada más de padres luciendo a sus niños. No es que los lucieran, claro, pero su deseo insatisfecho de tener hijos hacía que el típico comentario de «¿Quieres niños? Te regalo al mío» le cayese como una patada en el estómago.

En aquel momento, Glen Radway, su socio en el negocio, salió del almacén y se la quedó mirando, de pie, inmóvil, esperando…

Por supuesto.

—¿Qué ocurre? —le preguntó.

—¿Qué te parecería si saliéramos esta noche a cenar y al cine? —sugirió, tal y como llevaba dos años haciendo.

Y ella hizo lo mismo que había hecho cada día de esos dos años: ignorarlo.

—No, de verdad: ¿qué ocurre?

—Nada. Ha llamado tu sobrina.

—¿Nicole? ¿Qué quería?

Glen, su mejor amigo, se frotó la tensión entre los ojos. Había visto aquel gesto un millón de veces, y siempre solía ser sinónimo de problemas.

—No quería nada. Tenía algo que decirte.

Sacó un teléfono móvil del bolsillo y se lo ofreció.

—Dios mío, algo ha pasado. Lo sé.

—Pues llámala.

—No.

Pasó una pierna por encima del cuello de Daisy, y al ir a desmontar, Glen la sujetó por la cintura y después miró con curiosidad el bulto que se movía bajo su camisa.

—Una ardilla —le explicó.

Acostumbrado al regimiento de huérfanos que solía traerse para hacer de madre con ellos, no hizo preguntas, sino que se esperó a que utilizase el teléfono. Pero April lo apartó.

—Las dos últimas veces que Nicole me ha llamado, fue para decirme que se había fugado con ese chiflado de los ordenadores, o que había tenido un accidente. Ya sabes cómo soy con las malas noticias, así que dime lo que te ha dicho para poder estar preparada.

—Está bien —suspiró Glen—. Vas a ser tía abuela, ¿vale?

El grito ahogado de April hizo que Daisy volviese la cara, y habría jurado que la yegua sonreía.

¡Tía abuela! Era demasiado joven para ser tía abuela. Las tías abuelas solían ser mujeres mayores con manos artríticas y gafas bifocales. Acababa de ponerse gafas para leer, y se miró atentamente las pequeñas manchas de la piel de las manos que siempre había creído que eran pecas. ¿Y si no lo eran? ¿Y si eran manchas de edad?

—¿Ocurre algo? —preguntó Glen.

Por supuesto que ocurría algo: que su sobrina estaba embarazada y ella no.

Glen echó hacia atrás su eterno sombrero vaquero y se frotó las cejas.

—Que sólo tengo treinta y seis años.

—Cierto, pero Nicole es una mujer. Además está casada, así que no tienes por qué preocuparte.

El comentario contenía una velada referencia a la reacción que había tenido su madre cuando su hermana, menor que ella sólo en un año, le había dicho que estaba embarazada: no le había hecho la menor gracia que Stella fuese a tener un niño de la noche a la mañana. La mayoría de los habitantes de Harmony Grove, Virginia, tenían unas ideas igual de anticuadas, y Dios ayudase a quien se atreviera a desafiar sus tradiciones.

—Sí, gracias a Dios que está casada —contestó—. Así que Nicole ha conseguido que John deje de pensar en un ordenador… al menos durante un rato.

Glen la miró un instante, antes de pasarle un brazo por los hombros.

—No es un mal chico, ya lo sabes.

Tenía razón. Quizás su problema con John se redujese a una cuestión de celos. Nicole tenía alguien con quien empezar su familia, y ella no.

—Sí, supongo que será un buen padre —sonrió—. Más le vale.

Glen sonrió y volvió a ofrecerle el teléfono.

—Llama a Nicole. No podía esperar para contártelo —tomó las riendas de Daisy y ambos echaron a andar hacia el establo—. Y que parezca que acabas de enterarte —añadió por encima del hombro.

April sostuvo el teléfono con sus manos manchadas por la edad. Sin las gafas, los números le aparecían algo borrosos así que se lo separó cuanto pudo. Así estaba mejor.

Una repentina sensación de pánico se apoderó de ella. Si quería tener un hijo alguna vez, tenía que ser ya. Si esperaba más, tendría el pelo gris para cuando su hijo empezase a ir a la guardería.

Todo aquello era ridículo. Primero se pasaba dos años casada con el hombre equivocado y después, se pasaba unos cuantos más esperando que apareciese el hombre adecuado, quien, por cierto, no terminaba de llegar. Después, se había consagrado junto con Glen a intentar que aquel camping resultase un negocio rentable, y a medida que el tiempo pasaba, pasaban también sus oportunidades de encontrar a un hombre que pudiera ser buen marido y buen padre. La mayoría de los hombres de su edad bien estaban casados, bien en plena crisis de los cuarenta y buscando mujeres diez años más jóvenes que ella.

Una creciente nube de polvo llamó su atención, y al mirar el camino de grava que conducía al camping, vio un coche en la distancia. Seguramente se tratase de una familia que quería disfrutar de un temprano fin de semana. Ojalá no trajesen niños.

Llamaría a su sobrina después de haberlos acomodado, y aunque tuviese que apretar los dientes, le demostraría que se alegraba por ella.

Mientras veía acercarse la nube de polvo, April sintió que recuperaba el buen humor. «No hay momento como el presente», solía decir Glen, y la ardillita se movió en su cintura como para reforzar sus pensamientos.

Iba a tener un niño costara lo que costase. Una sonrisa se dibujó en sus labios y sintió un tremendo alivio tras haber tomado aquella decisión. Esa era la parte más fácil. La verdadera prueba de carácter llegaría al tener que poner en marcha el plan.

El coche se detuvo en el aparcamiento, pero no se trataba de una familia que viniese a atormentarla con un montón de niños, sino que se trataba de uno de los coches del sheriff.

El agente se bajó, estiró la espalda y miró a su alrededor.

—La estación de camping aún no ha comenzado —comentó April—, así que supongo que la señora Turner aún no tendrá nada de qué quejarse.

Él cerró la puerta, se guardó la llave y con los pulgares colgando de las trabillas del cinturón, se acercó sonriendo y con ademanes de actor de cine. El nombre del ayudante de fin de semana, Dugg, brillaba al sol en la placa que había sido cuidadosamente pulida. De lunes a viernes, trabajaba como contable en una tienda de repuestos para tractores, pero era su segundo trabajo lo que de verdad le gustaba.

—No son los campistas quienes están molestando a la señora Turner esta vez —contestó, en un tono que le recordó al de Jackie Gleason en Smokey y el bandido—. Tengo entendido que tiene a un gorila trabajando para usted.

—Steven es un muchacho que está intentando cambiar de vida, y no pienso consentir que nadie, incluyéndole a usted, se refiera a él en esos términos.

April le vio estirarse y cuadrar los hombros, y comprendió que había cometido un error. A pesar de su esfuerzo por parecer autoritario, las botas de montar que ella llevaba puestas le hacían más alta que él, y junto con su respuesta, había conseguido romper el respeto que él pretendía imponer. Pero eso no le preocupaba lo más mínimo. Lo que le preocupaba en aquel instante era Steven.

Dugg se había convertido en un visitante habitual del camping desde que Bea Turner se había mudado a la casa que quedaba cerca de una de las esquinas del camping. Desde entonces, el agente parecía disfrutar con los pequeños enfrentamientos entre vecinos y repetía alegremente advertencias y citaciones. En un par de ocasiones, Glen y ella habían tenido que acudir al tribunal por haber sido denunciados por alterar la paz en los concursos que cada viernes organizaba ella para los jóvenes del camping. La música se apagaba rigurosamente a las once en punto y como la mayoría de actividades se realizaban durante los fines de semana, la visita del entusiasta Alexander Dugg era más habitual de lo que hubieran deseado.

Glen salió del granero y se colocó al lado de April como muestra de solidaridad. El músculo que le temblaba en la mandíbula era la única muestra de su incomodidad.

—¿Hay algún problema, agente Dugg? —le preguntó con voz ronca.

April casi sonrió al oír pronunciar las últimas dos palabras como si se tratase del nombre de un perro de dibujos animados.

—Parece ser que ese… chico del reformatorio estuvo ayer merodeando por el cobertizo de su vecina, y hoy no encuentra algunas de las herramientas que tenía guardadas allí —hizo una pausa—. Pertenecían a su difunto marido —añadió con seriedad.

El buen humor de April desapareció ante la alegación hecha contra el adolescente que Glen había tomado bajo su protección. Inicialmente se había mostrado en contra de tener a un chaval que había pasado por el reformatorio trabajando para ellos, pero cuando conoció a Steven, se dio cuenta de que se había equivocado con él.

—Steven trabaja duro aquí —le dijo ella—, y no tiene ni tiempo ni ganas de meterse en problemas.

La verdad era que el chico sí que había estado en esa parte del camping el día anterior, reparando unas tablas sueltas de la valla, pero a April no le cabía la menor duda de que no había traspasado los límites del terreno. Se había propuesto demostrarle a Glen que no se había equivocado con él, y no iba a echarlo todo a perder por algo tan absurdo como aquello.

Glen se enderezó el sombrero que servía para identificar sus estados de ánimo. En aquel momento, calado hasta encima de las cejas, enviaba un claro aviso.

—¿Ha venido aquí para presentar cargos? —le preguntó a Dugg.

—No, no —contestó, moviendo las manos—. No hay evidencias suficientes para eso, pero estoy aquí para hacer una advertencia. Podrían decirle al chico que si esas herramientas le son devueltas a la señora Turner, intactas claro, todo el incidente quedará olvidado. Siempre y cuando, no vuelva a desaparecer nada de su propiedad en un futuro.

April fue a decirle lo que pesaba que podía hacer con esas herramientas pero Glen le sujetó firmemente el hombro. Seguramente tenía razón. Si empezaba a discutir con él, acabaría por sancionarles por alguna infracción, real o imaginada, que pudiera ocurrírsele sobre la marcha.

Glen dio media vuelta hacia el edificio que servía al mismo tiempo como almacén y como sala de recreo.

—Hablaremos de ello con Steven, pero estoy seguro de que no sabe nada de las herramientas de la señora Turner —y abriendo la puerta, añadió, dirigiéndose a April—: tenemos demasiado trabajo como para perder el tiempo aquí fuera.

Y sin decir ni una palabra más, la hizo entrar en el almacén y cerró la puerta. Para sorpresa suya, el timbre que había sobre la puerta sonó de nuevo.

Clyde, su empleado a tiempo parcial, hizo retroceder su silla de ruedas de al lado del mostrador en el que había estado clasificando juegos de piscina en preparación para el verano, y al ver quién estaba con ellos, cambió la dirección de su silla.

—¿Hay algo más? —preguntó Glen.

El ayudante se acercó hasta donde Clyde estaba colocando balones hinchables y juegos de aros como si pretendiese examinar también la calidad de su trabajo.

—¿Tienen refrescos?

Glen hizo un gesto hacia el frigorífico colocado al fondo sobre el que había un cartel de refrescos. El ayudante se acercó, sacó un zumo de naranja y se había bebido la mitad y estaba ya de camino a la caja para pagar cuando de pronto se dio la vuelta y examinó el interior del frigorífico de puerta de cristal. Luego sonrió como si él solo hubiese localizado a uno de los criminales más buscados de Norteamérica.

Alexander Dugg se humedeció los labios y arqueó las cejas.

—¿Qué tenemos aquí? —preguntó Dugg, abriendo de nuevo la puerta del frigorífico.

April sintió que el estómago se le caía al suelo al ver la lata de cerveza que tenía en la mano. Por la sonrisa satisfecha de Dugg, se imaginó que ya debía estar viendo los titulares: Ayudante del sheriff pone entre rejas a los propietarios de un camping por vender bebidas alcohólicas ilegalmente. Seguramente hasta se estaría viendo a sí mismo entrevistado para las noticias del mediodía. Incluso estaría diciéndose a sí mismo que no debía olvidarse de llevar al tinte el uniforme, ni de pedir un doble almidonado.

Dugg se acercó al mostrador y colocó la lata de cerveza sobre el mostrador, delante de April.

—¿Cuánto piden por una lata de cerveza?

—Nada —contestó, intentando ser cauta—. Aquí no vendemos alcohol.

—Podría haber colado, sí —contestó él, y le mostró la etiqueta con el precio—. Déjeme ver su licencia para la venta de licores.

Glen dio un paso hacia él y Dugg tocó la culata de su pistola, como asegurándose de que seguía ahí. Al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, Clyde se acercó con su silla y carraspeó como queriendo decir algo. La expresión de culpa que tenía en el rostro le hacía parecer, a pesar de sus setenta y tantos años, un niño que estuviese junto a un cristal roto y tuviera un bate de béisbol en las manos.

—Eso es mío —le dijo a Dugg—. Es para uso personal.

Para asegurarse de que su empleado no empeorara más las cosas confesado sus intervención en aquel jaleo, April le distrajo entregándole la ardilla para que se ocupara de ella. Por un momento, Clyde pareció no saber a qué atender, pero al final se alejó en busca de una caja y comida para su nueva responsabilidad.

—Vaya, vaya… así que uso personal, ¿eh? —comentó el ayudante—. Pues esta lata tiene la etiqueta del precio —Glen se puso en jarras y con las piernas ligeramente entreabiertas, parecía un vaquero dispuesto para la pelea.

—Si echa un vistazo a su alrededor, verá que no ponemos etiquetas a ninguna de nuestras bebidas. La lista de precios está puesta en la puerta del frigorífico.

La paciencia de su amigo estaba siendo puesta a prueba, casi más que la suya propia. Era ridículo tener que soportar aquella clase de acoso, pero a veces era inútil discutir con la inanidad, y quizás, si mordiéndose la lengua la presentaban sus excusas, se iría tan satisfecho de haber ganado.

—Mire —le dijo April—, tenemos un negocio del que ocuparnos, y estoy segura de que usted tendrá que hacer otras muchas… cosas, así que ¿por qué no nos dice cuánto le debemos y terminamos de una vez con este malentendido?

Sacó el bolso de debajo del mostrador. Glen intentó impedírselo, pero ya era demasiado tarde. Ya había sacado la cartera y estaba contando billetes sobre el mostrador de formica.

Dugg abrió los ojos de par en par.

—Señorita Hanson, es evidente que está usted equivocada sobre mi ética como defensor de la ley.

Una expresión de sorpresa cruzó su rostro.

—¿Por qué? Si yo…

Si le dejaba decir algo más, iba a echarlo todo a perder, así que Glen decidió interrumpirla.

—Creo que lo que mi socia quiere decir es que estamos dispuestos a pagar la multa que nos corresponda.

Pero Dugg no quiso aceptar su explicación.

—Voy a tener que multarlos a ambos por vender cerveza sin permiso —miró a April—, y por intentar sobornar a un oficial.

April intentó decir algo, pero Dugg no se lo permitió, sino que se lanzó a leerle sus derechos:

—Tiene derecho a permanecer en silencio…

Y cuando terminó, sacó unas esposas del bolsillo trasero de sus pantalones.

Clyde se acercó a ellos con la ardilla puesta en una caja de cartón sobre sus rodillas y frotándose la barba.

—Glen, tengo que decirte…

—Necesitamos que te quedes aquí y que te ocupes de todo hasta que volvamos. Y échale un vistazo a Steven. No tardará en llegar.

Su mensaje era claro: «no digas nada más o iremos los tres a la oficina del sheriff».

—Extienda los brazos —dijo Dugg.

April miró atónita a las esposas que el hombrecillo le mostraba, y con una mirada de ruego a Glen, levantó los brazos despacio.

Glen sintió un nudo en la garganta. No iba a permitir que aquel gusano esposase a April, y sin pensárselo, le arrebató las esposas.

—¡Eh! —gritó Dugg—. ¡Devuélvamelas!

—No va a esposarla.

—Ahora sí que la ha metido, y hasta el fondo —Dugg se subió los pantalones y tocó la culata de la pistola—. Voy a tener que acusarle de impedir la labor de un agente.

Dugg ya había perdido el control de la situación, así que sería una locura acorralarle.

—Acúseme de lo que le dé la gana —contestó, con las esposas colgando de un dedo—, pero la señorita no va a llevar esta clase de pulseras.

Dugg las recuperó y retrocedió un paso, como si temiese ser mordido si se aventuraba demasiado cerca.

—Voy a tener que pedirle que extienda los brazos.

April se acercó a él y Glen sintió que un brazo le rodeaba la cintura.

—No necesita usarlas —dijo—. Glen no le ha hecho daño a nadie en toda su vida.

Glen habría sonreído al oírla hablar así. Había olvidado, al parecer, las veces en que para defenderla de algunos chicos del instituto había terminado con la nariz sangrando.

Esperó pacientemente a que Dugg terminase de colocarle uno de los aros de las esposas en el brazo izquierdo.

—Detrás de la espalda —dijo.

—¡Por amor de Dios! —exclamó April haciéndose a un lado.

Sus ojos se encontraron y Glen deseó poder protegerla tan fácilmente ahora como cuando eran niños.

 

 

La puerta de la celda se abrió y April entró con la misma expresión de repulsa que tenía cuando la abrieron por primera vez hacía más de una hora.

—¿Estaba Nicole en casa?

Glen se hizo a un lado sobre el banco de obra unido a la pared de ladrillo. La expresión de April era tan patética que tuvo que contenerse para no abrazarla. Al fin y al cabo, tenían un acuerdo. Bueno, no lo tenían, pero él le dejaba pensar que era así. Poco después de que volviera a Harmony Grove para empezar a explotar Cozy Acres Family Campground con ella, había sugerido que podían salir juntos, pero April se había apresurado a recordarle que eran amigos y socios por encima de todo. No quería echar a perder su amistad por algo parecido a lo que le había ocurrido con su marido. Maldito fuese Eddie por todo lo que había hecho.

April le consideraba su mejor amigo, pero Glen quería algo más que una relación de amistad, y al igual que el agua iba excavando la roca al caer, él acabaría por doblegar su resistencia. De alguna forma encontraría la manera de que dejase de verlo como un amigo y empezase a considerarle un amante potencial.

April se sentó a su lado, y dejándose llevar por el impulso anterior, le pasó un brazo por los hombros, y para sorpresa suya, April no sólo no se resistió sino que, con un suspiro, apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Nicole estará aquí en unos veinte minutos —contestó—. Gracias a Dios que estaba en casa. Si mi madre se entera de esto, tendremos canción para los restos.

Teniendo en cuenta que la señora Hanson todavía lamentaba la indiscreción de su hija mayor de haberse quedado embarazada sin estar casada, no le cabía la menor duda de que April tendría que soportar una reprimenda sin fin por aquel pequeño encontronazo con la ley. Y llamando a su sobrina no es que se asegurasen que las noticias no le llegarían al final a su madre, pero…

Una onda de su cabello rubio acarició el pulso de su cuello, y él se rió, tanto por las cosquillas que le hacía su pelo como por lo que acababa de decir.

—Es gracioso que ahora sea Nicole quien tenga que acudir en tu ayuda y no tú en la suya.

Ella pareció no haberle oído.

—¿Te ha contado la buena nueva?

April lo miró con una sonrisa.

—Me he hecho la sorprendida.

Su proximidad física le estaba inquietando así que se levantó y empezó a pasearse por aquel pequeño espacio que compartían. Al parecer el oficial Dugg y otros como él habían estado bastante ocupados, de modo que las celdas estaban llenas. Los ladrillos que habían utilizado para las paredes permitían una cierta intimidad, a no ser que el pájaro de la celda de al lado fuese curioso y recurrente. Con un rápido movimiento, Glen se acercó a las barras de la puerta, sacó el brazo y confiscó un espejo de bolsillo a la mano que había llegado hasta su puerta.