Matrimonio y malentendidos - Rosalie Ash - E-Book

Matrimonio y malentendidos E-Book

Rosalie Ash

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Beschreibung

Josh Isaac no confiaba en Annie desde un estúpido malentendido en casa del novio de su hermana, en Skiathos. Sin embargo, volvieron a encontrarse otra vez en aquella romántica y cálida isla. Annie se decía que había aceptado su propuesta sólo porque quería ser la madre de Zoey, por proteger a aquella adorable niña que se había quedado huérfana. Pero Annie quería algo más de Josh. No sólo un contrato de matrimonio. Ojalá le dijera que la amaba, porque así le demostraría que él era el único hombre al que ella había amado en toda su vida.

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Seitenzahl: 215

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.

www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Avenida de Burgos 8B

Planta 18

28036 Madrid

 

© 1997 Rosalie Ash

© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Matrimonio y malentendidos, n.º 923- septiembre 2022

Título original: A Fragile Marriage

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1141-106-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Annie llegaba tarde a la boda.

Se echó a correr. Nunca le había gustado llegar tarde a ningún sitio. Estaba tan preocupada por haberse perdido la misa y casi ya media hora de la celebración, que ni siquiera pensó en lo agradable que era pasar el verano en casa, en Cornwall. Ni tampoco se fijó en las azules aguas del Atlántico brillar bajo el sol de junio.

Se detuvo un momento para tomar aire. Tenía que dar una imagen de tranquilidad y eficacia. Aunque era una boda familiar, la empresa que ella poseía se había encargado del servicio de comidas. La gente esperaba ver a la señorita Anoushka Trevellick de Party Cooks controlando la situación, no jadeando y con un dolor en el costado.

Se detuvo unos instantes al lado de la marquesina, para mirar a los invitados. Había tal número, que los camareros que había contratado casi no podían pasar con las bandejas con comida y bebida entre ellos. A lo lejos, vio a Liv, su hermana pequeña, que durante el año sabático que se había tomado antes de ir a la universidad, trabajaba en Party Cooks. Estaba hablando con Miles y Alison, los recién casados. Todo el mundo estaba bebiendo champán y comiendo los canapés que había preparado Annie, mientras sonreían y hablaban con los demás invitados.

Todo parecía estar saliendo a la perfección. Poco a poco se fue sintiendo más tranquila.

Preocupada por su aspecto, metió la mano en el bolso y sacó un espejo. Estaba nerviosa y acalorada. Lo cual no era de extrañar, después de lo que le había pasado. En la autopista, se le había estropeado el coche y había tenido que llamar a la grúa. Después, el teléfono móvil se le había quedado sin batería.

Se apartó el pelo que le caía sobre los pómulos y cerró el espejo.

—De pronto se sintió mareada. El suelo empezó a darle vueltas y tuvo que agarrarse al respaldo de una silla.

—¿Estás bien, Annie? —le preguntó una voz masculina, con acento claramente americano, detrás de ella.

El corazón le dio un vuelco y a continuación empezó a latir de forma incontrolada.

«Josh Isaac».

Hacía más de dos años que no lo había visto. La última vez que se encontraron habían regañado. Pero sin mirarlo, pudo reconocer perfectamente su voz. Aquello, sin saber por qué, la molestó.

—Estoy bien, gracias. ¿Y tú, qué tal estás, Josh? —le preguntó, mirando su cuerpo atlético de un metro noventa. ¿Cómo no se le había ocurrido que él iba a estar allí? Su madre la había llamado para contarle los últimos cotilleos de la boda, pero no le había dicho nada de Josh.

La última vez que lo había visto había sido en una isla de Grecia. En aquella ocasión, él sólo llevaba una camiseta y unos pantalones cortos. Para la boda, se había vestido con un traje de tres piezas, con un clavel blanco en la solapa. ¿Cómo se podría haber olvidado de lo guapo que era?

—Yo también estoy bien, gracias —la miró de los pies a la cabeza, con un gesto de preocupación y sorpresa al mismo tiempo—. Tienes una cara como si fueras a desmayarte de un momento a otro. ¿Estás segura de que te encuentras bien?

—Sí, estoy bien —insistió sonriendo—. Es que todavía no he comido...

—Vaya ironía, sabiendo que eres cocinera —se burló—. Siéntate, te traeré algo...

—No te preocupes, de verdad —aquella muestra inesperada de atención, la desconcertó—. Ha sido una suerte que te hayas quedado en la entrada, dispuesto a hacer de buen samaritano.

—Soy el padrino —sonrió—. Y tengo que recibir a los invitados que llegan tarde.

¿Quién otro podía ser el padrino de Miles? Tanto Josh como su primo eran periodistas. Además, estaba convencida de que su primo se ponía a Josh como modelo a seguir, ya que era mayor que él y llevaba más tiempo en la profesión. Un héroe, un corresponsal de guerra que trabajaba para la agencia Reuters.

Cuando lo conoció, Annie tenía veintiún años. De eso hacía ya dos años. Fue en unas vacaciones que pasó con su familia en las islas de Grecia. Al principio había estado loca por él. Josh se alojaba en casa de su hermana, que estaba al lado de la de ellos. Recordó que nada más verlo, tan fuerte, tan moreno, con los hombros tan anchos y caderas tan estrechas, se había quedado casi sin respiración.

Fueron unos días inolvidables, durante los cuales lo fue conociendo mejor. Alquilaron un coche y los dos se fueron a explorar aquella minúscula isla, a beber ouzo al puerto y a comer musaka bajo el cielo estrellado. Nunca fueron solos a aquellos sitios, por supuesto. Iban en familia, pero de alguna forma siempre terminaban sentados uno al lado del otro; y le gustaba imaginarse que él se dirigía sólo a ella. Reían y hablaban. En aquel momento no recordaba bien de qué hablaban. Pero recordaba que era un hombre que la había atraído mucho. Con él se había sentido como si lo conociera toda la vida.

Pero tres semanas más tarde, de vuelta ya en Inglaterra, se había dado cuenta de que aquel ídolo llamado Miles tenía pies de barro.

Acordándose de todo aquello, se sintió dolida e indignada. Hubo un tiempo en que había pensado que él podría haberla hecho cambiar sus sentimientos, pero sólo hasta el momento en que la acusó de robarle el novio a su hermana. Como si ella fuera una devoradora de hombres.

—Si tu trabajo es recibir a los que llegan tarde, podrías recibirme de la forma correcta, ¿no crees? —lo invitó, en tono burlón. Se retiró el pelo de los ojos y puso las manos en la espalda, levantó un poco el mentón y le ofreció la mejilla, para que se la besara.

Josh no se movió durante unos segundos y la miró fijamente a los ojos. En silencio, bajó la cabeza y se fijó en el escote de su vestido de color rosa. Cuando él se acercó para besarla, ella estaba temblando y muy acalorada.

—Será mejor que nos dejemos de juegos —le dijo, mientras le rozaba la mejilla con los labios—. Sobre todo al ver el daño que causó hace dos años.

Casi se queda sin respiración.

—¡Qué inmaduro eres, Josh! —le dijo con dulzura, mientras veía que Liv los saludaba, entre la multitud de invitados—. Si no sabes comportarte en estos actos sociales, lo mejor es que te quedes en esos países en guerra, esquivando balas. Perdona, acabo de ver a alguien que quiero saludar.

Josh sonrió. Para su sorpresa, la agarró del brazo cuando pasó a su lado, impidiéndole que se marchara.

Annie tragó saliva. A pesar de todo, parecía que todavía tenía un efecto bastante acusado en su sistema nervioso. Con tan solo rozarla, todos su cuerpo parecía florecer, como las flores en primavera.

—No puedes dejar de flirtear con cualquiera que lleve pantalones, ¿verdad? —se burló él—. Ya veo que por fin has encontrado a lo que te quieres dedicar de verdad. A organizar fiestas para el circuito social londinense.

Aquel ataque verbal la dejó estupefacta. El calor le subió lentamente desde sus pechos, por el cuello, hasta llegar a la raíz de su pelo.

—¿Qué quieres decir, exactamente? —estalló, sin preocuparle lo más mínimo las personas que se volvían para mirarlos—. Si estás insinuando lo que yo creo que estás insinuando, yo...

—Annie, tranquilízate. Estás montando una escena.

—¡No quiero calmarme! ¿Sabes una cosa? ¡Me das pena! —le respondió enfurecida—. ¡Debes vivir de forma tan cínica y despreciable! ¿Quién te ha dado derecho a juzgarme, Josh Isaac? ¿Crees que tú eres perfecto?

—¿Qué os pasa? Tranquila, Annie —Miles apareció de repente. Su sonrisa hizo desvanecerse la tensión que los había atrapado a los dos—. No sé mucho cómo hay que comportarse en una boda, pero estoy seguro de que no está bien visto que la jefa del servicio de comidas se pelee con el padrino. No es bueno para el negocio.

Guiñó un ojo a su prima, quien se sintió arrepentida. Negocios aparte, lo que menos le apetecía era mostrarse desagradable en la boda de Miles y Alison.

—Lo siento, Miles...

—¿Estás bien, Josh? Las cosas que dice Annie, a veces duelen más que un puñetazo en el estómago —Miles los miraba a los dos, viendo las chispas que salían de los ojos de Annie y el cinismo en la mirada de Josh.

—Los dos nos hemos insultado —replicó Josh—. Pero como bien acabas de decir, se pone como una fiera cuando se la provoca.

Annie apretó los puños. Parecía como si Josh quisiera aprovecharse al máximo de la mediación de Miles.

—Pero a lo mejor te he infravalorado. Si te sientes atacada, será porque después de todo tienes conciencia.

Josh se retiró, después de mirar a Miles y asentir con la cabeza. Desapareció entre la multitud, justo en el momento en el que el resto de la familia se acercó y empezó a abrazarla y darle besos. Cuando empezaron a preguntarle qué tal estaba y por qué había llegado tarde, felicitándola por el maravilloso pastel de boda que había preparado, poco a poco se le fue pasando su enfado y se alegró de estar otra vez en Cornwall, junto a toda su familia.

—¿De qué estabais discutiendo? —le preguntó su hermana Liv, minutos más tarde. Después de inspeccionar las mesas, dio un abrazo a su hermana, besó al novio y a la novia, se disculpó y se retiró con Liv a un rincón tranquilo, para continuar su conversación, en torno a unos platos de salmón ahumado y vasos de champán.

—Nada de importancia...

—¡No me digas eso, Annie! —Liv sonrió y la miró con escepticismo—. No creo que hayas discutido de forma tan acalorada con el padrino de una boda por algo sin importancia.

—Yo no estaba acalorada —protestó Annie—. Teníamos una diferencia de opiniones.

—¿De verdad? Me preocupa que esas clases de autoafirmación a las que asistimos hayan tenido un efecto negativo —comentó Liv, jugueteando con un mechón de pelo, mientras miraba a su hermana con un gesto cómico.

Annie bebió champán, miró a Liv a los ojos y suspiró. La verdad, no debería haber insultado a uno de los invitados más importantes de la boda. Aunque hubiera sido él, quien la había insultado primero.

—Está bien. Es que me dijo algo que me puso furiosa. No fue premeditado. Perdí los nervios. Me arrepiento. Lo que me dijo era tan ridículo que debería haberme echado a reír. No creo que por esto la gente nos deje de invitar a sus fiestas...

—Podría provocar el efecto contrario —comentó Liv—. Yo incluso lo encontré divertido. ¿Qué es lo que te dijo?

—Me dijo que lo que a mí me gustaba era flirtear con los hombres, sin importarme si estaban casados o solteros.

—¿Qué? —Liv puso cara de sorpresa—. ¿Cómo se ha atrevido a decirte una cosa así?

—Josh Isaac y yo no nos llevamos demasiado bien —le explicó—. Creo que piensa que me dedico a robar los novios a las demás, o algo así.

—¿Pero por qué?

—¿Recuerdas que hace un par de años fuimos a Villa Kalimaki?

—Más o menos —Liv no parecía acordarse de nada—. ¿Podrías ser más concreta?

—El novio de la hermana pequeña de Josh, un chico americano, ¿recuerdas? No dejaba de molestarme cada vez que no estaba Camilla. Al final, yo me vine a Inglaterra, él la abandonó y se vino a verme.

—¡Dios mío, se me había olvidado todo eso!

—Josh parece tener mejor memoria que tú.

—¡Pero no fue culpa tuya! —respondió Liv, con cara de asombro—. Si quieres que te diga la verdad, yo creo que esos dos están mejor separados que juntos.

—Pues Josh me echa la culpa a mí. Piensa que yo se lo quité.

—En tal caso, Annie, querida, no me extraña que le gritaras. No es culpa tuya que estés tan guapa en biquini.

Annie miró a su hermana y empezó a reír.

—Eres muy sensata, a pesar de tener cinco años menos que yo.

—Aquel año no fue muy bueno para ninguna de las dos —reflexionó Liv—. Fue el año en el que yo me encapriché de aquel francés, ¿recuerdas?

—Sí, me acuerdo.

—Me comporté como una idiota. La clásica quinceañera que se enamora de un hombre mayor. Recuerdo que por las noches no paraba de llorar. Pero tú nunca me hablaste de Josh.

—Pensé que ya tenías suficientes problemas —contestó Annie.

El hombre del que se había enamorado Liv era un profesor de francés del colegio donde iba, que de pronto se fue a Francia sin decir palabra. A Liv, lo mismo que a ella, le había costado mucho superar aquella experiencia. En aquel momento llegó a la conclusión de que enamorarse era una actividad bastante peligrosa.

—¡Hombres! —Annie enarcó una ceja y miró a su hermana—. En mi opinión, un integrante muy sospechoso de la raza humana.

—No creo que la novia esté muy de acuerdo contigo —Liv sonrió y apuntó con la cabeza a Alison, cuya radiante expresión destacaba entre la multitud—. ¿No te gustan las bodas?

—Me gustan las bodas de los demás —sonrió Annie—. En especial, cuando le encargan la comida a Party Cooks.

—Eres una mercenaria —replicó Liv riéndose, mientras miraba a su hermana con gesto de reprobación—. ¿No te gustaría casarte alguna vez?

—No me opongo al matrimonio por principio —le explicó, encogiéndose de hombros—. Lo único es que no me puedo imaginar una relación en la que sea necesario confiar tanto en un hombre.

En aquel momento apareció a su lado Megan, su hermana más pequeña.

—Hola, Meggie. Estás guapísima.

—No me digas eso, que parezco una campesina —contestó Meggie, sentándose en la hierba del borde de la marquesina—. Eso es lo que me acaba de decir Peter Voss.

—No es un lenguaje muy fino, Meggie, querida —se burló Annie, mirando el atuendo de la dama de honor. Capas muy recargadas de enaguas y tafetán de color azul pálido, con un mandil blando de seda. La novia de Miles se había empeñado en que la dama de honor fuera vestida así, lo cual casi provoca un desastre, porque Megan, una jovencita muy sofisticada de doce años, se había negado en rotundo. Pero al final Alison la había convencido.

—Lo mejor es que me quite esto —dijo en tono retador, quitándose el mandil y tirándolo a la hierba, detrás de ella, al tiempo que se desabrochaba el vestido azul y se abanicaba de forma ostentosa—. Alison es una buena chica, pero la pobrecilla...

—¡Cállate, Megan! —exclamó Liv, mirando a Annie.

Annie miró por encima de su hombro. Alison, resplandeciente en su vestido blanco, estaba en una mesa no muy lejos de ellas, con unos familiares, poniendo una cara muy agradable a cualquier comentario que le hacían.

—Baja la voz un poco, Meggie. Anda, ve a felicitar a Miles —sugirió Annie, apartando un mechón de pelo rubio de la cara de Megan—. Alison y Miles están muy enamorados, y...

—Déjate de boberías. Tú no crees ni en el amor, ni en el matrimonio —Megan puso mala cara y se levantó, marchándose con tanta rapidez que casi tropieza con Josh, que estaba abriéndose paso entre la gente, con una bandeja de bebidas en la mano. La bandeja se inclinó y los vasos se cayeron al suelo. Una de las copas de champán fue a parar al cuello de una de las tías de la novia. Liv tuvo que contener la risa.

—Ya verás la que se arma... —susurró, tapándose la boca.

—¿Qué diablos has hecho, Megan? —le preguntó la tía Dorothy muy enfadada, quien se había puesto en pie, dando un chillido.

—Lo siento mucho...

—Me has estropeado el vestido...

—De verdad que lo siento —Megan se quedó de pie, con la cara completamente colorada y se echó a llorar. Annie se levantó y trató de ir a socorrerla, pero Liv se lo impidió.

—Espera un poco. Ya va el padrino.

Josh había puesto el brazo en los hombros de Megan y se había sacado un pañuelo blanco de su bolsillo, para secarle las lágrimas.

Le dijo algo al oído a la tía Dorothy, quien pareció calmarse un poco y luego a Megan, quien dejó de llorar y le sonrió. También hizo un comentario que Annie no pudo oír, pero que provocó las risas de todos los que estaban a su alrededor. Dos camareros acudieron a limpiar los vasos rotos. Un familiar de Alison sacó una servilleta y empezó a limpiarle el vestido a la tía Dorothy.

—Parece que ya ha pasado lo peor —murmuró Liv, enarcando sus cejas—. Tu Josh parece un hombre muy amable, ¿no crees?

—¿Mi Josh? —Annie volvió a sentarse y miró a su hermana—. ¡Muy graciosa!

—Empiezo a recordar más cosas de aquel verano en Kalimaki —dijo Liv—. Ninguno de los dos os quitabais los ojos de encima. Salíamos todos juntos, pero recuerdo que siempre os manteníais apartados. Recuerdo cómo te miraba. Con un aire tan protector, como si le pertenecieras.

—Liv, por favor —Annie se sintió un poco avergonzada—. Parece que se te ha disparado la imaginación...

Miró para atrás y vio que Josh intercambiaba una mirada de conspiración con Meggie. Al poco tiempo los dos desaparecieron entre la gente. Pocos minutos más tarde, Annie vio a Meggie ocupada entregándole a Josh los telegramas de felicitación, mientras él los leía en alto.

Annie permaneció donde estaba. No sabía qué pensar de él. Era un hombre que podía ser muy amable. Por lo menos eso recordaba de las vacaciones que pasaron en Grecia, antes de que el novio de su hermana agriase todo y lo convenciera de que era una devoradora de hombres.

Al principio, él la había tratado de la misma manera que había tratado a sus dos hermanas. Pero poco a poco fue tratándola como a una igual, y le contaba cosas de su trabajo, mostrando interés por lo que ella contaba que iba a hacer después de terminar sus estudios.

Recordó que la atracción física había ido en aumento.

Antes de que llegara aquel pérfido novio, Josh les había estado enseñando a Camilla y a ella a hacer windsurfing. Había sido incapaz de aprender, pero Josh había mostrado mucha paciencia con ella. Un día se cayó de la tabla y se cortó el pie con una piedra del mar, y él la ayudó a subir la cuesta hasta llegar a la casa, llevándola en brazos los últimos cien metros, una experiencia que nunca se le había olvidado.

Todavía recordaba aquella escena. Josh llevaba unos pantalones cortos de color azul, desnudo de medio cuerpo para arriba, muy moreno, brazos musculosos, pelo negro y largo, echado para atrás. Ella con un biquini amarillo, con el pie sangrando.

Cuando la dejó en el suelo, en el recibidor de la casa, hubo una cierta tensión sexual entre ellos. Durante unos segundos, que parecieron interminables, él la miró, ella mantuvo la respiración, convencida de que iba a besarla, temblando de anticipación. Él inclino la cabeza, los ojos entrecerrados, los dedos entre su pelo y ella se estremeció. Pero de pronto la puerta de la calle se abrió y aparecieron Liv y su madre y todo se desvaneció de la misma manera que había empezado.

Al día siguiente Josh se fue unos días de la isla, para hacer un trabajo. Cuando regresó, ya estaba el novio de Camilla e inició la campaña contra ella. Y todo cambió...

Por suerte, todo eso pertenecía al pasado y cuando la boda terminara no se volverían a ver más.

 

 

—El problema con todas estas celebraciones —le dijo Josh, poniéndose a su lado en la discoteca—, es que nadie sabe cuándo tienen que acabar.

Lo había visto dirigirse hacia ella, con un nudo en la garganta. Se había quitado la chaqueta y la corbata y tenía el pelo alborotado de tanto bailar.

Tenía la impresión de que era un hombre bien recibido entre cualquier grupo de invitados. No se había olvidado de las dos jóvenes damas de honor. Lo había visto bailar con ellas, con Megan y la hermana pequeña de Miles, Affrica.

—Tienes razón –respondió ella, con la garganta irritada por tener que dar tantos gritos para hablar—. Si alguna vez me caso, nada más terminar la boda tomo el primer avión y me marcho a algún sitio soleado.

—¿A Grecia? —le preguntó.

Lo miró a los ojos y se preparó para el ataque.

—Probablemente —se encogió de hombros—. Soy un poco grecófila. Teniendo a Alexia de madre, es difícil no serlo.

—Tu madre es profesora de lengua, ¿no?

Por fin logró que el camarero la atendiera y pidió un zumo de naranja con hielo. Josh le pidió una cerveza fría.

—Sí. Da clases de latín y griego. Viajó por toda Grecia antes de casarse.

Josh dijo algo que ella no pudo oír.

—¿Qué has dicho? —la música era ensordecedora y casi no podía oír la conversación. Las luces de colores destellaban e iluminaban a los que estaban bailando en la pista. Varias parejas de personas mayores se fueron a la barra, a descansar un poco.

Josh la miró y cuando la sonrió le dio un vuelco el corazón. Aquella reacción la asustó un poco. Era mayor y debía ser más prudente, se dijo a sí misma. No debía dejarse atrapar de nuevo por el encanto de aquel hombre.

—Vamos... —le dio el vaso de zumo de naranja, la agarró del brazo y salió fuera con ella, a refrescarse en aquella tarde de verano inglés.

Se quedó tan sorprendida, que se dejó llevar sin decir una palabra. Cuando estuvieron a una cierta distancia de la discoteca, el ruido de la música cambió por el sonido del mar a sus pies.

—¿Has bebido mucho? —le preguntó ella, soltándose de su brazo.

—No. Bebí unas cuantas copas de champán y bastantes vasos de agua mineral. Ésta es mi primera cerveza —dio un trago, la miró y sonrió—. ¿Por qué me lo preguntas? ¿Es que tengo voz de borracho?

—No. Lo que no entiendo es por qué de repente nos comportamos como si fuéramos viejos amigos. ¿O es que he soñado que hace tan sólo unas horas, me estabas insultando y cuestionando mi conducta moral?

—Tú tampoco tuviste pelos en la lengua —replicó, mirándola a los ojos—. Bueno, lo reconozco, te pido disculpas.

—¿Me pides disculpas por insultarme?

—Precisamente.

—Está bien, yo también te pido disculpas, pero sólo por haber perdido los estribos. ¿Pero por qué ese cambio tan repentino?

—Porque tuve que soportar la reprimenda de un familiar tuyo —admitió él.

—¿Liv? —Annie no pudo reprimir la risa, a pesar de que cada vez le resultaba más difícil controlar su enfado.

—Ella cree que te he juzgado mal.

—¿De verdad? ¿Y tú qué piensas?

Josh se encogió de hombros. De repente, se descubrió a sí misma mirando sin querer el movimiento de sus músculos debajo de su camisa blanca.

—Tendría que conocerte mejor, para poderte responder —replicó él. La miró todo el cuerpo, deteniéndose en la suave curva de sus pechos. De pronto, tuvo dificultades para respirar. Tenía la horrible sospecha de que él estaba aprovechando aquella situación para intentar ligar.

—Olvídate, entonces —contestó y empezó a darse la vuelta.

—Annie, espera...

Se puso delante de ella para impedir su huida. La miró fijamente a los ojos.

—Mira —empezó a decir, muy serio—. Admito que no tengo buenos recuerdos de aquel verano que pasamos en Skiathos. Pero tu hermana...

—Mi hermana es una persona muy dulce y leal, pero yo sé defenderme sin ayuda de nadie, gracias —los ojos de Annie tenían un brillo temerario, cuando levantó un poco el mentón—. ¡Tengo muchos amigos y no necesito que tú precisamente des tu aprobación!

—Estoy convencido de ello —murmuró, con voz ronca—. Pero a lo mejor soy yo el que la está buscando.

Annie empezó a reírse. Su proximidad la estaba poniendo nerviosa. Retrocedió unos pasos y respiró hondo, tratando de controlarse.

—No parece que seas un inadaptado social.

—Las discotecas ya no son para mí —contestó él—. Dentro de poco cumpliré los treinta.

¿Cómo podía seguir con aquella mirada de niño perdido y al mismo tiempo tener un aura tan sensual que la hacía estremecerse?

—Pues por lo que he visto en la pista estás como en tu casa.

—Legado de una juventud en la que desperdicié el tiempo —le contestó—. En la adolescencia hice demasiadas estupideces. Mira, hay un sitio allí, vamos a sentarnos un rato.

Empezó a caminar, agarrándola del brazo. Annie no ofreció resistencia, decidiendo que sería una chiquillada darse la vuelta y echar a correr. Al sentir el contacto de su mano en su brazo, todo su cuerpo se estremeció.

El banco de madera al que se dirigían estaba colocado para poder ver toda la costa, protegido de la brisa marina por una densa cortina de tamarisco. El aroma de aquellas flores rosas tenían un efecto embriagador en ella.

—El color de las flores del tamarisco hace juego con tu vestido —comentó él, mirándola con interés, antes de dirigir de nuevo su mirada al mar. Ella lo vio por el rabillo del ojo dar un trago de cerveza.

—¿Qué tipo de estupideces hiciste en tu juventud? —se aventuró ella a preguntarle, después de unos minutos de tenso silencio.

Él la miró y se encogió de hombros.