Mi insoportable vecino - Teagan Hunter - E-Book

Mi insoportable vecino E-Book

Teagan Hunter

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Beschreibung

No te enamores de tu enemigo…, y menos si es tu vecino… Dean Evans es lo peor. No solo es un demonio que me deja sin tarta de cereza siempre que puede en el café de debajo de casa, sino que además vive en mi planta, en la puerta de al lado. Y no hago más que encontrármelo. En los buzones. En el ascensor… Así todas las mañanas. Resulta agotador. Lo malo es que después de que por un descuido mío se incendiara su apartamento, se ha convertido también en mi compañero de piso…, y es todavía más horrible. No sé qué locura me poseyó para permitir que se quedara conmigo. Quizá solo fuera lástima. Porque sin duda no estoy enamorada de su encanto. Ni de esas sonrisas tan sexis. Ni de su rápido ingenio. Ni de ese cuerpo al que tanto tiempo le dedica. No. No pienso caer en la tentación, y menos si la tentación es él. Puede que exista una fina línea entre el amor y el odio, pero yo sé exactamente de qué lado estoy.

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Seitenzahl: 304

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Título original: Loathe Thy Neighbor

Primera edición: abril de 2022

Copyright © 2020 by Teagan Hunter

© de la traducción: María José Losada Rey, 2022

© de esta edición: 2022, ediciones Pàmies, S. L. C/ Mesena, 18 28033 Madrid [email protected]

ISBN: 978-84-18491-97-9

BIC: FRD

Diseño e ilustración de cubierta: CalderónSTUDIO®

Fotografías: FInigolai-Photography/Shutterstock y AlexNazaruk/Depositphotos.com

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright, bajo la sanción establecida en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Índice

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

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15

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17

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20

21

22

Epílogo

Agradecimientos

Contenido especial

A Sam y Dean Winchester, gracias por estos quince años.

Os echaré de menos, idiotas.

1

River

—Soy la leche.

Me reclino en el asiento con una sonrisa de satisfacción, orgullosa de mis logros.

Los m&m’s verdes son los mejores, y por eso me he pasado los cinco últimos minutos separándolos del resto.

El subidón solo me dura dos segundos, hasta que me doy cuenta de que no tengo nada más que hacer mientras espero a que llegue mi mejor amiga, que vuelve a presentarse tarde a desayunar un domingo por la mañana.

Resoplo, irritada, mientras miro el reloj que cuelga en la pared de nuestro restaurante favorito. Está en nuestro barrio, y solo sirven desayunos y postres, por los que es famoso.

Es mi lugar favorito de la ciudad.

The Gravy Train, un antiguo depósito de trenes reconvertido en restaurante, está situado en el centro de Harristown, Colorado. Es un local pequeño, pero a pesar de que no es nada lujoso ni extravagante por dentro, en él se puede disfrutar no solo del mejor desayuno del mundo, sino también de las mejores tartas. Y me encantan las tartas.

Cada día las tienen de unos sabores determinados, y mi favorita, la de cereza, está disponible tres veces a la semana.

Y los domingos es uno de esos días.

Me llega un sonido desde el otro extremo del largo tramo de mesas, que ocupan una parte considerable del fondo del restaurante.

Lucy, una clienta habitual que también es la administradora del edificio donde vivo, está apoyada en la pared, al otro lado de la larga mesa comunitaria donde me gusta sentarme. Lleva puesto un poncho con un estampado muy raro —un look característico en ella— y tiene la nariz metida en un libro de crucigramas. La conozco desde hace mucho tiempo y sé que cuando está concentrada en ese mundo va a tardar en salir de ahí.

—¿En serio, River? ¿Otra vez? —Maya West, mi mejor amiga, me mira con intensidad desde el extremo de la mesa con el ceño fruncido en señal de decepción, un gesto que ha ido perfeccionado con los años.

¿Qué quería que hiciera mientras la esperaba? ¿Quedarme aquí sentada mientras hacía girar los pulgares? Tenía que mantenerme ocupada de alguna manera. Me conoce bien, y sabe que no soy de las que se sumergen en un periódico o en un libro para entretenerse. Tener las manos ocupadas es lo que me ayuda a conservar la cordura.

—¿Qué pasa? —Me meto un m&m verde en la boca cuando se sienta. Lo trago con un gran sorbo de café ya frío, al que he echado azúcar suficiente como para provocarme un coma diabético. Su hijo (y mi ahijado), Sam, ocupa la silla de al lado. Le saco la lengua a mi bribón favorito y él me responde con el mismo gesto. Centro mi atención en Maya—. Estas preciosidades no deben convivir con… —gruño y hago un mohín ante los caramelos de chocolate de los demás colores, que me resultan ofensivos— esa basura.

—Pero si todos saben igual… —argumenta Maya, como siempre.

—¡Eso es mentira! —Algunos clientes fruncen el ceño ante aquella estridente respuesta, pero Sam se ríe, que es lo que pretendo en realidad. Ya tiene doce años, y es más difícil hacerlo reír a medida que se adentra en una malhumorada adolescencia. Echo de menos esos tiempos en los que lo único que tenía que hacer era cruzar la mirada con él y se riera durante cinco minutos seguidos.

—Eres muy rara. —Maya acerca la silla a la mesa y se echa el pelo, largo y de color chocolate, por detrás de los hombros—. No es de extrañar que no encuentres a alguien que quiera salir contigo.

Maya no tiene ni pizca de maldad en su cuerpo, así que sus palabras no pretenden hacer daño, pero lo hacen.

En especial, después de que la noche anterior haya pasado por otra cita fallida.

Mi soltería ha sido un tema un poco desalentador y recurrente entre nosotras desde que puse fin oficialmente a la relación con mi ex.

Llevábamos tres años juntos de forma intermitente. Nuestra relación no era demasiado seria, y se estancó durante algún tiempo, hasta que un día me di cuenta de que estaba lista para algo más, algo estable, y él no. Él cambiaba constantemente de trabajo… y también iba probando los sofás de diferentes personas, mientras que yo ya había superado esa etapa de mi vida. Supe que tenía que cortar por lo sano y seguir adelante.

Al principio, me metí de lleno en el mundo de las citas, y tuve una a la semana como mínimo. No tardé en darme cuenta de lo que quería: estabilidad.

No digo que esté preparada para pasar por el altar, pero sí sería agradable encontrar algo, o a alguien, que tenga futuro.

Después de muchas citas fallidas, bajé el ritmo. Así que, durante el último año, solo he salido con un puñado de chicos, y todos han resultado un fiasco.

Maya piensa que soy demasiado exigente, pero no creo que haya nada malo en saber a qué estás (o no) dispuesta a comprometerte. ¿Es demasiado pedir que conozca a un chico divertido, amable, con un trabajo estable y queesté bueno?

Tampoco necesito encontrar al Elegido, pero disfrutar de unos orgasmos regulares que no sean provocados por un vibrador y tener a alguien con quien acurrucarse en el sofá que no sea mi gato, Morris, suena bien, por no hablar de hacer algo que no sea trabajar y pasar el rato con Maya y Sam, aunque los quiera mucho.

—No soy rara —me defiendo—. Soy… especial.

—Y que lo digas. —Arquea una ceja y clava los ojos en el montón de m&m’s verdes que tengo delante—. Hablando de citas, ¿cómo te fue ayer?

Miro a Sam sin saber si quiero soltar los detalles de mi última desventura amorosa delante de mi ahijado. Estoy segura de que no está prestando mucha atención, pero aun así me resulta extraño porque sigo viéndolo como un niño pequeño y no como casi un adolescente.

Maya se da cuenta de mi indecisión.

—Oye, cielo, ve a pedir unas raciones de tarta, ¿vale? De cereza para la tía River, por supuesto. —Rebusca en el bolso durante más tiempo del razonable y, por fin, le pone la tarjeta en la mano—. Y trae también un poco de café. Ya sabes cómo me gusta.

Sam coge la tarjeta.

—Deberías comprarte una cartera, mamá. No creo que sea seguro que lleves la tarjeta suelta en el bolso.

—Sí, claro, es mucho mejor llevarla en una cartera, donde un ladrón sabría dónde encontrarla.

Él pone los ojos en blanco como respuesta, y ella sonríe de forma triunfal.

—Para que conste —comento mientras Sam se aleja—, en eso estoy de acuerdo con él.

—Lo dice la chica que separa los m&m’s por colores.

—¡Los verdes son los mejores!

—Recuérdame por qué somos amigas, porque no tenemos nada en común.

—Y eso es lo que hace que todo sea más interesante. Además, fui la única persona que estuvo a tu lado durante el escándalo que supuso que te quedaras embarazada a los dieciséis años.

Suelta una carcajada.

—Exacto.

Cuando tenía ocho años, la familia de Maya se mudó a la casa de al lado y nos convertimos en amigas íntimas al instante. No había importado que fuéramos totalmente opuestas y que nos peleáramos de manera continua por temas tan frívolos como qué boy band era la mejor: éramos inseparables.

Somos amigas desde hace veinte años y hemos pasado por todo: el drama de la secundaria, un embarazo adolescente, el matrimonio, ser socias, el divorcio…, todo. No importa lo que la vida nos depare; seguimos siendo tan amigas como siempre.

Es la hermana que nunca he tenido y que siempre quise tener.

—Concéntrate, ¿qué pasó anoche? —Maya frunce esos labios perfectos y voluptuosos, y clava en mí sus sorprendentes ojos grises.

—Ya voy, ya voy… —Me doy un golpecito en la barbilla—. Anoche fue… interesante.

—¿En plan bien o en plan mal?

—Bueno…

—Me lo estás dejando todo muy claro —ironiza Maya.

—Bueno, todo empezó cuando mi cita…

—¡Cheddar! —Da palmas, sonriendo como una tonta—. Dilo. Di ese estúpido apodo que le pusieron en la fraternidad de la universidad, aunque ya sea demasiado mayor para que sigan llamándolo así.

Es un nombre ridículo. De hecho, Cheddar ostenta el honor de haber sido el primer hombre con el que Maya no ha tratado de emparejarme. Salí con él para demostrar que no era tan exigente como ella decía.

Craso error.

—Todo empezó cuando Cheddar derramó la bebida sobre la mesa…

—¿Qué estaba bebiendo?

—¿Y eso qué más da?

—Lo que alguien pide para beber dice mucho de él. —Maya agita la mano con impaciencia—. Venga, suéltalo.

—Daiquiri de fresa con hielo.

En cuanto las palabras salen de mi boca, me arrepiento de habérselo dicho.

Mientras se ríe con tanta fuerza que ni siquiera emite sonidos, yo la fulmino con la mirada, cruzo los brazos sobre el pecho, me reclino en la silla y dejo que se desahogue.

—¿Ya has terminado?

No ha hecho nada más que aspirar aire durante al menos treinta segundos.

Por fin, emite un suspiro y se seca los ojos.

—No solo sigue llamándose Cheddar, sino que bebe algo igual de cursi. No puedo creer que no te hayas casado con él en el acto.

—Me sentí muy incómoda cuando pedí un whisky solo.

—¡Qué valiente!

—De todos modos —continúo hablando—, su elección de bebida y el hecho de que la derramara era algo que podía superar. Quizá estaba nervioso. ¿Quién sabe? Incluso podría pasar por alto que todavía viviera con su madre. Ya sabes, la economía y todo eso. Pero…

—¿Por qué tengo el presentimiento de que lo que vas a decir es peor?

—Pero entonces dice, y cito textualmente, que la tarta de moras es la mejor.

Se lleva las manos al pecho.

—¡No puede ser!

Asiento, apretando los labios.

—Yo tuve la misma reacción. De hecho, le envié un mensaje a mi madre y la obligué a llamarme urgentemente para poder largarme.

Maya pone los ojos en blanco.

—Te das cuenta de que me estoy burlando de ti, ¿verdad?

—¿Qué? ¡Tú sabes quelas mejores tartas son las de cereza!

—No puedes seguir rechazando a todos los Tom, Pitt o Harry por estas razones tan estúpidas. Nunca encontrarás pareja si sigues así.

—En primer lugar, nunca he rechazado un pito.

—River… —Su voz está llena de frustración, y lo entiendo; soy un poco exigente. Pero ¿es tanto pedir que un tipo me…, bueno, me excite?

—Quizás soy un poco especial, pero ninguno me pone cachonda, ¿sabes? Nadie me acelera el corazón ni me hace reír. Ninguno es el tipo de hombre en el que he pensado a todas horas. Nadie me ha hecho sentir cosquilleos en todos los lugares precisos. Ni una sola de mis citas lo ha conseguido…

Por el rabillo del ojo veo que la pesadilla de mi existencia cruza, como si fuerael dueño, las puertas de mirestaurante favorito, que frecuento desde hace ocho años.

Sus piernas embutidas en unos vaqueros son tan largas que parece que miden kilómetros, y ni siquiera tengo que levantar la vista para saber que viste una camiseta de un grupo de rock clásico que llevará sin tocar casi treinta años. Su pelo, negro como el carbón, está revuelto como si el viento lo hubiera movido en todas las direcciones, y luce barba de tres días.

Tiene aspecto descuidado, como si acabara de salir de la cama y hubiera recogido la ropa del suelo. Pero, de alguna manera, sigue resultando ridículamente sexy…, por desgracia para mí.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —Maya mira por encima del hombro hacia la puerta, a donde se han dirigido mis ojos—. Oh…, es él.

—Sí. —Curvo los labios con disgusto—. Es él.

Se vuelve hacia mí.

—No entiendo qué problema tienes con Dean. Está muybueno.

—Tú no vives en el piso de al lado.

No es solo que el mismísimo Lucifer frecuente mi restaurante favorito, sino que además vive en el apartamento a la derecha del mío.

En la puerta de al lado.

Me lo encuentro en todas partes: en los buzones, en el ascensor…

Todas las mañanas.

Y resulta agotador porque él esagotador.

Como una traidora, Maya levanta la mano y lo saluda. Él le brinda una sonrisa con la que, estoy segura, piensa que va a hacer que se le caigan las bragas, le devuelve el saludo y se dirige a la barra para pedir.

Le doy un manotazo.

—¡No hagas eso!

—¡Para! —Retira la mano hacia atrás—. El pobre no tiene nada de malo. Es…

—Guapísimo, te he oído decirlo. Pero también es muy irritante.

—¿Por qué?

—Para empezar…

—Hola, Sam. —Mi enemigo se acerca a mi ahijado—. Me alegro de verte, colega.

—¡Por eso! —Casi me levanto de la silla y lo señalo con un dedo acusador. Él me mira conmocionado, con el ceño fruncido ante mi exabrupto—. ¡Por eso mismo! Porque dice esas cosas…

—Hola, Dean. —Sam choca los cinco con su antiguo profesor—. ¿Qué tal de fin de semana?

—Por eso. Son Sam y Dean. Como los Winchester de Sobrenatural. —Pongo los ojos en blanco—. No digas ni una palabra —advierto, y vuelvo a acomodarme sobre mi trasero, viendo cómo charlan como viejos amigos.

Y supongo que lo son. O algo parecido

El año pasado, cuando Maya y su ex se divorciaron, Dean apoyó a Sam como solo una figura paterna puede hacerlo. Como era el profesor de Sam y se veían todos los días en el colegio, los dos se abrieron el uno al otro, y aunque sea una tontería, eso me pone celosa.

Y cachonda.

Lo que me irrita muchísimo.

Lo odio. Es un imbécil. Un auténtico imbécil. Y no es mi tipo. No me gusta. Si me siento atraída por él es solo porque ningún hombre me calienta la cama.

Además, no busco a alguien como Dean. Quizá tenga un trabajo estable y parezca centrado, pero eso no compensa lo mucho que me molesta.

—¿Sabes?, estoy empezando a pensar que tal vez solo dices que lo odias porque te has pillado por él en secreto.

Lanzo una carcajada llena de ironía.

—Por favor. Ni de broma.

—¿Estás diciendo que no lo encuentras atractivo?

—No.

—¿No lo encuentras atractivo o no es eso lo que estás diciendo?

Me muevo en la silla.

—Por supuesto que lo encuentro atractivo.

—Ah. Interesante…

Ladeo la cabeza y arqueo las cejas.

—¿Qué es interesante?

—Que Dean te pone.

—¡¿Qué?! —espeté, sentándome con la espalda recta—. ¡No es cierto! ¿Por qué dices eso? No he dicho eso.

—No es necesario. Como tu mejor amiga, sé estas cosas.

—¿Qué…?

—Oh, cariño… —Miramos a Lucy, que no tenía la nariz tan metida en el libro como yo pensaba—. Para mí también es obvio.

—¡Lucy! ¡¿Qué demonios dices?!

Se encoge de hombros, con una sonrisa burlona en los labios pintados de rojo.

—Solo estoy diciendo la verdad, querida. Además, no tiene nada de malo; no es como si fueras la única, a mí Dean también me pone cachonda.

Abro los ojos de par en par y me arden las mejillas.

—Ya, ya. No me miréis así. Soy vieja, pero todavía puedo nadar con marejada, y una marejada es lo que se desata entre mis piernas cuando ese hombre entra por la puerta.

Se humedece los labios, haciendo que desee como nunca que se abra un agujero en el suelo y me trague, y eso incluye la vez que me paseé por el Wal-Mart con la falda enganchada en la ropa interior.

Concretamente, en el tanga.

Lucy toma un sorbo de su té y vuelve a centrar la atención en su libro… O eso parece.

Maya acerca la cabeza a la mía.

—Así que te pasa eso —me susurra.

—Desgraciadamente, así es.

—Mira, que te hayas pillado por él no es malo.

—Que diga que él podría, y estoy poniendo muchoénfasis en esa palabra, excitarme un poco no significa que me haya pillado. Puedo sentirme físicamente atraída por alguien y odiarlo con toda mi alma.

—O puedes estar mintiendo.

Gimo.

—Créeme, no me he pillado por él, Maya. Ni siquiera me gusta. De hecho, le he dicho muchas veces en el último año que lo detesto.

—Pero sin una buena razón.

—Estás de coña, ¿verdad? Hay un montón.

—Pues dime una.

¿Solo una? Hay muchas razones por las que no me gusta Dean.

Es odioso. Siempre quiere tener razón en todo. Se entromete en mi desayuno con mi mejor amiga todos los domingos.

¿Y lo peor de todo?

Que viva en la puerta de al lado. Siempre está tocando esa horrible guitarra en el balcón o haciendo patente su horrible gusto musical a todas las horas del día. Y gritándole a la televisión con cualquiera que sea el deporte que está viendo.

Es el peor vecino de la historia.

—Se despierta con la misma canción cada día.

—Como la mayoría de la gente…

—¿Poniendo Old Time Rock & Roll una y otra vez? Es…

Me señala con el dedo.

—Esa canción es un clásico. No puedes decir nada malo de ella.

—Sea un clásico o no, ¿en serio tiene que ponerla a las cinco y media de la mañana inclusolos fines de semana?

—Tiene trabajo. Y es más de lo que puedo decir de la mitad de los tipos con los que sales.

—Pero…

—No. No hay peros que valgan. ¿Podría bajar la música? Sí, pero no se le puede reprochar que se gane la vida, sobre todocuando lo que hace es enseñar a niños y mejorar su vida.

—Solo lo dices porque es amigo de tuhijo.

—¿Y? —Se encoge de hombros—. Dime alguna cosa más, y que no sea tan absurda.

—Leo.

—¡Oh, venga ya! Deja a Leo fuera de esto.

Señalo a Dean, que sigue en la cola con Sam, porque este lugar está lleno los domingos por la mañana.

—No puedo dejar a Leo fuera de esto cuando lo ha traído aquí.

—Leo es adorable.

—¡Es una tortuga!

—Pero…

—¡Busca apoyo emocional en una tortuga!

—Ya, pero…

—Y la trae a un restaurante.

Maya resopla.

—Te estás portando como una idiota.

Vuelvo a mirar a Dean, que ahora está enfrascado en una conversación con otro cliente sobre dicha tortuga. La arrullan como si fuera un bebé. Leo atrae toda la atención porque es tan malo como su dueño.

—Solo lo hace para llamar la atención.

—Tal vez el apoyo emocional no lo necesita él, sino Leo. ¿Has pensado alguna vez en eso?

—¿Has pensado que es la segunda cosa más ridícula que ha salido de tu boca? ¿Solo superada cuando me dijiste que se puede contraer la enfermedad de Lyme comiendo limas en mal estado?

—¡Lo vi en Facebook!

—¡No te creas todo lo que sale en Facebook!

—Pero es… tan adictivo… —murmura—. Deja de distraerme. Estamos hablando de razones auténticas y viables para odiar a Dean.

—Es que… Es que es…

—¿Qué? —Se echa hacia delante, con las cejas arqueadas, esperando mi respuesta—. ¿Atractivo? ¿Gracioso? ¿Amable? ¿Bueno con los niños? ¿Tiene un trabajo estable?

—¡Me deja sin tarta!

Vuelve a poner los ojos en blanco.

—No es verdad.

—Sí, lo hace. A propósito. Cada domingo. Pasa siempre.

—Estás exagerando.

—No exagero.

—¿Estás segura?

—Quizá esté exagerando un poco, pero sabes que tengo razón en que ocurre a menudo. O bien llegamos demasiado tarde porque es domingo, y las tartas buenas siempre se acaban rápido los domingos con tanta gente entrando y saliendo después de ir a la iglesia, y él se lleva toda la que queda, que es exactamente por lo que quiero venir antes —le dirijo una mirada mordaz, y ella se encoge de hombros con timidez—, o bien se inventa alguna excusa inútil para intercambiar cualquier otro dulce con Sam, y el inocentón de tu hijo acepta todas sus sugerencias.

—Uno, puedes pedir sin mí.

—No puedo. Si lo hiciera, no sería como si hubiéramos quedado para disfrutar juntas del desayuno. No puedes llegar a desayunar conmigo cuando ya tengo la cara llena de tarta.

—Dos, no hay necesidad de insultar —continúa, sin hacerme caso—. Sam no es un inocentón.

—¿No? Porque se creía que podía tener fiebre por bailar en la discoteca un sábado por la noche.

—No es cierto. Además, solo trata de ser amable con su profesor, algo que tú deberías hacer también. Dean se ha apuntado para entrenar al equipo de fútbol americano del colegio este año, y a tu ahijado le gusta jugar.

—¿Esas son tus razones? Sam no es mi hijo, sino el tuyo. No tengo que andar besándole el culo a Dean para mantener la paz durante el año escolar.

—Bah… Y yo que pensaba que queríasbesarle el culo a Dean…

—¿Estáis hablando de mi culo?

2

Dean

No falla. Llueva o haga sol, River White siempre está en The Gravy Train los domingos por la mañana. Aparezca o no su amiga Maya, River está allí, porque le gusta la tarta de cereza tanto como a mí.

En realidad, he llegado a la conclusión de que le gustan todos los dulces. Parece que siempre está comiendo m&m’s verdes, y, como hemos coincidido en el ascensor en varias ocasiones al volver del supermercado, estoy al tanto de lo que incluye en su cesta de la compra incluso aunque no me interese lo más mínimo, como aquella vez que venía con una caja grande de condones.

En el año que llevo viviendo aquí, no he conocido a otra persona que me moleste y me intrigue tanto como esta vecina. A veces se muestra dulce y sonriente, y en otras ocasiones parece que quiere arrancarle la cabeza a alguien.

Y, por norma general, ese alguien soy yo.

Pero si hay algo de lo que estoy seguro con respecto a River —además de su amor por las tartas— es de que me detesta.

Así que la recorro con la vista con intensidad mientras me mira fijamente con una expresión que dice: «Soy capaz de matarte y de ayudarlos luego a buscar tu cuerpo».

Parece llena de fuego y medio poseída por el demonio; mide algo menos de uno sesenta y cinco, tiene el pelo rojo intenso —apuesto algo a que ha sido forjado en las fosas del infierno— y lo lleva suelto por la espalda, como si fuera pidiendo que le tiraran de él. Luce lo que he llegado a reconocer como el uniforme de «He tenido otra cita fallida y me he zampado una tarrina de helado y media caja de galletas»: pantalones de deporte y una camiseta con más agujeros que un queso de gruyer.

Sin embargo, sigue pareciéndome una absoluta belleza.

Y esa es la parte que más me irrita.

Sea cual sea la frecuencia —que es mucha— con la que River deje claros sus sentimientos hacia mí, sigosintiéndome físicamente atraído por ella, a pesar de que no quiero.

Por norma general, su comportamiento roza la grosería. Es odiosa. Mandona. Y la peor vecina del mundo.

Ojalá que mi polla también se diera cuenta de eso, pienso mientras me siento en una silla frente a mi enemiga.

—¿Estabas diciendo algo sobre mi culo? —Dejo el plato y pongo a Leo a mi lado en la mesa. El pobre se mete en su caparazón, algo nervioso por el entorno, aunque vuelve a salir en cuanto ve que no existe amenaza alguna. Para ser una criatura a la que le gusta estar sola, es demasiado amigable. Y todavía más los domingos, el día en que lo llevo al parque para que explore el entorno a sus anchas.

—¿Estás de coña?

El murmullo furioso de River me atraviesa todo el cuerpo y llega a mi entrepierna.

Como siempre, ignoro lo que siento.

No tiene sentido que lo reconozca, porque enrealidadno me gusta a mí, solo a mi polla. Y la pobre también se estimula cuando veo algo que parece un coño en alguna forma caprichosa en la superficie de una mesa de madera.

Mi erección va por libre.

No es nada personal, solo responde a las imágenes.

—Vamos, River. No me cuentes tu triste vida. Estoy tratando de disfrutar de la tarta.

Clavo el tenedor en la porción y me meto un buen bocado en la boca.

Me mira sin perder detalle, con los labios apretados por la rabia. Le sonrío mientras saboreo esta delicia recién salida del horno.

No sé por qué me desprecia como lo hace, pero mentiría si dijera que no me divierte fastidiarla y conseguir que me odie aún más.

—Te odio —dice con los dientes apretados, como si hubiera leído mis pensamientos.

—¡River!

Trago y me limpio la boca con la servilleta.

—No pasa nada, Maya. Ni que fuera la primera vez que River deja claros sus sentimientos hacia mí.

—En efecto. —Lucy, la encargada del edificio de apartamentos, que me adora en cuerpo y alma, me apoya sin apartar la vista de los crucigramas.

Para mi sorpresa, las mejillas de River adquieren un tono rojo intenso. Pensaba que no había nada capaz de avergonzarla.

—Ignórala —me pide Maya mirando a River, que se encoge de hombros.

—Lo dicho dicho está. —Se cruza de brazos desafiante—. Lo odio.

—Solo está cabreada porque he conseguido el último trozo de tarta de cereza.

—¿Que lo has conseguido? ¿Con-se-gui-do? —respira hondo—. Querrás decir que has engañado a un niñito inocente para que te lo diera.

—¡Eh, oye! ¡No soy un niñito inocente!

—Ah, ¿no? —River se vuelve hacia Sam—. Entonces dime qué te ha dicho para que cambiaras un trozo de tarta de cereza por uno de tarta de mora.

—Me ha dicho que ha visto que una de las camareras la tocaba después dehurgarse la nariz. He supuesto que no querrías comerte una tarta con mocos, tía River. Lo he hecho por ti. —Sonríe, orgulloso de sí mismo.

Joder, queda demostrado que el chico es demasiado inocentón. La semana pasada le dije que ese domingo en particular estaba prohibido comer pastel de cereza. Entonces tuvo miedo de que arrestaran a River, y me rogó que me lo comiera yo.

Qué tonto…

—¿No se te ha ocurrido preguntarle por qué entonces ha pedido tarta con mocos para él?

—Hemos pedido todo junto —intervengo—. No he sacado el tema de los mocos hasta que estábamos viniendo hacia vosotras.

—Se me ocurren tantas preguntas… —Entrecierra los ojos, como si tratara de averiguar a dónde quiero llegar.

—Házmelas. Soy profesor, me hacen preguntas estúpidas a todas horas.

—En clase nos dices que no hay ninguna pregunta tonta. —Sam ladea la cabeza y me mira de forma acusadora.

—Y es totalmente cierto en tu caso, Sam. Tú nunca me haces preguntas tontas.

—Ay, Dios… Mi hijo es demasiado inocente —susurra Maya, horrorizada.

Trato de no reírme y le presto atención a River.

—¿Y bien?

—¿Has pagado el desayuno?

—Siempre pago el desayuno.

—¡No es cierto! Maya y yo vamos rotando. Una semana lo hago yo, y la siguiente ella. Siempre. Nunca hemos dejado de hacerlo. Nosotras…

Se queda callada de golpe, y estoy seguro de que es porque por fin se ha dado cuenta de que las mañanas que vengo aquí no aparece un cargo en su tarjeta.

Puede que seamos enemigos, pero tengo modales.

Además, me da un poco de miedo que a mi madre le lleguen vibraciones de «Mi hijo es un capullo», y me largue un sermón si no hago lo correcto y pago el desayuno.

—Es que… tú…

—Yo… ¿qué? —me burlo—. ¿Me vas a decir que soy un hombre amable, tierno y muy sexy? Porque sé que no ibas a llamarme imbécil.

Saco un m&m de donde los ha escondido y me lo meto en la boca, sonriendo.

—¡Imbécil!

—No. —Doy un golpecito en la mesa con un dedo—. No. Existen algunas reglas que nunca se deben saltar. Si alguien te invita a una porción de tarta, no puedes llamarlo imbécil. Esas son las reglas, River.

Alza la nariz en el aire.

—Me da igual que me invites a tarta. Te sigo detestando.

—Pero un poco menos, ¿no?

No dice nada, pero lo leo en sus ojos.

Luego mira a Leo, y vuelve a menear la cabeza.

—Oye, sé amable con Leo. No se merece que te cabrees con él.

—¿En serio? Te has traído a la tortuga…, perdona, a tu apoyo emocional, a desayunar. Otra vez. ¿Qué coño te pasa?

Puede ser mala conmigo todo lo que quiera, pero no con Leo. El chiquitín no ha hecho nada.

—Mira, Señorita Cabreos. Leo no es mi apoyo emocional. Yo soy su apoyo emocional. Su último dueño lo maltrató. Lo estoy ayudando a que se recupere.

Abre los ojos de par en par por la sorpresa.

Sí, River, no soy un capullo. Es cierto, puede que ponga siempre la misma música y te birle la tarta, pero tengo corazón.

Niega con la cabeza.

—Te lo has inventado.

Me echo hacia delante sobre la mesa.

—No.

—Sí… —asegura ella, imitando mis movimientos.

Me desplazo otro centímetro.

Y ella también.

Avellana.

Sus ojos son de color avellana.

No sé por qué me doy cuenta ahora, probablemente porque es lo más cerca que he estado nunca de ella, pero no puedo dejar de fijarme en que sus ojos son la combinación más bonita de dorado y verde que haya visto nunca.

Cuando asoma la lengua y se la desliza por los labios, sigo el movimiento.

No puedo apartar la mirada porque, joder,su boca parece hecha para besar, y hace demasiado tiempo que no beso a nadie.

Alarga tanto el gesto que llego a contemplar la posibilidad de acortar la distancia entre nosotros como si no fuera la maldita River White quien está frente a mí. Como si ella no me odiara. Como si no la odiara yo.

—No —me obligo a decir.

—¡Sí!

—¿Sabéis qué, queridos? Si queréis quedaros a solas, podemos irnos todos —interviene Lucy.

Nos separamos de golpe, como si nos hubieran pillado haciendo algo que no debíamos, y Leo vuelve a meterse en su caparazón, asustado por el repentino movimiento.

—Lo siento, amiguito. —Paso el dedo por encima del cristal, tratando de calmarlo.

Y de paso, tranquilizarme a mí mismo.

River está muy buena y mi polla lo sabe, pero ¿besarla? Antes se congelaría el infierno.

Entre nosotros hay química, pero es la vecina que trata de fastidiarme la vida en el mejor apartamento que he tenido nunca, quejándose y molestándome constantemente. Me gusta demasiado mi casa como para empezar a salir con ella, que se acabe estropeando todo y tener que mudarme. Otra vez.

No, nunca, jamás, besaré a River White.

Lo juro.

—Voy a hacer pis. —River sale disparada de su asiento y corre hacia el baño.

Está cabreada conmigo por haberle pagado el desayuno.

Bien. Quizá así se lo piense dos veces antes de volver a mirarme por respirar demasiado fuerte para su gusto.

—Si eso no ha sido incomodar a un tío, no sé qué lo es. —Maya niega con la cabeza mirando la espalda en retirada de su amiga.

—Seguro que es algo más. —Tomo otro bocado de tarta de cerezas, que, por desgracia, casi se ha acabado.

Ha sido un poco mezquino por mi parte convencer a Sam para que me diera el último trozo de tarta de cerezas, pero no me arrepiento nada de nada.

Ha sido ella la que ha declarado la guerra entre nosotros, yendo a Lucy para quejarse de ruidos sin sentido, una semana después de que me hubiera mudado, en lugar de venir a pedirme que bajara el volumen. Yo estaba dispuesto a hacer borrón y cuenta nueva después del asunto del gato, pero, por lo visto, ella no.

Además, no pongo el volumen tan alto. No era necesario decirle a Lucy algo tan estúpido, y lo ha hecho ya cuatro veces.

Por suerte, Lucy se apiadó de mí —estoy casi seguro de que está colada por mí— y solo me hizo algunas advertencias no muy severas.

Así que dejaré de portarme mal cuando River lo haga.

—Dime, Dean, ¿estás deseando que pasen estas dos semanas que faltan para que empiece el curso de verano? ¿No tienes ganas de empezar a entrenar a los chicos?

Doy un sorbo a mi café y asiento.

—Mucho. Lo único que mola del verano es que puedo pasar más tiempo con Leo. A mí me gusta estar en el cole.

Y es cierto.

Me encanta la enseñanza. Me encantan los niños y las cosas que se les ocurren. Me encanta ver la expresión de sus caras cuando algo encaja en su mente.

¿Y qué decir sobre entrenar al equipo de fútbol americano? Estoy deseando empezar. Cuando el antiguo entrenador del cole se mudó al finalizar el año escolar, fui el primero en solicitar el puesto. Me encantaba jugar al fútbol cuando estaba en el instituto y en la universidad. Siempre fui consciente de que nunca sería lo suficientemente bueno para ser profesional, pero eso no ha cambiado lo mucho que adoro el deporte.

Estoy deseando difundir mi amor por él.

—Sam, te vas a apuntar, ¿verdad?

Levanta la vista del teléfono.

—No lo sé seguro —murmura, clavando los ojos en su madre con una expresión claramente preocupada—. No sé si puedo.

Me extraña la forma en que vacila la sonrisa de Maya.

He visto a Maya suficientes fines de semana como para saber que desde el divorcio ha estado luchando para salir adelante, que hace horas extra en el trabajo al tiempo que intenta estar disponible para su hijo, y estoy seguro de que resulta agotador para ella. El fútbol americano es un deporte que genera muchos gastos, y debe de estar preocupada tanto por el aspecto económico como por el tiempo que tendrá que dedicarle.

—Ya te he dicho que puedes —lo anima ella.

—Pero tu horario de trabajo…

—No te preocupes por mi horario. Además, la tía River puede llevarte o ir a recogerte a los partidos y a los entrenamientos. Todo irá bien. —Le guiña un ojo a su hijo—. Te lo prometo, chico.

Genial. Por si no tuviera suficiente River en mi vida…

Sam pone los ojos en blanco.

—Mamá, soy demasiado mayor para hacer promesas enlazando el meñique.

—¡Qué dices! Nuncasees demasiado mayor para eso. Son un contrato vinculante sin importar la edad que tengas.

Sam se encoge de hombros y vuelve a bajar la vista hacia el teléfono, perdido ya en lo que haya en la pantalla.

—Chicos… —resopla Maya.

Me río.

—Estás predicando en el desierto.

—No sé cómo te las arreglas con un aula llena… —Mueve la cabeza—. Apenas puedo yo con uno…

—A ver…, yo me voy a casa por la tarde y tengo una velada sin niños en la que escucho mi música favorita o toco la guitarra. Descanso, y tú no. Esa es la diferencia.

—Hablando de eso… Sabes que estás volviendo loca a River con el volumen de la música, ¿verdad?

Sonrío.

—Oh, sí, soy consciente de ello.

Se ríe ante mi falta de remordimiento.

—¿Por qué insistes en torturar a mi mejor amiga?

En ese momento, River sale del baño con aire desenfadado. No puedo dejar de admirar la forma en que se mueve con seguridad, incluso con esos horribles pantalones de deporte y la camiseta desgastada. Se la podría confundir con una vagabunda, pero mi polla aúnno ha entendido que excitarse con ella no conduce a nada.

Maya se aclara la garganta, reclamando mi atención.

Aparto los ojos de River, esforzándome para que parezca que no deseo follar con su mejor amiga.

—Porque ella insiste en torturarme.

Arquea una ceja, y puedo ver las preguntas que se forman en su mente.

—¿Todavía estás aquí? —se queja River, salvándome sin saberlo de lo que sea que Maya estaba a punto de preguntar. Menos mal. Ocupa de nuevo el mismo asiento, mirándome con desprecio—. Pensaba que, si tardaba lo suficiente, te habrías largado.

—¿Irme sin despedirme de mi enemiga favorita? No lo creo. Además, aún no he terminado este deliciosopastel de cereza. Está calentito, y es tan dulce y pegajoso… Es perfecto.

Sus fosas nasales se abren cuando me meto otro bocado en la boca.

—Mmm… —gimo—. Está buenísimo.

—Te-o-di-o.

—Ya quisieras…

—¿Qué significa eso?

—Venga ya, River. Es evidente que estás obsesionada conmigo.

—Eres asqueroso. —Curva los labios.

—Pero tengo razón.