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Luego de un ataque biológico mundial por parte de un grupo ambiental que desata un virus mortal que aniquila a la mayor parte de la población, un científico crea una vacuna para combatir la infección. Esta transformará la forma física humana y la combinará con la de animales. Pero, sin saber, esto a la vez desencadenará una nueva ola infecciosa. La historia principal del libro nos lleva mil años después de este suceso. Los mestizos (nuevos humanos con rasgos animales de diversas especies) habitan en domos aislados para protegerse de los infectados que viven en el exterior. Los habitantes viven el día a día hasta toparse con los que se consideran sus únicas parejas eternas, teniendo en cuenta rasgos de jerarquía y liderazgo. Luego de un ataque de los infectados (o "corruptos"), estas parejas recién formadas sufrirán un revés en su relación y deberán separarse, lo que pondrá en jaque estos vínculos. Descubre en esta maravillosa historia cómo el destino puede cambiar drásticamente el futuro de un individuo si este nunca pierde las esperanzas y confía en el amor y amistad de los que los rodean.
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Seitenzahl: 178
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Fadon, Silvana Jéssica Estela
Mi querido mestizo / Silvana Jéssica Estela Fadon. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
202 p. ; 22 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-086-2
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Ciencia Ficción. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Fadon, Silvana Jéssica Estela
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Mi querido mestizo
Poly Gutiérrez
Prólogo
Virus.
El diccionario lo define como un microorganismo, invisible al microscopio óptico, que solo contiene un ácido nucleico y que solo puede desarrollarse en el interior de una célula viva.
Simple, fácil de recordar y muy pequeño.
Jamás pensamos que algo tan diminuto fuera a ocasionarnos tantos problemas. Problemas tan grandes como para casi extinguir una especie.
Capítulo 1
20 de marzo de 2020.
Todo comenzó esa mañana. El cielo estaba nublado, y había vientos fuertes. En cada rincón del mundo, una persona de diferente etnia le había hablado en su idioma original a cada ciudadano, por medio de una señal televisiva desconocida. No se sabe muy bien dónde se originaron el plan o el grupo que lo llevó al cabo. Estas personas decían ser activistas ambientales, se hacían llamar a sí mismos “la voz de la tierra”, consideraban a la especie humana “el cáncer del planeta” y asumían como deber convertirse en mártires y sanar a la naturaleza antes de que fuera demasiado tarde, aun cuando eso significara sacrificar a sus seres queridos y a sí mismos. Era un precio justo para compensar todo el daño hecho por la raza humana.
Después de eso todas las transmisiones se cortaron, e inició el caos.
Grandes y potentes explosiones se sucedieron en cada rincón del mundo, todas en lugares muy concurridos o en donde se concentraran grandes masas humanas. Centros comerciales, peatonales, parques, iglesias, museos y monumentos turísticos se vieron consumidos por un humo extraño de color violeta después de cada explosión. Este humo estaba compuesto por partículas brillantes, que gracias al viento o a la brisa suave eran dispersadas por todo el espacio alrededor.
Los humanos que se encontraban cerca de cada explosión, ignorantes y curiosos como eran, comenzaron a aspirar y a tocar estas partículas brillantes. El pánico de la población reinó solo después de que los primeros empezaran a mostrar las señales de infección.
Los síntomas eran los mismos. Las personas caían arrodilladas, presas de un gran dolor; su temperatura corporal aumentaba de forma rápida, de treinta y seis a cuarenta y cinco grados en apenas segundos; cada vena de su cuerpo cambiaba de color hacia el negro; vomitaban grandes cantidades de sangre y, al final, los cuerpos inertes y sin vida tocaban el suelo sobre sus propios charcos de sangre.
Cada presidente declaró una cuarentena inmediata en su país: nadie debía salir de su hogar, ni siquiera para comprar víveres. Pero era demasiado tarde, la plaga se propagó rápido.
En todas partes se podían hallar cadáveres, incluso en los hogares había familias que se pudrían por causa de la enfermedad, la cual no discriminaba en absoluto: no importaba tu color, tu edad, tu religión o tu nivel económico, la infección podía afectarte igual, ya que se propagaba de la forma más simple posible.
Por el aire.
Los pocos valientes que se acercaban a los cadáveres para estudiarlos lo hacían cubiertos por trajes de seguridad de pies a cabeza, y con tanques de oxígeno en la espalda. Parecían más astronautas que infectólogos.
Las autoridades de cada país buscaron a los terroristas, pero solo encontraron cadáveres infectados y evidencia quemada o destruida.
Cuando al fin los infectólogos obtuvieron algo, muchas poblaciones habían perecido o había sido trasladadas hacia lugares limpios de infección. Se dedujo que se trataba del virus del Ébola, evolucionado o mutado; el método de transmisión era el aire, o el simple hecho de estar al lado de un cadáver. No había posibilidad de tratamiento por la eficacia del virus al momento de matar al ser humano, era solo cuestión de minutos.
Grandes ciudades se vieron reducidas a cementerios debido a que los cadáveres infectados no podían ser cremados ni enterrados: los cuerpos seguían emanando partículas brillantes que eran arrastradas por el viento hacia ciudades o pueblos vecinos.
Los mayores expertos en enfermedades de todo el mundo fueron convocados en EE.UU. para encontrar una cura trabajando en equipo y con las mejores instalaciones, mientras cada gobierno luchaba por mantener a sus poblaciones lo mejor alimentadas y lo más saludables que fuera posible.
Mucho tiempo tuvo que pasar para que un biólogo y genetista alemán descubriera una vacuna.
Una cura que cambiaría a los humanos para siempre.
Capítulo 2
El biólogo alemán se había percatado de que los animales no se veían afectados por el virus; incluso, muchos de ellos ya comenzaban a poblar las grandes ciudades, junto a la madre naturaleza. Animales y plantas eran inmunes al “EB2”, como había sido bautizado el virus muchos años antes.
Además de contar con su vasta experiencia en biología, este hombre también era un experto matriculado en genética. Basó su vacuna en el sistema inmunológico del tiburón, que provee de una inmunidad similar al del ser humano pero también de un inusual tipo de anticuerpos capaces de detener la progresión de varias enfermedades.
La vacuna alteraba el sistema inmunológico humano desde cero, desde su raíz. El ADN. Pero había un gran problema: al insertar ADN recombinante de otra especie en el ser humano, este sufriría alteraciones físicas e internas importantes para adaptarse lo mejor posible a su nueva inmunidad. Las alteraciones serían tan dolorosas, que muchos no las superarían.
La vacuna contenía ADNR, recombinante: moléculas de ADN formadas mediante métodos de laboratorio conocidos como recombinación genética, diseñados para juntar material genético de diversas especies y crear secuencias de ADN que de otra manera no se encontrarían en el genoma humano. Esto fue posible gracias a que las moléculas de ADN de todos los organismos comparten la misma estructura química, es decir, gracias a que poseemos la misma especie inicial animal desde la creación del planeta. Desde el primer ser vivo, raíz y creador de todas las especies.
En su desesperación, los países sobrevivientes aceptaron esta cura y cada nación envió a cinco hombres y cinco mujeres saludables para iniciar las pruebas en humanos. En total fueron mil los conejillos de Indias.
Tal como se predijo, una vez inyectada la vacuna los humanos comenzaron a retorcerse de dolor y aumentaron de temperatura corporal hasta los cincuenta grados; literalmente, sus organismos se cocinaban. De los mil sujetos, solo seiscientos siete sobrevivieron, el sesenta por ciento; los restantes no toleraron los efectos secundarios y perecieron en sus camas de la forma más dolorosa posible. Para no alterar la estructura perfecta de la vacuna, cada individuo debía tolerar el dolor sin calmantes ni anestesia durante horas. Pero cuando el dolor y la fiebre cedían, el resultado era increíble.
Se producían híbridos entre lo humano y lo animal: con alteraciones de color y textura de la piel, crecimiento de colas cortas o largas dependiendo de la especie elegida, mutación de las orejas y las uñas, agudización de los cinco sentidos e inmunidad completa contra enfermedades. Todos los miembros y facciones seguían siendo humanos, pero con más músculos, más habilidades y, en el caso de las especies-ave, el agregado de alas que nacían de los omóplatos o de aletas en el caso de las especies-pez. Este nuevo sistema inmunológico no solo combatía el EB2, sino también la mayoría de las enfermedades conocidas. Sida, cáncer, sarampión; hasta una simple gripe era combatida de forma rápida y eficaz por el cuerpo de los sujetos de prueba.
A pesar de los riesgos que suponía para el cuerpo humano, la vacuna fue producida en masa y distribuida a toda la población de forma gratuita. Esto se debió a que más del setenta por ciento de la población había perecido gracias al EB2; se debía proteger y reproducir de inmediato a los sobrevivientes. Sin embargo, para muchos humanos, la idea de cambiar sus cuerpos pasando por tanto dolor era impensable; preferían arriesgarse a padecer la enfermedad e intentar superarla o esperar a que se creara una vacuna más compatible con el cuerpo humano.
Pasaron muchos años, décadas en las que los mestizos y los humanos se reprodujeron entre sí. Las nuevas crías nacieron inmunes y con características animales como sus padres o completamente humanos, pero conservando el sistema inmunológico perfecto.
Cuando cada país pudo alcanzar un nivel económico estable, se inició lo que finalmente se pudo llamar normalidad: vidas humanas y mestizas, sanas, en paz y tranquilidad.
Una paz que duró unas cuantas generaciones, antes de que la cura se convirtiera en falla.
Capítulo 3
La segunda ola fue peor, pero los afectados esta vez fueron los mestizos. Al igual que con el EB2, los infectados aumentaban de temperatura drásticamente, se retorcían de dolor, sus venas se ennegrecían y vomitaban sangre; pero esta vez, además, había síntomas diferentes. El cuerpo de los mestizos comenzaba a crecer hasta el doble de su tamaño en cuanto a masa muscular y estatura; de sus pieles humanas nacían pelos negros; sus pupilas se dilataban tanto que cualquier tipo de luz los dañaba; salivaban profusamente y, finalmente, se ponían de pie sobre sus piernas arqueadas como los animales y atacaban con furia a todo ser vivo cercano, sin discriminar por especie o raza. Cuando un infectado mordía a otro mestizo, luego de unos minutos de agonía este mutaba de la misma forma y arremetía contra otro ser vivo sano.
El pánico reinó en el mundo una vez más. Se recurrió de nuevo a los mejores infectólogos mientras las fuerzas militares de cada país intentaban diezmar a los infectados, pero era imposible: sus cuerpos mejorados no solo eran más rápidos sino también más resistentes.
No toda la población mestiza se infectaba, solo un cincuenta por ciento se vio afectado por esta nueva ola. En cambio, los humanos permanecían sanos y morían al instante si eran atacados por los infectados.
Los infectólogos obtuvieron resultados certeros: la vacuna no solo había curado cientos de enfermedades sino que había funcionado como catalizador y fortificador para una enfermedad muy común en animales.
Rabia.
El virus de la rabia se había fusionado con el EB2 y con la vacuna, y había evolucionado hacia una enfermedad mucho peor: el EBRAB, como fue bautizado.
Curar el EBRAB era imposible debido a que nacía directamente del ADN del mestizo. La enfermedad formaba parte natural de su cuerpo, era un defecto genético que podía despertar en cualquier momento, en cualquier generación y a cualquier edad de la vida del mestizo. Se intentó modificar nuevamente el ADN con la mejor tecnología creada, pero identificar el gen maligno era imposible.
En un acto de gran desesperación, los países del mundo construyeron domos con los mejores materiales posibles y crearon ciudadelas para los sobrevivientes. Cada ciudadela recibió el nombre de “sector” y fue enumerado según la fecha de finalización de su construcción. Se crearon, también, sectores exclusivos para la crianza de ganado animal, para alimentar a los habitantes.
Vida y seguridad en una jaula de acero, lejos del peligro y de los “corruptos”, nombre que se les dio a los infectados por EBRAB.
Las generaciones pasaron y se adaptaron a esta vida nueva al grado de aceptarla como normal, natural.
Capítulo 4
Herman (mestizo lobo)
3 de marzo de 3020.
Sector 500.
—¡Herman, vamos, ya están llegando! —dijo mi mejor amigo mientras entraba en el cuarto.
—¿Quiénes están llegando? —le pregunté, dejando el libro de finanzas a un lado.
—¿En serio lo preguntas? Te estuve hablando de ellas toda la semana. —Luka se acostó de golpe en mi cama; como todo joven zorro, era ágil y estaba lleno de energía—. Las hembras están llegando, su trasbordador está en el área de limpieza y purificación. Vamos a verlas.
—Es un desperdicio de tiempo, por protocolo deben llevar trajes cerrados al ingresar en el sector, pasar cinco o seis días aisladas y recién entonces vamos a poder verlas, olerlas y todo lo que tú quieras.
—¡Por favor! Me prometiste que ibas a acompañarme a verlas —dijo Luka, agrandando sus enormes ojos marrones y bajando sus orejas de zorro en señal de tristeza.
—Lo dije porque me estabas volviendo loco con eso. —A pesar de mi queja, como alfa del grupo debía cumplir con mi palabra—. De acuerdo, vamos a ver.
—¡Sí! —Luka se levantó de un salto, su tristeza estaba olvidada ya, y corrió a la salida dejándome atrás unos cuantos metros.
—¿Los chicos dónde están? —Como alfa del grupo era mi obligación saber dónde estaba mi manada.
—Exactamente ahí donde vamos, en la entrada del sector.
—Me parece una ridiculez por su parte emocionarse por un grupo de hembras recién llegadas.
—No seas aguafiestas, una de esas hembras podría ser tu pareja predestinada —dijo Luka, al tiempo que retrocedía y caminaba a la par junto a mí.
Me resultaba increíble que un macho joven, saludable y apuesto como él, a quien le encantaba acostarse con varias hembras —y a veces con más de una al mismo tiempo—, estuviera tan emocionado por encontrar a su media naranja.
—No me vengas con esa mierda de nuevo, el amor no existe, es una ilusión humana creada para explicar una reacción química y hormonal de nuestros cuerpos.
—Lo sé, lo sé, pero déjame tener ilusiones...
—Humanas, aunque no lo somos...
—Ilusiones humanas, entonces, sobre que voy a encontrar a la hembra que se convertirá en todo mi mundo.
Desde la creación de los mestizos, las infidelidades se habían acabado y los matrimonios crecieron rápido; los divorcios también se extinguieron. Esto se debía a que los mestizos podíamos tener relaciones sexuales con quienes quisiéramos, pero una vez que nos topábamos con la hembra correcta, todo se terminaba. Nuestro lado animal salía a flote y nos exigía reclamar y unirnos de forma permanente a esa única hembra por medio de una reacción química básica que producía hormonas y feromonas para atraerla hacia nosotros. Los que activaban esta reacción primitiva en el macho eran varios factores visuales, hormonales y sanguíneos, pero el más importante de todos era el olor con el que nacía la hembra, único de ella. Después de la unión, ni la hembra ni el macho podrían reaccionar de forma física o sexual ante otro individuo, solo ante su pareja predestinada de por vida.
Llegamos al balcón que daba a la entrada del sector. Nos encontrábamos en el quinto piso, y desde ahí se nos permitiría observar la llegada de las hembras. Por precaución no podíamos acercarnos más a ellas, por si acaso alguna estuviera infectada y aún no hubiera desarrollado la enfermedad.
—¡Herman, Luka, por aquí! —nos llamó e hizo señas un joven con piel escamosa y de color negro grisáceo, Genet. Se encontraba al lado de otros tres machos, todos miembros del grupo.
—Se tardaron mucho, ellas ya están llegando —dijo Mateo, un mestizo tipo toro criollo argentino de dos metros diez de alto, ciento treinta kilos de pura masa muscular, piel trigueña, cabello negro rapado a los lados y largo en la parte de arriba, orejas de toro debajo de unos cuernos de cuarenta y cinco centímetros de largo, ojos negros, una cola corta con pelos en la punta y manos grandes con dedos de color gris y duros como pezuñas.
—Me costo un poco convencerlo —dijo Luka. Él era un mestizo tipo zorro rojo, de un metro ochenta de alto, setenta y siete kilos, piel blanca, cabello castaño rojizo corto con ondas hacia atrás, barba bien cortada, orejas de zorro, ojos marrón claro, gran cola pomposa y garras filosas al final de sus dedos.
—Como todo líder debe mostrarse imperturbable, supongo —comentó Nikita mientras miraba cómo el trasbordador entraba por la puerta principal. Era un mestizo tipo águila real de setenta kilos, un metro ochenta de alto, piel trigueña, cabello castaño corto rapado a los costados y peinado hacia atrás con jopo, orejas humanas, ojos marrones, cola emplumada abundante y corta; a diferencia de otros mestizos, los tipo ave tenían enormes alas que nacían de sus omóplatos y podían volar, pero mientras estuvieran en tierra debían atar sus alas con correas y mantenerlas plegadas, ya que al ser tan grandes chocaban contra todo y todos alrededor de ellos.
—Una de ellass podría sser tú hembra alfa —de nuevo habló Genet. Mestizo tipo mamba negra, de setenta y ocho kilos, un metro ochenta y dos de alto, piel negra grisácea con escamas lisas y planas, totalmente rapado, con orejas humanas puntiagudas, ojos negros, cola larga y fuerte, manos con garras filosas. Su boca, por dentro, era negra, y tenía una lengua larga y bifurcada con la habilidad de escupir veneno mortal.
—Lo creo poco probable —dije, mientras me ubicaba a su lado junto con Luka. Como había dicho Nikita, yo era el líder de nuestro grupo, por ser descendiente de una familia llena de machos alfa; mi legado y mi sangre, a pesar de que habían comenzado siendo humanos, continuaban con más de setecientos años de parejas tipo lobo. Todo para culminar conmigo, un mestizo tipo lobo gris de un metro noventa de alto, noventa kilos, piel blanca, cabello negro corto y lacio peinado hacia atrás, orejas de lobo, ojos de color celeste claro, sin barba, con garras filosas, colmillos grandes y una cola larga.
—Deja de ocultar tus verdaderos sentimientos, galán —dijo el último miembro del equipo, Hari, un mestizo tipo tigre de cien kilos, dos metros de alto y piel blanca rodeada de rayas negras por todas partes, como tatuajes. Tenía el cabello anaranjado rojizo con un corte tipo militar, rapado; orejas de tigre, ojos dorados, cola larga y manchada, barba cortada al ras, bigotes felinos, garras y colmillos filosos.
—No oculto nada, ¿qué hace diferente a este grupo de hembras de todas las anteriores? —pregunté irritado.
—Que son el último grupo de hembras que vamos a ver antes de ir a reclutamiento militar —dijo Nik, tan serio como siempre.
El recordatorio logró callarnos a todos, Nikita tenía razón. Si al cumplir los veinticinco años no habías encontrado a tu pareja predestinada, eras obligado a enlistarte en la milicia y enviado al frente de batalla contra los corruptos, a morir o a infectarte; no solo se hacía esto para combatirlos, sino también para mantener a la población controlada y evitar un crecimiento masivo como el que había ocurrido en el pasado. La única forma de evadir el reclutamiento era unirse de forma permanente a una pareja; de esa manera podías elegir una profesión o un trabajo para mantener a la familia, o enlistarte si así lo deseabas.
La mayoría de nosotros ya tenía veinticinco años, con excepción de Genet, al que aún le faltaban dos años, y de Hari, que los cumpliría dentro de unos ocho meses.
—Exxccelente manera de cagar el ambiente, Nik —respondió Genet molesto.
—Dije la verdad —devolvió Nik.
—Una innecesaria, en estos momentos —este fue Luka, también molesto.
—Fue suficiente. Miren, ya están saliendo las hembras. —Tuve que enfriar el momento. Lo único que me desagradaba de ser el líder de esta manada eran las discusiones; era muy difícil frenar una pelea entre machos grandes de diferentes especies sin salir herido también, más aun cuando uno de esos machos era una mamba negra venenosa.
—Hay algo diferente en una de ellas, ¿es un macho? —preguntó Mateo.
—Así es, un macho homosexual, aún no sé su especie —respondió Luka.
De inmediato todos miramos a Hari con las cejas levantadas.
—Dejen de mirarme, que me acueste con machos y hembras por igual no significa que me tire todo lo que camine —dijo, mientras miraba fijo al macho cubierto por el traje que entraba en el área de aislamiento; sobresalía entre las hembras por su tamaño y su altura.
—Esso exxplica por qué quississte acompañarnoss —dijo Genet con una sonrisa. Algo que Genet odiaba era su dialecto natural: por tener la lengua bífida, las palabras con la letra “s” u otras que sonaran igual se alargaban más de lo usual, lo cual provocaba risas a su alrededor. Nosotros ya estábamos acostumbrados a ese pequeño detalle normal en los mestizos de tipo reptil.
Una pequeña sonrisa estaba saliendo de mis labios, hasta que vi a la última hembra. Por alguna razón me llamó la atención, a pesar de que estaba completamente cubierta. Más aún por el hecho de que no tenía cola ni orejas.
—¿Es una humana? —dije frunciendo el ceño, molesto.
Los demás me miraron y giraron la cabeza en dirección a la última hembra; solo Luka no me miró, pero respondió a mi pregunta.
—Exacto, una hembra humana. Por eso este grupo de hembras es especial y llama tanto la atención.
—¿Cómo pudieron traer a una especie tan baja y patética aquí? —Mi enfado iba en aumento. Odiaba a los humanos, al igual que los demás mestizos, por todos los errores que habían cometido en el pasado y cuyas consecuencias debíamos pagar nosotros. Por suerte, la especie humana casi se había extinguido gracias al EB2 y al EBRAB; su población se había visto reducida al 5% de la población total, el otro 95% era mestizo. No era de extrañar que los humanos fueran rechazados y odiados.
—Tranquilo, Her, es solo una humana, ya bastante difícil lo debe tener por su especie —me calmó Mateo; a pesar de su tamaño, él era el más amable de todos en el equipo.
Nos quedamos en silencio, observando cómo la humana desparecía de nuestra vista en el cuarto de aislamiento; era la última. Después de eso nos retiramos, como todos los demás, al área del comedor, para cenar. Por alguna razón no podía quitar a la humana de mi cabeza; había algo más que me atraía hacia ella, y no podía definir qué era. Pero no me preocupaba mucho: de seguro tarde o temprano la quitaría de mi mente, cuando me topara con una hembra que se acercara a mí; como macho alfa, mi popularidad era enorme entre el sexo opuesto, y de seguro esta noche lo demostraría con la hembra tipo conejo que no había dejado de mirarme desde que entramos al comedor.
Esta noche sería perfecta.
Capítulo 5
Diana
