Miradas desde la perspectiva de género - Isabel de Torres Ramírez - E-Book

Miradas desde la perspectiva de género E-Book

Isabel de Torres Ramírez

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Beschreibung

Una obra necesaria que proporciona a especialistas y lectores en general, información y reflexión sobre qué son, qué han significado y significan los Estudios de las Mujeres, al tiempo que pone de manifiesto la presencia de las mujeres en los espacios universitarios y su participación en la producción y transformación del conocimiento científico y tecnológico. A lo largo de sus páginas se hace ver la capacidad del feminismo para generar lo que se ha llamado el feminismo académico, cuya meta es transformar el conocimiento, liberándolo de los sesgos de género desde no importa qué disciplina. El libro se estructura en tres partes: 'Nuevas perspectivas para el conocimiento y la investigación', 'Repensar las disciplinas desde una óptica nueva', 'La sociedad de la información también es cosa de mujeres', y un epílogo: 'Las mujeres en el laberinto de cristal universitario'. Una obra colectiva en la que se aprecia la multidisciplinariedad de los Estudios de las Mujeres, y se muestran los caminos inéditos que la mujeres universitarias abren a la investigación y el conocimiento.

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Seitenzahl: 360

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Isabel de Torres Ramírez (Coord.)

Miradas desde la perspectiva de género

Estudios de las Mujeres

NARCEA, S.A. DE EDICIONES

Índice

Introducción. Isabel de Torres Ramírez

I. NUEVAS PERSPECTIVAS PARA EL CONOCIMIENTO Y LA INVESTIGACIÓN

1. Los feminismos en la Historia: el restablecimiento de la genealogía. Ana de Miguel Álvarez

2. La categoría género en los estudios feministas. Consuelo Flecha García

II. REPENSAR LAS DISCIPLINAS DESDE UNA ÓPTICA NUEVA

3. A propósito de Clío: miradas feministas. Margarita María Birriel Salcedo

4. Miradas antropológicas al género. Soledad Vieitez Cerdeño

5. Interlocutoras de la Sabiduría. Aportes de la teología de la liberación crítico-feminista. Elisa Estévez López

6. Mujeres científicas. Descubrir otra historia de la ciencia. Luisa Ruiz Higueras

7. Mujeres en carreras científico-técnicas. Realidad de una presencia/ausencia. Ana Mª Muñoz Muñoz

8. Mujeres y Literatura: indiscreciones y perplejidades. Pilar Mañas Lahoz

9. Perspectiva de género en los estudios de Geografía. Teresa Vicente Mosquete

10. Educar la mirada. Propuesta pedagógica del Arte para la igualdad entre géneros. Mª Jesús Godoy Domínguez

III. LA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN TAMBIÉN ES COSA DE MUJERES

11. Mujeres en el cyberespacio: estrategias de poder feminista en la red. Ana Baltar Gómez

12. Recursos bibliográfico-documentales específicos para un área de conocimiento multidisciplinar: los Estudios de las Mujeres. Isabel de Torres Ramírez

IV. A MODO DE EPÍLOGO

13. Mujeres en el laberinto de cristal universitario. Pilar Ballarín Domingo

14. Recursos bibliográfico-documentales citados

Relación de autoras

Introducción

Este libro era una obra necesaria, como ponen de manifiesto los propósitos incumplidos de la red temática europea Athena, que, desde hace años, viene abogando por la creación de obras de conjunto que proporcionen a especialistas y, sobre todo, a personas que se inician, materiales que les ayuden a conocer qué son y qué han significado y significan los Estudios de las Mujeres (EEMM) para el desarrollo y la transformación de la ciencia actual. Tal necesidad era especialmente sentida en el ámbito de la lengua castellana, donde no existen apenas aportaciones como las citadas, aunque en los últimos años hayan aparecido algunas obras de síntesis sobre feminismo —la última dentro de esta misma colección—, historia de las mujeres, antropología y género o historia de la educación de las mujeres.

Además de necesaria, es ésta una obra oportuna, pues constituye una magnífica ocasión para poner de manifiesto la afirmación de François Collin acerca de que la gran novedad y especificidad del feminismo plural de los últimos años es su capacidad para generar no sólo efectos políticos y sociales, sino también resultados en el campo del conocimiento, como reflejan palmariamente la actividad y los frutos del Feminismo Académico, cuya meta es transformar el conocimiento, liberándolo de los «sesgos de género» desde no importa qué disciplina.

No es extraño que un libro de este tipo sea una obra colectiva, donde se ponga en evidencia la multidisciplinariedad, constitutiva de estos Estudios, y la unidad y el rigor metodológico en el empleo de una categoría de análisis —la perspectiva de género— que individualiza este campo de conocimiento nuevo y emergente.

Son varios los objetivos que se quieren lograr con la edición de este libro. El primero es ofrecer una panorámica global de los EEMM, enseñando a mirar el conocimiento con «ojos nuevos»; luego, se intenta ayudar a repensar las disciplinas académicas desde esta nueva óptica y mostrar los caminos inéditos que los Estudios de las Mujeres abren a la investigación; por último se quiere también dar a conocer las estrategias y los recursos informativo-documentales que los EEMM generan y utilizan en la era de la informática. Para lograr estos tres objetivos se ofrece un programa estructurado en cuatro partes.

En la primera, Nuevas perspectivas para el conocimiento y la investigación, se trata de mostrar cómo los EEMM hunden sus raíces en el feminismo, poniendo de manifiesto, además, la existencia de métodos y categorías de análisis propios de la investigación feminista que la legitiman e identifican. Lo integran sendos capítulos, firmados por Ana de Miguel Álvarez, de la Universidad de La Coruña, y Consuelo Flecha, de la Hispalense. Sus títulos son expresivos del contenido que más arriba explicito: respectivamente, «Los feminismos en la Historia: el restablecimiento de la genealogía» y «La categoría género en los estudios feministas». A todas luces, esta primera aproximación constituye una aportaciónsíntesis escrita con gran lucidez y el marco idóneo para poder continuar con provecho la lectura del libro.

Los ocho capítulos que integran la segunda parte, Repensar las disciplinas desde una óptica nueva, intentan poner de manifiesto los resultados que en la teoría y en la práctica pueden obtenerse tras situarse ante las disciplinas académicas con una visión no androcéntrica. Tal acercamiento se realiza desde una selección de campos del conocimiento, los más productivos dentro de los EEMM: la Historia, a la que se aproxima Margarita Birriel, de la Universidad de Granada, que escribe sobre «A propósito de Clío: miradas feministas»; la Antropología, con el capítulo titulado: «Miradas antropológicas al género», escrito por Soledad Vieitez Cerdeño, también de la Universidad de Granada; la Teología, desde la que reflexiona Elisa Estévez, de la Pontificia de Comillas (Madrid), con una investigación en la que califica a las mujeres teólogas de «Interlocutoras de la Sabiduría», ante un subtítulo clarificador: «Aportes de la teología de la liberación crítico feminista»; las Ciencias, consideradas de modo global y, por eso, acreedoras de que se le dediquen dos ensayos, uno sobre «Mujeres científicas. Descubrir otra historia de la Ciencia», del que es autora Luisa Ruiz Higueras, de la Universidad de Jaén, y el otro cuyo expresivo título —«Mujeres en las carreras científico-técnicas. Historia de una presencia/ausencia»— nos pone sobre la pista de una constatación: la todavía escasa representación femenina en estos campos, como muestra y demuestra Ana María Muñoz, de la Universidad de Granada; la Literatura, que en este caso se contempla desde la creación, a través del análisis en primera persona que hace la escritora Pilar Mañas en «Mujer y Literatura: indiscreciones y perplejidades»; la Geografía: «La perspectiva de género en los estudios de Geografía», escrito por Teresa Vicente, de la Universidad de Salamanca y, finalmente, el Arte: en «Educar la mirada: propuesta pedagógica del Arte para la igualdad entre los géneros», escrito por María Jesús Godoy, de la Universidad de Sevilla.

Como se pone de manifiesto tras esta enumeración, y parafraseando a Mary Evans, pocas disciplinas han escapado al escrutinio feminista, desde que —en la década de los sesenta— comenzaran a cultivarse en las universidades norteamericanas los EEMM.

Bajo el título La sociedad de la información también es cosa de mujeres, se ofrecen en la tercera parte dos ensayos, firmados por Ana Baltar, de la Biblioteca Universitaria de Jaén, e Isabel de Torres, de la Universidad de Granada, en los que se habla, respectivamente, de: «Mujeres en el cyberespacio: estrategias de poder feminista en la red» y —tomando como ejemplo una muestra de los múltiples recursos documentales que, en la era de la información, se generan desde y sobre los EEMM— de la multidisciplinariedad, como una de las notas que los definen, bajo el título: «Recursos bibliográfico-documentales para un área de conocimiento multidisciplinar: los Estudios de las Mujeres», fundamentado en el carácter multidisciplinar de esta área y justificando empíricamente esta cualidad. Ambos capítulos ponen de manifiesto cumplidamente el empoderamiento de las mujeres en el cyberespacio, a través del conocimiento y el acceso a la tecnología digital, y la diversidad de recursos bibliográfico-documentales que nacen y se usan dentro de los Estudios feministas.

El libro se cierra, a modo de Epílogo, con un texto de Pilar Ballarín, de la Universidad de Granada, titulado, «Las mujeres en el laberinto de cristal universitario», donde, con su autoridad habitual, pasa revista a cómo se han desarrollado los EEMM en España hasta el presente y cuál es la situación de las mujeres que ejercen como profesoras en la universidad.

Se completa la obra con una importante recopilación de recursos bibliográficos y documentales, de especial utilidad e interés para quienes desde la multidisciplinariedad accedan a los EEMM.

No quisiera terminar esta introducción sin manifestar mi agradecimiento a Raquel Pérez que, desde el Colegio Mayor Santafé, de la Universidad de Granada, promovió un ciclo de conferencias que se encuentra en el origen de este libro, así como también al Instituto de Estudios de la Mujer de la Universidad de Granada, que respaldó esta obra colectiva, escrita en gran parte por personas vinculadas a él.

ISABEL DE TORRES RAMÍREZ Instituto de Estudios de la Mujer Universidad de Granada

I NUEVAS PERSPECTIVAS PARA EL CONOCIMIENTO Y LA INVESTIGACIÓN

«El feminismo del siglo XX, nuevo episodio de una historia ya larga, presenta la especificidad de haber producido, además de efectos políticos y sociales, efectos en el campo del conocimiento, efectos que se señalan o incluso se institucionalizan bajo la fórmula “estudios feministas” (pero también “estudios de las mujeres” o “estudios de género”)»

FRANÇOISE COLLINS*

* «Diferencia y diferendo: la cuestión de las mujeres en filosofía». En Historia de las Mujeres. Vol. 5. Madrid: Taurus, p. 318.

1. Los feminismos en la Historia: el restablecimiento de la genealogía

ANA DE MIGUEL ÁLVAREZ

La teoría feminista es una teoría crítica de la sociedad, una teoría que irracionaliza y deslegitima la visión establecida, patriarcal, de la realidad. Celia Amorós nos recuerda la raíz etimológica de teoría, que en griego significa ver, para subrayar el que es el fin de toda teoría: posibilitar una nueva visión, una nueva interpretación de la realidad, su resignificación1. La teoría, pues, nos permite ver cosas que sin ella no vemos; el acceso al feminismo supone la adquisición de una nueva red conceptual, «unas gafas» que nos muestran una realidad ciertamente distinta de la que percibe la mayor parte de la gente. Y tan distinta, porque donde unos ven protección y deferencia hacia las mujeres otras vemos explotación y paternalismo, donde unos observan que «en realidad las mujeres gobiernan el mundo» otras vemos la feminización de la pobreza y la dolorosa resignación con que las mujeres aceptan lo que todavía se hace pasar por su destino.

Escribir sobre los desarrollos recientes de la teoría feminista resulta cada vez más complicado, porque en estas últimas décadas, y en buena medida de la mano del desarrollo de los estudios feministas y de género en el ámbito académico, el enfoque teórico feminista ha desarrollado una variedad de temas y una complejidad y especialización analíticas más que notables. Complejidad ésta que —hay que subrayar— no supone necesariamente un alejamiento de los intereses de las mujeres ni del movimiento feminista. Y es que, como ha señalado Amelia Valcárcel, a pesar de las tensas relaciones entre la teoría y la acción, en los colectivos de mujeres y los núcleos feministas existe mayor vocación teórica que en ningún otro colectivo2. Esta realidad propicia que las mujeres que acceden a la conciencia feminista puedan reconocer su propia experiencia en buena parte de las elaboraciones abstractas y conceptuales, y no podría ser de otro modo porque, en definitiva, las teóricas también han partido de esas mismas experiencias. En general, la mayor parte de estas teorías han contribuido a iluminar de forma espectacular nuestro conocimiento de la insidiosa mezcla de complejidad y sencillez que apuntala la impresionante capacidad de reproducción del sistema patriarcal.

Cuando nos referimos a la teoría feminista no queremos dar la impresión de estar remitiendo a una teoría monolítica y acabada; muy al contrario; dentro del feminismo encontramos un conjunto de teorías que a pesar de sus diferencias y agrios enfrentamientos constituyen ya un sólido enfoque específico, incluso un paradigma, es decir, comparten una serie de presupuestos en torno a cuáles son las preguntas y problemas relevantes que interesa formular a la realidad. El objetivo de este capítulo es, en realidad, el de ofrecer un panorama general del pasado y el presente de este paradigma feminista3.

Las primeras olas: las luchas por la inclusión en la esfera pública

Que el feminismo ha existido siempre puede afirmarse en distintos sentidos. En el sentido más amplio del término, siempre que las mujeres, individual o colectivamente, se han quejado de su injusto y amargo destino bajo el patriarcado y han reivindicado una situación diferente, una vida mejor. Sin embargo, en este capítulo abordamos el feminismo desde una perspectiva más específica: trataremos los distintos momentos históricos en que las mujeres han llegado a articular, tanto en la teoría como en la práctica, un conjunto coherente de reivindicaciones y se han organizado para conseguirlas.

El desarrollo de las democracias occidentales inauguró un nuevo ámbito social y político de igualdad y libertad. Es el espacio de la ciudadanía, de los derechos civiles, políticos y sociales. Como es sabido las mujeres quedaron excluidas de la ciudadanía. Desde entonces, en mayor o menor medida, no han cejado en la lucha contra su exclusión de la esfera pública. Diversas autoras han apuntado a la Ilustración y a la propia Revolución Francesa como el primer momento histórico en que las mujeres se articulan, tanto en la teoría como en la práctica, como grupo social oprimido con características e intereses propios, es decir, como un movimiento social. Así, por ejemplo, en la Revolución las mujeres se autodesignaron «el tercer estado del tercer estado», conscientes del carácter interestamental de su opresión. Y tuvo lugar también, la primera Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana, redactada por la girondina Olimpe de Gouges4.

Pero, sin duda, fue a lo largo del siglo XIX cuando se desarrollaron importantes movimientos de mujeres que lucharon por cambiar su situación de exclusión en lo público y de servidumbre en lo privado-doméstico. El debate social en torno a la situación de las mujeres y las relaciones entre los sexos fue, a lo largo del siglo de los movimientos sociales, uno de los temas de la época5. Como se señala habitualmente, el capitalismo alteró las relaciones entre los sexos. El nuevo sistema económico incorporó masivamente a las mujeres proletarias al trabajo industrial —como mano de obra más barata y sumisa que los varones— pero, en la burguesía, la clase social ascendente, se dio el fenómeno contrario. Las mujeres quedaron enclaustradas en un hogar que era, cada vez más, símbolo del estatus y éxito laboral del varón. Las mujeres de la burguesía media experimentaban con creciente indignación su situación de propiedad legal de sus maridos y su marginación de la educación y las profesiones liberales, marginación que, si no contraían matrimonio, las conducía inevitablemente a la pobreza.

En este contexto, las mujeres comenzaron a organizarse en torno a la reivindicación del derecho al sufragio, lo que explica su denominación como sufragistas. Esto no debe entenderse nunca en el sentido de que esa fuese su única reivindicación. Muy al contrario, las sufragistas luchaban por la igualdad en todos los terrenos apelando a la auténtica universalización de los valores democráticos y liberales. Sin embargo, y desde un punto de vista estratégico, consideraban que, una vez conseguido el voto y el acceso al parlamento, podrían comenzar a cambiar el resto de las leyes e instituciones. Además, el voto era un medio de unir a mujeres de condiciones sociales y económicas y opciones políticas muy diferentes. Su movimiento era de carácter interclasista, pues consideraban que todas las mujeres sufrían, en cuanto mujeres e independientemente de su clase social, discriminaciones semejantes.

En los Estados Unidos el movimiento sufragista estuvo inicialmente muy relacionado con el movimiento abolicionista. Gran número de mujeres unieron sus fuerzas para combatir en la lucha contra la esclavitud y, como señala Sheila Robotham, no sólo aprendieron a organizarse sino a observar las similitudes de su situación con la de la esclavitud6. En 1848, en el estado de Nueva York, se aprobó la Declaración de Seneca Falls, uno de los textos fundacionales del sufragismo7. Los argumentos que se utilizan para vindicar la igualdad de los sexos son de corte ilustrado: apelan a la ley natural como fuente de derechos para toda la especie humana y a la razón y al buen sentido de la humanidad como armas contra el prejuicio y la costumbre8.

En Europa, el movimiento sufragista inglés fue el más potente y radical. Desde 1866 en que el diputado John Stuart Mill, autor de La sujeción de las mujeres, presentó la primera petición a favor del voto femenino en el Parlamento, no dejaron de sucederse las iniciativas políticas9. Sin embargo, los esfuerzos dirigidos a convencer y persuadir a los políticos de la legitimidad de los derechos políticos de las mujeres provocaban burlas e indiferencia. En consecuencia el movimiento sufragista dirigió su estrategia a acciones más radicales. Aunque, como bien ha matizado Robotham: «las tácticas militantes de la Unión habían nacido de la desesperación, después de años de paciente constitucionalismo»10. Las sufragistas fueron encarceladas, protagonizaron huelgas de hambre y alguna encontró la muerte defendiendo su máxima: «votos para las mujeres». Tendría que pasar la I Guerra Mundial y llegar el año 1928 para que las mujeres inglesas pudiesen votar en igualdad de condiciones.

El socialismo como corriente de pensamiento siempre ha tenido en cuenta la situación de las mujeres a la hora de analizar la sociedad y de proyectar el futuro. Los socialistas utópicos fueron los primeros en abordar el tema de la mujer. El nervio de su pensamiento, como el de todo socialismo, arranca de la miserable situación económica y social en que vivía la clase trabajadora. En general, proponen la vuelta a pequeñas comunidades en donde pueda existir cierta autogestión y se desarrolle la cooperación humana en un régimen de igualdad que afecta también a los sexos. Sin embargo, y a pesar de reconocer la necesidad de independencia económica de las mujeres, a veces no fueron suficientemente críticos con la división sexual del trabajo. Aún así, su rechazo de la sujeción de las mujeres tuvo gran impacto social y la tesis de Fourier de que la situación de las mujeres era el indicador clave del nivel de progreso y civilización de una sociedad fue literalmente asumida por el socialismo posterior11. A mediados del siglo XIX comenzaba a imponerse en el movimiento obrero el socialismo de inspiración marxista o «científico». El marxismo articuló la llamada «cuestión femenina» en su teoría general de la historia y ofreció una nueva explicación del origen de la opresión de las mujeres y una nueva estrategia para su emancipación. Tal y como desarrolló Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, obra publicada en 1884, el origen de la sujeción de las mujeres no estaría en causas biológicas —la capacidad reproductora o la constitución física— sino sociales. En concreto en la aparición de la propiedad privada y la exclusión de las mujeres de la esfera de la producción social. De este análisis se seguía que la emancipación de las mujeres implicaría su retorno a la producción y a la independencia económica. Sin embargo, la incorporación de las mujeres a la producción no dejó de tener detractores en el propio ámbito socialista. Se utilizaban diferentes argumentos para oponerse al trabajo asalariado de las mujeres: la necesidad de proteger a las obreras de la sobreexplotación de que eran objeto, el elevado índice de abortos y mortalidad infantil, el aumento del desempleo masculino, el descenso de los salarios… Pero, como señaló Bebel en su célebre obra La mujer y el socialismo, también se debía a que, a pesar de la teoría, no todos los socialistas apoyaban la igualdad de los sexos: «No se crea que todos los socialistas sean emancipadores de la mujer; los hay para quienes la mujer emancipada es tan antipática como el socialismo para los capitalistas»12.

Por otro lado, el socialismo marxista insistía en las diferencias que separaban a las mujeres de las distintas clases sociales. Así, aunque las socialistas apoyaban tácticamente las demandas de las sufragistas, también las consideraban enemigas de clase y las acusaban de olvidar la situación de las proletarias, lo que provocaba la desunión de los movimientos. Sin embargo, y a pesar de sus enfrentamientos con las «sufragistas», existen numerosos testimonios del dilema que se les presentaba a las mujeres socialistas. Aunque suscribían la tesis de que la emancipación de las mujeres era imposible en el capitalismo —explotación laboral, desempleo crónico, doble jornada, etc.—, eran conscientes de que para sus camaradas y para la dirección del partido «la cuestión femenina» no era precisamente prioritaria. Más bien se la consideraba una mera cuestión de superestructura que se solucionaría automáticamente con la socialización de los medios de producción, y, en el peor de los casos, «una desviación peligrosa hacia el feminismo». Esto no impidió que las mujeres socialistas se organizaran dentro de sus propios partidos; se reunían para discutir sus problemas específicos y crearon, a pesar de que la ley les prohibía afiliarse a partidos, diferentes organizaciones femeninas. Los cimientos de una articulación teórica, en la que el feminismo no quedara sencillamente subsumido en la lucha de clases, fueron puestos en la obra de la rusa Alejandra Kollontai13, y los de un movimiento socialista de mujeres internacional por la alemana Clara Zetkin, que dirigió la revista femenina Die Gliechheit (Igualdad) y llegó a organizar una Conferencia Internacional de Mujeres.

La segunda ola: la politización de la esfera privada

Tras la conquista de los derechos políticos, las mujeres comprobaron las enormes dificultades que comportaba su acceso igualitario al ámbito público, donde más que con un techo de cristal se topaban con un auténtico muro de hormigón armado. Constatar las insuficiencias de la igualdad formal llevó al feminismo a un nuevo resurgir organizativo y a una etapa de gran vitalidad y creatividad teóricas. En la denominada segunda ola del movimiento, en los años sesenta, y en continuidad con los planteamientos de la inclusión, el feminismo liberal fundamentó la necesidad de establecer mecanismos sociales y políticos capaces de romper la dinámica excluyente del sistema patriarcal, como la discriminación positiva, las cuotas y la formación de lobbys de mujeres. Sin embargo, en esos mismos momentos el feminismo radical comenzaba a desarrollar el crucial giro de las teorías feministas hacia el análisis de la esfera privada.

Lo personal es político fue uno de los eslóganes más característicos del movimiento feminista en los años sesenta y setenta14. En primer lugar, lo personal es político refiere a una concepción nueva de la política, más allá —o más acá— de la concepción convencional de lo político como el ámbito en que dirimen sus diferencias los partidos y se gestionan las instituciones15. Kate Millett, en su obra Política sexual, define la política como el conjunto de estrategias destinadas a mantener un sistema de dominación; con esta redefinición consolida la línea de análisis iniciada por el feminismo sufragista y socialista en el siglo XIX que identifica como centros de dominación patriarcal esferas de la vida que hasta entonces se consideraban personales y «privadas»: así pusieron de manifiesto las relaciones de poder que estructuran la familia y la sexualidad. En segundo lugar, lo personal es político incluye un componente movilizador hacia la acción y muestra la estrecha vinculación entre el análisis teórico y la práctica que caracteriza al feminismo.

Es imprescindible no olvidar el complejo proceso por el que las mujeres llegaron a desentrañar la estructura de un poder autónomo y específico como es el poder patriarcal. Este apasionante proceso, que supuso el paso de la experiencia individual a la lucha colectiva y el surgimiento de la solidaridad entre las mujeres, estuvo hecho a menudo de crisis ideológicas y personales16. Las mujeres comenzaron a reunirse solas y a comprender que «problemas personales» como la discriminación en el trabajo asalariado, la ausencia de placer sexual o la asignación de ciertos papeles «femeninos» en la lucha política antisistema —como servir el café a los compañeros o pasar a máquina sus manifiestos— eran en realidad producto de una estructura social específica que había que comprender y cambiar. En esta línea una de las aportaciones más significativas del movimiento feminista fue la organización en pequeños grupos, en los que, entre otras actividades, se practicaba la autoconciencia.

Esta práctica comenzó en el New York Radical Women (grupo fundado en 1967) y fue Sarachild quien le dio el nombre de consciousness-raising17. Consistía en que cada mujer del grupo explicase las formas en que experimentaba y sentía su opresión. El propósito de estos grupos era «despertar la conciencia latente que… todas las mujeres tenemos sobre nuestra opresión» para propiciar «la reinterpretación política de la propia vida» y poner las bases para su transformación. Con la autoconciencia también se pretendía que las mujeres de los grupos se convirtieran en las auténticas expertas en su opresión: estaban construyendo la teoría desde la experiencia personal y no desde el filtro de ideologías previas. El activismo de los grupos radicales fue, en más de un sentido, espectacular. Espectaculares por multitudinarias fueron las manifestaciones y marchas de mujeres, pero aún más lo eran los lúcidos actos de protesta y sabotaje que ponían en evidencia el carácter de objeto y mercancía de la mujer en el patriarcado. Con actos como la quema pública de material pornográfico o sujetadores y corsés, el sabotaje de comisiones de expertos sobre el aborto formadas por ¡catorce varones y una mujer (monja)! o la simbólica negativa de la carismática Ti-Grace Atkinson a dejarse fotografiar en público al lado de un varón, las radicales consiguieron que la voz del feminismo entrase en la mayor parte de los hogares. Otras actividades no tan espectaculares, pero de consecuencias enormemente beneficiosas para las mujeres, fueron la creación de centros alternativos, de ayuda y autoayuda. Las feministas no sólo crearon espacios propios para estudiar y organizarse sino que desarrollaron una salud y ginecología no patriarcales, animando a las mujeres a conocer su propio cuerpo. También se fundaron guarderías, centros para mujeres maltratadas, centros de defensa personal y un largo etcétera.

Según el estudio de Echols el feminismo radical habría completado su ciclo de activismo público hacia 1975. A partir de entonces se habría desarrollado el feminismo cultural, versión norteamericana de los feminismos de la diferencia.

El feminismo cultural norteamericano engloba, según la tipología de Echols, a las distintas corrientes que igualan la liberación de las mujeres con el desarrollo y la preservación de una contracultura femenina: vivir en un mundo de mujeres para mujeres18. Esta contracultura exalta el «principio femenino» y sus valores, y denigra lo «masculino». Raquel Osborne ha sintetizado algunas de las características que se atribuyen a un principio y otro. Los hombres representan la cultura, las mujeres la naturaleza. Ser naturaleza y poseer la capacidad de ser madres comporta la posesión de las cualidades positivas, que inclinan en exclusiva a las mujeres a la salvación del planeta, ya que son moralmente superiores a los varones. La sexualidad masculina es agresiva y potencialmente letal; la femenina, difusa, tierna y orientada a las relaciones interpersonales. Por último, la opresión de la mujer se deriva de la supresión de la esencia femenina. De todo ello se concluye la política de acentuar las diferencias entre los sexos, se condena la heterosexualidad por su connivencia con el mundo masculino y se acude al lesbianismo como alternativa de no contaminación19.

El feminismo francés de la diferencia parte de la constatación de la mujer como lo absolutamente otro. Instalado en dicha otredad pero tomando prestada la herramienta del psicoanálisis, utiliza la exploración del inconsciente como medio privilegiado de reconstrucción de una identidad propia, exclusivamente femenina. Entre sus representantes destacan Annie Leclerc, Hélène Cixous y, sobre todo Luce Irigaray. Su estilo, realmente críptico si no se posee determinada formación filosófica, o incluso determinadas claves culturales específicamente francesas, no debe hacernos pensar en un movimiento sin incidencia alguna en la práctica. El grupo Psychanalyse et Politique surgió en los setenta y es un referente ineludible del feminismo francés. Desde el mismo se criticaba duramente al feminismo igualitario por considerar que es reformista, asimila a las mujeres a los varones y, en última instancia, no logra salir del paradigma de dominación masculina. Sus partidarias protagonizaron duros enfrentamientos con el «feminismo», algunos tan llamativos como asistir a manifestaciones con pancartas de «Fuera el feminismo» e incluso acudieron a los tribunales reivindicando su carácter de legítimas representantes del movimiento de liberación de la mujer. Tal y como relata Rosa Mª Rodríguez Magda:

«Las batallas personales, la defensa radical o no de la homosexualidad y las diversas posturas con los partidos políticos han sido también puntos de litigio para un movimiento excesivamente cerrado sobre sí mismo, que plaga sus textos de referencias ocultas y que, lejos de la acogedora solidaridad, parece muchas veces convertirse en un campo minado»20.

En nuestros días, el feminismo italiano de la diferencia es el más actualizado, difundido e influyente, al menos en España. Sus primeras manifestaciones surgieron en 1965, ligadas al grupo DEMAU (Desmitificazione autoritarismo patriarcale). Otro hito importante fue la publicación en 1970 del manifiesto de Rivolta femminile y el escrito de Carla Lonzi Escupamos sobre Hegel21.

Las italianas, muy influidas por las tesis de las francesas sobre la necesidad de crear una identidad propia y la experiencia de los grupos de autoconciencia de las americanas, siempre mostraron su disidencia respecto a las posiciones mayoritarias del feminismo italiano. Así lo hicieron en el debate en torno a la ley del aborto en que defendían la despenalización frente a la legalización, finalmente aprobada en 1977, y posteriormente en la propuesta de ley sobre la violencia sexual. Esta propuesta, iniciada por el MLD, la UDI (Movimento di Liberazione della Donna y Unione Donne Italiane) y otros grupos del movimiento de liberación, reivindicaba, entre otras cosas que la violación pudiese ser perseguida de oficio, aun contra la voluntad de la víctima, para evitar las frecuentes situaciones en que las presiones sobre ésta terminaban con la retirada de la demanda. En este caso, como en el del aborto, se considera «lo más inaceptable» que las mujeres «ofrecieran ese sufrimiento concreto a la intervención y la tutela del Estado, diciendo actuar en nombre de todas las mujeres»22. Mantienen que la ley del hombre nunca es neutral y que la idea de resolver a través de leyes y reformas generales la situación de las mujeres es descabellada. Critican el feminismo reivindicativo por victimista y por no respetar la diversidad de la experiencia de las mujeres. Además, plantean que de nada sirve que las leyes den valor a las mujeres si éstas de hecho no lo tienen. A cambio, parecen proponer trasladarse al plano simbólico y que sea en ese plano donde se produzca la efectiva liberación de la mujer, del «deseo femenino». Ligada a esta liberación, muy volcada en la autoestima femenina, están diversas prácticas entre mujeres, como el affidamento, concepto de difícil traducción, en que el reconocimiento de la autoridad femenina juega un papel determinante. Lo que sí se afirma con claridad es que para la mujer no hay libertad ni pensamiento sin el pensamiento de la diferencia sexual. Es la determinación ontológica fundamental.

La tercera ola: la articulación de la diversidad

Tras las manifestaciones de fuerza y vitalidad del feminismo y otros movimientos sociales y políticos en los años sesenta y setenta, las sociedades occidentales parecieron sumergirse en una etapa conservadora. Sin embargo sólo un análisis insuficiente de los diferentes frentes y niveles sociales en que se desarrolla la lucha feminista podría cuestionar su vigencia y vitalidad. Yasmine Ergas ha sintetizado así la realidad de los últimos tiempos:

«Si bien la era de los gestos grandilocuentes y las manifestaciones masivas que tanto habían llamado la atención de los medios de comunicación parecían tocar a su fin, a menudo dejaban detrás de sí nuevas formas de organización política femenina, una mayor visibilidad de las mujeres y de sus problemas en la esfera pública y animados debates entre las propias feministas, así como entre éstas e interlocutores externos. En otras palabras, la muerte, al menos aparente, del feminismo como movimiento social organizado no implicaba ni la desaparición de las feministas como agentes políticos, ni la del feminismo como un conjunto de prácticas discursivas contestadas pero siempre en desarrollo»23.

Efectivamente, el feminismo no ha desaparecido pero sí ha conocido nuevas formas de expresión e intervención sobre la realidad. Aparte de la imprescindible labor de los grupos feministas de base, que siguen su continuada tarea de concienciación, reflexión y activismo, ha tomado progresivamente fuerza lo que se ha denominado el feminismo institucional. Este feminismo reviste diferentes formas en los distintos países occidentales: desde los pactos interclasistas de mujeres a la nórdica —donde se ha podido llegar a hablar de feminismo de Estado—, a la formación de lobbys o grupos de presión a la americana, hasta la creación de ministerios o institutos interministeriales de la mujer, como es el caso en España, donde en 1983 se creó como organismo autónomo el Instituto de la Mujer.

A pesar de estas diferencias los feminismos institucionales tienen algo en común: el decidido abandono de la apuesta por situarse fuera del sistema y por no aceptar sino cambios radicales. Un resultado notable de estas políticas ha sido el hecho, realmente impensable hace sólo dos décadas, de que mujeres declaradamente feministas lleguen a ocupar importantes puestos en los partidos políticos y en el Estado. En este contexto institucional también cabe destacar la proliferación en las universidades de centros de investigaciones feministas. Desde la década de los ochenta la teoría feminista no sólo ha desplegado una vitalidad impresionante sino que ha conseguido dar a su interpretación de la realidad un estatus académico. Desde los años ochenta continúa teniendo el desafío de encontrar respuesta al crucial interrogante de cuáles son los mecanismos por los que se reproduce la desigualdad sexual en las sociedades con igualdad formal.

Responder a este interrogante moviliza buena parte de los desarrollos de la teoría y la práctica feminista desde los ochenta. Vamos a destacar las siguientes aportaciones: la continuidad de los ya aludidos feminismos de la diferencia, las reformulaciones de los feminismos de la igualdad y, por último, los feminismos postmodernos y postcoloniales. Los de la diferencia, de alguna manera, aceptan y apuestan por reforzar una visión dicotómica de la realidad, y sus políticas se centran en potenciar las relaciones entre mujeres y la transmutación simbólica de la valoración de las identidades y los espacios. Han criticado con dureza el feminismo de la igualdad y reivindicativo, al que consideran victimista y plañidero y, a su vez, han recibido la crítica de desactivar la lógica de las reivindicaciones.

Los feminismos de la igualdad —liberales, radicales, socialistas, materialistas, ecofeministas24…— ponen el énfasis en lo que une a las mujeres para introducir las reivindicaciones y la agenda del género en el proyecto común de toda la sociedad. Su aspiración final es poner fin a la imposición coactiva de las identidades y redefinir y subvertir la sociedad patriarcal en su lógica binaria de dominación. Una de sus apuestas reivindicativas más conocidas es la lucha por una democracia plenamente paritaria. En tercer lugar, están los feminismos postmodernos y los postcoloniales, fronterizos o del tercer mundo que ponen en primer plano los temas de la fragmentación del sujeto mujer (los primeros) y de la diversidad de las mujeres (los segundos). En general, y frente a la hegemonía de lo femenino en los feminismos de la diferencia y del género en los feminismos de la igualdad, plantean nuevas oposiciones binarias que no parecen resolverse dentro del marco teórico clásico.

Algunas voces se han levantado para mantener que Conferencias como la de Pekín contribuyen a reproducir la hegemonía de las mujeres blancas, de clase media y mayormente heterosexuales, sobre el resto. Desde principios de la década de los ochenta y en el ámbito anglosajón se elevaron las voces críticas de mujeres lesbianas, negras, chicanas y asiáticas, entre otras. El feminismo negro surge en los Estados Unidos del extrañamiento o de la experiencia real de marginación sufrido por las mujeres en los grupos de feministas blancas. Así lo han relatado autoras pioneras como Audrey Lorde y «bell hooks» (Gloria Watkins) cuando terminan señalando que siempre han asistido mujeres negras a las reuniones de las blancas, pero pocas han vuelto al día siguiente25. Esta situación procedería de la machacona pretensión de las feministas blancas de universalizar sus experiencias, lo que no consideran posible.

Desde esta perspectiva se considera que existen oposiciones o contradicciones, al menos, tan fuertes como el género para determinar la vida de millones de mujeres. Cuando una mujer es pobre e inmigrante seguramente no percibe que el ser mujer determine su condición vital más que algunas de sus otras señales de identidad. Para estos feminismos la contradicción hombres-mujeres no es ya, o no es siempre, la contradicción principal; su novedad respecto a otras posiciones clásicas similares, como el feminismo marxista, reside en que no admiten ninguna contradicción principal o punto de vista privilegiado por parte de algún eje de opresión determinado. Aunque sí la existencia de centros dinamizadores de una lucha determinada, como es el caso de la teórica Donna Haraway26.

En definitiva, los grupos de base, el feminismo institucional y la pujanza de la teoría feminista, más la paulatina incorporación de las mujeres a puestos de poder no estrictamente políticos en la administración y a tareas emblemáticamente varoniles, como el poder judicial y las fuerzas de seguridad, han ido dejando un poso feminista que ha posibilitado nuevas definiciones del marco de referencia feminista y nuevas reivindicaciones para avanzar hacia una sociedad paritaria.

A título de conclusión: las redes del movimiento feminista

Si hemos comenzado este capítulo enfatizando la función central de la teoría y el conocimiento para los fines que persigue el feminismo, vamos a terminar destacando el decisivo papel que juegan las redes de los grupos y asociaciones feministas, que entendemos como el lugar privilegiado donde se contrastan y difunden los discursos alternativos a la realidad. Las teorías pueden ser y de hecho son fruto de individualidades, las teóricas del movimiento —líderes epistemológicas—, pero sus obras han tenido siempre y siguen teniendo hoy como referente la existencia de un movimiento social enormemente plural, cambiante y en continua polémica interna y externa, la que se genera dentro del movimiento y la que mantiene con sus oponentes. Efectivamente, y de nuevo en palabras de Amorós, «nadie piensa en el vacío y mucho menos una feminista». Si la teoría feminista resignifica la realidad, el movimiento social es el agente principal de resignificación, porque «no resignifica quien quiere sino quien puede»27.

La forma específica de organización del movimiento feminista, en pequeños grupos de Asambleas de Mujeres, ha tenido y tiene mucho que ver con la posibilidad real de liberación cognitiva de cada vez más mujeres, de su cambio de percepción de la realidad. La importancia del distanciamiento reflexivo respecto a la realidad para cuestionarla críticamente, para traspasar lo que podemos denominar «el otro techo de cristal», la aceptación interior de la alteridad y la subordinación, encuentra su correlato en la separación física que implica la organización en grupos de mujeres. Según Frye, el significado crucial de la separación radica en que supone negar a los varones el derecho de acceso, derecho que es el fundamento crucial de su poder:

«Cuando las mujeres nos separamos (nos retiramos, nos escapamos, nos reagrupamos, vamos más allá, nos apartamos, salimos, emigramos, decimos no), estamos simultáneamente controlando el acceso y la definición. Es una doble insubordinación, ya que ambas cosas están prohibidas. Y el acceso y la definición son ingredientes fundamentales para la alquimia del poder, de manera que nuestra insubordinación es doble y radical»28.

Por otro lado, el movimiento feminista, con su peculiar organización, tantas veces criticada desde la razón instrumental por su escaso pragmatismo e institucionalización, ha mostrado una más que notable capacidad para redefinir la realidad de acuerdo con sus principios e intereses. De esta forma los principios del feminismo han pasado de ser patrimonio de «cuatro radicales» a convertirse en lo que se ha denominado un «sentido común alternativo».

En conclusión, el feminismo transforma el mundo definiendo y redefiniendo la realidad desde la teoría feminista y actuando sobre ella gracias a su peculiar organización en redes, grupos pequeños en los que se dan interacciones sociales cuya pluralidad, intensidad y compromiso cooperan para crear un espacio de creación cultural y cambio social. Tal y como ha puesto de manifiesto la experiencia de las distintas olas de feminismos, los cambios cualitativos en la situación de las mujeres siempre han requerido de la colaboración activa y los pactos entre todas las mujeres implicadas y organizadas en los diferentes frentes y niveles de la lucha contra el sistema patriarcal. Entre las más institucionales y las más movimentistas29. Y éste podría ser, de nuevo, el caso en torno a lo que se ha ido concretando como la demanda de las mujeres de formar parte del proceso constituyente de un nuevo contrato social.

1 AMORÓS, Celia y MIGUEL, Ana de. «Introducción». C. Amorós y A. de Miguel (eds.). Teoría feminista. De la Ilustración a la globalización. Madrid: Minerva, 2005.

2 VALCÁRCEL, Amelia. La política de las mujeres. Madrid: Cátedra, 1997.

3 Para una reflexión sobre los pros y contras de aplicar la noción de paradigma de Kuhn véase María Luisa FEMENÍAS. «La Revolución genérica». Hiparquia, vol. III, nº 1, 1990.

4 Cfr. AMORÓS, Celia (coord.) Actas del seminario permanente Feminismo e Ilustración. Madrid: Instituto de Investigaciones Feministas-UCM, 1992. El texto de la Declaración está recogido en la obra editada por Alicia PULEO. La ilustración olvidada. La polémica de los sexos en el siglo XVIII. Barcelona: Anthropos, 1993.

5 Y, sin embargo, los movimientos feministas del siglo XIX continúan siendo ignorados por la «historia oficial», férreamente androcéntrica. Esta discontinuidad en la genealogía que afecta al movimiento feminista es tanto más grave si reparamos en cómo las últimas investigaciones ponen de relieve las dificultades a las que se enfrentarían los movimientos si no conservaran la memoria de su tradición cultural y activista y tuvieran que empezar una y otra vez de la nada. Si no conservaran su «caja de herramientas», en la gráfica expresión de Swidler. SWIDLER, Ann. «Culture in Action: Symbols and Strategics». American Sociological Review, nº 51, 1986, pp. 273-286.

6 ROBOTHAM, Sheila. La mujer ignorada por la Historia. Traducción de Verónica Fernández Muro. Revisión de René Palacios. Madrid: Debate, 1980, p. 68.

7 El texto de la Declaración de Seneca Falls está recogido, entre otros, en MARTÍNGAMERO, Amalia. Antología del feminismo. Madrid: Alianza Editorial, 1975.

8 También cabe señalar la importancia del trasfondo individualista de la religión protestante; según el historiador Richard J. EVANS: «La creencia protestante en el derecho de todos los hombres y mujeres a trabajar individualmente por su propia salvación proporcionaría una seguridad indispensable, y a menudo realmente una auténtica inspiración, a muchas, si no a casi todas las luchadoras de las campañas feministas del siglo XIX»; citado en Richard J. EVANS. Las feministas. Traducción de Bárbara McShane y Javier Alfada. Madrid: Siglo XXI, 1980, p. 15. Elizabeth Cady STANTON, una de las líderes sufragistas, editó la obra La Biblia de la mujer, con traducción de J. Teresa PADILLA y Mª Victoria LÓPEZ y prólogo de Alicia MIYARES. Madrid: Cátedra, 1997.

9 MILL, J. S. La sujeción de las mujeres. Traducción Alejandro Pareja. Prólogo Ana de Miguel. Madrid: Edaf, 2005.

10 ROBOTHAM, Sheila. Op. Cit., p. 115.

11 Nos referimos en concreto a su aceptación por parte de Marx y el marxismo.

12 BEBEL, Auguste. La mujer y el socialismo. Prólogo de Paul Lafargue. Madrid: Júcar, 1980, p. 117.

13 Cfr. MIGUEL, Ana de. Alejandra Kollontai. Madrid: Ediciones Del Orto, 2000.

14 Esta segunda ola de feminismo también se caracterizó por la diversidad y el enfrentamiento entre las distintas corrientes ideológicas. Lo personal es político fue en realidad el lema del feminismo radical, pero finalmente fue aceptado por liberales y socialistas. Para una visión más amplia del feminismo liberal y la constitución de NOW, organización que ha llegado a convertirse en la más numerosa de Estados Unidos, véase JIMÉNEZ PERONA, Ángeles. «El feminismo americano de post-guerra: Betty Friedan». En Celia AMORÓS (ed.). Historia de la teoría feminista. Madrid: Instituto de Investigaciones Feministas-UCM, 1994.

15 Cfr. QUESADA, Fernando, «Sobre la naturaleza de la filosofía política». En QUESADA, Fernando (ed.). Filosofía política I. Ideas políticas y movimientos sociales. Madrid: Trotta, 1997.

16 Cfr. ESCARIO, Pilar;ALBERDI, Inés y LÓPEZ ACOTTO, Ana I. Lo personal es político. Madrid: Instituto de la Mujer, 1996.

17 Nuestra fuente principal sobre los grupos del feminismo radical es la obra de ECHOLS, Alice. Daring to be bad. Radical Feminism in America (1967-1975). Mineapolis: University of Minnesota Press, 1989. La traducción de los textos citados es nuestra.

18 Sin embargo, es preciso señalar que algunas de las feministas consideradas culturales, como es el caso de Kathleen Barry, no se sienten en absoluto identificadas con la etiqueta de feminismo cultural y se consideran feministas radicales.

19 OSBORNE, Raquel. La construcción sexual de la realidad. Madrid: Cátedra, 1993, p. 41.

20 Cfr. RODRÍGUEZ MAGDA, R.M. «El feminismo francés de la diferencia». En AMORÓS, Celia (ed.). Historia de la teoría feminista. Madrid: Instituto de Investigaciones Feministas-UCM, 1994.

21 La historia de este feminismo está contada detalladamente en el libro de la LIBRERÍA DE MUJERES DE MILÁN. No creas tener derechos. Madrid: horas y Horas, 1991. Para una visión crítica del mismo y en confrontación con el feminismo de la igualdad, véase la obra de POSADA, Luisa. Sexo y esencia. Madrid: horas y Horas, 1998.

22 LIBRERÍA DE MUJERES DE MILÁN. No creas tener derechos, Op. Cit., p. 81.

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