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«Jesús de Nazaret, más que un maestro espiritual, fue un profeta que incomodó al poder.» Con la lucidez y profundidad que lo caracterizan, Gastón Soublette nos desafía a mirar más allá de las interpretaciones convencionales para comprender la figura de Jesús de Nazaret en su verdadero contexto bíblico, desvelando las distorsiones que la historia y la cultura le han impuesto. Mis miradas sobre el siervo de Dios es una invitación a reencontrarse con Jesús en su dimensión humana y transformadora. Un viaje de reflexión que interpela tanto a creyentes como a curiosos de la fe y rescata la esencia de su mensaje: justicia, humildad y verdad.
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Seitenzahl: 138
Veröffentlichungsjahr: 2025
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EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión Cultural
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile
lea.uc.cl
MIRADAS SOBRE EL SIERVO DE DIOS
Gastón Soublette Asmussen
© Inscripción Nº 2025-A-1857
Derechos reservados
Marzo 2025
ISBN Nº 978-956-14-3407-3
ISBN digital Nº 978-956-14-3408-0
Diseño: Francisca Galilea R.
CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile
Nombres: Soublette, Gastón, autor.
Título: Miradas sobre el siervo de Dios / Gastón Soublette.
Descripción: Santiago, Chile : Ediciones UC.
Materias: CCAB: Jesucristo - Enseñanza bíblica | Biblia. - N.T. - Evangelios - Crítica, interpretación, etc.
Clasificación: DDC 220.6–dc23
Registro disponible en: https://buscador.bibliotecas.uc.cl/permalink/56PUC_INST/vk6o5v/alma 997608980303396
La reproducción total o parcial de esta obra está prohibida por ley. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y respetar el derecho de autor.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
TABLA DE CONTENIDO
PRÓLOGO
I. CIEN MIL AÑOS DE HUMANIDAD
II. DE LA FE
III. EL PROFETA ESCATOLÓGICO
IV. FE ABRAHÁMICA Y SABIDURÍA ORIENTAL
V. EL SIERVO DE DIOS
VI. JESÚS DE NAZARET: SIERVO DE DIOS
VII. JESÚS DE NAZARET: PREDICADOR POPULAR
VIII. JESÚS Y LAS RIQUEZAS: UN HOMBRE PELIGROSO
IX. JESÚS DE NAZARET: EL MALHECHOR O LA INVERSIÓN DE LOS VALORES
X. DE LA VERDAD
XI. DEL PODER
XII. DE LA SANTIDAD
XIII. EL ESPÍRITU Y LA CARNE
XIV. DE LA RESURRECCIÓN
XV. EL REINO DE DIOS Y EL MUNDO
XVI. EL REINO DIFERIDO
XVII. MUNDANIZACIÓN DEL CRISTIANISMO
ANEXO I
ANEXO II
PRÓLOGO
Este libro contiene algunas reflexiones sobre Jesucristo y las sagradas escrituras las cuales se han ido acumulando en el ideario del autor, sin plan ni orden, a la manera de una meditación reiterativa.
Mucho se ha escrito sobre Jesucristo, pero no todo lo escrito sobre el tema puede ser tomado en serio, lo cual se debe en gran parte a que muchos autores en su libre reflexión no sitúan al personaje en el contexto bíblico que le corresponde. En ese sentido, lo más frecuente que ocurre es el hecho de incluir a Jesucristo en la lista de los grandes maestros espirituales de la humanidad junto a Buda, Krishna y Confucio, y otros de esa misma talla.
Esta dificultad de situar debidamente a Jesucristo en el contexto de las escrituras sagradas se debe a la ignorancia de quienes razonan en base a la espiritualidad del extremo Oriente. Por eso, aparte de situar a Jesús junto a Buda y otros maestros, nada se dice sobre qué aspectos de sus enseñanzas y de su misión permitirían situarlo en ese ámbito.
Esta errónea visión de Jesucristo se debe en parte a que la evangelización del mundo, que ha sido la misión de la Iglesia, en lo doctrinario deja mucho que desear. Así es como Jesucristo ha llegado a ser un personaje tan famoso como desconocido, pues el desarrollo histórico de la religión cristiana ha ido acompañado siempre de una tendencia a agregar a lo esencial innumerables elementos de culto devocional, dogmas o cuestiones filosóficas incompatibles con la espiritualidad bíblica y el Evangelio.
Es preciso hacer consciente, además, que cuando se habla de Jesucristo es frecuente referirse a él en cuanto persona o más aún, en cuanto se lo reduce a una «entidad», como ocurrió en los primeros tanteos de la cristología, cuando se discutió en el ámbito filosófico si el Hijo era coeterno con el Padre, o si había sido creado. O cuando se intentó explicar el misterio de la Santísima Trinidad mediante el concepto de «substancia divina» (Agustín) de la que participarían por igual las tres «personas» o «hipóstasis».
Con este tipo de filosofía religiosa se incurre en el error de separar a Jesucristo de su palabra, dando más importancia a las definiciones filosóficas sobre lo que él es o no es.
Quizás sea esta una manera de convertir a Jesús en un personaje inofensivo, cuando en los hechos él apareció en el mundo como un profeta en cuyo verbo había materia como para inquietarse; un hombre dotado de tan evidente autoridad espiritual, que resucitó muertos, que proclamó que los primeros serían los últimos, y los últimos serían los primeros, que denunció la deshonestidad y la hipocresía de la casta dirigente de su nación y que afirmó ser el profeta anunciado por Moisés para establecer una nueva alianza, es decir, que él es nada menos que el Cristo, el ungido de Dios, quien vino al mundo, según lo anunciado por el profeta Isaías, a enseñar la verdadera justicia de Dios, predicando la «buena nueva» al pueblo y proponiendo un nuevo modelo humano.
Ahora bien, situando a Jesucristo en el contexto que le corresponde en las sagradas escrituras, surgen, en referencia a él, muchas relaciones con el Antiguo Testamento que por lo general son ignoradas hasta por los mismos cristianos, las cuales fijan la temática de sus enseñanzas. Esa ignorancia del referente real de sus palabras se presta para muchos equívocos acerca de su misión, como es el caso de creer, por ejemplo, que durante los años anteriores a su vida pública, Jesús viajó a la India para conocer la sabiduría de sus grandes maestros.
Habiendo dialogado con muchas personas que, sin conocer realmente a Jesucristo, afirman esta y otras cosas acerca de él, pero sobre todo habiendo dialogado con muchos católicos que sabían poco o nada del evangelio, no obstante ser hijos de familias católica y hasta haber sido formados en colegios católicos, es que me propuse escribir, primero, un comentario de los cuatro evangelios canónicos (Mateo, Marcos Lucas, Juan) con propósito de divulgación; libro que lleva el nombre de Rostro de Hombre. En seguida escribí otro titulado El Cristo Preexistente, cuyo contenido es un paralelo entre las enseñanzas de Jesús y la sabiduría de Confucio y Lao Tse, los dos más grandes sabios chinos, en cuyos escritos hay pasajes que coinciden hasta literalmente con otros pasajes de los evangelios.
Este tercer libro sobre el mismo tema es, como se dijo al comienzo de este prólogo, la puesta por escrito de muchas reflexiones que han surgido con posterioridad a los dos libros publicados antes, sobre todo por el interés que suscita la posibilidad de descubrir, en todo lo estudiado, ángulos de visión que permiten formular algunas observaciones nuevas sobre el personaje.
El hecho de situar a Jesucristo en el contexto que le corresponde en las escrituras sagradas, esto es, en la fe abrahámica, la Ley y los profetas, hace surgir su figura como la cima de la historia espiritual de su pueblo. Así, la Biblia deja de ser un conjunto aditivo de textos diversos para integrarse en un continuo en el que ningún componente se puede sustraer. Se dice esto para que se entienda por qué el primer capítulo de este escrito lleva el nombre de «Cien mil años de humanidad», en el cual se expone una reinterpretación de los capítulos II y III del Génesis, conforme a una corriente teológica que opera con una metodología histórica y antropológica.
ICIEN MIL AÑOS DE HUMANIDAD
Las escrituras sagradas hebreas comienzan con la creación del cielo y de la tierra, presentando, en seguida, a la humanidad originaria en un cuadro de integridad natural. Vale decir que nuestros primeros padres, Adán y Eva, estaban completos en su naturaleza humana y no necesitaban poseer ni fabricar nada. Así, la desnudez real de los humanos de la remota antigüedad deviene en una metáfora de su integridad o completitud.
La presencia de Iahvé-Dios en el mismo hábitat terrestre del hombre (Gn 3,8) es una manera de decir que entonces su voluntad se cumplía «así en la tierra como en el cielo» y que la presencia del ser supremo era para los humanos una evidencia (monoteísmo primordial). Y su voluntad, en lo que concierne a los humanos, era crear un ser viviente dotado de conciencia cuyo estado normal era vivir en armonía con la naturaleza, pues el texto del Génesis correspondiente no incluye ningún comentario descalificador sobre esa forma humana de vida.
Pero cabe observar que, no siendo la Biblia un libro científico ni específicamente histórico, la narración del Génesis que describe a la humanidad originaria es un mito del origen, de modo que los elementos de esa narración son metáforas. Es un hecho que la humanidad actual no desciende de una pareja primordial. Adán y Eva simbolizan a la humanidad toda. El hábitat de los primeros humanos no es un jardín de árboles frutales plantado por Dios en Mesopotamia, es la tierra toda por donde deambuló el hombre originario, primero en África y después en todo el orbe.
En ese sentido, para asegurarse de que la transmisión de una verdad fundamental a través de siglos y milenios resistirá la prueba del tiempo, la verdad debe ser formulada en breves narraciones metafóricas de diseño impactante que expresen por analogía el sentido que los hechos tuvieron, más que los hechos mismos, los que por lo general nos son desconocidos.
Este modo de denominar las cosas y transmitir verdades fundamentales mediante un lenguaje figurado, propio de los mitos, revela que la mentalidad del hombre de la antigüedad era proclive al discernimiento por analogía más que a la lógica conceptual, la que surgió del desarrollo de la ideación generada en la vida sedentaria de las ciudades.
Con estos antecedentes podemos entender que el proceso evolutivo de nuestra especie, aunque no lo parezca, tiene una réplica en los capítulos II y III del Génesis de la Biblia, en los cuales, pese a su marcado tenor mitológico, la narración sigue la secuencia de los hechos estudiados por la antropología.
Así debemos entender esa secuencia. Empezando por el cuadro de una humanidad que vive en desnudez y que se alimenta mediante la recolección de frutos, sin esfuerzo ni afán. En seguida por la emergencia del fenómeno de la civilización, que comienza por la creación del lenguaje y sigue por la Revolución agraria y la sociedad de producción y de trabajo, lo cual tiene como soporte un panteón de dioses civilizadores, después de haber vivido decenas de miles de años ante la evidencia de un poder invisible único que trae a la existencia todas las cosas y organiza el universo. Y, por último, la mención del primer héroe civilizador, Caín, quien además de ser agricultor, es metalúrgico y construye la primera ciudad de que se tiene memoria.
En ese sentido da la impresión de que, desde la construcción de las primeras ciudades (obra de la civilización de Sumer en Mesopotamia), la autonomía moral y la inventiva que demostró tener el tipo humano que creó esa civilización agraria, introdujo en ella algo así como un germen maligno que le dio al despegue de la civilización mundial un carácter ambiguo, pues junto a la gloria de las cosas creadas por el genio humano, cayeron sobre el mundo grandes males generados por las misma cosas creadas, lo que no ha cesado de ocurrir y con creciente intensidad, hasta nuestro tiempo.
La ciencia es neutral en lo que se refiere a consideraciones de orden moral o espiritual, pero las sagradas escrituras no lo son, por eso la primera sociedad civilizada aparece situada en el mismo lugar geográfico en que el Génesis de la Biblia ubica el famoso jardín del Edén, hábitat mitológico de la primera humanidad, sugiriendo con eso, que esa obra del talento humano, producto de un ser que actúa con amplia autonomía moral e inventiva, es el espacio preciso en que debía ocurrir la primera transgresión a la voluntad de Dios.
El sello definitivo de este drama es la expulsión del paraíso de Adán y Eva, es decir, la pérdida de la armonía de los humanos con la naturaleza, el trabajo penoso para subsistir, y, sobre todo, la entrada en escena del primer héroe civilizador bíblico, el primogénito de Adán y Eva. Eso explica por qué la narración bíblica sobre los hermanos primordiales, Caín y Abel, omite dar una razón sobre la causa del rechazo de Iahvé-Dios a la ofrenda de Caín de las primicias de sus cultivos agrarios, en tanto que sí acepta, complacido, la ofrenda de su hermano menor Abel, de las primicias de su ganado (Gn 4,1-5). Eso para un lector hebreo de la antigüedad no necesita explicación, pues es un hecho, para el monoteísmo hebreo, que la civilización iniciada en el mundo con la práctica de la agricultura y la fundación de ciudades comenzó con una espiritualidad y una cosmovisión que demostró no avenirse con la fe en un Dios único, espiritualidad procedente del culto a los dioses. El rechazo de Dios a la ofrenda del primogénito de Adán y Eva debe entenderse como un rechazo al mundo que surgió de la Revolución agraria en el Medio Oriente, cuyo representante en esta narración es Caín, ancestro mítico de los agricultores y metalúrgicos, hombre que la escritura describe como violento, soberbio y sanguinario. (El nombre de Caín se traduce como «el que toma posesión de las cosas» y también como «el que trabaja los metales»).
Cabe dejar en claro, entonces, que lo que tradicionalmente hemos llamado la «caída original», según lo relatado por el Génesis, coincide con la Revolución agraria y el inicio del fenómeno histórico de la civilización. Y a juzgar por las metáforas empleadas en la narración de los artículos II y III de ese libro, su relato se ajusta bien con las prácticas rituales de los cultos paganos a las divinidades de la fertilidad, justamente aquellas que precedieron a la Revolución agraria. Esa narración contiene una condena de máxima gravedad, porque la transgresión cometida por la primera humanidad, de elaborar una cosmovisión que constituye a los humanos en árbitros para decidir por sí y ante sí qué es bueno y qué no lo es, ha sido hecha en vista de un proyecto de recreación del mundo conforme a los intereses de grupos humanos cuyo saber procedía de un panteón de numerosos dioses, los que presidían todos los acontecimientos del universo en su infinita diversidad y todas las formas del quehacer humano. Tal es el sentido de las palabras de la serpiente que tentó a Eva, cuando le dijo que si comía del fruto del «árbol de la ciencia del bien y del mal», sus ojos se abrirían y adquirirían una ciencia que haría del hombre un igual de los dioses.
Por lo anterior, se puede decir que la Biblia se sustenta en el supuesto fundamental de una «caída original» y es por eso que la humanidad necesita ser salvada.
Entonces, entre las muchas maneras de discernir una estructura global en el texto completo de la Biblia, yo propongo una en dos partes, esto es, una primera que cubre el tiempo anterior a la caída original, y una segunda que cubre lo acaecido desde la caída hasta nuestro tiempo.
División bipartita que resulta por demás desproporcionada, obviamente, en cuanto lo acontecido antes de la caída abarca en el texto del Génesis tres breves capítulos muy sumarios que poco informan sobre ese lejano acontecer. Pero esa desproporción no resulta del hecho de comparar el largo desarrollo del texto de la segunda parte con la sumaria información que el Génesis nos da de la primera, como pudiera creerse, sino a la inversa, resulta de comparar los escasos cinco mil años de historia conocida con los cien mil y más años que les precedieron en el historial completo del Homo sapiens.
Sobre ese lejano pasado el texto bíblico se limita a decir que la humanidad toda desciende de una pareja primordial y que el primer hombre fue formado del barro de la tierra, por lo cual su nombre fue Adam, vocablo derivado de la palabra hebrea «adamah» que significa arcilla. Su calidad de ser viviente la recibió del soplo del espíritu de Dios, que corresponde a la voz hebrea «Ruah».
Cabe hacer notar que la descripción de ese estado original de la humanidad conlleva varios supuestos más, implícitos, que se imponen por sí mismos sobre tan sumarios antecedentes. Es decir, que para la condición humana original el gozo de vivir era el estado normal de los hombres, estado que se sustentaba en una simbiosis con la naturaleza; que el ser supremo y creador del universo era una presencia difusa evidente para los humanos, como aún lo es para todos los que viven insertos en el orden natural (monoteísmo primordial); que ese estado de armonía entre los humanos y el cosmos no era el resultado de un logro alcanzado por estos mediante un esfuerzo inteligente, sino un don, como también lo era el sustento diario de la hierba del campo y el fruto de los árboles del jardín del Edén.
A la luz de lo expuesto se puede decir que eso que hemos llamado «caída original» ocurrió del mismo modo en todas las latitudes del mundo, pues la esencia de esa caída reside en el hecho de que los humanos hayan utilizado su libre albedrío para decidir por sí y ante sí qué es bueno y qué no lo es, conforme a un proyecto de recreación del mundo.
