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Bacon tenía a España en la sangre. Un español, Velázquez, fue su gran maestro. De su Retrato de Inocencio X diría Bacon, rotundo, «siempre he creído que este era uno de los mejores cuadros del mundo. He intentado, sin ningún éxito, hacer ciertas reproducciones de él». Por amor, a otro español, éste de carne y hueso, Francis Bacon llegó a Madrid, ya ochentón. Sería su último viaje. En esa ciudad moriría, rodeado de monjas. Mortalmente vivo hurga en ese puñado de días, los diez últimos pasados en la ciudad.Javier Santiso se atreve a recrearlos, con su prosa poética, hecha de hermosos girones, metiéndose bajo la piel del artista y en la cabeza de los últimos actores y testigos que presenciaron el final del gran artista. Un fuera de serie, que no se despeinaba por nada, que era un jilguero, amante de la buena vida y al que le gustaba provocar, embestir, «porque el arte poco tiene que ver con el buenísimo, el arte nos salta, nos asalta», dice Javier Santiso.
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Seitenzahl: 163
Veröffentlichungsjahr: 2024
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JAVIER SANTISO nació en Saint-Germain-en-Laye, en 1969. Es economista de formación, educado en París, Oxford y Boston. La poesía y la literatura estuvieron presentes en su vida desde los años de estudios en el barrio latino parisino, donde conoció a autores como Milán Kundera y Václav Havel, así como a los poetas Octavio Paz, Salah Stétié, y Christian Bobin.
En 2017, con el afán de traducir la obra de Christian Bobin al español, fundó la editorial La Cama Sol, dedicada al arte y a la poesía. Ha traducido a poetas como el malayo Latiff Mohidin, la libanesa Etel Adnan, la luxemburguesa Anise Koltz, o la siria Maram al Masri. Y a los autores franceses Christian Bobin, Lucien Becker, Michel Butor, o Henri Pichette.
Ha publicado varios libros de poesía, El octavo día (2017), Antes de que venga la noche (2018), éste en colaboración con la pintora Lita Cabellut, Donde ella estaba, estaba el paraíso (2019). En 2020 publicó un cuento corto, Un sol de pulpa oscura, con obras de la artista iraní Shirin Salehi.
La Huerta Grande publicó su primera novela Vivir con el corazón (2021), y El sabor a sangre no se me quita de la voz, junto a Lita Cabellut (2022). Su última novela es Un pax de deux (Gallimard, 2023), traducida al español como Un paso a dos (AdN, 2024). De esta obra el crítico Juan Cruz ha dicho en su presentación que es una “obra maestra”, de una amplitud inédita.
Bacon tenía a España en la sangre. Un español, Velázquez, fue su gran maestro. De su Retrato de Inocencio X diría Bacon, rotundo, «siempre he creído que este era uno de los mejores cuadros del mundo. He intentado, sin ningún éxito, hacer ciertas reproducciones de él». Por amor, a otro español, éste de carne y hueso, Francis Bacon llegó a Madrid, ya octogenario. Sería su último viaje. En esa ciudad moriría, rodeado de monjas.
Mortalmente vivo se adentra en ese puñado de días, los diez últimos pasados en la ciudad. Javier Santiso se atreve a recrearlos, con su prosa poética, hecha de hermosos girones, metiéndose bajo la piel del artista y en la cabeza de los últimos actores y testigos que presenciaron el final del gran artista. Un fuera de serie, que no se despeinaba por nada, un jilguero, amante de la buena vida y al que le gustaba provocar, embestir, «porque el arte poco tiene que ver con el buenismo, el arte nos salta, nos asalta», dice Javier Santiso.
© De los textos: Javier Santiso
Madrid, septiembre 2024
Edita: La Huerta Grande Editorial
Serrano, 6 28001 Madrid
www.lahuertagrande.com
Reservados todos los derechos de esta edición
ISBN: 978-84-18657-58-0
Diseño de cubierta: La Huerta Grande
Producción del ePub: booqlab
Confía en tu corazón si los mares se incendiany vive con amor, aunque las estrellas retrocedan.
E.E. Cummings
Eso es todo cuando vas directo al grano:nacimiento, cópula y muerte.
T.S. Eliot
Vine por esos besos solamente;Guardad los labios por si vuelvo.
Luis Cernuda
El tren se apresura por la llanura. Miro el campo por la ventana darse la vuelta, desnudo, arriba el cielo se quita la falda. Mires donde mires, el sol lo mancha todo, lo raja, lo quema, como un lobo devora todos los matorrales, empuña las astas, sube los peldaños. El sol pasea sus cuernos, rápido, veloz, por todo el valle dando zancadas de ladrón, sube como un tiburón atormentado, como un bicho que busca la sangre, que no sabe amar sino sólo matar. Aquí está, metido en la faena, volteando, apeando, picando carne, la muleta puesta arriba hasta las cejas, corneando cada rincón, cada cuneta, las colinas brillan como escudos, los campos se llenan la boca de trigales, el sol más que vivo escurre los trapos del aire, las sábanas, se mete en la cama, el valle se despierta.
El tren pinza el aire, pasa como un imán, es una bala alegre lanzada, libre, atraviesa el pecho del día, y así la vida avanza, plena, abierta. La tarde es un nido de luz, escote, tacón, la blusa del viento baila. La vida avanza, sale del atril, busca, asombrada, tambaleada, lo que, en el más acá, conmueve, te mueve, te llena de venas, te hace sangrar en el parto. El espacio ahora zumba, el viento en lo alto, se abre paso, mole el arenal, echa puñados a diestra y siniestra, va a la deriva, buscando un muelle donde atracar, buscando un navío que asaltar. El sol pasa las manos sobre los campos como un peine sin dientes, desenreda los árboles, sacude las ramas, descuelga la ropa, el sol le quita las medias, las blusas, las bragas, a las colinas. De pronto las frases se quedan cortas, estrechas, sin paladar, raspa, pasa la cuchilla, el abrecartas, la daga, la página se quita del medio, abierta por el pecho, de una rajada, entonces empieza el libro.
Pienso en ese pintor delante del caballete, la muleta en alto, encorvado, dando su estocada. Alrededor, tirados por el suelo, cilindros, recortes de prensa, fotos arrancadas a las revistas, como si ahí hubiera puesto el letrero aquí cerrado por demolición, y él, allí, pintando las paredes, sacudiendo los años, abriendo las ventanas, empeñado en airear el cuarto, en ignorar el otoño que se le echa encima, empeñado en no morir su vida, él, mortalmente vivo. Los ríos, lo sabe, no corren hacia atrás, de nada sirve pararse, esperar el pasado, los brazos de una abuela, de una madre, de una amada —en su caso de un amado. Pinta como puede, con todo el cuerpo, echándose encima del otro, espetando la espada, a cada pincelada. Pinta hasta la náusea, hasta caer enfermo, cuando la noche se hace negra, tan negra que hasta las manos se oscurecen. Pinta porque tiene una noche atravesada en la garganta, porque no quiere morir, ni siquiera un instante. Pinta porque la locura de los pájaros, porque los besos se dan sin timón, porque nunca, jamás, regresan, porque a cada instante podemos ganarlo todo, y al siguiente perderlo todo, porque a veces un minuto de vida es la eternidad.
Te quedas en medio de un beso, y ese instante es la nada que luego se pierde en el infinito, se hace inmenso, inmortal, grande como un incendio, porque lo peor en esta vida es no haber sido uno mismo, es atravesarla sin existir. Él pinta porque un día en el Prado, con frecuencia, solo o con amigos, incluso algún que otro amante, de preferencia los lunes, los días de cierre, cuando te quedas a solas con las grandes salas, los largos corredores, y los cuadros te miran, fieles como los perros, y se ponen a juguetear, impacientes. Aquí vino un sinfín de veces, todas las que pudo, antes de terminar en la clínica Ruber, para mirar, y volver a mirar solo a dos pintores, Velázquez y Goya, a ningún otro más, no siquiera el Bosco, o el Greco, nada, ni nadie. Ahí se quedaba un buen rato delante de un Papa, una pierna o una nalga, y el tiempo se quedaba entonces suspendido en pleno vuelo, atrapado en su mirada.
El tiempo no es lo que se amasa en el rincón, en el desván, en el taller, lo que se queda quieto entre los escombros, que se amontona, lleno de pelusa, de pliegues. El tiempo es lo que rueda entre las manos, lo que se cae hacia dentro, hacia fuera, lo que cambia hasta el color de la piel, del corazón, lo que estruja la carne. Él pinta porque le arden las manos, porque le queman los dedos, pinta para que el aire se llene de chispas, para que no quede monte a salvo. De pronto, se para, se queda en medio de un trazo, como algunos nos quedamos en medio de una vida, quietos, parados, a punto de atravesar el paso de peatones, de cruzar el puente, meter la lengua en otra boca. Se para y escucha el silencio, oye las constelaciones en medio de la noche, la víbora del tiempo enroscarse en los tobillos, los fogonazos en los altos de la sangre. Por eso se clava delante del caballete, porque sabe lo que es perderse, y encontrarse, y de nuevo perderse en los brazos de un amor, de un adiós.
Un día se subió a un avión para no volver, para encontrarse en esa ciudad, donde ahora voy, con el que sería el último viaje suyo. La vida no es otra cosa que esa polilla que revolotea, que se hace la tremenda, la valiente delante de una lámpara de mil voltios, y allí se queda a un milímetro, dando vueltas alrededor. La vida no se trepa ni se emprende, simplemente ella te mete mano, y te lleva donde se le antoja, aquí, allí, te acompaña a la barra de los bares, de los últimos de la noche, ahí los chulos, los floristas y sus floreros, las calles muertas de las madrugadas, del día que comienza con su hambruna, y luego subes por la escalera, te metes en el ascensor, te paras delante del espejo, la cara destruida, hecha corcho, los ojos todavía al rojo vivo, violentos, zumbando. A duras penas te metes en la cama, con la grúa, como quien va al infierno, tropezando, vacilando, abrazado a tu soledad, metido en esta noche grasienta que te mea en la cara.
Esa ciudad, Madrid, lo era casi todo para él. Ahí estaba, por ejemplo, ese Papa Inocencio X que inspiraría el suyo, que intentaría pintar medio centenar de veces. Ahí estaba esa línea ancha de color fuerte de las pinturas negras, el cuello, la espalda, el carmesí, el blanco, la piel blanca, clara, luminosa, los trazos con el pincel al mínimo. Un solo toque y todo queda pintado, no hay que añadir ni una sola tilde más. Y luego te quedas a solas con la edad, y vuelves una y otra vez, recordando la vida dibujada a carboncillo, difusa, porque la memoria lo disipa todo. Te quedas como un trapo mojado, atravesado hasta los cuernos, y esperas que te espeten el tronco, que te claven hasta el corazón. El aire se oscurece, la noche se acerca. Las calles como entonces, cuando el tiempo se no se atrevía a cambiar, y todos los días repetían el mismo andar, se ponían la misma boina de siempre.
Ahora lo imagino cruzar los brazos. Mira el lienzo con descaro, altivo, como si la muerte aquí no lo pudiera atrapar, fuera del alcance del olvido. Uno se enzarza con el lienzo para quitarse la muerte de encima, para teñir las horas, para que la primavera siga arando todo lo que pueda, arrancando con su embestida. Aquí están los bichos, se retuercen, ellos también más que vivos, las manos son las que transportan el polen, se posan sobre la colmena de otro cuerpo y allí, abejas, reinas, se pasean, atraviesan ese otro cuerpo que se abre, que las recibe. Las córneas se hacen entonces más profundas, el corazón late por primera y última vez, como si la vida misma estuviera en el centro del mundo, como si el toro estuviera en medio del ruedo. Ahora lo imagino cruzar los brazos, llenarse de pliegues, de injertos, lo imagino a punto de florecer con sus puños, incluso en pleno invierno, le nacen tulipanes en las manos.
Por fin sabe cómo brota la hierba, cómo crecen los tubérculos, los muñones. Alrededor, el silencio peina el aire, todo cuanto fuimos, todo cuanto queda por contar, entonces se lanza de nuevo, el brazo es el arpón, el pulgar la daga, delante los cuerpos siguen retorciéndose. Los carmines se mezclan a las nalgas, los bermejos se apresuran, todos los colores se abren paso en medio del lienzo que se atornilla, en la carne entra un primer clavo, y luego otro martillazo, otro clavo, las membranas se dislocan. En los ojos ya no quedan amapolas, los dedos se pliegan como trigales, otro clavo, los huesos se rompen como si fueran pizarras, almendras, de sístole en sístole, el corazón se encoje, y entonces el dolor crece como un útero, se ensancha, revienta, como si llevara una vida dentro. Los brazos han dejado de moverse, tiene ahora un rayo de sol en los ojos, los tornillos se enquistan sobre el dorso de los pies.
Sobre la tela el bicho sigue lamiendo los colores, intenta arrancarse las malas hierbas, dejar de ser esa tierra envenenada. Ahora la mañana ha salido a juguetear sobre las aceras de la ciudad, el pintor se quedó sin olfato, busca las frecuencias del aire, los caminos que le hagan regresar. Acaba de terminar una de sus obras maestras, de esas que saben a manzana, que no te dejan dormir, que te rompen por dentro, como si fueras placenta, que te hacen por fin renacer. El tiempo entonces se detiene, da un paso atrás, retrocede. Lo que acaba de ocurrir le impone, es algo más bello aún que unos pechitos de manzana. Es algo que titirita de frío, en el rincón más oscuro del olvido, algo que ni se apaga cuando se enciende la luz, que perdura para siempre, incluso cuando la muerte te ha dado el último bocado, es como cuando envejeces y todavía buscas el ritmo de cuando tenías las piernas, de cuando los labios sabían a gloria. Y quizás, entonces, recuerdas, una plaza, donde hubo una noche, y quizás un beso, el baile empieza, el ritmo ondula, todo eso lo llevarás al lienzo, y nadie más que tú se enterará.
El tren entra ahora en la estación. Vuelvo al asiento, a la vida, al oxígeno. Me quedo un instante más con él, agarrado a su insomnio, con la mañana que ya se asoma. Sobre el lienzo el bicho ha dejado de moverse, ahí está, atrapado, entre las paredes del útero, aquí la noche no tiene peso, el pasado ha dejado de pasar. Aquí se escuchan las patadas, los golpes, antes de que a uno y a otro les toque por fin nacer. El lienzo brilla como un alambique, verdes, ocres, lilas, los colores destilan su sangre. Lo veo mirar, el iris abierto como un girasol, a pesar del cansancio, a pesar de los años que se le echaron en manadas encima. Los clavos han dejado de apretar, los huesos han dejado de crujir, tornillos, alicates, lanzas, sobre el cuerpo ya no queda ni espina dorsal. Él se pone a caminar, a andar sobre el aire, lo que ha pintado es ácido, corazón, tendón, la gravedad que se hace levedad. En ese lienzo está todo, las manos que lavaron ropa en una poza, el jabón que apenas espumaba, los labios que aprietan los pezones, la luz del día que cae en riadas sobre la calle, el granizo que destroza el trigo, el hambre que se lanza sobre la carne, las palabras enganchadas a la sílaba primera.
Se queda quieto, agotado, vaciado. Lo imagino ahora limpiando el pincel con el trapo, tirarlo sobre la basura que crece como una barricada, en el neutrón de los ojos respiran todos los números, todos los versos, los hexámetros poco a poco se le quedan atrapados en la tráquea. Pronto se meterá debajo de la colcha de cuadros de lana, las sábanas remendadas, como cuando era crío, como cuando no sabía que el cero tantea el infinito, que la nada lo es todo, que cada instante es una paja en la hoguera, que no habrá otro mes de mayo igual al que acaba de terminar. Ahí te quedas atrancando un instante, mirando el bicho retorcido por la escoliosis, en medio del silencio tan fino que se cae por los agujeros del tamiz del aire. Repliegas los cartílagos, los muslos encallan, por la aorta los iones dejan de correr a miles por hora, a cada efracción de segundo. La vida te sale disparada por los poros, aprietas el gatillo, la culata de la mirada. Intentas escaquearte de la vejez, te sacudes las vértebras, das al manillar de los ojos, arrastras los pies, hasta el final de tu vida, hasta llegar a la puerta, los hombros combados por el peso, como si tuvieras losas encima.
Una vez fuera, la mañana se te atraganta. No sabes cómo darle las gracias. Arrastras un recuerdo contigo, lo buscas, no acude, será para otro día, un verbo se pone a anidar en el cerebro, recuerdas a ese mozuelo, era moreno, todo monte y pezuñas, un cuerpo hecho para el salitre, cargado de neuronas, de navíos, cuando lo viste por primera vez todas las terminaciones nerviosas se enroscaron de nuevo. De pronto supiste que si lo pudieras rodear con los brazos eso sería de nuevo amor, y por eso te agarraste a él, como si fuera el mango de una guadaña. De pronto los ojos se te llenaron de libélulas, de abejas, de rosarios, como si supieras de nacimiento el lenguaje del trigo, como si de pronto todas las consonantes cantaran a la vez, y él se te acercó, y tú a él, y él se te asomó, y tú a él, se balanceó sobre ti, tu lengua encontró la suya, y ahí, en la curva de ese silencio, el cuerpo se hizo carne, allí los dos rezando en la cama, multiplicando las cruces, beso a beso, clavo a clavo, inventando todo el evangelio, el cantar, la escritura, escribiendo el primer verbo. Ahora te frotas las manos, todavía con la pintura pegada, todavía con ese recuerdo de él que no se apaga.
Y entonces decides jugártela, la vida. El deseo es el polen que brilla en los ojos. Así los tienes ahora, llenos de colmenas, las manos se te escapan, las piernas se clavan al suelo, se ponen en movimiento, se hacen río. No importa los años que tienes puestos encima, ni el asma, ni lo que diga el médico, tienes que volver a verlo, ir a por él, aunque pierdas la vida, aunque ganes la muerte. Te imagino entonces hacer la maleta. En los cuartos de abajo, las vigas se quedan sin apellidos, las horas danzan, camisetas, pantalones, libros, en la maleta cabe lo que cabe, el cielo y el infierno, la salvación y los claros de bosques. Te imaginas sentarte delante de él, apretarle las manos. Te acuerdas de un poema, la memoria de un hombre está en sus versos, de los cuervos del pelirrojo, del esplendor de los campos de ese país que es el suyo, campos abiertos, piernas, muslos, colinas. Te acuerdas que de pronto amas la vida, que allí las calles son tapicerías, rincones donde coserse los labios, te acuerdas que su juventud te mira con ese encanto descarado del que sabe que lo tiene todavía todo por delante.
Aquí, en tu sucio país, en tu isla bretona, todo son verdes, allí todo son amarillos, una furia de ocres, de yemas, de trigos. No lo piensas ni una, ni dos, ni tres, mientras la hierba crezca, mientras el aliento te atraviesa el esófago tienes que ir a verle, tienes que ir a buscarlo. De pronto respiras más rápido, tu nombre de tocino ya no te interesa, lo único que quieres, en ese instante, es pegarte a su carne, entrar en su calor. Dentro de tus párpados fermentan todos los deseos, los recuerdos se mezclan como si fueran colores sobre la paleta. De pronto la vida se pone a pintar. Lo sabes, no tienes que coger ese avión, no es ya tuyo este tiempo, el siglo se te ha escapado de las manos. Y, sin embargo, lo haces, te invitas al último vals y te vas a ese país que es un pueblo repleto de mar, campos, llanuras, y memoria ninguna, pero un país que es también latir de pájaros, de pescadores en las playas, de noches frescas, en espetones. Y entonces te coge el deseo de vivir, de volver a amanecer, de acostarte sobre ese cuerpo, pegado a su lado, como sea. No quieres que esto se te apague, que los años que te quedan se queden en la estantería, como libros leídos, que han pasado como los años, y se van alejando, sin que nadie vuelva a cornearlos.
