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Un retrato de Edward Hopper a través de los ojos de su esposa "A veces sueño, me veo dando pinceladas, la sangre me sube a los ojos, me repongo, ataco los verdes, dejo caer capas de azules sobre el lienzo, en trombas, en volutas. Entonces estoy en la gloria, entre los tubos, chapoteo entre los charcos de colores, y el hombre que está aquí al lado sin estar se convierte en un recuerdo lejano, un fuego fatuo, un chirrido sobre el grano del lienzo". Esta novela es el retrato de Edward Hopper a través de los ojos de su mujer, también artista. Josephine constata sin concesiones una existencia sepultada a la sombra de un hombre por el que lo sacrificó todo. Ella solo pudo retener a su amante, que no dejaba de alejarse, convirtiéndose en su modelo, y al final en todas las mujeres a la vez, excepto la suya. La historia magnífica y cruel de esta pareja se cuenta con un lenguaje luminoso, habitado, que permite explorar la profundidad y la ambivalencia de los sentimientos.
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Seitenzahl: 269
Veröffentlichungsjahr: 2024
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«Duele atravesar paredes,uno se pone enfermo de eso,pero es imprescindible.El mundo es uno. Pero las paredes…Y la pared es parte de ti mismo.»
TOMAS TRANSTRÖMER1
Los días avanzan como paredes frías. En todos los rincones se enroscan los silencios, se enrollan sobre sí mismos, como nidos de víboras, retorcidos, enseñando los dientes. Esperan a que pasemos por delante, a que los pisoteemos, a que los desnudemos, los matemos de una paliza, las horas escupen su veneno a cada sacudida, los chorros, los ganchos, los minutos cabecean, lamen las heridas, engullen las culebras. La luz como un puñado de arroz se esparce por las habitaciones, se nos tira al cuello, enloquecida, se recuesta contra nuestras tripas, nos hurga las entrañas como haría una pareja que se ama con todo el cuerpo.
Los árboles arrojan sus frutos, remueven sus grumos verdes, los mezclan con el aire. En el cielo, el sol hace una última acrobacia. Ya nada se mueve. El viento ha dejado de soplar; la casa, de crujir; la grava, de rechinar. Todo se calla, se deshace al fin. Los dos somos ahora más lentos que nunca, auténticos lagartos al sol. Avanzamos pocos milímetros cada siglo. Hace años que nos secamos así, con la barriga al aire, nos miramos como perros de cerámica, como vigas, aferrados a los recuerdos. De vez en cuando ladramos, cuando nos ponen los cubiertos, cuando llaman a la puerta, les gritamos a los lobos, incubamos, con los puños apretados. Vamos a la cocina a lamer el plato, luego volvemos, saciados, tú al abrevadero del estudio, con los ojos fijos en el lienzo, yo al lado del fregadero, de la máquina de coser, de la mesa donde anoto las ventas, llevo las cuentas, mi vida pegada a la tuya, junto a ti, mi vida sin ti.
Hay momentos que son así, llegan a nuestra vida sin gritar, apenas un frunce, y nos cambian de arriba abajo, de este a oeste, en todas direcciones; momentos que se transforman en destino, nos encontramos, nos tocamos y a veces nos retocamos, luego viene el bandazo, llueven los años, y un día nos apagamos, renunciamos a matar el tiempo y es él quien nos propina un gancho, nos escupe a la cara, en cualquier caso la vida ha dejado hace tiempo de ser una fiesta, una ribera, una colina, aquí es más bien un terreno vago, una descarga a cielo abierto, la vida como una tirada de dados, un lanzamiento que no borra nada, ni siquiera este lío entre nosotros, esta casa demasiado grande, este cielo demasiado alto, todos estos días impares enfadados, de qué sirve morir lo más tarde posible si ya no queda nada.
Al principio, todo era fiesta, lentejuelas y guirnaldas. Nos habíamos visto por primera vez a tu regreso de Europa, en 1910. Nueva York todavía no tenía sus grandes rascacielos, pero ya brotaban como setas por todas partes. Fue en las clases de Bellas Artes, antes de tus viajes a Europa, aún éramos aprendices, aunque no fue hasta mucho más tarde cuando nos encontramos de verdad, en 1923 para ser precisa. Me gustaban tus acuarelas, tú te pegabas a mí a menudo, eras un poco torpe, nunca estabas en tu sitio, en todo caso no estabas a gusto con las mujeres, tu mirada era tan azul como la de tus acuarelas, y poco a poco empezó el romance, sereno, te comías las palabras, hasta mi nombre, de forma que solo quedaba mi diminutivo en tu boca, y pronto, sí, también mis labios.
Todos los días eran una fiesta, la vida a pleno pulmón, en escalada libre. Vivimos en nuestro viejo estudio, sin nevera ni baño, encerrados entre cuadro paredes, durante tres años, pero al principio todo aquello era una nota a pie de página, un pliegue del vestido. Luego llegaron los años comprimidos, el pegamento en todos los rincones, las horas giratorias, el barro en todos pisos, la vida con los escombros que nos echábamos encima, las palabras que rebotaban y destrozaban. Nos hundimos en el fango, atados a la pata, sin nada más que horas que matar. Nos convertimos en arlequines desteñidos, en colores sin aristas, más claros que el agua. Nos pusimos a vivir, a malvivir, en días sin relieve, envejecidos, colorados, con este sol tan blanco, mustio, que atraviesa las estancias, este sol hambriento que empuña unas tenazas. Su mandíbula se cierra sobre nuestra carne, pero no hay nada que hacer, a ella también se le ha quitado el apetito.
Te miro. Pero estás lejos, siempre, todavía, lejos de mí, lejos de esta vida en común que ya no es vida. Te gustan las flores, las discretas, las desvergonzadas, las abotargadas, todos los tipos de flores, y sin embargo nunca me las has regalado, o en escasas ocasiones, y eran unos ramos apañados deprisa y corriendo. También detestabas las joyas, los adornos, los collares, en tus cuadros no sale nunca ninguna, ni tampoco, con el paso de los años, se ven en mi cuello. Al principio íbamos a bailar, para desentumecer las piernas, luego dejamos de hacerlo, tu cuerpo se hacía cada vez más grande, más ancho, más pesado. Adorabas que pasáramos horas leyendo juntos, sobre todo poemas, lo hacíamos en voz alta, a mí me encantaba, en aquella época quería ser actriz, y además Verlaine y ese bribón de Rimbaud eran mis preferidos.
Seguimos pintando. Cada uno en su rincón. Sobre todo tú. Para dar el pego, con tu aire de artista, de no creértelo, pero atareado con tu gloria. Yo hace lustros que dejé los pinceles, que tiré los gouaches por la alcantarilla, que metí los lienzos en la buhardilla. A veces, por la noche, te pegas a mí, con las manos callosas, las palmas ásperas. Tu piel se frota contra la mía, como una gran cerilla helada, no tengo ganas de que me tomes, me soliviantes, me eleves, me beses, y aún menos de que me penetres. Te das la vuelta, te pones boca arriba, luego de lado, rectificas el ángulo, te hartas y al final te desplomas. La noche puede empezar, por fin. Me hundo bajo las sábanas, en el formol blanco de esta cama demasiado grande. Soy una grajea, azúcar que se disuelve en el agua, en este barreño de ácido, en el barril de la noche de vendimia. Me acurruco, me hago la muerta, me agazapo en la oscuridad, pienso en este derroche, en todo este vacío, en los años tirados por la borda.
Hace lustros que ya no tenemos en nuestra vida ni menta ni jengibre. Somos como trapos viejos, madera enjabonada para que brille, reliquias usadas hasta el tuétano. Con nuestros pobres cuerpos, cada vez más velludos y ciegos, cada vez más ínfimos, transitamos el derrumbe de los días, como topos atrapados en las galerías de la casa, roemos cada hora hasta la raíz, esperamos a que vuelvan las mañanas amarillas de julio, a que el verano vacíe su cartera escolar y nos llene de nuevo. Pero ya no hay ganas, hace siglos que no somos niños, que no apretamos los dientes, nos quedamos atrapados entre los tejidos, tú en tus pantalones, yo en mis faldas, los días son cada vez más largos, cada vez más lentos, fermentan, rumian, se retuercen entre nuestros dedos, a veces dejan escapar un resplandor, siempre brevísimo, siempre por descuido, un resplandor de tijeras herrumbrosas. Las horas maceran así, se convierten en una papilla blanda, más templada que caliente, más muerta que viva. A veces nos levantamos, damos unos pasos, aspiramos unas bocanadas de aire crudo y volvemos al punto de partida, agitamos las espátulas, removemos unas horas más, antes de pasar a otra cosa.
Sujeto mi diario como puedo, subo por las páginas, seco las frases, las lubrico para enmascarar, para guardar las apariencias. Las palabras me vienen a la nariz como mostaza, rancias, extenuadas, las palabras se pegan a las páginas. Hace siglos que han dejado de zumbar, de mezclarse en nuestras bocas, de estar frescas. Las palabras han dejado de hablar, son simples ramajos, ellas que al principio eran bosques, frondosos como sotobosques, palabras libres, llenas de pájaros, palabras verdaderas que bajaban las pendientes, atravesaban la maleza, cada conversación era un viaje. Ahora todo pesa, sopesamos hasta nuestros silencios, incluso la lluvia y el buen tiempo han dejado de ser temas de conversación.
El corazón es una cueva donde trafico con todo lo que puedo, capítulos enteros de esta vida que se reduce a uno o dos despegues, la época de nuestros años de juventud, jugosos, frescos, la época de las alegrías entonces puras, justo antes de las guerras, las trincheras, los avances al frente. En los años veinte, corríamos por las galerías, cruzábamos la ciudad, a los cuarenta empezamos a comprender que el tiempo apremiaba. En las inauguraciones nos encontrábamos de todo, grandes zancos en busca de sus garzas, otras aves de corral a la caza de apoyabrazos donde posarse, de un cubo donde picotear, artistas en declive, otros en alza, en la cresta de la ola de una gloria tan irrisoria como efímera. Desaparecían de los torneos en las primeras rondas, se volatilizaban con los primeros chaparrones, hacían su truco y luego, chimpún, se acabó, la reverencia.
Entonces corríamos de un lado a otro, yo más redonda, más vivaz, poco más de metro y medio, y tú encaramado en tus casi dos metros, flaco como un palillo, con tu aspecto de cascarrabias. Nos casamos ya mayores, a esa edad a la que empiezas a enderezar el volante para no estrellarte. Conducíamos por el centro de todo para evitar los volantazos, los bandazos, para evitar a toda costa despeñarnos, caer en una zanja, perder el equilibrio o, peor aún, perder la cabeza, el corazón o todos los órganos de golpe. Uno no se enamora, la expresión es ridícula. Es la vida la que de pronto mora en nosotros, se embala, nos pone patas arriba, y a veces apenas nos atrevemos a ponerle buena cara, nos ponemos tacaños, aferrados a este tronco que no es más que un trozo de madera muerta, una rama a la deriva, nos ahogamos en un vaso de agua por no bebernos el mar entero, por no emborracharnos de por vida.
Así nos juntamos, como se amontonan dos troncos rajados, uno al costado del otro, apartados de los claros, lejos del revoloteo de las mariposas, dos troncos en medio de aquel desorden de días que siguieron. Los años pasaron con sus cromos, sus derivas, y el hombre que tenía al lado también se deshojó sin hacer demasiado ruido. Los cielos dejaron de sacudirse, nos fuimos cada uno por su lado, tú con tus lienzos, yo con mis cuentas. Los días perdieron su barniz, se secaron, y las noches, con un dedo en la boca, se callaron durante mucho tiempo. Se atiborran de naftalina, de ansiolíticos, de lo que pillen para que llegue el sueño, para que crezcan las coníferas. Contamos estrellas, ovejas, tréboles de cuatro, cinco, seiscientas hojas, todo lo que, como buenamente se pueda, permita tener una noche más, otra noche.
Ahora ya hace una eternidad que no me atrevo a aventurarme en la habitación que usas como estudio. Prohibido pasar, cruzar, nuestras vidas son dos callejones sin salida que a veces se observan mientras se marchitan. En lo que a mí concierne, he tirado la toalla, los gouaches, las acuarelas, apenas hago uno o dos dibujos de vez en cuando, deprisa y corriendo, y he dejado los licores fuertes, la prohibición también es para mí, una vida seca. A veces sueño, sin mucho fuelle, me veo dando pinceladas, la sangre me sube a los ojos, me repongo, ataco los verdes, dejo caer capas de azules sobre el lienzo, en trombas, en volutas. Entonces estoy en la gloria entre los tubos, chapoteo entre los charcos de colores, y el hombre que está aquí al lado sin estar se convierte en un recuerdo lejano, un fuego fatuo, un chirrido sobre el grano del lienzo, el pincel se agita, le brilla el pelo. Sobre el lienzo aparecen árboles frondosos, el cielo encoge los hombros, el viento esponja la lluvia, bajo mis pasos la tierra susurra.
Me gustaría recuperar al hombre que un día estuvo a mi lado, hacerte titilar de nuevo, chincharte, sentarme a horcajadas, como cuando empezó todo, como antes de este sabor a ceniza, este pedregal. Raspo la corteza, la pintura se ha secado dejando estrías sobre el dorso de la piel. En invierno, las palabras caen, como la nieve, frías y blancas, en primavera, llega el deshielo, luego viene el verano, el otoño asoma el hocico, entonces las palabras se retraen, se esparcen por el suelo, por la página, por el libro, se remueven como la turba estropeada. Mi cuerpo cruje, arde, es un bosque seco. La sangre corre por las venas en coágulos, ellos también buscan un pasadizo, quieren darse a la fuga, abandonar esta vida que no puede dejar de mentirse, de aguantarse las ganas de marcharse.
Te miro a los ojos mientras viras a babor, buscas mi ángulo muerto. Luego querrás estibar, echar amarras, cogerme de la mano, desviar nuestros dos cuerpos al día, para dar un paseo, ir de pontón en pontón, de calle en callejuela, de seno en nalga, como antes, como ayer, como nunca más, porque no hay ganas, dejarme hacer, no, gracias, la temporada de las cerezas, las promesas de vendavales, lo hemos dejado todo atrás, solo nos quedan nuestros días arrugados, toda esta colada por secar, estas cañerías que limpiar. Ya no quiero avanzar, deslizarme, mugir, sonrojarme, todo es imberbe ya, ni nuestras miradas se miran, nos miramos de reojo, nos contoneamos, parloteamos, nada serio, solo palabras que llenen los silencios.
La tierra pesa. Hace años que nada sube a las cimas. Las palabras han perdido sus vocales. Los verbos ya no son rojos. Nuestras respectivas vidas se han hecho, deshecho, rectas, recias, las puestas de sol se han desteñido, desdentadas, vaciadas. Eran ejemplares hermosos, ciervos llenos de bramidos y brincos, ciervas en cada esquina, nuestros años más bonitos, en las lindes de los bosques, nuestras caras llenas de noche, y los ojos, ay, los ojos, nunca satisfechos, sin hacerse de rogar, ojos llenos de lobos y de canciones, fresas silvestres atrapadas entre las encías, lamidas con fruición.
Y llega un nuevo día, nos levantamos, nos abordamos. A distancia. Cafés, cruasanes, nos traspasamos con la mirada. Un nuevo día que matamos, que peleamos, una sacudida hasta la grupa. La adrenalina se deshace en la nieve en polvo de las horas, los minutos relinchan, se sueltan el pelo, hasta el viento se acelera. Luego nos controlamos, tiramos del arnés, nos desarbolamos, y entonces nos vamos cada uno a su rincón, él a contraluz, con la claraboya pegada a la ventana, y en menos de dos minutos está sentado en su taburete, con la mano aferrada al pincel, la espalda curvada, como un gato gordo en su caballete. Hace semanas que araña, con todas las uñas fuera, las esquirlas de luz, las retuerce como vísceras, las enrolla unas sobre otras, desordenadas, busca, encuentra, se pierde, se marcha.
Algunos pintores pintan con las tripas, otros con los dientes, la mayoría lo hacen con las manos, sin más. Se abalanzan, famélicos, exangües, sobre sus caballetes, allí amontonan todas las capas que pueden, extienden sobre el lienzo todos los chorros, esparcen los colores como escupitajos lanzados al vuelo. Su llovizna es oblicua, en ocasiones una borrasca, rara vez una explosión, nunca una tormenta. El aguacero solo dura unos segundos, el tiempo que tardan en coger un tubo nuevo, en tirar de él como unas medias de rejilla, y en desnucarse, presionar con fuerza el pezón, deslizarse de adelante atrás, con la tráquea ardiendo, los ojos reventados. Los colores azotan luego el lienzo, rebotan, se oscurecen, amarillean, no paran de moverse, de excitar la mirada, de buscar las encrucijadas para colarse por cualquier salida, escapar de ese marco demasiado estrecho que es el cuadro.
Tú eres de otra raza, de la que se posa, que encaja, que absorbe, de la que prefiere las cosas en su lugar, aunque sea un lugar sin salida. Como en la cama, tan solo rozas las cosas, pellizcas con la punta de los dedos la uva rosa de los senos, que apenas se deshace en tus manos. Lames el lienzo, chupas los colores, siempre con la punta de la lengua, aplicas un poco de barniz aquí y allá, dos, tres pizcas de sal, como si la superficie fuera un bizcocho enorme que hubiera que untar con mermelada, la untuosidad, la suavidad, la aureola de los colores. Aquí no hay nada fastuoso, solo colores de capilla, muy sutiles, tamizados, y los rayos de luz caen, oblicuos, en los tragaluces, y golpean las baldosas del suelo.
De los días que pasamos juntos solo me quedan estas escapadas, las broncas y los pinceles, los años y las horas, el paso lento de las semanas, con grietas en los muros, suelos de madera que chirrían, noches que silban, el vacío que entra por todas partes, se infiltra en nuestros juegos, nuestras miradas, nuestras vidas desnudas. Las noches siguen volviendo a su sitio, y yo, yo solo quería eso, esconderme como un erizo en este jarrón que se ha vuelto demasiado blando, en esta marejada sin olas, solo el ir y venir del agua, que ejecuta los movimientos, coge los mismos trapos, demasiado usados, agujereados de horas, ocultos bajo un montón de hojas.
Me pongo las medias, me subo la falda, la blusa me aprieta la cintura. Estoy llena de pieles de naranja, de cítrico, de años, llena de horas que caen abruptamente sobre mí. Mi vientre ya no tiene diapasón, ninguna partitura que interpretar, se acabó el tiempo de los arpegios. Sobre el pontón, con todas las velas desplegadas, cojo la puerta como si me hiciera a la mar, zozobro, viro a la izquierda, a la derecha, en la esquina de la calle la luz me agarra por el pescuezo, me llama a la vida. Esta mañana daré un paseo por el acantilado, donde el mar se rompe la crisma contra las rocas, a golpe de ola, y enjabona, y espuma. Una bocanada de aire fresco, lejos de la construcción, caminar cara al cielo, con los talones en el suelo, tomarme un respiro, respirar lo más alto posible.
Un día volveré a pintar, lo prometo, lo juro, palabrita. Un día saldré de este agujero, de mi vida contigo, de esta vida sin ti incluso cuando estás. Un día saldré de la tierra, removiendo los huesos, dejaré de ser bajita y redonda, compacta como una bala de cañón, sin orilla ni alta mar, llena de curvas y tachones. Un día saldré de esta casa que no es una casa y, en el umbral de la puerta, el viento me abofeteará para despertarme de una vez por todas, las noches dormirán al fin de pie y soñarán alto, muy alto.
Entonces tendré el valor de agarrar mi vida por los cuernos, de estrangularla de una vez por todas, de clavarme la estaca del día hasta el fondo del cuerpo. El viento me desenredará el pelo, el tiempo será hermoso como un viaje, una vida llena de etapas, de brotes, de montes, de aire libre, y no de estos revoltijos, estas ramizas, estos jirones de lienzos donde nadie abre los ojos de par en par, ni siquiera las mujeres que se parecen a mí. Ellas también han caído en la trampa, ellas también están, como yo, más muertas que vivas, encerradas entre cuatro paredes y tantas otras tablas, techos, muros. Permanecen de pie, pero no tienen arboladura, como mástiles que han perdido la jarcia, que no tienen ya a dónde ir ni velas que izar.
Me gustaría pintar como antes, enjuagar los pinceles, extender los colores, aplicar rojos sobre los ocres, proceder con los retoques, ensañarme hasta el amanecer, que las formas se retuerzan, que los oquedales se sequen, que la antorcha del cielo arda, que las casas se acurruquen. El alba volverá a ser blanca, risueña, el sol se abrirá paso a codazos para hacerse sitio entre las nubes, y así me iré de aquí, hasta que la tarde me ponga los dedos sobre los ojos, me calle y me susurre: venga, coge la vida por los cuernos, destella, revuélvete todo lo que puedas, haz relinchar a tus caballos. Luego la noche llegará sin ser vista, las estrellas dejarán de chillar, empezarán a florecer en el prado del cielo, trituradas por los dedos del viento, incapaces de aguantarse la risa, de retener los colores que tienen en el corazón.
Me habría gustado pintar todo lo que mis noches han visto. Pintar la hierba que crece o no crece, las voces que se mezclan como alimentos, toda esta vida minúscula bebida a sorbitos, pintar las olas que retozan, piafan, brincan, pintar las abejas, los avispones, las flores que se ensanchan, joviales, hacia el cielo, los tejados que caen en picado, pintar las carreteras tatuadas por el agua de las lluvias, sí, pintar, como hacía antes de conocerte, cuando jugaba con los días, que se dejaban ir, ellos también, cuando las horas pasaban a su manera, dispuestas a largarse a cualquier parte, en cualquier momento, horas libres que nunca cerraban los párpados.
Pero, mira, desde que nos conocimos, los días pasan menos deprisa, los años se apagan más despacio, y yo sigo aquí, viéndote llegar a nuestra cama cada día más tarde, viendo por la ventana a las colinas de enfrente acostándose con las mejillas contra el cielo. Entonces retomo las cuentas y, en medio de esta cascada de cifras, sumerjo los ojos en los ingresos, los gastos, camino por esta agua que gotea y luego cierro la carpeta, cansada, varada. Me resigno a apagar la lámpara, a tomar sola el desvío del sueño, a estar todavía más sola, acostada bajo las sábanas, embutida entre las mantas, esperando a que vengas un poquito, aunque sea con la punta de los labios, aunque sea de mentira.
1 Tomas Tranströmer. Para vivos y muertos, trad. Roberto Mascaró (Hiperión, 1992).
«El corazón del hombre se parece mucho al mar,
tiene sus tormentas, tiene sus mareas,
y en sus profundidades también tiene sus perlas.»
VINCENT Van GOGH
Déjame entrar en ti. Ver un día con tus ojos. Estar codo con codo, de la mano, encima, debajo, frotarme contra tu vientre, fundirme en ti como el plomo. Las personas amadas no se encuentran. Las personas amadas se reconocen de un primer vistazo, de un primer arrebato.
Desde que te vi supe que eras tú. Tu forma de romper el aire, de pasar a través del día, tus andares, como una chalupa en el mar. Antes de ti, la vida pasaba sin pedirme permiso, como por omisión. La surcaba sin dejar rastro, sin formar olas. Tanto que cuando me daba la vuelta ya no había sendero, había desaparecido, las briznas de hierba cubrían ya todos mis pasos. Contigo todo era a zancadas, como si tu vida se jugara a doble o nada, a cada instante, a cada pincelada, o al menos eso quise creer, tonta de mí, al principio. Luego lo destrozaste todo, como los veranos de las grandes llanuras, que agostan las hierbas, secan los campos, agrietan los suelos, veranos malvados que te muelen a palos hasta hacerte sangre, que te hunden hasta el fondo.
Un pintor, y eso lo aprendí de ti, no es solo furia o frenesí, un movimiento de cadera, anguilas bajo las sábanas. Un pintor es quien se empeña en mirar dentro y fuera, en ver en lugar de mirar, en ser en lugar de existir. Cuando te sentías demasiado sucio por dentro por culpa de esta vida áspera, chorreante, esta realidad tan rancia, que gotea por todas partes, cogías tu enorme cuerpo estropeado y corrías a ponerlo delante de unas obras maestras. Lo hicimos muchas veces después, juntos, en muchas otras ciudades, pero para ti los maestros estarán siempre colgados de las paredes del Louvre, tu estanciapreferida. Porque delante de ellos, de los maestros, volvías a ser ese niño estupefacto que abre mucho los ojos, un muchacho demasiado grande, demasiado torpe, que chispea y se atiborra de todas las golosinas que puede, valles afilados, cielos cuajados de candelabros, atónito ante este nacimiento del mundo, desconcertado al descubrir los pasos del día en el cielo.
Te escapabas de la Misión Evangélica, en la calle Lille, de aquel cuarto raquítico, enclavado en un chaflán, para ir a brincar por las amplias galerías del museo. Allí te bañabas entero, te zambullías en los cuadros y salías limpio, dispuesto a prenderle fuego al mundo. Por más que la primavera se agarrase a los castaños y se empeñara en sembrar montones de flores en los jardines, tú volvías a las salas para inyectarte en los ojos los lienzos de los grandes maestros, aquellos cuerpos carnosos, cuajados de músculos, aquellas balsas a la deriva, aquel frenesí carnal de los antiguos que nunca sería el tuyo.
De vuelta en tu cuarto, removías el blanco de tu pincel en una bocanada de aire, mojabas el hocico en los colores y arrebatabas del lienzo las ventanas, las calles, los patios. Luego volvías a salir al día siguiente a deambular por los muelles, plantabas el caballete en la ribera izquierda para bosquejar la catedral, tragarte los puentes, imbuirte de los reflejos del agua y, sobre todo, de la luz y, también, de esa soledad que nunca te ha abandonado, la de los bares y todos los lugares de encuentros que no suceden, la soledad que es como la mala suerte, que se pega a la piel, que mendiga con sus uñas negras, que es un fregadero lleno hasta el borde, una silla en el suelo, un plato sobre la mesa, o una ciudad donde todos se cruzan y nunca se encuentran, siempre con esa prisa por morirse.
Varios años más tarde, ya con la Gran Guerra a las puertas de esta ciudad que tanto has amado, te acordarás de esas noches azules, un Pierrot lunar, sentado en un merendero enfrente de unos personajes igual de perdidos, otro con la boina ladeada sobre la cabeza, el cigarrillo apagado o encendido, nunca lo sabremos. Más lejos, un rufián que no para de cabecear sobre la mesa, espía el mundo por el rabillo del ojo, y esa mujer que lo sermonea con la mirada se atornilla al suelo. Los tres camaradas están impasibles, ocupados no haciendo nada, no diciendo nada, quizás estén bebiendo absenta, quizá se susurren versos de Rimbaud, En las azules tardes de verano, deambularé por los senderos herido por el trigo, pisando la fina hierba, ese poema que tú te sabes de memoria, tú que ya en el colegio desarrollaste una pasión por esta lengua hecha para los volantes, la lencería chic, los corsés, los señores de punta en blanco, una lengua que no sabe morder, pero que a veces se hace cianuro, pelea un adverbio, quita el aliento de una patada.
Ay, esos azules. De todos los colores, tu preferido, el niño mimado. Lo pusiste en todas partes. El azul del cielo delante de esa mujer, con un vestido liviano, que parece oler el sol. El azul del mar, emboscado tras las hierbas altas, de colores rojizos, espigadas. Los azules a veces desnudos, a veces duros, casi turquesa, zafiro, esmeralda, en las salidas a vela, casi de noche, despeinados, hirsutos, por encima de las ciudades. Los azules clavados al suelo, a las paredes, detrás de las vías de tren, los azules emboscados en los tejados, los que disparan, rebotan, acribillan a balazos y aciertan en el corazón.
Los azules aguados, lavados, los azules rojizos, los que huelen a sol, los azules que rasgan el aire, desarraigan las nubes, los que consuelan, que son camisones, faldas plisadas, que se reaplican brillo en los labios, mariposean al fondo del iris, cargan con el viento, doran las crestas, los que se fisuran con las olas, van en punto muerto, los que acechan las auroras, antes de que los cielos ardan. Cuando tú los pintas tienes apenas treinta años, estamos en 1912, Gershwin y sus rapsodias no están lejos, Picasso ha cambiado de época y ha pasado del azul al rosa, y Guerlain ha sacado La hora azul, por supuesto, uno de tus perfumes fetiche.
Pero ya, antes de conocernos, en esta ciudad de la luz, tú metías a tus personajes en jaulas. Fuiste por primera vez, en 1906, al Salón de Otoño, entonces tenías solo veinticuatro años. Un año antes, los fauvistas habían pasado por aquí, pero tú solo tenías ojos para las pesadas barcazas del Sena, te tirabas horas en los muelles abarrotados, mirabas distraído las estaciones con toda su chatarra, pasabas horas pintando huecos de escaleras. Y las luces crudas que blanquean los cuerpos. Y el aire libre, para hacer como los impresionistas, pero a tu manera, con fueras de cuadro por todas partes, encuadres oblicuos, incompletos, las vanguardias eran poco para ti, ni grandes bulevares ni farolillos, solo trozos de calles, porciones de interiores, paredes amputadas.
París era una fiesta, los muelles cantaban, pero tú echabas el cerrojo a los rostros, comprimías los cuerpos en su caparazón. Era más fuerte que tú, los encerrabas en los cuadros, a cal y canto, como enigmas, anomalías, asesinatos que no serán nunca esclarecidos. Parejas que no lo son, hombres que se buscan, mujeres que se pierden, todos prisioneros, atrapados en sus vidas estrechas. Todos tienen la mirada perdida, pensamientos a los que dan vueltas o que huyen de algo, como si la muerte les pisara los talones. Estamos a principios de siglo y ya has pasado tres temporadas en esta capital, una cuarentena de pinturas al óleo, una treintena de acuarelas y un número infinito de bocetos a cada cual más mustio, sin melena ni caderas, solo huesos.
Muchachas en miriñaque, hombre serios con sombreros de copa, soldados en posición de firmes, prostitutas decoloradas, proxenetas pálidos, artistas, saltimbanquis, toda la fauna de la ciudad desfila por tu obra. Aquí unos albañiles agotados juegan a las cartas para matar el tiempo, allí unos barqueros se afanan sobre el río, cargan, descargan, los bulevares no están lejos, toda la ciudad pasa por aquí, los tejados de pizarra, las chimeneas torcidas, de carbón, de tinta, de aceite. Tú arrastras las espigas de los árboles, azotas con los tonos mostaza las fachadas, las cornisas, las cimas de los edificios, y siempre la luz recia, oblicua, la luz que cae en ráfagas, se araña en los ángulos, se choca con las bordas, toda la ciudad es un torbellino, ella también se ausenta de su propia vida.
París seguirá siempre en tu enorme corazón de patoso sin remedio. Me seducirás, además, mucho más tarde, como con efecto retardado, con una tarjeta navideña parisina, aquella Navidad de 1923, con aquellos versos de Verlaine, La luna blanca: soñemos, es la hora… Es la hora exquisita. Y tu último cuadro, los Dos comediantes, volverá a ser un homenaje a este país, a esta ciudad, un guiño a los Niños del paraíso de Marcel Carné, una última pirueta de tu maldito mimo Marceau, quien, como tú, casi no articula las frases, espera siempre a que la vida lo agarre, mendiga con los ojos, con los brazos colgando, y se queda ahí, cascarrabias, longilíneo, tieso como un plumero, hasta tal punto que dan ganas de darle una bofetada.
Y, sin embargo, en tus ojos pían los pájaros. Quieren salir de este dormitorio, encender la mecha, tirar las fundas, los sillones, los travesaños, quieren, suplican que la vida prenda fuego al fin, y no sea este adormecimiento, esta faja que aprieta, esta cáscara rígida que encastra todo el cuerpo de la nuca a la pelvis. Porque tú, bobalicón mío, eres de esos que quieren agotar las posibilidades pero no se atreven a mirar más allá de la punta de su nariz. Eres de esos que quieren ser ellos mismos, hasta el final, quieren descubrir a todos los que los habitan, sin descanso, pero que siempre vuelven al punto de partida, que se calan con los primeros bandazos y enseguida se ponen en punto muerto.
