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Cuando existe una voz que se pretende la única verdad, es inevitable que otras recurran al grito para explicar su diferencia. Así, Susan Griffin entreteje estas voces —parodia la cultura patriarcal y hace hablar a las vacas, al bosque y al cuerpo— para exponer la idea de mujer y la de naturaleza creadas por una cultura empeñada en la dominación. Desde Platón hasta Jane Goodall, pasando por Darwin y Hannah Arendt, el texto propone una forma nueva de ver y nos insta a tener el valor de cuestionar cómo entendemos el mundo y nuestra identidad. Un ensayo que desprende poesía y que inauguró, en los años 70, el ecofeminismo en Estados Unidos, por primera vez en español. Mujer y naturaleza, una de las piedras angulares de la literatura feminista del siglo xx, muestra lo destructivo de desligar el cuerpo del alma, la emoción de la mente, la cultura de la naturaleza, y cómo volver a unir lo que hace tanto tiempo que está separado. «¿Por qué ruge?», preguntan. Llegan a la conclusión de que el rugido debe estar dentro de ella. Deciden que deben ver el rugido que hay en su interior. Concluyen que no tiene alma, que no distingue el bien del mal. «Tranquilízate», le gritan. «Pórtate bien, confía en nosotros», le exigen. «Tenemos alma», proclaman, «sabemos lo que», se acercan a ella con sus conocimientos en medicina, «te conviene». Ella no entiende su lenguaje. Los devora.
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Seitenzahl: 509
Veröffentlichungsjahr: 2025
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El rugido en su interior
TÍTULO ORIGINAL
Woman and Nature: The Roaring Inside Her
© 2016, Susan Griffin
en acuerdo con Counterpoint Press, su agente de 2 Seas Literary Agency y su co-agente de SalmaiaLit
Publicado por
Plankton Press S. L.
C/ Hernán Cortés, 3
29679 Benahavís (Málaga)
www.plankton.press
Primera edición en Plankton Press: febrero 2024
© de esta edición, 2024, Plankton Press S. L.
© de la traducción, 2024, Gudrun Palomino
ISBN: 978-84-19362-08-7
eISBN: 978-84-19362-33-9
Depósito legal: MA 1239-2023
Fotografías originales de cubierta: Landon Parenteau y Leonid Shaydulin, Unsplash
Diseño de cubierta: Ana Cordero Lanzac
Edición: Claudia Pérez Herrero
Maquetación: Álvaro López
Impresión y encuadernación: Kadmos
Impreso en España - Printed in Spain
Tipografía: Sabon
Reservados todos los derechos. No está permitida la reproducción total ni parcial de esta obra ni su almacenamiento, tratamiento o transmisión de ninguna manera ni por ningún modo sin autorización previa por escrito del titular de los derechos, salvo para uso personal y no comercial.
SusanGriffin
El rugido en su interior
Traducción de Gudrun Palomino
Plankton Press
2024
Estas palabras están escritas para aquellas de nosotras cuyo idioma no se escucha, cuyas palabras se han robado o eliminado, aquellas a quienes les han quitado su lengua, a las que se llama mudas o silenciadas, incluso para los gusanos de tierra, incluso para los moluscos y las esponjas, para aquellas de nosotras que hablamos nuestro propio idioma, y
este libro está dedicado con mucho cariño a Adrienne Rich, por su amistad y por sus palabras
Prefacio por Azahara Palomeque
Introducción A la tercera edición
Prólogo
Primera parte Materia
Materia
Tierra
Madera
Viento
Vacas
Mulas
El espectáculo de caballos
Su cuerpo
Segunda parte Separación
Donde él empieza
Su poder
Su vigilancia
Su conocimiento
Su control
Su certeza
Su cataclismo
Sus secretos
Terror
Tercera parte Camino
El laberinto
La cueva
Cuarta parte Su visión
Lo separado se une
Misterio
La abertura
Nuestros sueños
Nuestra ira de siempre
León en la guarida de los profetas
Posibilidad
Transformación
Claridad
Materia reconsiderada
Los años
Nuestra naturaleza
Esta tierra
Bosque
El viento
Materia
Agradecimientos
Notas
Bibliografia
It is written that the meaning of woman is to be meaningless.
«Se escribe que el significado de la mujer es ser insignificante». Esta afirmación punzante, abrasiva, se encuentra clavada en la obra que la lectora tiene entre las manos, y condensa, de alguna manera, la inteligencia de su autora. El tono impersonal, para el que emplea una voz pasiva que evoca la autoridad patriarcal, nos remite a la legitimidad contenida en la lengua escrita, esa de la que suele carecer la oralidad. El juego de palabras en torno al verbo «significar» demuestra una sensibilidad poética que va a ser omnipresente, utilizada como herramienta de cuestionamiento y desestabilización del lenguaje hegemónico. La mujer, como categoría, ente colectivo y antiespecista, actúa en todo momento en el papel de protagonista de una historia de opresión, discriminación y muerte que necesita ser revertida.
Susan Griffin (Los Ángeles, California, 1943) es una artista de aquello que puede ser construido apenas con vocabulario, es decir, el mundo entero, y este libro magistral al que se le ha atribuido nada menos que haber lanzado el ecofeminismo en Estados Unidos, a partir de su publicación en 1978, lo prueba con creces. Por qué llamamos «carne» a lo que son animales domesticados, cazados, para alimentarnos; en qué momento la Tierra se transforma en una entidad silenciada para referirnos a territorios o terrenos; qué oculta la «madera» sino un asesinato de árboles; cuándo una mujer no fue tal, sino cuerpo despiezado: la piel, el cabello, el pecho, la vulva o el útero. El acto de nombrar, alerta Griffin, es un ejercicio de poder, y se vuelve imprescindible deshilachar esa madeja histórica para, como alegaba Foucault en 1969, hacer arqueología del saber. Pero, a diferencia del filósofo francés, Griffin se adentrará en un proyecto tan ambicioso como rico en referencias culturales, tejido mediante prosa poética, pues la pensadora es consciente de que la poesía también conforma el código de la música, del baile y el cuerpo, y su objetivo primordial clama el fin de la maliciosa dicotomía naturaleza contra cultura, o cuerpo contra alma, que tanto daño ha causado en nuestras sociedades. El atrevimiento, gozoso de leer y, a la vez, enriquecedor para nuestras cabezas reflexivas, bien merecía una primera edición en español.
Maldito dualismo
Griffin no es socióloga ni historiadora, sino poeta, pero una muy especial que consigue amalgamar la armonía del verso incisivo a partir de numerosos recursos lingüísticos, en su mayoría procedentes de las vanguardias, como el empleo de los ritornelos, la alternancia de voces en apariencia contradictorias, el flujo de conciencia y hasta el caligrama, con un análisis de las concepciones hegemónicas de la Historia (con mayúscula) y la naturaleza y, con ello, del racismo y el machismo estructurales, en un texto que podríamos considerar un palimpsesto. Capa sobre capa, se va adivinando una intertextualidad que la autora no disfraza (su bibliografía es amplísima), aunque tampoco alardea de ella: Mujer y naturaleza no guarda más pretensiones enciclopédicas que amor por la artesanía lírica. Para descifrar el jeroglífico debemos, quizá, remontarnos a la filosofía griega, concretamente a Platón, y luego emprender un viaje apasionante por el cristianismo, las devastadoras hazañas colonizadoras, hasta llegar a la revolución industrial y, finalmente, nuestros días. Griffin entiende que la división entre la materia, las cosas vivas que podemos oler y tocar, y el mundo de las ideas al que es imposible acceder encerrados en la caverna platónica fue, de manera progresiva, dando lugar a esa partición entre el cuerpo y el alma, donde a la mujer le tocó estar más cerca del primero.
Así, nos dice que Dios no es corpóreo, pero paradójicamente «él es la realidad última». Esta aparente incongruencia ontológica culminará en lo que ha venido a llamarse «dualismo cartesiano» a partir de la máxima del filósofo René Descartes contenida en su Discurso del método (1637): «pienso, luego existo». El raciocinio pasa a configurarse como característica esencial de lo humano, y será esta premisa la que inaugure la ya manida Ilustración, nuestra era de las luces. El problema, advierte Griffin, es que eso conllevaba la relegación a un segundo plano no solo de la naturaleza —ente exterior juzgado como surtidor ilimitado de recursos y susceptible de ser dominado por el supuesto homo sapiens—, sino de millones de criaturas asimiladas a dicho universo natural: las razas «otras», las mujeres, los animales, carentes tradicionalmente de razón. En este sentido, por el ensayo lírico van transcurriendo hitos como el desarrollo de la ciencia: mecanismo para cuantificar y, por ello, controlar una Tierra traducida a leyes naturales inamovibles; o como la esclavitud, que ponía a disposición de los adalides de la Civilización a pueblos enteros. Como el machismo, la misoginia, el desprecio a una mujer atravesada de cuerpo: fertilidad última para servir al hombre, especialmente el hombre blanco. Lo admirable es que la autora no necesita recurrir a la redacción de un tratado para deslumbrarnos con su sabiduría. Lo va soltando todo en cápsulas, en gritos silenciosos o perlas metafóricas: conocemos que la Biblia describió a Eva como surgente de una costilla de Adán, mero complemento, que Darwin estudió la evolución de las especies y la mujer resultó menos evolucionada que sus compañeros, que los «descubrimientos» coloniales se produjeron a costa de reducir a las gentes nativas.
La Historia Otra
De aquí surgiría una Historia ya canónica cuya periodización merece ser sacudida: ¿por qué lo llamamos Modernidad, progreso, si se condenó a una mayoría de los habitantes del planeta a la ignominia y el sometimiento? ¿No será que alguien se equivocó al nombrar y precisamos construir otros lenguajes? ¿Cuánto dolor causó el antropocentrismo, el darwinismo o incluso el psicoanálisis? Ante esta última y dudosa disciplina, Griffin se rebela: contra la histeria, contra la noción de mujer como macho castrado, contra la criminalización de nuestra sexualidad. Pero, ¡ah!, lejos de articularlo como un libro iconoclasta, demoledor de epistemologías tiránicas, pirómano de saberes anteriores, ella elabora, teje, arcilla y compone para que no nos devore el vacío. Frente a la voz pasiva refleja del «se escribe», «se dice», como espejo de una jerarquía donde la masculinidad ocupa los primeros lugares, va naciendo otro hablar que inaugura sujetos políticos, un «nosotros» femenino que reivindica su tiempo y espacio. Durante la primera y la segunda parte, su enunciación es tímida, a veces parentética, breve… A partir de la tercera parte, «Camino», ella y ellas son las que enarbolan otra narrativa, igualitaria y respetuosa, y ahí se tambalean los cimientos del aprendizaje bajo las cadenas cognitivas imperialistas, racistas, androcéntricas… Las etapas históricas podrían, por lo tanto, trazarse con las marcas delineadoras de la primera violación de una mujer, o del día que nos prohibieron leer, o de los siglos durante los cuales no tuvimos derechos —argumenta—. Podríamos defenestrar las lógicas teleológicas del marxismo, su confianza en la lucha de clases como motor del progreso, o la supervivencia del más apto aplicada al capitalismo —avisa—. Podríamos las mujeres ser agentes productores de conocimiento y, además, no renunciar a danzar con los árboles, con el viento, como augura uno de los últimos poemas. Podríamos, finalmente, reconocer de una vez que estamos hechas y hechos de esta Tierra, y que la Tierra se fertiliza con nuestros órganos y sangre.
Periodizar a la contra es lo que hace Griffin, desde un pensamiento heredero de los años sesenta del siglo xx, momento en que, como examinó Fredric Jameson, los nativos del mundo se levantaron y se convirtieron en seres humanos. Mujer y naturaleza bebe de ese tramo de temporalidad tan convulso que ha sido categorizado como la cuna de lo que hoy se entienden como identidades: entre los nativos se encontraban comunidades indígenas y naciones colonizadas —recuérdense las guerras de independencia en África, por ejemplo—; el activismo negro dentro de Estados Unidos que, en el contexto de las luchas por los derechos civiles, consiguió victorias como la aprobación de la ley del voto (1965), el feminismo en pie en figuras del calibre de bell hooks o Simone de Beauvoir, el Mayo del 68 francés, la Revolución cubana y sus grandes hitos en política exterior —denunciar el imperialismo del gigante del norte, cortar lazos— o en políticas sociales —eliminar el analfabetismo en poco más de un año—, etcétera. Este es el espíritu que recorre las páginas que la lectora tiene en las manos, aunque fuesen escritas en la década de 1970.
Brujas renacidas
En el nuevo paradigma que pretende inaugurar Susan Griffin, las brujas que fueron injustamente condenadas a la hoguera, asesinadas, calcinadas durante la Edad Media, renacen. Si se me permite una reapropiación del término, lo cierto es que este ensayo está lleno de ellas (de nosotras), y las gotas de sus pócimas y ungüentos van llenando el texto en forma de citas. Poco a poco, Griffin rinde homenaje a aquellas mujeres cuyo saber ha sido fuente de inspiración de alguna u otra forma: Mary Wollstonecraft y su Vindicación de los derechos de la mujer (1792), los múltiples escritos de Simone Weil, la pintura —tan polémica por la inquietante silueta vaginal de sus flores— de Georgia O'Keeffe, las enseñanzas de Audre Lorde, o de Adrienne Rich, a quien dedica el libro. También ocupan un lugar privilegiado la filósofa judía Hannah Arendt, cuya crítica exhaustiva del totalitarismo había sembrado, en 1951, uno de los primeros gérmenes del cuestionamiento de la Modernidad como máquina de matar estratégicamente ensamblada, y la pionera del ecologismo Rachel Carson, autora de Primavera silenciosa (1962), un canto a la vida engranado como acusación ante la ubicuidad de pesticidas y su potencial para la extinción. Son solo algunas creadoras, intelectuales, presentes en una obra que también se hace cargo del sufrimiento femenino anónimo en escenas sobrecogedoras. Griffin narra con detalle el dolor de una vaca lechera cuando, mecanizado e industrializado su cuerpo, le arrebatan al ternero, pasaje durísimo porque lo proyecta entreverado con una voz de mujer humana parturienta. La violencia obstétrica —antes de ser clasificada así— plasmada en partos naturales, cesáreas, histerectomías… es asimismo descrita, al igual que intervenciones quirúrgicas tan agresivas como la de aumento de pecho o la mismísima ablación del clítoris.
Mujeres silentes cuya anatomía ha sido víctima de las mayores aberraciones; mujeres sintientes y pensantes, algunas autoras, pero todas dignas del vuelco histórico que destierre por fin el dualismo que las relega al pozo de la historia; brujas de ayer y hoy a la espera, o en la pelea, por que las cosas cambien de rumbo y signifiquemos. Un clamor político y literario que nos zarandea y acaricia a partes iguales, como solo consigue la mejor poesía. Gracias por hechizarnos con tus palabras, Susan.
Córdoba
16 de octubre de 2023
Cuando empezaron a surgir en mi mente las ideas de este libro, la atmósfera estaba cargada de electricidad, con chispas por los cambios que ocurrían en todas direcciones. En contraposición a lo ocurrido en la primera década del siglo xxi, no era la revolución tecnológica que presenciamos durante los primeros años de la década de los setenta. Eran otros tiempos. Los libros y las ideas parecían mucho más importantes que las máquinas que se utilizaban para imprimirlos y distribuirlos. No había ordenadores. Escribí este libro a mano, en cuadernos de espiral y con una pluma estilográfica, y después piqué el texto con una máquina de escribir.
En retrospectiva, quizá las tendencias luditas que flotaban en el aire eran los primeros signos en mi generación de una comprensión incipiente de que, si queremos salvarnos a nosotros mismos y al planeta que nos sustenta, es necesario que haya un cambio monumental, tanto en nuestra forma de pensar como en nuestra forma de vivir. En aquel momento, ya fuera por el resurgir de la artesanía o por el deseo de una vida más sencilla en el campo, estas tendencias me parecían llamativas. (Durante un breve periodo de tiempo, incluso tejí a ganchillo varias cosas inútiles). Y aunque mi elección de escribir a mano no era un gesto consciente de resistencia, me di cuenta de que este proceso más pausado fomentaba un estado mental más contemplativo, uno que desafiaba la dirección hacia la que se orientaba con rapidez gran parte de la sociedad.
En la ortodoxia dominante, una que sigue vivita y coleando, la lentitud indica despilfarro, la rapidez se alía con la productividad, la productividad con el progreso, el progreso con un aumento del nivel de vida, uno que incluye muchos aparatos que, a su vez, permiten aún más rapidez. Sin embargo, en los años sesenta ya se había empezado a desarrollar una visión alternativa de la sociedad. Mientras que un movimiento estudiantil de poder se unía para restaurar el derecho a la libertad de expresión para reclamar igualdad y derechos civiles y para protestar contra los ensayos nucleares, los hippies se reunieron para acoger la expansión de la consciencia a través de la música, las drogas y la vida comunitaria. Y si al principio, al menos aparentemente, estos movimientos parecían tener poco que decir acerca de las mujeres o la naturaleza, a medida que crecieron y se adaptaron, crearon una atmósfera en las que un libro como este podía surgir.
En muchas ocasiones, en reuniones o durante manifestaciones, he escuchado exhortaciones apasionadas de pasar de la palabra a la acción. Y, al mismo tiempo, en algunos círculos académicos, la acción política está mal vista, como si participar en cualquier movimiento corrompiera la clarividencia de pensamiento. Pero, según mi experiencia, el proceso real de cambio es mucho más complicado de lo que permite cualquiera de estos dos bandos en conflicto. Por alguna alquimia que aún no se ha explorado, participar en una huelga o una manifestación puede abrir la mente a ideas nuevas y, a la inversa, un flujo constante de ideas y perspectivas nuevas es fundamental para que cualquier movimiento de cambio sea eficaz.
Por lo tanto, los años sesenta fueron un periodo ferviente, no solo en la práctica, sino también en el pensamiento. Junto con mis compatriotas leí —o podría decirse que devoré— libros y artículos que desafiaban una gama amplia de suposiciones, sobre todo, desde el cuerpo hasta el cuerpo político. La próxima vez el fuego de James Baldwin me hizo pensar en una dirección, mientras que El cuerpo del amor de Norman O. Brown o La política de la experiencia de R. D. Laing, en otra. La combinación de ideas y acciones era fuerte. Mientras las descripciones elegantes de James Baldwin sobre los efectos del racismo se mezclaban con mi experiencia de protestar contra la discriminación en la contratación de personal en un hotel importante de San Francisco, se fraguó una nueva comprensión de mi propia vida. Encontré la voluntad y la fuerza para oponerme a la injusticia, a la vez que heredé vocabulario nuevo para describir la desigualdad, un lenguaje nuevo que con el tiempo me permitió ver cómo también me oprimían por ser mujer.
A principios de los sesenta leí con admiración el volumen clásico de Simone de Beauvoir, El segundo sexo. Pero en aquellos años había aceptado la opinión generalizada en el movimiento estudiantil de que los derechos de la mujer ya se habían conseguido. Nadie que yo conociera parecía percibir el prejuicio condescendiente en el término «viejecitas con deportivas», como se llamaba a las mujeres del movimiento ecologista emergente, incluida a la fantástica Sylvia McLaughlin y a sus amigas Kay Kerr, esposa del decano de la Universidad de California en Berkeley, y Esther Gulick, esposa de un miembro de la facultad, que juntas consiguieron salvar la bahía de San Francisco de convertirse en un vertedero de residuos industriales.
Aunque yo era dolorosamente consciente de que tanto mi madre como mi abuela habían sido prisioneras de los roles femeninos prestablecidos, estaba convencida de que los tiempos habían cambiado y de que mi vida sería diferente. Pero, como con muchas mujeres que formaron parte de la segunda ola del feminismo, una vez que me gradué de la universidad me encontré con una barrera implacable de prejuicios en mi lugar de trabajo y, con el tiempo, después de casarme, en mi propia casa.
Como ha demostrado la historia, no estaba sola en mi insatisfacción. Ahora, la costumbre de denunciar las injusticias me serviría a mí y a muchas mujeres de otra forma. En reuniones informales pequeñas, en salones, las mujeres empezamos a hablarnos con honestidad de nuestras frustraciones y decepciones. Las confesiones sobre la carga interminable de la vida doméstica y la crianza de los hijos, o la discriminación que sufríamos en nuestros lugares de trabajo, allanaron el terreno para las historias sobre violaciones y abortos que antes nos daba vergüenza compartir. Poco a poco, nuestra aparente autocomplacencia fue cayendo en saco roto.
En los cimientos de esta honestidad compartida, la base de muchas percepciones transformadoras e ideas creativas, empecé a pensar y escribir sobre mi experiencia como mujer de otras formas, completamente nuevas para mí. Después de publicar conversaciones con mujeres que habían abortado de manera ilegal, me decidí a escribir sobre violaciones. Aunque nunca me habían violado, era consciente de lo mucho que había ensombrecido mi vida el miedo a ser violada, que hizo que me quedara en casa por la noche muchas veces o tuviera miedo de estar yo sola. A partir del trabajo de un sociólogo1 que había investigado sobre hombres condenados por violación y de mis propias entrevistas con víctimas y con la policía, llegué a la conclusión de que las violaciones no estaban motivadas por un simple deseo de placer sexual, sino por el deseo sexual entremezclado con el deseo de dominación mediante agresiones y violencia.
Era una observación que, al cabo de los años, me llevaría a reflexionar sobre la actitud de la cultura occidental hacia la mujer y la naturaleza, un pensamiento que se combinó con un flujo constante de percepciones que cambiaban según la postura de mis diferentes fuentes, que parecían unirse en lo que equivalía a una revolución cultural anárquica, gran parte de la cual tenía lugar en la Costa Oeste. Esta conmoción apasionante de la imaginación recordaba la Concord de Emerson, Thoreau y Louisa May Alcott, o el París de Gertrude Stein y Hemingway en los años veinte.
Pienso, por ejemplo, en los poetas beat, entre ellos Gary Snyder, que utilizó como tema encuentros preciosos y evocadores con una naturaleza llena de inteligencia, o Michael McClure, que escribió «I am beast o beauteous music glorification», o Diane di Prima, que trazó la sabiduría de los lobos en el ciclo de poemas titulado Loba, y los Diggers, que mezclaron la visión de una igualdad económica con la comprensión de que incluso nuestros pensamientos están determinados por los puntos de inflexión que vivimos. Y en esta mezcla de obras me parece especialmente importante Technicians of the Sacred, de Jerome Rothenberg, un libro de poemas de culturas indígenas de todo el mundo que, en lugar de oponer materia y espíritu, veían estos conceptos como indivisibles.
El movimiento feminista, tanto en la Costa Oeste como en la Este, también tuvo su poesía propia, que describía la vida tal y como la veían las mujeres entonces, con honestidad viva, cánticos emotivos, ingenio e ironía. Versos que arrancan de raíz nuestras vidas, como el de Judy Grahn (de su Book of the Common Woman [sic]), «y el trabajo todo el trabajo / que hiciste en / casa / que nunca te pagaron», o de Adrienne Rich: «Dos mujeres se sientan en una mesa junto a una ventana. La luz se rompe / desigual en ambas / de su charla saltan chispas». Revelan los miedos a los que nos enfrentamos, como el coreopoema de Ntozake Shange For Colored Girls Who Have Considered Suicide When the Rainbow Is Enuf. Se representó para un gran público, ruidoso, que incluso alborotaba, zapateaba, gritaba, lloraba y reía; este poema daba palabras a lo que no se decía. «Si una mujer contara la verdad sobre su vida, el mundo se abriría en canal», escribió Muriel Rukeyser, y esto es lo que estaba pasando.
Como la poesía fue mi primer medio de escritura, me sentí como en casa en este género. Me parecía natural escribir Mujer y naturaleza en una serie de poemas en prosa (una forma de escribir que había encontrado en la poesía de la resistencia francesa de René Char). La poesía es subversiva por naturaleza; su musicalidad puede llevarnos por debajo de la ola de suposiciones, aparentemente implacable, que ha dominado la cultura occidental, ideas que no se han investigado, que nos alejan de la naturaleza y del mundo material, incluido nuestro propio cuerpo.
No era la única que desafiaba esta alienación. Naturalistas desde Thoreau a Aldo Leopold lo habían hecho mucho antes. Y en este periodo de tiempo también encontré apoyo en la gran variedad de movimientos somáticos que se practicaban en Berkeley o en Esalen, que exploraban la sabiduría del cuerpo humano y convocaban un potencial de curación. Mientras escribía, empecé a reclamar una parte de mí a la que había renunciado antes por irracional, el sentido de comunión directa con todo lo que hay en la Tierra, algo que solo había mantenido en mi poesía.
La conexión entre la injusticia social y la denigración de la naturaleza era una que yo también había heredado de escritores que, al analizar el racismo, habían delineado la forma en la que el prejuicio blanco se imagina a sí mismo más cercano al espíritu y ve a la gente de color como más sensual, incluso bestial, presa de las tentaciones de la carne y, por lo tanto, más cercana a la naturaleza. Solo hacía falta dar un paso más para ver que la cultura occidental había puesto a las mujeres en la misma categoría.
El trabajo de otras pensadoras feministas resultó crucial para el desarrollo de este libro. En aquellos tiempos candentes, parecía que una visión nueva y asombrosa viajaba casi cada día a lo largo de las líneas informales de comunicación que habíamos establecido, y no por internet o correo electrónico, que entonces no existía, sino a través de cartas, llamadas telefónicas, reuniones, conversaciones con café de por medio, publicaciones pequeñas, alimentadas por las amistades apasionadas que se desarrollan durante cualquier movimiento de liberación. Por ejemplo, Julia Stanley Penelope había publicado una crítica (utilizando la deconstrucción mucho antes de que se empleara ese término) que señalaba el amplio uso de la voz pasiva en la escritura analítica de expertos masculinos, y demostraba con destreza que esta sintaxis ocultaba quién decía, hacía o pensaba qué sobre quién y, por tanto, ocultaba estructuras inherentes de poder. Su estudio en el campo de la lingüística me inspiró para utilizar la voz pasiva en la primera sección del libro, en la que comparo las afirmaciones que filósofos y científicos han hecho durante siglos, menospreciando la materia y la naturaleza con afirmaciones similares a las que hacían sobre las mujeres.
Desde el principio, este libro también estuvo influenciado por pensadoras feministas que miraban de forma crítica estas doctrinas, mitos e historias en religiones dominantes que imaginaban la divinidad como masculina, y de esta forma justificaban el abuso y la opresión de las mujeres. Cuando me pidieron dar una conferencia sobre la mujer y ecología para una clase en la Universidad de California, comparé la aserción teológica de que Eva había traído la muerte al mundo por escuchar a una serpiente con la costumbre, muy extendida entonces, de culpar de la contaminación a los hogares y a las amas de casa en lugar de a las prácticas industriales de empresas. Esta conferencia me dio la idea de escribir un libro sobre el tema.
Poco después, en una reunión en Berkeley, iba a conocer a la escritora e historiadora de la ciencia Carolyn Merchant, que estaba trabajando en un tema tangencial, «mujer, ecología y la Revolución Científica». (Su libro La muerte de la naturaleza se publicó dos años después de Mujer y naturaleza). Pudimos compartir recursos y puntos de vista y, no menos importante, nos infundimos valor la una a la otra al poner en entredicho tantas suposiciones convencionales.
No estábamos solas. Mientras escribía este libro me llegó la noticia de la publicación del ensayo Ecoféminisme ou mort,2 de Françoise d'Eaubonne, una feminista francesa. Entendí inmediatamente el significado del título. Aunque no pude encontrar ningún ejemplar, solo por el título sentí una resonancia que atravesaba continentes. Durante mi investigación, encontré a la científica del siglo xix Ellen Swallow, que introdujo el término «ecología», del biólogo alemán Ernst Haeckel, al público estadounidense mientras luchaba contra la contaminación industrial. Y durante estos años, muchas feministas estadounidenses se enteraron de la existencia del movimiento Chipko, un movimiento de mujeres para salvar árboles que llevaba protestando contra la destrucción de bosques en la India desde el siglo xviii.
No mucho después de la publicación de nuestros libros, surgió un movimiento ecofeminista internacional que incluía una gama amplia de esfuerzos, desde la labor de la científica y activista Vandana Shiva en favor de la agricultura sostenible en la India, hasta el trabajo de Linda Hogan que expresa la cultura de las mujeres nativas estadounidenses, pasando por el Movimiento Cinturón Verde de Wangari Maathai, en Kenia, y la resurrección de WICCA por parte de Starhawk, además de un sinfín de organizaciones que aún hoy vinculan las opresión de la mujer con los problemas medioambientales mundiales.
Hace muchos años, mientras escribía Mujer y naturaleza, la lucha contra un orden social disfuncional y las ortodoxias que lo mantienen, una lucha que continúa hoy en día también tuvo lugar, a un nivel simbólico, en mi interior. Notaréis que el libro tiene dos voces. Escribí la primera sección en lo que ahora considero una parodia de la voz patriarcal, una que hace declaraciones utilizando verbos pasivos («se decide que»), como si esos pronunciamientos no los hicieran personas, sino que procedieran de una autoridad inexpugnable, por encima de los errores o del prejuicio.
Pero antes de elegir esta voz, ya había escrito otras partes con una muy distinta, utilicé la primera persona del plural encarnada, como en el primer fragmento que escribí para este libro, llamado «Plutonio». «Oímos que existe una sustancia y que se llama plutonio». Recuerdo muy bien una noche que me desperté con sudores fríos, preocupada por haberme creado un problema irresoluble al escribir con dos voces, hasta que, tras dormirme y despertarme de nuevo, me di cuenta de que el conflicto entre estas dos perspectivas daría al libro una estructura narrativa dramática.
El conflicto que da forma a este libro no es, como algunos han supuesto de forma errónea, entre hombres y mujeres. El libro se titula Mujer y naturaleza en vez de «Mujeres y naturaleza» por una razón. Aunque describo experiencias de mujeres, el tema del libro es la idea de la mujer creada por una cultura empeñada en la dominación tanto de la mujer como de la naturaleza. Los hombres tampoco son necesaria e individualmente los antagonistas, tanto como sí lo es el pensamiento que subyace a la dominación masculina. (Y no hace falta ser hombre para permitirse esta forma de pensar).
Sin duda, esta oposición reflejaba un conflicto interior que yo había vivido, como probablemente muchos de nosotros en el mundo moderno, entre dos visiones diferentes de mi existencia, mis primeras experiencias hablando con mi perra, y saber que me entendía muy bien, o escuchando la música del viento en los árboles como si fuera un mensaje divino, y una educación que me enseñó que atribuir inteligencia y espíritu al mundo natural era entregarse a un estado mental ingenuo, algo que se llamó, de forma reveladora, «una falacia patética». Yo había sido una buena estudiante, aprendía la terminología y absorbía la actitud. Sin embargo, como poeta, a través de metáforas y música, retuve ese estado mental prohibido. Al final, debía recuperar lo que sabía de los muchos días y noches que pasé durante mi infancia en las High Sierras, cuando contemplaba maravillada los árboles que se erigían tan por encima de mí que expandían mi imaginación, sumergiéndome en una piscina helada de color turquesa, me sobresaltaba con la conciencia nítida, me estiraba sobre las rocas que me rodeaban, esculpidas por el tiempo, cálidas por el sol y reconfortantes más allá de toda medida, absorta por la luna naranja casi tan grande como el cielo, que se elevaba sobre una cresta oscura, miraba fijamente a un cielo resplandeciente lleno de estrellas y sentía que siempre habría más en el mundo de lo que yo era consciente o podía explicar; al borde del océano Pacífico, arrastrada por una ola, la sensación era única, no se parecía a nada que hubiera sentido antes, estaba llena de un conocimiento que no puedo expresar con palabras; de pie en la quietud del desierto de Mojave, el silencio no era un concepto, sino una fuerza palpable. Y cuando era muy pequeña, aún en ese inestable Valle de San Fernando, miraba al campo de hierba que se movía con el viento, me enamoraba de ese baile que parecía dar sentido al mundo caótico de mi infancia. Al final, todo esto ha continuado en mí, me ha guiado y se ha convertido en lo que soy ahora.
Por eso dediqué el libro a las criaturas sobre las que Descartes declaró que sería ridículo imaginar que tuvieran alma. Y por eso ahora, mientras pienso en las generaciones futuras, terminaré esta introducción con un ruego. Al encontrarnos hoy a punto de destruir el mundo natural que nos ha sustentado, tengamos el valor no solo de cambiar para utilizar tecnologías sostenibles, sino de cambiar nuestra forma de ver el mundo y a nosotros mismos.
Susan Griffin
Berkeley
Mayo de 2016
A la segunda edición
Han pasado dos décadas desde que escribí Mujer y naturaleza: el rugido en su interior. Si se compara con la escala evolutiva, el tiempo que tardaron, por ejemplo, las primeras células vivas en convertirse en árboles o animales o seres humanos, veinte años parecen un periodo de tiempo muy corto. Sin embargo, el libro se escribió en medio de una crisis que se ha profundizado en los años siguientes. Cuando la vida tal y como la conocemos pende de un hilo, incluso los momentos más pequeños pesan más.
Ya pensaba en el destino de la Tierra hace veinte años. Pero antes era más optimista de lo que soy ahora. Antes los tiempos eran, en general, más optimistas; no porque el mundo fuera un lugar mejor, sino porque la atmósfera estaba cargada de perspectivas mejores. En 1974, cuando empecé a escribir este libro, muchas mujeres y hombres de mi generación reflexionaban sobre las formas en las que vivimos y sobre cómo podemos crear un mundo más justo. Nos hacíamos preguntas exploratorias y minuciosas sobre la raza y la sexualidad, sobre la violencia y el poder, y durante el proceso escudriñamos la cultura que habíamos heredado en busca de pistas sobre cómo podríamos ver todo de forma diferente y, así, cambiar.
A mediados de los años setenta, mientras daba clases y escribía, me interesé en una noción estereotípica y antigua sobre las mujeres. La suposición de que estas están más cerca de la naturaleza que los hombres es algo omnipresente en la complejidad del arte y de la literatura europeos, y parece formar parte inseparable de la mayoría de los textos filosóficos y científicos —incluso está incrustada en la estructura de los idiomas europeos—. Dicha noción no es un cumplido. En la geografía jerárquica de la tradición europea, no solo los seres humanos están por encima del resto de la naturaleza, sino que los hombres están más cerca del cielo que las mujeres. En resumidas cuentas, la idea de que las mujeres están más cerca de la naturaleza es un argumento para la dominación masculina.
Durante la mayoría de los días más emocionantes del feminismo, algunas convirtieron la idea en su mente y razonaron que, en efecto, las mujeres están más cerca de la naturaleza, una proximidad que nos hace superiores, y no inferiores, a los hombres. Del mismo modo, la taxonomía de las virtudes por las que nos dominan los hombres —la capacidad de razonar y poder mantener la sangre fría— se revocó. La propia racionalidad se convirtió en algo sospechoso y se consagró la sensualidad apasionada.
No comparto la idea de que las mujeres están más cerca de la naturaleza que los hombres, ni en la manera tradicional de la idea, ni tampoco en la invertida. Todo lo que existe en la Tierra, incluso el pensamiento racional, forma parte de la naturaleza. Así, que un elemento esté más cerca de la naturaleza que otro me parece implausible. Sin embargo, sí me parece muy posible que un género sea más consciente de formar parte de la naturaleza que el otro. E incluso esta diferencia en la conciencia se tiene que tratar con sutileza. Hoy en día, en gran parte gracias al movimiento feminista, muchas más mujeres abandonan los roles femeninos tradicionales y, en algunos casos, muchas han llegado a estar tan alejadas de la conciencia del proceso natural como cualquier hombre. Pero ni siquiera las mujeres que tienen un conocimiento más directo sobre el tema de la existencia terrenal, porque desempeñan papeles domésticos, nacen con esta proclividad. Como escribió Simone de Beauvoir a mediados del siglo xx: «No se nace mujer, se llega a serlo». Y lo mismo se puede decir de la tendencia de algunos hombres no solo de pensar sobre ellos mismos alejados de la naturaleza, sino de posicionarse distanciados de los propios procesos vitales. Este comportamiento tiene menos relación con la genética que con cualquier otra tendencia. Cuando las civilizaciones llegan a encarnar algunas ideas a través de la influencia del arte, de la ciencia y de las instituciones, nosotros, que somos los ciudadanos de dichas civilizaciones, nos llegamos a parecer a dichas ideas. Como escribió Oscar Wilde, «la vida imita el arte».
Si la sociedad ha logado moldear a los hombres y a las mujeres según un conjunto de ideas que, al final, disminuye la naturaleza humana, ahora estamos peligrosamente cerca de moldear la Tierra según una filosofía que no solo limita, sino que incluso borra la naturaleza. Por muy lógicos que parezcan los argumentos para controlar a las mujeres y la naturaleza, ocultan una falta de lógica profunda, un miedo intenso, en efecto, un miedo que sirve de motor para una civilización en retirada de los procesos naturales que deben incluir, y que incluyen, el cambio y la pérdida, la vulnerabilidad, el auge y la pérdida de poder, la mortalidad. La asociación entre las mujeres y la naturaleza no solo ha servido para oprimirlas, también ha funcionado como una estrategia para negarnos, un medio para eludir la simple verdad de que la existencia humana está inmersa en la naturaleza, que depende de la naturaleza, y que es inseparable de ella. Al imaginar a las mujeres más cerca de la naturaleza, es posible imaginar a los hombres más lejos de la misma. Y, de esta forma, tanto hombres como mujeres pueden permitirse la fantasía de que la condición humana se puede librar de la mortalidad, así como de las exigencias y las necesidades de la limitación natural.
Es muy popular ahora elogiar con términos entusiastas el libre mercado, como si el mercado no solo no tuviera relación alguna con necesidades terrenales, sino que además fuera un concepto en sí mismo y pudiera, entonces, crecer como crecen los números, sin límites y sin fin. Esta es la última fantasía de dominio sobre la Tierra, como si los seres humanos, a través del poder, pudieran multiplicar por encargo los recursos naturales. Pero, aunque amemos la libertad, ignoramos que hay otro tipo: la liberación de una filosofía limitante, de un hábito de autoengaño que nos impide atesorar lo que poseemos de verdad, la vida.
En el fondo de lo que descubrí mientras escribía Mujer y naturaleza está la visión de libertad de un estado mental aprisionador. El libro está escrito en prosa poética, un estilo que me permitió moverme bajo las proposiciones aparentemente lógicas de nuestra cultura, no solo para descubrir la maquinaria de nuestro miedo, sino para encontrar pruebas de una sabiduría que es a la vez nueva y antigua, olvidada, pero viva todavía.
Si los próximos veinte años son cruciales para la historia del planeta, también lo es el futuro de esta sabiduría: lógica y sensual, realista e imaginativa, que está en todos nosotros y que es indispensable para nuestra supervivencia. Lee este libro con alegría, léelo hasta el borde de las páginas y luego por los márgenes de otros libros, otros mundos, otras posibilidades.
Susan Griffin
Berkeley
Julio de 1999
A la primera edición
Este es un libro poco convencional y, por lo tanto, consideré que necesitaba una introducción. Empecé a escribir hace tres años más o menos, después de que me pidieran dar una conferencia sobre las mujeres y la ecología. Me preocupaba que el movimiento ecologista pusiera a menudo la carga para solucionar estos problemas, los que tiene esta civilización con la naturaleza, sobre las mujeres. Dije en dicha conferencia que siempre se pedía a las mujeres que limpiasen, y a esto añadí la observación de que los hombres consideran a las mujeres más materiales que ellos, o más parte de la naturaleza. Me parecía que el hecho de que el hombre no se considere parte de la naturaleza, pero sí superior a la materialidad, ganaba importancia cuando se contrastaba con la actitud del hombre de que la mujer es inferior a él y está más cerca de la naturaleza. De ahí que este libro titulado Mujer y naturaleza se haya gestado.
Durante el proceso de escritura me di cuenta de que la mejor forma de descubrir mis ideas sobre la lógica del hombre civilizado era yendo más allá de la lógica, es decir, escribiendo de forma asociativa y, por lo tanto, recurriendo a mi intuición, o a mi yo no civilizado. Así, mi prosa en este libro es como la poesía y, como esta, siempre comienza con el sentimiento. Una de las quejas más fuertes que hace este libro sobre el pensamiento patriarcal (o el pensamiento del hombre civilizado) es que pretende ser objetivo y estar separado de la emoción, por lo que me parece apropiado que el estilo de este libro no haga esa distinción.
Sin embargo, dado que el pensamiento patriarcal se representa a sí mismo como si no tuviera emoción alguna (de forma objetiva, sin vínculos y sin cuerpo), he usado una voz paródica con tales presunciones para escribir los dictados que hace la civilización y la ciencia occidentales3 sobre los temas de la mujer y la naturaleza. Esta voz apenas utiliza un pronombre personal, nunca habla de «yo» o «nosotros», y casi siempre implica que ha encontrado la verdad absoluta, o al menos que tiene la autoridad para encontrarla. Al escribir este libro, sentí esa voz paternal cada vez más real, y la temía. Me asaltó en forma de una opinión reconocida y me dijo que las reacciones que había experimentado en mi cuerpo femenino hacia sus declaraciones eran ridículas (sin fundamento, histéricas, tendenciosas). Identificarás que la voz utiliza muletillas como «Se decide» o «Se descubre». He dedicado mucho tiempo a la reconstrucción de esta voz: he intentado preservar su estilo y tono con precisión.
La otra voz del libro empezó siendo la mía, pero se le unieron con rapidez voces de otras mujeres y voces de la naturaleza, con las que me sentía más y más identificada, sobre todo cuanto más leía las opiniones que tenían los hombres sobre nosotras. Es una voz personificada y también pasional. Estas dos voces (aunque en el texto verás más de dos) están escritas en dos estilos diferentes; por consiguiente, hay un diálogo implícito a lo largo del libro.
Empiezo el libro trazando una historia de los juicios del patriarcado sobre la naturaleza de la materia, o la naturaleza de la naturaleza, y sitúo estos juicios junto con, cronológicamente, las opiniones de los hombres sobre la naturaleza de las mujeres a lo largo de la historia. Desde este comienzo filosófico, el libro se hace cada vez más actual, tratando el efecto de la lógica patriarcal sobre los seres materiales. Por lo tanto, la primera parte libro, «Materia», continúa la analogía trazada entre la mujer y la naturaleza en exploraciones sobre la Tierra, los árboles, las vacas, los caballos de doma y los cuerpos de las mujeres, ya que todos vivimos bajo el patriarcado.
La segunda parte se titula «Separación» y comienza con la separación del útero del cuerpo de una mujer, registra y protesta contra todas esas separaciones que forman parte del pensamiento y la vida del hombre —la mente de la emoción, el cuerpo del alma—, y revela esa separación que el patriarcado nos exige que hagamos nosotros. La tercera parte, que se llama «Camino», separa al fin nuestra conciencia de la conciencia del patriarcado y, por consiguiente, la cuarta parte se llama «Su visión: Ahora ella ve a través de sus propios ojos».
En «Su visión», todo lo que se ha visto en las dos primeras partes a través de la mirada del patriarcado se vuelve a ver. Así, el libro no tanto una utopía como una descripción de una nueva forma de ver. Así, la sección titulada «El zoológico» se refleja tanto en «Su visión» como en «León en la guarida de los profetas». Pensé, al escribir «Su visión», que este libro podría ser como un espejo (excepto por que te devuelva la imagen al revés), y por eso intenté poner las secciones en el mismo orden en que aparecen en las dos primeras partes. Pero fue imposible. «Su visión» no podía estar tan restringida.
Mientras escribía Mujer y naturaleza: el rugido en su interior, los espacios que creé empezaron a parecerme reales y, cuando pasé a trabajar en «Su visión», me sentí como si hubiera entrado en una zona libre y respiré aliviada.
Espero que el lector entre en estos espacios como entré yo en ellos, moviéndose a través de estas formas de ver, con pasión, y que escuche las voces como yo las escucho, en particular el gran coro de la mujer y la naturaleza, que irá creciendo con el tiempo. Y espero que el lector sepa también que, aunque esto es solo un libro y, por consiguiente, es ficción, los sentimientos que se plasman en estas palabras son reales, y que, en materia de mujer y naturaleza, tenemos motivos para sentir profundamente.
Susan Griffin
Berkeley
Noviembre de 1977
1Menachem Amir, Patterns of Forcible Rape, University of Chicago Press, 1971.
2Sic. El ensayo se titula Le féminisme ou la mort, en él apareció por primera vez la palabra «ecofeminismo». (N. de la T.)
3He limitado a propósito el alcance de este libro a la civilización occidental.
Él dice que la mujer habla con la naturaleza, que escucha voces de debajo de la tierra. Que el viento sopla en sus oídos y que los árboles le susurran. Que por su boca cantan los muertos y que le es claro el llanto de los niños. Pero para él la conversación ha acabado. Dice que no forma parte de este mundo, que lo soltaron aquí como a un forastero. Se diferencia de la mujer y de la naturaleza.
Y por eso es Ricitos de oro quien va a la casa de los tres osos, Caperucita roja quien habla con el lobo, Dorothy quien se hace amiga de un león, Blancanieves quien habla a los pájaros, Cenicienta con los ratones como aliados, la Sirenita, que es medio pez, y Pulgarcita, a quien la corteja un topo. (Y cuando escuchamos en el canto navajo de la montaña que un hombre adulto se sienta y fuma con osos, y sigue las instrucciones que le dan ardillas, nos sorprendemos. Pensábamos que solo las niñas hablaban con los animales).
Somos huevos de pájaro. Huevos de pájaro, flores, mariposas, conejos, vacas, ovejas; somos orugas, somos hojas de hiedra y ramitas de alhelí. Somos mujeres. Surgimos de la ola. Somos la gacela y la cierva, el elefante y la ballena, lirios, rosas y melocotones; somos aire, somos llamas, somos la ostra y la perla, somos niñas. Somos la mujer y la naturaleza. Y él dice que no puede escucharnos hablar.
Pero nosotras sí escuchamos.
Cómo considera
y utiliza el hombre
a la mujer y la naturaleza
Así es como se veía el cielo, determinante, crucial, y así era como el hombre lo atravesaba, alejado de la Tierra menguada y la vida humana oculta. Una vida vulnerable, capaz de dejar cicatrices.
Tillie Olsen, Dime una adivinanza.
Se decide que la materia es transitoria e ilusoria como las sombras proyectadas en una pared por la luz de una hoguera; que vivimos en una cueva, en la cueva de nuestra carne, que también es materia, también ilusoria; se decide que lo que es real es todo aquello que está fuera de la cueva, en una luz más luminosa de lo que podemos imaginar, que la materia nos atrapa en la oscuridad. Que la idea de materia existió antes de la propia materia, y es más perfecta, ideal.
Se dice Sic transit, así pasa, gloria mundo, la gloria del mundo.
Se dice que la materia es transitoria e ilusoria. Este mundo es una alegoría del siguiente. La luna es un símbolo de la Iglesia, que refleja la luz divina. El viento es un símbolo del Espíritu. El zafiro se parece al número once, que ha transgredido el número diez, el número de mandamientos. Por lo tanto, el número once simboliza el pecado.
Se decide que la materia es pasiva e inerte y que todo movimiento se origina fuera de la materia.
Que el alma es la causa de todo movimiento en la materia y que Dios ha creado el alma: que todos los movimientos que proceden de un contacto violento con otra materia en movimiento, los movió primero Dios. Que las esferas en perpetuo movimiento las mueven vientos del cielo, los cuales mueve Dios, que todo movimiento procede de Dios.
Que la materia solo es un potencial de forma o un potencial de movimiento. Se decide que la naturaleza de la mujer es pasiva, que es un recipiente que espera a que lo llenen.
Se decide que la existencia de Dios se puede demostrar a través de la razón y que la razón existe para comprender a Dios y a la naturaleza.
Se dice que Dios es inmutable. El logos es una cualidad de Dios que insufló en el hombre, y es eterno. El alma existía antes que el cuerpo y vivirá después de él.
Las palabras de un santo dicen: «Y no sé cuánto tiempo existirá todo lo que toco a través de un sentido corporal. Como, por ejemplo, este cielo y esta tierra, y cualquier otro cuerpo que percibo en ellos. Pero siete y tres son diez, y no solo ahora, sino siempre […], por lo tanto […] esta verdad incorruptible de los números es común a mí y a cualquiera que razone».
Y se enuncia en otro lugar que el Génesis no se puede entender sin un dominio de las matemáticas.
«Quien no sabe matemáticas, no puede saber ninguna otra ciencia», se dice de nuevo, y se decide que toda verdad se puede encontrar en las matemáticas, que la explicación verdadera son las matemáticas, y los hechos, una mera evidencia.
Que hay tres grados de abstracción, cada uno de los cuales conlleva a verdades más altas. El científico despelleja la singularidad y, entonces, revela la categoría; el matemático despelleja el hecho sensual y, entonces, revela el número; el metafísico despelleja el número par y revela el fruto del ser puro.
Se propone que la ciencia pueda prolongar la vida durante periodos más largos de lo que podría lograr la naturaleza. Y se predice:
que los vehículos de navegación se pueden
crear sin remeros para que
los barcos más grandes en ríos o mares
con un solo hombre los propulse
con mayor velocidad que si estuvieran
llenos de hombres
que los coches se pueden crear para moverse
sin la ayuda de animales con una
rapidez verosímil
que los vehículos voladores se pueden cons
truir
que tales cosas se
pueden hacer sin límites.
Se decide que la visión ocurre por un rayo de luz que emana del ojo hacia las cosas percibidas.
Se decide que Dios es la luz primordial, que brilla en la oscuridad de la primera materia y la dota de una existencia real. Se decide que la óptica geométrica tiene la clave de toda comprensión.
Se dice que las aguas del firmamento separan la creación corpórea de la espiritual.
Que el espacio es infinito, indivisible, inmutable, y que es la inmensidad de Dios.
Que la Tierra es una esfera central rodeada de zonas concéntricas, círculos perfectos de aire, éter y fuego, que contiene las estrellas, el sol y los planetas, todo se mantiene en movimiento gracias a los vientos del cielo. Que este cielo está más allá de la zona del fuego y que el infierno está dentro de la esfera de la Tierra. Que ese infierno está bajo nuestros pies.
Se dice que todos los cuerpos tienen un sitio natural, los cuerpos más pesados tienden a la tierra, los más ligeros a los cielos. Y lo que es sublunar es decadente y corruptible. Se dice que la Tierra «está tan depravada y rota en toda clase de vicios y abominaciones que parece ser un lugar que ha recibido todas las inmundicias y purgas de todos los demás mundos y épocas».
Y se dice que el aire bajo la luna es denso y está sucio, mientras que el aire de encima «brilla noche y día con un resplandor perpetuo».
Y se ha decidido que los ángeles viven sobre la luna y ayudan a Dios en el movimiento de las esferas celestiales. «Los ángeles buenos», se dice, «tienen en baja estima todo el conocimiento de los asuntos materiales y temporales que llenan de orgullo al demonio».
Y se ha decidido que el demonio reside en la tierra, bajo nuestros pies.
Se ha observado que las mujeres están más cerca de la tierra.
Que las mujeres provocan la corrupción del hombre. Las mujeres son «la puerta del diablo», se dice.
Se ha observado que, teniendo en cuenta el entendimiento de los asuntos espirituales, las mujeres tienen una naturaleza diferente a la de los hombres, y se declara que las mujeres son «intelectualmente como niños». Que las mujeres son más débiles física y mentalmente que los hombres. Se dice «Fragilidad: tienes nombre de mujer».
Y se expresa que «la palabra mujer se usa para referirse a la lujuria de la carne».
Que los hombres se ven impulsados a la concupiscencia carnal cuando escuchan o ven a la mujer, cuyo rostro es un viento ardiente, cuya voz es una serpiente que sisea.
Se decide que en un nacimiento la hembra aporta la materia (el menstruo, la yema) y que el varón aporta la forma, que es inmaterial, y que de esta unión nace el embrión.
Y está en las escrituras que, de Adán, que fue el primer hombre, nació Eva, y porque ella nació del hombre también él le dio nombre: «Se llamará Mujer».
Y está escrito en el bestiario que los cachorros de la Leona nacen muertos, pero al tercer día el león les sopla entre los ojos y vuelven a la vida.
Se decide que el calor innato es la fuente de toda actividad vital, que este calor emana de Dios al varón de cada especie, y que es este calor innato lo que confiere masculinidad a la forma de la especie, mientras que la hembra es demasiado fría para poder llevar a cabo este cambio.
Se decide también que todas las monstruosidades del nacimiento provienen de un defecto de la materia que aporta la hembra, que se resiste al esfuerzo del macho por determinar la forma.
Se decide que el calor innato está en el semen, que es el principio natural del espíritu, y es análogo a ese elemento en las estrellas.
Se decide que el calor innato del sol causa una creación espontánea.
Se descubre que el sol, y no la Tierra, es el centro del universo. Y quien lo descubre escribe:
«En el centro de todo está entronado el Sol. En este templo bellísimo, ¿podríamos situar esta luminaria en una mejor posición desde la que pueda iluminar todo al mismo tiempo? Se le llama, con razón, la Lámpara, la Mente, el Dirigente del Universo; Hermes Trismegisto lo nombra el Dios visible, la Electra de Sófocles lo llama El que todo lo ve. Así, el Sol se sienta como en un trono real en el que gobierna a sus hijos, los planetas, que rotan a su alrededor. […] Mientras tanto, la Tierra concibe gracias al Sol y se queda embaraza con un renacimiento anual».
Y se decide que el sol es Dios Padre, las estrellas Dios Hijo y el medio etéreo es el Espíritu Santo.
Se dice que la mutabilidad en la Tierra llegó al Jardín del Edén después de la caída del hombre. Que antes de la caída hubo una dicha inmortal en la Tierra, pero que después de la caída «todas las cosas decaen con el tiempo y se dirigen hacia su fin».
Que la faz de la Tierra es un registro del pecado del hombre. Que la altura de las montañas, la profundidad de los valles, los enclaves de grandes peñascos, cráteres, mares, masas de tierra, lagos y ríos, las formas de las rocas, acantilados, todos ellos se formaron por el diluvio, que fue el castigo de Dios por los pecados.
Se dice que «el mundo es el diablo y el diablo es el mundo».
Y del hecho de que las mujeres son la «puerta del diablo» se observa que ese pecado, y después la muerte, vinieron al mundo porque Eva se asoció con el diablo en el cuerpo de una serpiente.
Que el poder del diablo reside en las partes íntimas de los hombres.
Que las mujeres actúan como agentes del diablo y utilizan la carne como cebo.
Que las mujeres bajo el poder del diablo se reúnen en secreto con él, en los bosques (en la naturaleza más salvaje), por la noche. Que lo besan en el ano. Que le ofrecen velas negras como la brea, que él enciende con una flatulencia. Que se ungen con su orina. Que bailan espalda con espalda y se dan un festín de comida que daría náuseas «al estómago más hambriento». Que se celebra una misa, con el cuerpo desnudo de una mujer como altar, heces, orina y sangre menstrual sobre su trasero. Que el diablo copula con todas las mujeres en esta orgía, en este ritual.
Que estas mujeres son brujas.
Que «Lucifer antes de la caída, como arcángel, tenía un cuerpo transparente, compuesto del aire más puro y resplandeciente, pero que después de su caída se veló con una sustancia más densa y adoptó una nueva forma de aire oscuro y espeso».
Que «la orina de la Virgen es cristalina, luminosa y fina, y casi del color de los limones», mientras que «la orina de la mujer que ha perdido la virginidad es muy lodosa y nunca es luminosa o clara […]».
Y aunque se escribe que no hay maldad comparada con la maldad de la mujer, se escribe también que las mujeres buenas han traído «beatitud a los hombres, salvado naciones, tierras y ciudades», y que «Bendito sea el hombre que tiene una esposa virtuosa, pues el número de sus días se duplicará».
Y que una esposa virtuosa es la que obedece a su marido, igual que la Iglesia obedece a Cristo.
Y se dice que hay ciertos bosques que existen libres del «castigo de Adán», donde hay «lenguas en los árboles, libros en los riachuelos, sermones en las piedras y el bien en todo».
Se descubre ahora que la sustancia celestial, como la sustancia de la Tierra, es mutable.
Y se decide que, aunque la sustancia celestial sea mutable, todavía las leyes inmutables gobiernan toda la mutabilidad y que la invariabilidad de la voluntad de Dios se puede deducir desde la perfección de Sus leyes, las cuales rigen el mundo natural.
Se propone que los espacios entre las órbitas planetarias corresponden cada uno a los cinco sólidos perfectos de Euclides: que desde Saturno a Mercurio cada uno corresponde a un cubo, a un tetraedro, a un dodecaedro, a un icosaedro y a un octaedro.
Por esta razón, se dice que solo existen seis planetas y que solo podrán existir seis (ni más, ni menos).
Se anuncia que la música de las esferas se puede descubrir a través de las leyes matemáticas.
Se dice que la causa del universo recae en la armonía matemática, que existe en la mente del creador.
Se dice que todas las formas, celestiales y terrestres, son en realidad formas geométricas.
Se diseña un compás y un conjunto de reglas para reducir lo irregular, para que sea regular, así como para simplificar una combinación de formas regulares a una sola cifra.
Se afirma que el sistema heliocéntrico, dado que solo requiere treinta y cuatro epiciclos (en lugar de los ochenta que requiere el sistema geocéntrico), es más simple y, por lo tanto, debe ser real.
Se dice que «la naturaleza no hace con muchas cosas lo que puede hacer con pocas».
Que «la naturaleza se complace con la simplicidad y no afecta a la pompa de causas superfluas».
«Pompa y gloria vana de este mundo, os odio», se dice.
(Y la extravagancia y el exceso son evidentes entre las mujeres: se dice que las mujeres tienen el defecto de vivir «afectos y pasiones exorbitantes», que las penas de las mujeres son «o muy extremas o no son creíbles» y que «las mujeres cuando se enfadan» son «más envidiosas que una serpiente, más maliciosas que un tirano, más engañosas que el diablo», y de la ira de las mujeres se dice que están «hechas de sangre», y de la mente de las mujeres se dice que «cambia a menudo como el viento inconstante», y se dice que «toda brujería proviene de la lujuria carnal, que en las mujeres es insaciable»).
Y se dice que todo pecado se originó en la carne del cuerpo de una mujer y vive en él. (Y en los textos antiguos se interpreta que Cristo nació de una virgen para que la desobediencia que causó la serpiente se pueda destruir de la misma forma en la que se originó).
Y se nos recuerda que trajimos la muerte al mundo.
